San Wilibordo de Utrecht | |
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San Wilibordo de Utrecht, abad y obispo
En Echternach, de Austrasia, sepultura de san Wilibordo, inglés de nacimiento, que ordenado obispo de Utrecht por el papa san Sergio I, predicó el Evangelio en Frisia y en Dinamarca, y fundó sedes episcopales y monasterios hasta que, agobiado de trabajo y gastado por la edad, se durmió en el Señor dentro de los muros de un monasterio por él levantado.
San Wilibrordo nació en Nortumbría en el 658. Antes de cumplir los siete años, sus padres le enviaron al monasterio de Ripon, gobernado entonces por san Wilfrido. A los veinte años, Wilibrordo emigró a Irlanda, donde se reunió con san Egberto ysan Wigberto, quienes habían ido a estudiar en las escuelas conventuales de dicho país, en busca de una vida monacal más perfecta. Con ellos estudió san Wilibrordo durante siete años las ciencias sagradas. San Egberto tenía la intención de trasladarse al norte de Alemania para predicar el Evangelio, pero no pudo realizar su proyecto. Su compañero, san Wigberto, volvió a Irlanda al cabo de dos años de evangelizar sin éxito alguno. Entonces san Wilibrordo, quien tenía treinta y un años y acababa de recibir la ordenación sacerdotal, pidió a sus superiores que le enviasen a esa misión tan ardua y peligrosa. Sus superiores accedieron, y Wilibrordo partió con otros once monjes ingleses, entre los que se contaba san Wigberto.
El año 690, desembarcaron en la desembocadura del Rin; de allí se dirigieron a Utrecht y después a la corte de Pipino de Heristal, quien los alentó a evangelizar la región de la baja Frieslandia, situada entre el Mosa y el mar. Pipino había arrebatado esa región al pagano Radbodo. San Wilibrordo fue antes a Roma, donde se postró a los pies del papa san Sergio I y le pidió permiso de evangelizar las naciones idólatras. El Pontífice le concedió amplia jurisdicción y le dio reliquias para la consagración de iglesias. San Wilibrordo y sus compañeros predicaron con éxito en la región de Frieslandia que los francos habían conquistado. San Wilfrido consagró obispo a san Wigberto en Inglaterra. Tal vez ello molestó a Pipino, porque Wigberto partió pronto a evangelizar a los boructvaros, una tribu germánica. Pipino envió entonces a san Wilibrordo a Roma, con una carta en la que recomendaba al Papa que le consagrase obispo.
San Sergio le recibió con grandes honores, sentado en la cátedra de San Pedro, cambió el nombre del santo por el de Clemente y le ordenó obispo de los frisios en la basílica de Santa Cecilia, el día de la fiesta de esta santa, en el año 696. San Wilibrordo sólo permaneció en Roma dos semanas antes de volver a Utrecht, donde fijó su sede y construyó la iglesia del Salvador. El celo infatigable con que trabajó por la conversión de los paganos, demostró que con la consagración episcopal había recibido del cielo una gracia especial para ensanchar el Reino de Díos. Algunos años después de su consagración, ayudado por Pipino y por la abadesa santa Irmina, fundó en Luxemburgo la abadía de Echternach, que pronto se convirtió en el centro de su influencia.
San Wilibrordo misionó también en la Frieslandia superior, donde todavía reinaba Radbodo y llegó hasta Dinamarca; pero lo único que consiguió allí fue comprar a treinta jóvenes daneses, a quienes instruyó, bautizó y llevó consigo en su viaje de vuelta. Alcuino cuenta que, en ese viaje, una tempestad desvió al navío hacia la isla de Heligoland, que los daneses y los frisios consideraban como tierra sagrada. En aquella isla constituía un sacrilegio matar a los animales, comer los productos de la tierra y sacar agua de las fuentes, sin observar profundo silencio. Para desengañar a los habitantes, san Wilibrordo mató algunos animales para dar de comer a sus acompañantes y bautizó a tres personas en una fuente, pronunciando en voz alta las palabras rituales. Los idólatras, que creían que san Wilibrordo se iba a volver loco o iba a caer muerto en el acto, no sabían si atribuir a la clemencia o a la impotencia de su dios, el hecho de que nada sucediese al santo. Finalmente, decidieron informar del suceso a Radbodo, quien mandó echar suertes para elegir a una víctima cuyo sacrificio aplacase al dios. La suerte recayó sobre un miembro de la comitiva de san Wilibrordo, que fue sacrificado por la superstición del pueblo y murió mártir de Jesucristo. Después de Heligoland, san Wilibrordo visitó Walcheren, donde, con su caridad y paciencia, convirtió a muchos paganos. Cuando derribó y destruyó a un ídolo, uno de los sacerdotes paganos le persiguió para darle muerte, pero el santo consiguió escapar y volvió sano y salvo a Utrecht. El año 714 nació Carlos Martel, hijo de Pipino el Breve, quien fue más tarde rey de los francos. San Wilibrordo le bautizó y, según cuenta Alcuino, predijo que su gloria superaría a la de todos sus predecesores.
