jueves, 24 de diciembre de 2015

Santa Paula Elisabet Cerioli - Beato Bartolomé María del Monte - Adela de Pfalzel, Santa 24122015

Santa Paula Elisabet Cerioli

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 Santa Paula Elisabet Cerioli, viuda y fundadora
En Comonte, cerca de Bérgamo, en Italia, santa Paula Elisabet (Constanza) Cerioli, la cual, después de la muerte prematura de sus hijos, y habiendo enviudado, fundó el Instituto de Hermanas de la Sagrada Familia, para cuidar de la educación de niños analfabetos y huérfanos sin recursos, y conducirlos con materno gozo hacia Dios.
Constanza Cerioli nació en Soncino, cerca de Bérgamo, en 1816, y fue la última de los dieciséis hijos de Don Francesco Cerioli y su esposa, la condesa Francesca Corniani. Constanza se educó con las monjas de la Visitación y, a la edad de diecinueve años, se casó con Gaetano Buzecchi-Tassis, de sesenta años, viudo, rico y de buena disposición, pero muy feo y con cierta aversión a la humanidad. De todas maneras, el consentimiento de Constanza para la unión fue completamente pasivo, puesto que el matrimonio fue arreglado por los padres de la joven, de acuerdo con la costumbre de la época y del lugar, una costumbre a la que el padre Federici, biógrafo de Constanza, califica de «no tanto ilógica como usurpadora de funciones». En este caso particular, los resultados de la unión fueron dolorosos, aunque no trágicos, puesto que desde un principio, Constanza se sintió impulsada a confiar enteramente en Dios, cuya gracia no le faltó por cierto. El matrimonio subsistió durante diecinueve años y de él nacieron tres hijos. Dos murieron en la infancia y el tercero, Carlos, sólo vivió hasta cumplir los dieciséis años, pero su recuerdo perduró durante toda la vida de su madre.

Gaetano Buzecchi murió en 1854 y dejó a su viuda provista de una considerable fortuna. El hecho de que los huérfanos desamparados de la comarca fueran, a fin de cuentas, los únicos herederos de aquella fortuna, se debió a una frase casual del cura de la parroquia de Constanza. Desde el momento en que la escuchó, la rica viuda se llevó a vivir a su casa de Comonte, en Seriate, población de la Lombardía, a dos niños sin padres y formuló la determinación de dedicar su persona, sus medios y energías, al bienestar de los huérfanos y las huérfanas, hijos de campesinos especialmente, los que debían ser educados y adiestrados para la existencia y el trabajo en los campos.

Su primera ayudante, a la que consideró siempre como su mano derecha, era Luisa Corti. Sus consejeros y amigos fieles fueron el canónigo Valsecchi y el obispo de Bérgamo, Mons. Speranza. Por el otro lado estaban los que la consideraban «loca», como se lo dijo el obispo, a lo que ella repuso: «Es verdad que lo estoy; tengo la locura de la cruz». No pasó mucho tiempo sin que se le ofrecieran nuevas manos para ayudar en la obra y, en 1857, Constanza Cerioli hizo sus votos religiosos y tomó el nombre de Paula Isabel; a los pocos meses, el Instituto de la Sagrada Familia fue aprobado. Aumentó y prosperó con tanta rapidez que, en cinco años, se realizó la segunda parte del proyecto de la hermana Paula: una rama de hermanos de la misma congregación para que se hiciesen cargo de los huérfanos, que se estableció en Villa Campagna, cerca de Soncino, bajo la dirección de Juan Capponi, un alto empleado del hospital de Leffe.

Con su característica decisión, la hermana Paula dedicaba su trabajo a preparar a los niños y los jóvenes para la vida rural. Por aquellos días, la agricultura y los trabajadores del campo no eran un problema público tan importante como lo son hoy, y no es poco lo que Italia debe sobre este particular al Instituto de la Sagrada Familia, por la excelente enseñanza y la efectiva práctica agrícola que impartió en los establecimientos de niños huérfanos. Fue una circunstancia afortunada que aquella obra naciera precisamente en las proximidades de Mantua, la ciudad de Virgilio, de la cual dijo el poeta: «O fortunatos nimium, sua si bona norint, agricola» («¡si supieran los venturosos labradores la riqueza agrícola que allí tienen!») Una buena parte de la vocación de la hermana Paula consistió en dar a conocer esa riqueza a los labradores italianos, que vivían en la más atroz de las miserias. No sobrevivió por largo tiempo a la fundación de Villa Campagna. Siempre había sido de salud delicada, padecía de una leve deformidad en la espina dorsal y su corazón le causaba constantes molestias. Murió en Comonte, en la madrugada de la víspera de la Navidad de 1865, mientras dormía. Había dado el nombre de la Sagrada Familia a su fundación a causa de su profunda veneración por san José, y no podría haber elegido mejor fecha para su muerte que aquella vigilia de Navidad. La tranquilidad con que pasó a mejor vida, fue una digna coronación de una existencia que, no obstante su gran actividad externa, se caracterizó por una extraordinaria paz interior fincada en una serena devoción por Jesucristo. La Hermana Paula Cerioli fue beatificada en 1950 y canonizada por SS Juan Pablo II el 16 de mayo de 2004.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI



