sábado, 8 de junio de 2019

Domingo de Pentecostés en el Ciclo C (09.06.2019): Juan 20,19-23 y “Todo cuanto deseas que te hagan, házselo a los demás” (Mateo 7,12) (Domingo 28º de Mateo (09.06.2019): Mateo 15,21-39).


Leyente que continúas una semana más ayudándome a escribir y a vivir, un millón de gracias. 
Creo que esto es uno de los dones del Espíritu. 
Tú y yo respiramos a cada instante y ese aire se nos cuela dentro como la mejor de las medicinas de la vida. 
Esta naturaleza de la que estamos hechos nos enseñó a respirar en la primera de las tareas que todos y cada uno hicimos nada más nacer.

Ni tú ni yo ni nadie creo que tengamos consciencia de ese primer máster de nuestra vida y que lo aprobamos sin haber estudiado lo más mínimo. Nacimos y respiramos. Quien dice de alguien que nace y no respira, en realidad, ese alguien no ha nacido nunca.

El aire es la vida. O, ¿la vida está en el aire? Lo que sí es más constatable en la reflexión de unos y de otros pueblos es que la palabra 'aire' y la palabra 'espíritu' son una  misma realidad.
El domingo día 9 de junio me voy a dedicar a ser consciente de que respiro. Le voy a dedicar muchas horas a esa tarea de respirar y a esa tarea de ser consciente. 
Nunca he sabido qué es el aire ni quien lo fabrica, elabora, produce, distribuye... Siempre hay aire y para todos. En abundancia. Y, por ahora y que todos me entiendan bien, nadie pagamos un céntimo por el aire... No sé si después de la meditación contemplativa del próximo domingo llegaré a alguna conclusión sobre el aire...

Seguro que me atreveré a pensar en la fiesta de Pentecostés como la fiesta del aire. El gran don de la vida es el aire. O a la inversa. El gran don del aire es la vida. La realidad de esta fiesta del aire, ¿tiene alguna relación con eso que se dice que se celebra dentro de la iglesia de los seguidores de Jesús en el sacramento de la Confirmación? Me parece que no... Tal vez alguna lejanísima brizna de semejanza habrá. Tal vez, me digo... 

Pentecostés... El aire. El espíritu. La vida de toda nuestra humana materialidad. 
Sin 'aire' todo se enrarece, se acaba y se muere. En poquito tiempo. ¿En un par de centenares de segundos...? 
¡Qué fuerza tiene el aire!  Y eso que no se le suele ver... El aire...El don de Pentecostés es el aire. Y, ¿lo es también el de la Confirmación?

Quizá, pero creo, más bien, que el don de la Confirmación es la desobediencia. Pienso en la Confirmación como la opción de haber escogido ser Jesús de Nazaret de forma consciente a esa edad en la que ya una persona tiene su carnet de identidad... Y ser como Jesús de Nazaret es ser 'desobediente'. Así vivió de su consciencia de los doce años cuando ya escogió perderse en el templo y dejar que sus padres se volvieran a casa sin él. Y por haber vivido así de 'desobediente', las autoridades de la religión y de la política de su tiempo se 'pactaron' para matarlo y así lo hicieron y sin mancharse las manos. Si no hubiera sido 'desobediente'...

Que podamos acertar a saborear los textos del Evangelio y, un poco también, este par de sus comentarios que siguen a continuación. 
Y también en el archivo adjunto.
Hasta la próxima fiesta de nuestra Iglesia...

  
Domingo de Pentecostés en el Ciclo C (09.06.2019): Juan 20,19-23
Medito y escribo CONTIGO: 

El pasado día 28 de abril, uno de los domingos de pascua en la iglesia, se nos leyó el relato del Evangelio que se nos leerá este domingo día 9 de junio y fiesta de Pentecostés. Me atrevo a transcribir completo el texto.

“Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se  llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Juan 20,19-23).

He realzado en negrita unas palabras nada más, las que se refieren explícitamente al Espíritu Santo. ¿Es ésta la causa y razón del porqué la autoridad vaticana experta en liturgia nos invita a una nueva meditación de este mensaje del Evangelista Juan? En el comentario del recordado domingo del mes de abril ya indicaba algunas respuestas a esta pregunta. Sin embargo, las razones verdaderas por las que se nos lee de nuevo el mismo relato no se nos desvelarán jamás a las personas de a pie como lo somos tú, que me lees, y yo, que te escribo.

Voy a recordar una vez más que se nos dijo en los inicios de este año eclesiástico, llamado Ciclo C, que leeríamos el Evangelio de Lucas, el tercero de los Evangelios Sinópticos y que yo seguiré llamando siempre ‘el del toro’. Me niego  a creer que en la obra escrita de Lucas no existan unas palabras de este Evangelista sobre el Espíritu Santo.

Diré un dato más, no de mi cosecha, sino de la investigación de los estudiosos que son una inmensidad y que afirman que este Evangelio de Lucas es el ‘Evangelio del Espíritu’. Sueño con la llegada de ese año de la buena noticia en la que se nos leerá en la liturgia de sus cincuenta y dos domingos de un año eclesiástico todo el Evangelio de Lucas desde el comienzo hasta su final. Todo. Completo. Por su orden. De principio a fin.

