San Benito de Nursia, abad
fecha: 21 de marzo
n.: c. 480 - †: 547 - país: Italia
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
n.: c. 480 - †: 547 - país: Italia
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
En Montecasino, muerte de san Benito,
abad, cuya memoria se celebra el día once de julio.
patronazgo: patrono de Occidente y de Europa,
de los estudiantes y maestros, de los mineros, espeleólogos y calderero, de los
moribundos; protector contra la peste, la fiebre, las inflamaciones renales y
biliares, las intoxicaciones y para invocar contra la brujería.
tradiciones, refranes,
devociones: Por san Benito cada cuquelo no seu penido (gallego: por san Benito,
cada cuco en su peña); la versión castellana de este refrán hace referencia a
san Benito de Palermo (4/4), no al de Nursia, sin embargo es posible que el
castellano sea una adaptación posterior a la reforma gregoriana del calendario.
refieren a este santo: San Benito de
Nursia, San Germán de
Capua, San Juan Casiano, San Sabino de
Canosa
oración:
Señor, Dios nuestro,
que hiciste del abad san Benito un esclarecido maestro en la escuela del divino
servicio, concédenos, por su intercesión, que, prefiriendo tu amor a todas las
cosas, avancemos por la senda de tus mandamientos con libertad de corazón. Por
nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del
Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica)
Habitualmente en este santoral
hagiográfico de ETF, cuando se da el caso de que un santo es evocado en dos
fechas distintas, la de su paso al cielo y la de su memoria litúrgica,
repetimos en las dos la misma hagiografía; sin embargo en el de san Benito,
siendo difícil resistirse a la delicia del texto de san Gregorio Magno, nuestra
mayor autoridad sobre la vida de san Benito, y a la vez al modo de elaborar la
hagiografía que tiene el «Butler» de Thurston, hemos dejado el texto de san
Gregorio en la fecha de la memoria
litúrgica, y ésta del Butler, en la fecha del paso al cielo, por
tanto se trata de dos hagiografías distintas, aunque las dos, naturalmente, muy
relacionadas, ya que en definitiva el Butler bebe de la fuente gregoriana.

Si atendemos a la enorme influencia
ejercida en Europa por los seguidores de san Benito, es desalentador comprobar
que no tenemos biografías contemporáneas del gran legislador, padre del
monasticismo occidental; porque san Benito, se ha dicho, «es una figura difusa
y los hechos de su vida se nos han entregado en una envoltura que en vez de
revelar, oscurece su personalidad». Lo poco que conocemos acerca de sus
primeros años, proviene de los «Diálogos» de san Gregorio, quien no proporciona
una historia completa, sino solamente una serie de escenas para ilustrar los
milagrosos incidentes de su carrera.
Benito fue de noble alcurnia, nació y
creció en el antiguo pueblo de Sabino en Norcia. De su hermana gemela,
Escolástica, leemos que desde su infancia se había consagrado a Dios, pero no
volvemos a saber nada de ella hasta el final de la vida de su hermano. Él fue
enviado a Roma para su «educación liberal» [es decir el estudio de la
gramática, la dialéctica, la retórica, etc], acompañado de una «nodriza», que
habría de ser, probablemente, su ama de casa. Tenía entonces entre 13 y 15
años, o quizá un poco más. Invadido por los paganos de las tribus arias, el
mundo civilizado parecía declinar rápidamente hacia la barbarie, durante los
últimos años del siglo V: la Iglesia estaba agrietada por los cismas, ciudades
y países desolados por la guerra y el pillaje, vergonzosos pecados campeaban
tanto entre cristianos como entre gentiles y se ha hecho notar que no existía
un solo soberano o legislador que no fuera ateo, pagano o hereje. En las
escuelas y en los colegios, los jóvenes imitaban los vicios de sus mayores y
Benito, asqueado por la vida licenciosa de sus compañeros y temiendo llegar a
contaminarse con su ejemplo, decidió abandonar Roma. Se fugó, sin que nadie lo
supiera, excepto su nodriza, que lo acompañó. Existe una considerable
diferencia de opinión en lo que respecta a la edad en que abandonó la ciudad,
pero puede haber sido aproximadamente a los veinte años. Se dirigieron al
poblado de Enfide, en las montañas, a treinta millas de Roma. No sabemos cuánto
duró su estancia, pero fue suficiente para capacitarlo a determinar su
siguiente paso. Pronto se dio cuenta de que no era suficiente haberse retirado
de las tentaciones de Roma; Dios lo llamaba para ser un ermitaño y para
abandonar el mundo y, en el pueblo lo mismo que en la ciudad, el joven no podía
llevar una vida escondida, especialmente después de haber restaurado
milagrosamente un objeto de barro que su nodriza había pedido prestado y
accidentalmente roto.
