San Canuto IV de Dinamarca, mártir
fecha: 10 de julio
fecha en el calendario anterior: 19 de enero
n.: c. 1040 - †: 1086 - país: Dinamarca
otras formas del nombre: Knud
canonización: C: Pascual II 19 abr 1101
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
fecha en el calendario anterior: 19 de enero
n.: c. 1040 - †: 1086 - país: Dinamarca
otras formas del nombre: Knud
canonización: C: Pascual II 19 abr 1101
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
En Odense, ciudad de Dinamarca, san
Canuto, mártir, rey de ardiente celo, que incrementó en su reino el culto
divino, promovió el estado clerical y, después de haber fundado las Iglesias de
Lund y Odense, fue finalmente asesinado por algunos sediciosos.

Canuto de Dinamarca era hijo natural de
Svend II Estrithson, cuyo tío, llamado también Canuto, había sido rey de
Inglaterra (Canuto el Grande, de Inglaterra, Noruega y Dinamarca). San Canuto
trató de hacer valer sus títulos a la corona inglesa, pero fracasó totalmente
en Northumbría, en 1075. Seis años después, sucedió a su hermano Harold III Han
en el trono de Dinamarca. Los daneses se habían convertido al cristianismo poco
tiempo antes, pero, como se ha dicho de Canuto de Inglaterra, «su entusiasmo
religioso tenía algo de la ingenuidad de un bárbaro». Esto es lo menos que se
puede decir. Canuto se casó con Adela, hermana de Roberto, conde de Flandes, y
de este matrimonio nació el beato Carlos el
Bueno.
Canuto favoreció con sus leyes la
administración de la justicia y la paz del reino, otorgó privilegios e
inmunidades al clero, e impuso tributos para el sostenimiento de éste.
Desgraciadamente, esto hizo que algunos clérigos se convirtiesen en señores
feudales que se ocupaban más de sus bienes temporales que de sus deberes
espirituales. Canuto mostró una munificencia regia en la construcción y
dotación de iglesias, y regaló su propia corona a la iglesia de Roskilde, que
se convirtió en cementerio de los reyes daneses. En 1085 reclamó nuevamente el
trono de Inglaterra, e hizo extensos preparativos para la invasión, de acuerdo
con Roberto de Flandes y Olaf de Noruega; pero la oposición que encontró entre
los nobles y el pueblo le obligó a desistir de la empresa.
Sus subditos se sentían cada vez más
descontentos, a causa de los impuestos y tributos, del nuevo orden social,
hasta que la rebelión estalló entre los subordinados de Olaf, el hermano de
Canuto. Este huyó a la isla de Fünen y se refugió en la iglesia de San Albán,
en Odense, la cual debía su nombre a una reliquia que Canuto había traído de Inglaterra.
Pero los rebeldes le persiguieron y cercaron el templo. Creyéndose perdido,
Canuto se confesó y recibió la comunión, mientras los rebeldes atacaban,
destrozando a pedradas los emplomados. Al penetrar en el edificio, asesinaron
al rey que se hallaba arrodillado junto al altar. Murió con su hermano Benito y
otros diecisiete compañeros, el 10 de julio de 1086.
Aelnoth, el biógrafo de Canuto, un monje
de Canterbury que había vivido veinticuatro años en Dinamarca, afirma que Dios
dio testimonio de la santidad del monarca, obrando numerosas curaciones
milagrosas junto a su tumba. Esto movió al pueblo a venerar sus reliquias. Uno
de los sucesores de Canuto, Erico III, envió a Roma las pruebas de los milagros
obrados por el santo monarca, y el Papa Pascual II autorizó el culto al santo,
aunque es difícil comprender por qué se le venera como mártir. Aelnoth añade
que los primeros evangelizadores de Dinamarca y el resto de Escandinavia eran
ingleses, y que los suecos fueron los que opusieron mayor resistencia al
cristianismo.
Ver Acta Sanctorum, julio, vol. III. Cfr.
