70. El transistor en el cuerno
De todos los recuerdos que me traje de un viaje a África, tal vez el más vivo fue el de aquel campesino que, en Uganda, araba con un buey viejísimo de uno de cuyos cuernos colgaba un pequeño transistor. El campesino estaba casi desnudo. Su arado era de madera, antediluviano. El buey que, medio dormido, tiraba de él tenía todo el aire de estar mal alimentado. Pero del transistor salía una musiquilla de los penúltimos imitadores de los Beatles.
Me impresionó, ya digo, ver a este hombre que parecía extraído de la Edad Media, que araba con un instrumento anterior a los romanos y que sólo se había modernizado en lo menos importante: sólo por el transistor era ciudadano del siglo xx.
Me temo que la imagen es menos extraña de lo que a primera vista me imaginé. Porque tengo la impresión de que muchos de mis conciudadanos -que presumen de europeos y modernísimos- sólo han llegado a nuestro siglo por todo lo accidental, mientras tienen la cabeza, el corazón, el alma en quién sabe qué siglo pesadísimo.
Tal vez la gran tragedia de nuestro mundo es la irregularidad del progreso: avanzó espectacularmente en lo material, mientras el alma se le quedaba atascada. Nos hemos llenado de electrodomésticos, de automóviles, de máquinas. Mientras el corazón está parado. Incluso es posible que hayamos progresado vertiginosamente en conocimientos técnicos, pero que, al mismo tiempo, estemos retrocediendo en el conocimiento de la vida.
Miguel Delibes --que es en esto, y en muchas cosas, uno de los profetas de nuestro tiempo-- lo ha denunciado en muchas de sus novelas. En el disputado voto del señor Cayo hay un campesino semianalfabeto que da «sopas con honda» a los ilustres cretinos que llegan de la ciudad en todo lo que a la «verdadera vida» se refiere. Ellos saben de política, de coches; él sabe del mundo, de la naturaleza, de la realidad. Ellos, cuando hablan, dicen palabras, pero «no hablan de nada». El tiene tesoros de sabiduría en cada una de sus sentencias.
Por eso sería bueno que de vez en cuando nos preguntásemos quiénes son verdaderamente los «cultos» en nuestro mundo; quiénes están real- mente vivos y quiénes dan sólo apariencias de vivir.
Preguntar a la gente por qué no leen, por qué no piensan, por qué no cultivan ni el diálogo ni la amistad, y os contestarán como si se hubieran puesto de acuerdo, que trabajan tanto que «no tienen tiempo para nada». Y no se dan cuenta de que esa «nada» para la que nunca tienen tiempo es, en realidad, lo único importante, lo auténticamente enriquecedor.
Pero qué queréis: la gente lo que quiere es estar «al día», y se cree que está «al día» si tiene en su casa el último cacharro que se ha inventado. Y no descubren que son como el campesino que yo vi en Uganda: siguen viviendo como hombres medievales y se creen modernos porque llevan un transistor en el cuerno.
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