En busca de completa soledad, Benito
partió una vez más, solo, para remontar las colinas hasta que llegó a un lugar
conocido como Subiaco (llamado así por el lago artificial formado en tiempos de
Claudio, gracias a la represión de las aguas del Anio). En esta región rocosa y
agreste se encontró con un monje llamado Romano, al que abrió su corazón,
explicándole su intención de llevar la vida de un ermitaño. Romano mismo vivía
en un monasterio a corta distancia de ahí; con gran celo sirvió al joven,
vistiéndolo con un hábito de piel y conduciéndolo a una cueva en una montaña
rematada por una roca alta de la que no podía descenderse y cuyo ascenso era
peligroso, tanto por los precipicios como por los tupidos bosques y malezas que
la circundaban. En la desolada caverna, Benito pasó los siguientes tres años de
su vida, ignorado por todos, menos por Romano, quien guardó su secreto y
diariamente llevaba pan al joven recluso, quien lo subía en un canastillo que
izaba mediante una cuerda. San Gregorio dice que el primer forastero que
encontró el camino hacia la cueva fue un sacerdote quien, mientras preparaba su
comida un domingo de Resurrección, oyó una voz que le decía: «Estás
preparándote un delicioso platillo, mientras mi siervo Benito padece hambre».
El sacerdote inmediatamente se puso a buscar al ermitaño, al que encontró al
fin con gran dificultad. Después de haber conversado durante un tiempo sobre
Dios y las cosas celestiales, el sacerdote lo invitó a comer, diciéndole que
era el día de Pascua, en el que no hay razón para ayunar. Benito, quien sin
duda había perdido el sentido del tiempo y ciertamente no tenía medios de
calcular los ciclos lunares, repuso que no sabía que era el día de tan grande
solemnidad. Comieron juntos y el sacerdote volvió a casa. Poco tiempo después,
el santo fue descubierto por algunos pastores, quienes al principio lo tomaron
por un animal salvaje, porque estaba cubierto con una piel de bestia y porque
no se imaginaban que un ser humano viviera entre las rocas. Cuando descubrieron
que se trataba de un siervo de Dios, quedaron gratamente impresionados y
sacaron algún fruto de sus enseñanzas. A partir de este momento, empezó a ser
conocido y mucha gente lo visitaba, proveyéndolo de alimentos y recibiendo de
él instrucciones y consejos.
Aunque vivía apartado del mundo, san
Benito, como los padres del desierto, tuvo que padecer las tentaciones de la
carne y del demonio, algunas de las cuales han sido descritas por san Gregorio:
«Cierto día, cuando estaba solo, se presentó el tentador. Un pequeño pájaro
negro, vulgarmente llamado mirlo, empezó a volar alrededor de su cabeza y se le
acercó tanto que, si hubiese querido, habría podido cogerlo con la mano, pero
al hacer la señal de la cruz el pájaro se alejó. Una violenta tentación carnal,
como nunca antes había experimentado, siguió después. El espíritu maligno le
puso ante su imaginación el recuerdo de cierta mujer que él había visto hacía
tiempo, e inflamó su corazón con un deseo tan vehemente, que tuvo una gran
dificultad para reprimirlo. Casi vencido, pensó en abandonar la soledad; de
repente, sin embargo, ayudado por la gracia divina, encontró la fuerza que
necesitaba y, viendo cerca de ahí un tupido matorral de espinas y zarzas, se
quitó sus vestiduras y se arrojó entre ellos. Ahí se revolcó hasta que todo su
cuerpo quedó lastimado. Así, mediante aquellas heridas corporales, curó las
heridas de su alma», y nunca volvió a verse turbado en aquella forma.

