San Cutberto de Lindisfarne, monje y obispo
fecha: 20 de marzo
n.: c. 634 - †: 687 - país: Reino Unido (UK)
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
n.: c. 634 - †: 687 - país: Reino Unido (UK)
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
En la isla de Farne, en Northumbria,
actual Inglaterra, san Cutberto, obispo de Lindisfarne, que en su ministerio
pastoral se distinguió por la diligencia que antes había demostrado en el
monasterio y en el eremo, y armonizó pacíficamente las austeridades y género de
vida de los celtas con las costumbres romanas.
refieren a este santo: San Eadberto de
Lindisfarne, San Eata de
Hexham, San Ywio

No se conoce nada con certeza acerca del
linaje y del lugar del nacimiento de san Cutberto. Los hagiógrafos irlandeses
lo declaran irlandés, en tanto que los cronistas sajones sostienen que nació en
las tierras bajas (Lowlands) de Escocia. De acuerdo con la biografía en verso
de Beda, fue bretón y el mismo autor, en el prefacio a la historia en prosa de
san Cutberto, claramente asienta que no ha escrito nada que no esté bien
comprobado. El nombre de Cutberto es sin lugar a dudas sajón y no celta. La
primera noticia que tenemos acerca de él data de cuando tenía ocho años y
estaba al cuidado de una viuda llamada Kenswith, a la que miraba como madre y
quien lo trataba como hijo. Era entonces un jovencito sano, vivaz, gracioso y
el cabecilla de los chicos de la región, a todos los cuales podía vencer en las
carreras, saltos y luchas. Un día, en medio de sus juegos, un chico se echó a
llorar exclamando: «¡Oh, Cutberto! ¿Cómo puedes perder el tiempo en juegos
inútiles, tú, a quien Dios ha escogido para ser sacerdote y obispo?» Estas
palabras hicieron una impresión tan profunda en su alma que, desde aquel
momento, empezó a comportarse con una madurez impropia de sus años. El oficio
de pastor de rebaños que desempeñaba le dio amplias oportunidades de
comunicarse tranquilamente con Dios en las grandes praderas solitarias de
Nortumbría. Hacia el final de agosto de 651, Cutberto, entonces de 15 años de
edad, tuvo una visión que lo decidió a consagrar su vida a Dios: al claro día
de verano siguió una noche oscura, sin luna y sin estrellas; Cutberto estaba
solo y en oración. De repente, un rayo de luz deslumbrante brilló a través del
negro cielo y en él apareció una multitud de ángeles que llevaban, como en un
globo de fuego, un alma al cielo. Más tarde, supo que el obispo san Aidán había
muerto aquella noche en Bamborough. Aunque éste fue, de hecho, el momento
decisivo de su vida, por aquel entonces no parece que haya dejado el mundo.
Se ha sugerido que pudo haber sido llamado
a luchar contra los mercianos, puesto que, a caballo y armado con espada,
apareció repentinamente a la puerta de la abadía de Melrose y pidió ser
admitido entre los hermanos. No sabemos si Boisil, el prior, haya tenido
conocimiento previo de él o si instantáneamente leyó los pensamientos de su
corazón; pero, en el momento en que Cutberto desmontó, se convirtió en uno de
los monjes y dijo el prior: «He aquí a un siervo del Señor». En el año 660, el
abad de Melrose recibió terrenos para otro monasterio y, sobre una elevación en
la confluencia de los ríos Ure y Skell, se construyó la abadía de Ripón, a la
que san Eata vino,
en 661, trayendo a Cutberto consigo como encargado de atender a los que
buscaran refugio en el monasterio. Leemos que en una fría mañana de invierno,
al entrar al cuarto de huéspedes, encontró a un extranjero instalado ahí; de
acuerdo con la costumbre, trajo agua, lavó las manos y los pies del visitante y
le ofreció de comer. El huésped declinó el ofrecimiento cortésmente, diciendo
que no podía esperar porque la casa a la que se dirigía con cierta prisa,
estaba distante todavía. Cutberto, sin embargo, insistió y salió para conseguir
algo de alimento. A su vuelta, encontró la celda vacía; por sobre la mesa había
tres hogazas de pan de singular blancura y excelencia. No había huellas sobre
la nieve que rodeaba la abadía, y san Cutberto tuvo la seguridad de que había
hospedado a un ángel. La estancia de Eata y Cutberto en la abadía de Ripón fue
corta. Un año más tarde, el rey Alcfrid transfirió la abadía a san Wilfrido y,
según la narración de Beda, «Eata con Cutberto y el resto de los hermanos que
había traído con él, volvieron a casa y el lugar del monasterio que habían
fundado, fue habitado por otros monjes». Cutberto volvió a Melrose. Todo el
país sufría el azote de una enfermedad conocida como «la peste amarilla» y
Cutberto no escapó a ella. Sin embargo, cuando se le dijo que los monjes habían
pasado la noche orando por su restablecimiento, él exclamó: «¿Qué estoy
haciendo en la cama? ¡Es imposible que Dios haya cerrado sus oídos a tales
hombres! Denme mi ropa y mis zapatos». Levantándose, inmediatamente comenzó a
andar; su voluntad pareció triunfar por el momento sobre su enfermedad; pero,
en realidad, nunca recuperó su salud.