Sospecho en mis adentros que con el mensaje de este relato de Juan se quiere fundamentar la institucionalización del sacramento del perdón de los pecados o sacramento de la penitencia, de la absolución o reconciliación. Un sacramento que solo pueden realizar los ministros ordenados como sacerdotes y ninguna otra persona. Se apoyarán para afirmar esto tan explícitamente en este mismo relato en donde se afirma que estaban en aquella casa de la aparición del resucitado a ‘los discípulos’. ¿Sólo ellos? ¿Dónde se había quedado en aquella tarde del primer día María Magdalena, por ejemplo? ¿Y las demás mujeres no estaban allí?

¡Qué tendenciosamente interpretó Trento este relato de Juan! ¿Tan blasfemo es pensar, desde la más sana investigación bíblica, que Trento se equivocó y que no es sostenible su postura sobre esta institucionalización del sacramento de la reconciliación por parte de Jesús? Creo que la fuerza humanizadora del perdón la regaló el espíritu de la vida a todo ser que respira.
Carmelo Bueno Heras
    
Domingo 28º de Mateo (09.06.2019): Mateo 15,21-39.
“Todo cuanto deseas que te hagan, házselo a los demás” (Mateo 7,12)

El Jesús de Nazaret del Evangelio de Mateo se está despidiendo de su tarea evangelizadora por la región de Galilea. Todo lector que llegó hasta aquí sabe que esta tarea había comenzado en Mateo 4,12: “Al oír Jesús que Juan había sido encarcelado, regresó a Galilea”. En cuanto este Jesús y sus seguidores lleguen a Cesarea de Filipo se habrá acabado la evangelización en estas tierras del norte de Israel (Mt 16,13). Aquí, se abrirá otra página en la ‘biografía’ de su Jesús.

En esta narración de Mateo 15,21-39 encuentra el lector tres acciones en las que se siembra la buena noticia del Evangelio de Jesús y que es su misma y propia persona. La primera acción (Mt 15,21-28) tiene lugar fuera de las fronteras de la tierra judía. A esa tierra, explícitamente, decide ir Jesús y sus discípulos le siguen (todas y todos). Éstos tienen aún mucho que aprender.

Jesús... se retiró al país de Tiro y Sidón. Y hubo una mujer cananea de aquella región... Hijo de David, ten compasión... Qué grande es tu fe, mujer. Que se cumpla lo que deseas”. Cuando el pueblo de Israel salió de Egipto soñaba con llegar a la tierra de Canaán y vivir ahí en la seguridad de la libertad, como se lo había asegurado su Yavé Dios.

Pero este sueño no llegó a ser realidad más que con David, el rey que expulsó definitivamente a todos los cananeos de sus tierras para establecer en ellas la independencia de Israel. Esta síntesis de dos líneas es el contexto de la historia en la que se encuentran, después de siglos, un nuevo judío y una nueva mujer cananea. Se encuentran y se reconocen. Y deciden dejar de ser enemigos y comenzar a ser ‘humanos’, personas, cercanos.  Ni amos, ni perros... Humanos.
Tanto en la historia como en la naturaleza no suele haber milagros del cielo, sino procesos.

La segunda acción (Mt 15,29-31) tiene lugar, de nuevo en la orilla del lago de Galilea. Dice el narrador que “Jesús subió al monte y se sentó” (Mt 15,29). Y no dejo de recordar cómo contó este Evangelista los comienzos evangelizadores de su Jesús en aquel ‘primer discurso de las bienaventuranzas del monte’. De nuevo ahora, el mismo mensaje compartido y hecho experiencia de vida: los mudos hablan, los cojos andan, los ciegos ven, lo sordos oyen... Este Jesús de Nazaret no fue ninguna milagrosa seguridad social gratuita. ¿No enseñó a pensar y a creer y a decidir...? Estos sí que son los caminos de los milagros entre los humanos.

La tercera acción (Mt 15,32-39), en este ámbito en el que nos ha situado el Evangelista, es la nueva ‘multiplicación de los panes y peces’ para los cerca de cuatro mil varones y adultos, porque no se contaron ‘las mujeres y los niños’, que seguramente que los había y que también participaron de aquella mesa abundante y compartida. Nadie que lea esto olvidará aquel ‘dadles vosotros de comer’ de la primera multiplicación del pan (Mt 14,13-23). ¿El ánimo de lucro de unos pocos se ha convertido en generoso reparto de beneficios para todas y todos?

Me encanta detenerme en el final de este inmenso milagro de la multiplicación de la felicidad de los humanos que nos está contando Mateo a propósito del Jesús de Nazaret en quien cree: “Despidió a la gente, se embarcó y llegó a la comarca de Magadán” (Mt 15,39). Desde ayer y ahí, nadie sabe ni se ha encontrado rastro alguno de esta Magadán. ¿Está dentro de cada uno?
Carmelo Bueno Heras

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