El año 715, Radbodo reconquistó la parte de Frieslandia que había perdido y perjudicó mucho a la obra de san Wilibrordo, pues destruyó iglesias, mató misioneros y obligó a muchos a apostatar. San Wilibrordo tuvo que huir, pero Radbodo murió el año 719, y el santo pudo predicar de nuevo con entera libertad en toda la región. San Bonifacio le ayudó en ese trabajo, ya que pasó tres años en Frieslandia antes de ir a Alemania. Beda dice en su historia, escrita hacía el año 731: «Wilibrordo, llamado también Clemente, vive todavía. Es un anciano venerable, que lleva treinta y seis años de ser obispo y suspira por el premio celestial, tras haber superado muchas pruebas espirituales». El beato Alcuino le describe como hombre de estatura regular, de aspecto venerable y elegante, de palabra y carácter llenos de gracia y alegría, prudente en el consejo, incansable en la predicación y el ministerio apostólico, atento siempre a no descuidar la oración pública, la meditación y la lectura espiritual. San Wilibrordo y sus compañeros implantaron la fe en muchas regiones de Holanda y de los Países Bajos, en las que san Amando y san Lebvino no llegaron a penetrar. Gracias a sus labores, los frisios, que constituían un pueblo bárbaro y rudo, se civilizaron y progresaron en la virtud, poco a poco. Con frecuencia se califica al santo de «Apóstol de Frisia», título al que tiene perfecto derecho, pero no hay que olvidar que san Wigberto desempeñó también un papel muy importante en los primeros años de la misión y aun parece haber sido la principal cabeza. Por lo demás, los frisios, como los otros pueblos, no se convirtieron con la rapidez que los hagiógrafos medievales suponen. «Wilibrordo fue para Inglaterra lo que Columba había sido para Irlanda, ya que inauguró un siglo de influencia espiritual de Inglaterra en el continente» (W. Levison).
San Wilibrordo acostumbraba ir de vez en cuando a hacer un retiro en Echternach. Al fin de su vida, se retiró definitivamente a dicho monasterio, donde murió a los ochenta y un años de edad, el 7 de noviembre del 739. Fue sepultado en la iglesia abacial, que desde entonces se convirtió en sitio de peregrinación. En dicho santuario se celebra, el miércoles de Pentecostés, una curiosa ceremonia llamada «la danza de los santos». No sabemos qué origen tiene, pero lo cierto es que se ha llevado a cabo desde 1553 hasta el presente (excepto de 1786 a 1802). Se trata de una procesión que va desde el puente del Sure hasta el santuario. Los participantes, en filas de cinco y tomados de la mano, avanzan bailando al son de la música; por cada tres pasos que dan hacia adelante dan dos hacia atrás. En la procesión toman parte sacerdotes, religiosos y aun obispos, y la ceremonia termina con la bendición del Santísimo. Cualesquiera que sean sus orígenes, el hecho es que la procesión reviste actualmente un carácter penitencial y tiene por fin rogar por los epilépticos y por todos los que sufren enfermedades mentales. La fiesta de san Wilibrordo se celebra también en Holanda y en la diócesis inglesa de Hexham.
