San Martín de Tours, obispo
fecha: 11 de noviembre
n.: c. 331 - †: c. 397 - país: Francia
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
n.: c. 331 - †: c. 397 - país: Francia
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Elogio: Memoria de san Martín, obispo, en el día de su sepultura. Nacido en
Panonia, de padres gentiles, siendo soldado en las Galias y aún catecúmeno,
cubrió con su manto a Cristo en la persona de un pobre, y luego, recibido el bautismo,
dejó las armas e hizo vida monástica en un cenobio fundado por él mismo en
Ligugé, bajo la dirección de san Hilario de Poitiers. Después, ordenado
sacerdote y elegido obispo de Tours, teniendo ante sus ojos el ejemplo del buen
pastor, fundó en distintos pueblos otros monasterios y parroquias, adoctrinó y
reconcilió al clero y evangelizó a los campesinos, hasta que fue al encuentro
del Señor en Candes.
Patronazgos: protector contra el alcoholismo y el empobrecimiento, patrono de los
mendigos y alcohólicos recuperados, jinetes, posaderos, la Guardia Suiza
Pontificia, soldados, sastres, productores de vino y de muchas ciudades del
mundo, entre ellas Buenos Aires.
Tradiciones, refranes, devociones: El veranillo de San Martín, dura tres días y
¡fin!
El viento que anda en San Martín, dura hasta el fin
Per San Martín el cierzu por vecín (asturiano) [Cierzo: viento frío del norte]
Ta San Martín, la nieu al pin (aragonés)
El viento que anda en San Martín, dura hasta el fin
Per San Martín el cierzu por vecín (asturiano) [Cierzo: viento frío del norte]
Ta San Martín, la nieu al pin (aragonés)
refieren a este santo: San Bricio de
Tours, San Maurilio de
Angers, San Victricio de
Rouen
Oración: Oh Dios, que fuiste glorificado con la
vida y la muerte de tu obispo san Martín de Tours, renueva en nuestros
corazones las maravillas de tu gracia, para que ni la vida ni la muerte puedan
apartarnos de tu amor. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina
contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén (oración litúrgica).

El gran san Martín, gloria de las Galias y
lumbrera de la Iglesia de Occidente en el siglo IV, nació en Sabaria de
Panonia, en la actual Hungría. Sus padres, que eran paganos, fueron más tarde a
establecerse a Pavía. Su padre era un oficial del ejército, que había empezado
como soldado raso. Es curioso notar que san Martín ha pasado a la historia como
«santo militar». Como era hijo de un veterano, a los quince años, tuvo que
alistarse en el ejército contra su voluntad. Aunque no era todavía cristiano
bautizado, vivió algunos años más como monje que como soldado. Cuando se
hallaba acuartelado en Amiens, tuvo lugar el incidente que ha hecho tan famoso
al santo en la historia y en el arte. Un día de un invierno muy crudo, se
encontró en la puerta de la ciudad con un pobre hombre casi desnudo, que
temblaba de frío y pedía limosna a los transeúntes. Viendo Martín que las
gentes ignoraban al infeliz mendigo, pensó que Dios le ofrecía la oportunidad
de socorrerle; pero, como lo único que llevaba eran sus armas y su uniforme,
sacó su espada, partió su manto en dos y regaló una de las mitades al mendigo,
guardando la otra para sí. Algunos de los presentes se burlaron al verle
vestido en forma tan ridícula, pero otros quedaron avergonzados de no haber
socorrido al mendigo. Esa noche, Martín vio en sueños a Jesucristo vestido con
el trozo del manto que había regalado al mendigo y oyó que le decía: «Martín,
aunque sólo eres catecúmeno, me cubriste con tu manto». Sulpicio Severo,
discípulo y biógrafo del santo, afirma que Martín se había hecho catecúmeno a
los diez años por iniciativa propia, y que, en cuanto tuvo la visión que
acabamos de describir, «voló a recibir el bautismo». Sin embargo, no abandonó
inmediatamente el ejército. Pero después de la invasión de los bárbaros, cuando
se presentó ante su general Julián César con sus compañeros para recibir su
parte del botín, se negó a aceptarla y le dijo: «Hasta ahora te he servido como
soldado. Déjame en adelante servir a Jesucristo. Reparte el botín entre los que
van a seguir luchando; yo soy soldado de Jesucristo y no me es lícito
combatir». El general se enfureció y le acusó de cobardía. Martín replicó que
estaba dispuesto a marchar al día siguiente a la batalla en primera fila y sin
armas en el nombre de Jesucristo. Julián César le mandó encarcelar, pero pronto
se llegó a un armisticio con el enemigo, y Martín fue dado de baja en el
ejército. Inmediatamente se dirigió a Poitiers, donde san Hilario era
obispo, y el santo doctor le acogió gozosamente entre sus discípulos (Sobre
este punto, la narración de Sulpicio Severo ofrece considerables dificultades
cronológicas).
