Santa Isabel de Schönau, virgen
fecha: 18 de junio
n.: 1128 - †: 1164 - país: Alemania
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
n.: 1128 - †: 1164 - país: Alemania
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
En Schönau, lugar de Renania, en
Germania, santa Isabel, virgen, insigne por su observancia de la vida
monástica.

Tres monasterios alemanes han llevado el
nombre de Schönau: la comunidad de monjes cistercienses vecina a Heidelberg; un
convento de monjas en Franconia; y una doble casa de benedictinos, no lejos de
Bonn, cuyos dos edificios fueron construidos a expensas de Hildelino, quien fue
su primer abad, en 1125. En el gran convento para monjas ingresó, a la edad de
doce años, una chiquilla humilde llamada Isabel. Unos seis años después, en
1147, hizo su profesión. Desde entonces se entregó con gran fervor a las
actividades religiosas del convento y, a pesar de su mala salud, usaba una
camisa de cerdas, se disciplinaba con cadenas y practicaba otras
mortificaciones. Al referirse a sí misma en uno de sus libros, dice: «La más
vil de Sus pobres creaturas, agradece a Dios que, desde el momento en que entró
a la orden hasta hoy, Sus manos la han empujado con tanta insistencia, que
nunca dejó de sentir sus dardos en el cuerpo». Desde que cumplió ventitrés años
en adelante, estuvo sujeta a extraordinarias manifestaciones sobrenaturales,
visiones celestiales y persecuciones diabólicas. En una carta dirigida a su
amiga santa Hildegarda,
describe Isabel la forma en que un ángel le mandó que anunciara la serie de
calamidades que habrían de afligir a las gentes, a menos que hiciesen
penitencia, y como ella tardó en cumplir con el mandato, el ángel se presentó
de nuevo y la golpeó con un látigo, tan furiosamente, que estuvo enferma tres
días. Pero algunas de las profecías hechas por boca de Isabel no se cumplieron
y entonces volvió a aparecer el mensajero celestial para indicar que las gentes
habían hecho penitencia y así se habían evitado las calamidades.
Por aquel entonces y durante largo tiempo,
asaltaron a la santa terribles tentaciones; la mantenían en continuo sobresalto
las súbitas apariciones en su celda o en otras partes del convento, de los
demonios con hábitos de monjes, que se burlaban de ella y proferían horribles
amenazas. En cierta ocasión vio al diablo en la forma de un gran toro negro
que, al arrojarse sobre ella, se transformó en un haz de llamas de las que
surgió un rebaño de cabras pestilentes. Pero aquel período de prueba sólo fue
el preludio a una época de grandes consuelos y visitas de seres celestiales.
Especialmente los domingos y fiestas de guardar, Isabel entraba en éxtasis
durante la celebración de la misa. Según sus confesiones, durante los
arrobamientos recibía admoniciones y mensajes de un ángel o del santo cuya
fiesta se conmemoraba. Veía a sus visitantes celestiales con tanta claridad
que, pasado el éxtasis, describía con lujo de detalles su aspecto, su
vestimenta y la forma en que aparecían. De la misma manera, como si se
representaran ante sus ojos corporales, presenciaba escenas de la Pasión, la
Resurrección y la Ascensión del Señor. Algunas de sus visiones las reprodujo en
cera, sobre tablillas y, a pedido del abad Hildelino, las enviaba a su hermano
Egberto, un canónigo de Bonn, que posteriormente tomó el hábito en Schönau y
sucedió a Hildelino en el cargo de abad. Esas notas, complementadas con sus
explicaciones orales, aparecen en tres libros sobre las visiones de Isabel,
compilados y publicados por Egberto, con un prefacio propio y una lista
cronológica de las experiencias religiosas de su hermana.
