miércoles, 13 de julio de 2016

San Silas, santo del NT - San Eugenio de Cartago, obispo (7 de julio)

San Silas, santo del NT

fecha: 13 de julio
†: s. I
otras formas del nombre: Silvano
canonización: bíblico
hagiografía: Abel Della Costa

Conmemoración de san Silas, elegido y enviado por los apóstoles a las Iglesias de la gentilidad junto a los santos Pablo y Bernabé, lleno de la gracia de Dios cumplió con gran empeño su ministerio.

Silas y Silvano parecen ser dos formas del mismo nombre, y -llamado de uno u otro de estos modos- aparece varias veces mencionado en el Nuevo Testamento, en relación a san Pablo. En Hechos se lo llama Silas, y en las cartas de san Pablo se lo llama Silvano, pero hay acuerdo en considerar que se trata de la misma persona. La primera aparición es en Hechos 15,22: «entonces decidieron los apóstoles y presbíteros, de acuerdo con toda la Iglesia, elegir de entre ellos algunos hombres y enviarles a Antioquía con Pablo y Bernabé; y estos fueron Judas, llamado Barsabás, y Silas, que eran dirigentes entre los hermanos.» este Judas Barsabás es sólo mencionado en este capítulo de Hechos, y no volvemos a saber de él fuera de esta misión de acompañar a Pablo y Bernabé para aplicación del decreto que se votó en el llamado «Concilio de Jerusalén» en relación a la circuncisión y algunos puntos de la Ley, que de eso trata precisamente el capítulo 15 de Hechos.
En cambio Silas, aunque se nos dice que ya era dirigente en Jerusalén (v. 22), e incluso que era «profeta» (posiblemente era uno de los cargos comunitarios en la primitiva Iglesia) (v. 32), debe haber congeniado muy bien con el difícil san Pablo, porque no se limita a cumplir el encargo de llevar el «decreto del Concilio» en nombre de las autoridades de Jerusalén (que en definitiva para eso lo habían elegido, v. 27), sino que acompañará a Pablo y Bernabé en su periplo evangelizador, e incluso, cuando las relaciones entre Pablo y Bernabé se tensaron (Hechos 15,39), Silas acompañará a Pablo en su recorrido por Siria y Cilicia, ya sin Bernabé. Acompañó al Apóstol en su trayecto a Macedonia (Hechos 16), en el curso del cual pararon en Filipos unos días, y padecieron allí cárcel, de la que fueron milagrosamente liberados (16,23ss.).
Estuvieron también juntos en Tesalónica (Hechos 17), donde el alboroto con la predicación fue grande, y no pudieron irse sino luego de que un cristiano (Jasón) pagara una fianza. San Lucas, que no parece muy inclinado a que san Pablo «comparta cartel» con nadie, sin embargo en todos estos capítulos deja entender que la predicación de Silas no era menos enfervorizante que la de san Pablo. De Tesalónica marcharon a Berea, donde en todo el periplo por primera vez se separarán: san Pablo continuará viaje, pero Silas permanecerá en Berea con Timoteo. Sin embargo fue una separación momentánea, ya que desde Atenas Pablo envía urgentemente a llamar a Silas y a Timoteo (17,15), así que se volvieron a reunir en Macedonia (18). Hay allí una expresión interesante: «Cuando llegaron de Macedonia Silas y Timoteo, Pablo se dedicó enteramente a la Palabra, dando testimonio ante los judíos de que el Cristo era Jesús.» (18,5). No tenemos demasiados elementos para saber cómo estructuraba Pablo sus comunidades, y en concreto, cómo organizaba el proceso de la predicación. Por él mismo sabemos, por ejemplo, que no bautizaba (1Cor 1,17), por lo que podemos pensar que en tanto Pablo «se dedicó enteramente a la Palabra», Silas y Timoteo realizaran otras funciones, quizás bautizar, quizás organizar los ministerios en la comunidad que se creaba, profundizar en las aplicaciones concretas del «anuncio», etc. Lo cierto es que tras las muy pequeñas pinceladas que nos va dando Hechos, percibimos una muy compleja organización de esta Iglesia inicial, que se iba expandiendo, sí, por obra del Espíritu, pero que también ponía en acción todos sus humanos recursos.
Allí acaban las referencias que da Hechos de los Apóstoles. Por el propio Pablo nos lo encontramos mencionado (en la forma Silvano) en el encabezado de 1 y 2 Tesalonicenses y en 2Corintios 1,19, siempre en la terna «Silvano, Timoteo y Pablo», pero no tenemos otras ocasiones en que se lo nombre explícitamente. En 1 Pedro 5,12 aparece un tal Silvano como secretario de Pedro, pero no necesariamente es el mismo del que hablamos. No sabemos más nada de él. Una tradición posterior lo hace morir mártir en Macedonia, y según las «Acta sanctorum» sus reliquias fueron trasladadas en el 691 a Therouanne, en Francia, donde fue venerado hasta la destrucción de la catedral, en 1553. Aunque, naturalmente, para todo esto no hay un apoyo documental sólido como el que tenemos para sus viajes y predicación junto a san Pablo.
Cualquier introducción a la vida de san Pablo y al libro de los Hechos, menciona a sus colaboradores más destacados, como lo fue Silas; puede consultarse Comentario Bíblico San Jerónimo, volumen 3. La entrada correspondiente del Butler-Guinea organiza bien estos pocos datos que conocemos; también está bien planteado el artículo de Antonio Borrelli en Santi e beati. Acta Sanctorum, julio, tomo III aporta el dato de la traslación de las reliquias. Como se comprenderá, todo se reduce a organizar de un modo u otro los mismos, escasísimos, aportes documentales. Imagen: Pablo, Timoteo y Silas en un mosaico del siglo XII-XIII en la catedral de Monreal (Sicilia, Italia)
Abel Della Costa
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San Eugenio de Cartago, obispo

