martes, 11 de julio de 2017

Una existencia incondicional (Marina Korotchenko)




Una existencia incondicional

“todo lo que necesita una condición para su existencia,
realmente no existe”
( una oración budista)

La plenitud del mundo
estaba en esta celda.
La redondez de la tierra
surgía de la oscuridad.
Este preso era un mago
que iba detrás de la Estrella.
Un condenado a la muerte
que poseía a la eternidad.
Rezando entre los piedras y pinos,
él como un árbol sagrado
configuraba al mundo real.
Y estas raíces y ramas
no eran una leña aún no cortada,
sino una liturgia y sus himnos,
la bóveda de la catedral.

Todos ellos aún no se convirtieron en las estatuas de la abadía que en sus nichos se reúne a los mártires cristianos de los tiempos y confesiones distintos, pero esto nunca había sido importante para ellos. Muchos de ellos no sobrevivirán y nunca sabremos nada sobre su experiencia en el Getsemaní de su celda o sobre una liturgia en el bosque que rodeaba al campo de la concentración. Los sobrevivientes nos dejaron algunas palabras muy lacónicas y escasas. Quizá no habría mucho sobre que hablar, sino simplemente abrir los ojos del entendimiento: “y no que viene alguna visión, sino entendiendo y conociendo muchas cosas, tanto de cosas espirituales, como de cosas de la fe y de letras; y esto con una ilustración tan grande, que le parecían todas las cosas nuevas (San Ignacio de Loyola “El peregrino” 30)”. En este entendimiento se podría ver las cosas como en el tiempo cuando el espíritu divino revoloteaba sobre las aguas y el mundo surgía como un milagro y misterio, cuyo fin último había sido la unión con Dios.


Dietrich Bonhoeffer escribía que no abría la posibilidad de soportar el silencio y la incertidumbre de su reclusión, sin “poner mi destino cada día en los manos del Señor, sin ninguna condición” (“Resistencia y sumisión”). Realmente era un servicio que ya no pertenecía a la persona, una obediencia del Hijo en su misión. El hombre sufriente solo podría proponer su fidelidad, pero el destino ya se trasformaba en el camino de esta oración en Getsemaní hacia un final que solo existía para este mundo dividido, porque en las manos del Señor ya había sido cumplida la plenitud de los tiempos y la vida de un ahorcado o fusilado se convertía en la eternidad. “El poeta dejó a su horca con el cuerpo inerte y se puso andar hacia el horizonte, donde le esperaban los seres parecidos a él” (Vladimir Nabokov “La invitación para una ejecución”).

El Padre Ioann Krestiankin llamó sus cinco años de la prisión como “la escuela de mi oración”. Para una persona torturada, con todos los dedos rotos por un oficial que le entrevistaba, había sido muy extraño que la cárcel y el campo de los presos solo aparecieran en las conversaciones sobre la oración: “Ahora ya no hay esta oración, porque la oración de este tipo solo puede enseñar una vida difícil. Siendo el preso, yo tenía una oración de verdad, porque podría morir cada día. Mi oración me defendía como una valle de todas las desgracias y esta experiencia de la fe viva se guarda a lo largo de toda la vida” (T. Smirnova “La memoria del corazón. Los materiales para la biografía del archimandrita Ioann Krestiyankin”). Desde el principio el Padre Ioann entregó su destino a la providencia divina e incluso negó a la posibilidad de escapar, deseando libremente pasar por todo lo que el Señor le había mandado.

El sacerdote jesuita Walter Joseph Ciszec que llegó a Rusia Soviética con una misión evangelizadora en el año 1941, pasó por los cárceles y por los campos de los presos durante casi veinte tres años, toda su vida en nuestra país, de ellos cinco años había sido un preso en Lubyanka, diariamente entrevistado como un espía del Vaticano. Le decían: “Es muy fácil fusilar a Usted, más fácil que convencerle en algo, porque va una guerra y en los campos de las batallas se matan a los millones. ¿Usted piensa que alguien va a molestarse sobre su destino?”. Sin embargo, el Padre Walter consideraba que todo lo que ocurría en los campos de batallas y en su propia celda eran las consecuencias del cuidado del Señor, de su amor hacia el pueblo cristiano: “Cuando Israel empezaba a entender el amor de Yahvé como algo debido y se acostumbraba ver a sí mismo como a alguien más importante en el mundo, percibir a su apoyo y a su fundamento en el orden de las cosas prácticas y cotidianas y olvidar sobre su misión del Pueblo Divino, es estos periodos Yahvé con la caída de los reinos otra vez recordaba a ellos que solo Él debe ser su único apoyo y esperanza” (Walter J. Ciszec “Él guía a mí”).

