EL
CRISTIANISMO AVANZA A MEDIDA QUE SE
DESPRENDE, SE VACÍA, DE... (HN-23)
La teología
lineal y gloriosa digiere bastante mal lo ya dicho sobre la kénosis; sobre las
“experiencias de vacío”. [Recordemos que terminábamos el resumen anterior con
la frase de Cristo siguiente: “El que quiera salvar su vida (entendamos que por
la línea gloriosa) la perderá, y el que la pierda (entendamos, con kénosis y
superando vacíos) la encontrará” (Mt. 16, 25)]. O sea, con el catecismo antiguo
y la teología gloriosa era imposible la integración de la kénosis; porque se
olvidaba algo tan esencial y necesario como es la idea del tiempo y su
desarrollo en la historia. La teología racional no sabe explicar la kénosis, ni
tampoco integrarla en su paradigma. La teología de la gloria, que inició San
Justino en el s. II, tuvo continuidad hasta que Lutero –en el s.XVI– introdujo
la teología de la cruz. [Hay un libro, “El Dios Crucificado” de Jürgen Moltmann
(catedrático protestante en Tubinga), bueno pero difícil de leer]. Los católicos, durante siglos hemos hecho
teología de la gloria: teología filosófica cuya coherencia podríamos decir que
está en la esencia de una fe estática y lineal, y que ve el proyecto de Dios
desde fuera de la historia. En cambio, los protestantes se han encargado de
profundizar en los “agujeros” de la historia. Y concretamente fue Lutero el que
vio, como agustino y agustinista que era, que la teología de la gloria
–humanista, brillante, hermosa, atractiva, lúcida– no funcionaba cuando se
descendía a la dura realidad de las experiencias humanas con vaciamiento y angustia;
y como conocía la doctrina (que venía de San Agustín), empezó a hablar del “Cristo
crucificado” y su relación con las “aporías”.
Entendiendo que una aporía vendría a
ser como un poro tapado, como un túnel
cegado para que no transpire la realidad maloliente de la inmadurez humana
subyacente; o sea, para que no apeste la oveja negra que somos internamente.
Lutero decía que la teología de “los romanos” (como él los llamaba) era una
teología con muchos agujeros tapados –para que todo pareciera brillante y luminoso–,
que no dejaba conocer la realidad de Cristo. Y por tanto nos destapa los
agujeros, los poros, para que veamos las negruras hasta las que Cristo llega a
rebajarse –kénosis–; en las que llega a morir totalmente desnudo y en aparente
fracaso personal: suyo y de su doctrina. Y esto es lo que explica Moltmann en “El
Dios Crucificado”: en el que este Dios es God
(o sea, el Dios de la luz y la alegría, el de la línea de la consistencia...),
pero también es (the crucified) el
crucificado. Por tanto, para el cristianismo este Dios es un Dios de
centelleo y de luz total, pero clavado en una cruz. O sea, no es un Dios en
soledad –como dicen algunos católicos– ni tampoco es dolor solamente –como
dirían ciertos protestantes exagerados–; “es un Dios doliente”: es Dios
sufriendo el dolor de Cristo; precisamente por ser Cristo “Dios en el hombre”,
y por estar este crucificado”. Y ahora viene la pregunta: ¿es que
Dios puede sufrir? La respuesta parece fácil, pero no para el Dios de los
teólogos sino para el Dios de los místicos; y por esto cada uno tendremos que
escoger muy bien nuestro camino de reflexión al tratar de despertar nuestro
interior. Si bien en caso de admitir que para unos Dios pudiera sufrir y para
otros no, habríamos terminado con esta reflexión. Ciertamente. Pero sigamos. ¿Y cómo puede sufrir Dios si es
el inconmovible? Respondamos preguntando y con un planteamiento dual que no es
el nuestro: ¿Cristo sufrió? Caso que sufriera, entonces, la respuesta sería:
Cristo no puede ser Dios porque sufrió; o sí lo es, y como tal es inconmovible,
