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PARA UNA ESPIRITUALIDAD
HISTORICA
APRENDER DE NUESTRA
PROPIA HISTORIA
Tres replanteamientos
y un esquema elemental
En estos últimos años,
cuando animo retiros o encuentros de espiritualidad, me gusta insistir en unas
ciertas ideas que a mí me han hecho mucho bien -quizá porque otras ideas,
anteriormente, me habían hecho mucho mal-, y que creo que a otros también les
pueden hacer mucho bien. Veamos.
Nosotros, los que ya
venimos de ayer, fuimos formados dicotómicamente. Se nos educó a ver la
vida como partida, a sentirla y a vivirla como dividida, en dos, o en más
divisiones. Y eso fue fatal para nuestra vida. O aún sigue siéndolo -de una
manera u otra, inconscientemente, o en forma de resabio aún no desarraigado- en
nuestras vidas, con bastante frecuencia.
Fuimos formados para
los actos concretos, para la contabilización del Espíritu. Sometíamos al
Espíritu a contabilidad. Algunos pueden recordar cómo anotábamos los actos de
oración, de mortificación, de obediencia... Y las faltas sobre todo, con un
esfuerzo ascético de superación. A alguien podría parecerle esto incluso una
broma, pero no lo fue en nuestras vidas, ni en la de tantos otros.
Ahí hay pues, dos
primeras deformaciones que hay que tratar de corregir y desarraigar a fondo
antes de seguir construyendo o reconstruyendo nuestro edificio espiritual,
nuestro Hombre Nuevo: superar esa dicotomía, esa división de la vida, y superar
esa contabilización que nos hacía vivir como picoteados. Pasar a vivir de un modo
más unitario, más global, más armónico, en una profunda unidad.
Fuimos formados
también para una espiritualidad bastante individualista y no personal,
bastante intimista y poco comunitaria, poco solidaria y por eso mismo poco
histórica. Y nos formaron así siempre, en nombre de Jesús, apelando al
evangelio. Y en el fondo -quizá con la mejor intención- negando el evangelio,
porque si algo está claro en Jesús es que él es el Verbo "encarnado":
en la carne, en la vida, en la historia, en los pobres, en el pueblo...
Para vivir una
espiritualidad de hoy, adulta, consciente, crítica, necesitamos aprender de
nuestra propia historia colectiva espiritual, necesitamos hacernos conscientes
de estas diferencias fundamentales de planteamiento, de estos condicionamientos
históricos que nos influyeron y nos condicionaron anteriormente a través de
nuestros mayores, nuestros maestros, nuestros libros de lectura, nuestra
escuela de espiritualidad, a través incluso de los grandes santos -que no
dejaban de ser hijos también de los defectos de su tiempo-. Nos condicionaron,
nos coartaron, nos dividieron quizá.
A mí, como digo, por
la experiencia mía personal y por la experiencia compartida de otros muchos, de
unos años para acá, me hace bien tomar conciencia de esas diferencias, así como
recordar unas palabras claves, unas referencias mayores para seguir caminando
por el camino siempre nuevo de la espiritualidad. ¿Qué claves?
En primer lugar es
importante pensar en la opción fundamental, la opción mayor de la vida,
el sentido de la vida. ¿Hacia dónde voy en definitiva? ¿Qué es lo que pretendo?
¿Qué es lo que estoy intentando hacer realmente con mi vida?
Se trata de lo más
profundo de mi vida, lo que está más al
fondo, la opción última -o primera, según como se mire- de mi vida, la opción
que es fundamento de todo lo demás. Lo demás efectivamente, podrá ser más o
menos oscuro, conflictivo, podrá fallar incluso, en algunas circunstancias,
pero si yo mantengo siempre clara la opción de mi vida, siempre tendré la
oportunidad de ir rectificando.
Entonces, pues, lo
primero sería no perder de vista la opción. ¿Y cuál sería la opción fundamental
para un cristiano? ¿Cuál sería para un seguidor de Jesús la opción de su vida?
¿Cuál fue la opción de Jesús? Esa, la opción de Jesús, y sólo esa, deberá ser
la opción de un cristiano. No entramos ahora en ello.