El primero de esos libros está escrito con
un estilo sencillo, como el que hubiera podido usar la propia Isabel; pero los
otros tienen mayores complicaciones, tanto en el lenguaje como en las ideas y,
en ocasiones, se pone en evidencia cierta inclinación a la teología que, sin
duda pertenece a Egberto y no a Isabel. El caso se pone todavía en mayor
evidencia en otro de sus trabajos: «El Libro de los Caminos de Dios», que fue
escrito, al parecer, como una imitación al «Scivias» de santa Hildegarda. En él
aparecen advertencias muy severas y rigurosas, dirigidas a varias clases del
clero y a los laicos; contiene una advocación del antipapa «Víctor IV», a quien
favorecían los amigos de Egberto; y de acuerdo con los términos de la denuncia
contra el Cathari y de las invectivas contra los prelados mundanos y los
sacerdotes infieles, se ponen claramente de manifiesto la mente y la pluma de
Egberto. El último de los libros de Isabel y el más famoso, fue una contribución
suya a la Leyenda Ursulina. El libro tiene una historia singular. Las
excavaciones practicadas en diversas ocasiones desde los principios del siglo
doce, en uno de los distritos de Colonia, dieron como resultado el
descubrimiento de una cantidad considerable de restos humanos. El sitio recibió
el nombre de "Ager Ursulinus" y se creyó que, entre las osamentas, se
encontraban los restos de santa Úrsula y
de sus once mil vírgenes. Sin embargo, entre los huesos había esqueletos
masculinos, así como gran número de tablillas (ahora se ha comprobado que todas
eran falsificadas), que ostentaban los nombres de supuestos mártires. Gerlac,
el abad de Deutz, quien tomó parte activa en el traslado de las supuestas
reliquias de santa Úrsula, en 1142, y que pasó nueve años buscando los restos
de las vírgenes, sus compañeras, recurrió a Egberto con la esperanza de que por
medio de las visiones de su hermana Isabel, se aclarase el asunto que tanto le
preocupaba.
Parece ser que Egberto insistió tenazmente
para que su hermana accediera a ayudarlo y, presionada de esta manera, escribió
una nueva versión fabulosa de la ya fantástica historia de santa Úrsula y la de
todos los mártires recientemente «descubiertos» con la introducción de un tal
papa Ciríaco, que nunca existió. Que esta fábula extravagante, plagada de datos
históricos, que con toda facilidad podía haberse comprobado que eran falsos,
conquistase inmediatamente una amplia aceptación, ilustra de nuevo la inmensa e
infortunada credulidad de la época. Por otra parte, esa rápida aceptación es
también una prueba de la estima que se tenía por Isabel.
Sin duda que fue, en realidad, una mujer
de buen juicio para los asuntos de la vida diaria, puesto que, de lo contrario,
no habría podido soportar, como lo hizo, el cargo de superiora de su comunidad
durante los últimos siete años de su vida. Su cargo era el principal, después
del abad, quien gobernaba la doble comunidad. Isabel murió el 18 de junio de
1164, a los treinta y ocho años de edad. Una confusión entre las abadías con el
mismo nombre de Schönau, motivó que se considerase a Isabel como una monja del
Císter y como a tal la registrase Molanus, en 1568, en la nueva edición del
Usuardo. De ahí se trasladó su nombre al Martirologio Romano en 1584 y, desde
entonces, sigue en su lugar, sin referencia alguna a sus escritos. Nunca se ha
llagado a canonizar o siquiera a beatificar formalmente a Isabel, y hay muchos
puntos de vista divergentes en cuanto a la naturaleza de sus visiones. Sin
embargo, todos los críticos admiten que la propia Isabel, su hermano y quienes
la conocieron bien, estaban firmemente convencidos de que aquellas experiencias
espirituales procedían de lo alto.
Lo que sabemos sobre la vida de Isabel
procede, sobre todo, de unas memorias que su hermano Egberto escribió y agregó
a la mencionada colección de sus visiones. Este material biográfico, junto con
una carta del propio Egberto, se halla impreso en Acta Sanctorum, junio, vol. IV.
La mejor de las ediciones sobre sus escritos y visiones, es la de F. W. E. Roth
(1884). Este mismo editor sacó a la luz en 1886, lo que él llama Libro de
Oraciones (Gebetbuch) de Isabel.
N.ETF: Aunque en algunos sitios figura como canonizada en 1584, en realidad sigue siendo cierto lo que señala el Butler: nunca lo ha sido formalmente, sino que en esa fecha lo que se hizo fue inscribirla en el Martirologio, lo cual implica -en los casos en que no hay una canonización formal- un cierto reconocimiento oficial. Se ha hecho recientemente (2006) una edición de las obras (aunque aparentemente no completas) de Isabel en alemán a cargo de Pedro Dinzelbacher, de la Abadía de Schönau, editorial Fernando Schöningh, Paderborn. Hay información sobre la santa (en alemán) en el sitio del monasterio de Schönau. La imagen mostrada corresponde al altar y relicario de la santa en la iglesia claustral.