entonces no pudo sufrir (sobre esto, San Cirilo ya apuntaba el peligro de que
Cristo fuese un farsante que hacía ver que sufría sin sufrir). Pero, nuestro
planteamiento es: Jesucristo es un hombre, que sufre como nosotros, y
además admitimos que es Dios. Desde este planteamiento el Cristo de
Moltmann es iluminador, es programático: Cristo es Dios, que sufre en el
hombre; Cristo es Dios crucificado. Y, al ser Cristo el modelo de todo
cristiano, el
cristiano que quiera avanzar por la línea de Dios lo irá haciendo a medida que
vaya crucificando cosas; a medida que vaya desprendiéndose de cosas –incluso de
la vida–, con los correspondientes dolores de parto. Recordemos: “El que
quiera mantener su
vida (en referencia a la línea
gloriosa) la perderá, y el que la pierda (en referencia a la kénosis tras la que nos espera Dios) la encontrará”. Y Cristo también
dijo: “Si el grano de trigo no cae en la
tierra y muere -kénosis-, no da fruto; pero si muere,
da mucho fruto”. Entonces, ¿de qué depende la sementera?: de que el
grano se descomponga –en tierra fértil y según las condiciones de su surco– y
alumbre la vida de su primera brizna; engendrándose a partir de ella la espiga
y la cosecha.
Una vez
reafirmado que todos nuestros frutos vendrán por nuestra capacidad de
desprendernos de... con dolores de parto, y que aquí juega un papel primordial
el esfuerzo doloroso de cada desprendimiento/circunstancia, ahora podemos comenzar a leer a San Mateo. [Pero antes conviene recordar que los
evangelistas empezaron a escribir sobre el año 70 o 75, y que todos citan
“dichos de Jesús”; es decir, que cuarenta años largos después de la muerte de
Cristo citan unos dichos –no escritos en ninguna parte– que fueron recibidos
por transmisión oral. Estos dichos se llaman logia, o logion en
singular. Pero no es que Jesús dijera 40 logiones seguidos, sino que los dijo a
lo largo de su vida; y después es el evangelista quien los recoge y los une en
un capítulo, como es el caso de las Bienaventuranzas. Ciertamente las
Bienaventuranzas son logia de Jesús, pero es muy posible que no las dijera
nunca seguidas]. Pasemos ya a la lectura del capítulo 18 de San Mateo, versos 1
a 7 y 10, que es un caso claro de logia; en la que comenzaremos por lo más
agradable; para luego pasar a todo lo que son los dolores de la humanidad: como
son los enfermos, el mundo de los publicanos, las prostitutas...; que a veces
la teología filosófica-racional ignora y que no se pueden ignorar puesto que
Cristo viene justamente para curar estas enfermedades.
El comienzo de
la logia del capítulo 18 de San Mateo, dice así: “En aquel momento se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
¿Quién es el más grande en el Reino de los Cielos?”... Fíjense en la
pregunta, pues es una pregunta de los apóstoles; es decir, de los que seguimos
a Jesús y queremos ir al cielo por la línea recta. Es una pregunta propia de la
línea teológica gloriosa, de los apóstoles y también de algunas mamás de los
apóstoles como la madre de los Zebedeos; pues esta mujer (parienta de Jesús, como
prima de María...) se acercó un día a Jesús y le dijo: -Quiero que me hagas un
favor; que estos dos hijos míos, Santiago y Juan, se sienten a tu derecha y a
tu izquierda en el cielo-. Es importante esta idea, puesto que el hombre en
general tiene la tendencia a situarse en la línea recta del éxito y del
bienestar, y los creyentes en particular tienden a colocarse entre los primeros
en el cielo; dando por sentado que tienen asegurada la entrada. Y aquí aparece
la idea contrapuesta de Jesús: “los
primeros serán los últimos, y los últimos los primeros”.
