viernes, 16 de octubre de 2015

San Gerardo Majella - Beatos Aniceto Koplinski y José Jankowski - Beato Agustín Thevarparampil «Kunjachan» 16102015

San Gerardo Majella

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San Gerardo Majella, religioso
En el lugar de Materdomini, en la Campania, san Gerardo Majella, religioso de la Congregación del Santísimo Redentor, que, lleno de amor por Dios, abrazó un género de vida austera, y consumido por el celo por Dios y las almas, aún joven descansó en el Señor.
Pío IX calificó a san Gerardo de «perfecto modelo de los hermanos legos», y León XIII dijo que había sido «uno de los jóvenes más angelicales que Dios haya dado a los hombres por modelo». En sus veintinueve años de vida, el santo llegó a ser el más famoso taumaturgo del siglo XVIII. Nació en Muro, a setenta kilómetros de Nápoles. Su padre era sastre. Su madre, después de la muerte de Gerardo, dio este testimonio: «Mi hijo sólo era feliz cuando se hallaba arrodillado en la iglesia, ante el Santísimo Sacramento. Con frecuencia entraba a orar y olvidaba hasta la hora de comer. En casa oraba todo el tiempo. Verdaderamente, había nacido para el cielo». Cuando Gerardo tenía diez años, su confesor le dio permiso de comulgar cada tercer día; como era una época en la que la influencia del jansenismo -que rechazaba la comunión frecuente- todavía se dejaba sentir, ello demuestra que el confesor de Gerardo le consideraba como un niño excepcionalmente dotado para la piedad. A la muerte de su padre, Gerardo debió abandonar la escuela y entró a trabajar como aprendiz de sastre en el taller de Martín Pannuto, hombre muy bueno, que le comprendía y le apreciaba. En cambio, uno de los empleados era un hombre muy brusco que solía maltratar a Gerardo y más se enfurecía por la paciencia con que soportaba sus majaderías. Una vez aprendido su oficio a la perfección, Gerardo pidió ser admitido en el convento de los capuchinos de Muro, donde su tío era fraile; pero fue rechazado a causa de su juventud y de su condición delicada. Entonces entró a trabajar como criado en la casa del obispo de Lacedogna. Humanamente hablando, fue una mala elección, ya que el prelado era un hombre de carácter irascible, que trató al joven con gran rudeza. A pesar de ello, Gerardo le sirvió fielmente y sin una queja, hasta que murió el obispo en 1745. Entonces, Gerardo volvió a Muro y abrió una sastrería por su cuenta. Vivía con su madre y sus tres hermanas. Solía dar a su madre una tercera parte de lo que ganaba; el otro tercio lo repartía entre los pobres y el resto lo empleaba en pagar misas por las almas del purgatorio. Pasaba muchas horas de la noche orando en la catedral y se disciplinaba severamente.

Cuando tenía veintitrés años, los padres de la Congregación del Santísimo Redentor, recientemente fundada, predicaron una misión en Muro. El joven les rogó que le admitiesen como hermano lego, pero su aspecto enfermizo no le ayudaba, y su madre y sus hermanas no tenían ningún deseo de verle partir. Sin embargo, Gerardo insistió y, finalmente, el P. Cafaro le envió a la casa de Deliceto, donde él era superior, con un mensaje que decía: «Os envío a este hermanito inútil». Pero, cuando el P. Cafaro volvió a su casa, cayó inmediatamente en la cuenta de su error y le concedió el hábito. Los hermanos de Gerardo, al verle trabajar con gran ardor, puntualidad y humildad en la sacristía y en el huerto, decían: «O es un loco o es un santo». El fundador de la congregación, san Alfonso de Ligorio, comprendió que era un santo y le acortó el período de noviciado. El hermano Gerardo hizo la profesión en 1752. A los votos acostumbrados añadió el de hacer siempre lo que fuese, a su juicio, más agradable a Dios. El P. Tannoia, autor de las biografías de san Alfonso y de san Gerardo, que había sido curado por la intercesión de este último, cuenta que un día, cuando el santo era novicio, le vio orando ante el tabernáculo; súbitamente Gerardo gritó: «Señor, déjame que me vaya, te ruego, pues tengo mucho que hacer». Sin duda es ésta una de las anécdotas más conmovedoras de toda la hagiología.