Beato Bartolomé María del Monte

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Beato Bartolomé María del Monte, presbítero y fundador
En Bolonia, de la Emilia, beato Bartolomé María del Monte, presbítero, que predicó la Palabra de Dios al pueblo cristiano y al clero en muchas regiones de Italia, y fundó para este fin la Pía Obra de las Misiones.
Homilía de SS Juan Pablo II en la ceremonia de beatificación de Bartolomé María dal Monte, en Bolonia, el 27 de septiembre de 1997

1. «Gracia a vosotros y paz de parte de Dios, nuestro Padre» (Col 1, 2).
El saludo del Apóstol, que acabamos de escuchar en la «Lectura breve» de estas primeras Vísperas del domingo, introduce en una perspectiva de esperanza: la que —dice san Pablo— «os está reservada en los cielos». «Acerca de esta esperanza —añade— fuisteis ya instruidos por la palabra de la verdad, el Evangelio, que llegó hasta vosotros» (Col 1, 5-6).
Amadísimos hermanos y hermanas, este es el día de la beatificación del sacerdote Bartolomé María Dal Monte. Toda la Iglesia, y en particular la comunidad cristiana de Bolonia que lo tuvo por hijo, se alegra porque hoy su nombre se escribe de modo solemne en el «libro de la vida» (Ap 21, 27).
El nuevo beato dedicó su no larga existencia terrena al anuncio de la «Palabra de la verdad, el Evangelio» (Col 1, 5). El Señor se sirvió de él y de su fidelidad para hacer que esa palabra llegara íntegra, viva y vivificante a muchas personas que la buscaban. Así se cumplía, también mediante su persona, la promesa de Jesús: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20).

2. Don Bartolomé María Dal Monte, amadísimos boloñeses, es la última joya que ha venido a enriquecer el santoral de vuestra archidiócesis. Un libro ya rico de testigos ejemplares del Evangelio: Apolinar, Zama, Vital, Agrícola, Prócolo, Félix, Petronio, Lucía de Settefonti, Guarino, Domingo, Diana, Cecilia, Amada, Imelda Lambertini, Nicolás Albergati, Catalina de’Vigri, Marcos de Bolonia, Ludovico Morbioli, Giacomo da Ulma, Arcangelo Canetoli, Elena Duglioli, Clelia Barbieri, Elías Facchini, y muchos otros más.
Un libro de santos y beatos, en el que se halla trazada la identidad más auténtica de la Bolonia cristiana, al igual que la de vuestra tierra, rica en arte y cultura. Un libro que todos, tanto los que creen como los que no creen, deberían considerar precioso. Un libro que hay que amar, como se ama la propia identidad más auténtica.

El rostro de Bolonia es también el de sus santos, que han inspirado en la verdad y en la caridad del Evangelio su palabra y su acción entre los hombres y las mujeres de esta ciudad, forjando su fisonomía original, que aún sigue viva.
Damos gracias al Señor esta tarde, en el marco del Congreso eucarístico nacional, porque Bolonia puede presentarse a la cita del tercer milenio con esta fisonomía característica suya: un rostro humano y cristiano, que le permite afrontar con serena confianza los difíciles desafíos de nuestro tiempo. Sabe que puede contar con sus santos que, con la «palabra de la verdad» y con la exuberancia de su caridad, tanto más eficaz cuanto más oculta, le han permitido superar los momentos más difíciles de su historia.

3. La santidad, preciosa a los ojos de Dios, no es inútil al mundo. No sólo edifica el cuerpo de Cristo, sino que también deja una huella imborrable en la sucesión de los acontecimientos del tiempo e incluso en la formación articulada de la sociedad.
La actividad terrena de Bartolomé María Dal Monte, aunque se caracterizó por un compromiso típicamente intraeclesial como la predicación misionera al pueblo y la formación de los sacerdotes, ejerció un influjo notable incluso en el entramado civil de la nación, contribuyendo de forma eficaz a promover en él la justicia, la concordia y la paz. También mediante la obra de misioneros en la tierra patria, como el nuevo beato, el pueblo italiano ha podido conservar, a lo largo de los siglos, el patrimonio de valores humanos y cristianos que representa su tesoro más precioso y constituye la aportación más significativa que puede prestar a la construcción de la nueva Europa.

4. Amadísimos hermanos y hermanas, la beatificación de Bartolomé María Dal Monte se inserta de modo providencial en las celebraciones del Congreso eucarístico, porque pone fuertemente de relieve el vínculo que existe entre una espiritualidad eucarística consciente y profunda, y el compromiso personal y eclesial en la evangelización.
En la Italia del siglo XVIII, los sacerdotes santos que se dedicaron generosamente a las misiones al pueblo afrontaron de modo sorprendente situaciones de amplia ignorancia religiosa y fenómenos de preocupante descristianización, que contagiaban tanto ciudades como zonas rurales. Entre ellos se hallaba también san Leonardo de Porto Maurizio, que conoció personalmente a don Bartolomé María y lo animó a realizar esta actividad pastoral.