N.ETF: Aunque en algunos sitios figura como canonizada en 1584, en realidad sigue siendo cierto lo que señala el Butler: nunca lo ha sido formalmente, sino que en esa fecha lo que se hizo fue inscribirla en el Martirologio, lo cual implica -en los casos en que no hay una canonización formal- un cierto reconocimiento oficial. Se ha hecho recientemente (2006) una edición de las obras (aunque aparentemente no completas) de Isabel en alemán a cargo de Pedro Dinzelbacher, de la Abadía de Schönau, editorial Fernando Schöningh, Paderborn. Hay información sobre la santa (en alemán) en el sitio del monasterio de Schönau. La imagen mostrada corresponde al altar y relicario de la santa en la iglesia claustral.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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ingreso o última modificación relevante: ant 2012
Estas biografías de santo son propiedad de
El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino
que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía,
referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=2064
Beata Hosana Andreasi, virgen
fecha: 18 de junio
n.: 1449 - †: 1505 - país: Italia
otras formas del nombre: Osanna de Mantua
canonización: Conf. Culto: Inocencio XII 1694
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
n.: 1449 - †: 1505 - país: Italia
otras formas del nombre: Osanna de Mantua
canonización: Conf. Culto: Inocencio XII 1694
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
En Mantua, ciudad de Lombardía, beata
Hosana Andreasi, virgen, que vistió el hábito de la Orden de Hermanas de la
Penitencia de Santo Domingo y logró armonizar con las ocupaciones seculares la
contemplación de Dios y el ejercicio de las buenas obras.
refieren a este santo: Beata Catalina

Si estudiamos la historia interna de los
estados italianos en los últimos años de la Edad Media, no podremos dejar de
advertir el papel tan importante que desempeñaron varias santas mujeres de la
época, a quienes los gobernantes y el pueblo en general solicitaban consejos e
intercesiones y que llegaron a ser vistas, aun durante su vida terrena, como
protectoras de la comunidad y mediadoras entre Dios y los hombres. Una de
aquellas mujeres fue la beata Hosana.
Nació el 17 de enero de 1449, en Mantua;
fue hija de Nicola Andreasi y de Luisa Gonzaga, cuyo apellido indica que estaba
relacionada con la familia ducal reinante. Hosana fue la mayor de una prole
numerosa, y durante largas temporadas tuvo que hacerse cargo de la casa y de
velar, durante toda su vida, sobre varios de sus hermanos menores. A los cinco
años de edad tuvo su primera experiencia religiosa: cierto día, mientras
paseaba sobre la ribera del Po, a la altura de Carbonarola, escuchó una voz
misteriosa que hablaba quedamente pero con toda claridad: «Niña, niña...: la
vida y la muerte consisten en amar a Dios». Inmediatamente cayó en un
arrobamiento, y su espíritu fue conducido por un ángel hasta el paraíso, donde
vio a todas las creaturas que alababan a Dios a su manera. El ángel le explicó
que los actos de adoración, los cuales habrán de ser nuestra actividad
principal en la eternidad, deben ser también nuestra preocupación esencial y
nuestra dicha en esta vida. Era una revelación extraordinaria para una niña tan
pequeña, pero Hosana respondió con la entrega total de su ser a Dios.
Desde aquella temprana edad comenzó a
dedicar muchas horas a la plegaria y la penitencia. A menudo caía en éxtasis,
para angustia de sus padres, quienes, al principio, atribuían los trances a la
epilepsia. La niña pidió que le enseñasen a leer, a fin de conocer su religión,
pero su padre se negó a permitirle que estudiara, con el pretexto de que las
ciencias no estaban hechas para las mujeres. A pesar de la estricta
prohibición, la chiquilla aprendió muy pronto a leer y a escribir, caso éste
que algunos de sus biógrafos atribuyen a la intervención directa de Nuestra
Señora, pero que se explica sin necesidad de milagros, por el hecho de que
Hosana era una criatura inteligente, muy capaz de aprender por sí misma
mientras asistía a las lecciones que los maestros impartían a sus hermanos. A
la edad de catorce años, pidió permiso para ingresar a la tercera orden de
Santo Domingo, pero de nuevo se enfrentó a la tenaz oposición de su padre que
deseaba casarla con algún buen partido. Poco tiempo después, sin embargo, la
autorizó para tomar el hábito de los dominicos, como una muestra de acción de
gracias por haber sanado de una grave enfermedad. La autorización paterna
comprendía una breve temporada en el convento, pero al cumplirse el plazo,
Hosana anunció que se había comprometido a permanecer ahí para toda la vida y,
a fin de cuentas, el señor Andreasi, tuvo que dominar su enojo y resignarse a
dejar a su hija en el convento.
