sábado, 18 de junio de 2016

CURSO “EL HOMBRE NUEVO” (EL CRISTIANISMO AVANZA A MEDIDA QUE SE DESPRENDE, SE VACÍA, DE... (HN-23)

EL CRISTIANISMO AVANZA  A MEDIDA QUE SE DESPRENDE, SE VACÍA, DE... (HN-23)

La teología lineal y gloriosa digiere bastante mal lo ya dicho sobre la kénosis; sobre las “experiencias de vacío”. [Recordemos que terminábamos el resumen anterior con la frase de Cristo siguiente: “El que quiera salvar su vida (entendamos que por la línea gloriosa) la perderá, y el que la pierda (entendamos, con kénosis y superando vacíos) la encontrará” (Mt. 16, 25)]. O sea, con el catecismo antiguo y la teología gloriosa era imposible la integración de la kénosis; porque se olvidaba algo tan esencial y necesario como es la idea del tiempo y su desarrollo en la historia. La teología racional no sabe explicar la kénosis, ni tampoco integrarla en su paradigma. La teología de la gloria, que inició San Justino en el s. II, tuvo continuidad hasta que Lutero –en el s.XVI– introdujo la teología de la cruz. [Hay un libro, “El Dios Crucificado” de Jürgen Moltmann (catedrático protestante en Tubinga), bueno pero difícil de leer].  Los católicos, durante siglos hemos hecho teología de la gloria: teología filosófica cuya coherencia podríamos decir que está en la esencia de una fe estática y lineal, y que ve el proyecto de Dios desde fuera de la historia. En cambio, los protestantes se han encargado de profundizar en los “agujeros” de la historia. Y concretamente fue Lutero el que vio, como agustino y agustinista que era, que la teología de la gloria –humanista, brillante, hermosa, atractiva, lúcida– no funcionaba cuando se descendía a la dura realidad de las experiencias humanas con vaciamiento y angustia; y como conocía la doctrina (que venía de San Agustín), empezó a hablar del “Cristo crucificado” y su relación con las “aporías”. Entendiendo que una aporía vendría a ser como un poro tapado, como un túnel cegado para que no transpire la realidad maloliente de la inmadurez humana subyacente; o sea, para que no apeste la oveja negra que somos internamente. Lutero decía que la teología de “los romanos” (como él los llamaba) era una teología con muchos agujeros tapados –para que todo pareciera brillante y luminoso–, que no dejaba conocer la realidad de Cristo. Y por tanto nos destapa los agujeros, los poros, para que veamos las negruras hasta las que Cristo llega a rebajarse –kénosis–; en las que llega a morir totalmente desnudo y en aparente fracaso personal: suyo y de su doctrina. Y esto es lo que explica Moltmann en “El Dios Crucificado”: en el que este Dios es God (o sea, el Dios de la luz y la alegría, el de la línea de la consistencia...), pero también es (the crucified) el crucificado. Por tanto, para el cristianismo este Dios es un Dios de centelleo y de luz total, pero clavado en una cruz. O sea, no es un Dios en soledad –como dicen algunos católicos– ni tampoco es dolor solamente –como dirían ciertos protestantes exagerados–; “es un Dios doliente”: es Dios sufriendo el dolor de Cristo; precisamente por ser Cristo “Dios en el hombre”, y por estar este crucificado”. Y ahora viene la pregunta: ¿es que Dios puede sufrir? La respuesta parece fácil, pero no para el Dios de los teólogos sino para el Dios de los místicos; y por esto cada uno tendremos que escoger muy bien nuestro camino de reflexión al tratar de despertar nuestro interior. Si bien en caso de admitir que para unos Dios pudiera sufrir y para otros no, habríamos terminado con esta reflexión. Ciertamente.  Pero sigamos. ¿Y cómo puede sufrir Dios si es el inconmovible? Respondamos preguntando y con un planteamiento dual que no es el nuestro: ¿Cristo sufrió? Caso que sufriera, entonces, la respuesta sería: Cristo no puede ser Dios porque sufrió; o sí lo es, y como tal es inconmovible, entonces no pudo sufrir (sobre esto, San Cirilo ya apuntaba el peligro de que Cristo fuese un farsante que hacía ver que sufría sin sufrir). Pero, nuestro planteamiento es: Jesucristo es un hombre, que sufre como nosotros, y además admitimos que es Dios. Desde este planteamiento el Cristo de Moltmann es iluminador, es programático: Cristo es Dios, que sufre en el hombre; Cristo es Dios crucificado. Y, al ser Cristo el modelo de todo cristiano, el cristiano que quiera avanzar por la línea de Dios lo irá haciendo a medida que vaya crucificando cosas; a medida que vaya desprendiéndose de cosas –incluso de la vida–, con los correspondientes dolores de parto. Recordemos: “El que quiera mantener su vida (en referencia a la línea gloriosa) la perderá, y el que la pierda (en referencia a la kénosis tras la que nos espera Dios) la encontrará”. Y Cristo también dijo: “Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere -kénosis-, no da fruto; pero si muere, da mucho fruto”. Entonces, ¿de qué depende la sementera?: de que el grano se descomponga –en tierra fértil y según las condiciones de su surco– y alumbre la vida de su primera brizna; engendrándose a partir de ella la espiga y la cosecha.  