¿Ven cómo suena la
kénosis aquí? Cuando te inviten a un banquete procura ocupar el último
sitio, y así cuando venga el que te invitó te dirá: sube más arriba, a la
cabecera. Los despojados –los vacíos, los últimos–, solo por el hecho de
serlo han de ser los primeros. ¿Quieres honor? Pues no tiendas a ocupar
sitios de honor, “abájate”; para que sean los demás los que tengan que
solicitarte para esos sitios. ¡Qué curioso! Se llega a “la
vida” renunciando a la vida; y la cosecha se da cuando el grano muere (es crucificado)
en el surco. ¿Ven los agujeros? Se llega a “la
vida” al otro lado del agujero (al otro lado de la puerta estrecha, de la aporía)
siempre por renuncias: siempre por el vaciamiento-conversión y siempre con
esfuerzo. Sigamos con la pregunta en Mt.
18, 1. Cuando los apóstoles, que querían ser los primeros, le preguntan: “¿Quién es el primero en el reino de los cielos?”,
va Jesús y sin más coge a un niño, al más pequeño, lo pone en medio y
dice: “En verdad os digo que si no os hacéis como niños no entráis en el Reino
de los Cielos”. (Recordemos que “En verdad, en verdad...” es en hebreo “amán”, un verbo rotundo que
significa “estoy seguro, afirmo”; y que todavía hoy lo decimos como “amén”,
como fórmula sustantiva). La respuesta del Señor no es de teología, sino de
experiencia de la fe: "De éstos
es el Reino de los cielos”; de los despojados, de los
vacíos, de los pequeños. ¡Ya está!
Le han preguntado: ¿quiénes son los primeros? y Jesús no sólo no responde
directamente sino que va hacia atrás: -No, no preguntéis acerca de quién será
el primero, preguntad antes si tenéis la entrada segura. Porque vosotros creéis
que tenéis la entrada segura, y por eso preguntáis; pero para entrar –no ya
para ser primeros sino solo para entrar– hay que ser como niños. ¡No entrarás si no te conviertes, si no te
haces niño! Dejemos bien claro, que entrar en el
cielo –lo que deseaban los apóstoles y también nosotros– no se hace por la
línea gloriosa, sino por los agujeros y los esfuerzos de hacerse como niños.
-¡Pero Señor, si yo tengo 90 años! ¿Cómo pasaré? -Pues haciéndote niño. Y si
vamos ahora al verso 4 de Mateo, dice: “El
que se humillare -kénosis,
humildad- hasta hacerse como un
niño, éste será el más grande en el reino de los cielos; y el que recibiere a
un niño... a mi me recibe” etc. Luego viene el
verso 10, que dice así: “Mirad que no despreciéis a uno de estos pequeños,
porque en verdad os digo que sus ángeles ven de continuo en el cielo la cara de
mi Padre...”
Notemos
bien los pasos que ha ido dando. Primero, dos
cosas: no entráis si no os hacéis como
niños (donde hacerse como niños
significa humillarse, “abajarse”), y, el que recibe a “un niño como ese”
recibe a Dios. Y segundo, no
despreciéis a uno de estos pequeños –los doloridos de la humanidad, los
perdidos, los marginados...– porque en verdad os digo que sus ángeles ven de
continuo (en el cielo) la faz de mi Padre. Y San Mateo añade, en
el verso 11: “Porque el Hijo del hombre ha venido a salvar... lo que estaba
perdido”. ¿O es que esperábamos que viniese para otra cosa? El Hijo del hombre no ha venido a salvar lo que estaba salvado, sino lo que estaba perdido; eso que llamamos marginación: los tontos, los niños, drogadictos,
explotados... los perdidos. O sea que, “el
aparente desastre de la kénosis” es la explicación de lo anterior. ¿Somos conscientes
de que la kénosis total implica
nuestro abajamiento y nuestro esfuerzo continuo de desprendimiento, para poder
conseguir “la salvación total de lo perdido”?
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