Una noche, mientras dormía, recibió Martín
la orden de partir a su patria. Cruzó los Alpes, donde logró escapar de unos
bandoleros en forma extraordinaria, llegó a Panonia y allí convirtió a su madre
y a algunos otros parientes y amigos, pero su padre persistió en la infidelidad.
En la Iliria se opuso con tal celo a los arrianos, que fue flagelado
públicamente y expulsado de la región. En Italia se enteró de que los arrianos
triunfaban también en la Galias y habían desterrado a san Hilario, de suerte
que se quedó en Milán. Pero el obispo arriano, Auxencio, le expulsó de la
ciudad. Entonces, el santo se retiró, con un sacerdote, a la isla de
Gallinaria, en el Golfo de Génova, y ahí permaneció hasta que san Hilario pudo
volver a Poitiers, el año 360. Como Martín se sintiese llamado a la soledad,
san Hilario le cedió unas tierras en el actual Ligugé. Pronto fueron a reunirse
con él otros ermitaños. La comunidad (según la tradición, fue la primera
comunidad monástica de las Galias) se convirtió, con el tiempo, en un gran
monasterio que existió hasta 1607; en 1852, lo ocuparon los benedictinos de
Solesmes. San Martín pasó allí diez años, dirigiendo a sus discípulos y
predicando en la región, donde se le atribuyeron muchos milagros. Hacía el año
371, los habitantes de Tours decidieron elegirle obispo. Como él se negase a
aceptar el cargo, los habitantes de Tours le llamaron con el pretexto de que
fuese a asistir a un enfermo y aprovecharon la ocasión para llevarle por la
fuerza a la iglesia. Algunos de los obispos a quienes se había convocado para
la elección, arguyeron que la apariencia humilde e insignificante de Martín le
hacía inepto para el cargo, pero el pueblo y el clero no hicieron caso de tal
objeción.
San Martín siguió viviendo como hasta
entonces. Al principio, fijó su residencia en una celda de las cercanías de la
iglesia, pero como los visitantes le interrumpiesen constantemente, acabó por
retirarse a lo que fue más tarde la famosa abadía de Marmoutier. El sitio, que
estaba entonces desierto, tenía por un lado un abrupto acantilado y por el
otro, un afluente del Loira. Al poco tiempo, habían ya ido a reunirse con san
Martín ochenta monjes y no pocas personas de alta dignidad. La piedad, los
milagros y la celosa predicación del santo, hicieron decaer el paganismo en
Tours y en toda la región. San Martín destruyó muchos templos, árboles sagrados
y otros objetos venerados por los paganos. En cierta ocasión, después de
demoler un templo, mandó derribar también un pino que se erguía junto a él. El
sumo sacerdote y otros paganos aceptaron derribarlo por sí mismos, con la
condición de que el santo, que tanta confianza tenía en el Dios que predicaba,
aceptase colocarse junto al árbol en el sitio que ellos determinasen. Martín
accedió y los paganos le ataron al tronco. Cuando estaba a punto de caer sobre
él, el santo hizo la señal de la cruz y el tronco se desvió. En otra ocasión,
cuando demolía un templo en Antun, un hombre le atacó, espada en mano. El santo
le presentó el pecho, pero el hombre perdió el equilibrio, cayó de espaldas y quedó
tan aterrorizado, que pidió perdón al obispo. Sulpicio Severo narra éstos y
otros hechos milagrosos, algunos de los cuales son tan extraordinarios, que el
propio Sulpicio Severo dice que, ya en su época, no faltaban «hombres malvados,
degenerados y perversos» que se negaban a creerlos. El mismo autor refiere
algunas de las revelaciones, visiones y profecías con que Dios favoreció a san
Martín. Todos los años, solía el santo visitar las parroquias más lejanas de su
diócesis, viajando a pie, a lomo de asno o en barca. Según su biógrafo,
extendió su apostolado desde la Turena hasta Chartres, París, Antun, Sens y
Vienne, donde curó de una enfermedad de los ojos a san Paulino de
Nola. En cierta ocasión en que un tiránico oficial imperial
llamado Aviciano llegó a Tours con un grupo de prisioneros y se disponía a
torturarlos al día siguiente, san Martín partió apresuradamente de Marmoutier
para interceder por ellos. Llegó cerca de la medianoche e inmediatamente fue a
ver a Aviciano, a quien no dejó en paz sino hasta que perdonó a los
prisioneros.