El artículo del P. Poncelet en Acta Sanctorum, nov., vol. III, merece todo encomio no sólo por su claridad, sino también por el conocimiento magistral que posee el autor sobre todo el período. El P. Poncelet habla de las alabanzas que tributaron a san Wilibrordo sus contemporáneos (Beda, san Bonifacio, etc.) y publica íntegramente el texto de Alcuino, revisado críticamente, así como la biografía de Teofrido, abad de Echternach, aunque esta última añade apenas nada a las otras fuentes históricas. Es de notar que en el Manuscrito Epternach del Hieronymianum (MS Paris Latin 10837) hay otro calendario que contiene una nota escrita por el propio san Wilibrordo el año 728, en la que afirma que él, Clemente, cruzó el mar el año 690 y fue consagrado obispo por el papa Sergio, en Roma, el año 696. Véase sobre éste y otros detalles el «Calendar of St. Willibrord», editado por H. A. Wilson en la Henry Bradshaw Society (1918). Acerca de «la danza de los santos», la tradición sigue vigente: puede verse una pequeña introducción histórica y sobre la realización actual en el web de Luxemburgo dedicado al santo (en varios idiomas). En 1934 Levison incluyó en la continuación de Monumenta Germaniae Historica, Scriptores, vol. xxx (pp. 1368-1371) una colección de milagros atribuidos al santo. En la iglesia de Santa Gertrudis de Utrecht se descubrieron ciertas presuntas reliquias de san Wilibrordo; W. J. A. Visser las describió; acerca de esto véase Analecta Bollandiana, vol. III (1934), pp. 436-437.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Anglosajón de la Nortumbria, hijo de un noble, se formó en el monasterio de Ripon con san Wilfrido, y de él aprendió los dos ideales que fueron el norte de su vida: la fidelidad a Roma y las ansias misioneras, el ancla y el vuelo, la raíz y las alas. Cuando su maestro estaba empeñado en conflictos de jurisdicción, pasó a Irlanda, y allí le encontramos en Rathmelsigi, donde se le ordena de sacerdote en el 688. Dos años después, con doce monjes más, irá a evangelizar aquella Europa bárbara e idólatra por la que se sentía llamado. Frisia ya había oído la voz de Wilfrido, pero será Wilibrordo el gran apóstol de estas tierras; el Papa Sergio I (tras una estancia en Roma, porque quiere que todas sus empresas tengan la bendición del sucesor de Pedro) le consagra arzobispo con sede en Utrecht, y hacia el año 700 establece un segundo centro misional en el monasterio de Echternach, en el Luxemburgo. La evangelización se apoya, como suele ocurrir, en situaciones políticas más o menos inestables (el mayordomo de palacio del rey de los francos, Pipino de Heristal, fue uno de sus sostenes), y cuando los frisones se alzan contra los francos Wilibrordo y los suyos tienen que replegarse por un tiempo. Hasta que con la paz vuelven a su labor, exploran Dinamarca y otros reinos vecinos, y antes de morir el santo ve asegurada la continuidad con el joven san Bonifacio, otro anglosajón que evangelizará la Germania. El camino que señaló Wilfrido lo anduvo Wilibrordo hasta que otro gran misionero de las islas, Bonifacio, amplía el horizonte sabiendo que otros también le sucederán.
Oremos
Dios y Señor nuestro, que con tu amor hacia los hombres quisiste que San Vilibrodo anunciara a los pueblos la riqueza insondable que es Cristo, concédenos, por su intercesión, crecer en el conocimiento del misterio de Cristo y vivir siempre según las enseñanzas del Evangelio, fructificando con toda clase de buenas obras. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
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Beata Marthe Robin

Marta Robin, vivió 50 años postrada en cama sin comer ni beber ni dormir; sólo se alimentaba de la Eucaristía
Tengo deseos de gritar a los que me preguntan si como, que yo como más que ellos, pues yo me alimento en Marta Robin la Eucaristía de la sangre y la carne de Jesús. Tengo deseos de decirles que ellos impiden en sí los efectos de este alimento. Bloquean sus efectos»
* La Ciencia nunca pudo dar una respuesta sensata a las manifestaciones que tenía esta campesina francesa
2 de agosto de 2011.- ¿Cómo logrará vivir esta mujer sin comer, ni beber y sin dormir ni un solo día en años?, ¿quién avitualla clandestinamente a esta mujer?, ¿dónde está el truco de esta gran ilusionista? Un caso tan extraordinario era normal que atrajera a tantos curiosos y que interpelara a creyentes y no creyentes. No logra ver. Es incapaz de distinguir objetos y no soporta la más mínima claridad. Sus brazos permanecerán rígidos de por vida salvo una ligera movilidad en las falanges de sus dedos. Su cabeza está como sin vida, sin posibilidad de girar a izquierda o derecha, y las piernas quietas, como plegadas sobre sí mismas, sin la más mínima acción. Además, todos los viernes se le aparecen estigmas en pies y manos.También en el costado derecho junto a la línea mediana. Y la mayoría de esos viernes aparecen unas llagas que sangran.Apenas podía moverse en la cama. Estaba como inmóvil.Un caso extraordinario, único.