En segundo lugar,
junto a esa opción, a causa de ella, adoptamos, cultivamos unas actitudes
fundamentales. No somos tan "espíritus puros" como para que
podamos tener simplemente una opción, sin más, como si pudiéramos decir: opté
por la justicia y ya tengo resuelto el problema de mi espiritualidad. No.
Necesitamos especificar, porque somos cuerpo y alma, somos tiempo, historia,
contingencia, circunstancia, tenemos diarios y calendarios, tenemos nuestros
pros y nuestros contras. Necesitamos especificar pues unas actitudes
fundamentales.
Si pensáramos sólo en
la opción fundamental fácilmente concordaríamos todos. Pero hace falta
concretar: ¿qué actitudes concretas me ponen a mí en la línea de esa opción
mayor?, ¿qué actitudes me comprometen, me empujan, me estimulan?, ¿qué
actitudes también me defienden del peligro de corromper, de falsificar esa
opción fundamental que quiero vivir en mi vida? En segundo lugar, pues, las
actitudes.
Esa opción que yo
busco, a la que quiero entregar mi vida, por la que me juego todo y ante la
cual me sitúo con unas actitudes fundamentales, la iré viviendo, descubriendo y
hasta criticando, a través de unas mediaciones.
¿Qué
entendemos por mediaciones? Podríamos decir que son las herramientas, los
instrumentos que utilizo para ir descubriendo siempre lo que esa opción
fundamental me exige, para ir examinando mis propias actitudes.
¿Que mediaciones
utilizo? Evidentemente que la primera, la suprema, la característica, la mediación
específica para un cristiano, será la misma fe cristiana. Esa es la gran
mediación para nosotros. Por la fe, a través de la fe, yo descubro la opción y
voy analizando, censurando, rectificando, posibilitando mis actitudes, mis
pasos...
Además de esa
mediación fundamental de la fe, ¿qué otras mediaciones? Todas las demás: la
filosofía, la sicología, la pedagogía, la política, la praxis... Las
diferencias -tan conflictivas a veces- que se dan entre los cristianos,
obedecen a que utilizamos mediaciones distintas, aunque tengamos la misma buena
voluntad de fondo. Por eso son tan importantes las mediaciones.
CINCO
"CAUTELAS" DE ESPIRITUALIDAD
DE LA LIBERACIÓN
1.- El análisis
socio-político-eclesiástico.
Necesitamos tener una
visión más agudizada, una mayor sensibilidad para el análisis
socio-político-eclesiástico. Si vivimos en una situación de emergencia, de
desafíos, de urgencias inaplazables, de fronteras ardientes... debemos estar en
permanente vigilia. Percibir lo que hay en la noche. En esta noche,
Centroamérica. Ahí, pues, el análisis socio-político-económico-eclesiástico. Y
el análisis eclesiástico, concretamente, debemos tenerlo muy al día. En
Centroamérica hay varias publicaciones, organismos, institutos, centros... que
analizan la realidad. El análisis está pues al alcance.
Esto no es sólo para
los estudiosos, para los especialistas. Es para todos los que queremos ser
cristianamente conscientes y responsables en esta hora.
A veces, leer unos
datos económicos sobre la realidad de Centroamérica puede servir como una buena
lectura espiritual. Recuerdo a este respecto la anécdota de la misa de cuerpo
presente del Padre Rutilio Grande. Me la contaba un testigo. "Eran las
tres de la madrugada. Allí estaban los cadáveres de Rutilio y de los otros dos
que murieron con él. Entonces me dijo monseñor Romero: 'escoge la lectura para
la misa; pon sólo una, porque ya está hecha la primera'. Allí, en efecto,
estaba Rutilio, muerto, envuelto en una sábana. Por eso sólo leímos la segunda
lectura, el evangelio".
La primera lectura
estaba ya allí, clara y patente: la realidad misma. Porque es fácil leer la
Palabra de Dios en las lecturas de la biblia-biblia, pero es preciso ser
capaces de leerla también en las lecturas de la realidad, de la vida. (En
Brasil insistimos mucho en el binomio: de la vida a la biblia, y de la biblia a
la vida). Y es que un problema muy nuestro que hemos vivido tanto en la
pastoral cuanto en la espiritualidad es la "dicotomía".
