Aviso :
Koinonia está ensayando un tipo de celebración acorde con esta
espirituaidad ecológica que postula Leonardo Boff en este articulo
Pueden Vds. recoger el guión de una «Pascua Cósmica», acompañado de un estudio
teológico, aquí. Para
visualizarla, clicar en el título, o en el icono de la izquierda; para
recogerla y leerla, clicar en «Download».
Una ética para la Madre Tierra
2017-03-14
Hoy es un
hecho científicamente reconocido que los cambios climáticos, cuya expresión
mayor es el calentamiento global, son de naturaleza antropogénica, con un grado
de seguridad del 95%. Es decir, tienen su génesis en un tipo de comportamiento
humano violento con la naturaleza.
Este
comportamiento no está en sintonía con los ciclos y ritmos de la naturaleza. El
ser humano no se adapta a la naturaleza sino que la obliga a adaptarse a él y a
sus intereses. El mayor interés, dominante desde hace siglos, se concentra en
la acumulación de riqueza y de beneficios para la vida humana a partir de la
explotación sistemática de los bienes y servicios naturales, y de muchos pueblos,
especialmente, de los indígenas.
Los
países que hegemonizan este proceso no han dado la debida importancia a los
límites del sistema-Tierra. Continúan sometiendo a la naturaleza y la Tierra a
una verdadera guerra, a pesar de que saben que serán vencidos.
La
forma como la Madre Tierra demuestra la presión sobre sus límites
intraspasables es mediante los eventos extremos (prolongadas sequías por un
lado y crecidas devastadoras por otro; nevadas sin precedentes por una parte y
oleadas de calor insoportables por otra).
Ante
tales eventos, la Tierra ha pasado a ser el claro objeto de la preocupación
humana. Las numerosas COPs (Conferencia de las Partes), organizadas por la ONU
nunca llegaban a una convergencia. Solamente en la COP21 de París, realizada
del 30 de noviembre al 13 de diciembre de 2015 se llegó por primera vez a un
consenso mínimo, asumido por todos: evitar que el calentamiento supere los 2
grados Celsius. Lamentablemente esta decisión no es vinculante. Quien quiera
puede seguirla, pero no existe obligatoriedad, como lo mostró el Congreso
norteamericano que vetó las medidas ecológicas del presidente Obama. Ahora el
presidente Donald Trump las niega rotundamente como algo sin sentido y
engañoso.
Va
quedando cada vez más claro que la cuestión es antes ética que científica. Es
decir, la calidad de nuestras relaciones con la naturaleza y con nuestra Casa
Común no eran ni son adecuadas, más bien son destructivas.
Citando
al Papa Francisco en su inspiradora encíclica Laudato Si: sobre el cuidado
de la Casa Común (2015): «Nunca hemos maltratado y lastimado nuestra casa
común como en los últimos dos siglos… estas situaciones provocan el gemido de
la hermana Tierra, que se une al gemido de los abandonados del mundo, con un
clamor que nos reclama otro rumbo» (n. 53).
Necesitamos,
urgentemente, una ética regeneradora de la Tierra, que le devuelva la vitalidad
vulnerada a fin de que pueda continuar regalándonos todo lo que siempre nos ha
regalado. Será una ética del cuidado, de respeto a sus ritmos y de
responsabilidad colectiva.
Pero
no basta una ética de la Tierra. Es necesario acompañarla de una
espiritualidad. Ésta hunde sus raíces en la razón cordial y sensible. De ahí
nos viene la pasión por el cuidado y un compromiso serio de amor, de responsabilidad
y de compasión con la Casa Común, como por otra parte viene expresado al final
de la encíclica del obispo de Roma, Francisco.
El
conocido y siempre apreciado Antoine de Saint-Exupéry, en un texto póstumo
escrito en 1943, Carta al General “X” afirma con gran énfasis: «No hay
sino un problema, sólo uno: redescubrir que hay una vida del espíritu
que es todavía más alta que la vida de la inteligencia, la única que puede
satisfacer al ser humano» (Macondo Libri 2015, p. 31).
En
otro texto, escrito en 1936 cuando era corresponsal de Paris Soir
durante la guerra de España, que lleva como título Es preciso dar un sentido
a la vida, retoma la vida del espíritu. En él afirma: «el ser humano
no se realiza sino junto con otros seres humanos en el amor y en la amistad.
Sin embargo los seres humanos no se unen sólo aproximándose unos a otros, sino
fundiéndose en la misma divinidad. En un mundo hecho desierto, tenemos sed de
encontrar compañeros con los cuales con-dividir el pan» (Macondo Libri
p.20). Al final de la Carta al General “X” concluye: «¡Cómo tenemos
necesidad de un Dios!» (op. cit. p. 36).
Efectivamente,
sólo la vida del espíritu da plenitud al ser humano. Es un bello
sinónimo de espiritualidad, frecuentemente identificada o confundida con religiosidad.
La vida del espíritu es más, es un dato originario y antropológico como
la inteligencia y la voluntad, algo que pertenece a nuestra profundidad
esencial.
Sabemos
cuidar la vida del cuerpo, hoy una verdadera cultura con tantas
academias de gimnasia. Los psicoanalistas de varias tendencias nos ayudan a
cuidar de la vida de la psique, para llevar una vida con relativo
equilibrio, sin neurosis ni depresiones.
Pero
en nuestra cultura olvidamos prácticamente cultivar la vida del espíritu
que es nuestra dimensión radical, donde se albergan las grandes preguntas,
anidan los sueños más osados y se elaboran las utopías más generosas. La vida
del espíritu se alimenta de bienes no tangibles como el amor, la amistad,
la convivencia amigable con los otros, la compasión, el cuidado y la apertura
al infinito. Sin la vida del espíritu divagamos por ahí sin un sentido
que nos oriente y que haga la vida apetecible y agradecida.
Una
ética de la Tierra no se sustenta ella sola por mucho tiempo sin ese supplément
d’ame que es la vida del espíritu. Ella hace que nos sintamos parte
de la Madre Tierra a quien debemos amar y cuidar.
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