Se llamaba Marta Robin, y era una campesina francesa que nació el 13 de marzo de 1902 en el departamento de la Drôme, en Châteauneuf-de-Galaure, cerca de los Alpes, y murió el 6 de febrero de 1981. Nunca abandonó la casa paterna. Marta era una sencilla mujer que tenía como talento más destacado el de bordar. No tenía gran cultura. Apenas leía y no había recibido clases de teología o filosofía. Era una chica de campo. Se está estudiando su beatificación. En 1936 fundó los Foyers de charité (casas de retiro espiritual), que se han extendido por 70 países y ayudó a miles de personas, organizando retiros espirituales y enviando paquetes de ayuda a encarcelados y a las misiones. Ofrecemos el resumen testimonial de su vida en un reportaje escrito y en un vídeos además de dos libros para leer con tranquilidad: “Retrato de Marta Robin” de Jean Guitton y “Marta Robin, un milagro viviente” escrito por el P. Ángel Peña O.A.R.
(Álex Rosal / Religíón en libertad) A casa de Marta Robin llegaban cada día decenas de personas que querían hablar con ella para pedirle consejo, una palabra de esperanza o, simplemente, un consuelo… Ministros, médicos, jueces, obispos, empresarios, campesinos, todos querían recibir una solución a las preocupaciones que llevaban consigo. A su casa entraban todos. También los pobres y marginados. Y los niños, por supuesto, que solían trepar por la cama. Se calcula que más de 100.000 personas pudieron hablar con Marta a lo largo de su vida.
Consejos para todos
Marta Robin Marta permanecía todo el día en su oscura habitación, con las cortinas corridas, haciendo de freno a cualquier rayo de luz que se intentará colar. Siempre inmóvil, recostada en una cama de metro diez, con un par de almohadones que elevaban su espalda y sujetaban la cabeza, y con la mano derecha sobre la barriga. Las piernas en forma de M mayúscula, vueltas sobre sí misma y los muslos ligeramente doblados sobre la pelvis.
Sin probar en todo el día ni comida ni bebida. Sin dormir ni poder ver. Vivía en una permanente oscuridad. Su trabajo era «recibir», y sus visitas apenas vislumbraban su cara. Marta Robin era sobre todo voz. Quienes la conocieron dicen de ella que modulaba gran cantidad de sonidos. Su voz podía pasar con gran facilidad de infantil, juguetona, tímida, dulce o melosa, a firme, voluminosa o directa. Lo que más sorprendía a los visitantes era ese cambio, a veces, brusco, del registro de voz.
Con los políticos hablaba de sus cosas, o sea, la gestión de lo público, las batallitas de unos y otros, lo de siempre; con los obispos, de los problemas de conciencia que le traían. Con los campesinos y ganaderos de sus quebraderos de cabeza con las cosechas, la venta de los terneros, la leche de las vacas, en fin, lo del campo.
Curiosos y médicos
Solía repetir: «No pertenezco al sindicato de las echadoras de cartas». Y era verdad. No era ni una pitonisa o ni una curandera. Muchos la definieron como mística. Una «Catalina Emmerich» del siglo XX. Una mujer capaz de hacer coincidir en su persona el cielo y la tierra. En cierta ocasión, una de sus visitas, tras hablar con ella unos minutos y contarla sus preocupaciones, exclamó: «Fuera no hay más que problemas. Junto a ella no hay más que soluciones, ¿por qué será así?».
Marta Robin Aunque podía estar en un plano sobrehumano, tenía los pies en la tierra. A veces recomendaba a algún amigo que la frecuentaba: «Cierre la puerta de su casa y hágase el enfermo, que lo veo cansado». Otras, se preocupaba por lo difícil que era para los labriegos ganar un jornal. El filósofo Jean Guitton, asiduo a la compañía de Marta, llegó a decir: «Cada uno en aquella habitación se sentía unido a sí mismo, a los otros y a Dios».
Entre las miles de visitas que recibió Marta muchas tenían un ingrediente detectivesco. ¿Cómo logrará vivir esta mujer sin comer, ni beber y sin dormir ni un solo día en años?, ¿quién avitualla clandestinamente a esta mujer?, ¿dónde está el truco de esta gran ilusionista? Un caso tan extraordinario era normal que atrajera a tantos curiosos y que interpelara a creyentes y no creyentes. Decenas de médicos, muchos de ellos ateos, pasaron por su habitación para diagnosticar una locura, un estado de ansiedad desproporcionado o cualquier otro tipo de enfermedad mental. Pero nada de nada. La ciencia no fue capaz de explicar que le pasaba a esta pequeña campesina.