Cuanto más nos
detengamos para hacer un análisis realista y diario de lo que pasa en nuestra
realidad, más fácilmente podremos responder a sus desafíos con realismo, con
sinceridad, con eficacia.
Para ese análisis,
evidentemente, tenemos unos marcos referenciales mayores. Y el primero
de ellos sería el propio evangelio. Y cuando digo evangelio digo
Jesucristo. O sea, su palabra, su praxis, su Causa, su pasión, su muerte, su
resurrección.
Otro gran referencial
sería el Pueblo. Sería bueno que el referencial del pueblo lo tuviésemos
bastante completo. Tenemos el peligro de ver sólo aquel pueblo que es
"nuestro". Hay que ver el referencial completo, porque podríamos caer
también en un cierto tipo de elitismo: elitizar al pueblo, olvidar esa gran
masa, esa muchedumbre de la que Jesús tenía compasión. Dentro del pueblo, hablando
en términos de pastoral, hay que tratar de ver todo lo que es el pueblo,
incluidos dentro del pueblo los reaccionarios católicos, otros más
conservadores, otros más moderados, y los revolucionarios cristianos que hay
dentro de la Iglesia. Es decir, tratar de tener esa referencia lo más completa
posible.
También, el gran
referencial de la propia Iglesia, como un desafío. Les insisto bastante
a los hermanos de Nicaragua que me parece que debemos exigir el derecho de ser
Iglesia, el derecho de aparecer como Iglesia, el derecho de hacer Iglesia, el
derecho de ser Iglesia diferente... que es un derecho que arranca de nuestro
bautismo. Nadie nos da la Iglesia hecha y acabada: también la hacemos. Somos
Iglesia, y la hacemos, aunque también la Iglesia nos venga como una gracia,
como un don, como un sacramento de salvación. Yo siempre digo: la Iglesia es mi
madre y mi hija, simultáneamente. Me hace, la hago, la encuentro, la paso a
otros. Es la "nube de testigos" que nos envuelve desde hace mucho tiempo
y en la cual entramos como un testigo más. Queremos ir envolviendo en ella a
los que vengan después.
Otro referencial: la
revolución. Que está ahí. Sí, queramos o no queramos verlo, la revolución
está en Centroamérica. Con muchísimos valores, con muchísima fuerza también.
Muy imprevisible en muchos aspectos, porque dependerá de ella misma, del
Imperio, de la Iglesia también, qué sé yo. Pero ahí esta la revolución.
A veces, condicionados
e influidos por los grandes medios de comunicación -que, no lo olvidemos ingenuamente,
están al servicio del Imperio- vemos la revolución como una exaltación loca de
cuatro guerrilleros. Pero, ya sabemos, es bastante más que eso. No lo podemos
olvidar.
La revolución es
ideológica, y es necesidad del pueblo. Es guerrilla. Es organización popular.
Es mucha sangre derramada, mucha publicación escrita, mucha esperanza también,
muchas conquistas, una verdadera necesidad vital. Casi todos los obispos
guatemaltecos están convencidos, por ejemplo, de que la Democracia Cristiana no
es la solución para Guatemala. "Lo más curioso -me decía alguien que
conoce bien Guatemala- es que, todos los obispos guatemaltecos están
convencidos de que el ejército guatemalteco es enemigo del pueblo; segundo,
ninguno acepta propiamente la guerrilla; tercero, casi todos ellos están
convencidos de que la Democracia Cristiana no es la solución". Todos dicen
que se encuentran ante un desafío...
Hay que pensar también
que la revolución está en el pueblo, en ese pueblo del que hablamos. Entendida,
no entendida, asumida, no asumida, liberándolo, golpeándolo...
Ese análisis
socio-político-eclesiástico nos obligará a vivir muy alertados siempre. Y este
sería el único modo de ir caminando. Pienso que aquí no se puede hacer planes
para dos años, de ningún modo. Hay que hacer los programas sobre la marcha. Se
puede intentar pensar a largo plazo, a plazo menos inmediato, pero con bastante
sensibilidad y flexibilidad para ver y rectificar ante lo más urgente, ante lo
que puede ser más eficaz en cada momento.