Por extraño que parezca, Hosana no hizo su
profesión como terciaria y vivió treinta y siete años en la comunidad como
novicia, dichosa de ocupar el último lugar en las reuniones y las ceremonias de
los terciarios. Se desconocen las razones que tuvo para demorar tanto tiempo su
profesión; es probable que, en su fuero interno, se sintiese incapaz de
realizar las tareas y las salidas al mundo que realizaban sus hermanas. Era
bastante joven todavía cuando murieron sus padres, y ella vivió enclaustrada en
su casa, dedicada a cuidar a sus hermanos y sus familiares, sin solicitar jamás
nada para sí misma, como si fuese la última de las sirvientas. Los momentos que
hubiera podido dedicar al descanso los empleaba en ejercicios de penitencia y
devoción. A la edad de dieciocho años, Hosana recibió otro señalado favor del
cielo: en una visión, presenció cómo Nuestra Señora la desposaba con su Hijo
Divino y el propio Jesús le colocaba un anillo en el dedo. Hosana sintió
siempre la presión de aquel anillo que era invisible para los demás.
Por aquel entonces, parece haber sido
víctima de una especie de persecución. En sus cartas, se mostraba reticente y
dispuesta a culparse a sí misma por todas sus desventuras; pero al parecer, sus
hermanas terciarias le habían juzgado mal y la acusaban de falsedad y de haber
inventado las extraordinarias manifestaciones espirituales que, no obstante sus
esfuerzos por ocultarlas, se adivinaban fácilmente. Sus contrarios llegaron
hasta el extremo de denunciarla ante el duque de Mantua y de amenazarla con la
expulsión de la orden. Largo tiempo duró la animosidad contra ella. Entre los
años de 1476 y 1481, tuvo una serie de experiencias que le permitieron
participar en los sufrimientos de la Pasión de Cristo: primero la coronación
con espinas, después la herida en el costado y, por fin, las heridas en las
manos y en los pies. Las llagas no aparecieron en sus carnes, pero la hacían
sufrir dolores muy intensos.
La gran estimación que profesaba el duque
Federico de Mantua por la beata, se puso de manifiesto a fines de 1478. En
vísperas de partir a la campaña militar en Toscana, el duque la mandó llamar
para pedirle no sólo que velase por el bienestar de la duquesa y sus seis
hijos, sino que ocupara su puesto de jefe de familia y gobernante durante su
ausencia. Al principio, Hosana se resistió, alegando su inexperiencia y su
juventud, puesto que aún no cumplía los treinta años; pero ante la insistencia
del duque, terminó por ceder con aquella sencillez y absoluta confianza en la
ayuda de Dios que la caracterizaron toda su vida. A pesar de que su morada era
la casa de los Andreasi, pasaba la mayor parte del tiempo en el palacio ducal,
donde atendía con tanta habilidad y cordura los diversos asuntos que, aun
después del regreso de Federico, éste la consultaba de continuo sobre
cuestiones de gobierno. Por cierto que, cuando al duque le pareció que se
prolongaba demasiado un viaje que Hosana tuvo que hacer a Milán por mandato de
los superiores de su orden, la mandó llamar con toda premura. Tanto él como la
duquesa y sus hijos consideraban a Hosana como a la amiga más íntima y, cuando
el heredero Francisco II sucedió a su padre en el trono de Mantua, él y su
esposa, Isabel d'Este, conservaron la tradición. En cartas que se conservan, se
advierte la confianza que tenía Hosana en el afecto de los duques para
conseguir que socorriesen a todos los necesitados: a veces, pedía que hiciesen
justicia a alguna víctima del infortunio; otras, solicitaba merced para un
acusado o un prisionero. Por fin, en el año de 1501, hizo su profesión completa
como terciaria y, durante los cuatro años que aún vivió, sobre todo en los
períodos en que estuvo enferma, parecía haber perdido todo contacto con este
mundo. Murió a la edad de cincuenta y seis años, el 20 de junio de 1505. Los
duques de Mantua, que estaban a su lado cuando expiró, le costearon un
espléndido funeral y eximieron de pagar impuestos a todos los miembros de la
familia Andreasi durante veinte años.
