miércoles, 14 de octubre de 2015

Maestro Eckhart (místico medieval) Sermón XXXVIII

SERMÓN XXXVIII(317)
In illo tempore missus est angelus Gabriela deo: ave gratia plena, dominus tecum.

Estas palabras las escribe San Lucas: «En aquel tiempo, Dios envió al ángel
Gabriel». ¿En qué tiempo? «En el sexto mes» en el que Juan Bautista se hallaba en el
vientre de su madre (Cfr. Lucas 1, 26 y 28).
Si alguien me preguntara: ¿Por qué rezamos, por qué ayunamos, por qué hacemos
todas nuestras obras, por qué somos bautizados, por qué se hizo hombre Dios, lo cual
fue [el hecho] más sublime?, yo diría: A fin de que Dios naciera en el alma y el alma naciera
en Dios. Por esta razón se escribió toda la Escritura, por ello creó Dios el mundo y
toda la naturaleza angelical: para que Dios naciera en el alma y el alma naciera en Dios.
La naturaleza de cualquier grano tiene el trigo por objeto, y la naturaleza de todo tesoro
tiene el oro por objeto, y todo alumbramiento tiene el ser humano por objeto. Por ello
dice un maestro(318): No se encuentra ningún animal que no tenga algo en común con el
hombre.
«En aquel tiempo.» Al principio, cuando la palabra es recibida por mi entendimiento,
ella es tan acendrada y sutil que es una palabra verdadera antes de ser configurada en
mi pensamiento. En tercera [instancia] es pronunciada exteriormente por la boca y luego
no es sino una manifestación de la palabra interior. Así también, la palabra eterna es pronunciada
interiormente en el corazón del alma, en lo más íntimo, en lo más acendrado,
en la cabeza del alma, de la que hablé el otro día, [o sea] en [el] entendimiento: ahí
adentro se realiza el nacimiento. Quien no tuviera nada fuera de una idea plena y una esperanza
de que así fuese, tendría ganas de saber cómo se realiza ese nacimiento y qué es
lo que ayuda para que tenga lugar.
San Pablo dice: «En la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo» (Gal. 4,4). San
Agustín explica(319) qué es «la plenitud del tiempo». «Allí, donde ya no hay tiempo, se da
“la plenitud del tiempo”.» Cuando ya no queda nada del día, el día está en su plenitud.
Esta es una verdad fundamental: cuando comienza este nacimiento, todo el tiempo debe
317 Atribución: en uno de los códices se dice: «En este sermón demuestra el maestro eckart, el mayor,
con palabras y símiles que Dios nace en el alma y el alma nace en Dios». Encabezamientos: «sermo de
aduento domini» y otros. En el antiguo misal de los dominicos el texto bíblico se halla en el Evangelio
para el miércoles después del tercer domingo de Adviento.
318 Se remite a Albertus M., De vegetabilibus V tr. 1 c. 7 n. 55.
319 Cfr. Augustinus, En. in Ps. 72 n. 16.

haber desaparecido, porque no hay nada que ponga tantos obstáculos a ese nacimiento
como [el] tiempo y [las] criaturas. Es una verdad segura que el tiempo no puede tocar ni
a Dios ni al alma en cuanto a su naturaleza. Si el alma pudiera ser tocada por [el] tiempo,
no sería alma, y si Dios pudiese ser tocado por [el] tiempo, no sería Dios. Pero, si
fuera posible que el tiempo tocara al alma, Dios nunca podría nacer en ella, y ella no podría
nacer jamás en Dios. Cuando Dios ha de nacer en el alma, todo cuanto es tiempo la
debe haber abandonado, o ella debe haberse escapado del tiempo con [su] voluntad o
[sus] anhelos.
[He aquí] otro significado de «plenitud del tiempo». Si alguien tuviera la habilidad y
el poder de modo que pudiese concentrar en un «ahora» presente el tiempo y todo cuanto
jamás ha sucedido en el tiempo, durante seis mil años, y lo que todavía habrá de
acontecer hasta el fin, esto sería «plenitud del tiempo». Ese es el «ahora» de la eternidad
en el que el alma conoce en Dios todas las cosas como nuevas y lozanas y presentes, y
con el placer [con que conozco las cosas] que tengo presentes ahora mismo. El otro día
leí en un libro(320) —¡ojalá alguien supiera escrutarlo a fondo!— que Dios hace al mundo
ahora como en el primer día cuando creó al mundo. En este [aspecto] Dios es rico y esto
es el reino de Dios. El alma en la cual Dios habrá de nacer, debe ser abandonada por el
tiempo y escaparse del tiempo, y ha de elevarse y persistir con la mirada fija en esta riqueza
divina: ahí hay extensión sin extensión y anchura sin anchura; ahí el alma conoce
todas las cosas y las conoce perfectamente.
