Sábado de silencio
Domingo de Pascua. Ciclo A (05.04.2026): Juan 20,1-9. Me leeré Juan 20,10-18 siete veces. Dicho y escrito CONTIGO,
En este domingo de Pascua y todos los años, la autoridad de la liturgia nos propone leer el relato de Juan 20,1-9. Siempre. Cada año. Estemos en el Ciclo eclesial que sea. Y también, en el próximo domingo, el 2º de Pascua, siempre se nos propone la lectura del relato de Juan 20,19-31. Si alguien no se lo cree que consulte despacio los Leccionarios correspondientes y más recientes. Es decir, en síntesis, que el relato de Juan 20,10-18 no se nos lee al pueblo nunca en las misas eucarísticas de los dos primeros domingos de Pascua. ¿Casualidad intencionada?
¿Sabes, leyente de estas líneas, qué nos cuenta el cuarto Evangelio en Jn 20,10-18? Ni más ni menos que la primera aparición de Jesús de Nazaret... ¡a María Magdalena! ¿Fue también una casualidad intencionada del propio Evangelista Juan? Que cada lector se lo pregunte, pero tengo para mí que este asunto sigue siendo una cuestión que nuestra iglesia no ha deseado plantearse. Y este asunto se resume en dos palabras: sacerdocio y mujer, en la Iglesia.
En Juan 20,1-9 se nos habla de los tres primeros personajes o protagonistas de la fiesta de la Pascua que vivieron en Jerusalén, según este cuarto Evangelista, Jesús y todos cuantos creían en él. Estos tres primeros personajes, por el orden en el que aparecen en la narración, son María Magdalena, Simón Pedro y ‘el discípulo al que Jesús quería’ (Jn 20,1-2).
En este relato escucharemos unas palabras que el Evangelista ha puesto en boca de María Magdalena. Nadie más habla en esta secuencia del relato. Y me sorprende constatar que esta María Magdalena habla en plural: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. Según cuentan los que saben de esto, el Evangelista nos escribe esta narración de los hechos en los años noventa del siglo primero, unos sesenta años después de morir Jesús.
Una constatación como ésta de ‘la desaparición del cuerpo del muerto Jesús de su tumba’ desencadena, en las personas más próximas porque le conocían y querían, la decisión de volver a encontrar al sepultado. ¿No es esto lo que uno comprende que se encierra en esas tres palabras de María Magdalena: Ignoramos dónde está?
Ignoramos dónde está, dice este Evangelio. Esta ignorancia sobre Jesús de Nazaret sucede ‘el primer día de la semana’. ¿Y no sucedía también en tiempos del Evangelista? ¿Y no volvió a suceder en cada año de la historia de los creyentes en este Jesús de Nazaret? ¿No sucede hoy?
Da la impresión de que el narrador de estos hechos estuvo presente en el descubrimiento del sepulcro vacío. Vacío del cuerpo de Jesús de Nazaret muerto. ¿Quién le contó al Evangelista los pormenores de aquel sepulcro vacío? ¿Fue María Magdalena, Pedro...? Y con tan buena información, en apariencia, ¿por qué no nos contó nada del viaje de regreso de Pedro y el amado de Jesús desde el sepulcro vacío hasta el lugar donde estaban reunidos los DOCE? ¿...?
Son tantos los interrogantes que se nos despiertan a los lectores de este relato que casi es preferible hacer silencio en las neuronas y recordar aquello que nos dejó aquel Jesús en su cena de despedida: En esto conocerán que sois mis discípulos, si os amáis unos a otros (13,35).
Carmelo Bueno Heras. En Madrid, 12.04.2020. Y también en Madrid, 05.04.2026.
Comentario segundo:
“Todo cuanto deseas que te hagan, házselo a los demás” (Mt 7,12).
CINCO MINUTOS para compartir el comentario de la 19ª página del Evangelio de Mateo 12,1-14.
La narración del Evangelista Mateo nos sitúa a su Jesús de Nazaret en un tiempo tan preciso como indefinido: “Por aquel entonces, un sábado” (Mateo 12,1). Si el tiempo en el que sucede el relato es así, el espacio es semejante. Primero se nos dice que “Jesús iba por los sembrados” (Mateo 12,1-8). A continuación, se nos añade: “Se marchó de allí y fue a la sinagoga de ellos” (Mateo 12,9-14). En ambos casos sólo el tiempo está bien precisado: un sábado. En la religión de la Ley de Moisés y de su Yavé Dios, en la que nació y creció Jesús de Nazaret, siempre estuvo muy clara la ‘centralidad’ del sábado, el séptimo día de la semana. Desde la primera página de la Biblia de Israel se sabe que el sábado es el día más importante de toda la obra creadora de su todopoderoso creador Yavé (Génesis 1). Es la fiesta de la religiosidad popular judía. Y en torno al sábado gira el significado del espacio del Templo y de la Sinagoga.
Tiempo, espacio, personas y actividades. O lo que igual: Sábado, Templo y Sinagoga, Sacerdotes y, cuarto, Liturgias y Tradiciones. Habrá más de uno de los actuales lectores de este texto de Mateo que se atreverá a identificar lo que aquí se dice del sábado judío con lo que podría decirse del domingo católico. Sobre el domingo luterano o evangélico o copto u ortodoxo no me arriesgo a decir nada. Otros lectores, no sin cierta lógica, podrán decir que este sábado del credo judío podríamos equipararlo con el viernes del musulmán. Y siempre se encontrará uno con ese asunto que suele denominarse ‘religiosidad popular’. Si alguna realidad es complicada de abordar en los asuntos religiosos es ‘la evangelización de la religiosidad popular’. Entre nosotros, los cristianos católicos, se apostó casi siempre y en todas las partes por ‘sacramentalizar esta religiosidad popular’. Este ‘sacramentalizar’ y aquel ‘evangelizar’ nos suelen sonar casi idénticos, pero las diferencias entre ambas opciones son abismales. Tan abismales como las que este Evangelista Mateo señala tan acertadamente en 5,17-48 cuando escribía aquello de “habéis oído que se dijo..., en cambio yo os digo”.
El Evangelista Mateo describe muy acertadamente en sus dos escenas sabatinas cuál es la radical distancia entre el sábado de la religiosidad popular judía y el sentido evangelizador que deseó imprimirle Jesús de Nazaret. Para este Jesús evangelizador del sábado lo que hay que tener muy claro es que ¡el sábado no debe estar fuera de cada persona, sino en sus adentros! (Mt 12,1-8). Lo que se deba de hacer o dejar de hacer en todo sábado judío no debe depender de la Ley de Moisés escita en las viejas tablas de piedra, sino en los deseos de cada persona, como adelantó en ese breve texto de Mt 7,12, que no dejaré de recordar al leer su Evangelio.
La segunda escena sabatina tiene lugar en la sinagoga (Mateo 12,9-14). Esta escena también la cuentan Marcos (3,1-6) y Lucas (6,6-11). Y me arriesgo a decir que también la describe a su manera el cuarto Evangelio (Jn 5). Cada uno de los narradores escoge los elementos comunes de la situación y otros elementos peculiares y propios de los objetivos de su Evangelio. Deseo subrayar que el final de este hecho es la decisión (creo que en nombre de Yavé Dios) que se despierta en las autoridades de la sinagoga y maestros del sábado: “Los fariseos, en cuanto salieron de allí, se confabularon contra él para ver cómo eliminarle” (Mt 12,14). ¿Más claro?
Carmelo Bueno Heras. En Madrid 05.04.2019. Y también en Madrid, 12.04.2026.
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