San Silas, santo del NT
fecha: 13 de julio
†: s. I
otras formas del nombre: Silvano
canonización: bíblico
hagiografía: Abel Della Costa
†: s. I
otras formas del nombre: Silvano
canonización: bíblico
hagiografía: Abel Della Costa
Conmemoración de san Silas, elegido y
enviado por los apóstoles a las Iglesias de la gentilidad junto a los santos
Pablo y Bernabé, lleno de la gracia de Dios cumplió con gran empeño su
ministerio.

Silas y Silvano parecen ser dos formas del
mismo nombre, y -llamado de uno u otro de estos modos- aparece varias veces
mencionado en el Nuevo Testamento, en relación a san Pablo. En Hechos se lo
llama Silas, y en las cartas de san Pablo se lo llama Silvano, pero hay acuerdo
en considerar que se trata de la misma persona. La primera aparición es en
Hechos 15,22: «entonces decidieron los apóstoles y presbíteros, de acuerdo con
toda la Iglesia, elegir de entre ellos algunos hombres y enviarles a Antioquía
con Pablo y Bernabé; y estos fueron Judas, llamado Barsabás, y Silas, que eran
dirigentes entre los hermanos.» este Judas Barsabás es sólo mencionado en este
capítulo de Hechos, y no volvemos a saber de él fuera de esta misión de
acompañar a Pablo y Bernabé para aplicación del decreto que se votó en el
llamado «Concilio de Jerusalén» en relación a la circuncisión y algunos puntos
de la Ley, que de eso trata precisamente el capítulo 15 de Hechos.
En cambio Silas, aunque se nos dice que ya
era dirigente en Jerusalén (v. 22), e incluso que era «profeta» (posiblemente
era uno de los cargos comunitarios en la primitiva Iglesia) (v. 32), debe haber
congeniado muy bien con el difícil san Pablo, porque no se limita a cumplir el
encargo de llevar el «decreto del Concilio» en nombre de las autoridades de
Jerusalén (que en definitiva para eso lo habían elegido, v. 27), sino que
acompañará a Pablo y Bernabé en su periplo evangelizador, e incluso, cuando las
relaciones entre Pablo y Bernabé se tensaron (Hechos 15,39), Silas acompañará a
Pablo en su recorrido por Siria y Cilicia, ya sin Bernabé. Acompañó al Apóstol
en su trayecto a Macedonia (Hechos 16), en el curso del cual pararon en Filipos
unos días, y padecieron allí cárcel, de la que fueron milagrosamente liberados
(16,23ss.).
Estuvieron también juntos en Tesalónica
(Hechos 17), donde el alboroto con la predicación fue grande, y no pudieron
irse sino luego de que un cristiano (Jasón) pagara una fianza. San Lucas, que
no parece muy inclinado a que san Pablo «comparta cartel» con nadie, sin
embargo en todos estos capítulos deja entender que la predicación de Silas no
era menos enfervorizante que la de san Pablo. De Tesalónica marcharon a Berea,
donde en todo el periplo por primera vez se separarán: san Pablo continuará
viaje, pero Silas permanecerá en Berea con Timoteo. Sin embargo fue una
separación momentánea, ya que desde Atenas Pablo envía urgentemente a llamar a
Silas y a Timoteo (17,15), así que se volvieron a reunir en Macedonia (18). Hay
allí una expresión interesante: «Cuando llegaron de Macedonia Silas y Timoteo,
Pablo se dedicó enteramente a la Palabra, dando testimonio ante los judíos de
que el Cristo era Jesús.» (18,5). No tenemos demasiados elementos para saber
cómo estructuraba Pablo sus comunidades, y en concreto, cómo organizaba el
proceso de la predicación. Por él mismo sabemos, por ejemplo, que no bautizaba
(1Cor 1,17), por lo que podemos pensar que en tanto Pablo «se dedicó
enteramente a la Palabra», Silas y Timoteo realizaran otras funciones, quizás
bautizar, quizás organizar los ministerios en la comunidad que se creaba,
profundizar en las aplicaciones concretas del «anuncio», etc. Lo cierto es que
tras las muy pequeñas pinceladas que nos va dando Hechos, percibimos una muy
compleja organización de esta Iglesia inicial, que se iba expandiendo, sí, por
obra del Espíritu, pero que también ponía en acción todos sus humanos recursos.
Allí acaban las referencias que da Hechos
de los Apóstoles. Por el propio Pablo nos lo encontramos mencionado (en la
forma Silvano) en el encabezado de 1 y 2 Tesalonicenses y en 2Corintios 1,19,
siempre en la terna «Silvano, Timoteo y Pablo», pero no tenemos otras ocasiones
en que se lo nombre explícitamente. En 1 Pedro 5,12 aparece un tal Silvano como
secretario de Pedro, pero no necesariamente es el mismo del que hablamos. No
sabemos más nada de él. Una tradición posterior lo hace morir mártir en
Macedonia, y según las «Acta sanctorum» sus reliquias fueron trasladadas en el
691 a Therouanne, en Francia, donde fue venerado hasta la destrucción de la
catedral, en 1553. Aunque, naturalmente, para todo esto no hay un apoyo
documental sólido como el que tenemos para sus viajes y predicación junto a san
Pablo.