Durante los tres años que vivió después de hacer la profesión, el santo trabajó como sastre y enfermero de la comunidad; solía también pedir limosna de puerta en puerta, y los padres gustaban de llevarle consigo a sus misiones y retiros, porque poseía el don de leer en las almas. Se cuentan más de veinte ejemplos de casos en los que el santo convirtió a los pecadores, poniéndoles de manifiesto su oculta maldad. Los fenómenos sobrenaturales abundaban en la vida del hermanito. Se cuenta que en una ocasión fue arrebatado en el aire y recorrió así más de medio kilómetro; se menciona también el fenómeno de «bilocación» y se dice que poseía los dones de profecía, de ciencia infusa y de dominio sobre los animales. La única voz que conseguía arrancarle de sus éxtasis era la de la obediencia. Hallándose en Nápoles, presenció el asesinato del arcipreste de Muro en el preciso momento en que tenía lugar a setenta kilómetros de distancia. Por otra parte, en más de una ocasión leyó el pensamiento de personas ausentes. Tan profundamente supo leer el pensamiento del secretario del arzobispo de Conza, que éste cambió de vida y se reconcilió con su esposa, de suerte que toda Roma habló del milagro. Pero los hechos más extraordinarios en la vida de san Gerardo están relacionados con la bilocación. Se cuenta que asistió a un enfermo en una cabaña de Caposele y que, al mismo tiempo, estuvo charlando con un amigo en el monasterio de la misma población. Una vez, su superior fue a buscarle en su celda y no le encontró ahí. Entonces se dirigió a la capilla, donde le halló en oración: «¿Dónde estabais hace un instante?», le preguntó. «En mi celda», replicó el hermanito. «Imposible, pues yo mismo fui dos veces a buscaros». Entonces Gerardo se vio obligado a confesar que, como estaba en retiro, había pedido a Dios que le hiciese invisible para que le dejasen orar en paz. El superior le dijo: «Bien, por esta vez os perdono, pero no volváis a pedir eso a Dios».
Sin embargo, san Gerardo no fue canonizado por sus milagros, ya que éstos eran simplemente un efecto de su santidad, y Dios podía haber dispuesto que el santo no hiciese milagro alguno sin que ello modificase en un ápice la bondad, caridad y devoción que alabaron en el joven Pío IX y León XIII. Uno de los resultados más sorprendentes de su fama de santidad fue el de que sus superiores le permitieron encargarse de la dirección de varias comunidades de religiosas, lo que no acostumbran hacer los hermanos legos. San Gerardo hablaba en particular con cada religiosa y solía darles conferencias a través de la reja del recibidor. Además, aconsejaba por carta a varios sacerdotes, religiosos y superiores. Se conservan todavía algunas de sus cartas. No hay en ellas nada de extraordinario: en unas expone simplemente el deber de todo cristiano de servir a Dios según su propia vocación; en otras, incita a la bondad a una superiora, exhorta a la vigilancia a una novicia, tranquiliza a un párroco y predica a todos la conformidad con la voluntad divina. En 1753, los estudiantes de teología de Deliceto hicieron una peregrinación al santuario de San Miguel, en Monte Gárgano. Aunque no tenían más que unas cuantas monedas para cubrir los gastos del viaje, se sentían seguros, porque el hermano Gerardo iba con ellos. Y, en efecto, el santo se las arregló para que no les faltase nada en los nueve días que duró la peregrinación, que fue una verdadera sucesión de milagros. Exactamente un año más tarde, san Gerardo sufrió una de las pruebas más terribles de su vida. Una joven de vida licenciosa, llamada Neria Caggiano, a quien el santo había ayudado, le acusó de haberla solicitado. San Alfonso mandó llamar inmediatamente al hermano a Nocera. Pensando que su voto de perfección le obligaba a no defenderse, Gerardo guardó silencio; con ello no hizo sino meter en aprietos a su superior, quien no podía creerle culpable. San Alfonso le prohibió durante algunas semanas recibir la comunión y hablar con los extraños. San Gerardo respondió tranquilamente: «Dios, que está en el cielo, no dejará de defenderme». Al cabo de unas cuantas semanas, Neria y su cómplice confesaron que habían calumniado al hermanito. San Alfonso preguntó a su súbdito por qué no se había defendido y éste replicó: «Padre, ¿acaso no tenemos una regla que nos prohibe disculparnos?» (Naturalmente la regla no estaba hecha para aplicarse en esos casos). Poco después, el santo acompañó al P. Margotta a Nápoles, donde el pueblo asedió, día y noche, la casa de los redentoristas para ver al famoso taumaturgo. Finalmente, al cabo de cuatro meses, los superiores se vieron obligados a enviar al hermano Gerardo a la casa de Caposele, donde fue nombrado portero.

