76. El Diagnóstico y el Tratamiento
Una de las cosas que menos me gustan de nuestro tiempo es la tendencia a confundir el diagnóstico con el tratamiento. Hablas con la gente y, quien más, quien menos, todos saben perfectamente qué tripas se le han roto a nuestro mundo, te dicen con exactitud cuál es tu enfermedad. Pero Dios te libre de aplicar los remedios, el tratamiento que te recetan.
Voy a ver si me aclaro con algún ejemplo. Los sociólogos de nuestro tiempo -que son algo así como la quintaesencia de eso que llamamos modernidad- te dicen que los españoles hemos padecido cuarenta años de represión sexual.
Y hasta aquí, posiblemente, aciertan. Pero lo malo es que luego siguen: «Para curarlo hay que dar ahora a los españoles sexo a manta.» ¿Y qué resulta? Que quitan a los españoles la represión sexual y la sustituyen por la obsesión por el sexo. Algo así como si un médico te dijera: «Querido amigo, voy a cambiarle a usted su horrible dolor de cabeza por un precioso dolor de muelas.» O como sí te curasen un catarro inyectándote virus de sarampión.
Esto ocurre en muchísimos campos de la vida: un día un muchacho te dice: «Mis padres no me entienden. Solución, me voy de casa.» Otro te dice un vecino: «Yo en misa me aburro. Solución, la dejo.»
Un compañero de trabajo comenta: «Los políticos me han decepcionado. Solución, me inhibo de todo lo social y común. » Un adolescente arguye: «El futuro está muy difícil para los jóvenes. Solución, no estudio. ¿Para qué?»
En todos los casos, la solución sería la contraria: si algo va mal, tendré que trabajar más, esforzarme más, intentarlo otra vez. Pero adoptamos la más cómoda de las respuestas: tirar la toalla, abandonar la lucha.
El problema se complica cuando confundimos la naturaleza del hombre con sus enfermedades, sus desviaciones. El otro día me decía un cura: «Está visto, el hombre moderno carece de capacidad de entender la oración, o los milagros, o la gracia. Por eso yo he decidido hablarles sólo de las virtudes naturales. Esforzarme simplemente porque sean buenas personas.» Yo le argüía: ¿No estarás confundiendo la naturaleza del hombre moderno con sus enfermedades?
Si es incapaz de entender el sobrenatural, ¿no será eso una enfermedad de la que deberemos curarle, en lugar de una naturaleza a la que tenemos que resignarnos? A un hombre no podemos pedirle que vuele, porque eso va contra su naturaleza. Pero a un hombre con el alma dormida lo que tenemos que hacer es despertársela, porque ese sueño del alma es un vicio y no un fallo de su naturaleza.
Por eso yo nunca me resigno cuando alguien me dice: «Mire, es inútil. Yo nací vago, o agresivo, o huraño, o envidioso, o inestables ¿Estás seguro, le pregunto yo entonces, de que todo eso es parte de tu naturaleza nativa? ¿No será más bien una desviación surgida de tu egoísmo o tu comodidad?
No es difícil hacer el diagnóstico de lo que le pasa al mundo o a nuestra alma. Pero en lo que hay que acertar es en el tratamiento, en los remedios que hay que aplicar. Y el primero de todos siempre es el mismo: luchar y no resignarse a una supuesta naturaleza desviada.
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