Cualquier introducción a la vida de san
Pablo y al libro de los Hechos, menciona a sus colaboradores más destacados,
como lo fue Silas; puede consultarse Comentario Bíblico San Jerónimo, volumen
3. La entrada correspondiente del Butler-Guinea organiza bien estos pocos datos
que conocemos; también está bien planteado el artículo de Antonio Borrelli en
Santi e beati. Acta Sanctorum, julio, tomo III aporta el dato de la traslación
de las reliquias. Como se comprenderá, todo se reduce a organizar de un modo u
otro los mismos, escasísimos, aportes documentales. Imagen: Pablo, Timoteo y
Silas en un mosaico del siglo XII-XIII en la catedral de
Monreal (Sicilia, Italia)
Abel Della Costa
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Estas biografías de santo son propiedad de
El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino
que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla
con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=2356
San Eugenio de Cartago, obispo
fecha: 13 de julio
†: 501 - país: Francia
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
†: 501 - país: Francia
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
En Albi, ciudad de Aquitania,
actualmente Francia, tránsito de san Eugenio, obispo de Cartago, glorioso por
su fe y sus virtudes, que sufrió el destierro durante la persecución
desencadenada por los vándalos.

Las provincias romanas del Africa fueron
durante mucho tiempo una de las regiones más ricas y más importantes del
Imperio. Pero cuando los emperadores descuidaron el resto del Imperio para
defender Italia, Genserico, el rey de los vándalos, se apoderó en poco tiempo
de las fértiles provincias africanas (428). Los vándalos, que eran cristianos
contaminados por la herejía arriana, devastaron el norte de Africa, saquearon
las iglesias y monasterios, quemaron vivos a dos obispos y torturaron a varios
más para que les entregasen los tesoros de sus iglesias, arrasaron los
edificios públicos de Cartago y desterraron al obispo de la ciudad, san Quodvultdeus,
junto con muchos otros. Excluyendo el breve gobierno de san Deogracias,
la sede episcopal de Cartago había estado vacante durante medio siglo. El año
481, Hunerico, el sucesor de Genserico, permitió a los católicos elegir un
obispo para Cartago, bajo ciertas condiciones. La elección del pueblo recayó
sobre Eugenio, un ciudadano de Cartago que se distinguía por su saber, celo,
piedad y prudencia. Eugenio se hizo querer tanto por su grey, que todos los
cristianos hubiesen dado con gusto la vida por él. Una de sus virtudes más
notable era su caridad hacia los pobres, sobre todo si se tiene en cuenta la
estrechez en la que él mismo vivía; pero el santo se las arreglaba siempre para
encontrar bienhechores para los pobres y él mismo se privaba de todo lo
superfluo para dárselo. Cuando alguien le indicaba que debía guardar algo para
sí, Eugenio respondía: «Puesto que un Obispo debe dar la vida por sus ovejas,
sería imperdonable que me preocupase yo demasiado por las necesidades pasajeras
de mi cuerpo».
El santo tenía tal influencia sobre el
pueblo, que el rey empezó a alarmarse y le prohibió predicar en público y
ocupar la cátedra episcopal. También le dio la orden de no admitir a ningún
vándalo en las iglesias de su diócesis. Eugenio replicó que la ley de Dios le
impedía cerrar las puertas de las iglesias a quienes deseaban entrar en ellas.
Entonces Hunerico apostó un cuerpo de guardia ante las iglesias católicas y, en
cuanto se acercaba un hombre o una mujer del pueblo vándalo, a los que se
reconocía fácilmente por sus vestimentas y sus largas cabelleras, los guardias
se apoderaban del intruso, le metían los dientes de una horquilla de madera en
los cabellos, los retorcían y, mediante un violento estirón, les arrancaban el
pelo y la piel del cráneo. Hubo ocasiones en que el estirón desgarró la piel de
la frente y de los párpados, de modo que algunos de los vándalos perdieron los
ojos y otros murieron como consecuencia del brutal castigo. Los guardias solían
organizar trágicas procesiones por las calles de la ciudad, con las mujeres
cuyas cabelleras habían sido arrancadas de la manera descrita, a fin de que el
terrible espectáculo sirviese de escarmiento a los demás. Así fue como se
inició una violenta persecución en la que no sólo sufrieron los vándalos, sino
los cristianos en general.
