Contra la cultura de la violencia proponemos
la cultura del cuidado
2019-03-08
El odio y la rabia están
diseminados en nuestra sociedad, toda ella desgarrada. Quien nos gobierna no es
un presidente sino una familia, cuya característica principal al utilizar las
redes sociales es el lenguaje chulesco, los comportamientos groseros, la
difamación, la voluntad de destruir biografías, la distorsión consciente de la
realidad y la ironía, y la satisfacción sobre la desgracia del otro, como en el
caso de la muerte del pequeño Arthur, de siete años, nieto del expresidente
Lula. Después del carnaval, el presidente mismo publicó en su twitter material
pornográfico escandalizante.
Los
sentimientos más perversos que anidan en el alma de los seguidores del actual
presidente y de su familia han salido a la superficie. Los críticos no son
vistos como adversarios sino como enemigos a quienes hay que combatir.
Los
Bolsonaro violan la ley áurea, presente en todas las culturas y religiones: «no
hagas al otro lo que no quieres que te hagan a ti». Como vivimos, según el
eminente jurista Rubens Casara, en un Estado posdemocrático –peor aún, en un
Estado sin ley– podemos entender el hecho de atropellar la Constitución, pasar
por encima de las leyes e incluso, anular una ética mínima que da cohesión a
cualquier sociedad. Estamos a un paso de un estado de terror.
Son
adecuadas las categorías del conocido psicoanalista inglés Donald Winnicott, un
clásico en el estudio de las relaciones parentales de los primeros años del
niño, para entender un poco lo que nos parece ser algo patológico. Según él, la
ausencia de una madre bondadosa y la presencia de un padre autoritario marcarían
en sus familiares comportamientos desviados, violentos y falta de percepción de
los límites. Tal vez esta base psicológica subyacente nos aclararía un poco
sobre la truculencia de los hijos y el impudor del propio presidente al poner
en su twitter una obscenidad sexual. Sin embargo, un país no puede estar regido
por portadores de semejantes patologías que generan una inseguridad social
generalizada, además de reforzar una cultura de la violencia, como ocurre
actualmente.
Contra
esta cultura de la violencia proponemos la cultura del cuidado, uno de los ejes
estructuradores del citado psicólogo Winnicott. La categoría cuidado (care,
concern) se presenta como un verdadero paradigma. Posee una remota
ancestralidad, contada por el esclavo Higino, bibliotecario de César Augusto,
en su fábula nº 220. El cuidado constituye también el núcleo central de la obra
mayor de Martin Heidegger Ser y Tiempo ($ 41 y 42). En ambos, se afirma
que el cuidado es de la esencia del ser humano. Sin el cuidado de todos los
factores que se combinaron entre sí, jamás habría surgido el ser humano. El
cuidado es tan esencial que si nuestras madres no hubieran tenido el infinito
cuidado de acogernos, no hubiéramos tenido cómo dejar la cuna y buscar el
alimento necesario. Habríamos muerto de hambre.
Bien
escribió otro psicoanalista, éste norteamericano, Rollo May: «En la actual
confusión de episodios racionalistas y técnicos, perdemos de vista al ser
humano. Debemos volver humildemente al simple cuidado. Es el mito del
cuidado, y sólo él, lo que nos permite resistir al cinismo y a la apatía, las
enfermedades psicológicas de nuestro tiempo» (Eros y represión, Vozes
1982: 340).
Todo
lo que hacemos viene, pues, acompañado de cuidado. Todo lo que amamos también
lo cuidamos. Todo lo que cuidamos también lo amamos. El cuidado es tan esencial
que todos lo comprenden porque todos lo experimentan en cada momento, sea al
atravesar la calle o al conducir el coche, sea con las palabras que dirigimos a
otra persona.
Mediante
el cuidado se expresan dos sentidos básicos. Primero, significa una relación
amorosa, suave, amigable y protectora hacia nuestro semejante. No es el puño
cerrado de la violencia. Es la mano extendida para una alianza de vivir y
convivir humanamente.
En
segundo lugar, el cuidado es todo tipo de implicación con aquellos que nos son
cercanos y con el orden y el futuro de nuestro país. Implica cierta
preocupación porque no controlamos el destino de los demás y del país. Quien
tenga cuidado no duerme, decía el viejo Vieira.
Finalmente,
observó Winnicott, el ser humano es alguien que necesita ser cuidado, acogido,
valorado y amado. Simultáneamente es un ser que desea cuidar, como queda claro
con nuestras madres, ser aceptado y ser amado.
Este
cuidado de unos por otros y de todos por todo lo que nos rodea, la naturaleza y
nuestra Casa común refrena la violencia, no permite la acción devastadora del
odio que ofende y mata, y es el fundamento de una paz duradera.
La
Carta de la Tierra, asumida por la ONU en 2003, nos ofrece una de las más
verdaderas comprensiones de la paz: “es aquella plenitud que resulta de
las relaciones correctas con uno mismo, con otras personas, otras culturas,
otras vidas, con la Tierra y con el Todo mayor del que somos parte” (nº 16, f).
En
el actual momento de nuestro país, atravesado por odios, palabras ofensivas y
exclusiones, el cuidado es imperativo. En caso contrario profundizaremos la
crisis que nos está asolando y restringiendo nuestro horizonte de esperanza.
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