San Hipólito Roma | |
Carcelero convertido y bautizado por San Lorenzo. Hipólito dió sepultura al santo diácono, pero fue apresado por los paganos.
Con él encarcelaron también a una matrona llamada Concordia, a quien dieron los más crueles suplicios en presencia del mártir.
Este fue arrastrado por toda Roma, atado a la cola de un caballo, hasta que quedó su cuerpo enter
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Santa Radegunda de Poitiers | |
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Santa Radegunda, reina
En Poitiers, de Aquitania, santa Radegunda, reina de los francos, quien, viviendo todavía su esposo el rey Clotario, recibió el velo sagrado de religiosa y sirvió a Cristo en el monasterio de la Santa Cruz de Poitiers, que ella misma había mandado construir, bajo la Regla de san Cesáreo de Arlés.
Godofredo Kurth escribe en su biografía de santa Clotilde: «La figura de santa Radegundis es, sin duda, la más auténtica y conocida de su siglo. Toda la luz que la historia arroja sobre ese período converge en ella, ya que sus dos biógrafos la conocieron íntimamente, por no hablar de san Gregorio de Tours, quien se contaba entre sus admiradores». Radegundis nació en el año 518, probablemente en Erfurt. Era hija de Bertario, el rey pagano de una parte de la Turingia, que fue asesinado por su hermano Hermenefrido. El año 531, Teodorico, rey de Austrasia, y su medio hermano Clotario I, rey de Neustria, trabaron batalla con Hermenefrido, le vencieron y volvieron a su patria con un rico botín. Radegundis, quien tenía entonces unos doce años, formaba parte de los prisioneros de Clotario. Según se dice, el monarca se encargó de instruirla y bautizarla, pero probablemente Radegundis era ya cristiana desde antes. La joven vivió hasta los dieciocho años en Athies, cerca de Peronne y se distinguió por su belleza, su bondad y su piedad. A los dieciocho años fue convocada a Vitry para contraer matrimonio con el rey.
Clotario I era el más joven de los hijos de Clodoveo, el primer monarca cristiano de los francos. No se distinguía ciertamente por su buen carácter; el P. Aigrain califica, con razón, a Clotario de «sensual y brutal». No se ha llegado todavía a desenmarañar la cuestión de los matrimonios sucesivos del monarca. Clotario se casó cinco veces y no es imposible que su matrimonio con Radegundis haya sido ilegítimo. La santa soportó su suerte con gran fortaleza. Aunque era reina, seguía siendo tan enemiga de la disipación y de las vanidades mundanas como lo había sido anteriormente. Dividía su tiempo entre las visitas a la iglesia y el cuidado de los pobres, de los enfermos y de los prisioneros. Fundó un hospital de leprosos, donde ella misma atendía a los enfermos, cuyas llagas solía besar. Una amiga le hizo notar un día que después de eso nadie se atrevería a besarla a ella a lo que Radegundis replicó: «Si nadie quiere besarme, no creáis que ello me molesta en lo más mínimo». Clotario dejaba a su esposa plena libertad para sus devociones; sin embargo, cuando empezó a perder el amor que profesaba a su santa mujer, se quejaba de que había contraído matrimonio más bien con una monja que con una reina y de que su corte se estaba transformando en un monasterio. Tales reproches eran injustos, ya que Radegundis consideraba que su primer deber, antes que todas sus devociones, consistía en ser una buena esposa. La santa soportaba con bondad y paciencia las infidelidades de Clotario y las bromas molestas que éste le dirigía constantemente a causa de su esterilidad. Pero, seis años después del matrimonio, Clotario cometió un crimen verdaderamente imperdonable, pues asesinó al hermano de su esposa, a quien había tomado prisionero junto con ella en la batalla de Unstrut y a quien Radegundis profesaba gran cariño.