En tanto que san Martín conquistaba almas
para Cristo y extendía pacíficamente su Reino, los priscilianistas, que
constituían una secta gnóstico-maniquea fundada por Prisciliano, empezaron a
turbar la paz en las Galias y en España. Prisciliano apeló al emperador Máximo
la sentencia del sínodo de Burdeos (348), pero Itacio, obispo de Ossanova,
atacó furiosamente al hereje y aconsejó al emperador que le condenase a muerte.
Ni san Ambrosio de
Milán ni san Martín, estuvieron de acuerdo con la actitud
de Itacio, quien no sólo pedía la muerte de un hombre, sino que además mezclaba
al emperador en los asuntos de la jurisdicción de la Iglesia. San Martín
exhortó a Máximo a no condenar a muerte a los culpables, diciéndoles que
bastaba con declarar que eran herejes y estaban excomulgados por los obispos.
Pero Itacio, en vez de aceptar el parecer de san Martín, le acusó de estar
complicado en la herejía. Sulpicio Severo comenta a este propósito que esa era
la táctica que Itacio solía emplear contra todos aquéllos que llevaban una vida
demasiado ascética para su gusto. Máximo prometió, por respeto a san Martín,
que no derramaría la sangre de los acusados; pero, una vez que el santo obispo
partió de Tréveris, el emperador acabó por ceder y dejó en manos del prefecto
Evodio la decisión final. Evodio, por su parte, viendo que Prisciliano y
algunos otros eran realmente culpables de algunos de los cargos que se les
hacían, los mandó decapitar. San Martín volvió más tarde a Tréveris a
interceder tanto por los priscilianistas españoles, que estaban bajo la amenaza
de una sangrienta persecución, como por dos partidarios del difunto emperador
Graciano. Eso le puso en una situación muy difícil, en la que le pareció
justificado mantener la comunión con el partido de Itacio, pero más tarde tuvo
ciertas dudas sobre si se había mostrado demasiado suave al proceder así (san
Siricio, papa, censuró tanto al emperador como a Itacio por su actitud en el
asunto de los priscilianistas. Fue ésa la primera sentencia capital que se
impuso por herejía, y el resultado fue que el priscilianismo se difundió por
España).
San Martín tuvo una revelación acerca de
su muerte y la predijo a sus discípulos, los cuales le rogaron con lágrimas en
los ojos que no los abandonase. Entonces el santo oró así: «Señor, si tu pueblo
me necesita todavía, estoy dispuesto a seguir trabajando. Que se haga tu
voluntad». Cuando le sobrecogió la última enfermedad, san Martín se hallaba en
un rincón remoto de su diócesis. Murió el 8 de noviembre del año 397. El 11 de
noviembre es el día en que fue sepultado en Tours. Su sucesor, san Bricio,
construyó una capilla sobre su sepulcro; más tarde, fue sustituida por una
magnífica basílica. La Revolución Francesa destruyó la siguiente basílica que
se construyó allí. La actual iglesia se levanta en el sitio en que se hallaba
el santuario saqueado por los hugonotes en 1562. Hasta esa fecha, la
peregrinación a la tumba de san Martín era una de las más populares de Europa.
En Francia hay muchas iglesias dedicadas a san Martín y lo mismo sucede en otros
países. La más antigua iglesia de Inglaterra lleva el nombre de este santo: se
trata de una iglesia en las afueras de Canterbury, y Beda dice que fue la
primera que se construyó durante la ocupación romana. De ser cierto esto, debió
tener otro nombre al principio, y recibió el de san Martín cuando san Agustín y
sus monjes tomaron posesión de ella. Un historiador ha contado en Francia 3.667
parroquias dedicadas a él y 487 pueblos que llevan su nombre. Un buen número
hay también en Alemania, Italia y España.