fecha: 13 de julio
†: 501 - país: Francia
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

En Albi, ciudad de Aquitania, actualmente Francia, tránsito de san Eugenio, obispo de Cartago, glorioso por su fe y sus virtudes, que sufrió el destierro durante la persecución desencadenada por los vándalos.

Las provincias romanas del Africa fueron durante mucho tiempo una de las regiones más ricas y más importantes del Imperio. Pero cuando los emperadores descuidaron el resto del Imperio para defender Italia, Genserico, el rey de los vándalos, se apoderó en poco tiempo de las fértiles provincias africanas (428). Los vándalos, que eran cristianos contaminados por la herejía arriana, devastaron el norte de Africa, saquearon las iglesias y monasterios, quemaron vivos a dos obispos y torturaron a varios más para que les entregasen los tesoros de sus iglesias, arrasaron los edificios públicos de Cartago y desterraron al obispo de la ciudad, san Quodvultdeus, junto con muchos otros. Excluyendo el breve gobierno de san Deogracias, la sede episcopal de Cartago había estado vacante durante medio siglo. El año 481, Hunerico, el sucesor de Genserico, permitió a los católicos elegir un obispo para Cartago, bajo ciertas condiciones. La elección del pueblo recayó sobre Eugenio, un ciudadano de Cartago que se distinguía por su saber, celo, piedad y prudencia. Eugenio se hizo querer tanto por su grey, que todos los cristianos hubiesen dado con gusto la vida por él. Una de sus virtudes más notable era su caridad hacia los pobres, sobre todo si se tiene en cuenta la estrechez en la que él mismo vivía; pero el santo se las arreglaba siempre para encontrar bienhechores para los pobres y él mismo se privaba de todo lo superfluo para dárselo. Cuando alguien le indicaba que debía guardar algo para sí, Eugenio respondía: «Puesto que un Obispo debe dar la vida por sus ovejas, sería imperdonable que me preocupase yo demasiado por las necesidades pasajeras de mi cuerpo».
El santo tenía tal influencia sobre el pueblo, que el rey empezó a alarmarse y le prohibió predicar en público y ocupar la cátedra episcopal. También le dio la orden de no admitir a ningún vándalo en las iglesias de su diócesis. Eugenio replicó que la ley de Dios le impedía cerrar las puertas de las iglesias a quienes deseaban entrar en ellas. Entonces Hunerico apostó un cuerpo de guardia ante las iglesias católicas y, en cuanto se acercaba un hombre o una mujer del pueblo vándalo, a los que se reconocía fácilmente por sus vestimentas y sus largas cabelleras, los guardias se apoderaban del intruso, le metían los dientes de una horquilla de madera en los cabellos, los retorcían y, mediante un violento estirón, les arrancaban el pelo y la piel del cráneo. Hubo ocasiones en que el estirón desgarró la piel de la frente y de los párpados, de modo que algunos de los vándalos perdieron los ojos y otros murieron como consecuencia del brutal castigo. Los guardias solían organizar trágicas procesiones por las calles de la ciudad, con las mujeres cuyas cabelleras habían sido arrancadas de la manera descrita, a fin de que el terrible espectáculo sirviese de escarmiento a los demás. Así fue como se inició una violenta persecución en la que no sólo sufrieron los vándalos, sino los cristianos en general.
Al principio los perseguidores dejaron en paz a san Eugenio. Poco después, Hunerico le convocó, lo mismo que a los otros obispo católicos, a una reunión con los obispos arrianos de Cartago. San Eugenio respondió que la reunión le parecía arbitraria, puesto que los arrianos iban a actuar como jueces, y pidió que, si se trataba de una causa común, se invitara también a los representantes de otras Iglesias «especialmente a los de la Iglesia de Roma, que es la cabeza de todas». El santo añadió: «Yo mismo escribiré a todos mis hermanos en el episcopado para mostraros cuál es la fe común de la Iglesia». Se cuenta que, por la misma época, un hombre llamado Félix, que había estado ciego durante mucho tiempo, pidió a san Eugenio que orase para que recobrara la vista, pues en una visión se le había ordenado que acudiese al obispo. Eugenio se mostró renuente, pero al fin, después de haber bendecido la fuente bautismal, la víspera de la Epifanía, dijo al ciego: «Ya te he repetido que soy un pecador y el más miserable de los hombres; sin embargo, ruego a Dios que muestre su misericordia al devolverte la vista por la fe que tienes en Él». Acto seguido trazó la señal de la cruz sobre los ojos del ciego, y éste quedó sano. Hunerico mandó llamar a Félix e hizo una investigación sobre las circunstancias del milagro. Como era imposible negar los hechos, los obispos arrianos dijeron al rey que san Eugenio había empleado las artes mágicas.
