San Gilberto de Toulose | |
En Toulouse, de nuevo en la Galia, muerte de san Gilberto, abad de Citeaux, el cual, nacido en Inglaterra, varón ilustre por su saber, defendió a santo Tomás Becket.
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Beato Baltasar Ravaschieri de Chiavari, religioso presbítero
En Binasco, de la Lombardía, beato Baltasar de Chiavari Ravaschieri, presbítero de la Orden de los Hermanos Menores.
Baltasar Ravaschieri, nació en la familia de los condes de Lavagna en Chiavari, rivera de Levante en 1420. Hijo de una devota familia, creció en la inocencia, en la bondad y en la piedad. Ingresó joven entre los Hermanos Menores, estudió, se laureó en teología, fue ordenado sacerdote y se dedicó a la predicación. Era gran amigo del beato Bernardino de Feltre.
Virtuoso y activo, fue primero elegido guardián, luego Ministro provincial en Génova. Fácil habría sido predecir para él una carrera más brillante aún en la Orden o en la Iglesia si la gota no lo hubiera atacado en forma agudísima paralizando casi del todo sus movimientos. Del mal que lo tenía postrado hizo un constante ejercicio de gimnasia espiritual quemando las etapas de su carrera hacia la santidad. En el convento de Binasco cerca de Milán era llevado en brazos a la iglesia, allí permanecía largas horas solitario, orando y meditando. O se hacía llevar a un bosque donde confesaba a los fieles, los aconsejaba, los consolaba. En aquel bosque, lo sorprendió un día una fuerte nevada sin que nadie se acordara de él. El primero que lo encontró tuvo la sorpresa de observar que la nieve no había caído sobre su cuerpo, aquel cuerpo dolorido y paralizado que se había convertido en palestra de perfección para el espíritu.
Todos los días era llevado en brazos por los hermanos para asistir a la Santa Misa, tomar parte en la recitación del oficio divino y sobre todo escuchar por larguísimas horas, a veces casi todo el día, las confesiones de los fieles, atraídos por la fama de su santidad. Baltasar en su inmovilidad intensificó su vida de íntima unión con Dios y ofreció sus sufrimientos físicos y morales al amor misericordioso de Jesús por la conversión de los pecadores, que en gran número supo acercar a Dios. Desde la llanura de Pavía acudían a él los devotos que le llevaban sus enfermos para que obtuviera de Dios su curación, las madres le llevaban sus niños para que los bendijera.
Seis años sufrió con perfecta serenidad de los santos el extenuante martirio de la gota. Pero ya la hermana muerte estaba por llegar para invitarlo al eterno descanso. Consumido por el mal que le había martirizado sus miembros, serenamente expiró el 17 de octubre de 1492, a la edad de 72 años. Fue sepultado en una urna de mármol.
fuente: «Franciscanos para cada día» Fr. G. Ferrini O.F.M.
San Ricardo Gwyn | |
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San Ricardo Gwyn, mártir
En Wrexham, en el País de Gales, san Ricardo Gwyn, mártir, que siendo padre de familia y maestro de escuela, devoto de la fe católica, le encarcelaron bajo la acusación de animar a otras personas a la conversión, y tras repetidas torturas, manteniéndose en su fe, fue ahorcado y, mientras aun respiraba, descuartizado.
Durante cuarenta años a partir de la disolución de los monasterios, Gales conservó su intenso catolicismo, ya que la mayoría de las principales familias y de la gente del pueblo, permanecieron fieles a la fe. Pero, cuando los misioneros católicos empezaron a pasar del continente europeo a Inglaterra, la reina Isabel y sus ministros se propusieron desarraigar el catolicismo, cortando los canales de la gracia sacramental y silenciando las voces que predicaban la palabra de Dios. En Gales, la primera víctima de esa campaña fue un laico llamado Ricardo Gwyn (alias White). Nació en Llanidlos, en el Montgomeryshire, en 1537, y fue educado en el protestantismo. Después de hacer sus estudios en el Colegio de San Juan, de Oxford, abrió una escuela en Overton, de Flintshire. Poco después se convirtió al catolicismo. Cuando su ausencia de los servicios protestatantes despertó sospechas, Ricardo se transladó a Erbistock con su familia. En 1579, mientras se hallaba en Wrexham, fue reconocido por un apóstata, quien le denunció a las autoridades. Ricardo fue arrestado, pero consiguió escapar.
