La parte de mi muerte y la parte de mi vida
(mi reflexión otoñal sobre el próximo)
Este mendigo era muy útil, él siempre sabía cuando se alejaban los guardias del campo y se podría robar las fresas en el koljoz de Lenin sin peligro de ser pillados. Éramos una tropa criminal de diez-once años: alguien quería traer las fresas caras a su mama, alguien las quería vender en el mercado para ahorrar para su primera bici, muchos iban simplemente de compañía, porque era divertido y de aventura. Yo no tenía ninguno de estos objetivos. Me gustaba el mendigo tío Basilio, casi ciego, en harapos y siempre en la continua conversación con los perros del cementerio cercano. En su pierna hinchada él ponía unas hojas de hierba: “Con tus cremas se me pega todo el mosquita y esto cura el hinchazón y ya está”.
Está claro que casa él no tenía, su única hija estaba en la cárcel: “¡Ven aquí, perrita! ¡Anda, Redonda!”, - llamaba él a la perra del cementerio. “¿Se llama Redonda?” – “Vivo como Adán y doy nombres a mis animales. Aquí todos los nombres los doy yo, soy el único hombre”. “¿Por qué su hija está en el cárcel?” – “Por tontería, no es mala chica. Esto poco importa cuando no tienes para un abogado”. Le gustaba el vino dulce, no le daba tanto ardor al estomago, y siendo algo ebrio él cantaba las canciones que eran solamente suyas e irrepetibles: “¡Corra perra como tiempo y yo bebo muy
contento!”.
No le encontramos una vez, el funcionario del cementerio dijo: “Murió el viejo silenciosamente, como sus perros, y ahora esta cementado en una tumba común. ¡Que busque quien quiera!”. “Tenía una hija, pero no sabemos su apellido”. Y en este momento el hombre que parecía tan seco y tan indiferente pronunció algo que me pareció hasta más importante que el hecho de la propia muerte: “Dios sabe todo sobre él y tú piensa que sabrá sobre ti”. Sabe todo sobre una mujer en prisión, vino dulce, una perrita apegada a la pierna hinchada. Nada no se cambió notablemente en este mundo, pero Él sabe todo.
“Amar al próximo es desearle bien”. Una frase seca, algo en el estilo: “¡Uniros los pobres de todas las naciones!”. ¡Ahora, aquí mismo y corriendo! Yo le solía escuchar, contar sobre mi cole y a veces traía el vino dulce, mis padres no controlaban estrictamente el contenido de su bufet. Basilio bebía y hablaba con los perros, de la gente que se metía con él en el estilo “hay que vivir digno” él se escapaba en su chabola entre los arbustos, pidiendo dar un silbato “cuando se apartara el idiota, cuyo nombre tiene el koljoz”.
“¿Y le enterraron en este gorro con el oso olímpico y en la camiseta azul con las manchas de lejía?” – “No lo sé, no soy su amigo como tú. El cementerio es gigante, mira una fresca tumba común detrás del enterramiento musulmán numero 227. Si compras flores, es que tienes una cara boba, rompa a todos los troncos, porque los van a robar” – “¿Por qué piensa Usted que yo soy su amiga?” – “Tú sabes en que ropa le enterraron”. Yo nunca encontré a esta tumba en el gigantesco cementerio. Ya me había perdido, empezó a anochecer y una viuda me ayudo a salir hacia la estación del bus.
Amistad, amor, próximos no son unas palabras en una frase abstracta, sino este dolor de las detalles, de la realidad que forma la parte de nuestra vida y ya estamos heridos por ella.
Si uno no está herido, no ama. Si nunca no sientes a este sufrimiento del otro destino, no amas. Para amar hay que estar herido. Otra persona con su nombre, mundo, destino, con una realidad independiente de la nuestra y unida en el mismo momento con nosotros es el objetivo de amor. Un próximo abstracto no existe, como no existe un soldado en las filas de la guerra sin padre, madre, nombre y un pueblo natal. No existe este “otro” ni como un instrumento, ni como un material para trasformaciones. Sienta este viejo Adán bajo el cielo estrellado y da los nombres a los perros del cementerio. “En lugar de sentar aquí podría ayudar a construir comunismo, vender los vehículos Volvo o cantar salmos en la iglesia cercana”. Pero es él quien decide donde debe estar. “¡Qué más da, si Dios ve a todos en todas las partes!”.
Quizá porque me habían creado en el mundo de un colectivismo agresivo, mi amor al próximo es siempre individual, igual que mi antipatía hacia él y la existencia de ella yo reconozco con facilidad. “Yo amo a todos y tu eres tan buena, solo debes hacer algo para ser totalmente perfecta”. Como decía mi mendigo: “Estirar la lengua es más fácil que llevar los talegos con patata”, - y guiñaba al único ojo bajo su gorra con el osito Micha Olímpico. En general, acercándose a la otra persona, a su espacio íntimo, no la puedes no amar en el sentido de compadecer, porque ella está desnuda ante ti en su debilidad, miedo, con sus penas y dolores, con los paños de su casa y con la vajilla rota tras el último escándalo.