En su aflicción, los hombres y las mujeres
habían vuelto, como nos cuenta Beda, a poner su fe en talismanes y amuletos. A
fin de asistir a las abatidas gentes y de revivir la cristianidad, san Cutberto
emprendió un extenuante esfuerzo misionero que duró todos los años en que fue
prior, primero en Melrose y después en Lindisfarne. Viajó a través de montes y
valles, algunas veces a caballo, otras a pie, prefiriendo siempre las más
remotas aldeas, ya que éstas tenían menos oportunidades de ser visitadas. Como
Aidán, enseñó de casa en casa, pero mientras éste iba siempre acompañado de un
intérprete, por no conocer el dialecto, Cutberto podía hablar a los campesinos
en su propia lengua y con su propio acento nortumbriano. Conocía la topografía,
pues había recorrido las tierras bajas con sus rebaños, podía adentrarse en las
vidas de sus oyentes y se contentaba con frugal comida. Su aspecto apacible y
su palabra jovial y persuasiva, pronto le ganaron la voluntad de sus huéspedes,
de manera que sus enseñanzas tuvieron un éxito extraordinario. Llevó el
Evangelio desde la costa de Berwick hasta Solway Firth y donde quiera fue
recibido y honrado como huésped.
En Coldingham, donde visitó un monasterio,
un monje que lo observaba, notó su costumbre de levantarse silenciosamente por
la noche, cuando los hermanos dormían, y dirigirse a la playa donde se metía al
mar y, con el agua hasta el cuello, cantaba alabanzas a Dios. Una leyenda que
corre todavía entre los lugareños de la costa, habla de dos nutrias -con mayor
probabilidad focas- que siguieron al santo sobre las rocas y lamieron sus
entumecidos pies y los sacaron con sus pieles hasta devolverle el calor. Si
hemos de creer a la tradición de que san Cutberto visitó a los pictos en la
región de Galloway, debió ser de Coldingham, de donde zarpó con dos compañeros
y tocó tierra en el estuario de Nith, al día siguiente de Navidad. Debido a los
ventisqueros, no pudieron adentrarse más allá de la costa, en tanto que una
serie de tormentas hacían imposible el que volvieran a embarcarse y estuvieron
en peligro de perecer de hambre. Los dos compañeros se desanimaron, pero la fe
de Cutberto no vaciló nunca. Les aseguró que todo saldría bien y, al poco tiempo,
descubrieron al pie de una escollera unos delfines muertos de los que sacaron
lonjas, con las que se sostuvieron hasta que la tormenta amainó y les fue
posible hacerse nuevamente a la mar. Se dice que una iglesia se construyó
después para señalar el lugar y que el nombre de la población, Kirkcudbright,
que se levantó cerca de ahí, ha guardado el recuerdo de la visita de san
Cutberto.

