San Ricardo de Chichester, obispo
fecha: 3 de abril
n.: 1197 - †: 1253 - país: Reino Unido (UK)
otras formas del nombre: Ricardo (Richard) de Wych, Ricardo Backedine
canonización: C: Urbano IV 25 ene 1262
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
n.: 1197 - †: 1253 - país: Reino Unido (UK)
otras formas del nombre: Ricardo (Richard) de Wych, Ricardo Backedine
canonización: C: Urbano IV 25 ene 1262
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
En Chichester, ciudad de Inglaterra, san
Ricardo, obispo, que fue desterrado por el rey Enrique III, y restituido
después a esta sede, se mostró siempre generoso en ayudar a los pobres.
patronazgo: patrono de los conductores (de
coches, etc).
refieren a este santo: San Edmundo Rich

Ricardo de Wyche, o Ricardo de Burford,
como se le llama algunas veces, nació hacia 1197, en Wyche (actualmente
Droitwich), ciudad famosa entonces por sus fuentes de agua salada. Su padre era
un modesto caballero que poseía algunas tierras; pero tanto el padre como la
madre de san Ricardo murieron cuando sus hijos eran todavía pequeños, y las
posesiones perdieron todo su valor por el descuido del hombre a quien se
confiaron. Ricardo era el menor de los hijos. Aunque era muy dado al estudio
desde niño, tenía un temperamento más vivo que su hermano; cuando se dio cuenta
del estado en que se hallaban sus tierras, tomó el arado y se puso a trabajar
como simple campesino hasta que, con su industriosidad y buena administración, logró
rehacer la fortuna de la familia. En un arranque de gratitud, Roberto, su
hermano, le cedió los títulos de las posesiones; pero cuando Ricardo descubrió
que quería casarlo con una rica heredera, le devolvió los títulos, le cedió a
la joven y partió, casi sin un centavo, a la Universidad de Oxford. La pobreza
no era una vergüenza ni un obstáculo en las universidades medievales; más
tarde, Ricardo consideraba sus años de Oxford como los más felices de su vida.
Poco le importaba haber pasado hambres y haber sido tan pobre, que no podía
permitirse el lujo de comprar leña y tenía que correr, durante el invierno,
para calentarse. Y no se avergonzaba del hecho de que él y los compañeros que
compartían su habitación no tuviesen más que una túnica, que vestían por turno
para asistir a las clases. Lo importante era aprender y en aquella época, la
Universidad de Oxford tenía maestros muy famosos; Grossatesta era profesor en
la casa de estudios de los franciscanos. Por otra parte, los dominicos llegaron
a Oxford en 1221 e inmediatamente atrajeron a los más brillantes talentos. No
sabemos cómo se las arregló Ricardo, que era un simple estudiante, para entrar
en contacto con el gran canciller de la Universidad, Edmundo Rich; pero no hay
razones para dudar de que entonces empezó la amistad que habría de unirles toda
la vida.
Ricardo pasó de Oxford a París, pero
volvió a su «alma mater» para recibir el título de Maestro. Algunos años más
tarde, fue a Bolonia a estudiar derecho canónico en la que pasaba entonces por
ser la principal escuela de derecho de Europa. Allí permaneció siete años,
obtuvo el grado de doctor y se ganó la estima de todos; pero cuando uno de sus
profesores trató de hacerle su heredero, casándole con su hija, Ricardo, que se
sentía llamado al celibato, renunció cortésmente y volvió a Oxford. La
Universidad había seguido su carrera con interés. Casi inmediatamente fue
nombrado canciller de la Universidad, y poco después,san Edmundo Rich,
que era ya arzobispo de Canterbury, junto con Grossatesta, que era obispo de
Lincoln, le convidaron a trabajar con ellos. Ricardo aceptó la invitación de
san Edmundo y se convirtió en confidente y brazo derecho suyo, ayudándole
cuanto podía en su difícil cargo. El dominico Ralph Bocking, más tarde confesor
y biógrafo de san Ricardo, escribe: «El uno descansaba en el otro: el santo en
el santo, el maestro en el discípulo y el discípulo en el maestro, el padre en
el hijo y el hijo en el padre».
San Edmundo necesitaba mucho la ayuda y el
cariño de su canciller para hacer frente a las dificultades. La principal de
ellas era la reprensible e inveterada costumbre de Enrique III de mantener
vacantes los beneficios eclesiásticos para gozar de las rentas, o nombrar para
ellos a sus favoritos. El arzobispo hizo cuanto pudo para corregir ese estado
de cosas, sin lograr nada; al fin se retiró, ya viejo y enfermo, al monasterio
cisterciense de Pontigny, a donde le acompañó Ricardo y le asistió hasta su muerte.
