jueves, 17 de diciembre de 2015

Santa Olimpia de Constantinopla - San Modesto de Jerusalén - Santos Cincuenta Soldados 17122015

Santa Olimpia de Constantinopla

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Fue una gran matrona de Constantinopla: casada con Nebrino, prefecto de la ciudad, quedó viuda a los dos años, y desde entonces se consagró a vivir el cristianismo en toda su perfección. 
Su vida fue escrita por San Juan Crisóstomo, que dice de ella: "Sus limosnas eran como un río abierto a todo el mundo, que corría hasta las extremidades de la tierra, cuya abundancia enriquecía el mismo océano".
La adhesión de la santa viuda a la causa de este gran doctor de la Iglesia, fue para ella una fuente de disgusto. El odio de la emperatriz la persiguió hasta confiscar sus bienes y desterrarla. Murió el año 410.





Oremos 
Concédenos, Señor, un conocimiento profundo y un amor intenso a tu santo nombre, semejantes a los que diste a Santa Olimpia, para que así, sirviéndote con sinceridad y lealtad, a ejemplo suyo también nosotros te agrademos con nuestra fe y con nuestras obras. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.


San Modesto de Jerusalén

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San Modesto de Jerusalén, obispo
En Jerusalén, san Modesto, obispo, el cual, después de que la Santa Ciudad fuese conquistada y devastada por los árabes, reconstruyó monasterios y los llenó de monjes, y con mucho trabajo rehizo los santuarios destruidos por el incendio.
Con el pretexto de vengar a su anciano protector, el emperador Mauricio, asesinado por Focas en el 602, Cosroes II, rey de los persas, invadió los territorios de Siria. Al no encontrar ninguna resistencia seria, extendió sus conquistas. En el año 613, el general persa Romizanes, llamado el «Scharbaraz» («jabalí real»), se apoderó de Damasco y, al año siguiente, entró en Palestina, donde fue bien acogido por los judíos y los samaritanos, en tanto que los cristianos, afectados por divisiones internas, fueron incapaces de defenderse. En esas condiciones, el patriarca de Jerusalén, Zacarías creyó preferible tratar con el enemigo que, por su parte, manifestaba intenciones pacíficas. Debe tenerse en cuenta que en Persia los cristianos eran bastante numerosos por aquel entonces y que algunos de ellos ocupaban puestos de importancia. El mismo Cosroes mostraba cierta simpatía hacia la religión cristiana. Pero había en Jerusalén un partido de intransigentes, convencidos de que Dios no permitiría que la Ciudad Santa cayese en manos de los bárbaros. Estos fueron los que amenazaron al patriarca con hacerlo perecer como a un traidor si entablaba tratos con los invasores persas. Zacarías cedió a las presiones, no sin haber declarado antes que no se hacía responsable por las desgracias que sobrevendrían inevitablemente. Entonces, envió a Jericó al hegúmeno (es decir, equivalente al prior) del monasterio de San Teodosio, llamado Modesto, con la misión de reunir y llamar a la guarnición bizantina. Los persas no dieron tiempo a que llegaran los refuerzos y, en mayo de 614, entraron en la Ciudad Santa, incendiaron las iglesias, y mataron a gran número de los habitantes, vendieron a otros muchos como esclavos, y desterraron al resto, junto con el patriarca Zacarías, hasta Persia. Gracias a la intervención del platero particular del rey Cosroes, un cristiano llamado Yazdin, no fueron destruidas las reliquias de la verdadera Cruz, aunque se las confiscó como botín de guerra.

Durante algunos años, los habitantes de Palestina tuvieron que soportar un régimen de terror, sometidos como estaban a los excesos de los persas y a las represalias de los judíos que aprovecharon la situación para destruir las iglesias. Los primeros éxitos de Heraclio, en 622, obligaron a Cosroes a cambiar de actitud para no provocar revueltas entre los pueblos conquistados. En consecuencia, expulsó a los judíos del territorio de Jerusalén, ordenó la restitución de iglesias y monasterios a los cristianos y concedió a éstos el derecho de reconstruir lo que estaba en ruinas, y les otorgó la libertad de culto. Pero, no obstante los favores concedidos, el rey apoyaba decididamente a los herejes monofisitas, y los cristianos de Palestina, privados de su patriarca y de la mayoría de los sacerdotes y monjes que habían huido hacia el otro lado del Jordán, a Egipto y aun a Occidente, corrían el riesgo de caer en la herejía.

