viernes, 18 de marzo de 2016

CURSO “EL HOMBRE NUEVO” (EL CRISTIANISMO, SIEMPRE FUE Y SERÁ NOVEDAD) (HN-10)

EL  CRISTIANISMO,  SIEMPRE  FUE  Y  SERÁ  NOVEDAD    (HN-10)

Ya se ha dicho anteriormente que en este curso no se tratará de exponer novedades como simple afán de progresía, sino como obligación ineludible del cristianismo; pues cuando vino Cristo nos anunció “el hombre nuevo” y este tiene la misión de caminar siempre, de hacerse constantemente nuevo hacia la novedad total: caminar siempre hacia Dios. Y por tanto, en las síntesis que vayamos haciendo, cuando algo nos suene a nuevo es que estamos cerca de Cristo; y si, fruto de lo anterior, vamos abandonando tesis y antítesis envejecidas para integrarlas en nuevas síntesis es que nos estamos esforzando por ser cristianos. La novedad es nuestra garantía, porque el cristianismo es novedad. Decir lo que siempre se ha dicho, solo porque se ha dicho siempre, no es cristiano. Lo nuevo siempre está más cerca de Dios que lo viejo, porque Dios es eternamente nuevo. Dios se estrena cada día, derramándose como amor en las cosas y en las personas, para que así podamos sorprendernos y estrenar su novedad diaria. El Dios novedoso de tesis y antítesis ha perdido hoy vitalidad y capacidad de sorprender, por nuestra contumacia repetitiva de aquellas; y por eso hay tanto ateo. Por tanto, tendríamos que hacernos la pregunta al revés: ¿Por qué, hoy, el cristianismo no sorprende? ¿No será que no dejamos mostrarse al  cristianismo verdadero, y por eso no sorprende? En efecto, los hombres hemos sido tan manipuladores que hemos cogido a Dios –a lo inmenso, a la novedad total... a lo infinito– y lo hemos encerrado en una jaula para que no nos sorprenda. No interesa que Dios sorprenda, y por tanto dentro de una jaula resulta menos agresivo; le tenemos más controlado. Esto lo hacemos también con los santos, en los retablos y hornacinas, a los que ofrecemos incienso pues parece que así se callan y no exigen. Algo parecido sucede con el Evangelio: lo tenemos enjaulado y recortado a nuestra medida, para que no obstaculice a nada ni a nadie; y así no se puede ver toda su novedad, porque repetimos y repetimos muchas cosas que ya quedaron viejas. Esta última afirmación puede parecer sospechosa, e incluso para algunos hasta les puede oler a herejía, añorando algún tipo de Inquisición eliminadora de novedades. Y sobre esto debemos dejar claro que, si bien las herejías suelen incluir novedades, la herejía en sí es como un cáncer cuyas células se desarrollan de forma descontrolada.  La herejía es una verdad que se ha vuelto loca, pero que a pesar de eso sigue conteniendo verdad; mientras que, donde no haya verdad tampoco podrá haber herejías. Recordemos que Jesucristo –resumen de toda la verdad revelada de Dios– fue eliminado como un hereje; porque con sus verdades ponía en riesgo las instituciones de Israel. Es decir, si queremos ser verdaderos cristianos hemos de caminar sin temor al borde de lo herético; o dicho de forma menos estridente, hemos de caminar por la disconformidad responsable.
Ahora vamos a analizar tres textos, de los que sale una configuración especial de la fe cristiana: Creemos que Dios, al crear, ya previó la Salvación; pues antes de crearnos nos “eligió”, para que al final pudiésemos llegar a ser perfectos en el amor. Designio de Dios que se cumple en Jesucristo.  
-Primer texto, donde Pablo –en la Carta a Tito, cap. 3, 4.7– dice: “Apareció la bondad y el amor de Dios, nuestro Salvador”. O sea: la identificación de Cristo, como ternura de Dios.  
-Un segundo texto, magistral, de la Carta a los Hebreos 1,1-6; cuyo primer capítulo empieza así: “Muchas veces, en otro tiempo y de muchas maneras, habló Dios a nuestros padres; por profetas... Y últimamente, nos ha hablado en su Hijo”. O sea: Cristo, como resumen de toda la revelación de Dios. Pero antes de pasar al tercer texto, vamos a matizar algo sobre la revelación; pues es la base para poder entender todo esto. Hay que empezar por decir que toda revelación de Dios y de Cristo va destinada al hombre: el objetivo de la revelación es el hombre. ¿Pero qué hombre? Ahora yo mismo, en cuanto soy el hombre que vive en este siglo XXI y no en el paleolítico. La revelación va destinada al hombre, pero no como ser abstracto sino, a todo hombre que se ciña en cada momento a sus coordenadas de tiempo y espacio: todo hombre que esté inmerso en su tiempo y lugar, es sujeto de revelación.  Por tanto es en mí, hombre de aquí y ahora, donde tiene que enraizarse el mensaje del Evangelio: mensaje que –al ser de salvación para el hombre genérico–  debe enraizarse individualmente, según seamos en cada momento; siendo este es el aspecto verdaderamente fundamental.  