Después, como no se sintiese llamado a permanecer en el monasterio, pasó a la
casa de estudios de los dominicos de Orléans, donde ejerció el cargo de maestro
durante dos años y recibió la ordenación sacerdotal, en 1243. Aunque tenía
intenciones de entrar en la Orden de Santo Domingo, volvió a Inglaterra, no
sabemos por qué, a trabajar en una parroquia de Deal. Muy probablemente, san
Edmundo, siendo arzobispo, le había concedido las rentas de ese beneficio. Pero
un hombre de los méritos y cualidades de san Ricardo, no podía pasar
inadvertido mucho tiempo y el nuevo arzobispo de Canterbury le llamó a seguir
ejerciendo su antiguo cargo de canciller de la arquidiócesis.
En 1244, murió el obispo de Chichester,
Ralph Neville. Haciendo presión sobre los canónigos, Enrique III consiguió que
eligiesen a Roberto Passelewe, hombre sin cualidades, quien, según Mateo Paris,
«había obtenido el favor regio mediante una transacción injusta que había
añadido algunos miles de marcos al tesoro real». El arzobispo de Canterbury,
Bonifacio de Saboya, se negó a confirmar la elección y reunió a sus sufragáneos
en capítulo, el cual declaró inválida la elección y escogió a Ricardo, que era
el candidato del primado, para ocupar la sede. El rey montó en cólera al oír la
noticia; retuvo todos los beneficios de la diócesis y prohibió que se admitiese
a san Ricardo en cualquier baronato o posesión secular de su diócesis. En vano
intentó el obispo entrevistarse con el monarca en dos ocasiones: no logró
obtener ni la confirmación de su elección, ni la devolución de los beneficios a
los que tenía derecho. Finalmente, el obispo y el rey presentaron el caso al
papa Inocencio IV, que estaba entonces en Lyon, presidiendo el Concilio. El
Papa resolvió en favor de san Ricardo y le consagró el 5 de marzo de 1245. Al
llegar a Inglaterra, san Ricardo se encontró con la noticia de que el rey,
lejos de renunciar a las rentas de los beneficios, había dado la orden de que
nadie le prestase dinero ni le ofreciese albergue. El obispo encontró las
puertas del palacio de Chichester cerradas. Los que hubiesen podido ayudarle
temían la ira del rey. El santo habría tenido que errar por su diócesis como un
vagabundo, a no ser por un buen sacerdote, llamado Simón de Tarring, que le
ofreció su casa. San Ricardo, según la expresión de Bocking, «se albergó en
aquella hospitalaria casa, compartiendo la comida con un extraño y calentando
sus pies al calor de un hogar ajeno».
Teniendo esa modesta casa por residencia,
san Ricardo trabajó dos años como obispo misionero. Visitaba a los pescadores y
campesinos, viajaba casi siempre a pie y aun así logró reunir varios sínodos a
pesar de las dificultades, según consta por las «Constituciones de San
Ricardo», colección de las leyes eclesiásticas que el santo dictó para acabar con
los abusos de la época. Finalmente, amenazado por el papa con la excomunión,
Enrique III reconoció al obispo y le devolvió los beneficios, aunque nunca le
pagó las rentas atrasadas. Con ello cambió totalmente la posición de san
Ricardo, quien, una vez entronizado, pudo ofrecer la generosa hospitalidad y
dar las espléndidas limosnas acostumbradas por los prelados medievales. Pero lo
que no cambió fue la austeridad personal del santo; en tanto que sus huéspedes
comían ricamente, el obispo observaba su modesta dieta, de la que estaban
excluidos el pescado y la carne. Cuando veía que sus criados llevaban a la
cocina los pollos y los corderos, decía con cierta tristeza no exenta de humor:
«¡Pobres criaturas. Si pudiérais razonar y hablar, cómo nos maldeciríais porque
os condenamos a muerte, sin que lo hayáis merecido!» Los vestidos del santo
obispo eran lo más sencillo posible, en vez de pieles finas usaba lana y en el
interior, llevaba una camisa de pelo y una especie de coraza de acero.
Durante los ocho años que duró su
gobierno, se ganó el afecto de su pueblo; pero, aunque era muy paternal, se
mostraba muy severo con la avaricia, la herejía y la inmoralidad del clero. Ni
siquiera la intercesión del arzobispo y del rey lograron que suavizara el
castigo que había impuesto a un sacerdote que había cometido un pecado contra
la castidad. Tenía tal horror al nepotismo, que jamás dio la preferencia a sus
conocidos, alegando el ejemplo del Divino Pastor que no dio las llaves del
cielo a su primo san Juan, sino a san Pedro. Cuando el mayordomo de su casa
anunció al obispo que sus limosnas eran más grandes que sus rentas, éste le dio
la orden de vender las vajillas de oro y de plata. «También puedes vender mi
caballo, agregó; como es robusto, te darán un buen precio; tráeme el dinero
para darlo a los pobres». San Ricardo tenía la más baja opinión de sí mismo y
de sus propias fuerzas; alguien ha hecho notar que casi todos los numerosos
milagros que obró, los hizo a petición de otros. A las abrumadoras cargas de su
oficio, el papa añadió la de que predicara una Cruzada contra los sarracenos.