Los maestros escriben(321) que sería inverosímil si se afirmara cuál es la extensión del
cielo: [pero], la menor potencia que se halla en mi alma es más extensa que el extenso
cielo; para ni siquiera hablar del entendimiento que es extenso sin extensión. En la cabeza
del alma, [o sea] en [el] entendimiento, me hallo tan cerca del lugar [que se encuentra]
a más de mil millas de allende el mar, como del lugar que ocupo ahora. En esa extensión
y en esa riqueza de Dios conoce el alma, ahí nada se le escapa y ahí ya no espera
nada.
«El ángel fue enviado.» Dicen los maestros(322) que la cantidad de ángeles constituye
un número más allá de todo número. Su cantidad es tan grande que ningún número los
puede abarcar; tampoco es posible imaginar su número. Para quien fuese capaz de concebir
[la] diferenciación sin número y sin cantidad, ciento sería lo mismo que uno. Aunque
hubiera cien personas en la divinidad: aquel que supiera distinguir sin número ni
cantidad, no conocería más que un solo Dios. La gente incrédula y algunas personas
320 Quint (t. II p. 232 n. 1) piensa en las Confessiones de Augustinus, por ejemplo, Confess. I. XI c.
13. n. 15 s. Para «Dios es rico» y «el reino de Dios» (más abajo) véase nota 8.
321 En sus escritos latinos Eckhart remite a Augustinus, De quantitate animae (c. 5 n. 9).
322 Cfr. Thomas, S. theol. I q. 50 a. 3 ad 1.
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cristianas iletradas se sorprenden de ello, incluso algunos frailes saben al respecto tan
poco como una piedra: entienden por tres, tres vacas o tres piedras. Pero quien sabe concebir
la diferenciación en Dios sin número ni cantidad, éste conoce que tres personas
son un solo Dios.
El ángel tiene también muy alto nivel: los más distinguidos de los maestros dicen(323)
que cada ángel posee una naturaleza entera. Es como si hubiera un hombre que tuviese
todo cuanto todos los hombres juntos han poseído alguna vez, lo que poseen ahora y habrán
de poseer en cualquier momento, en lo que a poder y sabiduría y todas las cosas se
refiere, esto sería un milagro y, sin embargo, él no sería nada más que un hombre, porque
ese hombre poseería todo cuanto tienen todos los hombres y, no obstante, se hallaría
lejos de los ángeles. Así, pues, cualquier ángel posee una naturaleza entera [para sí] y se
halla separado de otro, como un animal de otro que es de diferente especie. Dios es rico
en esa cantidad de ángeles, y quien llega a conocer este hecho, conoce el reino de
Dios(324). Ella [= la cantidad de ángeles] representa el reino de Dios, así como un señor es
representado por la cantidad de sus caballeros. Por ello se llama: «Un señor-Dios de los
ejércitos» (Isaías 1, 24 et passim). Toda esa cantidad de ángeles, por sublimes que sean,
colaboran y ayudan para que Dios nazca en el alma, es decir: sienten placer y alegría y
deleite por el nacimiento; [mas] no obran nada. Ahí no existe ninguna obra de las criaturas,
pues Dios opera, Él solo, el nacimiento: en este aspecto les corresponde [sólo] una
obra servil a los ángeles. Todo cuanto coopera en ello, constituye una obra servil.
El ángel se llamaba «Gabriel». Hizo también lo que decía su nombre. [En el fondo]
se llamaba tan poco Gabriel como Conrado. Nadie puede conocer el nombre del ángel.