Al principio los perseguidores dejaron en
paz a san Eugenio. Poco después, Hunerico le convocó, lo mismo que a los otros
obispo católicos, a una reunión con los obispos arrianos de Cartago. San
Eugenio respondió que la reunión le parecía arbitraria, puesto que los arrianos
iban a actuar como jueces, y pidió que, si se trataba de una causa común, se
invitara también a los representantes de otras Iglesias «especialmente a los de
la Iglesia de Roma, que es la cabeza de todas». El santo añadió: «Yo mismo
escribiré a todos mis hermanos en el episcopado para mostraros cuál es la fe
común de la Iglesia». Se cuenta que, por la misma época, un hombre llamado
Félix, que había estado ciego durante mucho tiempo, pidió a san Eugenio que
orase para que recobrara la vista, pues en una visión se le había ordenado que
acudiese al obispo. Eugenio se mostró renuente, pero al fin, después de haber
bendecido la fuente bautismal, la víspera de la Epifanía, dijo al ciego: «Ya te
he repetido que soy un pecador y el más miserable de los hombres; sin embargo,
ruego a Dios que muestre su misericordia al devolverte la vista por la fe que
tienes en Él». Acto seguido trazó la señal de la cruz sobre los ojos del ciego,
y éste quedó sano. Hunerico mandó llamar a Félix e hizo una investigación sobre
las circunstancias del milagro. Como era imposible negar los hechos, los
obispos arrianos dijeron al rey que san Eugenio había empleado las artes
mágicas.
El año 484 se reunió finalmente la
comisión encargada de discutir las diferencias entre los católicos y los
arrianos. La reunión resultó una verdadera farsa y Hunerico aprovechó la
oportunidad de la presencia en Cartago de los obispos católicos para apoderarse
de ellos y enviarlos a trabajos forzados. San Eugenio, que había alentado a sus
hermanos a sufrir por la fe, fue también desterrado y ni siquiera se le
permitió despedirse de sus amigos. Sin embargo, se las arregló para escribir
una carta a su grey desde el exilio. San Gregorio de Tours nos ha conservado el
texto de dicho documento, que dice: «Con lágrimas en los ojos, os ruego e
imploro, por el temor del día del juicio y de la luz deslumbrante que
acompañará la venida de Cristo, que permanezcáis firmes en la fe. Permaneced
fieles a la gracia del bautismo y de la unción del crisma. No permitáis que los
que han renacido por el agua vuelvan a recibir el agua». Esta última frase hace
alusión al hecho de que los arrianos de África, como los donatistas, volvían a
bautizar a los cristianos que se convertían al arrianismo. Más adelante agrega
que, si permanecen constantes en la fe, la distancia y la muerte no podrán
separarles de él; que él es inocente de la sangre que va a derramarse y que su
carta será leída ante el tribunal de Cristo para condenación de los apóstatas.
Y añade: «Si vuelvo a Cartago, os veré de nuevo en esta vida; si no regreso,
nos encontraremos en la vida venidera. Pedid por mí y ayunad, porque el ayuno y
la limosna provocan infaliblemente la misericordia de Dios. Pero sobre todo, no
olvidéis que no hemos de temer a aquéllos que sólo pueden matar el cuerpo».
San Eugenio fue trasladado a la provincia
de Trípoli, donde se le confió al cuidado de Antonio, un obispo arriano que le
trató brutalmente. Durante aquella persecución, los apóstatas se distinguieron
por la crueldad con que trataron a los fieles. Citaremos como ejemplo el caso
del apóstata Elpidóforo, que fue nombrado juez de Cartago. Cuando san Murita,
el diácono que había servido de acólito en el bautismo de Elpidóforo compareció
ante él, llevó consigo la túnica blanca del neófito con que había cubierto al
apóstata al salir de la fuente bautismal. Mostrando la túnica a toda la
asamblea, san Murita dijo: «Esta túnica servirá de testimonio contra ti cuando
el Juez de vivos y muertos venga a juzgarnos en el último día. Por esta túnica
serás condenado».
El rey Hunerico murió el año 484. Su
sobrino Gontamundo, que le sucedió en el trono, llamó a san Eugenio del
destierro el año 488. Algunos años después, se abrieron de nuevo al culto las
iglesias católicas y se permitió al clero volver a ejercer sus funciones. Pero
Trasimundo, el sucesor de Gontamundo, volvió a perseguir a la Iglesia y condenó
a muerte a san Eugenio; después le conmutó la pena de muerte por la del
destierro en Languedoc, donde reinaba el visigodo Alarico, que era también
arriano. San Eugenio murió en el destierro, en los primeros años del siglo VI,
en un monasterio de las cercanías de Albi, en Francia.
La principal autoridad sobre San Eugenio
es Víctor de Vita en su Historiae persecutionis vandalicae. La mejor edición de
dicha obra es la de Petschenig en Corpus ss. eccles. lat. vol. VII. En Acta
Sanctorum, julio, vol. IV, se citan los principales pasajes y algunos párrafos
de san Gregorio de Tours, etc. Ver también S. Mesnage, L'Afrique chrétienne
(1912); Ludwig Schmidt, Geschichte der Vandalen (1901); Duchesne, Histoire
Ancienne de l'Eglise, vol. III.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
accedida 932 veces
ingreso o última modificación relevante: ant 2012
Estas biografías de santo son propiedad de
El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo
como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino
que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía,
referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=2360
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