En junio de 1580, el consejo de la reina ordenó a los obispos protestantes que tratasen más enérgicamente a los católicos que se negaban a prestar el juramento de fidelidad, especialmente a «todos los maestros de escuela, así públicos como privados». De acuerdo con las instrucciones, los obispos mandaron arrestar, un mes después, a Ricardo Gwyn, a quien el juez envió a la prisión de Ruthin. Compareció nuevamente ante el juez alrededor del día de San Miguel, pero, como se negó a prestar el juramento de fidelidad, fue devuelto a la prisión. En mayo del año siguiente, el juez ordenó que se le condujese por fuerza a una iglesia protestante. Ricardo aprovechó la ocasión para interrumpir al predicador con el ruido ensordecedor de sus cadenas. En castigo, se le puso en el cepo desde las 10 de la mañana hasta las 8 de la noche, «en tanto que una turba de ministros protestantes le molestaba». Uno de ellos afirmaba que él poseía el poder de atar y desatar, exactamente lo mismo que san Pedro. Como aquel ministro tenía la nariz tan colorada como la de un bebedor, Ricardo le respondió exasperado: «La diferencia es que, en tanto que san Pedro recibió las llaves del Reino de los Cielos, vos habéis recibido, según parece, las llaves de la bodega». El juez le condenó a pagar una multa de 800 libras por haber causado desorden en la iglesia. En septiembre, se le impuso una multa de 1680 libras (con el valor de 1960) por no haber asistido a los servicios protestantes en todo el tiempo que llevaba en la prisión. El juez le preguntó cómo iba a pagar esas multas tan elevadas. Ricardo respondió: «Tengo algón dinero». «¿Cuánto?», preguntó el juez: «Seis peniques», replicó el santo sonriendo. Después de ser juzgado otras tres veces, fue enviado con otros tres laicos y el sacerdote jesuita Juan Bennet ante el consejo de las Marcas. Los mártires fueron torturados en Bewdley, Ludlow y Bridgnorth, para que revelasen los nombres de otros católicos.
En octubre de 1584, san Ricardo fue juzgado por octava vez, en Wrexham, junto con otros dos católicos, Hughes y Morris. Se le acusaba de haber tratado de reconciliar con la Iglesia de Roma a un tal Luis Gronow y de haber sostenido la soberanía pontificia. Ricardo respondió que jamás había cruzado una palabra con Gronow. Este último declaró más tarde, públicamente, que el vicario de Wrexham y otro fanático le habían pagado a él y a otras dos personas cierta suma para que levantasen falso testimonio. Como los miembros del jurado se negaron a asistir al juicio, el juez formó de improviso otro jurado, cuyos miembros tuvieron la ingenuidad de preguntarle, ¡a quiénes debían absolver y a quiénes debían condenar!, Ricardo Gwyn y Hughes fueron sentenciados a muerte, y Morris recobró la libertad. (Hughes fue después indultado). El juez mandó llamar a la esposa de Ricardo, quien se presentó con su hijito en los brazos y la exhortó a no imitar a su marido. Ella replicó: «Si lo que queréis es sangre, podéis quitarme la vida junto con la de mi esposo. Basta con que deis un poco de dinero a los testigos e inmediatamente declararán contra mí».
San Ricardo fue ejecutado en Wrexham (que es actualmente la cabecera de la diócesis de Mynwyn), el 15 de octubre de 1584. Era un día lluvioso. La multitud gritó que le dejasen morir antes de desentrañarlo, pero el alcalde, que era un apóstata, se negó a conceder esa gracia. El mártir gritó en la tortura: «¡Dios mío! ¿Qué es esto?» «Una ejecución que se lleva a cabo por orden de Su Majestad», replicó uno de los esbirros. «¡Jesús, ten misericordia de mí!», exclamó el santo. Unos instantes después, su cabeza rodaba por el suelo.
Durante sus cuatro años de prisión, el santo escribió en galés una serie de poemas religiosos, en los que exhortaba a sus compatriotas a permanecer fieles a la Santa Madre Iglesia y describía, con una violencia comprensible en sus circunstancias, a la nueva religión y sus ministros. Fue beatificado en 1929 y canonizado en 1970 por SS Pablo VI.