F.M. Stenton, Anglo-Saxon England (1943), pp. 603, 608-609.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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ingreso o última modificación relevante: ant 2012
Estas biografías de santo son propiedad de
El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino
que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía,
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Beatos Manuel Ruiz y diez compañeros, mártires
fecha: 10 de julio
†: 1860 - país: Siria
canonización: B: Pío XI 10 oct 1926
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
†: 1860 - país: Siria
canonización: B: Pío XI 10 oct 1926
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
En Damasco, en Siria, muerte de los
mártires beatos Manuel Ruiz y López, presbítero, y diez compañeros, siete de la
Orden de los Hermanos Menores y tres hermanos fieles de la Iglesia maronita,
que, entregados fraudulentamente por un traidor, sufrieron toda clase de
vejaciones a causa de su fe y consiguieron la palma del martirio con una muerte
gloriosa. Sus nombres son: Carmelo Bolta, Pedro Soler, Nicolás María Alberca,
Engelberto Kolland, Nicanor Ascanio, presbíteros; Francisco Pinazo y Juan
Santiago Fernández, religiosos de la Orden de Hermanos Menores; Francisco,
Moocio y Rafael Massabki, hermanos carnales.

Después de la guerra de Crimea, la
Asamblea francesa exigió ciertas reformas al imperio otomano, en particular por
lo referente a la tolerancia de las minorías cristianas. En 1856, el sultán
publicó un decreto por el que todos los subditos del imperio, sin distinción de
raza ni de religión, quedaban en pie de igualdad en materia de impuestos y con
derecho a ocupar puestos públicos. Ello constituyó un ultraje a los
sentimientos de los mahometanos que, durante doce siglos, habían considerado
las comunidades de cristianos como «ghetos» de razas inferiores excluidas de la
ley, a las que el decreto del sultán ponía en pie de igualdad con los hijos del
Profeta. Por otra parte, las noticias del motín de la India no hicieron más que
aumentar el resentimiento de los mahometanos. Los turcos, particularmente el
bajá Khursud, gobernador de Beirut, azuzaron secretamente a los musulmanes de
Siria y, en 1860, estalló la conflagración en Bait Mari. La ocasión fue un
pleito entre un druso (musulmán de una secta del Líbano) y un joven cristiano,
que pertenecía al importante rito católico maronita. Los maronitas iban a
sufrir más que los otros católicos en esa persecución.
Cuando la matanza comenzó, los drusos
estaban armados, en tanto que los cristianos se habían dejado desarmar por las
autoridades turcas so pretexto de restablecer la paz. Del 30 de mayo al 26 de
junio, los drusos saquearon y quemaron todos los pueblos maronitas del centro y
el sur del Líbano, y asesinaron, mutilaron o vejaron a cerca de 6000
cristianos. Cinco jesuitas fueron estrangulados en Zahleh; en Dair-al-Kamar, el
abad del monasterio maronita fue despellejado en vida y veinte monjes fueron
asesinados a hachazos. Khursud se dirigió entonces a ese distrito con 600
soldados; pero se contentó con disparar un cañonazo, y después dejó que sus
hombres participasen en la matanza. El 9 de julio, el motín se extendió a
Damasco. El gobernador, bajá Ahmed, no movió un dedo para impedir la matanza;
en cambio, el noble emir argelino Abb-al-Kadar, gran defensor del Islam, se
opuso abiertamente a sus correligionarios y dio asilo a 1500 cristianos, entre
los que se contaban algunos europeos. Las víctimas del terror y la violencia
llegaron, en tres días, a varios miles; ciertamente hubo más de 3000 muertos,
sin contar las mujeres y los niños. Ocho frailes menores y tres laicos
maronitas fueron beatificados en 1926, gracias a las circunstancias
particularmente claras de su muerte y al testimonio de los milagros con que
Dios los había distinguido. Cuando la turba se precipitó al barrio de la ciudad
en el que se hallaba situado el convento franciscano, el padre guardián dio
asilo en él a todos los niños y algunos cristianos, a quienes exhortó a
permanecer firmes en la fe. Los refugiados cantaron las letanías de los santos
ante el Santísimo Sacramento y recibieron la absolución y la comunión. El
convento era una especie de fortaleza muy bien protegida; probablemente, los
cristianos se habrían salvado si un traidor, que había recibido muchos
beneficios de los franciscanos, no hubiese guiado a la turba a una disimulada
puerta posterior.
