sábado, 17 de octubre de 2015

Santos Rufo y Zósimo - San Juan de Licópolis - San Dulcidio de Agen - San Florencio de Orange 17102015

Santos Rufo y Zósimo

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Santos Rufo y Zósimo, mártires
Conmemoración de los santos Rufo y Zósimo, mártires, acerca de los cuales san Policarpo, como compañeros de martirio de san Ignacio, confirmó, al escribir a los filipenses, que «participaron en la pasión del Señor, no amaron la vida presente, sino a Aquel que por ellos y por todos los hombres murió y resucitó».
Cuando san Ignacio de Antioquía (ver hoy mismo) estuvo en Filipos de Macedonia de paso para Roma, en donde habría de ser martirizado, le acompañaban los santos Rufo y Zósimo, originarios de Antioquía o de Filipos. Siguiendo las instrucciones de san Ignacio, los cristianos de Filipos escribieron una carta fraternal a los de Antioquía.San Policarpo de Esmirna, a quien san Ignacio Había encomendado el cuidado de su iglesia, se encargó de responderles. En su carta, que solía leerse públicamente en las iglesias de Asia en el siglo IV, san Policarpo habla de Rufo y Zósimo, que habían tenido la felicidad de compartir las cadenas y sufrimientos de Ignacio por amor de Cristo y habían sido glorificados por Dios con la corona del martirio, hacia el año 107, durante el reinado de Trajano. San Policarpo dice, hablando de ellos: «No corrieron en vano, sino que iban armados de la fe y la rectitud. Partieron al sitio que les tenía preparado Aquél por quien habrían de sufrir, porque no amaron este mundo sino a Jesús, que murió y fue resucitado por Dios para nuestra salvación ... Por ello, os exhorto a todos a vivir rectamente y a ejercitar la paciencia, de la cual os han dado ejemplo no sólo Ignacio, Zósimo y Rufo, sino también otros que vivieron entre vosotros, así como el mismo Pablo y los demás Apóstoles.»
Epígrafe encontrado sobre la Tumba de San Rufo en el «Coemieterius Maius» (contiguo al de Santa Inés) en Roma. Fue hallado en el siglo XVIII y cada vez más apreciado como testimonio de la paleohistoria cristiana. El texto dice «Rufo el mensajero, sepultado el 10 de diciembre» y el dibujo que sigue al texto se ha identificado con una palma de martirio, un símbolo inequívoco para los primeros cristianos. En la actualidad se encuentra en los Museos Vaticanos.


fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI


San Juan de Licópolis

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San Juan de Licópolis, eremita
En Licópolis, de Egipto, san Juan, eremita, que entre sus muchas virtudes se distinguió por su espíritu profético.
Exceptuando a san Antonio, ningún ermitaño del desierto adquirió tan amplia fama como san Juan de Egipto, que fue consultado por emperadores y cuyas alabanzas fueron cantadas por san Jerónimo, Paladio, Casiano, san Agustín, y muchos otros. Nació en la baja Tebaida, en Licópolis, en el sitio de la actual ciudad de Asyut, y fue educado para el oficio de carpintero. A la edad de veinticinco años, abandonó el mundo y se puso bajo la dirección de un anciano anacoreta, quien, durante diez o doce años, lo ejercitó en la obediencia y abnegación de sí mismo. Juan obedeció sin replicar, por irracional que fuera la tarea que se le imponía. Durante todo un año, por mandato de su padre espiritual, diariamente regó un palo seco como si hubiera sido una planta viva y obedeció otras órdenes igualmente ridiculas. El continuó en este ejercicio hasta la muerte del anciano, y a su humildad y pronta obediencia atribuye Casiano los dones extraordinarios que más tarde recibió de Dios. Parece haber pasado cuatro o cinco años visitando varios monasterios. Finalmente se retiró a la cumbre de una escarpada colina, cerca de Licópolis, e hizo en la roca tres pequeñas celdas contiguas. Una como alcoba, otra como cuarto de trabajo y asistencia y la tercera como oratorio. Después tapió todos los accesos, dejando solamente una pequeña ventana, a través de la cual recibía las cosas necesarias para la vida y hablaba con aquellos que lo visitaban. Durante cinco días de la semana conversaba solamente con Dios, pero los sábados y los domingos, los hombres -nunca las mujeres- tenían libre acceso a él para oír sus instrucciones y sus consejos espirituales. Nunca comió antes de la puesta del sol, y se alimentaba con frutos secos y legumbres. Al principio, mientras llegó a acostumbrarse, padeció terriblemente, ya que no comía pan ni nada que fuera cocinado al fuego, pero continuó con su dieta desde los cuarenta hasta las noventa años.