-Y como tercero, el texto a los Efesios 1, 3-6, donde podemos leer: “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda clase de bendiciones espirituales...”  O sea, Dios nos bendice en Cristo –en ese cogollo nuestro donde se nos va derramando Dios–; y  así nos ha elegido, antes de la constitución del mundo, para que podamos ser –en Cristo y por amor– santos e inmaculados”.   Ampliemos ahora la reflexión sobre los textos anteriores: Cuando Dios quiso manifestarse, apareció la “humanitas”, la humanidad (Tito 3, 4-7). “Humanus” en latín no es un humano, es siempre ternura. Un hombre “humanus” es un hombre tierno. “Humanus” significa tierno, y “humanitas” es ternura. Por tanto, cuando Pablo habla de la aparición de Cristo en la tierra, dice: “Apareció la ternura de Dios”.  No apareció el entrecejo de Dios, ni la ira de Dios, ni la venganza de Dios. Apareció lo que es la Revelación total de Dios: Su ternura. Dios había hablado antes por partes. Dios habló parcialmente a nuestros padres, por patriarcas y profetas (Hb.1, 1-7). Dios iba diciendo cosas, porque el hombre no estaba preparado, pero cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios (que había hablado de mil maneras y en mil circunstancias) nos lo dijo todo en su Hijo. Es decir, Dios ya no dirá nada más –acerca del hombre– que lo que ya dijo condensado, como su “Hijo”; nada más. Puede que surjan otras visiones, pero siempre serán secundarias. Dios ya nos lo dijo todo, en Cristo. ¿Y qué nos dijo Dios en Cristo? Que en él aparece la ternura de Dios: "Humanitas et benignitas salvatoris nostri Dei". Pablo piensa mucho las palabras: Apareció la ternura y la bondad de nuestro Dios que salva -salvatoris-. Esto es todo. Y esto es el Evangelio. “Este es el Evangelio que os prediqué, y si un ángel del cielo viniera y dijera lo contrario, tenedle por anatema” (Gal. 1, 8-9 y  2 Cor. 11,4). ¡Este es el Evangelio!

Curiosamente durante dos mil años esto se ha entendido superficialmente, pero ahora sabemos que este camino no es un camino cortado sino un camino que pasa, que va más allá. Pues, una flor que se abre es Dios que habla; un terremoto es Dios que habla, un rayo es Dios que habla... cualquier circunstancia –incluso nos atrevemos a decir que una guerra– es Dios que habla. Y Dios, que habló de mil maneras, un buen día dijo: ahora que ya les he dicho suficientes cosas como para que monten el rompecabezas... les voy a decir “la palabra que llena toda la existencia”... Y nos la dijo en su Hijo. ¿Y qué apareció cuando llegó Cristo? Lo contrario del poder y la aparatosidad... apareció un niño recién nacido. Y Pablo dice muy bien: apareció la ternura y la dulzura de Dios que salva. Ahí Dios nos lo ha dicho todo para siempre. Esta ternura y bondad de Dios, que salva, es el hijo del hombre: Jesucristo. Es decir, cuando Dios quiso hablar se hizo hombre. Y ahora la conclusión: El hombre es el hablar de Dios; Dios habla en el hombre, Dios se revela en el hombre, y las acciones del hombre manifiestan a Dios.

Retomemos el esquema teológico del proyecto de Dios al crear: “... por cuanto nos ha elegido en Él antes de la fundación del mundo” (Ef. 1, 5).  Dios nos “eligió” antes de la Creación; es decir, cuando creó ya nos tenía elegidos. Dios crea y se encarna, y la creación-encarnación es justamente una revelación para los elegidos: Cuando Dios crea y cuando Dios se encarna lo hace para un fin, que es la “elección” que llamamos Salvación. Esta Salvación se hace en el amor; para ser perfectos en el amor.  Esto lo leemos hoy y lo entendemos desde el siglo XXI, pero en otras épocas lo pudieron entender de otra manera. Pongamos el ejemplo del recipiente. Si Dios, que es un océano, llena un vaso vertical adquiere forma vertical, y si Dios se vierte en un vaso horizontal adquiere forma horizontal. Está claro que es el mismo Dios, pero con distinta forma según sea el recipiente del hombre de cada época. Dios resuena en los hombres, según sea el hombre de cada época. La Creación –que es el hombre–, más la Encarnación –que es Dios en el hombre–, más la Salvación –que es la “elección” de Dios–, son un solo conjunto; que suena en el hombre según el hombre es. En el hombre primitivo el mensaje de Cristo sonó como esperanza; pero sonó envuelto en coordenadas muy primitivas, sin llegar a destruir su vaso vertical pagano. Y muchos preguntan: ¿cómo es posible que la salvación de Cristo afectara a los que nacieron antes que él?, o ¿cómo es posible que Cristo llegara hace dos mil años y no se le entendiera? Sí que se le entendió, pero cuando el hombre era pagano entendió a Dios verticalmente. El diseño y el proyecto de Dios está en la creación: pues en una montaña Dios es montaña, en una flor Dios es flor, en un niño Dios es niño... y en una guerra estúpida –que implica una situación estúpida y deficiente de amor– ahí también está Dios: pues el simple poder captar la aparente ausencia de Dios, también implica su presencia.  

No es nada extraño que nosotros podamos y debamos –resaltando el debamos– entender a Dios a nuestra manera; pues Dios crea para encarnarse, y se encarna para “elegirnos” en cada tiempo, y todo esto desde el mismo momento de la Creación. ¿Y nos atrevemos a despreciar a los primitivos porque apenas entendieron el mensaje? Dios se encarnó entonces, y en los de la Edad Media, y... ¿Y cómo ahora, nosotros, los del s. XXI, nos atrevemos a decir que a qué vienen tantas novedades? Los que hoy se resisten a que Dios se encarne en nuestra manera de ser, éstos no son cristianos. Y, sin embargo, sí son cristianos aquellos medievales que lograron entender a Dios a su manera de entonces. Ellos, en su limitación, encarnaron a Dios, mientras que nosotros nos resistimos a que se encarne.

Los hombres del s. XXI  tenemos que descubrir la forma cristiana de nuestro propio recipiente; sin tratar de buscarla, equivocadamente, en ningún otro momento histórico.

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