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martes, 2 de octubre de 2018

Ivone Gebara: "La Iglesia va a perder a las mujeres que piensan" 01102018

LA TEÓLOGA BRASILEÑA SOSTIENE QUE "LO QUE MOLESTA A LA IGLESIA NO ES LO FEMENINO, ES EL FEMINISMO"

Ivone Gebara: "La Iglesia va a perder a las mujeres que piensan"

"Jesús tenía que aprender, ser contestado, responder, equivocarse", asegura desde Comillas
Jesús Bastante, 01 de octubre de 2018 a las 20:24


La teóloga brasileña sostiene que "lo que molesta a la Iglesia no es lo femenino, es el feminismo"
Jesús Bastante).- "Decir que la Virgen María es más importante que los apóstoles, sólo sirve para que todo siga igual. Eso no viene del Evangelio". La teóloga brasileña Ivone Gebara es una de las máximas representantes de la teología feminista en el mundo.
Desde Comillas, donde esta tarde ha participado en unas conversaciones organizadas por la Asociación de Teólogas Españolas, Gebara critica a la "Iglesia patriarcal" que, asegura, corre el riesgo de "perder a las mujeres que piensan". Hablamos con ella en exclusiva.

En tu ponencia, hablas de alteridad, diferencia e igualdad. ¿Qué quieres decir con todo eso?
Son conceptos muy conectados con el feminismo, y por eso algunas filósofas feministas han trabajado, y yo también, estos conceptos, que no nacieron con el feminismo, sino de otras reflexiones filosóficas, como las del filósofo judío francés Lèvinas, que habló mucho del otro, de quién es el otro. Mi aportación es levantar una sospecha de que las reflexiones sobre la alteridad han colocado a la mujer como 'la otra'. Y cuando se habla de diferencia, se hace dentro de un contexto, donde la universalidad masculina es bastante fuerte.

¿Vivimos una ética machista?
No necesariamente machista. Quiero decir que no siempre están conectados con una ética, sino también con una manera de reducir al otro, de no tener en cuenta la diferencia. Estos conceptos pasan a ser teóricos, casi vacíos en la práctica. La igualdad, la alteridad, la diferencia... están relacionadas con algo. Igual a qué, diferente de qué. En este sentido quiero hablar de algo que está conectado con la vida de las mujeres, que es la belleza. Se fabrica una sola belleza, que en realidad son los productos que se venden. Las mismas marcas producidas para diferente marca...
Esta es una tela de araña en la que caemos todas, porque esa belleza es algo exterior, y es muy sacrificada. Tenemos que sacrificarnos mucho para tener el peso ideal, la piel sin arrugas... miles de esclavitudes. Finalmente, hablo del cuerpo femenino desde el Cristianismo. Y es interesante que el Cristianismo, y cuando hablo del Cristianismo hablo de la teología, no del tiempo de Jesús, el ideal de la belleza femenina es un ideal 'espiritual', pero es la belleza del servicio. La mujer que es buena es la que sirve, la que es una buenísima madre... Por ejemplo, todas estas mujeres que salen a la calle para hablar de los derechos de las mujeres, traicionan el ideal de la mujer como madre, cuidadora, sometida, ama de casa, limpiadora de la Iglesia, servidora de los curas. Son las mujeres que les cocinan, limpian los seminarios....
¿La Iglesia no da cuenta de que el día que las mujeres digan 'Ya basta' a ser siervas, esclavas... y no otras cosas dentro de esa Iglesia, la Iglesia puede quedarse vacía?
Es que hasta ahora ellos ven este proyecto de mujeres muy lejano, sobre todo en América Latina. Se dan cuenta, pero hacen como si el problema no existiera. Yo conozco a unos curas que pagan un sueldo mísero y, al mismo tiempo, hablan de justicia social. Estas contradicciones existen, porque existe la pobreza, que viven las mujeres. Pobreza material, en primer lugar, pero también hay una 'compensación', porque a veces el cura es buen tipo, educado, no es como el borracho del marido. Está el consuelo...
Sí, pero la mujer no cambia su rol, sigue estando sometida...
Pero el sometimiento es distinto. El cura no la pega, el cura le agradece, le dice que va a rezar por ella. Hay una idea del cura como representante de Jesús. Esta simbología, en cierta manera, atrasa el proceso.
Eso, aquí, se llama 'micromachismos', sin darte cuenta...
... estás fomentando la injusticia. Y el día en que el cura se da cuenta, las relaciones van a cambiar. Pero son más relaciones de amistad.