Él no fundó ninguna comunidad, y sin embargo se le consideraba como el padre de todos los ascetas de la comarca y, cuando sus visitantes llegaron a ser tan numerosos que se hizo necesario construir una hospedería para recibirlos, el lugar fue administrado por sus discípulos. San Juan fue especialmente famoso por sus profecías, sus milagros y su poder de leer los pensamientos y de descubrir los pecados secretos de aquellos que lo visitaban. Maravillosas curaciones se realizaron con sólo aplicarles a los enfermos y a los ciegos el aceite que el hombre de Dios había bendecido. De sus muchas profecías, las más célebres fueron las que hizo al emperador Teodosio I. Juan le dijo que saldría victorioso en su lucha contra Máximo, y el emperador, confiado en esto, atacó y derrotó a su enemigo. Nuevamente en 392, cuatro años después, cuando Eugenio se apoderó del imperio de occidente, Teodosio acudió en busca del auxilio del recluso. Envió al eunuco Eutropio a Egipto, con instrucciones de que le llevara a san Juan, si era posible, pero que en cualquier forma averiguara con él si era mejor marchar contra Eugenio o esperar su ataque. El santo se rehusó a abandonar su celda, pero mandó decir que Teodosio saldría victorioso, aunque a costa de mucha sangre y que no sobreviviría largo tiempo a su triunfo. La predicción se cumplió: Eugenio fue derrotado en las llanuras de Aquilea y Teodosio murió pocos meses después.

Poco antes de su muerte, san Juan fue visitado por Paladio, quien nos hace un interesante relato de su viaje y recibimiento. El venerable ermitaño le dijo que estaba destinado a ser un día consagrado obispo y reveló otras muchas cosas de las que normalmente no podía tener conocimiento. De igual manera, cuando unos monjes llegaron a verlo desde Jerusalén, Juan reconoció al momento que uno de ellos era diácono, aun cuando el hecho había sido ocultado. El ermitaño tenía entonces 90 años y murió poco después. Advertido por Dios de su próximo fin, cerró su ventana y ordenó que nadie se acercara a él durante tres días. Murió pacíficamente al fin de ese lapso, estando de rodillas en oración. En 1901, la celda que él había ocupado fue descubierta cerca de Asyut.

Acta Sanctorum de marzo, vol. III, han extractado los principales hechos atribuidos a san Juan de Egipto en la Historia Lausiaca, de Paladio, en la Historia Monachorum y en otras partes. Referente al texto de Paladio, tenemos que consultar a C. Butler o Lucot. Para la Historia Monachorum, ver Preuschen, Palladius und Rufinus. N. de ETF: en la edición anterior del Martirologio figuraba en esta fecha otro padre del desierto de nombre Juan, san Juan Kolobos (o san Juan el enano), conocido a través de los famosos «Apotegmas de lso Padres del desierto», al que se suele situar un si- glo después que el de Licópolis; a él se atribuía la misma anécdota del riego del palo seco que finalmente florece por obediencia. En el Martirologio Romano actual el de Licópolis ha sido trasladado a esta fecha (antes se celebraba el 27 de marzo) y el Kolobos ha desaparecido. Posiblemente se considere en la actualidad que son la misma persona, aunque no fue posible verificar el dato. La imagen que ilustra esta hagiografía corresponde a Juan Kolobos.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

San Dulcidio de Agen

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En Agen, ciudad de Aquitania, san Dulcidio, obispo, que luchó denodadamente por la fe católica contra la herejía arriana.


San Florencio de Orange

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En la ciudad de Orange, en la Provenza, de la Galia, san Florencio, obispo.




 
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