EL
CRISTIANISMO, SIEMPRE FUE
Y SERÁ NOVEDAD (HN-10)
Ya se ha dicho anteriormente
que en este curso no se tratará de exponer novedades como simple afán de
progresía, sino como obligación ineludible del cristianismo; pues cuando vino Cristo
nos anunció “el hombre nuevo” y este tiene la misión de caminar siempre, de
hacerse constantemente nuevo hacia la novedad total: caminar siempre hacia Dios.
Y por tanto, en las síntesis que vayamos haciendo, cuando algo nos suene a
nuevo es que estamos cerca de Cristo; y si, fruto de lo anterior, vamos
abandonando tesis y antítesis envejecidas para integrarlas en nuevas síntesis
es que nos estamos esforzando por ser cristianos. La novedad es nuestra
garantía, porque el cristianismo es novedad. Decir lo que siempre se ha
dicho, solo porque se ha dicho siempre, no es cristiano. Lo nuevo siempre
está más cerca de Dios que lo viejo, porque Dios es eternamente nuevo. Dios se estrena cada día,
derramándose como amor en las cosas y en las personas, para que así podamos sorprendernos
y estrenar su novedad diaria. El Dios novedoso de tesis y antítesis ha perdido
hoy vitalidad y capacidad de sorprender, por nuestra contumacia repetitiva de
aquellas; y por eso hay tanto ateo. Por tanto, tendríamos que hacernos la
pregunta al revés: ¿Por qué, hoy, el cristianismo no
sorprende? ¿No será que no dejamos mostrarse
al cristianismo verdadero, y por eso no
sorprende? En efecto, los hombres hemos sido tan manipuladores que hemos
cogido a Dios –a lo inmenso, a la novedad total... a lo infinito– y lo hemos
encerrado en una jaula para que no nos sorprenda. No interesa que Dios sorprenda,
y por tanto dentro de una jaula resulta menos agresivo; le tenemos más controlado.
Esto lo hacemos también con los santos, en los retablos y hornacinas, a los que
ofrecemos incienso pues parece que así se callan y no exigen. Algo parecido
sucede con el Evangelio: lo tenemos enjaulado y recortado a nuestra medida,
para que no obstaculice a nada ni a nadie; y así no se puede ver toda su
novedad, porque repetimos y repetimos muchas cosas que ya quedaron viejas. Esta
última afirmación puede parecer sospechosa, e incluso para algunos hasta les
puede oler a herejía, añorando algún tipo de Inquisición eliminadora de
novedades. Y sobre esto debemos dejar claro que, si bien las herejías suelen
incluir novedades, la herejía en sí es como un cáncer cuyas células se
desarrollan de forma descontrolada. La
herejía es una verdad que se ha vuelto loca, pero que a pesar de eso sigue conteniendo
verdad; mientras que, donde no haya verdad tampoco podrá haber herejías.
Recordemos que Jesucristo –resumen de toda la verdad revelada de Dios– fue
eliminado como un hereje; porque con sus verdades ponía en riesgo las
instituciones de Israel. Es decir, si queremos ser verdaderos cristianos
hemos de caminar sin temor al borde de lo herético; o dicho de forma menos estridente, hemos de caminar por la
disconformidad responsable.
Ahora vamos a
analizar tres textos, de los que sale una configuración especial de la fe
cristiana: Creemos que Dios, al crear, ya previó la Salvación ; pues antes de
crearnos nos “eligió”, para que al final pudiésemos llegar a ser perfectos en
el amor. Designio de Dios que se cumple en Jesucristo.
-Primer texto, donde Pablo –en
la Carta a
Tito, cap. 3, 4.7– dice: “Apareció la bondad y el amor de Dios, nuestro
Salvador”. O sea: la identificación de Cristo, como ternura de Dios.