En Vicovaro, en Tívoli y en Subiaco, sobre
la cumbre de un farallón que domina Anio, residía por aquel tiempo una
comunidad de monjes, cuyo abad había muerto y por lo tanto decidieron pedir a
san Benito que tomara su lugar. Al principio se rehusó, asegurando a la
delegación que había venido a visitarle que sus modos de vida no coincidían
-quizá él había oído hablar de ellos-; sin embargo, los monjes le importunaron
tanto, que acabó por ceder y regresó con ellos para hacerse cargo del gobierno.
Pronto se puso en evidencia que sus estrictas nociones de disciplina monástica
no se ajustaban a ellos, porque quería que todos vivieran en celdas horadadas
en las rocas y, a fin de deshacerse de él, llegaron hasta poner veneno en su
vino. Cuando hizo el signo de la cruz sobre el vaso, como era su costumbre,
éste se rompió en pedazos como si una piedra hubiera caído sobre él. «Dios os
perdone, hermanos -dijo el abad con tristeza- ¿por qué habéis maquinado esta
perversa acción contra mí? ¿No os dije que mis costumbres no estaban de acuerdo
con las vuestras? Id y encontrad un abad a vuestro gusto, porque después de
esto yo no puedo quedarme por más tiempo entre vosotros». El mismo día retornó
a Subiaco, no para llevar por más tiempo una vida de retiro, sino con el
propósito de empezar la gran obra para la que Dios lo había preparado durante
estos tres años de vida oculta.
Empezaron a reunirse a su alrededor los
discípulos atraídos por su santidad y por sus poderes milagrosos, tanto
seglares que huían del mundo, como solitarios que vivían en las montañas. San
Benito se encontró en posición de empezar aquel gran plan, quizás revelado a él
en la retirada cueva, de «reunir en aquel lugar, como en un aprisco del Señor,
a muchas y diferentes familias de santos monjes dispersos en varios monasterios
y regiones, a fin de hacer de ellos un sólo rebaño según su propio corazón,
para unirlos más y ligarlos con los fraternales lazos, en una casa de Dios bajo
una observancia regular y en permanente alabanza al nombre de Dios». Por lo
tanto, colocó a todos los que querían obedecerle en los doce monasterios hechos
de madera, cada uno con su prior. El tenía la suprema dirección sobre todos,
desde donde vivía con algunos monjes escogidos, a los que deseaba formar con
especial cuidado. Hasta ahí, no tenían escrita una regla propia, pero según un
antiguo documento, los monjes de los doce monasterios aprendieron la vida
religiosa, «siguiendo no una regla escrita, sino solamente el ejemplo de los
actos de san Benito». Romanos y bárbaros, ricos y pobres, se ponían a
disposición del santo, quien no hacía distinción de categoría social o
nacionalidad. Después de un tiempo, los padres venían para confiarle a sus
hijos a fin de que fueran educados y preparados para la vida monástica. San
Gregorio nos habla de dos nobles romanos, Tértulo, el patricio, y Equitius,
quienes trajeron a sus hijos, Plácido, de siete años y Mauro de doce, y dedica
varias páginas a estos jóvenes novicios (Véase san Mauro,
15 de enero y san Plácido,
5 de octubre).
En contraste con estos aristocráticos
jóvenes romanos, san Gregorio habla de un rudo e inculto godo que acudió a san
Benito, fue recibido con alegría y vistió el hábito monástico. Enviado con una
hoz para que quitara las tupidas malezas del terreno desde donde se dominaba el
lago, trabajó tan vigorosamente, que la cuchilla de la hoz se salió del mango y
desapareció en el lago. El pobre hombre estaba abrumado de tristeza, pero tan
pronto como san Benito tuvo conocimiento del accidente, condujo al culpable a
la orilla de las aguas, le arrebató el mango y lo arrojó al lago.