Allí donde el ángel recibe su nombre, no ha llegado jamas ningún maestro ni inteligencia
alguna; acaso sea innominado(325). El alma tampoco tiene nombre; así como no se
puede hallar ningún nombre propiamente dicho para Dios, tampoco se puede encontrar
ningún nombre propiamente dicho para el alma, si bien se han escrito gruesos libros(326)
sobre este [tema]. Pero, en cuanto ella [= el alma] fija sus miradas en las obras, se le da
un nombre. Un carpintero: éste no es su nombre, pero recibe el nombre por la obra en la
cual demuestra ser maestro. El nombre «Gabriel» lo tomó de la obra cuyo encargado
era, porque «Gabriel» significa «fortaleza» (Cfr. Lucas 1, 35). En tal nacimiento, Dios
opera poderosamente o produce fortaleza. ¿A qué cosa tiende toda la fuerza de la natura-
323 Cfr. Thomas, S. theol I q. 11 a. 3; y Albertus Magnus, De caelesti hierarchia c. 5 § 7.
324 Juego de palabras en alemán, entre «reich» = «rico» y «Reich» = «reino», lo cual se destaca más
aún en alemán medio donde también los sustantivos se inician con minúscula.
325 Etimológicamente, Gabriel significaba «fortitudo» o «virtus dei». Cfr. Isidorus Hispalensis, Etymologiae
VII c. 5 n. 10; e Hieronymus, Liber interpret. Hebr. nom.
326 «Gruesos libros» se refiere a Aristóteles, De anima y a los comentarios a esa obra, como por ejemplo,
el de Avicenna, De an. I c. 1.
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Maestro Eckhart, Obras Alemanas, Tratados y Sermones
leza?… a que ella quiere engendrar a sí misma. ¿A qué tiende toda la naturaleza que actúa
en el nacimiento?… a que quiere engendrar a ella misma. La naturaleza de mi padre
quería, en su naturaleza [de padre], engendrar a un padre. Cuando eso no fue posible,
quiso engendrar un [algo] que le fuera parecido en todo. Cuando tampoco le alcanzó la
fuerza [para tal cosa], produjo lo más parecido de que era capaz: esto era un hijo. Mas,
cuando la fuerza alcanza para menos aún o hay otro contratiempo, produce un hombre
menos parecido aún10a. Pero en Dios, hay plena fuerza; por eso produce su vivo retrato
en su nacimiento. Todo lo que es Dios, en cuanto a poder y verdad y sabiduría, lo engendra
íntegramente en el alma.
San Agustín dice(327): «El alma se iguala a aquello que ama. Si ama cosas terrestres, se
vuelve terrestre. Si ama a Dios» —podría preguntarse— «se convierte entonces en
Dios?» Si yo dijera tal cosa les parecería increíble a quienes tienen la inteligencia demasiado
pobre y no lo comprenden. Pero San Agustín dice: «Yo no lo digo, antes bien os
remito a la Escritura que expresa: “He dicho que sois dioses”» (Salmo 81, 6). Quien poseyera
un poco no más de la riqueza a la que me he referido antes, sea [que le haya
echado] una mirada, o sea [que tenga] sólo una esperanza o convicción [respecto a ella],
¡éste sí lo comprendería bien! Nunca cosa alguna llegó a ser tan afín ni tan igual ni tan
unida por un nacimiento, como le sucede al alma para con Dios en ese nacimiento. Si se
ocasiona algún impedimento, de modo que ella no se [le] asemeja en todo sentido, no es
culpa de Dios; en la medida en que se pierden sus insuficiencias, en esta misma medida
Él se la iguala. El hecho de que el carpintero no pueda hacer una casa hermosa con madera
apolillada, no es culpa suya, la falla reside en la madera. Lo mismo sucede con la
operación divina en el alma. Si el ángel más humilde pudiera configurarse o nacer en el
alma, todo el mundo no sería nada en comparación; porque gracias a una sola chispita
del ángel, reverdece, se cubre de hojas y resplandece todo cuanto hay en el mundo. Mas,
este nacimiento lo obra Dios mismo; ahí el ángel no puede realizar ninguna obra fuera
de una obra servil.
«Ave», esto quiere decir, «sin dolor»(328). Quien se abstiene de las criaturas, se halla
«sin dolor» y sin infierno, y quien es y tiene criatura en un grado mínimo, tiene un mínimo
de dolor. He dicho algunas veces: Quien posee lo menos del mundo, lo posee en grado
máximo. A nadie el mundo le pertenece tanto como a aquel que ha dejado a todo el
mundo. ¿Sabéis por qué razón Dios es Dios? Dios es Dios porque carece de criatura(329).
10a El «hombre menos parecido» es una hija.