Entonces Radegundis pidió a Clotario permiso de abandonar la corte. El rey se lo concedió, a no ser que haya sido él mismo quien la desterró. La reina se transladó a Noyon, donde pidió al obispo san Medardo el velo religioso. Este vacilaba un tanto, ya que la situación de Radegundis era bastante ambigua y, por otra parte, Clotario era tan violento como poco escrupuloso. Radegundis se presentó entonces en la iglesia vestida con el hábito de las religiosas y dijo a san Medardo: «Si no me consagráis a Dios, temed al Señor más que a los hombres, pues Él os pedirá cuentas de mi alma». San Medardo accedió a otorgar el diaconado a la reina. Radegundis se retiró primero a Saix, que era una de las posesiones de Clotario en el Poitou. Ahí hizo penitencia durante seis meses, empleó todas sus rentas en limosnas y asistió personalmente a los pobres. Después se transladó a Poitiers, donde construyó un convento y nombró abadesa a una amiga suya, santa Inés, a cuya obediencia se sometió implícitamente. Por entonces, Clotario, anunció que iba en peregrinación a Tours, pero se dirigió a Poitiers, con la intención de hacer volver a su esposa a la corte. Muy alarmada, Radegundis escribió una carta san Germán de París, para pedirle auxilio. El santo obispo fue personalmente a rogar al rey que dejase en paz a su inocente esposa. La intervención de San Germán fue tan eficaz, que Clotario le envió a Poitiers a pedir perdón en su nombre a Radegundis y a rogarle que orase por él para que Dios le perdonara. Desgraciadamente el arrepentimiento fue sólo pasajero, pues, entre otros crímenes, cometió el de quemar vivos en una cabana a su propio hijo y a sus nietos. Según se dice, murió arrepentido, aunque no tiene nada de sorprendente que el recuerdo de sus culpas le haya atormentado durante su última enfermedad. Como quiera que sea, Clotario no volvió a molestar nunca a santa Radegundis y aun se convirtió en bienhechor de su monasterio.
Aquel monasterio, que se llamó primero Santa María y recibió después el nombre de Santa Cruz, fue una de las primeras casas religiosas dobles, es decir, para hombres y para mujeres y, por consiguiente, una de las primeras en que se exigió la estricta clausura en forma permanente. Se observaba en él la regla de san Cesario de Arles, según la cual, las religiosas tenían que consagrar dos horas diarias al estudio, gracias a lo cual santa Radegundis aprendió un poco de latín. Bajo la influencia de la santa reina, el convento de Santa Cruz se convirtió en un centro intelectual y, por lo mismo, en un centro de paz. En cuanto se empezaba a hablar de guerra, santa Radegundis escribía a los enemigos, rogándoles en el nombre de Cristo que se reconciliasen. La única violencia que empleaba la santa era contra su propio cuerpo. Santa Cesaria la Joven, abadesa de San Juan de Arles, envió a Poitiers una copia de la regla y una carta de consejos a las religiosas, en la que les mandaba que aprendiesen a leer y les imponía la obligación de aprender de memoria el salterio.
Santa Radegundis enriqueció la iglesia que había construido con las reliquias de muchos santos. Como tuviese gran deseo de conseguir una reliquia de la cruz de Jerusalén, envió a Constantinopla a algunos clérigos para que manifestasen su deseo al emperador Justino. Éste le mandó una astilla de la cruz en un relicario de oro adornado con piedras preciosas, así como un rico ejemplar de los Evangelios y las reliquias de varios santos. Las reliquias fueron transladadas a la iglesia del monasterio de Poitiers en solemne procesión, con cirios, incienso y salmodia. El encargado de la translación fue el arzobispo de Tours, san Eufronio, ya que el obispo de Poitiers se había negado a ello por razones que desconocemos. Con tal ocasión, san Venancio Fortunato compuso el famoso himno «Vexilla regis prodeunt», que se cantó por primera vez el 19 de noviembre del año 569. Venancio era entonces un sacerdote de Poitiers, muy amigo de santa Radegundis, cuya biografía escribió. Sostuvo una nutrida correspondencia con ella y con la abadesa Inés, a quienes escribía cartas en versos latinos acerca de sus austeridades y su salud, agradecía los envíos de víveres y enviaba flores para mostrar su agradecimiento. La santa pasó sus últimos años en completo retiro y murió apaciblemente el 13 de agosto de 587. «Cuando nos enteramos de su muerte -escribe san Gregorio de Tours- acudimos al monasterio que ella había fundado en Poitiers. La encontramos ya en el féretro y la hermosura de su rostro sobrepasaba a la de los lirios y las rosas. Alrededor del catafalco había unas 200 religiosas de aquel claustro, que llevaban vida perfecta, sostenidas por las palabras de la santa. Muchas de ellas tenían sangre real en las venas, o habían pertenecido en el mundo a familias senatoriales». Baudonivia, una monja que se había educado con santa Radegundis y asistió a los funerales, cuenta que entonces un ciego recobró la vista y que tanto antes como después de la muerte de Radegundis se le atribuyeron varios milagros. En una ocasión, curó a una religiosa enferma, mediante un baño que duró dos horas, aunque no sabemos si fue una curación milagrosa o natural. Siguiendo el consejo de San Cesario Radegundis insistía en las ventajas del baño y, en Saix, solía bañar a los enfermos dos veces por semana.