Inmediatamente, desde el fondo, surgió la cuchilla de hierro y se ajustó
automáticamente al mango. El abad devolvió la herramienta, diciendo: «¡Toma!
Prosigue tu trabajo y no te preocupes». No fue el menor de los milagros que san
Benito hizo para acabar con el arraigado prejuicio contra el trabajo manual,
considerado como degradante y servil. Creía que el trabajo no solamente
dignificaba, sino que conducía a la santidad y, por lo tanto, lo hizo
obligatorio para todos los que ingresaban a su comunidad, nobles y plebeyos por
igual. No sabemos cuanto tiempo permaneció el santo en Subiaco, pero fue lo
suficiente para establecer su monasterio sobre una base firme y fuerte. Su
partida fue repentina y parece haber sido impremeditada. Vivía en las cercanías
un indigno sacerdote llamado Florencio quien, viendo el éxito que alcanzaba san
Benito y la gran cantidad de gente que se reunía en torno suyo, sintió envidia
y trató de arruinarlo. Pero como fracasó en todas sus tentativas para
desprestigiarlo mediante la calumnia y para matarlo con un pastel envenenado
que le envió (que según san Gregorio fue arrebatado milagrosamente por un
cuervo), trató de seducir a sus monjes, introduciendo una mujer de mala vida en
el convento. El abad, dándose perfecta cuenta de que los malvados planes de
Florencio estaban dirigidos contra él personalmente, resolvió abandonar Subiaco
por miedo de que las almas de sus hijos espirituales continuaran siendo
asaltadas y puestas en peligro.
Dejando todas sus cosas en orden, se
encaminó desde Subiaco al territorio de Monte Cassino. Es ésta una colina
solitaria en los límites de Campania, que domina por tres lados estrechos
valles que corren hacia las montañas y, por el cuarto, hasta el Mediterráneo,
una planicie ondulante que fue alguna vez rica y fértil, pero que, carente de
cultivos por las repetidas irrupciones de los bárbaros, se había convertido en
pantanosa y malsana. La población de Monte Cassino, en otro tiempo lugar
importante, había sido aniquilada por los godos y los pocos habitantes que
quedaban, habían vuelto al paganismo o mejor dicho, nunca lo habían dejado.
Estaban acostumbrados a ofrecer sacrificios en un templo dedicado a Apolo,
sobre la cuesta del monte. Después de cuarenta días de ayuno, el santo se
dedicó, en primer lugar, a predicar a la gente y a llevarla a Cristo. Sus
curaciones y milagros obtuvieron muchos conversos, con cuya ayuda procedió a
destruir el templo, su ídolo y su bosque sagrado. Sobre las ruinas del templo,
construyó dos capillas y alrededor de estos santuarios se levantó, poco a poco,
el gran edificio que estaba destinado a convertirse en la más famosa abadía que
el mundo haya conocido. Los cimientos de este edificio parecen haber sido
echados por san Benito, alrededor del año 530. De ahí partió la influencia que
iba a jugar un papel tan importante en la cristianización y civilización de la
Europa post-romana. No fue solamente un museo eclesiástico lo que se destruyó
durante la segunda Guerra Mundial, cuando se bombardeó Monte Cassino.