El beato Manuel Ruiz, guardián del
convento, era un español de cuna humilde, nacido en Santander en 1804. Cuando
la turba penetró en el monasterio, en la noche del 9 de julio de 1860, el P.
Ruiz se precipitó a la capilla y consumió el Santísimo Sacramento; después, se
arrodilló ante el altar a esperar la muerte. La chusma le echó mano, al grito de:
«¡Confiesa, confiesa!» (Es decir, confiesa que Alá es Dios y Mahoma su
profeta). El beato respondió: «Soy cristiano y moriré como cristiano». En
seguida reclinó la cabeza sobre el altar y ahí murió decapitado por el hacha.
Todos los otros frailes eran también
españoles, excepto el beato Engelberto Kolland, que era austríaco. Después de
cuatro años en el seminario de su diócesis, había sido despedido por su
carácter inquieto y vivaz. Pero, más tarde, había sido admitido por los
franciscanos y había pasado sus años de ministerio en el convento de Damasco.
Aquella noche, se había refugiado en la azotea y alguien había cubierto su
hábito con un amplio velo de mujer; pero la chusma le reconoció a causa de las
sandalias y le llevó a rastras al patio. Como se negase a apostatar, fue
asesinado al punto. El beato Carmelo Volta perdió el conocimento a resultas de
un golpe en la cabeza. Una hora después, dos mahometanos amigos suyos le
ofrecieron refugio en su casa, a condición de que abjurarse de la fe. El padre
se rehusó y sus amigos le dieron muerte. El beato Nicanor Ascanio había llegado
a Siria el año anterior; si el P. Ruiz no le hubiese negado el permiso de
partir, juzgando que el viaje era muy peligroso, el P. Ascanio habría estado en
Jerusalén y se habría salvado de la matanza. El beato Pedro Soler había
empezado su ministerio como misionero en una factoría de Cuevas. Dos niños que
le oyeron negarse a apostatar y presenciaron su asesinato, dieron testimonio en
el proceso de beatificación. El beato Nicolás Alberca, que sólo tenía treinta
años, cayó bajo las balas en un corredor del convento. Los otros dos mártires
franciscanos eran hermanos legos. El beato Francisco Pinazo había sido pastor
en su juventud. Traicionado por su prometida, se hizo hermano lego en la tercera
orden regular, en Huelva; más tarde, fue admitido en la primera orden. El beato
Juan Jacobo Fernández había tomado el hábito en Hebrón y había vivido en España
hasta 1857. Ambos legos se habían ocultado en la parte superior de la torre de
la iglesia del convento. Los musulmanes los encontraron ahí y los arrojaron
desde el balcón al patio. El hermano Francisco murió instantáneamente, el
hermano Juan pasó toda la noche en agonía, hasta que un soldado turco le
degolló, al amanecer. Casi todos los laicos que se hallaban en el convento
escaparon con vida. Pero tres maronitas perecieron y fueron beatificados junto
con los franciscanos. Los beatos Francisco, Abdul-Muti y Rafael Masabki eran
hermanos. El mayor, Francisco, que tenía cerca de setenta años, era padre de
familia, rico e influyente. Muti, que era viudo, se había retirado del comercio
para vivir con su hermano y ayudaba a los franciscanos en la instrucción.
Rafael, el más joven de los tres, no era casado; después de trabajar en los
negocios de su hermano Francisco, se había convertido en una especie de
sacristán del convento. La beatificación de estos tres mártires es
particularmente notable, ya que el proceso se llevó a cabo en menos de seis
meses. La causa de los franciscanos había sido introducida en 1885; pero la de
los hermanos Masabki no fue introducida sino hasta 1926, a instancias de Mons.
Giannini, delegado apostólico en Siria. Felizmente, el obispo maronita de
Damasco tenía en sus archivos todos los documentos necesarios, de suerte que la
beatificación de los tres hermanos tuvo lugar con la de los franciscanos, el 10
de octubre de 1926.
Se encontrarán más detalles en H. Lammens,
La Syrie (1921), vol. II, pp. 180 ss. En los Anales de Propaganda Fide (1860),
pp. 308-326, hay un relato de conjunto del levantamiento.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
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