San Alberto de Jerusalén, obispo y mártir
fecha: 14 de septiembre
fecha en el calendario anterior: 25 de septiembre
n.: c. 1150 - †: 1214 - país: Israel
otras formas del nombre: Alberto de Castro Gualteri
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
fecha en el calendario anterior: 25 de septiembre
n.: c. 1150 - †: 1214 - país: Israel
otras formas del nombre: Alberto de Castro Gualteri
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Elogio: En Tolemaida, en Palestina, cerca de la actual Haifa, san Alberto (de
Castro Gualteri), obispo, que, trasladado de la Iglesia de Vercelli a la de
Jerusalén, dio una Regla a los eremitas del monte Carmelo, y que mientras
celebraba la fiesta de la Santa Cruz fue asesinado por la espada de un malvado,
a quien había reprendido.
refieren a este santo: Beato Brocardo
En el año de 1099, cuando los cruzados al
mando de Godofredo de Bouillon establecieron el reino latino de Jerusalén, los
jerarcas griegos fueron despedidos de sus principales sedes e iglesias y
reemplazados por obispos de Occidente, cuyos únicos fieles se encontraban en
las filas de los propios cruzados. De esta manera, hubo un «Patriarca Latino»
en Jerualén, y es lamentable tener que decir de la mayoría de los prelados que
ocuparon ese puesto, que su comportamiento fue tan equívoco como su posición.
Por consiguiente, al morir el patriarca Michael, de triste memoria, los
canónigos regulares del Santo Sepulcro, apoyados por el rey Amaury II de
Lusignan, le pidieron al papa Inocencio III que enviase como sucesor a un
prelado cuyas virtudes, destreza y energía fuesen ampliamente reconocidas. En
consecuencia, dos años después de la muerte del patriarca Michael, llegó a
Palestina a ocupar el difícil cargo, Alberto, obispo de Vercelli. El prelado
pertenecía a una distinguida familia de Parma. Luego de realizar una brillante
carrera de teología y leyes, ingresó como canónigo regular a la abadía de la
Santa Cruz, en la ciudad lombarda de Montara. Cuando tenía más o menos treinta
y cinco años, es decir en 1186, fue consagrado obispo de Bobbio y, casi
inmediatamente, fue trasladado a la sede de Vercelli. Debido a su habilidad en
la diplomacia y su honestidad a toda prueba, se le eligió para actuar como
mediador entre el papa Clemente III y Federico Barbarroja. Poco tiempo después,
Inocencio III le envió como legado al norte de Italia donde, gracias a sus
buenos oficios, se restableció la paz entre Parma y Piacenza, en el año de
1199. El Papa no deseaba deshacerse de tan valioso elemento para mandarlo a
Jerusalén y dio largas al asunto, pero a fin de cuentas aprobó la elección de
los canónigos, invistió a Alberto con el palio y le dio el nombramiento adicional
de legado pontificio en Palestina.
San Alberto partió de Italia en el año de
1205. Ya desde dieciocho años antes, los sarracenos habían reconquistado
Jerusalén a los cruzados y la sede del patriarca latino se había trasladado a
Akka (Tolemaida), donde el rey franco estableció su corte. En consecuencia, san
Alberto fue a residir en Akka y, desde el primer momento, trabajó para
conquistarse el respeto y la confianza, no sólo de los cristianos, sino también
de los musulmanes, lo que no habían conseguido hacer sus antecesores. En su
calidad de patriarca y delegado, desempeñó un papel muy destacado en la
política eclesiástica y civil del levante; en un período de nueve años, tuvo
que vérselas con infinidad de asuntos que pusieron a prueba su paciencia y su
prudencia. En primer lugar, hizo frente de continuo al escabroso problema de
mantener la paz entre los francos y los naturales del país; mas no fue por el
cumplimiento de esa difícil tarea por lo que se distinguió sobremanera el
ilustre prelado. Entre los años de 1205 y 1210, el beato Brocardo,
prior de los ermitaños del Monte Carmelo, solicitó al patriarca que ordenara la
vida monástica de los ermitaños, bajo una regla que acatarían él y sus
súbditos. San Alberto respondió a la solicitud con un documento breve, pero
absolutamente claro y conciso, de dieciséis «capítulos». Pedía la obediencia
completa al superior elegido; una celda aparte para cada ermitaño, con un
oratorio común; trabajo manual para todos, ayunos prolongados y perpetua
abstinencia de carne, y observar a diario un período de silencio, desde
vísperas hasta después de tercia. «Cada ermitaño debe permanecer en su celda o
cerca de ella, entregado, día y noche, a la meditación de las leyes del Señor y
dedicado a la oración, a menos que esté ocupado en alguna ocupación legítima»,
advierte el santo patriarca en su documento. Aquella regla fue confirmada por
el papa Honorio III en 1226 y modificada por Inocencio IV, veinte años después.