¿Cuándo la Iglesia reconocerá a las mujeres, también, como discípulas de Jesús?
Lo primero que hay que decir es que si decimos 'discípulas', ya establecemos una jerarquía. Yo prefiero hablar de 'Movimiento Jesús'. En este movimiento, Jesús no siempre tenía la última palabra. Las teologías masculinas han subrayado una sabiduría infusa en Jesús, como si no necesitara aprender nada de nadie, hasta el punto de decir que María fue la primera discípula de su hijo. Eso no puede sostenerse. Jesús tenía que aprender, ser contestado, responder, equivocarse. Creo que tenemos una idea muy romántica de Jesús de Nazaret, y al hablar de movimiento estamos bajando a la realidad de la vida. En el mundo judío, las mujeres tienen un rol importantísimo, como madres, educadoras, que son escuchadas. El mundo patriarcal, el Cristianismo de a partir del siglo II y III va a conectarse con la idea de poder del Imperio Romano, y allí las cosas empiezan a cambiar. La autoridad pública de la mujer se pierde totalmente.
La Iglesia, ¿es machista?
Yo prefiero no usar la palabra machismo, porque esa palabra tienen una connotación de subjetividad y emocionalidad muy negativa. No todos los hombres son machistas, ni todos los obispos son machistas, por eso yo prefiero hablar de un fundamento patriarcal. Aquí quien manda es el varón porque es el representante de Jesús, y yo no lo soy. Entonces, yo podría tener más razón que tú, pero la última palabra es tuya. El mundo patriarcal no solo subsiste en la Iglesia.

¿Es evangélico que sólo los hombres puedan ser sacerdotes, que las mujeres no tengan un papel sacramental en la Iglesia?
Esto no viene del Evangelio. Los sacerdotes quieren ver a los 12 apóstoles, varones, como una elección de Jesús. Yo no veo eso. La hermenéutica bíblica feminista ve otras cosas, pero desgraciadamente no nos leen, no nos escuchan y nos echan afuera de las instituciones de formación. Las pocas teólogas que enseñan en facultades de Teología tienen que ajustarse a las normas.
Conversatorio con Ivone Gebara: Montse Escribano, socia de la Asiciación, Raquel Lobato @HOAC_es , Marisa Vidal de Exeria , pensar sobre lo que nos está pasando...


¿Cómo interpretas que el Papa haya incluido tres mujeres en la Comision teológica internacional, o haya abierto una comisión para el diaconado femenino?
Yo soy muy crítica. No soy la única que piensa así. Primero, ¿quién ha elegido a estas teólogas como representantes? Pueden ser representantes de lo femenino, pero no del feminismo católico. Porque lo que molesta a la Iglesia no es lo femenino, es el feminismo. Porque femenino es decir, como dice el Papa, la Virgen María es más importante que los apóstoles, ese es un discurso romántico y que sirve para que todo siga igual.
El Papa pone tres mujeres, entre ellas hay una monja, dos teólogas alemanas. ¿Por qué no preguntó a las diferentes organizaciones de teólogas, por ejemplo, la ATE de España, qué nombres indicarían?

¿Crees que es más tema de cuota, y no de convencimiento?
Claro, y luego te ponen dos cardenales viejos que no tienen nada que ver. Dicen que están estudiando, pero no van a llegar a ninguna conclusión. Ya de antemano, él ya ha dicho no a la ordenación presbiteral. Ahora abre una pequeña brecha para la diaconal, pero no hay que tener mucha esperanza.

¿Qué tenemos que hacer los católicos feministas, hombres o mujeres, que entendamos que la Iglesia debe ser un lugar donde la igualdad se practique?
Creo que los varones hablan muy poco de esto. Pueden hacerlo en círculos cerrados, pero no hablan en los congresos, no escriben al Papa. Están satisfechos, aunque se podría hacer diferente. No hay voces masculinas. Están los dominicos, jesuitas, que hablan de respeto a las mujeres, contra la violencia, hay textos muy bonitos sobre esto. Pero entre esto y decir 'Hay que cambiar la teología', hasta el momento en que hablemos de los apóstoles, de Dios Padre Todopoderoso, de los sacramentos solamente conectados con la figura masculina de Jesús... entonces no hay cambios. Y si hay cambios, estoy segura que no será ahora, pero hay que empezar a cambiar.

¿Por dónde deberíamos empezar?
Cada comunidad, en cada grupo, en cada país, tiene que empezar desde su propia realidad. Yo invitaría a las mujeres que se reúnan, que estudien, por su parte, y a los varones que reflexionen por su lado.