Entre tanto, grandes cambios habían tenido
lugar en Lindisfarne y hubo momentos en que parecía como si el monasterio de
«Holy Island», fuera a perder la famosa comunidad que lo había convertido en el
santuario más venerable del norte. Las disputas acerca de la fecha de la Pascua
de Resurrección, habían culminado en el célebre Concilio de Whitby, donde el
rey Oswi se decidió en favor del uso romano. San Colman, obispo de Lindisfarne,
regresó a Lindisfarne, pero pronto decidió que no podía adaptarse y prefirió
renunciar. Seguido por todos los monjes irlandeses y treinta de los ingleses,
llevando consigo el cuerpo de san Aidan, abandonó Inglaterra y edificó nuevas
casas en Irlanda. Para sustituirlo, san Eata fue llamado de Melrose y nombrado
obispo. Cutberto lo acompañó nuevamente para actuar como prior. Su tarea no fue
fácil, pues muchos de los monjes que quedaban eran contrarios a las
innovaciones. Eata y Cutberto, cualesquiera que hayan sido sus sentimientos,
estaban decididos a apoyar las decisiones del Concilio de Whitby. Tuvieron que
afrontar oposiciones y aun insultos, pero la conducta de Cutberto fue más allá
de cualquier alabanza: ni una sola vez perdió la paciencia o el dominio de sí
mismo; pero, cuando los descontentos se volvían demasiado agresivos, se
retiraba tranquilamente y terminaba la discusión, para reanudarla cuando la
pasión se había calmado. La vida de san Cutberto en Lindisfarne fue semejante a
la que llevó en Melrose. Desempeñó sus labores apostólicas entre la gente,
predicando, enseñando y sirviendo, no solamente a sus almas, sino a sus
cuerpos, mediante el don de curar que le fue concedido. A donde quiera que iba,
lo seguían las turbas para oírle, abrirle su corazón y pedirle que sanara a sus
enfermos. Los días no eran suficientemente largos y, a veces, pasaba en vela
tres de cada cuatro noches para poder entregarse a la oración, a la orilla del
mar, o para recitar los salmos, paseando por la iglesia, o meditar mientras
hacía algún trabajo manual en su celda.
Después de algunos años en Lindisfarne, la
añoranza de una vida de unión más íntima con Dios lo condujo, con anuencia de
su abad, a buscar la soledad. Su primera ermita no estuvo lejos de la abadía;
probablemente en una pequeña isla vecina de Holy Island, a la que las
tradiciones locales asocian con él y llaman Isla de san Cutberto. El lugar,
cualquiera que haya sido, no le pareció suficientemente aislado, puesto que en
676 se trasladó a una fría y desolada isla del grupo Farne, a dos millas de
Banborough. El sitio estaba entonces despoblado, y al principio, no le
proporcionó ni agua, ni semillas, pero encontró un manantial y, aunque la
primera siembra se le malogró totalmente, la segunda, que fue de cebada, le
produjo lo suficiente para mantenerse. Los visitantes persistían en ir a verle
a pesar de las tormentas que entonces, como en todo tiempo, bramaban alrededor
de las islas, por lo que san Cutberto construyó una hospedería cerca del
desembarcadero para dar albergue a sus visitantes. Solamente una vez abandonó
su retiro y fue a petición de la abadesa Elfleda, hija del rey Oswi. Este
encuentro tuvo lugar en la isla Coquet. Elfleda le instó en esta ocasión a que
aceptara el obispado que el rey Egfrido estaba ansioso de conferirle. Se le
nombró obispo de Hexham, pero él se rehusó a abandonar su isla, y solamente
consintió en hacerlo, cuando el rey Egfrido fue en persona a Farne, acompañado
por el obispo Trumwin. Cutberto cedió con mucha dificultad a hacerse cargo de
la diócesis de Lindisfarne, pero exigió que se le permitiera permanecer en su
ermita durante los seis meses que faltaban para su consagración. Durante este
período visitó a san Eata y arregló un cambio de diócesis. Eata tomaría Hexham
y Cutberto tendría la sede de Lindisfarne y se encargaría del monasterio.
En la Pascua de 685, fue consagrado en
York Minster por san Teodoro, arzobispo de Canterbury. Como obispo, el santo
«continuó siendo el mismo hombre de antes», para citar a su biógrafo anónimo.
Los dos años de su episcopado los empleó principalmente en visitar su diócesis,
la que se extendía por el oeste hasta Cumberland. Predicó, enseñó, distribuyó
limosnas e hizo tantas curaciones milagrosas, que mereció durante su vida el
nombre de «el Taumaturgo de Bretaña», título que mantuvo después de su muerte,
debido a las curaciones efectuadas en su sepulcro. Al hacer su primera visita a
Carlisle, a las pocas semanas de su consagración, supo por un extraño don de
telepatía o por revelación divina, el desastre del ejército nortumbriano y la
muerte del rey Egfrido durante la batalla. La reaparición de la epidemia siguió
a la derrota militar y fue tan severa, que muchos poblados quedaron
completamente desiertos. El buen obispo, sin ningún temor, anduvo entre sus
fieles administrando los sacramentos y grandes consuelos a los enfermos y a los
moribundos; su sola presencia devolvía la esperanza y con frecuencia la salud.