Como decía el Cristo en el Sermón de la Montaña: “Buscad al Reino de Dios ante todo”. Las tormentas del mundo y de la Iglesia eran para Ciszek las señales del amor divino, de un Dios que quería devolver en su reino a los hijos pródigos. Aún en los tiempos de la persecución de Antíoco IV la afirmación “tu Dios te abandonó” se consideraba por el “Libro de Sabiduría” como una blasfemia, porque “los juicios humanos no tienen la última palabra sobre el hombre” (J. Ramón Busto Saiz “La justicia es inmortal”). Y el católico Ciszek ponía a su destino en las manos del Señor, como lo hacía el protestante Bonohoeffer, el pope ortodoxo Padre Krestiankin y como muchos creyentes que pasaron por este Getsemaní: “El único objetivo de nuestra vida es el cumplimento de la Voluntad Divina. Pero no es alguna Voluntad a nuestra medida, que nos debería gustarse, no es una voluntad como nosotros la representamos a veces, según nuestra limitada sabiduría humana, sino debemos cumplir la Voluntad que está de acuerdo con el propio Dios, demostrada por Él a nosotros en las situaciones de cada día”. Solo diciendo: “¡Que sea tu Voluntad, el Padre!” el jesuita Walter encontró la llave de los acontecimientos. Las palabras evangélicas se convirtieron en la vida y él vivió los años de su encarcelamiento como un hombre de Dios que siempre estaba andando ante su Rostro: “Realmente estamos participando en el acto de la creación y pedimos que todas nuestras acciones se convirtieron en una oración permanente” (Ciczek).

La vida humana, según el Padre Walter, “se libra de la basura y se convierte en una misión”. A esta misión subraya en sus palabras el otro preso el Padre Mijail Mitrozkiy (uno de los pocos representantes de la Iglesia en nuestro primero parlamento), viendo como los obispos y los sacerdotes ortodoxos se dirigen hacia la iglesia que estaba cerca del cementerio, la única aún no cerrada por la administración del campo de Solovki, él reflexiona: “Pienso que llegó el tiempo, cundo nuestra Iglesia necesita a los confesores. A través de ellos nosotros limpiaremos y llegaremos hacia la Gloria. El castigo del Señor fortalece a la fe. Los flojos y inseguros en su fe se apartaron, pero los que se quedarán van a ser como los mártires de los primeros tiempos. Aquí cada no creyente nota a esta fe en el aire y yo no tengo miedo con ella ni en el horno ardiente” (O. Volkov “El hundimiento en la oscuridad”).

Lo mismo piensa el obispo de Vaytka Víctor y dice, despidiéndose con un preso: “¡Mira en esta tierra, donde siempre hay un atardecer en el cielo, pero no olvida que aquí, aunque es difícil y hay mucho miedo, más fácil vuele el Espíritu!”. Confiando solamente a su oración y a la Voluntad de Dios, él piensa como si volviera en el Edén otra vez, pasando por el Getsemaní, porque la crucifixión, el sufrimiento y la Resurrección no son los acontecimientos separados, sino una unidad única e indivisible. La experiencia de los Padres Ioann, Walter, Víctor, Mijaíl, de los otros presos cristianos les acercaba al Getsemaní y al Gólgota y esto no podía ser separado de la Resurrección que era una entrada en los misterios de la vida trinitaria.