¿Qué futuro le espera a la Iglesia si no rompe con el paradigma de varones con poder y mujeres servidoras?

No sé hablar del futuro, pero el presente lo que pasa es que muchas mujeres se salen de la Iglesia. La Iglesia ya perdió a lo sobreros, ya perdió al campesinado, y va a perder a las mujeres que piensan. Las mujeres que piensan y las líderes de movimientos populares. La Iglesia católica ya no les dice casi nada. En el mundo indígena, esta manera de la Iglesia con el feminismo comunitario, no les dice nada. Sí que van a quedar algunas, pero van a perder a muchas.

lunes, 16 de octubre de 2017

8 pasos liberadores del cristianismo en la historia de las mujeres: espacio para ser protagonistas 16102017

Lucetta Scaraffia y Giulia Galeotti lo explican en La Iglesia de las Mujeres (CiudadNueva)

8 pasos liberadores del cristianismo en la historia de las mujeres: espacio para ser protagonistas

8 pasos liberadores del cristianismo en la historia de las mujeres: espacio para ser protagonistas
El encuentro de Santa Clara y San Francisco, según la película italiana de 2007 - Clara abrió una nueva cultura femenina

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16 octubre 2017
Giulia Galeotti, periodista e historiadora, y Lucetta Scaraffia, profesora de Historia y también experta en Bioética, han colaborado en el libro reciente La Iglesia de las Mujeres(Ciudad Nueva).

Este libro de 140 páginas incluye: un breve repaso de la función histórica de las mujeres en las entidades y estructuras católicas; una exposición de las figuras femeninas en la cultura bíblica (lo femenino en Dios, que ha credo a los humanos en dos modalidades, hombres y mujeres; Dios como la Sabiduría, figuras bíblicas como Agar, María, Magdalena) y una entrevista en profundidad con Scaraffia, intelectual conversa al catolicismo desde una familia de la masonería, la izquierda radical y una experiencia de comuna "hippy".  (Parte de esa historia puede leerse aquí, aunque en el libro da muchos más detalles y reflexiones interesantes). 

Galeotti es capaz de mostrar amplitud de visión histórica al presentar en relativamente pocas páginas la influencia liberadora del cristianismo en la historia de la mujer en 8 ámbitos.


 La Iglesia de las Mujeres (aquí en Ciudad Nueva)

1. Hombres y mujeres, con la misma dignidad espiritual
Con Jesús, que hablaba y comía con mujeres y alaba su fe y les predicaba también a ellas, el cristianismo establece un modelo que San Pablo explica así en su famoso texto de Gálatas: "Todos los que fuisteis bautizados en Cristo, de Cristo os habéis revestido. No hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer; porque todos sois uno en Cristo Jesús". 

Hombres y mujeres se bautizan igual, se confiesan igual, reciben los sacramentos de igual forma. Hay una igualdad radical en lo eterno y espiritual, y por lo tanto en la dignidad personal. No era así con muchas otras religiones de la Antigüedad ni en las actuales.  

2. El matrimonio cristiano iguala a hombres y mujeres
En las culturas paganas, la promiscuidad sexual del marido (con esclavas, prostitutas o amantes) estaba perfectamente aceptada. La de la esposa, no tanto. El cristianismo crea otra cosa distinta: un matrimonio sin promiscuidad para ninguno, exigiendo a ambos exclusividad y fidelidad. "Durante mucho tiempo el derecho canónico fue el único que ponía en el mismo plano el adulterio masculino y el femenino. [...] Era una lectura inimaginable para las autoridades laicas. Hay que recordar que en Italia la ley civil que establecía penas diferentes por adulterio no se derogó de la Corte constitucional hasta 1968".

3. El matrimonio indisoluble defiende a la mujer
"Al sostener la indisolubilidad de las nupcias, el cristianismo -la única entre las grandes religiones monoteíastas en proclamar la monogamia, que significa tutelar al contrayente más débil- protegía de hecho a la mujer de ser repudiada por esterilidad o adulterio". En una cultura pagana que valora a las mujeres vírgenes, ¿qué futuro puede tener una mujer repudiada, expulsada? Pero los tribunales eclesiásticos siempre defendieron el vínculo de las esposas e impidieron los repudios. Incluso en el siglo XVI el anglicanismo nace como una imposición de un rey tiránico, Enrique VIII, que quiere huir del matrimonio indisoluble, que defendía los derechos de la reina.