En cierta ocasión, reavivó con un beso al hijo de una viuda, en el que la vida
parecía haberse extinguido.
Los trabajos y austeridades, sin embargo,
habían minado la constitución de san Cutberto, quien se dio cuenta de que no
iba a vivir por mucho tiempo. Durante su segunda visita a Carlisle, dijo a su
antiguo discípulo Herberto, el ermitaño de Derwentwater, que no volverían a
encontrarse sobre la tierra, consolando al afligido amigo con la promesa de
obtenerle del cielo el favor de morir el mismo día. Después de una visita de
despedida a su diócesis, dejó el báculo pastoral y, tras de celebrar la Navidad
de 686 con los monjes en Holy Island, se dirigió a su amado Farne para prepararse
a morir. «Díganos, señor obispo -preguntó uno de los monjes que se reunieron
para despedirlo- ¿Cuándo podemos esperar que vuelva?» «Cuando tengan que
trasladar mi cuerpo», fue la respuesta. Sus hermanos lo visitaron con
frecuencia durante los tres últimos meses, aunque él no permitía que nadie se
quedara y le sirviera en la enfermedad, que se agravaba continuamente. En un
estado febril libró batallas terribles contra los espíritus del mal durante un
tormentoso período de cinco días, cuando nadie podía aproximarse a la isla.
Quería ser enterrado en su retiro, pero cedió a las instancias de sus monjes,
quienes pensaban que sus restos descansaran entre ellos, en la abadía. «Me
enterrarán -dijo- envuelto en el lienzo que he guardado para mi mortaja». Sus últimas
instrucciones fueron dadas al abad Herefrido quien, sentado a su lado, le pedía
un mensaje para sus hermanos: «Tened un mismo pensamiento en vuestros
concilios, vivid en concordia con los otros siervos de Dios; no despreciéis a
ninguno de los fieles que buscan vuestra hospitalidad; tratadlos con caridad,
no estimándoos mejores que otros que tienen la misma fe y con frecuencia viven
la misma vida. Pero no comulguéis con aquellos que se aparten de la unidad de
la fe católica. Estudiad con diligencia, observad cuidadosamente las reglas de
los padres y practicad con celo aquella regla monástica que Dios se ha dignado
daros por mi medio. Sé que muchos me han despreciado, pero después de mi muerte
se verá que mis enseñanzas no han merecido desprecio». Estas fueron las últimas
palabras de san Cutberto, recibidas por Beda de labios de Herefrido. Dicho
esto, recibió los últimos sacramentos y murió lleno de paz, sentado, con sus
manos levantadas y sus ojos mirando hacia el cielo. Inmediatamente después, un
monje escaló la roca sobre la que ahora se yergue el faro y agitó dos antorchas
encendidas -porque era de noche-, para anunciar a los hermanos de Lindisfarne
que el gran santo había pasado a descansar eternamente. Su cuerpo, que en un
principio fue depositado en la abadía y permaneció en Lindisfarne por 188 años,
fue trasladado cuando los hombres del norte empezaron a descender hacia la
costa y, después de muchos traslados, fue depositado en un magnífico santuario
en la Catedral de Dirham, el que, hasta la Reforma, continuó siendo el lugar
preferido de las peregrinaciones de Inglaterra. Durante el reinado de Enrique
VIII, el santuario fue profanado y saqueado, pero los monjes, en secreto,
enterraron las reliquias. En 1872, el cuerpo de san Cutberto fue nuevamente
descubierto y todos los objetos mediante los cuales fue identificado, se
trasladaron a la biblioteca de la Catedral. Aunque generalmente se admite que
las reliquias son auténticas, existe aún otra tradición, según la cual los
restos de san Cutberto permanecen todavía enterrados en otra parte de la
Catedral, conocida únicamente por tres miembros de la congregación de los
benedictinos ingleses, quienes transmiten el secreto antes de morir.
