DIOS CREA PARA ENCARNARSE, Y SE ENCARNA PARA SALVAR
TODO (HN-11)
Dios, que crea para
encarnarse, también se encarna en el s. XXI. Y ahora somos
nosotros, durante nuestro caminar existencial en este siglo, los que tenemos
que ofrecer a Dios la inquietud vibrante de nuestro “vaso personal” para que nos
lo llene con su encarnación; y así podamos llegar a entender algo más sobre el
Amor que se encarna. Para ello sigamos con el esquema teológico del resumen
anterior. Sabemos que Dios “nos eligió” (Ef. 1, 5) antes de la
Creación; es decir, cuando Dios creó ya nos tenía “elegidos”. Cuando Dios crea y se encarna lo hace con un
fin: esa “elección” previa, eso que ahora denominamos “Salvación”. O sea, hemos
sido elegidos por el Amor para que manifestemos –con nuestras acciones y a lo
largo de toda nuestra existencia– el amor encarnado que nos va llenando y que nos
relaciona amorosamente unos con otros; de forma que, a través de esa
inter-relación, lleguemos a ser “lo que tenemos que ser”: “unos salvados en el
Amor”. Siendo este, no solo nuestro destino final sino también nuestro
principio. Es cierto que hay personas con deseos
de encarnación (principalmente aquellas que ofrecen su vaso a Dios para irse
convirtiendo en hombres nuevos), pero también hay otras que se oponen a la encarnación
propia de cada tiempo; y lo más curioso es que donde se suele encontrar más
oposición al cambio es en las instituciones. Por esto hay que recordar algo:
las instituciones deben ser estructuras para ayudar a la construcción de las
personas, pero solo como andamios provisionales. Hay que recordar cómo las
religiones, las pre-cristianas y alguna de las actuales, crean enseguida sus estructuras
de creencias y de salvación. O sea, y resumiendo: En primer lugar las
religiones imponen unos códigos de fe y unos principios en los que creer; en
segundo lugar fuerzan a unas prácticas (por ejemplo los diez mandamientos en la
religión de Israel); y en tercer lugar, y como síntesis de lo anterior,
aseguran la salvación a sus seguidores: o sea, “si crees esto y haces esto te
salvas”. Este es el esquema de una estructura: yo te salvo, pero si crees lo
que te digo y practicas lo que te mando.
Es verdad que antes del cristianismo todas las religiones de la tierra
fueron así, pero algunas todavía perseveran en ello; y lo más triste es que
también persevera algo de esto en el cristianismo, sin que Dios lo quiera así. Está claro que cuando la religión se
institucionaliza, se convierte en andamio y se hace molde: salen todos
igualmente moldeados, con las facciones de creyente y pensando que al llegar a
Dios se salvarán por sus facciones. Y por esto, muchos de los que se dicen hoy cristianos
no lo son. Muchos cristianos somos reiterativos, pues nos metimos hace años en
un molde y seguimos haciendo lo mismo. En
el molde nada es nuevo, sin percatarnos de que Cristo va viniendo precisamente para
hacer hombres nuevos; o sea, para sacarnos de los moldes. El cristiano que
hace siempre lo mismo no acaba de salir del molde, y si bien el molde es
necesario –porque ayuda a empezar a esculpir las facciones– lo malo es quedarnos
sólo en lo moldeado; ya que así los responsables de la estructura moldeadora no
solo te tendrán a su disposición sino que no necesitarán esforzarse ni buscar
síntesis nuevas: pues saben que tu aceptarás, sin más, todo lo que te vayan
repitiendo. Y como a las religiones/estructura les interesa la supervivencia, dirán
verdades con pretensión de permanencia: verdades invariables e idóneas para
clientes sin inquietudes de renovación. A este respecto hay que
recordar, cómo Cristo –que vino para hacer al hombre nuevo, dando cumplimiento
a las creencias del pueblo de Israel– hizo temblar a todas las religiones de la
tierra. Cómo Cristo –la bondad, la benignidad de nuestro Dios que salva–, entró
en el templo y arremetió contra la “estructura”: contra los curas, los teólogos
(los escribas), y hasta se encaró con los santos de entonces (los fariseos).
Con sus palabras hizo temblar estas tres estructuras. Acordémonos del fariseo
que subió al templo y dijo al Señor: “Yo no soy como los demás, yo soy santo,
porque cumplo con el ayuno, cumplo con el sábado...” (Lc. 18, 10ss). Y Cristo
respondió: “Este no es amigo de Dios”... También dijo: “Oísteis que se dijo a
los antiguos que amaran a los amigos, pero yo os digo más...”; y con todo esto
trastoca el código de leyes. Recordemos también, cómo viene un joven rico y le pregunta:
“¿Qué haré para salvarme...?” Al que responde: “... cumple los mandamientos,
pero si quieres ser perfecto...” (Lc. 18,18). O sea que no es
nuestro verdadero fin solo cumplir la Ley; solo cumplir los mandamientos: nuestro
designio es caminar humanamente, y durante toda nuestra vida, hacia el Amor. Tampoco debemos olvidar que todas estas
gentes (los sacerdotes, los escribas y los fariseos de la época), es decir las
estructuras de aquella Iglesia, fueron las que al final mataron a Cristo.
Cristo es implacable contra
todo aquello que sea rutina en religión, y contra las estructuras atosigantes y
ahogadoras de cualquier novedad. Hasta que vino Cristo –e incluso después de
él– las religiones de la tierra habían
creído que Dios era de su propiedad: afirman que Dios existe, pero realmente quién
le tiene y maneja con ritos son las iglesias; y esto es lo que vino a destruir
Jesucristo.