El año 484 se reunió finalmente la comisión encargada de discutir las diferencias entre los católicos y los arrianos. La reunión resultó una verdadera farsa y Hunerico aprovechó la oportunidad de la presencia en Cartago de los obispos católicos para apoderarse de ellos y enviarlos a trabajos forzados. San Eugenio, que había alentado a sus hermanos a sufrir por la fe, fue también desterrado y ni siquiera se le permitió despedirse de sus amigos. Sin embargo, se las arregló para escribir una carta a su grey desde el exilio. San Gregorio de Tours nos ha conservado el texto de dicho documento, que dice: «Con lágrimas en los ojos, os ruego e imploro, por el temor del día del juicio y de la luz deslumbrante que acompañará la venida de Cristo, que permanezcáis firmes en la fe. Permaneced fieles a la gracia del bautismo y de la unción del crisma. No permitáis que los que han renacido por el agua vuelvan a recibir el agua». Esta última frase hace alusión al hecho de que los arrianos de África, como los donatistas, volvían a bautizar a los cristianos que se convertían al arrianismo. Más adelante agrega que, si permanecen constantes en la fe, la distancia y la muerte no podrán separarles de él; que él es inocente de la sangre que va a derramarse y que su carta será leída ante el tribunal de Cristo para condenación de los apóstatas. Y añade: «Si vuelvo a Cartago, os veré de nuevo en esta vida; si no regreso, nos encontraremos en la vida venidera. Pedid por mí y ayunad, porque el ayuno y la limosna provocan infaliblemente la misericordia de Dios. Pero sobre todo, no olvidéis que no hemos de temer a aquéllos que sólo pueden matar el cuerpo».
San Eugenio fue trasladado a la provincia de Trípoli, donde se le confió al cuidado de Antonio, un obispo arriano que le trató brutalmente. Durante aquella persecución, los apóstatas se distinguieron por la crueldad con que trataron a los fieles. Citaremos como ejemplo el caso del apóstata Elpidóforo, que fue nombrado juez de Cartago. Cuando san Murita, el diácono que había servido de acólito en el bautismo de Elpidóforo compareció ante él, llevó consigo la túnica blanca del neófito con que había cubierto al apóstata al salir de la fuente bautismal. Mostrando la túnica a toda la asamblea, san Murita dijo: «Esta túnica servirá de testimonio contra ti cuando el Juez de vivos y muertos venga a juzgarnos en el último día. Por esta túnica serás condenado».
El rey Hunerico murió el año 484. Su sobrino Gontamundo, que le sucedió en el trono, llamó a san Eugenio del destierro el año 488. Algunos años después, se abrieron de nuevo al culto las iglesias católicas y se permitió al clero volver a ejercer sus funciones. Pero Trasimundo, el sucesor de Gontamundo, volvió a perseguir a la Iglesia y condenó a muerte a san Eugenio; después le conmutó la pena de muerte por la del destierro en Languedoc, donde reinaba el visigodo Alarico, que era también arriano. San Eugenio murió en el destierro, en los primeros años del siglo VI, en un monasterio de las cercanías de Albi, en Francia.
La principal autoridad sobre San Eugenio es Víctor de Vita en su Historiae persecutionis vandalicae. La mejor edición de dicha obra es la de Petschenig en Corpus ss. eccles. lat. vol. VII. En Acta Sanctorum, julio, vol. IV, se citan los principales pasajes y algunos párrafos de san Gregorio de Tours, etc. Ver también S. Mesnage, L'Afrique chrétienne (1912); Ludwig Schmidt, Geschichte der Vandalen (1901); Duchesne, Histoire Ancienne de l'Eglise, vol. III.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=2360

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