Beata Lindalva Justo de Oliveira, virgen y mártir
fecha: 9 de abril
n.: 1953 - †: 1993 - país: Brasil
canonización: B: Benedicto XVI 2 dic 2007
hagiografía: Vaticano
n.: 1953 - †: 1993 - país: Brasil
canonización: B: Benedicto XVI 2 dic 2007
hagiografía: Vaticano
En San Salvador de Bahía, Brasil, beata
Lindalva Justo de Oliveira, virgen y mártir

Nació el 20 de octubre de 1953 en Sitio
Malhada da Areia, una zona muy pobre del Estado de Rio Grande do Norte
(Brasil). Era la sexta de trece hermanos. Fue bautizada el 7 de enero de 1954.
En su familia aprendió las primeras nociones de la fe y las oraciones
cristianas. Su padre leía con frecuencia a los hijos la Biblia y los llevaba a
misa. Lindalva aprendió de su madre a cuidar y ayudar a los niños pobres.
Al final de la escuela primaria, a los
doce años, hizo la primera Comunión. Además de colaborar en la casa ayudando a
la familia, prosiguió sus estudios, hasta conseguir, en 1979, el diploma de
«asistente administrativo». De 1978 a 1988 trabajó como dependienta en algunos
comercios y luego como cajera en una gasolinera. Mandaba a su madre la mayor
parte del dinero que ganaba.
En la ciudad de Natal, donde residía y
trabajaba, comenzó a frecuentar la casa de las Hijas de la Caridad y el asilo
de ancianos donde realizaban su apostolado, dedicándose generosamente a obras de
voluntariado. La muerte de su padre, por un cáncer en el abdomen, a quien
asistió amorosamente en sus últimos meses de vida, la impulsó a reflexionar
sobre la existencia y a orientarse decididamente a ayudar a los pobres. Sin
dejar de trabajar, se inscribió en un curso de enfermería, de guitarra y de
cultura. Desde 1986 comenzó a frecuentar el movimiento vocacional de las Hijas
de la Caridad, participando regularmente en los encuentros de formación y
madurando en su corazón el deseo de servir a los pobres.
A sus treinta y tres años, hacia fines de
1987, pidió la admisión al postulantado para dedicarse totalmente al servicio
de los pobres y seguir a Jesucristo con una entrega más radical. «Quiero tener
una felicidad celestial -declaró-, desbordar de alegría, ayudar al prójimo y
hacer incansablemente el bien».
Un mes después de recibir el sacramento de
la Confirmación, el 28 de noviembre de 1987, le llegó la respuesta positiva de
la provincial de las Hijas de la Caridad, y el 11 de febrero de 1988 comenzó el
postulantado en la casa provincial de Recife. Durante ese período fue muy
edificante para todas las compañeras, destacando por su disponibilidad para con
los pobres y por su alegría. Se comprometió al servicio de los más necesitados
de una favela, llegando incluso a transportar ladrillos para la construcción de
casas en el barrio. Asimismo llevaba una intensa vida de oración.
El 16 de julio de 1989, con otras cinco
compañeras, inició el noviciado en Recife. El 29 de enero de 1991 fue enviada a
servir a los cuarenta ancianos de un asilo en San Salvador de Bahía. La
cordialidad y alegría con que trataba a todas las personas le granjearon la
estima de las hermanas, de los funcionarios del asilo y de las personas a las
que asistía. Realizaba los trabajos más humildes al servicio de los ancianos,
les ayudaba material y espiritualmente, fomentando en ellos la recepción
continua de los sacramentos; cantaba y oraba con ellos; los sacaba a pasear.
Contagiaba a los demás de su optimismo.
En enero de 1993 llegó al asilo un hombre
de 46 años, Augusto da Silva Peixoto. Aunque no tenía derecho al asilo por su
edad, había logrado una recomendación para ser acogido allí. Sor Lindalva lo
trataba con la misma cortesía que a los demás huéspedes, pero este hombre, de
carácter difícil, se enamoró de la joven religiosa. Así comenzó para ella un
período de pruebas muy duro. Comprendiendo las intenciones de Augusto, trató de
hacerle entender que ella estaba consagrada totalmente a Dios. Aunque tenía
miedo de ese hombre, no quiso alejarse del asilo para no abandonar su servicio
a los ancianos. «Prefiero derramar mi sangre, antes que marcharme», confesó a
una de las hermanas.
Ante el comportamiento de Augusto, avisó
al director del servicio social del asilo; este llamó la atención al hombre, el
cual prometió corregirse. Pero en los días anteriores a la Semana santa creció
en él la rabia y el odio, así como el deseo de vengarse, llegando a elaborar un
plan criminal. El Lunes santo, 5 de abril, compró en una feria un cuchillo de
pescadero. La noche del Jueves santo estuvo paseando todo el tiempo entre el
dormitorio y el baño, y a sus compañeros que le interpelaban respondía que
sufría insomnio.
El Viernes santo, 9 de abril, a las 4.30
de la mañana, sor Lindalva participó en el vía crucis de la parroquia. Al
volver al asilo, fue como de costumbre al pabellón San Francisco para servir el
desayuno a los ancianos. Se situó, como siempre, detrás de la mesa en que se
servían las comidas a los huéspedes. A espaldas de la mesa había una
puertecita, con una escalera externa que daba al jardín. Augusto, esperó a que
sor Lindalva estuviera sirviendo el desayuno; llegó por la escalera externa,
abrió la puerta y la apuñaló por detrás, encima de la clavícula. El cuchillo,
atravesando la yugular, penetró profundamente en el pulmón. El hombre, presa de
un raptus incontrolable, siguió hiriéndola en varios puntos del cuerpo,
mientras los huéspedes, tras un primer momento de sorpresa, trataban de
intervenir. Augusto, blandiendo el cuchillo, desde detrás de la mesa amenazaba
con matar a quien se acercara. Ante los tribunales, el asesino declaró que la
había matado precisamente porque lo había rechazado.
Al día siguiente, el Sábado santo, por la
mañana el arzobispo cardenal Lucas Moreira Neves, al celebrar la ceremonia
fúnebre, puso de relieve la coincidencia de la muerte violenta de la mártir sor
Lindalva -que dio su vida por el servicio a los pobres-, con la pasión y muerte
de Cristo. Fue beatificada el 2 de diciembre de 2007, en San Salvador de Bahía.
fuente: Vaticano
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