Challoner, Memoires of Missionary Priests, pp. 102-105, quien llama al santo «White», que es la traducción de la palabra galesa «Gwyn»; T. P. Ellis, The Catholic Martyrs of Wales (1933), pp. 18-33. Acerca de los poemas galeses del santo, véanse las publicaciones de la Catholic Record Society, vol. V, pp. 90-99.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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Beato Pedro de la Natividad
Beato Pedro de la Natividad de Santa María Virgen Casani, religioso presbítero
En Roma, beato Pedro de la Natividad de Santa María Virgen Casani, presbítero de la Orden de Clérigos Regulares de las Escuelas Pías, que orientò sus dotes naturales y de la gracia a la educación de los niños, contento de servir a Dios en los párvulos.
Pedro Casani nació en Luca (Toscana, Italia) en 1572 y murió en Roma en 1647. Su niñez y juventud fueron las de un muchacho inteligente, piadoso y responsable. Cuando tenía casi 20 años, influido por la muerte ejemplar de su madre, se sintió llamado a una vida de mayor entrega a Dios y entró en la congregación de la Bienaventurada Virgen, que acababa de fundar san Juan Leonardi, en cuya parroquia de Santa María de Corteorlandini había sido educado en la vida cristiana. Casani tuvo la suene de tratar asiduamente al fundador san Juan Leonardi, que en dos ocasiones lo escogió como secretario y acompañante, al nombrarle Clemente VIII visitador apostólico de dos congregaciones monásticas. Esta fuerte experiencia explica el celo y el rigor de Pedro Casani por la observancia religiosa.
Antes de entrar en el noviciado había hecho estudios de filosofía y teología con los franciscanos de Luca, que completó luego en el Colegio Romano con los jesuitas. Casani fue buen teólogo. Además de elegante latinista y esmerado calígrafo. Ordenado sacerdote en la basílica de San Juan de Letrán, ejerció su ministerio en la predicación, confesiones y pastoral juvenil; para los jóvenes estableció en Luca la congregación de Nuestra Señora de las Nieves. Fue, pues, un religioso ejemplar y muy estimado mientras vivió en la Congregación luquesa.
En 1609 falleció san Juan Leonardi, Pero ya desde los primeros años del siglo había intervenido con su asistencia y su consejo en el desarrollo de la naciente congregación de las Escuelas Pías (popularmente Escolapios), cuyas bases había puesto en 1597 san José de Calasanz, al crear en la parroquia de Santa Dorotea de Trastévere la primera escuela «popular, pública y gratuita» de Europa, como escribió Ludovico Pastor. De nuevo los hijos de San Juan Leonardi prestaron sus servicios pastorales a las Escuelas Pías después de la muerte de su propio fundador. Estos contactos hicieron pensar a Calasanz en la conveniencia de dar mayor estabilidad y asegurar la perpetuidad de sus Escuelas Pías uniéndolas con la Congregación luquesa de San Juan Leonardi, lo cual se llevó a cabo con la aprobación de Pablo V en 1614.
Como consecuencia de esta unión, el p. Pedro Casani fue nombrado rector de la casa de San Pantaleón, donde estaban instaladas las Escuelas Pías y todo el grupo de colaboradores de Calasanz, que continuó siendo responsable y prefecto de las mismas. Comenzaba así una nueva etapa, que afrontaron todos con buena voluntad. Pero este encuentro con Calasanz y su obra fue particularmente trascendental para Casani. Tres años después de la unión, los padres luqueses comprendieron que no podían aceptar definitivamente el ministerio de las escuelas con absoluta prioridad, sin traicionar su propio carisma fundacional. Intervino, de nuevo, Pablo V separando ambas instituciones que en 1621 fueron elevadas a órdenes religiosas por Gregorio XV, manteniendo ambas el apelativo común «de la Madre de Dios».