El jueves revivía la Pasión de Cristo
Marta Robin La «semana» de Marta comenzaba los martes con la Eucaristía. No lograba tragar la hostia que se le colocaba en la boca. Era absorbida sin que ella pudiera engullirla. «Es como si un ser vivo entrará en mí», decía Marta. A partir de ahí entraba en un estado de éxtasis que podía durar horas. «Después de comulgar sucede que siento una renovación pero no necesariamente en cada ocasión, pues puede ocurrir también fuera de la comunión». En otro momento comentó: «Tengo deseos de gritar a los que me preguntan si como, que yo como más que ellos, pues yo me alimento en la Eucaristía de la sangre y la carne de Jesús. Tengo deseos de decirles que ellos impiden en sí los efectos de este alimento. Bloquean sus efectos».
El jueves era el otro día «grande» para Marta. Revivía semanalmente la Pasión. Sus ojos comenzaban a llorar sangre, uniéndose así a las llagas de sus manos, pies y costado que tampoco cesaban de expulsar líquido durante todas las noches de la semana.
A las veintiuna horas, con la puntualidad que marca un reloj, comenzaba a murmurar débilmente: «Padre mío, Padre mío, que se aparte de mí este cáliz, pero que se haga tu voluntad». A continuación se producía como un gemido o una melopea melódica en tres notas, que, según los presentes, «podía compararse a los pequeños gritos que da un recién nacido».
La Pasión contada por el sacerdote que le atendía
El padre Georges FinetEl Padre Finet, fiel colaborador de Marta, y testigo de esta Pasión semanal, cuenta su experiencia: «Yo volvía el viernes hacia las dos de la tarde. Para reproducir las tres caídas de la Pasión, Marta había sido movida. Yo la tornaba a su posición; ponía su cabeza en la almohada. Esa cabeza caía sobre el cojín, donde ordinariamente había un chal blanco. Añadiré que, en el momento de la estigmatización, a comienzo de octubre de 1930, Jesús, no sólo la marcó aquel día con los estigmas en los pies, las manos y el costado derecho, sino que además le encasquetó su corona de espinas profundamente en la cabeza, y Marta se puso a sangrar no sólo de los pies, manos y costado, más igualmente en toda su cabeza; y comenzó a verter cada noche lágrimas de sangre. Fue en ese momento cuando Jesús le dijo que la había elegido para que ella viviera su pasión más que nadie,después de la Virgen, y que nadie después la viviría más totalmente. Jesús añadió que cada día aumentaría más su sufrimiento y que, por esto, no dormiría jamás durante la noche».
A la hora que llegaba el Padre Finet, el viernes, se cerraba el ciclo de la Pasión. Marta, que hasta el momento había lanzando continuos gemidos de dolor, cesaba sus quejidos y repetía las palabras de Jesús en la Cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíritu». En ese momento daba un profundo suspiro para quedarse completamente inmóvil, sin apenas respiración. Tras dos horas como muerta, Marta volvía a gemir. Esos gemidos se prolongaban hasta la tarde del lunes. A partir de ahí, y hasta el martes, Marta entraba en un éxtasis del que salía con dificultad y con ayuda del Padre Finet: «Hija mía, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, por María, madre nuestra, os lo ordeno: volved a nosotros».
Sufrimientos morales, sobre todo
Marta solía comentar que sus sufrimientos físicos no podían compararse con los padecimientos que sentía en el orden moral. La Pasión de los viernes era para ella como una entrada en las tinieblas que le provocaba una gran desolación. De alguna manera sentía que representaba a la humanidad del siglo XX que había oficializado la ruptura con Dios, y experimentaba en su propio ser ese abandono.
Al morir Marta en 1981, pocos fueron los que se enteraron, y menos la prensa. Otra historia ocultada. Lo extraordinario de su caso lo dejó dictado: «Mi ser ha sufrido una transformación tan misteriosa como profunda. Mi felicidad es divina. Y, ¡cuánta agonía de la voluntad para morir a mí misma! Jesús se hacia tan tierno para un alma sangrante, tomando sobre él todo lo penoso de la prueba, dejándome el mérito de seguirle sin resistencia».
San Alvaro de Córdoba | |
Córdoba ha dado dos personajes de este nombre que entran de lleno en el campo de la hagiografía. Uno de ellos, el bienaventurado Alvaro, fue un religioso dominico que vivió a fines de la Edad Media en el convento de San Pablo de Córdoba, y murió en 1420; el otro, más ilustre todavía, es el insigne apologista y defensor de la fe frente al Islam, que iluminó con su palabra y sostuvo con sus escritos a la cristiandad cordobesa en tiempo de los emires. Pertenecía a una de las familias más distinguidas de la ciudad. Su ilustre prosapia está confirmada por el sobrenombre de Aurelio Flavio que le dan sus contemporáneos, y que en la época visigoda designaba la dignidad real. En su familia era tradicional el cultivo de las letras. Su mismo padre tenía tal prestigio como conocedor de la literatura cristiana, que el más famoso maestro cristiano de aquellos días sometía a su aprobación cuanto escribía sobre el dogma de la Trinidad y de la Encarnación "a fin de que le instruyese y tranquilizase".