En la cuarta semana de los Ejercicios Espirituales San Ignacio de Loyola subraya en el primer preámbulo a esta unión de la muerte- el descenso al infierno- la Resurrección. Todo pasa tan rápido que cabe en la misma frase, en la misma contemplación: “después que Cristo expiró en la cruz y el cuerpo quedó separado del ánima y con él siempre unida la divinidad, la ánima beata descendió al infierno, asimismo unida con la divinidad, de donde sacando a las animas justas, y viniendo al sepulcro, y resucitado, apareció a su bendita Madre en cuerpo y en anima” (“Ejercicios Espirituales” 219). En este texto vemos a la unidad perfecta que se concluye en la nueva creación de la naturaleza humana que otra vez se hace capaz de “reflejar a la Gloria Divina” (T. García-Huidobro “El regreso al jardín del Edén como símbolo de salvación”). Todos los que están en esta unidad pueden repetir las palabras del Pablo 2 (Cor 3:18): “reflejamos, como un espejo, la gloria del Señor”. No es que las imágenes de los objetos, las cosas desaparezcan de la vista, sino se trasforman, abren ante el orante a su esencia, dejando de ser un caos o una mera suma de algo no comprendido, y convirtiéndose en una unidad, en la perfección de su destino eterno (V. Bibijin “El mundo”).

Un hombre santo entiende el sentido del mundo entero, de su alma, vibrante y viva, él está capaz realmente ver a Dios en todas las cosas, configurando a lo creado no como los objetos o medios, sino como la belleza primordial. En las “Constituciones” de San Ignacio sobre el estado de los hombres de este tipo se dice que “sean exhortados a menudo a buscar en todas las cosas a Dios nuestro Señor, apartando en cuanto es posible de sí el amor de todos las criaturas, por ponerle en el criador dellas, a Él en todas amando y a todas en Él, conforme a su santísima y divina voluntad” (“Constituciones” 289, en el “Mundo” de J. A. Guerrero, “Diccionario de Espiritualidad Ignaciana”).


Aquí un místico se convierte en un profeta o en el poeta que está capaz de ver a las almas de las cosas, a su belleza aún no destruida por el pecado: “El mundo era sencillo y cariñoso como una paloma y si le diesen unas caricias, hubiese empezado a volar. Pero le ataron a su yugo, le encerraron en el cárcel y él se convirtió en un mercado y en un juzgado para los sencillos, tiernos y capaces de amar” (H. Guro “Los camellitos celestiales”). La gente de Getsemaní se apartaron de este “yo” que vende y juzga, trasformando a sí mismos por el ejemplo del Cristo y el mundo empezó a cambiarse ante sus ojos.

En el apócrifo el “Tercero Libro de Enoc” el cuerpo del protagonista crece hasta el tamaño de todo lo creado, incluyendo en sí a todo el mundo: “Cada mi ala cubría a todo el mundo”. Enoc en los libros de los apócrifos se comprendía como un mediador (igual que Moisés o Melquisedec), en el cristianismo este papel definitivamente pertenece al Cristo que convirtió a toda la humanidad salvada en los hijos mediadores para el mundo de las creaturas (T. García-Huidobro, A. Orlov “Los mediadores divinos: las fuentes judías de la cristología primera”). Ver al mundo entero es posible: es sentir a su unidad, a su fragilidad, a su belleza primera y eterna. Los santos no ven al mundo como al conjunto caótico de las cosas, sino como “la redondez de la tierra” (una frase famosa de los “Ejercicios”).

Bonhoeffer veía con los ojos nuevos a los cuadros de Renacimiento, imaginando en el centro de las ruinas de una ciudad bombardeada a un belén de Altdorfer. Y sonaban para él de otro modo los poemas de Helderlin y los cantos de la liturgia. Él mismo reconoce que nunca antes veía a la belleza de estos textos con esta claridad y profundidad. Jesús asciende al sufriente y en este dinamismo ascendente otorga a sus fieles el acceso de la experiencia de la plenitud trinitaria (S. Arzubialde “Humanidad de Cristo, lógica del amor y Trinidad”). La situación de la tentación por el mal se convierte en una prueba para la libertad humana. Pero si el hombre se encierra en su desgracia, el Señor no le puede forzar a descubrir este camino, y esto ocurre paradójicamente no por la debilidad divina (que es un pensamiento mentiroso y calumniador, como ya hemos visto en el “Libro de Sabiduría”), sino por la omnipotencia de Dios que amo hasta tal nivel a nosotros, a su imagen y semejanza, que no puede privarnos de la libertad bajo ninguna condición. La muerte no existe para nosotros porque poseemos al alma inmortal y libre, pero la privación de la libertad nos convertiría automáticamente en los objetos que ya no reflejasen al Creador y que pudieron ser destruidos como todas las cosas del mundo creado.