Fue entonces cuando apareció de nuevo en escena el hegúmeno Modesto, un digno sucesor de san Teodosio, con el valor suficiente para emprender la reconstrucción moral y material de la Ciudad Santa. Algunos años más tarde, Antíoco, monje de San Sabas, escribió a Eustacio de Ancira, para relatarle el martirio de cuarenta y cuatro monjes y concluía su misiva con estas palabras de esperanza: «Por la gracia de Cristo y el celo de nuestro muy santo padre Modesto, los monasterios se han poblado de nuevo. Porque el virtuoso Modesto no sólo vela por los monasterios del desierto, sino también por los de las ciudades y sus alrededores, y el espíritu de Dios está con él. En efecto, Modesto es para nosotros un nuevo Beselel u otro Zorobabel lleno del Espíritu Santo, y ha vuelto a levantar los venerables santuarios de Nuestro Salvador Jesucristo que fueron derribados e incendiados: la santa iglesia del Calvario, la santa Anástasis, la venerable casa de la preciosa Cruz, la Madre de las iglesias, la de su bendita Ascensión y los otros templos honorables».

Bastante más tarde, Eutiquio, que era médico y llegó a ser patriarca de Alejandría (933-940), alabó también los méritos de Modesto: «Cuando los persas se retiraron de Jerusalén, escribió, después de haber destruido y quemado las iglesias, había en el monasterio de Duaks, es decir en el de San Teodosio, un monje llamado Modesto, que era el superior. Al retirarse los persas, Modesto viajó a Ramlé, a Tiberíades, a Tiro y a Damasco para inflamar la fe de los cristianos y pedirles su ayuda para la reconstrucción de las iglesias de Jerusalén. Gracias a sus donativos, Modesto reunió abundantes recursos y regresó a la ciudad, donde construyó la iglesia de la Resurección, el Sepulcro, el lugar del Cranion y San Constantino. Esas construcciones subsisten hasta hoy. Al saber que Modesto reconstruía las iglesias destruidas por los persas, Juan el Limosnero, patriarca de Alejandría, le envió mil bestias de tiro, mil bolsas de trigo, mil bolsas de granos, mil barriles de pescado salado, mil ánforas de vino, mil láminas de hierro y mil obreros».

El propósito de Modesto era el de dar a las basílicas la magnificencia y esplendor que tenían antes de la invasión. El fuego de los incendios había carcomido los techos, ahumado las paredes y destruido los ornamentos. Todo el mobiliario fue destrozado o tomado como botín. La tarea era ardua, y Modesto no hizo el intento de crear, sino solamente de restaurar. Las investigaciones han demostrado que respetó las formas originales, sobre todo en el Santo Sepulcro, donde se conservan detalles de la construcción de Constantino que, otros autores anteriores creyeron que eran obra de Modesto. Su gran mérito fue el de ponerse inmediatamente en acción, porque de haber esperado tiempos mejores, que nunca llegaron, no hubiese devuelto al culto cristiano las iglesias de Jerusalén. Comenzó por la más venerable de las basílicas, la del Santo Sepulcro, a la que restauró en todas sus partes; luego continuó con la Anástasis, el Cranion, la capilla del Calvario y la iglesia de la Cruz, así como la gran basílica del Martyrium. que, a partir del siglo IX, llevó el nombre de su constructor, San Constantino. Con el nombre de «Madre de las iglesias», el monje Antíoco designa a la gran basílica de la ciudad alta que se hallaba en el lugar donde estuvo el Cenáculo y que, con el nombre de Santa Sión, fue objeto de una veneración particular. En el Monte de los Olivos, Modesto se preocupó especialmente del grupo formado por la iglesia de la Ascensión y la de Santa Elena.