Es probable que Benito, de edad madura en
aquel entonces, pasara nuevamente algún tiempo como ermitaño; pero sus
discípulos pronto acudieron también a Monte Cassino. Aleccionado sin duda por
su experiencia en Subiaco, no los mandó a casas separadas, sino que los colocó
juntos en un edificio gobernado por un prior y decanos, bajo su supervisión
general. Casi inmediatamente después, se hizo necesario añadir cuartos para
huéspedes, porque Monte Cassino, a diferencia de Subiaco, era fácilmente
accesible desde Roma y Cápua. No solamente los laicos, sino también los
dignatarios de la Iglesia iban para cambiar impresiones con el fundador, cuya
reputación de santidad, sabiduría y milagros se había extendido por todas
partes. Tal vez fue durante ese período cuando comenzó su «Regla», de la que
san Gregorio dice que da a entender «todo su método de vida y disciplina,
porque no es posible que el santo hombre pudiera enseñar algo distinto de lo
que practicaba». Aunque primordialmente la regla está dirigida a los monjes de
Monte Cassino, como señala el abad Chapman, parece que hay alguna razón para
creer que fue escrita para todos los monjes del occidente, según deseos del
Papa san Hormisdas. Está dirigida a todos aquellos que, renunciando a su propia
voluntad, tomen sobre sí «la fuerte y brillante armadura de la obediencia para
luchar bajo las banderas de Cristo, nuestro verdadero Rey», y prescribe una
vida de oración litúrgica, estudio, «lectio divina» («lectura sacra») y trabajo
llevado socialmente, en una comunidad y bajo un padre común. Entonces y durante
mucho tiempo después, sólo en raras ocasiones un monje recibía las órdenes
sagradas y no existe evidencia de que el mismo san Benito haya sido alguna vez
ordenado sacerdote. Pensó en proporcionar «una escuela para el servicio del
Señor», proyectada para principiantes, por lo que el ascetismo de la regla es
notablemente moderado. No se alentaban austeridades anormales ni escogidas por
uno mismo y, cuando un ermitaño que ocupaba una cueva cerca de Monte Cassino
encadenó sus pies a la roca, san Benito le envió un mensaje que decía: «Si eres
verdaderamente un siervo de Dios, no te encadenes con hierro, sino con la
cadena de Cristo». La gran visión en la que Benito contempló, como en un rayo
de sol, a todo el mundo alumbrado por la luz de Dios, resume la inspiración de
su vida y de su regla. El santo abad, lejos de limitar sus servicios a los que
querían seguir su regla, extendió sus cuidados a la población de las regiones
vecinas: curaba a los enfermos, consolaba a los tristes, distribuía limosnas y
alimentó a los pobres y se dice que en más de una ocasión resucitó a los
muertos. Cuando la Campania sufría un hambre terrible, donó todas las
provisiones de la abadía, con excepción de cinco panes; «No tenéis bastante
ahora -dijo a sus monjes, notando su consternación-, pero mañana tendréis de
sobra». A la mañana siguiente, doscientos sacos de harina fueron depositados
por manos desconocidas en la puerta del monasterio. Otros ejemplos se han proporcionado
para ilustrar el poder profético de san Benito, al que se añadía el don de leer
los pensamientos de los hombres. Un noble al que convirtió, lo encontró cierta
vez llorando e inquirió la causa de su pena. El abad repuso: «este monasterio
que yo he construido y todo lo que he preparado para mis hermanos, ha sido
entregado a los gentiles por un designio del Todopoderoso. Con dificultad he
logrado obtener misericordia para sus vidas». La profecía se cumplió cuarenta
años después, cuando la abadía de Monte Cassino fue destruida por los
lombardos.
Cuando el godo Totila avanzaba triunfante
a través del centro de Italia, concibió el deseo de visitar a san Benito,
porque había oído hablar mucho de él. Por lo tanto, envió aviso de su llegada
al abad, quien accedió a verlo. Para descubrir si en realidad el santo poseía
los poderes que se le atribuían, Totila ordenó que se le dieran a Riggo,
capitán de su guardia, sus propias ropas de púrpura y lo envió a Monte Cassino
con tres condes que acostumbraban asistirlo. La suplantación no engañó a san
Benito, quien saludó a Riggo con estas palabras: «hijo mío, quítate las ropas
que vistes; no son tuyas». Su visitante se apresuró a partir para informar a su
amo que había sido descubierto. Entonces, Totila, fue en persona hacia el
hombre de Dios y, se dice que se atemorizó tanto, que cayó postrado. Pero
Benito lo levantó del suelo, le recriminó por sus malas acciones y le predijo,
en pocas palabras, todas las cosas que le sucederían. Al punto, el rey imploró
sus oraciones y partió, pero desde aquella ocasión fue menos cruel. Esta
entrevista tuvo lugar en el 542 y san Benito difícilmente pudo vivir lo
suficiente para ver el cumplimiento total de su propia profecía.