Siguiendo al libre albedrio, a este Don de Dios, nosotros elegimos que hacer: callar, blasfemar, encerrarse en las desgracias o salir al otro nivel y entrar en el dialogo. “Sólo el hombre que puede reunirse con su verdad puede resistir en este campo de miedo. Sólo el hombre puede encontrar a sí mismo, Dios no puede hacer esto, porque en su bondad ya creó a nosotros a su imagen y semejanza. Nosotros tenemos a esta imagen con la misma certeza que no la tenemos. Solo en el vertiginoso salto de la fe nosotros podemos igualarnos con lo que nunca nos será igual” (V. Bibijin “Conoce a sí mismo”). Es lo que Karl Rahner definió como un salto trascendental: “Concédenos en la experiencia de la decepción de nuestra vida la fe de que tu amor, que eres Tú mismo y que Tú nos has dado, sea la eterna juventud de nuestra verdadera vida” (K. Rahner “Oraciones de vida”). Lo imposible es el único camino verdadero, lo incondicional se convierte en el fundamento de la existencia, al Padre Walter le parece que la Voluntad Divina le lleva como las aguas de un río, repitiendo asimismo a una experiencia verdadera del encuentro con Dios, ya descrita en los himnos de Simeón el Nuevo Teólogo. La “caritas” divina es el dialogo permanente entre Dios y el hombre, es el instrumento de la trasformación radical que construye a la humanidad nueva.

La fidelidad nos lleva al Reino, en la relación intradivina que es el Espíritu Santo, este eón se acaba y la eternidad se convierte en nuestro fundamento histórico. Siendo el Espíritu Santo una fuerza que aporta la universalidad a la obra divina, el hombre entra en este “todo”, viendo una bondad universal y una irrupción del Reino en todo lo que le rodea. Su vida no se cambia simplemente, sino se trasforma, se configura, el tiempo se acaba: “el espacio limitado se trasforma en total inmediatez y concentración” (Arzubialde). Podemos ver como Filón de Alejandría o San Agustín de Hipona que cada cosa tiene su logos, su sentido. Un caos se convierte en el sistema porque en estas esencias trascendentales la naturaleza de la Trinidad nos demuestra su orden y su dinámica: “es una comunión eterna y estrecha, una relación y cohabitación de las hipostasis” (Santo Gregorio de Nisa en A. Fokin “La formación de la doctrina trinitaria en la patrística latina”).

Para santo Ambrosio de Milán el famoso “vinculo verbi” significaba que todas las cosas creadas están unidas, se ven como un sistema: “Por su fuerza se contienen dentro de Él y en Él esta morando la plenitud de todo” (en Fokin). El jesuita Padre Walter está llevando por las aguas de Simeón el Nuevo Teólogo, por el camino de la Providencia Divina. Lo mismo pasa con el Padre Ioann Krestiankin que veía a la oración como una valle que le separaba de los horrores que le rodeaban, y él entraba en el mundo donde “Dios sabe las cosas creadas de un modo inalcanzable para nosotros” (San Agustín en Fokin). Un hombre que guarda a su identidad cristiana se convierte en el testigo de la irrupción del Reino y reconoce en el Espíritu Santo a “una essentia” y a “unum regnum” (Santo Fulgencio de Ruspe en Fokin) y en este Reino solo existe el único poder y la única grandeza que es la Trinidad.

Las imágenes que vemos por alrededor de nosotros siempre están separadas, nos llevan hacia los pensamientos contradictorios, la lejanía de la unidad es la consecuencia que nuestros corazones no están limpios y unidos con el Cristo. ¿Qué es el corazón limpio? Es una fidelidad incondicional. Lo entendía muy buen el santo orador y visionario Ioann de Kronchtadt: “Dios es uno Ojo que ve todo, es el Sol inteligente que se eleva por encima del mundo, que penetra con sus ojos sabios en los pensamientos y en los corazones de las personas, que ilumina a todo lo creado. Ahora no vemos nada porque los ojos están enfermos por el pecado, pero al librarse de este, vamos a ver a nuestro Sol inteligente, a este Ojo infinito, tan claro y tan incomparable por su fuerza con el sol natural” (Ioann de Kronchtadt “Mi vida en el Cristo”).