Por lo general, se representa a san
Cutberto sosteniendo en sus manos la cabeza del rey Oswald. Este fue enterrado
con él y sus restos se encontraron cuando el ataúd del obispo fue abierto y
examinado en Durham, en 1104. Algunas veces, las compasivas nutrias aparecen a
sus pies, pero con mayor frecuencia se le representa acompañado de un pájaro,
que probablemente es una de las aves silvestres, conocidas como «pájaros de san
Cutberto», cuyas bandadas anidan en las islas Farne; se cuentan hermosas
leyendas acerca de la amistad del santo con estas criaturas a las que domesticó,
prometiéndoles que nunca serían inquietadas. Dos copias antiguas de los
Evangelios están especialmente relacionadas con el santo. Una de ellas es el
famoso Evangelio de Lindisfarne, del siglo VIII, depositado sobre la tumba de
san Cutberto por el amanuense que lo escribió, y que fue bellamente adornado
por san Wilfrido. Accidentalmente fueron arrojados al mar por los monjes que
los llevaban a Irlanda, pero las olas los devolvieron a la playa sin daño
alguno. Se encuentran ahora en el Museo Británico. La otra copia es el
Evangelio de san Juan, del siglo VII que fue enterrado con san Cutberto y es
una de las más estimadas posesiones del Colegio de Stonyhurst. El anillo del
santo está guardado en Ushaw. La vida de san Cutberto fue casi una oración
continua. Todo lo que veía le hablaba de Dios y su conversación versaba,
habitualmente, sobre cosas celestiales. Beda dice: «Estuvo inflamado por el
fuego de la divina caridad; consideraba equivalente a un acto de oración el
aconsejar y ayudar a los débiles, sabiendo que quien dijo 'Amarás al Señor tu
Dios', también agregó 'Amarás a tu prójimo como a ti mismo'». Como en muchas de
las diócesis inglesas del norte, la fiesta de este gran santo se celebra en
Saint Andrews y en Meath. En Hexham se celebra la fiesta de su traslado, el 4
de septiembre.
Nuestras fuentes de información, por lo
que se refiere a san Cutberto, gozan de excepcional autenticidad y confianza.
Ningún historiador medieval merece más respeto que Beda y, los detalles
suplementarios de fechas posteriores —especialmente en lo que se refiere a
traslados, etc., proporcionados por Simeón de Durham (sus obras completas han
sido editadas en las Rolls Series) y a los descubrimientos hechos cuando la
tumba fue abierta en 1827 (para lo cual véase Saint Cutbert (1828) de Raine,
autor a quien agradaban poco los monjes) —, confirman también las narraciones
primitivas. Gran parte de la información incidental, se encontrará en las notas
a la edición de Plummer de la Ecclesiastical History de Beda. Los aspectos
arqueológicos de la cuestión, pueden estudiarse en el catálogo de Haverfield y
del canónigo Greenwell, Inscribed Stones, etc. y en el Durham, vol. I, de la
Victoria County History. El relato irlandés de san Cutberto fue impreso en el
octavo volumen de las publicaciones de Surtees Society. La primera vida anónima
del santo, fue editada con la que escribió Beda, por Fr. Stevenson, quien
también imprimió una buena traducción inglesa (1887) de la vida de Beda. Existe
una biografía muy completa, escrita por C. Eyre (1849) que es sumamente útil
por sus planos y mapas; otra, escrita por el preboste Consitt (1887) y para
algunos milagros en Farne, véase Analecta Bollandiana, vol. LXX (1952), pp.
5-19. Véase también a Craster, en la English Historical Review, abril, 1954 (importante
por los traslados de las reliquias).
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
accedida 2028 veces
ingreso o última modificación relevante: ant 2012
Estas biografías de santo son propiedad de
El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino
que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía,
referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=937
San Vulframno de Sens, monje y obispo
fecha: 20 de marzo
n.: c. 640 - †: c. 700 - país: Francia
otras formas del nombre: Wulfram, Oufran, Eufran, Wulfrano
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
n.: c. 640 - †: c. 700 - país: Francia
otras formas del nombre: Wulfram, Oufran, Eufran, Wulfrano
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
En el monasterio de Fantenelle, en
Neustria, sepultura de san Vulframno, quien, siendo monje, fue elegido obispo
de Sens y se dedicó a evangelizar a los frisios. Finalmente, vuelto al citado
monasterio, descansó allí en la paz del Señor.