El
cristianismo dice que Dios va encarnándose en la creación –en toda la realidad
creada por Él– y que esta encarnación es el camino de salvación de toda la
creación; y justo por esto decimos que el cristianismo no es una religión sino
mucho más que una religión. Preguntémonos: ¿El budismo es religión? ¿El
judaísmo es religión? ¿El sintoísmo es religión? ¿El islamismo es religión? Y el
cristianismo, ¿también es religión? No, no podemos agrupar este último sumando,
porque no se pueden sumar los heterogéneos. Si todas las anteriores son religiones,
habría que decir que el cristianismo no es una religión; y por esto no se puede
agrupar junto a las demás. Pero veamos también esta reflexión al revés: si
decimos que el sintoísmo no es una religión, sino una filosofía; que el
judaísmo es fundamentalmente un legalismo; y que aquella otra es... entonces sí podríamos decir que el
cristianismo es una religión. Pero una de dos: o las demás son religiones y
ésta no lo es, o las demás no lo son y esta sí; porque la gran mayoría de las
religiones se encuentran en la superficie de la búsqueda, y el cristianismo
verdadero no va buscando por la superficie sino por el fondo. En resumen: el
cristianismo es aquello que hace que las religiones sean religión. O dicho de otra forma, el cristianismo
es una súper-religión: sin olvidar que Cristo destruyó, implacablemente y a lo
largo de su vida, las estructuras religiosas anquilosadas (tanto la teología
como la moral y los ritos) de la casta sacerdotal de su tiempo.
¿Y por qué el cristianismo es
lo que hace que las religiones sean religión? Por una razón muy sencilla:
la religión de Cristo es la del amor. Lo que hace que un hombre
entre en el designio de Dios –designio
que Dios tenía pensado antes de empezar a crear– es el amor que Dios tiene al hombre, a todo hombre, sea de la religión que sea. Y este proyecto es de
tal categoría que, lo que hace que la creación camine no son
las religiones particulares sino el proyecto que Dios tiene para su Creación: Dios se mete en la Creación, y
es esa misma energía primigenia que creó la que salva todo lo creado. Por tanto, este proyecto tiene dos dimensiones superpuestas: La primera
es Dios mismo caminando y viniendo por dentro de la creación, hasta aparecer
–desvelándose “humano y benigno”– en Navidad. Y la segunda dimensión es, la
finalidad de ese nacimiento en la Navidad de la Creación: finalidad que no es
otra que salvar todo lo que creó. O sea, la explicación de la Creación es la Salvación. Si
Dios no tuviera la intención de salvar todo lo que creó, no habría empezado a
crear; y del mismo modo, si Dios no hubiese tenido intención de
encarnarse en la creación, no habría empezado a crear. Dios crea para encarnarse, y
se encarna para salvar; pero en el siglo primero Dios
se encarna en vertical pues no podía encarnarse de otra manera, ya que no había
más que vasos verticales. Llegada la Edad Media Dios se encarna en semi-vertical; vaso
que también se romperá cuando llegue el Renacimiento… Dios respeta al hombre, y por eso no se deja
conocer de igual manera en el siglo I que en el XVI; ni por supuesto en nuestro
siglo. Recordemos que Dios es el autor del tiempo y del camino, y los que
quieren empujarnos hacia atrás están tratando de conducirnos a situaciones
trasnochadas. De hecho, el ateísmo que impera hoy
tiene por causa haber dejado envejecer nuestro cristianismo; y esto es muy
serio. Ser infieles a Cristo es llegar al ateísmo, pues no hay otra
alternativa: si dejas el cristianismo, pronto o tarde te vuelves ateo. La
única creencia garante es el cristianismo, porque es el alma de todas las
creencias que se propongan caminar.
La dinámica de “la Creación en
camino”, no es otra cosa que la ley del tiempo; en la que hay tres realidades
superpuestas (Creación-Encarnación-Salvación) que son dinámicas porque se
desarrollan en el tiempo. Pero no solamente son dinámicas a causa del tiempo
sino porque son fundamentalmente ontológico-temporales, ontológicamente
dinámicas: pues lo que hace que la Creación sea Creación –o sea el alma de la
Creación– es la Encarnación; y lo que hace que la Encarnación sea Encarnación
–es decir que Dios venga a estar con nosotros– es la Salvación. Esto
tres puntos son ontológicamente dinámicos, van uno dentro de otro a lo largo
del tiempo; hasta que en la creación total se dé la encarnación total –Dios
sea todo, en todo– que es la salvación final. O sea, Dios crea para que Cristo
venga –se encarne– y lo que hace que la Encarnación sea tal, es la Salvación de lo creado.
Por tanto, Cristo viene para salvarnos y esta es la bondad de nuestro Salvador:
del Dios-Ternura que nos salva.
Si Cristo no hubiera tenido que encarnarse, Dios no habría empezado a
crear, y si yo no tuviera que salvarme, Dios ni se habría encarnado ni habría
empezado a crear. Estas
tres realidades teológicas, Creación-Encarnación-Salvación
no se pueden separar. O sea: aquello que hace que la
Creación sea Creación, es Dios encarnado que está en ella -Encarnación-; y
aquello que hace que la Encarnación sea Dios en el hombre (Cristo) de forma
progresiva, es la Salvación
que va obrándose dentro de nosotros. Por tanto, no es que la Creación esté
esperando la Encarnación y ésta la
Salvación ; es que, en el corazón de la Creación ya está
presente Dios encarnado, y en el corazón de la Encarnación ya está dentro Dios
salvando. Yo soy creación, yo soy encarnación,
y dentro de mí ya crece la salvación.
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