Cualquiera que haya sido el fundador de la orden de los carmelitas, no hay duda
de que san Alberto, patriarca de Jerusalén, un canónigo agustino, fue su primer
legislador.
Inocencio III llamó de Oriente a san
Alberto para que asistiera al Concilio de Letrán, pero no le alcanzó el tiempo
de su vida para tomar parte en la magna asamblea que se abrió en noviembre de
1215. Durante doce meses, trabajó afanosamente y con toda fidelidad para
respaldar los vanos esfuerzos del papa encaminados a recuperar Jerusalén y,
entonces, le llegó la muerte en forma inesperada y violenta. Poco tiempo antes,
el patriarca se había visto obligado a despedir al director del Hospital del
Espíritu Santo en Akka y, desde entonces, el hombre alimentó en su fuero
interno un amargo rencor contra san Alberto. El día de la fiesta de la
Exaltación de la Cruz de 1214, el patriarca encabezaba una procesión en la
iglesia de la Santa Cruz, en Akka, cuando se le echó encima el expulsado
director del hospital y le apuñaló hasta dejarle muerto en el mismo sitio del
ataque. La festividad de San Alberto fue celebrada por los carmelitas desde
1411.
En Acta Sanctorum, abril, vol. I, se halla
impresa una biografía abreviada de san Alberto con muy extensos prolegómenos.
Véase también el Analeeta Ordinis Carmelitaruni Discalceatorum, vol. III
(1926), pp. 212 y ss. B. Zimmerman proporciona otros datos en Monumenta
Historica Carmelitarum. (1907), pp. 277 - 281. La regla redactada por San
Alberto se halla impresa en dicha obra, pp. 20-144.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
accedida 1412 veces
ingreso o última modificación relevante: ant 2012
Estas biografías de santo son propiedad de
El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino
que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía,
referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.orgindex.php?idu=sn_3319
Santa Notburga, virgen
fecha: 14 de septiembre
n.: c. 1265 - †: 1313 - país: Austria
canonización: Conf. Culto: Pío IX 27 mar 1862
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
n.: c. 1265 - †: 1313 - país: Austria
canonización: Conf. Culto: Pío IX 27 mar 1862
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Elogio: En la localidad de Eben, en el Tirol, santa Notburga, virgen, cuya
dedicación a las labores domésticas y al servicio de Cristo en los pobres fue
ejemplo de santidad para sus compatriotas.
Patronazgos: patrona de los agricultores, las
empleadas domésticas y los pobres, de las asociaciones por la vivienda,
protectora de la paz laboral y hogareña, para pedir por un feliz parto y por
las enfermedades del ganado.

Unos catorce años antes de la muerte de santa Zita en
la ciudad de Lucca, vino al mundo en la localidad de Rattenberg, en las
montañas del Tirol, una niña que se convertiría en la santa patrona de los
criados y servidores domésticos de toda la comarca, de la misma manera que
santa Zita lo es en una zona mucho más vasta. Aquella niña, cuyo nombre era
Notburga, fue la hija de un campesino del lugar, tan pobre, que apenas tuvo la
niña la edad necesaria, comenzó a trabajar como criada para ayudar con el
presupuesto familiar. Notburga tenía dieciocho años cuando entró al servicio
del conde Enrique de Rattenberg, como ayudante de la cocinera. En el castillo
feudal eran siempre muy abundantes los restos de las comidas que se servían en
la mesa de los señores y, a diario, Notburga los recogía y, por una puertecilla
lateral, los distribuía entre los pobres que acudían en gran número a recibir
la limosna. No contenta con esto, se privaba de sus raciones para aumentar las
porciones de los mendigos. Al morir la madre del conde, su esposa, la condesa
Ottilia, se hizo cargo del manejo de la casa y, como no aprobaba las caridades
de la ayudante de la cocinera, dio órdenes de que todas las sobras se juntaran
en los grandes cubos para alimentar a los cerdos. Durante algún tiempo,
Notburga hizo lo que se le había ordenado y no dio a los pobres más de lo que
guardaba de su propia ración, pero no tardó en tomar también algo de lo que se
destinaba a los chiqueros y, a pesar de que lo hacía con el mayor sigilo, su
ama la sorprendió y fue despedida de mala manera, entre denuestos contra la
doncella y sus mendigos. Y sucedió que, pocos días más tarde, murió la condesa
Ottilia y después de sus funerales se presentaron en el castillo los mendigos
encabezados por Notburga, las víctimas del egoísmo de la difunta señora, y con
impresionante seriedad, anunciaron al conde que el espíritu de su esposa iba a
morar en los chiqueros del castillo de Rettenberg y no descansaría en paz hasta
que se hicieran exorcismos en el lugar.