El padre de san Vulfrano fue un oficial
del rey Dagoberto y el mismo santo, aunque llamado desde muy joven al sacerdocio,
vivió en la corte. Cuando murió Lamberto, arzobispo de Sens, fue elegido
Vulfrano para sucederle, como 28º titular de la sede y desempeñó sus deberes
episcopales devotamente por dos años y medio. Al cabo de ese breve tiempo
renunció solemnemente, movido por el deseo de trabajar entre los paganos
frisios. Se ha llegado a conjeturar que hubiera abdicado atormentado por dudas
sobre la lgalidad de su designación, ya que por mucho tiempo se pensó que san Amado,
injustamente desterrado por Teodorico III, había sido obispo de Sens
(senonensis, sennensis), y que por tanto estaría aun vivo y sería el legítimo
titular cuando san Vulfrano fue designado; pero no pasa de ser una confusión
verbal, ya que en realidad san Amado fue obispo de Sion (sedunensis), en Suiza,
y su caso no tiene ninguna relación con la vida de san Vulfrano.
Como preparación para sus trabajos
misionales, Vulfrano se retiró a la abadía de Fontenelle y ahí obtuvo monjes
que lo ayudaron en su misión. Viajaron por mar y, después de desembarcar en
Frieslandia (actual provincia al norte de Países Bajos), tuvieron éxito al
convertir a gran número de gentes, incluyendo a uno de los hijos del rey
Radbod, y lucharon para arrancar a los nativos de la práctica de los
sacrificios humanos. En respuesta a las protestas de san Vulfrano, el rey
Dadbod declaró que era la costumbre del país, y que no podía ni quería
intervenir. Las prácticas habían llegado hasta el extremo de echar suertes
sobre la víctima, que generalmente era un niño de noble cuna. Un pequeño
llamado Ovon fue escogido en esta forma y san Vulfrano suplicó que fuera
perdonado. El rey respondió que Vulfrano estaba en libertad de rescatar al
niño, mediante el poder de su Dios, si acaso lo tenía. El santo se puso en
oración y, después de que el niño había sido colgado durante dos horas, la
cuerda se rompió y el chico cayó al suelo. Estaba todavía vivo y fue entregado
a Vulfrano, quien lo envió a Fontenelle, donde se hizo monje y sacerdote y,
posteriormente, escribió los detalles de la misión del santo en la tierra de
los frisios.
San Vulfrano, también de modo admirable,
rescató a dos niños que habían sido sumergidos en el agua, como víctimas
ofrecidas a la deidad marina. De acuerdo con un relato, que, sin embargo, no ha
sido encontrado en los primeros manuscritos de su vida, el rey Radbod se
impresionó tanto con los milagros del santo, que consintió en bautizarse. Pero
en el último momento preguntó, inesperadamente, dónde estaban sus antepasados y
san Vulfrano le informó que el infierno era el lugar de todos los idólatras. Al
oír estas palabras, Radbod se retractó, declarando que escogía el infierno con
sus antepasados en vez del cielo sin ellos. Después de trabajar por varios años
entre los frisios, san Vulfrano volvió a Fontenelle, donde murió. Sus reliquias
fueron trasladadas primero a Blandigny y después a Abbeville, donde son
veneradas aún.
La vida de san Vulfrano, escrita en latín
(impresa por Mabillón, vol. III, pt. I, y publicada en edición crítica por W.
Levison, en MGH., Scriptores Merov., vol. V), pretende estar escrita por Jonás,
monje de Fontenelle y contemporáneo del santo. A pesar de la defensa intentada
por el padre Legris (Analecta Bollandiana vol. XVII, pp. 265-306), parece
cierto que debe haber sido recopilada aproximadamente un siglo después (véase
Analecta Bollandiana, vol. XIX, p. 234; vol. XXIX, p. 450) y que no es
históricamente digna de fe. Existe una breve historia de san Vulfrano, en
inglés, escrita por W. Glaister y otra en francés, por Sauvage y La Vieille
(1876). Cf. Duchesne, Fastes Episcopaux, vol. II, p. 413. Basado en Thurston,
«Vidas de los Santos de Butler», cn algunos cambios en relación a san Amado.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
accedida 660 veces
ingreso o última modificación relevante: 19-3-2013
Estas biografías de santo son propiedad de
El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino
que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía,
referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=938
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