Como Modesto no pudo ocuparse de restaurar iglesias tan ilustres como la de Getsemaní y la de San Esteban, por falta de recursos, desaparecieron y fueron reemplazadas por oratorios pobres y exiguos. Jerusalén le debió a Modesto la fisonomía que conservó hasta la época de las Cruzadas, puesto que su actividad no se limitó a las grandes basílicas, sino que alcanzó también a muchas iglesias secundarias, como la de San Juan Bautista, que aún existe. Mientras Modesto se ocupaba de sus reconstrucciones, el emperador Heraclio, con una serie de campañas triunfales, arrebató a los persas todas sus conquistas. Cuando exigió la evacuación total de Siria, recuperó las reliquias de la verdadera Cruz. Las mandó trasladar a Tiberíades y él mismo las acompañó hasta Jerusalén, a donde llegó en marzo de 630. La entrada triunfal del emperador victorioso, portador de las veneradas reliquias, dio origen a innumerables leyendas cuyo principal defecto fue el de relegar al olvido a Modesto, el restaurador de los Santos Lugares. Sólo el relato de Eutiquio, más histórico y más sencillo, le rinde el debido homenaje: «A su arribo a Jerusalén, Heraclio fue recibido con el incienso por los habitantes de la ciudad y los monjes de Siq, al frente de los cuales se hallaba Modesto. Cuando el emperador entró en la ciudad, se afligió en extremo a la vista de todo lo que los persas habían asolado e incendiado. Pero al enterarse de que Modesto había reconstruido la iglesia de la Resurrección, el lugar del Cranion y la iglesia de San Constantino, experimentó una gran alegría y dio las gracias a Modesto por lo que había hecho».

Como el patriarca Zacarías había muerto en el exilio, Heraclio pensó que no podía haber mejor sucesor que aquél que había ocupado su lugar durante largo tiempo y, en consecuencia, Modesto fue el patriarca de Jerusalén. El emperador Heraclio lo llevó consigo hasta Damasco para hacerle entrega del dinero del fisco de Siria y de Palestina. Aún quedaba mucho trabajo por hacer en las iglesias de Jerusalén, y Modesto continuó sin descanso sus tareas de restaurador y sus giras de inspección, pero la muerte le sorprendió en una de éstas, en Sozón, población fronteriza de Palestina. Por aquel entonces, circuló con insistencia el rumor de que los compañeros de viaje de Modesto le habían envenenado para apoderarse del oro que llevaba consigo.

El cuerpo de Modesto fue trasportado a Jerusalén y sepultado en la basílica del Martyrium. «La memoria de Modesto, patriarca de Jerusalén, reconstructor de Sión después del incendio», fue honrada en la Ciudad Santa, en la fecha del 17 de diciembre. Los sinaxarios lo mencionan el 19 de octubre, el 16 y el 18 de diciembre. El calendario de mármol de Nápoles, grabado en el siglo IX, nombra al santo el 18 de diciembre. Su culto, que no parece haber sido muy popular ni siquiera en el Oriente, ha dejado pocos vestigios. Sin embargo, en algunas iglesias de Capadocia aparece su imagen en los frescos y mosaicos.

. H. Vincent y F.M. Abel, en Jerusalem, vol. II y Jérusalem Nouvelle, París, 1914-1926, publicaron un estudio sobre las diversas fuentes de información. Se pueden confrontar sus conclusiones con las de A. Grabar, en Martyrium, París, 1946. La carta del monje Antíoco a Eustacio de Ancira, se encuentra en PG., vol. LXXXIX, cols. 1421-1427. Eutiquio, en Corpus scriptor. christian. oriental., cols. 150, 314 y 325, así como en Hagiographie napolitaine de la Analecta Bollandiana, vol. LVII, 1939, pp. 42-43. La biografía de san Modesto, descubierta y editada por Loparev en 1892 (Biblioth. hag. gr. n. 1299), es una auténtica fábula. Potio atribye a Modesto tres discursos (PG. vol. CIV, cols. 244-245), pero su autenticidad es dudosa. El único de esos discursos que ha sido editado íntegramente, el que se refiere a la Dormición de la Virgen, es apócrifo. El P. Jugie lo atribuye a un autor de fines del siglo VII o principios del VIII y que vivió lejos de Jerusalén después de la controversia monotelita. Véase para esto, La Mort et l'Assomption de la Sainte Víerge, Roma, 1944, pp. 139-150.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI


Santos Cincuenta Soldados

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Santos Cincuenta Soldados, mártires
En Eleuterópolis, de Palestina, pasión de los santos soldados, que, en número de cincuenta, y en tiempo del emperador Heraclio, a causa de su fe en Cristo fueron muertos por los sarracenos que asediaban Gaza. Entre ellos se cuentan los santos Juan, Pablo, otro Juan, otro Pablo, Fotino, Zitas, Eugenio, Muselio, Juan, Esteban, Teodoro, Juan, otro Teodoro, hijo del precedente, Jorge, Teopento, otro Jorge, Sergio, otro Jorge, otro Teodoro, Ciriaco, otro Juan, Zitas, Filoxeno, otro Jorge, otro Juan y otro Jorge, todos de la cohorte de los Escitas; Teodosio, Epifanio, Juan, Teodoro, Sergio, Jorge, Tomás, Esteban, Conón, otro Teodoro, Pablo, otro Juan, otro Jorge, otro Juan, otro Juan, Paulino, Cayumas, Abramio, Marmises y Marino, todos de la cohorte de los Voluntarios.
El 6 de noviembre del 638, en tiempo del emperador griego Heraclio en Constantinopla, tres años después de la conquista de Gaza por el comandante musulmán Ambrus, algunos meses después de la rendición de Jerusalén al califa Omar Ibn Al-Khattab de Damasco, fueron al martirio en Jerusalén 10 soldados cristianos y, del mismo grupo un mes después, 50 soldados cristianos en Gaza.

Los árabes musulmanes bajo el liderazgo de Omar, Califa de Damasco, comenzaron la conquista de la Tierra Santa en 634, en 635 capturaron, tras la batalla de Gaza, la ciudad costera y se enfrentaron al ejército cristiano en el año 636, en la batalla de Yarmuk; en la primavera del 638, luego de un corto asedio y sin derramamiento de sangre, fue entregada Jerusalén por el Patriarca Sofronio.

En la batalla de Gaza del 635, los soldados se habían rendido con la firma, por unos 60 miembros, de un documento donde se comprometían a dejar el libre paso a las tropas musulmanas. Sin embargo, esta capitulación ante el comandante de los árabes no fue mantenida por Ambrus, que ordenó a los 60 la inmediata apostasía del cristianismo, y el paso al Islam. Dado que se negaron, fueron separados de sus esposas, hijos y armas, encadenados y mantenidos en cautiverio. Después de treinta días fueron trasladados a Eleutheropolis (literalmente «Ciudad libre» o «de la libertad»), entonces una ciudad importante entre Gaza y Jerusalén, que había sido fundada hacia el 200 por Septimio Severo. Durante cinco meses los prisioneros fueron reclamados en repetidas ocasiones a la apostasía, y luego fueron llevados encadenados a Jerusalén.

El que había sido hasta entonces patriarca de Jerusalén, Sofronio, visita con frecuencia a los presos de noche y los alienta a perseverar en la fe. Después de diez meses el Emir de Jerusalén los pone de nuevo bajo las órdenes de Ambrus. Como advertencia del vigor de la orden de apostasía, toma diez soldados, entre ellos el oficial al mando Calinizo, y los ejecuta. La decapitación de los diez tuvo lugar el 6 de Noviembre del 638. Según la lista es evidente que pertenecían a dos grupos: los de los escitas y la de los voluntarios. Estos 10 mártires fueron enterrados en Jerusalén por el Patriarca Sofronio cerca de la tumba de san Esteban.

Treinta días después, el emir ordenó el envío a Gaza de los restantes 50. Y el 17 Diciembre del 638, hacia el mediodía, son asesinados por guerreros sarracenos. Los cristianos compraron luego los cuerpos, que fueron enterrados en Eleutheropolis, y se construyó sobre la fosa común una iglesia dedicada a la Santísima Trinidad. Estos son los 45 nombres que se conservan del grupo de los 50: Juan, Pablo, Juan, Pablo, Fotino, Zitas, Eugenio, Muselio, Juan, Esteban, Teodoro, Juan, Teodoro, hijo del precedente, Jorge, Teopento, Jorge, Sergio, Jorge, Teodoro, Ciríaco, Juan, Zitas, Filoxeno, Jorge, Juan y Jorge -todos de la cohorte de los Escitas-; Teodosio, Epifanio, Juan, Teodoro, Sergio, Jorge, Tomás, Esteban, Conón, Teodoro, Pablo, Juan, Jorge, Juan, Juan, Paulino, Cayumas, Abramio, Marmises y Marino -todos de la cohorte de los Voluntarios-.

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