jueves, 24 de diciembre de 2015

San Delfín de Burdeos - Santa Tarsila de Roma - Santa Irmina de Tréveris - San Juan de Kety 24122015

San Delfín de Burdeos

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San Delfín de Burdeos, obispo
En Burdeos, de Aquitania, san Delfín, obispo, el cual, unido a san Paulino de Nola con una estrecha amistad, trabajó diligentemente para rechazar los errores de Prisciliano.
Delfín fue el segundo obispo de Burdeos, y sucedió a Oriental posiblemente hacia el 380. Ese año ocurre la primera mención conocida de Delfín, ya que aparece en las crónicas del Sínodo de Zaragoza, en el que se condenó a los priscilianistas y a otros herejes. La fama de virtud y santidad del obispo Delfín, no llega a través de la abundante correspondencia que mantuvo con san Ambrosio y la poderosa influencia que ejerció sobre Poncio Meropio Anicio Paulino, es decir, san Paulino de Nola. La conversión de este último fue obra de su esposa y de san Delfín, y éste le bautizó. Cinco de las cartas de Paulino a su benefactor espiritual se han conservado y dan testimonio del respeto y la estima en que tenía a san Delfín. También Sulpicio Severo hace mención de Delfín en su Crónica.

Cartas de san Paulino en el Corpus Scriptorum de Viena, vol. XXIX, nn. 10, 14, 19, 20 y 35), Crónica de Sulpicio Severo, lib. II, cap. 48. En 1893, Fray Moniquet publicó una Vie de Saint Delphin, pero se han formulado severas críticas contra ella en Analecta Bollandiana, vol. XII, pp. 460-462.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI


Santa Tarsila de Roma

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Santa Tarsila, virgen
En Roma, conmemoración de santa Tarsila, virgen, cuya continua oración, gravedad de vida y singular abstinencia alaba san Gregorio Magno, su sobrino.
Gordiano el regionarius, padre de san Gregorio el Grande, tuvo tres hermanas que llevaron una vida ascética de reclusión religiosa en su casa. Los nombres de las tías de san Gregorio eran: Tarsila, la mayor, Emiliana y Gordiana. Con más fuerza que el vínculo de la sangre, unía a Tarsila y Emiliana el fervor de sus corazones y su común caridad. Vivían en la casa que había sido de su padre, en el Clivus Scauri, como en un monasterio, y unas a otras se alentaban en las prácticas de la virtud por la palabra y el ejemplo, de manera que hicieron grandes progresos en la vida espiritual. Aunque Gordiana se unió a ellas, no tardó en cansarse del silencio y el retiro, y se sintió inclinada a adoptar otra clase de vida, por lo que se casó con su tutor. Tarsila y Emiliana perseveraron en la senda que habían elegido, contentas en la paz de su retiro y en la entrega de su amor a Dios, hasta que fueron llamadas a recibir la recompensa de su fidelidad.

San Gregorio nos dice que Tarsila gozó de la gracia de una visión de su bisabuelo, el papa San Félix II (III), quien le mostró el lugar que estaba destinado a ella en el cielo, con estas palabras: «Ven, que yo habré de recibirte en estas moradas de luz». Poco después de aquella experiencia. Tarsila cayó gravemente enferma y, mientras sus amigos y parientes rodeaban su lecho de muerte, comenzó a gritar: «¡Apártense! ¡Atrás, atrás! ¡Ya viene Jesús, mi Salvador!». Con estas palabras exhaló su último suspiro y entregó el alma a Dios en la víspera de la Navidad. Cuando fue amortajada, se descubrió que en sus rodillas y en sus codos, tenía unos callos tan gruesos y endurecidos «como los de un camello», debido a sus continuas plegarias que decía hincada y apoyada en un reclinatorio. Pocos días después de su muerte, se apareció en sueños a Emiliana y la llamó para celebrar juntas la Epifanía en el cielo. En efecto, Emiliana murió el 5 de Enero del año siguiente. A las dos santas hermanas, se las nombra en los respectivos días de su muerte en el Martirologio Romano.

San Gregorio el Grande habla de sus tías, no solamente en sus Diálogos (Iib. IV, cap. XVI), sino también en una homilía (ver Migne, PL. vol. LXXVI, c. 1291). Cf. Dudden, St Gregory the Great, vol. I, pp. 10-11. 
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI



Santa Irmina de Tréveris

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Santa Irmina, abadesa
Cerca de Tréveris, en Austrasia, santa Irmina, abadesa del cenobio de Öhren, que, siendo una matrona consagrada a Dios, fundó un pequeño monasterio en su villa de Echternach, que dotó y lo donó a san Wilibrordo.
De acuerdo con la tradición, la princesa Irmina, de quien se dice que fue hija de Dagoberto II de Austrasia (672-679), había sido prometida en matrimonio al conde Herman. Ya estaban hechos todos los preparativos para la boda en la ciudad de Tréveris, cuando uno de los hombres que estaban al servicio de la princesa y perdidamente enamorado de ella, tendió una celada al conde sobre un despeñadero vecino a la ciudad, se arrojó sobre Herman con inaudita saña, lucharon los dos a brazo partido y ambos cayeron abrazados en el precipicio.