Pedro Casani decidió quedarse en las Escuelas Pías, formando parte del grupo de Calasanz y participando activa y eficazmente desde entonces en la transformación progresiva del instituto desde simple congregación secular sin votos hasta orden de votos solemnes, la última en la historia de la Iglesia. El santo fundador José de Calasanz encontró en Casani al hombre providencial e imprescindible, a quien mantuvo durante 30 años en los cargos de mayor responsabilidad, siendo su primer asistente general y primer rector de la casa madre de San Pantaleón, primer maestro de novicios, primer provincial de Génova y luego de Nápoles, comisario general para las fundaciones de Europa central y primer candidato para suceder al santo fundador como vicario general, cargo éste que no quiso aceptar por humildad, creyéndose incapaz. Pero, sobre todo, fue siempre su fiel colaborador, dispuesto a todo, su defensor, su amigo y compañero, profundamente piadoso, hombre de espíritu y de acción, cumpliendo incansables misiones de gobierno, de visitador, de formador de novicios y jóvenes, de animador de la observancia en Roma, Frascati, Narni, Fanano. Génova, Savona, Mesina. Nápoles, Nikolsburg, Leipnik, Strasnitz y Cracovia.
Tenía dotes de gran predicador de multitudes, convocando en determinadas celebraciones a seis mil y diez mil personas. Su ejemplo de vida y su fuerza de captación y convicción le hicieron promotor eficaz de vocaciones religiosas, primero entre los luqueses y luego entre los escolapios. Entre sus conquistas puede recordarse como ejemplo, a su propio padre, ya viudo, que le siguió en la congregación luquesa, y al p. Francisco Castelli, que, como él mismo, fue una de las personalidades más relevantes en los principios de la orden de las Escuelas Pías, con cargos de asistente general, provincial de Liguria y de Toscana, rector y maestro de novicios.
Fue muy notable su amor y defensa de la suma pobreza religiosa, una de las razones de su vinculación a Calasanz y a sus exigencias testimoniales de pobreza, dada la dedicación escolar preferencial para los niños pobres. Pero tenía a la vez un don especial para tratar con los grandes de este mundo, tanto de orden civil como eclesiástico, de lo que era consciente el fundador, que se valía de ello. Ambos, sin embargo, eran contrarios a condescender con la excesiva generosidad de los bienhechores, por mantener la pobreza en su rigor.
Participó con el santo fundador do los dolores y gozos del naciente instituto, viéndolo sumamente estimado por papas, cardenales, obispos y príncipes de Europa, y por muchas ciudades y pueblos, con la angustia de no poder atender a tantas demandas de fundación. Pero, como todas las obras y hombres de Dios, también fueron probados por la tribulación. Y Casani fue acusado y llevado preso con el fundador al Santo Oficio, a sus setenta años, por las calles céntricas de Roma y depuesto luego de su cargo de asistente, como culpable, y la orden reducida a simple congregación sin votos. En aquellos momentos de humillación, de descrédito y de destrucción, Casani se mantuvo fiel defensor del fundador y de la obra, soportando la tribulación con paciencia y resignación heroicas, con oración y confianza eh Dios, pidiendo de palabra y por escrito la intercesión favorable de los amigos y de los grandes, aunque inútilmente, e inculcando la confianza y la fidelidad a los vacilantes.
Murió el 17 de octubre de 1647, asistido por el santo fundador José de Calasanz, que en días sucesivos escribió muchas cartas comunicando la noticia y diciendo que «como había vivido muy devotamente durante su vida, así plugo a Dios bendito que ... muriese santamente. Esperamos que ayude a la orden más después de la muerte que en vida. Su cuerpo fue llevado a la iglesia, donde el viernes y el sábado hubo un concurso tan innumerable del pueblo y de la nobleza, que fue necesario retirar su cuerpo dentro de casa. De las gracias que algunos han recibido no diré por ahora nada ...» Poco después daba Calasanz los primeros pasos para iniciar el proceso de beatificación. Pero al morir el fundador diez meses más tarde, la preferencia por llevar adelante su proceso, bloqueó todos los demás.
En 1738 en la ciudad húngara de Szeged, donde los escolapios tenían colegio desde 1720, una muchacha ya moribunda en un hospital fue sanada de una enfermedad incurable cuando un padre escolapio que atendía a los enfermos le hizo besar una imagen del p. Casani. Fue beatificado el 1 de octubre de 1995 por SS Juan Pablo II.
De la edición de L'Osservatore Romano del 29 de noviembre de 1995, transcripa en una página de la Orden.
fuente: «L`Osservatore Romano»

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