No estará de más, aunque sólo sea como un
tributo a la memoria de Edmund Gardner, calificado como «el bienamado y santo
investigador», por el profesor R. W. Chambers, reproducir aquí algunos párrafos
del ensayo que escribió y que imprimió en privado sobre Hosana de Mantua, bajo
el título de «Una Mística del Renacimiento». Al referirse la visión que tuvo la
beata en su niñez, el profesor Gardner nos revela que ella misma confesó «el
gran temor que la embargaba al pensar que ella no amaba a Dios de una manera
tan absoluta y perfecta como era necesario amarlo» y cómo aspiraba a llegar a
aquel estado de perfección y oraba para conseguirlo. Aquella su plegaria, así
como otros escritos y cartas, nos fueron conservados por un monje amigo de
Hosana, cuyas relaciones con ella nos recuerdan las del fraile dominico Pedro
de Dacia con la estigmatizada Cristina de Stommech, dos siglos antes. El
profesor Gardner se refiere a aquel curioso período del desarrollo espiritual
de la beata en el siguiente párrafo: «En la vida mística de Hosana, el elemento
peculiar es la parte que desempeñó en ella el sentimiento de una amistad
intensa y puramente espiritual hacia un hombre diez años menor, Girolamo da
Monte Oliveto. El nos revela que era un muchacho de quince años y se dirigía a
escuchar una conferencia, en Mantua, cuando entró a la iglesia y la vio
arrobada en la contemplación. Desde entonces, Girolamo llevó aquella imagen
grabada en su corazón y quedó a tal punto conmovido que, con el correr del
tiempo, tomó el hábito religioso, se hizo sacerdote y, luego de muchos ruegos y
circunloquios, convenció a Hosana para que le aceptara como hijo espiritual.
Los "coloquios espirituales" que Girolamo publicó después de la
muerte de la beata, constituyen un registro de las conversaciones que
sostenían, "de corazón a corazón y sólo Dios entre nosotros", como él
dice. "¡Qué gran bondad la de Dios!", exclama a continuación. "Nuestros
corazones estaban unidos con una sola voluntad, en Su presencia. Tan grande era
el amor innato entre nosotros, que no puedo hablar de él, y recordarlo sin
llorar. La doncella amaba a su hijo en Cristo como a su alma. ¡Oh, gran caridad
de Dios! Seguramente que él hizo nacer aquel amor en nuestros corazones, antes
de que hubiese una conversación espiritual entre nosotros y aun antes de
conocernos".
En algunas visiones que tuvo Hosana,
contempló a su alma junto a la de Girolamo, en presencia de Dios; y sus cartas,
dirigidas al amigo cuando éste tenía que ausentarse de Mantua, tienen la forma
de la epístola amorosa espiritualizada. "He recibido una tierna y amable
carta tuya: no soy capaz de expresar con las palabras la dicha que me
produjo..." "Mi alma se regocija con cada uno de tus consuelos, como
si tú y yo fuésemos un solo espíritu y un solo corazón, como lo somos en
verdad, por medio del vínculo y el efecto de la caridad del dulce Jesús".
El caso se repite en las ocasiones en que Hosana recibe la noticia de que su "caro
amante in Cristo", como lo llama, había regresado a Mantua, por lo que
ella da rienda suelta a su júbilo: "Sin duda que no podrás imaginarte
cómo, al saber que estabas de vuelta, sentí que perdía el aliento a causa de la
inmensa alegría. ¡Padre y único hijo mío, concebido en la gran fuente de la
Divina Bondad, si hubieses visto mudar de color a tu indigna madre! ¿Dónde se
podría encontrar un amor más sincero? Yo te respondo que sólo se encuentra en
el santo costado de nuestro Salvador. Y este amor espiritual ha crecido con
tanta lozanía, que estoy segura de que, con la ayuda divina, ni el ángel ni el
arcángel, ni el demonio ni cualquier otra creatura podrá romperlo, sino que,
por el contrario y con la gracia de Dios, llegará a la perfección en nuestra
bendita patria eterna".»
Las relaciones de Hosana con el mundo
exterior, con aquella sociedad de su época, corrompida en gran parte y empapada
en el semi-paganismo del Renacimiento, estuvieron, según piensa el profesor
Gardner, profundamente alentadas por la influencia de Savonarola. Es verdad
que, en ninguna de sus cartas o escritos de la época menciona el nombre del
gran reformador; pero «estoy convencido», dice Gardner, «de que ello se debe a
una deliberada supresión por parte de sus biógrafos».
