“Por el martirio coronados”
Con esta frase las “vitae” de los mártires y las crónicas medievales denominaban a una muerte martirial. Esta definición tiene varios significados y fundamentos. Por un lado, se trata de la corona de un atleta vencedor en los Juegos Olímpicos, por eso los mártires en las viejas catacumbas romanas están representados en las coronas de laurel. Y por el otro, es la corona del Reino Celestial que es más importante que cualquiera insignia imperial, puesto que un emperador solo manda en el nivel de los poderes y potestades de este mundo. Por esta causa las coronas de oro en la Hispania visigoda se colgaban encima de las tumbas de los mártires y en el altar, donde estaba siempre presente la victima eucarística.
Martirio es una victoria sobre la muerte y las fuerzas del mal que actúan en este mundo. Mártir no es una víctima ocasional y trágica, sino es un eterno vencedor que con su muerte nos demuestra a los otros horizontes, nos representa a la Palabra y hace visible a la presencia divina y a la inexistencia del mal como de un puro Nada. Según Tertuliano, los mártires eran la semilla de la cual creció la Iglesia. Un nuevo templo, Corpus Christi, se levantó de la tumba del Cristo al tercer día después de su muerte en la cruz. Aún celebraban los misterios en los templos de los dioses paganos, pero todo esto ya dejo de tener su significado e importancia. ¿Y tendría este significado antes? Alguno, sí. Como la reunión de los ciudadanos alrededor de lo Sagrado, como un rito del consenso público que unía al pueblo y le obligaba a obedecer a las fuerzas reinantes y gobernantes. Quizá por eso lo más sangriento y lo más popular era el culto del emperador romano, a su honor sacrificaban a las víctimas humanas en los teatros y circos.
Pero la Cruz cambió para siempre al sistema de los coordinados. Y el centro de la sociedad cristiana ya no estaba en los poderes y autoridades, sino en el Cristo Resucitado. El eje horizontal se convirtió en el vertical. La victima voluntaria del Dios encarnado abolió cualquiera posibilidad de un sacrificio humano, porque el seguimiento del Cristo en su muerte solo puede ser consciente y aceptado voluntariamente. Esta condición es muy importante porque de este modo un santo mártir no se convierte en un instrumento de la historia, sino en su agente y creador.
Nuestros primeros santos eran mártires-confesores y ellos serán primeros testigos de la fe cristiana en las tierras lejanas. Nada convierte tanto a los pueblos como un amor que vence a la misma muerte. A veces la crueldad de los martirios y la dignidad de los cristianos al soportarlos mostraba a todos una fuerza del Espíritu Santo que puede todo. Las vidas de los mártires nunca son espantosas o trágicas, porque la tragedia supone el enfrentamiento con el destino, pero en el caso del martirio podemos constatar solo un acuerdo con la providencia divina, una obediencia ante el cáliz que uno debe beber. Ahora nosotros criticamos mucho a los viejos textos de sus vidas que ya no son ni las fuentes históricas, ni los testimonios de la realidad, porque contienen unos milagros inverosímiles, motivos folclóricos, mitología popular. Sería mejor que en lugar de la crítica viéramos a estos textos con los ojos de la fe, buscaríamos en ellos un sentido oculto como en las parábolas de las Sagradas Escrituras.
Todas estas manos y lenguas cortadas que crecen, todas estas celdas cerradas que se abren por sí mismas, todas estas cadenas que caen nos muestran que existen los niveles donde la muerte y la tortura pierden su poder. El fuego que no quema al santo mártir, sino le eleva al cielo, rodeado por la luz como por una pared, nos descubre que el fuego del Juicio Final en algunos casos puede convertirse en la luz divina. Esto decía staretz Zócima en la novela de Fedor Dostoyevski “Los hermanos Karamasov”: “lo que para unos el fuego, para los otros es la luz, puesto que el fuego infernal está dentro del propio pecador”. Por eso la muerte en las “vidas” de los mártires es siempre relativa y a menudo está rodeada por la simbólica del florecimiento primaveral. Lo que es fuego para la guadaña, es la luz para los salvados. El viejo “Prologo” eslavo que cuenta las vidas de los mártires está lleno de alegría, porque no describe a las muertes, sino enumera a las victorias.
En el mundo contemporáneo nosotros no entendemos bien a veces el sentido de martirio, convirtiéndolo en el caso de cualquier muerte violenta. Debemos tener en cuenta que aunque Dios está con toda la víctima inocente, no toda la víctima es obligatoriamente un mártir cristiano. Un misionero que va a trabajar en el país desconocido ya asume en su mente a los peligros que supone esta decisión y lo hace en el nombre del Cristo, por eso una muerte que interrumpe a este servicio es la de mártir. Un cristiano que niega acoger a la otra religión y prefiere muerte a la deslealtad al Cristo es un mártir que libremente escoja a su destino. Una persona que voluntariamente entra en la cámara de gas en un campo de concentración es un mártir que crea a su historia. Yanuch Korchak por su propia voluntad decidió quedarse con sus alumnos hasta en la muerte, la madre María voluntariamente reemplazo a la otra mujer ante la puerta de la cámara, porque esta tenía hijos y lloraba.
Hasta en una situación de la obligación siempre existe un margen para la libertad, como escribió Dietrich Bonohoeffer: “Así yo también participo en el destino histórico de mi país”. Quizá por eso le irritaba la gente cobarde y desalentada. Quizá por eso él seguía haciendo a su labor teológico en la cámara de la cárcel Tegel. Las paredes temblaban de los bombardeos, él sabía que difícilmente saldrá vivo, pero aún había algo más importante para pensar y comprender que la propia muerte. Martirio es un verdadero testimonio de la vida, un desprecio hacia la muerte, hacia la nada, el inmenso amor hacia “El que existe”, una irrupción del Reino Celestial.
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