Baudonivia escribió una biografía de la santa fundadora, «no para repetir lo que ya contó en la biografía de la bienaventurada Radegundis el apostólico obispo Fortunato, sino para narrar lo que dejó de contar». Por su parte, Venancio Fortunato había escrito: «Toda la admiración de la elocuencia humana es incapaz de expresar la piedad, la abnegación, la caridad, la mansedumbre, la rectitud, la fe y el fervor de Radegundis». A pesar de ello, el poeta se lanzó a la empresa con su elocuencia. El Martirologio Romano conmemora a santa Radegundis y su fiesta se celebra en muchos sitios. La santa es una de las patronas titulares del colegio de la Universidad de Cambridge, ordinariamente llamado «Jesus College».
Los datos que poseemos sobre santa Radegundis proceden de las biografías escritas por Venancio Fortunato y Baudonivia y de ciertas alusiones casuales de san Gregorio de Tours. Las dos primeras fuentes pueden verse en Mabillon, en Acta Sanctorum, y en B. Krusch, Monumenta Germaniae Historica, Scriptores Merov., vol. II, pp. 364- 395. En el lenguaje medieval se decía "recibir el velo de las diaconisas", a la admisión monástica de mujeres casadas o viudas.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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San Antíoco de Lyon | |
En Lyon, en la Galia, san Antioco, obispo, que, todavía presbítero, afrontó un largo viaje para ir a visitar a su obispo san Justo, que moraba por entonces en un eremo en Egipto.
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San Casiano Imola | |
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San Casiano de Ímola, mártir
En Foro Cornelio, actual Ímola, en la provincia de Flaminia, san Casiano, mártir, que, por negarse a adorar a los ídolos, fue entregado a los niños de quienes era maestro, para que le torturasen hasta la muerte con punzones, y así resultara tanto más duro el dolor de su martirio, cuanto más débiles fuesen las manos que se lo causaban.
Casiano era un maestro de escuela que enseñaba a los niños de Imola a leer y escribir. Imola es una ciudad de Italia que dista unos cuarenta kilómetros de Ravena. Durante una furiosa persecución contra los cristianos, Casiano fue hecho prisionero y compareció ante el gobernador de la provincia. Como se negase a ofrecer sacrificios a los dioses, el bárbaro juez, al saber que era maestro de escuela, mandó que sus propios discípulos le matasen con sus «estilos», pues en aquella época se escribía sobre tabletas de cera con «estilos» o plumas de acero. Un extremo del estilo era puntiagudo y el otro romo para poder borrar lo que se escribía.
Acudieron doscientos discípulos de Casiano, «que le odiaban porque era su profesor». Los guardias desnudaron al condenado y algunos de los discípulos le lanzaron a la cara las tabletas, los estilos y las navajas; otros le desgarraron el cuerpo con las navajas; otros le clavaron los estilos en el cuerpo y aun se divirtieron bárbaramente al grabar letras en su piel. san Casiano, cubierto de sangre y herido en todo el cuerpo, todavía tuvo el valor de decir a los perversos alumnos que no tuviesen miedo y le golpeasen con mayor fuerza. Con ello no quería exhortarlos al pecado, sino manifestar su deseo de morir por Cristo. Los cristianos de Imola se encargaron de sepultarle. Prudencio refiere que, de camino a Roma, visitó la tumba del mártir y pidió ahí a Dios perdón por sus pecados; también describe una pintura que estaba sobre el altar y representaba la cruel muerte del mártir en la forma en que él la narra en sus versos.
La pasión del mártir, que se halla en el Sanctuarium de Mobricio (vol. VIII), no es probablemente más que una traducción en prosa del poema de Prudencio (Peristephanon, IX). El detalle de la intervención de los discípulos en el martirio es probablemente una reminiscencia de un incidente de Apuleyo (cf. P. Franchi de Cavalieri, Hagiographica, p. 131), y recuerda en forma muy sospechosa el martirio de san Marcos de Aretusa. Pero no se puede dudar razonablemente de la existencia de san Casiano de Imola. Véase Lanzoni, Le Leggende di S. Cassiano d'Imola (1913); Didaskaleion, vol. III (1925), pp. 1.44; y Delehaye en Comentario sobre el Martirologium Hieronymianum, pp. 440-441. En la tradición popular -y así lo reflejan algunos santorales- es considerado obispo. La imagen es reproducción de un grabado holandés del siglo XVII de Jan Luiken.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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