Era ese un oficio que agradaba especialmente al joven. El P. Tannoia escribió: «En esa época, nuestra casa estuvo asediada por los mendigos. El hermano Gerardo veía por ellos como lo hubiese hecho una madre. Tenía el arte de contentar a todos, y la necedad y malicia de algunos de los pedigüeños jamás le hicieron perder la paciencia». Durante el crudo invierno de aquel año, doscientas personas, entre hombres, mujeres y niños, acudieron diariamente a la casa de los redentoristas, y el santo portero les proveyó de comida, ropa y combustible, sin que nadie supiese de dónde los sacaba. En la primavera del año siguiente fue nuevamente a Nápoles. A su paso por Calitri, de donde el P. Margotta era originario, el pueblo le atribuyó varios milagros. Cuando volvió a Caposele, los superiores le encargaron de la supervisión de los edificios que se estaban construyendo. Cierto viernes, cuando no había en la casa un sólo céntimo para pagar a los trabajadores, las oraciones del manto hermanito movieron a un bienhechor inesperado a regalar lo suficiente para salir del apuro. San Gerardo pasó el verano pidiendo limosna para la construcción. Pero el calor del sur de Italia acabó con su salud y, en los meses de julio y agosto, el santo se debilitó rápidamente. Tuvo que pasar una semana en cama en Orvieto, donde curó a otro hermano lego que había ido a asistirle y había caído enfermo. Llegó a Caposele casi a rastras. En septiembre, pudo ahandonar el lecho unos cuantos días, pero volvió a caer. Sus últimas semanas fueron una mezcla de sufrimientos físicos y éxtasis, cuando sus dones de profecía y ciencia infusa alcanzaron un grado extraordinario. Murió en la fecha y hora que había predicho, poco antes de la media noche del 15 de octubre de 1755. Fue canonizado en 1904.

La principal fuente de información sobre San Gerardo es la biografía del P. Tannoia.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI






Oración de una madre por la familia:



Oh Glorioso san Gerardo que viste en cada mujer la imagen viviente de María Santísima, Esposa y Madre de Dios, y la quisiste, con tu intenso apostolado, a la altura de su misión, bendíceme a mi y a todas las madres del mundo. Vuélvenos fuertes para mantener nuestras familias unidas; socórrenos en la difícil tarea de educar cristianamente a nuestros hijos; da a nuestros maridos el coraje de la fe y del amor, a fin de que, basados en tu ejemplo y confortados por tu ayuda, podamos ser instrumentos de Jesús para hacer a este mundo mas bueno y justo. En particular, ayúdanos en las enfermedades, en el dolor y en cualquier necesidad; o al menos danos la fuerza de aceptar cristianamente cada cosa para que seamos imagen de Jesús Crucificado como lo fuiste tú. A nuestras familias, danos la felicidad, la paz y el amor de Dios.