Ese abad Esperaindeo, amigo de su padre, fue el maestro de Alvaro, el que imprimió en su alma las más firmes convicciones religiosas, el que le orientó hacia la doctrina ortodoxa en medio de la confusión de ideas que reinaba en aquella Andalucía, que acababa de ser el escenario de la lucha adopcionista. Entre sus condiscípulos figuraba un muchacho de familia senatorial, en quien observó las mismas ansias de saber que a él le devoraban. Era el futuro campeón de los mozárabes cordobeses, San Eulogio. "Allí tuve la dicha de verle por primera vez; allí estreché con él la más dulce de las amistades; allí empecé a gustar el encanto de su conversación."
A diferencia de Eulogio, que abrazó el estado eclesiástico, Alvaro permaneció lego toda la vida: se casó con una sevillana y no tardó en verse enredado en la solicitud de las preocupaciones familiares. Su cuñado Juan de Sevilla le consuela con una carta de la muerte de tres hijos, y él nos dice, contraponiendo la vocación de su amigo Eulogio a la suya propia: "Ille sacerdotii ornatur munere, ego terra tenus repens hactenus trahor". Esto, no obstante, no le hizo olvidar su afición al estudio y en especial a las cuestiones teológicas. En todo momento, se nos presenta vigilando los intereses de la fe poniendo al servicio de la Iglesia su talento, su actividad, su perstigio y sus riquezas. Amaba la verdad integral de la Iglesia, esposa de Cristo: y era su anhelo, nos dice él mismo, que la doctrina santa derramase toda su claridad en las mentes de los hombres". Antes que nadie dió el grito de alarma contra una herejía antitrinitaria, de tendencias puritanas y hebraizantes, que empezaba a extenderse entre los mozárabes. Discutió con los herejes, pidió la ayuda de su amigo Eulogio, fue a ver al abad Esperaindeo y le indujo a refutar las afirmaciones de los sectarios, que fueron pronto condenados en un concilio que se celebró en Córdoba el año 839.
Poco después apareció en Córdoba un apóstata franco, llamado Eleázaro, que había huido de la corte de Ludovico Pío y se dedicaba en El Andalus a hacer propaganda judaica y a predicar entre los musulmanes el exterminio de los cristianos. Con deseo de convertirle, Alvaro, que tenía sangre judía en sus venas, trabó con él correspondencia epistolar. No consiguió lo que se proponía, pero nos dejó algunas páginas caldeadas por el fueqo de su amor a Cristo. A una carta en que Eleázaro termina invitándole despectivamente a quedarse con su Jesús, -él contesta apasionadamente: "Amén y nuevamente amén. Amén en el cielo y en la tierra. Y que así como yo le abrazo libérrimamente con la fe por la virtud de la gracia, así sea yo asido por él de manera que nadie me arranque de sus brazos por ninguna violencia ni encantamiento". El apóstata cortó la polémica de una manera cómoda y vieja en el mundo, diciendo que no contestaba a los ladridos de perros rabiosos. Alvaro le Felicitó por su prudencia: "Verdaderamente es absurdo que la zorra chille cuando el perro ladra".
Al mismo tiempo trabajó, en unión con su maestro Esperaindeo y con su condiscípulo Eulogio, por estimular el renacer de las letras latinas y de los estudios teológicos, añorando los días de San Isidoro. Dolíase al ver que los maestros de lengua árabe arrebataban sus discípulos a los que enseñaban la lengua de la Iglesia. Le interesan, sobre todo, los autores eclesiásticos, y sólo con un íntimo recelo se acerca a las obras de la literatura clásica. Considera la gramática como un instrumento indispensable para conservar, según su expresión, "la santísima lengua de nuestros mayores", pero en su sentir, los cantares de los poetas son alimento de los demonios, y a los filósofos los llama filocompos, fabricadores de engaños: "Mis cartas, escribía, no buscan el favor de los paganos, ni se adornan con los colores del Ateneo. Su aroma es el de las Sagradas Escrituras y su sabor el de los Santos Padres". No obstante, nombra. y cita con frecuencia a Virgilio y otros poetas del Lacio, y sus versos abundan en reminiscencias mitológicas. Su estilo es abundante, violento, rebuscado, matizado de palabras griegas y de términos exóticos. Puede considerársele como un genuino escritor cordobés.