Se registró el hecho de que, en sus
vigilias nocturnas, leía continuamente El Triunfo de la Cruz, la obra más
importante de Savonarola. También pertenecen al espíritu del fraile reformador
las visiones que tenía Hosana sobre los horrores que el cielo le tenía
reservados a Italia, así como sus oraciones para que el rayo de la cólera
divina no cayese sobre el país. «Una y otra vez», dice el profesor Gardner,
«hizo vaticinios sobre el fantasma calamitoso que amenazaba a Italia, por los
pecados de los italianos, y que dejaría caer sobre la tierra mil desventuras, a
menos que el pueblo hiciese penitencia; especialmente en los años iniciales del
siglo dieciséis, la beata observaba con angustiosa preocupación el gobierno del
Papa, al tanto del daño que acarrearía a la Iglesia la corrupción que crecía en
su seno. Girolamo nos dice que «vivía en constante temor por la Iglesia», y es
evidente que, por prudencia, no se extiende más sobre el asunto. Por otra
parte, al mismo tiempo que Hosana creía a pie juntillas en la inminente
condenación de numerosísimos pecadores, también veía almas que se salvaban y,
frecuentemente, a las mismas personas que trataba.
Hay una excepción: la del Sumo Pontífice
Alejandro IV. Tras una de sus revelaciones, le dijo a Girolamo que había orado
tres veces por la salvación del Papa. En las dos primeras ocasiones, Dios
parecía bien dispuesto a mostrar misericordia; la tercera vez no obtuvo
respuesta. «Pero mi alma perseveraba en la demanda y entonces apareció Nuestra
Señora, la santa Madre de Dios, y comenzó a suplicar ante Su hijo y así
consolaba mi alma angustiada por la salvación del Papa y la renovación de la
Santa Iglesia. Después llegaron todos los Apóstoles, que se formaron en
semicírculo ante el Señor y rogaron para que mostrara su misericordia hacia él.
¡Lástima, pecadora de mí! Dios se mantenía inmóvil, con el aspecto y el porte
de la cólera; y no dio respuesta alguna a los que suplicaban: ni a la Madonna,
ni a los Apóstoles, ni a mi alma».
Para finalizar, el profesor Gardner
insiste en que Hosana no era una de esas místicas que vuelven enteramente la
espalda al mundo para absorberse en su propio desarrollo espiritual y en sus
progresos hacia la perfección. «Nunca fue feliz -nos dice Girolamo-; ni aun en
aquellos días en que se dedicaba a las obras de misericordia temporales de
visitar a los enfermos, dar socorro a los pobres, consolar a los afligidos.
Siempre la vimos en el acto de proteger a los débiles y oprimidos por el rigor
de la ley y en el de utilizar su influencia para remediar las injusticias. Lo mismo
nobles que plebeyos, ricos o pobres, acudían a su casa en busca de consuelo y
de consejo y, en el libro de Girolamo nos encontramos a menudo con graciosos
pasajes de lo que ocurría cuando sus coloquios espirituales quedaban
interrumpidos por la llegada intempestiva de ciertos personajes importantes del
barrio aristocrático». Su espíritu generoso, no le impedía preocuparse por los
intereses de sus hermanos, en donde quiera que se hallase; hay una breve carta
encantadora que Hosana escribió en ocasión del cantamisa de un sobrino suyo,
para informar al marqués de Mantua que después de la ceremonia recibiría a los
frailes, e invitándole a formar parte del grupo.
La biografía de la beata Hosana, escrita
en latín por su confesor, Francesco Silvestri, se publicó algunos meses después
de su muerte. El monje Dom Girolamo, al que hicimos referencia, publicó sus
coloquios y sus cartas en 1507, en un volumen. Pero el material informativo
sobre su historia, se encuentra en el libro de G. Bagolini y L. Fefretti, «La beata
Ossana Andreasi di Mantova» (1905). En esa obra, los autores incluyen los
materiales a que nos referimos antes y agrega una considerable cantidad de
cartas originales de Hosana.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
accedida 693 veces
ingreso o última modificación relevante: ant 2012
Estas biografías de santo son propiedad de
El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino
que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía,
referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=2065
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