327 Cfr. Augustinus, In epistulam Iohannis ad Parthos tr. 2 n. 14.
328 Seudo-etimología que se encuentra también en las obras latinas de Eckhart.
329 Esto parece contradecir las exposiciones en el Sermón LII donde se dice que Dios no era «Dios»
antes de que existieran las criaturas. Quint aclara acertadamente (t. II p. 241 n. 2) que en ese párrafo se
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Él nunca se nombró en el tiempo. En el tiempo hay criaturas y pecado y muerte. En cierto
sentido éstos tienen un parentesco, y como el alma ahí se ha escapado del tiempo, no
hay [en esa situación] ni dolor ni pena; ahí hasta el infortunio se le convierte en alegría.
Todo cuanto se puede imaginar jamás de placer y de alegría, de deleite y de cosas dignas
de ser amadas, si se lo compara con el deleite inherente a ese nacimiento, no es alegría.
«Llena de gracia.» La más insignificante de las obras de la gracia es más elevada que
todos los ángeles en [su] naturaleza. Dice San Agustín(330) que una obra de gracia, hecha
por Dios —por ejemplo, que convierte a un pecador y hace de él un hombre bueno—, es
más grande que si creara un mundo nuevo. A Dios le resulta tan fácil darles vuelta [el]
cielo y [la] tierra, como es para mí darle vuelta una manzana en mi mano. Donde hay
gracia dentro del alma, allí [todo] es tan puro y tan semejante y afín a Dios, y [la] gracia
carece tanto de obra como no la hay en el nacimiento del cual he hablado antes. [La]
gracia no realiza ninguna obra. San «Juan nunca hizo ningún prodigio» (Juan 10, 41)(331).
La obra [empero] que el ángel opera en Dios [= la obra servil] es tan sublime que nunca
maestro o intelecto algunos podrían llegar a comprenderla. Pero, de esa obra cae una astilla
—como cae una astilla de una viga que se desbasta— [o sea] un resplandor; eso sucede
allí donde el ángel con su parte más baja toca el cielo; por ello reverdece y florece
y vive todo cuanto hay en este mundo. A veces hablo de dos manantiales. Aunque parezca
extraño, hemos de hablar según nuestra mentalidad. Un manantial del que surge la
gracia, se halla allí donde el Padre engendra a su Hijo unigénito; de ese [manantial] surge
la gracia, y allí ella emana de esa misma fuente. Otro manantial es aquel donde las
criaturas emanan de Dios; aquella fuente dista tanto de la otra, donde surge la gracia,
como el cielo de la tierra. [La] gracia no opera. Allí donde el fuego se halla en su naturaleza
[ígnea], allí no perjudica ni enciende. El ardor del fuego es lo que enciende acá abajo
[= en esta tierra]. Mas, aun donde el ardor se encuentra en la naturaleza del fuego, no
enciende y es inofensivo. Pero, allí donde el ardor se halla dentro del fuego, allí dista
tanto de la verdadera naturaleza del fuego como el cielo de la tierra. [La] gracia no realiza
ninguna obra; es demasiado sutil para ello; obrar le resulta tan distante como dista el
cielo de la tierra. Una internación en Dios y un apego a Él y una unión con Él, esto es
[la] gracia, y ahí «Dios está contigo», porque esto sigue de inmediato [luego de la salutación].
«Dios contigo»… ahí se opera el nacimiento. A nadie le debe parecer imposible llegar
hasta ese punto. Por más difícil que sea ¿qué me importa, ya que Él opera? Todos
piensa en Dios-Creador mientras que en el pasaje de arriba se trata de Dios en su carácter absoluto.
330 Cfr. Augustinus, In Iob. tr. 72 n. 3.
331 Cfr. Isidorus Hispalensis, Etymologiae VII c. 9 n. 5: «Iohanna autem interpretatur domini gratia».
Véase también Thomas, Expos. cont. s. Luc. 1, 63.
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sus mandamientos me resultan fáciles de observar. Si Él me da su gracia, que me mande
todo cuanto quiera, lo considero nonada y todo me resulta poca cosa. Algunos dicen que
no tienen nada de esto; a lo cual digo yo: «Lo lamento. Pero ¿es que lo deseas?»…
«¡No!»… «Lo lamento más aún». Cuando uno no puede tenerlo, que abrigue por lo menos
el deseo de poseerlo. Y cuando uno no puede tener el deseo, entonces que anhele tener
el deseo. Dice David: «He anhelado desear tu justicia, Señor» (Salmo 118, 20).
Que Dios nos ayude para que deseemos que Él quiera nacer en nosotros. Amén.
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