-Un segundo texto, magistral,
de la Carta a
los Hebreos 1,1-6; cuyo primer capítulo empieza así: “Muchas veces, en
otro tiempo y de muchas maneras, habló Dios a nuestros padres; por profetas... Y
últimamente, nos ha hablado en su Hijo”. O sea: Cristo, como resumen de toda
la revelación de Dios. Pero antes de pasar al tercer texto, vamos a matizar
algo sobre la revelación; pues es la base para poder entender todo esto. Hay
que empezar por decir que toda revelación de Dios y de Cristo va destinada al
hombre: el objetivo de la revelación es el hombre. ¿Pero qué hombre?
Ahora yo mismo, en cuanto soy el hombre que vive en este siglo XXI y no en el paleolítico.
La revelación va destinada al hombre, pero no como ser abstracto sino, a todo
hombre que se ciña en cada momento a sus coordenadas de tiempo y espacio: todo hombre que esté inmerso en su tiempo y
lugar, es sujeto de revelación. Por
tanto es en mí, hombre de aquí y ahora, donde tiene que enraizarse el mensaje
del Evangelio: mensaje que –al ser de salvación para el hombre genérico– debe enraizarse individualmente, según seamos
en cada momento; siendo este es el aspecto verdaderamente fundamental.
-Y como tercero, el texto a
los Efesios 1, 3-6, donde podemos leer: “Bendito sea Dios, Padre de
nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda clase de bendiciones
espirituales...” O sea, Dios nos
bendice en Cristo –en ese cogollo
nuestro donde se nos va derramando Dios–; y así nos
ha elegido, antes de la constitución del mundo, para que podamos ser –en
Cristo y por amor– santos e inmaculados”.
Ampliemos ahora
la reflexión sobre los textos anteriores: Cuando Dios quiso
manifestarse, apareció la “humanitas”,
la humanidad (Tito 3, 4-7). “Humanus” en latín no es
un humano, es siempre ternura. Un hombre “humanus” es un hombre tierno.
“Humanus” significa tierno, y “humanitas” es ternura. Por tanto, cuando Pablo
habla de la aparición de Cristo en la tierra, dice: “Apareció la ternura de
Dios”. No apareció el entrecejo de Dios,
ni la ira de Dios, ni la venganza de Dios. Apareció lo que es la Revelación total
de Dios: Su ternura. Dios había hablado antes por partes. Dios habló parcialmente
a nuestros padres, por patriarcas y profetas (Hb.1, 1-7). Dios iba diciendo cosas, porque el hombre no estaba
preparado, pero cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios (que había
hablado de mil maneras y en mil circunstancias) nos lo dijo todo en su Hijo. Es
decir, Dios ya no dirá nada más –acerca del hombre– que lo que ya
dijo condensado, como su “Hijo”; nada más. Puede que surjan otras visiones,
pero siempre serán secundarias. Dios ya nos lo dijo todo, en Cristo. ¿Y qué nos
dijo Dios en Cristo? Que en él aparece la ternura de Dios: "Humanitas et
benignitas salvatoris nostri Dei". Pablo piensa mucho las palabras: Apareció
la ternura y la bondad de nuestro Dios que salva -salvatoris-. Esto es todo. Y esto es el Evangelio. “Este es el