Beato Aniceto Koplinski

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Beatos Aniceto Koplinski y José Jankowski, presbíteros y mártires
Cerca de Cracovia, en Polonia, en el campo de concentración de Oswiecim o Auschwitz, beatos Aniceto Koplinski, de la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos, y José Jankowski, de la Sociedad del Apostolado Católico, presbíteros y mártires, que durante la ocupación militar de su patria por gente contraria a Dios y a la fe, proclamaron su fe en Cristo hasta la muerte, el primero en la cámara de gas y el segundo asesinado por los guardias del campo.
En el tristemente famoso campo de concentración de Auschwitz murieron por la fe el día 16 de octubre de 1941 dos sacerdotes ejemplares que habían soportado con entereza la persecución con que la autoridad nazi les había oprimido y subieron aquel día juntos al reino de los cielos. Fueron también beatificados juntos, el 13 de junio de 1999 por el papa Juan Pablo II.
Uno de ellos era el religioso capuchino P. Aniceto Koplinski. Su nombre de pila era Alberto Antonio y había nacido en Debrzno, hijo de un polaco y una alemana, aquél católico, ella luterana, el 30 de julio de 1875. Tuvo una buena educación católica. Llamado familiarmente Adalberto, a los 18 años entró en la Orden capuchina, en la provincia de Renania-Westfalia. Hizo el noviciado con el nombre de fray Aniceto y pronunció los primeros votos el 24 de noviembre de 1894. Tres años más tarde hacía la profesión solemne. Fue ordenado sacerdote el 5 de agosto de 1900. Los superiores le indicaron que se ocupara pastoralmente de los polacos que había en Renania y Westfalia. Llegada la guerra mundial se le encargó atender a los prisioneros y los heridos. En 1918 fue trasladado a Varsovia, pero sin dejar de pertenecer a su provincia alemana ni de tener la ciudadanía alemana, pero logró hablar el polaco de forma suficiente como para no tener problemas en su apostolado. Se ocupó mucho de los pobres, para los que pedía asiduamente limosnas. Los vagabundos y los parados eran sus preferidos. La noche del 26 de julio de 1941 la Gestapo rodeó su convento y arrestó a 22 religiosos, entre ellos a fray Aniceto. Llevados primero a la cárcel de Pawiak en Varsovia, pasaron luego, el 4 de septiembre, al campo de concentración de Auschwitz. No pudo resistir las terribles condiciones del campo y cayó agotado, y fue llevado a la cámara de gas el mismo día. No había querido alegar su nacionalidad alemana para salvarse, y ofreció su vida por la causa de la Iglesia.
El otro era José Jankowski, que había nacido en Pomerania, en la localidad de Czyczkowy, el 17 de noviembre de 1910. Alumno de los padres palotinos, de 1924 a 1929, en este año ingresó en la congregación de la Sociedad del Apostolado Católico. Luego de hacer el noviciado en Oltarzew, pasó a Wadowice para terminar el bachillerato. El 5 de agosto de 1931 hizo la primera profesión y el 2 de agosto de 1936 se ordenó sacerdote en Suchary. Su dedicación fundamental tras ordenarse fue la catcquesis en Oltarzew y sus contornos. Estallada la II Guerra Mundial, continuó su apostolado, y fue elegido en marzo de 1941 maestro de novicios. El 16 de mayo de aquel año era arrestado y llevado a la cárcel Pawiak de Varsovia, de donde fue llevado a Auschwitz. El 16 de octubre de ese mismo año lo mataba la guardia del campo. Sacerdote humilde y celosísimo, dejó una clara estela de santidad.
fuente: «Año Cristiano» - AAVV, BAC, 2003


Beato Agustín Thevarparampil

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Beato Agustín Thevarparampil «Kunjachan», presbítero
En Ramapuram, Palai, India, beato Agustín Thevarparampil «Kunjachan», presbítero.
Agustín Thevarparampil fue un sacerdote humilde, que se entregó en favor de sus hermanos idalit marginados de la sociedad. Ejerció su ministerio en la parroquia durante 47 años. Aunque su verdadero nombre era Agustín, todos lo conocían como "Kunjachan" ("el padrecito"), porque era bajo de estatura.

