miércoles, 14 de septiembre de 2016

San Alberto de Jerusalén, obispo y mártir - Santa Notburga, virgen (14 de septiembre)

San Alberto de Jerusalén, obispo y mártir

fecha: 14 de septiembre
fecha en el calendario anterior: 25 de septiembre
n.: c. 1150 - †: 1214 - país: Israel
otras formas del nombre: Alberto de Castro Gualteri
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

Elogio: En Tolemaida, en Palestina, cerca de la actual Haifa, san Alberto (de Castro Gualteri), obispo, que, trasladado de la Iglesia de Vercelli a la de Jerusalén, dio una Regla a los eremitas del monte Carmelo, y que mientras celebraba la fiesta de la Santa Cruz fue asesinado por la espada de un malvado, a quien había reprendido.
refieren a este santo: Beato Brocardo

En el año de 1099, cuando los cruzados al mando de Godofredo de Bouillon establecieron el reino latino de Jerusalén, los jerarcas griegos fueron despedidos de sus principales sedes e iglesias y reemplazados por obispos de Occidente, cuyos únicos fieles se encontraban en las filas de los propios cruzados. De esta manera, hubo un «Patriarca Latino» en Jerualén, y es lamentable tener que decir de la mayoría de los prelados que ocuparon ese puesto, que su comportamiento fue tan equívoco como su posición. Por consiguiente, al morir el patriarca Michael, de triste memoria, los canónigos regulares del Santo Sepulcro, apoyados por el rey Amaury II de Lusignan, le pidieron al papa Inocencio III que enviase como sucesor a un prelado cuyas virtudes, destreza y energía fuesen ampliamente reconocidas. En consecuencia, dos años después de la muerte del patriarca Michael, llegó a Palestina a ocupar el difícil cargo, Alberto, obispo de Vercelli. El prelado pertenecía a una distinguida familia de Parma. Luego de realizar una brillante carrera de teología y leyes, ingresó como canónigo regular a la abadía de la Santa Cruz, en la ciudad lombarda de Montara. Cuando tenía más o menos treinta y cinco años, es decir en 1186, fue consagrado obispo de Bobbio y, casi inmediatamente, fue trasladado a la sede de Vercelli. Debido a su habilidad en la diplomacia y su honestidad a toda prueba, se le eligió para actuar como mediador entre el papa Clemente III y Federico Barbarroja. Poco tiempo después, Inocencio III le envió como legado al norte de Italia donde, gracias a sus buenos oficios, se restableció la paz entre Parma y Piacenza, en el año de 1199. El Papa no deseaba deshacerse de tan valioso elemento para mandarlo a Jerusalén y dio largas al asunto, pero a fin de cuentas aprobó la elección de los canónigos, invistió a Alberto con el palio y le dio el nombramiento adicional de legado pontificio en Palestina.