La fama de la eficacia de las misiones al pueblo y de la santidad y generosidad de don Bartolomé se difundió con tanta rapidez que difícilmente lograba atender todas las solicitudes. A su muerte, cuando contaba solamente cincuenta y dos años, había predicado misiones al pueblo y tandas de ejercicios espirituales en más de sesenta diócesis italianas.
En unos tiempos en que la formación para el sacerdocio no implicaba el actual itinerario largo del seminario, don Bartolomé María intuyó la exigencia de sacerdotes diocesanos que, en plena comunión con su propio obispo, estuvieran totalmente disponibles para la predicación. A fin de prepararlos de modo adecuado instituyó la «Pía Obra de las Misiones», que se convirtió en un auténtico crisol de apóstoles. Estaba convencido de que nadie podía ser autodidacta en el difícil camino de la santidad. Por esto se esforzó por crear estructuras formativas adecuadas para sus colaboradores, dedicándoles interesantes escritos espirituales, redactados por él de puño y letra.

5. Pero, ¿de dónde le venía a don Bartolomé María tanto impulso y vigor para un ministerio tan excepcional? La santa misa, la adoración eucarística y la confesión sacramental ocupaban el centro de su vida, de su acción misionera y de su espiritualidad. De esta piedad eucarística hallamos frecuentes huellas en sus escritos, en los que se aprecia su celo diario por la salvación de las almas, prioridad de su esfuerzo ascético y pastoral.
Toda su existencia se plasmó según el modelo del ministerio de Cristo, intransigente a la hora de proclamar la verdad y de criticar los vicios, pero acogedor y misericordioso hacia los pecadores. Así se convirtió en imagen viva de Aquel que es «rico en misericordia» (Ef 2, 4).
Además, el nuevo beato amaba, con profundo gozo interior, a la Virgen Madre de Dios. Nacido y crecido en la ciudad que se honra con la particular protección de la Virgen de san Lucas, don Bartolomé María sentía hacia ella una tierna devoción. La veneraba y hacía que la invocaran con el título de «Mater misericordiae», Madre de la misericordia. Solía repetir: «Cada pensamiento, cada impulso, cada palabra: sí, todo lo recibí por María».

6. El beato Dal Monte resplandece esta tarde ante nosotros como testigo de Cristo particularmente sensible a las exigencias de los tiempos modernos. Impulsa a todos a afrontar con ardor y confianza los desafíos de la nueva evangelización. Tenemos ante nosotros un vasto campo de trabajo misionero, en el umbral del tercer milenio cristiano.
Que el ejemplo del nuevo beato os sostenga y aliente a todos, amadísimos hermanos y hermanas aquí presentes, a quienes saludo con afecto. Que te sirva de modelo a ti, venerado cardenal Giacomo Biffi, pastor de esta comunidad diocesana; y a todos vosotros, queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, procedentes de la ciudad de Bolonia y de toda Italia. Que su incansable celo apostólico os estimule y anime a vosotros, religiosos y religiosas, personas consagradas, llamadas a un peculiar testimonio en la Iglesia de Cristo; a vosotros, queridos jóvenes, esperanza de un mundo renovado por el amor; a vosotras, queridas familias, pequeñas iglesias domésticas; y a vosotros, queridos enfermos, asociados de modo más intenso a los sufrimientos de Cristo.
La nueva evangelización es tarea de todo creyente. Tomad conciencia de ello todos los que os halláis reunidos en estas Vísperas del XXVI domingo del tiempo ordinario. Dios os llama a conservar la «palabra de la verdad, el Evangelio » (Col 1, 5). El celo misionero que impregnó la vida del beato Bartolomé María Dal Monte es el modelo que hoy la Iglesia presenta a sus hijos.
Que su intercesión, junto con la de María santísima, venerada aquí de manera especial en la imagen de la Virgen de san Lucas, la «Odigitria», la que señala el camino, nos ayude a ser sus humildes, fieles y valientes imitadores.

El «camino» es Jesús. Por este camino queremos avanzar sin titubeos hasta el encuentro definitivo con él. Amén.

fuente: Vaticano

Adela de Pfalzel, Santa
Adela de Pfalzel, Santa

Viuda, 24 Diciembre


Fuente: ar.geocities.com/misa_tridentina04 



Santa Adela, como Santa Irmina, era hija de Dagoberto II.

Se hizo monja a la muerte de su marido Alberico. Muy probablemente esta Adela sea la viuda Adula que, entre los años 691 y 692, vivía en Nivelles con su pequeño hijo, el futuro padre de San Gregorio de Utrecht.

Adela fundó un monasterio en Palatiolum, la actual ciudad de Pfalzel, cerca de Tréveris; fue la primera abadesa del mismo y lo gobernó con prudencia y santidad durante muchos años.

Parece ser que Adela se encontraba entre los discípulos de San Bonifacio, y una de las cartas que figuran en la correspondencia de este santo, firmada por la abadesa Aelfleda Whitby y dirigida a una abadesa Adola, pertenecía indudablemente a Santa Adela.

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