Nació el 1 de abril de 1891 en Ramapuram, en la familia Thevarparampil. Era el menor de cinco hijos. Terminada la primaria, completó su formación sacerdotal en el seminario de Changacherry y en el de Puthenpally. El 17 de diciembre de 1921 recibió la ordenación sacerdotal de manos del obispo Mar Thomas Kurianacherry.

Desempeñó su ministerio un año como vicario parroquial en Ramapuram y luego, tres años, en Kadanad. Seguidamente, a causa de sus problemas de salud, volvió a su parroquia para recuperarse. Durante ese tiempo descubrió por casualidad un nuevo campo de actividad: en el retiro anual, realizado en la parroquia de Ramapuram, los predicadores reunieron cerca de cuarenta idalit -desheredados- en la iglesia y les predicaron las verdades de la fe. Al recibir esa enseñanza religiosa, se mostraron dispuestos a recibir el bautismo. "Kunjachan" decidió dedicarse al servicio de esas personas. Esa decisión lo convirtió en guía y liberador de miles de pobres de esa aldea.

Prosiguió su apostolado en favor de los idalit hasta su muerte. Como dijo san Arnold Jansen, fundador de la Sociedad del Verbo Divino, el acto primero y principal de amor al prójimo consiste en comunicarle la buena nueva de Jesucristo. "Kunjachan" se realizó en plenitud sirviendo con paciencia y compasión a los demás, especialmente a los marginados, viendo en ellos a Cristo. Durante casi cuarenta años se dedicó al progreso de sus hermanos idalit. En ese tiempo las condiciones sociales de los idalit eran dramáticas, pues se les consideraba "intocables" y se les discriminaba por su casta y el color de su piel. Todos eran analfabetos. En consecuencia, eran supersticiosos y la sociedad los obligaba a realizar trabajos manuales propios de esclavos. Todos estos factores hacían muy difícil el ministerio de "Kunjachan".

No tenía un talento o capacidad excepcional. Era un sencillo párroco. No recibió ninguna honorificencia ni ningún reconocimiento por su incansable servicio orientado a la emancipación de los pobres. Su programa diario preveía visitas a los idalit en su domicilio y en sus lugares de trabajo. Su único ayudante era un catequista. Sin embargo, logró acercar a Dios a muchas personas. No sólo tuvo que afrontar la oposición y duras críticas de los miembros de castas superiores, sino también de los cristianos tradicionales. Estos obstáculos no frenaron su celo misionero. Acercó a la Iglesia a más de cinco mil personas. Creó un vínculo muy firme con todos aquellos a quienes ayudaba. Los llamaba "hijos míos" y ellos lo llamaban "nuestro sacerdote". Los conocía a todos y los llamaba por su nombre, desde los niños hasta los ancianos...

No sólo se esforzaba por la elevación espiritual de los idalit, sino también por su emancipación social, cultural, intelectual y artística. Resistió a la oposición con calma y mansedumbre. No se desalentó cuando el gobierno negó privilegios a los idalit convertidos al cristianismo. La gracia constante de Dios le daba fuerza y valentía. La fuente de su fuerza era la oración ante el santísimo Sacramento. También fue devoto de la santísima Virgen María. Obedecía a su párroco y a su obispo con gran humildad. Murió el 16 de octubre de 1973.

Extracto de la homilía que pronunció el cardenal Vithayathil durante la ceremonia de beatificación celebrada el 30 de abril de 2006 en la ciudad india de Ramapuram.

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