Tras este trágico epílogo de sus proyectos, Irmina obtuvo la autorización de su padre para ingresar a un convento que el propio Dagoberto había fundado o reconstruido en las proximidades de Tréveris. Santa Irmina fue una celosa colaboradora en los trabajos misioneros de san Wilibrordo y, en el año de 698, le cedió la mansión en la que él fundó el famoso monasterio de Echternach, en el territorio del actual Luxemburgo. Se afirma que aquel donativo lo hizo como una muestra de reconocimiento cuando san Wilibrordo contuvo milagrosamente una epidemia que había azotado a su convento y causaba muchas víctimas. Eso es todo lo que se sabe de cierto sobre santa Irmina. La historia sobre los primeros años en la vida de Santa Irmina, la cuestión del matrimonio, sobre los que únicamente un monje llamado Tiofrido hizo un relato cerca de cuatrocientos años después de la muerte de la santa, es probablemente fabulosa. Al respecto puede notarse que el Martirologio Romano actual la consigna como matrona y no como virgen.

La biografía en latín de santa Irmina, editadada por Weiland en Monumenta Germaniae Historica, Scriptores, vol. XXIII, pp. 48-50, es una versión de la obra de Tiofrido y no de Teodorico, de quien se dice que la escribió un siglo después. Ver Analecta Bollandiana, vol. VIII (1889), pp. 285-286, así como C. Wampach, en Grundherrschaft Echternach, vol. I, parte 1 (1929), pp. 113-135 y cf. los documentos impresos en la parte II (1930).
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, S

San Juan de Kety

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San Juan de Kety, presbítero
En Cracovia, en Polonia, muerte de san Juan de Kety, cuya memoria se celebra el día anterior.
Juan de Kety, llamado también Juan Cancio, nació en la ciudad polaca de Kety (o Kanty). Sus padres eran campesinos de buena posición, que al comprender que su hijo era muy inteligente, le enviaron a estudiar en la Universidad de Cracovia. Juan hizo una brillante carrera y, después de su ordenación sacerdotal, fue nombrado profesor de la Universidad. Como llevaba una vida muy austera, sus amigos le aconsejaron que mirase por su salud a lo que él respondió, simplemente, que la austeridad no había impedido a los padres del desierto vivir largo tiempo. Se cuenta que un día, mientras comía, vio pasar frente a la puerta de su casa a un mendigo famélico. Juan se levantó al punto y regaló su comida al mendigo; cuando volvió a entrar en su casa, encontró su plato lleno. Según se dice, desde entonces se conmemoró ese suceso en la Universidad, dando todos los días de comer a un pobre; al empezar la comida, el subprefecto de la Universidad decía en voz alta: «Un pobre va a entrar», y el prefecto respondía en latín: «Va a entrar Jesucristo».

El éxito de San Juan como profesor y predicador suscitó la envidia de sus rivales, quienes acabaron por lograr que fuese enviado como párroco a Olkusz. El santo se entregó al trabajo con gran energía; sin embargo, no consiguió ganarse el cariño de sus feligreses, y la responsabilidad de su cargo le abrumaba. A pesar de todo, no cejó en la empresa y, cuando fue llamado a Cracovia, al cabo de varios años, sus fieles le querían ya tanto, que le acompañaron buena parte del camino. El santo se despidió de ellos con estas palabras: «La tristeza no agrada a Dios. Si algún bien os he hecho en estos años, cantad un himno de alegría». San Juan pasó a ocupar en la Universidad de Cracovia la cátedra de Sagrada Escritura, que conservó hasta el fin de su vida. Su reputación llegó a ser tan grande, que durante muchos años se usaba su túnica para investir a los nuevos doctores. Por otra parte, san Juan no limitó su celo a los círculos académicos, sino que visitaba con frecuencia tanto a los pobres como a los ricos.

En una ocasión, los criados de un noble, viendo la túnica desgarrada de San Juan, no quisieron abrirle la puerta, por lo que el santo volvió a su casa a cambiar de túnica. Durante la comida, uno de los invitados le vació encima un plato y san Juan comentó sonriendo: «No importa: mis vestidos merecían ya un poco de comida, puesto que a ellos debo el placer de estar aquí». Los bienes y el dinero del santo estaban a disposición de los pobres de la ciudad, quienes de vez en cuando le dejaban casi en la miseria. San Juan no se cansaba de repetir a sus discípulos: «Combatid el error; pero emplead como armas la paciencia, la bondad y el amor. La violencia os haría mal y dañaría la mejor de las causas». Cuando corrió por la ciudad la noticia de que san Juan, a quien se atribuían ya varios milagros, estaba agonizante, la pena de todos fue enorme. El santo dijo a quienes le rodeaban: «No os preocupéis por la prisión que se derrumba; pensad en el alma que va a salir de ella dentro de unos momentos». Murió la víspera del día de Navidad de 1473, a los ochenta y tres años de edad. En 1767, tuvo lugar su canonización y su fiesta se extendió a toda la Iglesia de Occidente.
 Adán de Opatow (Acta Sanctorum, oct., vol. VIII). El autor afirma que se basó en ciertos documentos que se conservaban en Cracovia, en particular en las notas de Matías de Miechow, contemporáneo de san Juan. Está fuera de duda que Matías de Miechow escribió realmente un relato sobre los milagros obrados por san Juan después de su muerte, ya que los bolandistas publicaron dicho documento. En Analecta Bollandiana, vol. VIII (1889), pp. 382-388, hay una nota sobre el sitio y la fecha del nacimiento de san Juan. E. Benoit publicó en 1862 una biografía en francés; en polaco existen numerosas biografías.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI





Dios todopoderoso, concédenos crecer en santidad a ejemplo de san Juan de Kety, tu presbítero, para que, ejerciendo el amor y la misericordia con el prójimo, obtengamos nosotros tu perdón. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén

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