Evangelio que os prediqué, y si un ángel del cielo viniera y dijera lo
contrario, tenedle por anatema” (Gal. 1, 8-9 y
2 Cor. 11,4). ¡Este es el Evangelio!
Curiosamente
durante dos mil años esto se ha entendido superficialmente, pero ahora sabemos
que este camino no es un camino cortado sino un camino que pasa, que
va más allá. Pues, una flor que se abre es Dios que habla; un terremoto es
Dios que habla, un rayo es Dios que habla... cualquier circunstancia –incluso
nos atrevemos a decir que una guerra– es Dios que habla. Y Dios, que habló de
mil maneras, un buen día dijo: ahora que ya les he dicho suficientes cosas como
para que monten el rompecabezas... les voy a decir “la palabra que llena toda
la existencia”... Y nos la dijo en su Hijo. ¿Y qué apareció cuando llegó
Cristo? Lo contrario del poder y la aparatosidad... apareció un niño recién
nacido. Y Pablo dice muy bien: apareció la ternura y la dulzura de Dios que
salva. Ahí Dios nos lo ha dicho todo para siempre. Esta ternura y bondad de
Dios, que salva, es el hijo del hombre: Jesucristo. Es decir, cuando Dios
quiso hablar se hizo hombre. Y ahora la conclusión: El hombre es el
hablar de Dios; Dios habla en el hombre, Dios se revela en
el hombre, y las acciones del hombre manifiestan a Dios.
Retomemos el esquema teológico
del proyecto de Dios al crear: “... por cuanto nos ha elegido en Él antes de la fundación del mundo” (Ef. 1, 5). Dios nos “eligió” antes de la Creación; es decir,
cuando creó ya nos tenía
elegidos. Dios crea y se encarna, y la creación-encarnación es justamente
una revelación para los elegidos: Cuando Dios crea y
cuando Dios se encarna lo hace para un fin, que es la “elección” que llamamos
Salvación. Esta Salvación se hace en el
amor; para ser perfectos en el amor.
Esto lo leemos hoy y lo entendemos desde el siglo XXI, pero en otras
épocas lo pudieron entender de otra manera. Pongamos el ejemplo del recipiente.
Si Dios, que es un océano, llena un vaso vertical adquiere forma vertical, y si
Dios se vierte en un vaso horizontal adquiere forma horizontal. Está claro que
es el mismo Dios, pero con distinta forma según sea el recipiente del hombre de
cada época. Dios resuena en los hombres, según sea el hombre de cada
época. La Creación –que es el hombre–, más la Encarnación –que es Dios en
el hombre–, más la Salvación
–que es la “elección” de Dios–, son un solo conjunto; que suena en el hombre
según el hombre es. En el hombre primitivo el mensaje de Cristo sonó como
esperanza; pero sonó envuelto en coordenadas muy primitivas, sin llegar a
destruir su vaso vertical pagano. Y muchos preguntan: ¿cómo es posible que la salvación de Cristo afectara
a los que nacieron antes que él?, o ¿cómo es posible que Cristo llegara hace
dos mil años y no se le entendiera? Sí que se le entendió, pero cuando el
hombre era pagano entendió a Dios verticalmente. El diseño y el proyecto de Dios está en la creación: pues en una montaña Dios es montaña, en una flor Dios es flor, en un
niño Dios es niño... y en una guerra estúpida –que implica una situación
estúpida y deficiente de amor– ahí también está Dios: pues el simple poder
captar la aparente ausencia de Dios, también implica su presencia.
No es nada extraño que nosotros podamos y debamos –resaltando el debamos–
entender a Dios a nuestra manera; pues Dios crea para encarnarse, y se
encarna para “elegirnos” en cada tiempo, y todo esto desde el mismo
momento de la Creación.
¿Y nos atrevemos a despreciar a los primitivos porque apenas entendieron el
mensaje? Dios se encarnó entonces, y en los de la Edad Media , y... ¿Y
cómo ahora, nosotros, los del s. XXI, nos atrevemos a decir que a qué vienen
tantas novedades? Los que hoy se resisten a que Dios
se encarne en nuestra manera de ser, éstos no son cristianos. Y, sin embargo,
sí son cristianos aquellos medievales que lograron entender a Dios a su manera
de entonces. Ellos, en su limitación, encarnaron a Dios, mientras que nosotros
nos resistimos a que se encarne.
Los hombres del s. XXI tenemos que descubrir la forma cristiana de
nuestro propio recipiente; sin tratar de buscarla, equivocadamente, en ningún
otro momento histórico.
No hay comentarios:
Publicar un comentario