Una vez reafirmado que todos nuestros frutos vendrán por nuestra capacidad de desprendernos de... con dolores de parto, y que aquí juega un papel primordial el esfuerzo doloroso de cada desprendimiento/circunstancia, ahora  podemos comenzar a leer a San Mateo.  [Pero antes conviene recordar que los evangelistas empezaron a escribir sobre el año 70 o 75, y que todos citan “dichos de Jesús”; es decir, que cuarenta años largos después de la muerte de Cristo citan unos dichos –no escritos en ninguna parte– que fueron recibidos por transmisión oral. Estos dichos se llaman logia, o logion en singular. Pero no es que Jesús dijera 40 logiones seguidos, sino que los dijo a lo largo de su vida; y después es el evangelista quien los recoge y los une en un capítulo, como es el caso de las Bienaventuranzas. Ciertamente las Bienaventuranzas son logia de Jesús, pero es muy posible que no las dijera nunca seguidas]. Pasemos ya a la lectura del capítulo 18 de San Mateo, versos 1  a 7 y 10, que es un caso claro de logia; en la que comenzaremos por lo más agradable; para luego pasar a todo lo que son los dolores de la humanidad: como son los enfermos, el mundo de los publicanos, las prostitutas...; que a veces la teología filosófica-racional ignora y que no se pueden ignorar puesto que Cristo viene justamente para curar estas enfermedades.  

El comienzo de la logia del capítulo 18 de San Mateo, dice así: “En aquel momento se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: ¿Quién es el más grande en el Reino de los Cielos?”... Fíjense en la pregunta, pues es una pregunta de los apóstoles; es decir, de los que seguimos a Jesús y queremos ir al cielo por la línea recta. Es una pregunta propia de la línea teológica gloriosa, de los apóstoles y también de algunas mamás de los apóstoles como la madre de los Zebedeos; pues esta mujer (parienta de Jesús, como prima de María...) se acercó un día a Jesús y le dijo: -Quiero que me hagas un favor; que estos dos hijos míos, Santiago y Juan, se sienten a tu derecha y a tu izquierda en el cielo-. Es importante esta idea, puesto que el hombre en general tiene la tendencia a situarse en la línea recta del éxito y del bienestar, y los creyentes en particular tienden a colocarse entre los primeros en el cielo; dando por sentado que tienen asegurada la entrada. Y aquí aparece la idea contrapuesta de Jesús: “los primeros serán los últimos, y los últimos los primeros”. 

¿Ven cómo suena la kénosis aquí? Cuando te inviten a un banquete procura ocupar el último sitio, y así cuando venga el que te invitó te dirá: sube más arriba, a la cabecera. Los despojados –los vacíos, los últimos–, solo por el hecho de serlo han de ser los primeros. ¿Quieres honor? Pues no tiendas a ocupar sitios de honor, “abájate”; para que sean los demás los que tengan que solicitarte para esos sitios. ¡Qué curioso! Se llega a “la vida” renunciando a la vida; y la cosecha se da cuando el grano muere (es crucificado) en el surco. ¿Ven los agujeros? Se llega a “la vida” al otro lado del agujero (al otro lado de la puerta estrecha, de la aporía) siempre por renuncias: siempre por el vaciamiento-conversión y siempre con esfuerzo.  Sigamos con la pregunta en Mt. 18, 1. Cuando los apóstoles, que querían ser los primeros, le preguntan: “¿Quién es el primero en el reino de los cielos?”, va Jesús y sin más coge a un niño, al más pequeño, lo pone en medio y dice: “En verdad os digo que si no os hacéis como niños no entráis en el Reino de los Cielos”. (Recordemos que “En verdad, en verdad...”  es en hebreo “amán”, un verbo rotundo que significa “estoy seguro, afirmo”; y que todavía hoy lo decimos como “amén”, como fórmula sustantiva). La respuesta del Señor no es de teología, sino de experiencia de la fe: "De éstos es el Reino de los cielos”; de los despojados, de los vacíos, de los pequeños. ¡Ya está! Le han preguntado: ¿quiénes son los primeros? y Jesús no sólo no responde directamente sino que va hacia atrás: -No, no preguntéis acerca de quién será el primero, preguntad antes si tenéis la entrada segura. Porque vosotros creéis que tenéis la entrada segura, y por eso preguntáis; pero para entrar –no ya para ser primeros sino solo para entrar– hay que ser como niños. ¡No entrarás si no te conviertes, si no te haces niño! Dejemos bien claro, que entrar en el cielo –lo que deseaban los apóstoles y también nosotros– no se hace por la línea gloriosa, sino por los agujeros y los esfuerzos de hacerse como niños. -¡Pero Señor, si yo tengo 90 años! ¿Cómo pasaré? -Pues haciéndote niño. Y si vamos ahora al verso 4 de Mateo, dice: “El que se humillare -kénosis, humildad- hasta hacerse como un niño, éste será el más grande en el reino de los cielos; y el que recibiere a un niño... a mi me recibe” etc. Luego viene el verso 10, que dice así: “Mirad que no despreciéis a uno de estos pequeños, porque en verdad os digo que sus ángeles ven de continuo en el cielo la cara de mi Padre...”


Notemos bien los pasos que ha ido dando. Primero, dos cosas: no entráis si no os hacéis como niños (donde hacerse como niños significa humillarse, “abajarse”), y, el que recibe a “un niño como ese” recibe a Dios. Y segundo, no despreciéis a uno de estos pequeños –los doloridos de la humanidad, los perdidos, los marginados...– porque en verdad os digo que sus ángeles ven de continuo (en el cielo) la faz de mi Padre. Y San Mateo añade, en el verso 11: “Porque el Hijo del hombre ha venido a salvar... lo que estaba perdido”. ¿O es que esperábamos que viniese para otra cosa? El Hijo del hombre no ha venido a salvar lo que estaba salvado, sino lo que estaba perdido; eso que llamamos marginación: los tontos, los niños, drogadictos, explotados... los perdidos. O sea que, “el aparente desastre de la kénosis” es la explicación de lo anterior. ¿Somos conscientes de que la kénosis total implica nuestro abajamiento y nuestro esfuerzo continuo de desprendimiento, para poder conseguir “la salvación total de lo perdido”?

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