Precisamente cuando san Ricardo volvió a Dover, después de una intensa campaña
de predicación en la costa, le sobrecogió su última enfermedad. Murió en una
casa para sacerdotes pobres y peregrinos, llamada la «Maison Dieu», acompañado
por Ralph Bocking, Símón de Tarring y otros fieles amigos. Tenía entonces
cincuenta y cinco años de edad. Fue canonizado nueve años después. No se
conserva en Chichester ningún vestigio de sus reliquias ni de su tumba. Las
diócesis de Westminster, Birmingham y Southwark celebran la fiesta de San
Ricardo.
En Acta Sanctorum se hallan dos vidas de
san Ricardo: la de Ralph Bocking y otra, tomada de la Nova Legenda Angliae de
Capgrave. Según parece, esta última es la copia de una biografía escrita antes
de la canonización. Hay un excelente artículo sobre san Ricardo en Lives of the
English Saints de J. H. Newman; unos atribuyen ese artículo al P. Dalgairns y
otros a R. Ornsby.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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Estas biografías de santo son propiedad de
El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino
que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía,
referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=1095
Beato Gandulfo de Binasco Sacchi, religioso presbítero
fecha: 3 de abril
†: c. 1260 - país: Italia
canonización: Conf. Culto: León XIII 10 mar 1881
hagiografía: «Franciscanos para cada día» Fr. G. Ferrini O.F.M.
†: c. 1260 - país: Italia
canonización: Conf. Culto: León XIII 10 mar 1881
hagiografía: «Franciscanos para cada día» Fr. G. Ferrini O.F.M.
En Polizzi, en la isla de Sicilia, en
Italia, beato Gandulfo de Binasco Sacchi, presbítero de la Orden de los
Hermanos Menores, que llevó una vida solitaria y austera, e iluminó aquella
región con la predicación de la Palabra de Dios.

Gandolfo nació entre finales del siglo XII
y principios del XIII en la provincia de Milán, diócesis de Pavia. Fue educado
cristianamente por sus padres, iniciado por su padre en la literatura y en la
doctrina cristiana. Fascinado por el ejemplo de la vida y de la regla
evangélica de san Francisco, su contemporáneo, con heroica generosidad dejó el
mundo, distribuyó entre los pobres sus riquezas y pidió ser admitido en la
Orden de los Hermanos Menores. Como auténtico seguidor del seráfico Pobrecillo,
se dedicó al estudio, a la oración y a la penitencia. Sacerdote de Cristo,
dedicó toda su vida al bien de las almas en el ministerio de la predicación y
la evangelización. Con los pies descalzos y el crucifijo en la mano, al cual
llamaba su arma, predicó en las más grandes ciudades de Italia, con palabra
simple y ardiente; las conversiones fueron numerosísimas. Lunes, miércoles y
viernes ayunaba a pan y agua. Observaba rigurosamente tres cuaresmas al año, la
de Pascua, la de Navidad y la llamada de los «Benditos», que comenzaba con la
Epifanía y duraba cuarenta días, su vestido era una áspera túnica que le cubría
su macilento cuerpo, mortificado con el cilicio.
Estaba íntimamente convencido de que el
apostolado de la palabra sólo tiene eficacia para llevar las almas a Cristo y
expiar y reparar los pecados de la humanidad cuando va acompañado de la oración
y la penitencia. Después de muchas peregrinaciones apostólicas llegó a Sicilia
donde transcurrió la última parte de su vida penitente.
En un eremitorio solitario cerca de
Polizzi Generosa, a 98 kilómetros de Palermo, se retiró para entregarse con más
libertad a una vida enteramente celestial, y recrear su espíritu en la
meditación del paraíso. Fray Pascual, hombre virtuoso, fue su compañero de
oración y soledad.
Varias veces Gandolfo dejó el eremitorio
para ir a la evangelización. En 1260 fue invitado a predicar la cuaresma en
Polizzi Generosa. Fue una predicación que produjo grandes frutos. Sólo la
interrumpió para visitar y asistir antes de la muerte a su fiel seguidor fray
Pascual que había permanecido en el eremitorio. El miércoles santo, mientras
predicaba, fue interrumpido por el ruido de una imprevista bandada de
golondrinas que entraron en el templo. En el nombre del Señor les impuso
silencio y ellas callaron. El sábado santo el beato anunció al pueblo de
Polizzi que ya no lo volverían a oír predicar. En efecto, aquel mismo día se
sintió mal, recibió el viático y la unción de los enfermos. Luego tomó entre
sus manos el crucifijo, lo besó repetidamente con profundos gemidos, y expiró
serenamente. Era el 3 de abril de 1260. Glorioso en prodigios, León XIII aprobó
su culto el 10 de marzo de 1881.
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El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
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que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía,
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