viernes, 17 de junio de 2016

Santos Nicandro y Marciano, mártires - San Hipacio, abad (17 de junio)

Santos Nicandro y Marciano, mártires

fecha: 17 de junio
†: c. 297 - país: Bulgaria
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

En Silistra, en Mesia, santos mártires Nicandro y Marciano, que, siendo soldados, rechazaron hacer ofrenda y sacrificar a los dioses, y por ello fueron condenados a la pena capital por el prefecto Máximo, en la persecución desencadenada bajo el emperador Diocleciano.
Hacía tiempo que Nicandro y Marciano prestaban sus servicios en el ejército romano, cuando se proclamaron los edictos contra los cristianos y, como ambos lo eran, renunciaron a la carrera militar. Su renuncia fue considerada como una deserción y, los dos soldados, perseguidos como criminales, fueron aprehendidos y llevados ante Máximo, el gobernador de la provincia. El magistrado les informó que había una orden imperial para que todos los ciudadanos ofreciesen sacrificios a los dioses. Nicandro repuso que semejante mandato no rezaba para los cristianos, quienes consideraban contrario a su ley renegar de su Dios inmortal para adorar figuras de piedra y de madera. Daría, la esposa de Nicandro, presente en el proceso, se dirigió a su esposo para alentarlo, pero Máximo la interrumpió bruscamente. «¡Calla, mujer malvada!, le dijo. ¿Por qué te empeñas en que muera tu marido?». «Yo no deseo su muerte, replicó Daría, sino que viva en Dios para que nunca muera». El magistrado desvirtuó el sentido de las palabras de la mujer e insinuó que, en realidad, Daría buscaba la manera de deshacerse de Nicandro para tomar otro marido. «Si eso es lo que sospechas, dijo indignada; manda que me maten a mí primero».
A Máximo le pareció inútil prolongar la discusión con la apasionada Daría, le ordenó que callase y se dirigió a Nicandro: «Tómate el tiempo necesario para deliberar contigo mismo, le dijo, si prefieres vivir o morir». «Ya tengo tomada mi decisión, respondió Nicandro: estoy cierto de que mi salvación es lo primero». El juez comprendió que había decidido salvar la vida y estaba dispuesto a ofrecer sacrificios a los dioses, pero no tardó en desengañarlo el reo, quien comenzó a orar en voz alta y expresó su alegría ante la perspectiva de morir y librarse para siempre de los peligros y tentaciones de este mundo. «¿Qué estás diciendo?, inquirió el gobernador. ¿Hace apenas unos instantes querías vivir y ahora pides la muerte?». Nicandro replicó inmediatamente: «Deseo la vida que es inmortal, no la pasajera existencia en este mundo. A ti te entrego voluntariamente mi cuerpo; haz con él lo que te plazca. ¡Soy cristiano!». «¿Y qué dices tú a todo esto, Marciano?», inquirió el juez dirigiéndose al otro acusado. Marciano declaró que su opinión era enteramente igual a la de su compañero. Entonces Máximo, exasperado, mandó que los dos reos fuesen arrojados a un calabozo y suspendió la sesión.
Veinte días pasaron los dos soldados en un agujero estrecho sin aire ni luz, del que fueron sacados para comparecer de nuevo ante el gobernador. Este les preguntó si ya estaban dispuestos a obedecer el edicto del emperador y Marciano se encargó de responderle: «Nada de lo que puedas decir hará que abandonemos nuestra religión o neguemos a Dios. Por la fe le tenemos presente ante nosotros y sabemos que nos llama a Sí. Te suplicamos que no nos detengas por más tiempo y que nos mandes rápidamente a Aquel que fue crucificado, al que tú no conoces, puesto que te atreves a blasfemar de Su nombre; pero al que nosotros honramos y adoramos». El gobernador declaró que estaba obligado a obedecer las órdenes del emperador y pidió disculpas a los reos por tener que condenarles a morir decapitados. Los mártires expresaron su gratitud con estas palabras: «La paz sea contigo, juez clemente».
Marcharon alegremente al lugar de la ejecución; entonando a coro alabanzas al Señor. Detrás del cortejo iba Daría, la esposa de Nicandro y el hijo pequeño de éste en los brazos de Papiniano, hermano del mártir san Pasicrates. También la esposa de Marciano seguía al cortejo, pero ella no mantenía la misma serenidad de los demás, antes bien gemía y se mesaba los cabellos con desesperación. Ya para entonces, había hecho todo lo posible para apartar a Marciano de su resolución; sobre todo, había tratado de conmoverle por medio del cariño al hijo pequeño que iba a dejar desamparado. En el lugar de la ejecución, Marciano tomó en brazos a su hijo, lo besó con ternura y clamó, con los ojos levantados al cielo: «¡Señor mío, todopoderoso; toma Tú a este niño bajo tu protección!» Después lo entregó a su esposa y, como un reproche por su falta de fe, le pidió que se alejara