2- Radicalizar la espiritualidad.
Debemos insistir en la radicalidad,
para poder vivir honesta y coherentemente en este proceso. Debemos radicalizar
el propio compromiso de transformación de la sociedad. No tengamos miedo a la
palabra "revolución". No le tengamos miedo. Por el contrario,
radicalicemos nuestro compromiso revolucionario. Porque hay que transformar la
sociedad. De esto estoy claramente convencido. Reformas, democracias
cristianas, socialdemocracias, liberalismos de cualquier especie... no van a
resolver el problema de Centroamérica, de América Latina, del tercer mundo.
Con esto no estoy
diciendo, claro está: "vamos a las armas, y a reventarnos todos". No
estoy diciendo eso. El pueblo verá las circunstancias. Ojalá no fuese nunca
necesario ni levantar un cuchillo para matar una gallina. Ojalá no fuese
necesaria ni la más mínima violencia. Pero hemos de pensar -hasta por
honestidad intelectual y por realismo histórico- hemos de pensar un poco más
revolucionariamente.
¿No arman otros de un
modo radical las estructuras que el pueblo está sufriendo, como la acumulación
de tierra, la educación para el sistema, la salud para unos pocos, las
dependencias, las transnacionales, la deuda externa...? Si no partimos nosotros
de asumir una actitud radical de transformación de estructuras, no hay salida.
Todos sabemos que en América Latina se ha experimentado suficientemente que los
desarrollismos nada resuelven.
Hay que ser radicales
también en la espiritualidad, ya lo he insinuado. En Europa, con cierta
frecuencia, algunas comunidades o ciertos cristianos descontentos, medio
desesperados de sus obispos y de las estructuras eclesiásticas, optaron por
soluciones que a nosotros nos parece que no son soluciones: "Cristo sí, la
Iglesia no". No se trata de eso. Cristo sí, y la Iglesia también, pero una
Iglesia al servicio de Cristo y del pueblo, como comunidad de seguidores de
Jesús, con sus fallas, como un sacramento, como el sacramento del Reino.
Ahora bien, para que
podamos continuar en la Iglesia, para ayudar a que la Iglesia sea lo que debe
ser, hay que radicalizar nuestra actitud eclesial.
Recuerdo la actitud,
el parecer de cierto monseñor: si yo iba a Cuba le comprometería, comprometería
a la diócesis... Hemos de llegar a considerar a los cristianos verdaderamente
como adultos. ¿Cualquier cosa que yo haga como adulto, ya compromete al
monseñor de la diócesis? No sé por qué. Soy adulto, y actúo libremente como
cristiano.
En Brasil ha sido muy
interesante la experiencia de varios obispos que tenían recelo a la política en
general, y a la política partidaria en particular. La propia experiencia de las
comunidades nos ha liberado. Decimos que el laico ha de santificar las
realidades de este mundo. El laico tiene su misión concreta en el mundo. Pero
cuando llega la hora le decimos: cargo político, no; política partidaria, no;
sólo esa etérea, global política en la que todos estamos de acuerdo...
Se trata pues de
radicalizarnos en la eclesialidad, tornándonos más adultos, más libres y
complementados. El obispo tiene su misión y el laico tiene la suya. La
corresponsabilidad eclesial; que no les toca sólo a los obispos; nos toca a
todos esa corresponsabilidad.
3.- Vivir
dialécticamente.
Es, un poco, lo de la
paloma y la serpiente. Es evidente que en un proceso político cualquiera, y más
aún en un proceso así, de emergencia, de revolución, debemos vivir bastante
dialécticamente. Estamos en una confluencia de intereses, de desafíos, de
esperanzas.
Con los
revolucionarios marxistas, por ejemplo. Se da una confluencia, se juntan varias
aguas hacia un río común y vamos pues al mar del proceso de Dios, que es su
Reino. Pero debemos saber distinguir: yo soy cristiano, ellos no lo son. Ellos
y yo tenemos varias mediaciones comunes, pero yo, además, tengo la suprema
mediación de la fe. Ellos no tienen esa mediación, que es gratuita, y que es
"parcial", en el sentido de que no nos alcanza a todos. Pues ahí hay
que tener la dialéctica suficiente para distinguir y mantener la autonomía. La
Iglesia no debe ser utilizada, así como yo no debo utilizar para la Iglesia a
nadie.