Un famoso escritor ortodoxo Iván Shmelev reflexiona sobre el mismo tema en uno de sus relatos: “Nos parece que todo no tiene el sentido, pero nosotros estamos en los marcos de lo finito, mis amigos. Entre los marcos de lo que se llama “sentir ahora” y el Sentido es algo que no podemos tener en nuestra conciencia. La vida como una esencia ontológica graba sus proyecciones en algún sentido que no está nada claro para nosotros, pero se puede sentir “por debajo” de esta cacofonía caótica un susurro de la existencia verdadera. Este Absurdo, este derrumbe de todos los sentidos habituales… ¿no es un reflejo de la Eternidad que esconde a este Gran Sentido?” (I. Shmelev “El paseo”).
Para nosotros, para los que no estuvimos en este mundo, nos puede parecer hasta absurda la ausencia de cualquier deseo de la venganza, el mal está eliminado de la mente y del alma de una persona trasformada. Ioann Krestiyankin hasta la muerte rezaba por su torturador: “Yo sé que aún está vivo y enfermo, se llama con el mismo nombre que yo”. Dietrich Bonhoeffer describía a los carceleros espantados por el bombardeo con una compasión: “Cada tiene en la ciudad su casa, su familia, todos estamos juntos en el suelo, espantados por los golpes del bombardeo”. Walter Ciszik veía en los criminales que le pagaban y le robaban todo “a la gente desgraciada, insegura que intenta establecer algo parecido en una amistad, teniendo el miedo de la soledad”. El arzobispo de Voronej Petr Zverev barría con su escoba al espacio ente las baracas, bendiciendo a cada persona que pasaba, sea esta un carcelero o incluso alguien de la administración militar. Ellos se sentían incómodos ante un jerarca: algunos se escaparon, otros incluso inclinaban a sus cabezas, siguiendo al viejo costumbre. El mundo y sus valores no se cambiaron para el arzobispo y esto significaba una derrota total de sus adversarios. El mundo nuevo era él y no ellos que tanto pretendían a eso. Le llevaron a fusilar con una ausencia del respeto y con una brutalidad extrema, todo esto había sido una señal de la impotencia (O. Volkov “El hundimiento en la oscuridad”). Sin embargo, no se cambió nada: el arzobispo esta igual de seguro en su icono con la cruz y con la palma del mártir, bendiciendo a todos que se acercan: “¡Padre, no saben lo que hacen!”.

“¡Yo voy a perdonar todo,
no pedid nada!
Yo no tengo nada que perdonar a vosotros.
Porque todo lo que duele es mi cuerpo, la cruz de mi espalda.
Porque todo lo que duele en esta tierra quemada
es mi bendición. Todo está regalado.
En mi corazón se esconde el mundo creado.
Yo soy responsable por todo,
no me debéis nada”
(Helena Guro “El sueño del otoño”).

La entrega incondicional del Cristo regalo al mundo la posibilidad de existir. Y estas entregas incondicionales mantienen a todos nosotros en la unión con Dios, la vida de esta gente que no toman en cuenta a su “Yo” y a sus intereses, sino están capaces simplemente tener “la impronta de Dios en las almas” (una frase de San Ignacio de los “Ejercicios Espirituales”). “Esta gente no tiene su lugar en el mundo donde la personalidad se autodefine de un modo negativo, cuando todo entero se separa en Yo y No-Yo, en lo suyo y lo ajeno, encontrando a sí mismos solo entre estas rivalidades y antinomias. Esta gente es distinta, ellos tiene una percepción espiritual diferente, otra comprensión del humano Yo, esta gente no tiene nada que ver con nuestro Yo animal. A través de su nuevo Yo, absolutamente trasparente para la Luz, podemos respirar la cercanía del Cristo” (Viatcheslav Ívanov, una reflexión sobre las obras de Helena Guro).

Quiero expresar mis agradecimientos a los Padres Victor Zhuk SJ y Tomas García-Huidobro SJ, los profesores del Instituto de Santo Tomas en Moscú, por sus consejos sobre la literatura.

Fotos: Padre Ioann Krestiyankin, P. Ioann Krestiankin en el cárcel, P. Walter Cizsek SJ, P. Mijail Mitrozkiy, P. Víctor Ostrovidov, Dietrich Bonhoeffer en el cárcel, P. Petr Zverev, la iglesia en el cementerio del campo Solo.

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