El santo que había vaticinado tantas cosas
a otros, fue advertido con anterioridad acerca de su próxima muerte. Lo
notificó a sus discípulos y, seis días antes del fin, les pidió que cavaran su
tumba. Tan pronto como estuvo hecha fue atacado por la fiebre. El último día
recibió el Cuerpo y la Sangre del Señor. Después, mientras las manos cariñosas
de sus hermanos sostenían sus débiles miembros, murmuró unas pocas palabras de
oración y murió de pie en la capilla, con las manos levantadas al cielo. Fue
enterrado junto a santa
Escolástica, su hermana, en el sitio donde antes se levantaba el
altar de Apolo, que él había destruido.
El hecho de que prácticamente no
conozcamos nada de la vida de san Benito, fuera de lo que nos dice san
Gregorio, o de lo que puede inferirse del texto de la Regla, no ha sido
obstáculo para que las biografías del santo se multipliquen. Entre ellas, las
de los abades Tosti, Herwengen, Cabrol y Schuster. Para los que deseen conocer
más el espíritu del santo, se recomiendan «Benedictine Monachism» (1924) del
abad Cutberto Butler, y St. Benedict and the Sixth Century (1929) del abad
Chapman, pero especialmente el primero. Véase también P. Renaudin, St. Benoit
dans l´Histoire (1928). Una revisión crítica del texto latino de la Regla ha
sido publicado por el abad Butler (1933). La Regla de san Benito es accesible
en castellano, en una cuidada edición, bien provista de índices, en el sitio de la Abadía de san Benito de
Luján, Argentina. Allí mismo hay acceso a la versión completa de la «Vida de
san Benito Abad», de san Gregorio Magno.
Imágenes:
-ante todo puede verse una de las más famosas imágenes del santo, un detalle del fresco de la Cruz pintado en los claustros de san Marcos de Florencia, por el Beato Angelico, en 1441.
-la siguiente imagen es de una medalla con el famoso "exorcismo de san Benito", sus siglas son: «CSSML» (Crux Sacra Sit Mihi Lux - La sagrada cruz sea luz para mí) y «NDSMD» (Non Draco Sit Mihi Dux - No sea el Dragón -ie: el demonio- mi jefe); en círculo se lee: «VRSNSMV» (Vade Retro Satana, Numquam Suade Mihi Vana - Retírate, Satanás, no me convenzas de vanidades) y «SMQLIVB» (Sunt Mala Quae Libas, Ipse Venena Bibas - Son cosas malas las que ofreces, bebe tú mismo el veneno). Las siglas «C S P B» en los ángulos de la cruz significan Crux Sancti Patris Benedicti (Cruz del Santo Padre Benito). La imagen y oración de aproximadamente el siglo XIII, aunque quizás los textos se remontan al propio Benito.
Imágenes:
-ante todo puede verse una de las más famosas imágenes del santo, un detalle del fresco de la Cruz pintado en los claustros de san Marcos de Florencia, por el Beato Angelico, en 1441.
-la siguiente imagen es de una medalla con el famoso "exorcismo de san Benito", sus siglas son: «CSSML» (Crux Sacra Sit Mihi Lux - La sagrada cruz sea luz para mí) y «NDSMD» (Non Draco Sit Mihi Dux - No sea el Dragón -ie: el demonio- mi jefe); en círculo se lee: «VRSNSMV» (Vade Retro Satana, Numquam Suade Mihi Vana - Retírate, Satanás, no me convenzas de vanidades) y «SMQLIVB» (Sunt Mala Quae Libas, Ipse Venena Bibas - Son cosas malas las que ofreces, bebe tú mismo el veneno). Las siglas «C S P B» en los ángulos de la cruz significan Crux Sancti Patris Benedicti (Cruz del Santo Padre Benito). La imagen y oración de aproximadamente el siglo XIII, aunque quizás los textos se remontan al propio Benito.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
accedida 4017 veces
ingreso o última modificación relevante: ant 2012
Estas biografías de santo son propiedad de
El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino
que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía,
referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=953
San Jacobo «el Confesor», mártir
fecha: 21 de marzo
†: c. 824 - país: Turquía
otras formas del nombre: Jacobo el Joven
canonización: pre-congregación
hagiografía: Abel Della Costa
†: c. 824 - país: Turquía
otras formas del nombre: Jacobo el Joven
canonización: pre-congregación
hagiografía: Abel Della Costa
En Constantinopla, pasión de san Jacobo,
conocido por el sobrenombre de «Confesor», que luchó valientemente a favor del
culto de las santas imágenes y terminó su vida con un glorioso martirio.