San Alberto partió de Italia en el año de 1205. Ya desde dieciocho años antes, los sarracenos habían reconquistado Jerusalén a los cruzados y la sede del patriarca latino se había trasladado a Akka (Tolemaida), donde el rey franco estableció su corte. En consecuencia, san Alberto fue a residir en Akka y, desde el primer momento, trabajó para conquistarse el respeto y la confianza, no sólo de los cristianos, sino también de los musulmanes, lo que no habían conseguido hacer sus antecesores. En su calidad de patriarca y delegado, desempeñó un papel muy destacado en la política eclesiástica y civil del levante; en un período de nueve años, tuvo que vérselas con infinidad de asuntos que pusieron a prueba su paciencia y su prudencia. En primer lugar, hizo frente de continuo al escabroso problema de mantener la paz entre los francos y los naturales del país; mas no fue por el cumplimiento de esa difícil tarea por lo que se distinguió sobremanera el ilustre prelado. Entre los años de 1205 y 1210, el beato Brocardo, prior de los ermitaños del Monte Carmelo, solicitó al patriarca que ordenara la vida monástica de los ermitaños, bajo una regla que acatarían él y sus súbditos. San Alberto respondió a la solicitud con un documento breve, pero absolutamente claro y conciso, de dieciséis «capítulos». Pedía la obediencia completa al superior elegido; una celda aparte para cada ermitaño, con un oratorio común; trabajo manual para todos, ayunos prolongados y perpetua abstinencia de carne, y observar a diario un período de silencio, desde vísperas hasta después de tercia. «Cada ermitaño debe permanecer en su celda o cerca de ella, entregado, día y noche, a la meditación de las leyes del Señor y dedicado a la oración, a menos que esté ocupado en alguna ocupación legítima», advierte el santo patriarca en su documento. Aquella regla fue confirmada por el papa Honorio III en 1226 y modificada por Inocencio IV, veinte años después. Cualquiera que haya sido el fundador de la orden de los carmelitas, no hay duda de que san Alberto, patriarca de Jerusalén, un canónigo agustino, fue su primer legislador.
Inocencio III llamó de Oriente a san Alberto para que asistiera al Concilio de Letrán, pero no le alcanzó el tiempo de su vida para tomar parte en la magna asamblea que se abrió en noviembre de 1215. Durante doce meses, trabajó afanosamente y con toda fidelidad para respaldar los vanos esfuerzos del papa encaminados a recuperar Jerusalén y, entonces, le llegó la muerte en forma inesperada y violenta. Poco tiempo antes, el patriarca se había visto obligado a despedir al director del Hospital del Espíritu Santo en Akka y, desde entonces, el hombre alimentó en su fuero interno un amargo rencor contra san Alberto. El día de la fiesta de la Exaltación de la Cruz de 1214, el patriarca encabezaba una procesión en la iglesia de la Santa Cruz, en Akka, cuando se le echó encima el expulsado director del hospital y le apuñaló hasta dejarle muerto en el mismo sitio del ataque. La festividad de San Alberto fue celebrada por los carmelitas desde 1411.
En Acta Sanctorum, abril, vol. I, se halla impresa una biografía abreviada de san Alberto con muy extensos prolegómenos. Véase también el Analeeta Ordinis Carmelitaruni Discalceatorum, vol. III (1926), pp. 212 y ss. B. Zimmerman proporciona otros datos en Monumenta Historica Carmelitarum. (1907), pp. 277 - 281. La regla redactada por San Alberto se halla impresa en dicha obra, pp. 20-144.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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ingreso o última modificación relevante: ant 2012

Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.orgindex.php?idu=sn_3319




Santa Notburga, virgen

fecha: 14 de septiembre
n.: c. 1265 - †: 1313 - país: Austria
canonización: 
Conf. Culto: Pío IX 27 mar 1862
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

Elogio: En la localidad de Eben, en el Tirol, santa Notburga, virgen, cuya dedicación a las labores domésticas y al servicio de Cristo en los pobres fue ejemplo de santidad para sus compatriotas.
Patronazgos: patrona de los agricultores, las empleadas domésticas y los pobres, de las asociaciones por la vivienda, protectora de la paz laboral y hogareña, para pedir por un feliz parto y por las enfermedades del ganado.

Unos catorce años antes de la muerte de santa Zita en la ciudad de Lucca, vino al mundo en la localidad de Rattenberg, en las montañas del Tirol, una niña que se convertiría en la santa patrona de los criados y servidores domésticos de toda la comarca, de la misma manera que santa Zita lo es en una zona mucho más vasta. Aquella niña, cuyo nombre era Notburga, fue la hija de un campesino del lugar, tan pobre, que apenas tuvo la niña la edad necesaria, comenzó a trabajar como criada para ayudar con el presupuesto familiar. Notburga tenía dieciocho años cuando entró al servicio del conde Enrique de Rattenberg, como ayudante de la cocinera. En el castillo feudal eran siempre muy abundantes los restos de las comidas que se servían en la mesa de los señores y, a diario, Notburga los recogía y, por una puertecilla lateral, los distribuía entre los pobres que acudían en gran número a recibir la limosna. No contenta con esto, se privaba de sus raciones para aumentar las porciones de los mendigos. Al morir la madre del conde, su esposa, la condesa Ottilia, se hizo cargo del manejo de la casa y, como no aprobaba las caridades de la ayudante de la cocinera, dio órdenes de que todas las sobras se juntaran en los grandes cubos para alimentar a los cerdos. Durante algún tiempo, Notburga hizo lo que se le había ordenado y no dio a los pobres más de lo que guardaba de su propia ración, pero no tardó en tomar también algo de lo que se destinaba a los chiqueros y, a pesar de que lo hacía con el mayor sigilo, su ama la sorprendió y fue despedida de mala manera, entre denuestos contra la doncella y sus mendigos. Y sucedió que, pocos días más tarde, murió la condesa Ottilia y después de sus funerales se presentaron en el castillo los mendigos encabezados por Notburga, las víctimas del egoísmo de la difunta señora, y con impresionante seriedad, anunciaron al conde que el espíritu de su esposa iba a morar en los chiqueros del castillo de Rettenberg y no descansaría en paz hasta que se hicieran exorcismos en el lugar.
Notburga se fue a trabajar a la casa de un granjero en Eben, y el incidente legendario que ahí le ocurrió es conocido por todos los niños buenos del Tirol. Era un sábado por la tarde durante la época de la cosecha, y Notburga se afanaba en la siega cuando repicaron las campanas de la iglesia para anunciar las vísperas, es decir que ya había comenzado el domingo. La doncella dejó de trabajar inmediatamente y se disponía a ir a la iglesia, cuando llegó el patrón y le mandó que continuara con la faena. Pero ella hizo ver al amo que el domingo empieza con las vísperas del sábado y ningún buen cristiano siega en domingo; en consecuencia, ella, que era buena cristiana, se negaba rotundamente a trabajar. El patrón, por su parte, alegó que era necesario continuar con la siega porque hacía buen tiempo y convenía aprovecharlo ya que, en cualquier momento, podía cambiar. «No cambiará», replicó Notburga con mucho aplomo. «¿Cómo puedes asegurarlo?», inquirió el patrón. «Ni siquiera se ve la luna puesto que está cubierta por la bruma y yo digo que va a llover». «¡No lloverá!», afirmó la muchacha. «Y si os hace falta ver la luna para creerlo, ahí la tenéis ...». Con movimiento rápido, Notburga arrojó la hoz a los aires y ahí se quedó suspendida, semejante a una luna en cuarto menguante sobre el cielo del ocaso. la pequeña hoz es precisamente uno de los atributos con los que se la representa en la iconografía.
Mientras tanto, el conde Enrique de Rattenberg había sufrido una serie de contratiempos e infortunios a causa de las reyertas entre el conde del Tirol y el duque de Baviera; el biógrafo de santa Notburga, que era un escritor de mucha imaginación, asegura que el de Rattenberg atribuía todas sus desgracias a la maldad de su difunta esposa y, sobre todo, a la injusticia que había cometido con la pobre ayudante de la cocinera. Al parecer, el conde creía que el espíritu de su esposa vagaba por los chiqueros y le traía maleficios, como se lo habían vaticinado los mendigos y, para ahuyentarlo de una vez por todas, decidió casarse por segunda vez y llamar a Notburga para reparar el daño que se le había hecho. El conde llevó a cabo sus proyectos y la doncella se instaló en el castillo, no como sierva sino como ama de llaves. Durante el resto de su existencia, Notburga vivió feliz y santamente en Rattenberg y, gracias a ella, un ejército de mendigos obtenía ahí su diario sustento. Poco antes de morir, recomendó a su amo muy especialmente a sus amados pobres y, como última voluntad, le pidió que colocara su cadáver en una carreta y lo sepultara en el lugar donde los bueyes se detuviesen. Así se hizo y, tras una larga jornada durante la cual se realizaron muchos milagros, como cuentan las crónicas, los bueyes se detuvieron ante la puerta de la iglesia de San Ruperto, en Eben. De acuerdo con sus deseos, Santa Notburga fue sepultada allí. En 1862, el Papa Pío IX confirmó su culto local como patrona de los pobres campesinos y siervos asalariados.
A pesar de que dependemos casi enteramente de la biografía originalmente publicada en alemán por H. Guarinoni en 1646, hay otros materiales más antiguos, según nos informa Rader en Bavaria Sancta, así como otros investigadores. La narración de Guarinoni, traducida al latín, aparece en Acta Sanctorum, septiembre, vol. IV, acompañada de numerosos prolegómenos y curiosas ilustraciones sobre el culto a santa Notburga.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.orgindex.php?idu=sn_3320

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