Esta experiencia me
parece que se vive mejor y más limpiamente en los lugares más comprometidos que
en aquellos donde parece que la Iglesia está sosegada y tranquila.
Imperceptiblemente nos hemos habituado a utilizar todas las estructuras de la
burguesía, del poder capitalista, y no nos espantamos, no nos escandalizamos.
Por mi parte, recuerdo por ejemplo que, viajando yo por Nicaragua, a veces me
sobresalté: "¡pero si estoy viajando en un jeep del Frente!"... Pero
después vi que a aquellos lugares sólo se podía ir con un jeep del Ejército
Popular. Al Señor tampoco le dio tanto escrúpulo comer en casa de Simón.
Después le dio la lección que necesitaba. Tampoco nos vamos a poner en plan
fariseo. Para lo que realmente sea servicio del pueblo, en casos de emergencia,
hay que tener la lucidez y la libertad de espíritu necesarias. Pero, insisto,
en una postura dialéctica que nos ayude a valorar, a distinguir, a equilibrar.
4.- Más allá de
nuestras propias fronteras.
Ninguna de nuestras
iglesias termina en sí misma, sino que se vincula a toda Centroamérica, a
América Latina entera, al mundo. A veces hay Iglesias, o procesos populares,
que se sienten como estrangulados, porque quizá viven excesivamente cerrados y
volcados sobre sí mismos, cuando, por ejemplo, en una diócesis el obispo o la
organización pastoral no los deja respirar.
Es importante que
sepamos mirar más allá de la propia frontera. Cuando nos parezca que en algún
lugar se están cortando las alas, el vuelo del pueblo, sus procesos, veamos que
en otros lugares el pueblo está caminando. Yo creo que ese vivir así, más
ecuménica, más católicamente, en el pleno sentido de la palabra, nos puede
hacer mucho bien. Hasta para la propia esperanza. De ahí que los intercambios
sean sumamente importantes. Hay que saltar por encima de las propias fronteras
y buscar los intercambios, los contactos. Colectivizarnos: colectivizar lo que
tenemos, las aspiraciones, los conflictos, las producciones, los programas...
5.- El día-a-día en el
proceso del Reino
Debemos tener bien
clara ante nuestros ojos, bien acogida en nuestra oración, en nuestras
aspiraciones y en nuestras respuestas concretas, la visión clara del proceso
mayor del Reino, que es el proceso del Padre, su Plan de Salvación, su
proyecto. Recordando que ese proyecto del Padre, ese proceso del Padre, por su
parte no falla. Y recordando también que, por nuestra parte, ese proceso del
Padre sólo se puede dar en los procesos conflictivos y acumulados de nuestras
propias personas, de nuestras familias, de nuestras comunidades religiosas, de
las parroquias, de las diócesis, de Centroamérica. O sea, en los procesos
personales y en los procesos comunitarios, en los procesos históricos.
No olvidemos que
estamos acostumbrados a hacer ahí una clásica dicotomía: por un lado el Reino,
y por otro esos otros conflictos y problemas... No. El proceso del Reino sólo
acontece aquí en los procesos personales, comunitarios, familiares...
El Proceso del Reino,
con esos procesos subalternos, no es sólo asunto de emergencia, de urgencia, de
situación extraordinaria, no. Es también día-a-día. Es normalidad. Es rutina.
Y, a veces, ahí solemos fallar más. Estaríamos dispuestos a dar todo en los
momentos heroicos... El propio Bolívar decía que es mucho más fácil
"conquistar la libertad que administrarla", es mucho más fácil
provocar una insurrección y quizá hacerla victoriosa que construir una
revolución después, en el día-a-día. El quehacer diario es mucho más
incordiante que la generosidad de un momento extremo de exaltación, de
generosidad heroica.
De ahí pues la
necesidad de ese espíritu más constante, más fiel, perseverante, crítico,
autocrítico, gradual también, con las rupturas que sean necesarias. Unas veces
hay que saber romper; otras hay que saber ceder.
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