Cuando en 850. estalló el conflicto que puso frente a frente el poder de los emires y la cristiandad mozárabe, herida de muerte, la mayor parte de los confesores de la fe salió del grupo más fervoroso que capitaneaban Alvaro y Eulogio. La Iglesia de Córdoba vive unos años de heroísmo y de terror al fin del reinado de Abd el-Rahmán II y comienzos del de Muhammad I. Algunos cristianos, monjes de la sierra, clérigos de las iglesias de la ciudad, doncellas intrépidas y matrimonios que habían tenido la debilidad de dar su nombre al Islam, se presentan espontáneamente a confesar su fe, prefiriendo la muerte a la esclavitud; otros son delatados por sus propio parientes y arrastrados ante el gran cadí de la ciudad. Alvaro se mueve en las avanzadas de la fe, aunque su condición de laico le libra de la cárcel en la gran redada de cristianos con que se inauguró la persecución. Entre 850 y 860 le vemos al lado de su amigo Eulogio defendiendo a los mártires y vindicando su memoria. Aconseja, sostiene, alienta y derrama el oro entre los prisioneros que llenan las cárceles. Cuando Eulogio dirige a los perseguidos sus libros inflamados, sus historias martiriales y sus apologías, él salta de gozo, felicita al doctor del pueblo de Dios y besa los folios emborronados en las penumbras del calabozo. No contento con aplaudir, toma también él la pluma para justificar aquel movimiento mal juzgado entonces, lo mismo que hoy, por muchos, aun dentro del cristianismo. En 854 publica un libro intitulado Indículo luminoso, que es una violenta diatriba contra los españoles que se dejaban seducir por las doctrinas islámicas y una defensa de aquellos que habían sellado su fe con el martirio. Su lenguaje es más fuerte y arrebatado que el de San Eulogio, y cuando habla, sobre todo, de los vicios de Mahoma, llega a una crudeza increíble, y todavía promete decir otras cosas en otro libro que nunca escribió. Este mismo ha llegado a nosotros incompleto.
Sin embargo, ni Alvaro ni Eulogio pertenecían al grupo extremista entre las varias facciones ocasionadas por aquel conflicto en el seno de la cristiandad andaluza. Estaba en primer lugar el que consideraba la actitud de los mártires como una provocación inútil, que Dios condenaba, y debía ser condenada también por los hombres. De este parecer eran los cristianos más contemporizadores, presididos por el metropolitano de Sevilla, Recafredo. Frente a ellos se había colocado el obispo de Córdoba, Saúl, que consideraba como excomulgados y arabizados a cuantos no estuviesen dispuestos a enfrentarse con el Islam con el fervor de los confesores de la fe. En un justo medio se colocaron Alvaro y sus amigos, dispuestos siempre a la concordia, pero sin traicionar la memoria de aquellos que, inspirados por Dios, se habían presentado a confesar su fe ante los tribunales mahometanos. Esta diferencia de criterio indispuso a Alvaro con su obispo, a quien se comparaba en Córdoba con los donatistas y los luciferianos. Los obispos le habían condenado, pero él anatematizaba a cuantos no estuvieran con él. Esta situación trajo a Alvaro no pocas inquietudes. Con motivo de una enfermedad, pidió la penitencia, por la cual se obligaba a las prácticas que la antigua disciplina de la Iglesia imponía a los penitentes. Una de ellas era el privarse de la comunión mientras no recibiese la absolución del obispo. Habiendo salido de la enfermedad, Alvaro se dirigió humildemente a su prelado con palabras que nos emocionan: "Estoy dispuesto a obedecer en todo con tal de no privarme del remedio de la comunión:.., pues no puedo estar tanto tiempo sin recibir el cuerpo y la sangre de mi Dios". Todo pudo resolverse satisfactoriamente, pues Saúl cedió, se retractó de su celo puritano en un concilio de obispos el año 857, fue absuelto y absolvió también él a sus excomulgados.
Poco después, en 859, Eulogio sucumbió en la lucha, y Alvaro asistió orgulloso a la apoteosis del amigo entrañable; cuya vida escribió en páginas llenas de admiración y de cariño. Sentíase feliz y al mismo tiempo le abrumaba el peso de la tristeza. Era ya viejo, su causa parecía perdida y le abrumaba, según su expresión, el pensamiento de su insolencia y de su iniquidad. Su vida le parecía vacía de buenas obras, de bien y de verdad. Hasta su misma ortodoxia se le presentaba dudosa, y esto es lo que le movió a escribir su canto de cisne, la Confesión, opúsculo inflamado y doliente, que, a veces, nos recuerda las Confesiones de San Agustín; exposición minuciosa de sus creencias y declaración detallada y exagerada de sus pecados, que acaso leyó en la asamblea de los fieles antes de transmitirla a la posteridad. Nada sabemos de sus últimos días; pero podemos sospechar que murió también él, como su maestro y su condiscípulo, dando su sangre por Cristo. La Iglesia de Córdoba conmemoró su muerte como un día festivo. "En él, decía hacia 950 el calendario de Recamundo, se celebra en Córdoba la fiesta de Alvaro."Su anhelo incoercible de eternidad se refleja en aquella frase que sintetiza su vida. "Tú sabes, Señor, que tengo la sed del reposo eterno."