pronto de ahí, porque seguramente no podría soportar verle morir. La esposa de Nicandro, en cambio, no se apartaba de su lado y le exhortaba de continuo a conservar su entereza y su alegría frente a la muerte. «Manten fuerte tu corazón, mi señor, le decía. Yo he vivido diez años en la casa sin tenerte conmigo y nunca dejé de orar para que se me concediera la dicha de verte de nuevo. Ahora tengo ese consuelo: estoy al lado tuyo en el camino a la gloria y seré la esposa de un mártir. Entrega a Dios, como se debe, tu testimonio de la Verdad, a fin de que también a mí me libre de la muerte eterna». Se apartó de él con una última súplica para que sus sufrimientos y sus plegarias sirviesen al propósito de obtener para ella la misericordia divina. El verdugo cubrió los ojos de los dos reos arrodillados y, con certeros golpes de su espada, les cortó la cabeza. Era un 17 de junio, según se afirma en las «actas» de estos mártires.
Ruinart, en su clasificación de las actas de los mártires (1689) consideró este relato como «acta sincera», es decir, verídica. Siguiendo esta opinión, el Butler original (1759) aceptó la veracidad fundamental de los hechos. Sin embargo, la opini´ço a lo largo del tiempo ha ido variando. Esto señala el Butler-Guinea (es decir, la revisión de la primera mitad del siglo XX): «El intento de desacreditar esta narración tan natural y tan sobria, podría parecer la acción de algún apasionado iconoclasta, pero el caso es que entre los numerosos relatos diferentes sobre el mismo episodio, no hay el más mínimo acuerdo en cuanto al sitio donde tuvo lugar el martirio, en cuanto a los nombres de los ejecutados (puesto que Nicandro y Marciano se hallan colocados a menudo junto con otros mártires) y en cuanto a la fecha en que se les conmemora. Nadie ha dudado jamás de que las «actas» tienen algún fundamento histórico, ni de que hayan existido realmente Nicandro y Marciano; pero hay cuatro regiones distintas en diversos países que reclaman la gloria de haber sido el escenario de su martirio: Durostorum, en Moesia o sea Bulgaria; Tomi o Constanza, en lo que hoy es Rumania; Alejandría, en Egipto; y Vanafro, en Italia, donde todavía se veneran sus supuestas reliquias. El padre Delehaye, bolandista, comparte la creencia de que los santos fueron martizados en Durostorum. En su opinión, el culto de Nicandro y Marciano fue importado a Italia; respecto a la inclusión de esos nombres en la lista de mártires de Egipto en el Hieronymianum, Delehaye sugiere que algún copista descuidado, que conocía la historia de los dos mártires de Durostorum, leyó el nombre de Marciano, lo asoció en su mente con el de Nicandro y escribió juntos los dos apelativos, aunque no se tratase de los mismos personajes.»
Debe tenerse presente que en el calendario romano anterior, en esta fecha se celebraban a Nicandro y Marciano, mártires en Venafro -que es una de las cuatro variantes de las Actas- mientras que en el Martirologio Romano actual, se ha aceptado la versión leída por Delehaye, que sitúa esta historia en Dorostorum (actual Silistra), en la Bulgaria de hoy. El martoirologio recuerda tambiéjn el 5 de junio a otros mártires de Egipto que podían considerarse duplicados -los santos Marciano, Nicandro y compañeros-, pero el modo de su muerte es completamente distinto al narrado aquí. En suma: luego de las correcciones introducidas por Delehaye, no hay motivo para mantener la sospecha que tendía la edición Butler-Guinea sobre unas actas que parecen fundamentalmente históricas.
La pasión de la que Alban Butler tomó su relato, se halla impresa en el Acta Sincera de Ruinart. Hay otra versión en latín y griego en el Acta Sanctorum, junio, vol. IV y otra más en el vol. I. Ver Delehaye en Analecta Bollandiana, vol. XXXI (1912), pp. 268-272 y vol. XI (1922), pp. 54-60; sus Origines du cuite des Martyrs, pp. 249-250, etc.
N.ETF: la fuente de este artículo es, como lo indico abajo, el Butler-Guinea, sin embargo, es obvio que algunos párrafos no pertenecen a esa edición, puesto que hablo acerca de ella: son los marcados en cursiva, lo demás ha sido extraido literalmente. Naturalmente, la diócesis de Venafro (hoy Isernia-Venafro) no ha renunciado a la versión italiana de la historia, en la que también recibe el martirio Daría, la esposa, como puede verse en el mosaico que reproducimos. La historia tal cual la cuentan en Italia, incluido un «líquido misterioso» que mana del sepulcro de los mártires en ciertas circunstancias litúrgicas, puede leerse aquí (en italiano).
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=2048



San Hipacio, abad

fecha: 17 de junio
†: 446 - país: Turquía
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