Jacobo
"el confesor" es llamado muchas veces en la literatura hagiográfica
"Jacobo el joven", para distinguirlo de muchos otros jacobos que
pueblan las páginas de los santorales. El contexto histórico de su martirio hay
que buscarlo en el largo conflicto iconoclasta que tuvo en vilo a la
cristiandad oriental a lo largo de los siglos VIII y IX. El centro de ese
conflicto estaba en los monasterios, ya que desde allí se expandía hacia el
pueblo la veneración a las sagradas imágenes (que tienen en la liturgia oriental
mucha más importancia que la que tienen en la occidental). Los monasterios eran
el faro que guiaba al pueblo cristiano, pero por eso mismo también un poder que
el Imperio no estaba dispuesto a permitir que le hiciera sombra. A esto se sumó
que el naciente expansionismo islámico usaba el culto a las imágenes (prohibido
por completo en el Islam) que se hacía en la cristiandad como una muestra de la
"necesidad" de acabar con los "herejes", así que algunos
emperadores vieron el desactivar ese culto una manera de evitar esa fácil
excusa.
Un primer epicentro de la persecución lo
tenemos a mediados del siglo VIII, tiempo de innumerables mártires y
confesores, bajo el imperio de León el Isáurico. En el 787 se produce la
declaración del II Concilio de Nicea, favorable a las imágenes; pero esto no
acabó con la contienda (aunque dio una base de firme legitimidad a la lucha de
los monasterios), sino que aun hubo que soportar otras persecuciones, como la
llevada a cabo en la primera mitad del siglo IX por León el Armenio, en la que
perdieron la vida como mártires, o sufrieron largamente como confesores, santos
reconocidos como san Teófanes «el
Cronógrafo» o san Teodoro
Estudita. Entre ellos se encuentra san Jacobo «el confesor», a
quien celebramos hoy.
De él no tenemos una narración completa de
su vida, pero sí contamos con el encendido elogio que escribe sobre él san Teodoro
Estudita apenas se entera de la muerte del monje -y cuando estaba él mismo en
la cárcel-. En ese elogio, que expresa en su Epístola catalogada con el número
100, alaba a Jacobo no sólo como confesor y mártir, sino también como un monje
modelo, cuya santificación comenzó mucho antes que en la muerte, y a la cual
vino la santa muerte en defensa del verdadero culto, a coronar y elevar. En los
menologios griegos se lo tuvo como obispo, aunque el mencionado elogio de
Teodoro no menciona ese aspecto, y puesto que se trata de un testimonio muy
directo, en la actualidad se ha quitado del Martirologio el carácter de obispo
que se le atribuía.
Por contrapartida, se lo trata como
auténtico mártir, a pesar de que en la tradición fue considerado más bien como
confesor. Es verdad que la frontera entre confesor y mártir es muy difusa, y
frecuentemente se mezclan unos y otros: confesor solemos llamar a quien ha
sufrido por la fe pero no recibió de manera directa la muerte por ella,
mientras que mártir es quien derramó su sangre en un acto último de confesión
de la fe. Sin embargo, siempre ha sido difícil trazar una línea, y antes como
ahora, algunos han sido catalogados de mártires, aunque su martirio fue más
bien una larga agonía, u otros lo han sido de confesores, aunque es más que
evidente que los sufrimientos de la cárcel o el destierro son la causa directa
de su muerte.
Ver Acta Sanctorum, marzo, III, pág.
357-359, donde se reproduce in extenso el elogio de san Teodoro Estudita.
Abel Della Costa
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ingreso o última modificación relevante: 15-2-2013
Estas biografías de santo son propiedad de
El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino
que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía,
referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=954
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