Un “otro” abstracto es una creación artificial basada en nuestras propias proyecciones que suponen en lo que uno debe ser parecido. Ante nuestra bondad y sabiduría este “otro” solo debe ser dócil, agradecido, aceptar todo el bien que nosotros preparamos para él y ver la vida desde la nuestra perspectiva. A otro absoluto se puede decir: “Tu hijo está muy bien sin ti”, pero esto no se puede decir a ningún padre o a ninguna madre normales. Con el otro absoluto uno pierde la realidad absolutamente. Otro abstracto (de pateras y migraciones) debe estar aceptado y amado, pero también existe otro real que hace volar a las salas de conciertos y a los aeropuertos. ¿Yo digo algo horrible? ¿Entonces, hay “otros” buenos y “otros” malos? ¿Quién nos va a servir de medida y ejemplo? Un viejo mendigo escapaba de los discursos éticos, escondiéndose en su casita de cartón. Parece que la otra gente tampoco es un mero material para nuestra creación, sino son los iguales hijos de Adán que nosotros. Y ellos ya dieron sus propios nombres a este mundo.
“Nos luchamos por la dignidad humana”. Por esto no se puede luchar, esto ya está dado a todos en la encarnación del Hijo del Hombre. No existe ni más altura, ni más dignidad que ser adoptados por el Señor. Podemos luchar por el aumento de sueldo o la reducción de la jornada de trabajo, por las guarderías baratas o por la libertad de la expresión. Pero todos nosotros, los que vivimos en chabolas y palacios, en residenciales y barrios bajeros, ya tenemos a nuestra alta e inalienable dignidad. Para privarnos de ella hay que matar al Cristo y esto es imposible. Las nociones éticas cambian cada medio siglo. “El hombre es la medida de todo y lo más importante”. Podemos recordar como en las distintas circunstancias este hombre se hacía importante precisamente negando a su propia importancia. En esta situación conocida donde el Creador del mundo muere como un siervo y esclavo.
¿Podría llamar a las legiones de ángeles en su ayuda? Sí, pero esto ya sería un ataque de la eternidad contra el tiempo. El Reino debe crecer aceptado libremente, el uso del poder del milagro es la ausencia del respeto hacia el albedrío humano, hacia la libertad de la persona y asimismo es la caída bajo la segunda tentación en el desierto. Precisamente ahí cae todo el que ataca a la libertad de la decisión humana. Cristo nos salvó como somos, como a los “que no saben los que hacen”. Y subió al cielo, rodeando de los nombre reales: “Tú eres Pedro”. Solo en un Pedro concreto puede ser construida la Iglesia que es una realidad absoluta y no tiene nada de abstracto.
“Tu eres el mendigo de cementerio y solo yo recuerdo tu apellido”. ¿Qué vamos a decir ante el Rostro del Señor? ¿Unas frases rimbombantes sobre nuestra santidad? Usted va a atragantarse. Vamos a contar estos detalles: sobre una camiseta con las manchas de lejía, sobre los últimos libros que leía la persona querida, sobre estas dos cucharas de azúcar que ella siempre ponía en su pequeña taza de café, sobre las citas subrayadas en un libro, sobre una melodía que soñaba cerca del campo de las fresas: “¡Corre el tiempo pronto, anda bien mi Redonda!”. Y te preguntará un Señor-Esclavo: “Luchabas mucho para llevarle a tu verdad. ¿En qué ropa le han enterrado?” – “Esto no es tan importante, porque yo luchaba por los sublimes valores éticos” – “Es que la tierra y el mar ya están devolviendo a los muertos. Hay muchos. ¿Cómo le vas a encontrar entre la multitud, si no recuerdas ni el color de su camisa? ¿De verdad te importaba en él algo aparte de la lucha?”.
La cruz del hierro debería estar en los pies de la tumba de mi abuela, así lo pedía, para tener más comodidad para levantarse a la superficie cuando sonará la trompeta del ángel. “Y del hierro para que no me falle”. Todos vamos a levantarnos agarrados por la cruz, resbalando en el barro de nuestras opiniones, visiones, consideraciones, iluminaciones. Solo la cruz seguirá firme. En las tumbas comunes no hay cruces, pero unos van a ayudar a los otros. Y el viejo mendigo resucitará como era, con su grueso cuerpo, camiseta y el gorro de niño. ¿Cómo esto es posible? Pues crear al mundo con el primer mendigo que daba los nombres a los animales en el Paraíso tampoco era fácil.
Y en este mundo temporal la parte de mi vida había sido vivida junto a él y algo en mi murió con él.
Como en este poema de Jaime Gil de Biedma sobre la conversación con una persona muerta que dio el nombre a esta reflexión:
¿Qué daño me recuerda tu sonrisa?
¿Y cuál dureza mía esta en tus ojos?
¿Me tranquilizas porque estuve cerca
de ti en algún momento?
La parte de tu muerte que me doy,
la parte de tu muerte que yo puse
de mi cosecha, cómo poder pagártela…
Ni la parte de vida que tuvimos juntos.
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