En Bitinia, san Hipacio, hegúmeno del monasterio de los Rufinos, el cual, con una vida austera y duros ayunos, enseñó a sus discípulos la perfecta obediencia a la observancia monástica, y a los seglares el verdadero temor de Dios.
En el suburbio de Calcedonia llamado La Encina que dio su nombre al infame seudo-sínodo que condenó a san Juan Crisóstomo, cierto funcionario consular cuyo nombre era Rufino, construyó una iglesia dedicada a San Pedro y San Pablo, junto con un monasterio adyacente. La comunidad que vivió ahí y atendió la iglesia, tuvo su época de prosperidad, pero a la muerte del fundador los monjes se dispersaron, el convento y la iglesia quedaron abandonados y muy pronto adquirieron la reputación de que albergaban fantasmas y ánimas en pena. Como nadie se atrevía a penetrar ahí, los edificios quedaron abandonados durante años, hasta que un santo asceta llamado Hipacio, y sus dos compañeros, Timoteo y Mosquion, se decidieron a ocuparlos, luego de haber recorrido la Bitinia en busca de un sitio a donde retirarse. Llevaban poco tiempo de habitar entre las ruinas, cuando comenzaron a llegar los discípulos y muy pronto se reunió una gran comunidad que reparó los daños del tiempo en la iglesia y el monasterio. Hipacio gobernó el convento durante muchos años y, después de su muerte, el lugar tomó su nombre.
La vida de san Hipacio ha llegado hasta nosotros en la forma de una biografía escrita por Callinico, uno de los monjes que, en su deseo por glorificar al abad, con frecuencia da rienda suelta a su imaginación o a su credulidad. De acuerdo con el biógrafo, san Hipacio nació en Frigia y fue educado por su padre, un hombre culto y estudioso que tenía la ambición de que su hijo siguiese sus pasos. Sin embargo, Hipacio se inclinó siempre hacia la vida religiosa. A la edad de dieciocho años, tras una despiadada paliza que le propinó su padre, escapó de la casa y, a impulsos de una admonición sobrenatural, se dirigió hacia la Tracia. Ahí trabajó como pastor durante un tiempo bastante largo. Un sacerdote que le oyó cantar, se interesó por él y le enseñó el Salterio y los cánticos. Tal vez por consejo de aquel sacerdote, Hipacio se unió a un solitario, un antiguo soldado llamado Jonás, con quien vivió entregado a la oración y una penitencia tan rigurosa, que, según cuenta la leyenda, ambos se abstenían de comer o de beber, a veces, durante cuarenta días consecutivos. Por fin, un día, el padre de Hipacio descubrió el escondite de su hijo y hubo una patética reconciliación. Posteriormente, Hipacio y Jonás se trasladaron a Constantinopla, donde éste último se quedó a vivir. Hipacio cruzó los estrechos para ir al Asia Menor otra vez e, instalado en las ruinas del monasterio de Rufino, emprendió una misión para revivir la práctica de la religión. Cuando llegó a gobernar a una gran comunidad de monjes, se constituyó en un paladín de la ortodoxia. Aun antes de que los errores de Nestorio fuesen condenados por la Iglesia, el abad hizo que se borrara el nombre del jerarca de los libros oficiales de su iglesia, a pesar de las protestas del obispo Eulalio de Calcedonia. Cuando san Alejandro Akimetes y sus monjes huyeron de Constantinopla a Bitinia, fue Hipacio quien les dio hospitalidad generosa en su monasterio. Asimismo, cuando estaban a punto de realizarse los proyectos para reanudar los Juegos Olímpicos en Calcedonia sin ninguna oposición por parte del obispo Eulalio, la vehemencia con que Hipacio declaró que él y sus monjes perderían la vida antes que permitir el restablecimiento de semejantes prácticas paganas, acabó por deshacer los planes.
Debemos decir que los comentaristas y los críticos ponen en tela de juicio la autenticidad histórica de estos relatos. Incluso se duda de la existencia de Eulalio, puesto que no se ha podido encontrar ningún registro sobre ese obispo de Calcedonia; su nombre no aparece entre los signatarios del Concilio de Efeso, en 431, ni en los del «Concilio del Latrocinium», en 449. Aunque por otra parte es cierto que, en el año 451, hubo un Eleuterio, obispo de Calcedonia, que podría ser el nombrado aquí. San Hipacio, apodado «el estudioso de Cristo», se hizo famoso por sus supuestos milagros y profecías. Al parecer, murió a mediados del siglo quinto, a la edad de ochenta años.
La extensa biografía escrita por Callinico, en griego, se imprimió en el Acta Sanctorum, junio, vol. IV, pero desgraciadamente, el texto se encuentra incompleto. Los discípulos de H. Usener hicieron una edición crítica (1895) de otro manuscrito completo.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=2050

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