Notburga se fue a trabajar a la casa de un
granjero en Eben, y el incidente legendario que ahí le ocurrió es conocido por
todos los niños buenos del Tirol. Era un sábado por la tarde durante la época
de la cosecha, y Notburga se afanaba en la siega cuando repicaron las campanas
de la iglesia para anunciar las vísperas, es decir que ya había comenzado el
domingo. La doncella dejó de trabajar inmediatamente y se disponía a ir a la
iglesia, cuando llegó el patrón y le mandó que continuara con la faena. Pero
ella hizo ver al amo que el domingo empieza con las vísperas del sábado y
ningún buen cristiano siega en domingo; en consecuencia, ella, que era buena
cristiana, se negaba rotundamente a trabajar. El patrón, por su parte, alegó
que era necesario continuar con la siega porque hacía buen tiempo y convenía
aprovecharlo ya que, en cualquier momento, podía cambiar. «No cambiará»,
replicó Notburga con mucho aplomo. «¿Cómo puedes asegurarlo?», inquirió el
patrón. «Ni siquiera se ve la luna puesto que está cubierta por la bruma y yo
digo que va a llover». «¡No lloverá!», afirmó la muchacha. «Y si os hace falta
ver la luna para creerlo, ahí la tenéis ...». Con movimiento rápido, Notburga
arrojó la hoz a los aires y ahí se quedó suspendida, semejante a una luna en
cuarto menguante sobre el cielo del ocaso. la pequeña hoz es precisamente uno
de los atributos con los que se la representa en la iconografía.
Mientras tanto, el conde Enrique de
Rattenberg había sufrido una serie de contratiempos e infortunios a causa de
las reyertas entre el conde del Tirol y el duque de Baviera; el biógrafo de
santa Notburga, que era un escritor de mucha imaginación, asegura que el de
Rattenberg atribuía todas sus desgracias a la maldad de su difunta esposa y,
sobre todo, a la injusticia que había cometido con la pobre ayudante de la
cocinera. Al parecer, el conde creía que el espíritu de su esposa vagaba por
los chiqueros y le traía maleficios, como se lo habían vaticinado los mendigos
y, para ahuyentarlo de una vez por todas, decidió casarse por segunda vez y
llamar a Notburga para reparar el daño que se le había hecho. El conde llevó a
cabo sus proyectos y la doncella se instaló en el castillo, no como sierva sino
como ama de llaves. Durante el resto de su existencia, Notburga vivió feliz y
santamente en Rattenberg y, gracias a ella, un ejército de mendigos obtenía ahí
su diario sustento. Poco antes de morir, recomendó a su amo muy especialmente a
sus amados pobres y, como última voluntad, le pidió que colocara su cadáver en
una carreta y lo sepultara en el lugar donde los bueyes se detuviesen. Así se hizo
y, tras una larga jornada durante la cual se realizaron muchos milagros, como
cuentan las crónicas, los bueyes se detuvieron ante la puerta de la iglesia de
San Ruperto, en Eben. De acuerdo con sus deseos, Santa Notburga fue sepultada
allí. En 1862, el Papa Pío IX confirmó su culto local como patrona de los
pobres campesinos y siervos asalariados.
A pesar de que dependemos casi enteramente
de la biografía originalmente publicada en alemán por H. Guarinoni en 1646, hay
otros materiales más antiguos, según nos informa Rader en Bavaria Sancta, así
como otros investigadores. La narración de Guarinoni, traducida al latín,
aparece en Acta Sanctorum, septiembre, vol. IV, acompañada de numerosos
prolegómenos y curiosas ilustraciones sobre el culto a santa Notburga.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
accedida 759 veces
ingreso o última modificación relevante: ant 2012
Estas biografías de santo son propiedad de
El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino
que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía,
referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.orgindex.php?idu=sn_3320
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