Los escritos de Alvaro, editados por Flórez en la España Sagrada (t.10 y 11, de donde pasaron a la Patrología latina, t.115 cols.705-720 y t.121 cols.397-566), son los siguientes. 1º. Vita vel Passio beatissimi martyris Eulogii, presbyteri et doctoris. Es la vida de su amigo. Antes que la edición de Flórez hay otra de 1574, debida a los cuidados de Ambrosio de Morales. Al texto en prosa siguen tres poesías en honor del mismo Santo. 2.° Poemas, una docena de composiciones, de las cuales solamente dos se refieren a sujetos religiosos: una oda a la cruz y un elogio de San Jerónimo. Puede verse una edición crítica enMonum. Germ. Hist.: Poetae latini aevi carolini, t.3 p.126142. 3.° Incipit confessio Alvari. Es una imitación de losSinónimos, de San Isidoro, cuya idea fundamental se sintetiza en la conclusión: Tolle me, Domine, mihi et redde me tibi. 4.° Incipit liber epistolarum Alvari. Son veinticinco cartas que se cruzan entre Alvaro y diversos personajes, como San Eulogio, Eleázaro, Juan de Sevilla y el abad Esperaindeo, una de ellas sobre motivos familiares; otras de carácter literario y teológico. 5 ° Indiculus luminosus, defensa de los mártires, exhortación al martirio y enseñanzas para evitar los contagios del Islam. 6:° Liber scintiarum. Se trata de una obra que se atribuyó a Alvaro de Córdoba por algunos manuscritos, entre ellos uno gótico del siglo XI, pero cuyo autor debe de ser el monje francés Defensor de Ligugé. Flórez se resiste a contarla entre los escritos de Alvaro. Es una colección de sentencias de la Biblia y de varios autores eclesiásticos, en que el copilador no ha puesto nada de su cosecha.
San Herculano de Perusa![]()
San Herculano de Perugia, obispo y mártir
En Perugia, de la Umbría, san Herculano, obispo y mártir, que, por orden de Totila, rey de los godos, fue decapitado.
Cuando los godos tomaron la ciudad de Perugia, después de siete años de sitio, el rey Totila condenó al obispo Herculano a una muerte terrible, ya que los verdugos debían arrancarle tiras de piel desde la cabeza hasta los pies antes de decapitarle. El encargado de ejecutar la tortura fue suficientemente humano para cortarle la cabeza antes de haberle arrancado toda la piel. El cuerpo del mártir fue arrojado en las afueras de la ciudad. Los cristianos se apresuraron a sepultar el cadáver junto con la cabeza. San Gregorio el Grande afirma que, cuando lo desenterraron para trasladarlo a la iglesia de San Pedro, cuarenta días después, la cabeza estaba unida al tronco como si nunca hubiese sido cortada.
Sobre el santo que nos ocupa, se tiene el dato cierto de que un joven que buscó refugio en Perugia, cuando los godos tomaron Tifernum (Città di Castello), recibió allí la ordenación sacerdotal de manos de san Herculano. Posteriormente, aquel sacerdote fue el obispo de Tifernum y fue canonizado como san Florencio de Città di Castello, a quien se conmemora el 13 de este mes, junto con san Amantio, su presbítero.
Tradicionalmente, los habitantes de Perugia veneraban también a otro san Herculano, obispo de dicha ciudad. Según se dice, era un sirio que había ido a Roma, de donde fue enviado a evangelizar Perugia y allí murió martirizado; pero en la actualidad se considera que los dos Herculanos no son sino el mismo que celebramos hoy.
Los bolandistas, que sostienen que sólo hubo un san Herculano de Perugia, discuten el caso en Acta sanctorum del 1 de marzo y citan el pasaje de san Gregorio el Grande (Dial. III, 13). También en Acta Sanctorum de nov., vol. III, p. 322, hacen una breve alusión a nuestro mártir. El relato del milagro y los frescos de Bonfigli en el «Palazzo» del Municipio han contribuido a perpetuar la memoria de san Herculano.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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