La literatura y la iconografía sobre el
santo es inmensa. La fuente principal, sin embargo, es Sulpicio Severo, quien
visitó a san Martín en Tours, y cuyos relatos son mucho más importantes que
cualquiera de los documentos posteriores. Cuando murió san Martín, Sulpicio ya
había terminado su biografía. Algún tiempo después, revisó su obra e introdujo
en ella el texto de tres largas cartas que había escrito en el intervalo; en la
última de ellas describía la muerte y los funerales del santo. Entre tanto, había
escrito también una crónica general, en cuyo capítulo 50 del libro II trata de
la actuación de san Martín en la controversia priscilianista. Finalmente, el
año 404 compuso un diálogo con algunos otros materiales, donde compara a san
Martín con los ascetas primitivos y cuenta algunas anécdotas. Casi un siglo y
medio después de la muerte de san Martín, su sucesor en la sede de Tours, san
Gregorio, hizo otra importante contribución a la historia de su venerado
predecesor. Desgraciadamente, las cronologías de Sulpicio y de Gregorio son
diferentes con frecuencia. En la literatura el personaje de san Martín está muy
presente, y en particular seguramente recordarán los de tradición hispana el
fragmento del Quijote en el que el héroe explica a Sancho el caso de la capa:
«Descubrió [una talla] el hombre, y pareció ser la de San Martín puesto a caballo, que partía la capa con el pobre; y apenas la hubo visto don Quijote, cuando dijo:
-Este caballero también fue de los aventureros cristianos, y creo que fue más liberal que valiente, como lo puedes echar de ver, Sancho, en que está partiendo la capa con el pobre y le da la mitad; y sin duda debía de ser entonces invierno, que, si no, él se la diera toda, según era de caritativo.
-No debió de ser eso -dijo Sancho-, sino que se debió de atener al refrán que dicen: que para dar y tener, seso es menester.»
(2ª parte, Cap LVIII)
«Descubrió [una talla] el hombre, y pareció ser la de San Martín puesto a caballo, que partía la capa con el pobre; y apenas la hubo visto don Quijote, cuando dijo:
-Este caballero también fue de los aventureros cristianos, y creo que fue más liberal que valiente, como lo puedes echar de ver, Sancho, en que está partiendo la capa con el pobre y le da la mitad; y sin duda debía de ser entonces invierno, que, si no, él se la diera toda, según era de caritativo.
-No debió de ser eso -dijo Sancho-, sino que se debió de atener al refrán que dicen: que para dar y tener, seso es menester.»
(2ª parte, Cap LVIII)
Aunque es patrono de muchos oficios y
muchas ciudades, e incluso san Gregorio de Tours lo proclama como «patrono
especial del mundo entero», me gustaría contar la anécdota de uno solo de esos
patronazgos, el de la ciudad de Buenos Aires: dice una antigua tradición que a
poco de fundar la ciudad (por segunda vez) en 1580, se reunieron los miembros
del Cabildo para la elección del patrono. La suerte recayó en san Martín de
Tours, pero algunos vecinos se opusieron por ser francés -preferían más bien
uno español- así que repitieron la elección, y volvió a recaer en san Martín de
Tours, y aun una tercera vez, y volvió a salir el mismo papel, por lo que dedujeron
que se trataba de la voluntad de Dios que el santo francés fuera el patrono de
tan hispánica ciudad. Lo cierto es que muchos lugares en la historia de la
ciudad aluden a san Martín no por el Gral. Don José de San Martín, libertador
patrio, sino por el santo patrono.
E. Babut aprovechó las diferencias
cornológicas entre Severo y Gregorio para hacer una crítica destructiva en su
obra titulada St. Martin de Tours (1912), que en su época causó sensación. La
respuesta detallada del P. Delehaye en Analecta Bollandiana (vol. XXXVIII,
1920, pp. 1-136) es tal vez la última palabra en la materia. Las biografías y
estudios sobre diferentes aspectos de la vida de san Martín son muy numerosos.
Ver sobre todo las obras de A. Lecoy de la Marche, C. H. van Rhijn, P. Ladoué.
Acerca de san Martín en el arte, cf. Künstle, Ikonopraphie, vol. II, pp.
438-444; y el volumen de H. Martin en la colección L'art et les saints. San
Martín ha jugado también un papel muy importante en la formación de tradiciones
populares; por ejemplo, en muchos dichos populares franceses figura su nombre.
Artículo del Butler, con unos pocos agregados finales (la referencia al Quijote
y la anécdota sobre Buenos Aires). La "Vida de
San Martín de Tours" por Sulpicio Severo está
accesible en español gracias a una traducción reciente de Cuadernos Monásticos.
Imposible elegir una obra de arte como la más bella o representativa de las
dedicadas al santo, escogemos una vidriera con la escena en la que el santo
parte su capa con el pobre, en la Iglesia de la Santísima Trinidad de Skipton,
Yorkshire, Inglaterra, que recogemos de la increible
colección de fotos de vidrieras del Hno Lawrence O.P.; y el
siempre emocionante San Martín y el Pobre, de El Greco, año 1597-99, en la
Capilla de San José, de Toledo.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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