 Giulia Galeotti (a la izquierda), con Lucetta Scaraffia (a la derecha)

4. El cristianismo implanta al padre afectuoso y con deberes
Para los paganos, los padres (varones) tenían el derecho a matar a sus hijos o hijas. Una madre no podía defender a sus hijos o hijas. El cristianismo impidió y combatió este derecho: en la Edad Media ningún país cristianizado reconocía ya este derecho a matar hijos y aunque algunos pueblos seguían practicándolo la Iglesia se esforzó en erradicarlo.

"El derecho canónico estableció además otro principio fundamental, según el cual a todo hijo -fuese legítimo, ilegítimo, fruto de adulterio o de incesto- le correspondía el derecho de ser alimentado por su padre, convirtiéndose en un deber preciso el proveer a los hijos independientemente de su origen".

Giulia Galeotti ha estudiado estos temas en su libro "In cerca del padre" y señala las normas canónicas que hacían que los clérigos proveyesen por sus hijos ilegítimos y también normas para defender los derechos de herencia de las niñas. 



5. El monaquismo: mujeres cultas, un camino distinto al de la maternidad
Las mujeres cristianas podían optar por una vida fuera del ciclo de embarazos y partos: la vida monástica y consagrada. Las mujeres pobres en estas comunidades podían aprender a leer y escribir y obtener cultura, algo que era imposible para las mujeres pobres en culturas no cristianas. Como escribía ya en 1910 la erudita norteamericana Emily James Putnam "ninguna institución ha concedido jamás a las mujeres las posibilidades de reconocimiento de las que gozaron en el convento".

6. Las abadesas: mujeres con jurisdición temporal y espiritual
Desde el siglo XI, "las abadesas ejercían poderes semejantes a los del obispo: gozaban de una amplísima jurisdicción espiritual y tenmporal, tanto en el monasterio como en el territorio aledaño; juzgaban en las causas eclesiásticas, otorgaban a los sacerdotes derecho a predicar y confesar; conferían cargos eclesiásticos, en muchos casos dirigían monasterios dobles, con sección femenina y masculina". A finales del siglo XII perdieron parte de estas atribuciones, pero ya habían forjado parte de Occidente.


 Santa Clara (interpretada por Mary Petruolo) en la película italiana de 2007 

7. Las mujeres fuertes reivindicativas
Giulia Galeotti pone ejemplos de mujeres católicas que abrieron nuevos espacios para la mujer en Occidente.

Clara de Asís arrancó del Papa Gregorio XI el "privilegio de pobreza", para que las clarisas, como los franciscanos, entraran en una excepción extraordinaria al derecho canónico: "no poder ser forzadas por nadie a recibir posesiones", llegando a la perfección radical en la pobreza.

Catalina de Siena, enfermiza y frágil,  en el siglo XIV tomaba la palabra y escribía contra el cisma en la Iglesia y pedía al Papa, desplazado en Aviñón, que volviera a Roma.

Teresa de Jesús, en el siglo XVI, renovó la espiritualidad cristiana y la organización monacal, en red con otros reformadores.

En Italia, en el siglo XIX, Teresa Eustochio Verzeri logra no solo la autonomía económica para sus congregaciones sino que tengan una superiora general independiente de los hombres que centralice esta autonomía.

8. Emprendedoras administrando dinero y empresas
En el siglo XIX se produce un "boom" de fundadoras y emprendedoras católicas que ponen en marcha infinitos orfanatos, hospitales, escuelas e iniciativas, en Europa, América y en las misiones. "Las fundadoras fueron, entre otras cosas, las primeras mujeres en administrar solas y con éxito sumas considerables de dinero, en enfrentarse activamente con nuevos equilibrios sociales, y en viajar, aceptando llegar a zonas todavía desconocidas", como se ve en el caso de muchas misioneras.

En este siglo hay otra novedad: si en siglos anteriores se necesitaba que las familias ricas o los reyes financiasen con grandes donaciones la creción de nuevos monasterios, en el siglo XIX las mujeres crean congregaciones con un capital inicial casi nulo o inexistente, y aprenden a obtener recursos y optimizarlos. Muchas fundadoras vienen de familias burguesas y de zonas industrializadas y ya sabían ser buenas administradoras antes de entrar en religión. Ellas formarán a sus hermanas para que sean directoras de escuelas, hospitales y orfanatos.


Santa Francisca Javier Cabrini, que trabajó con los
inmigrantes en EEUU en el siglo XIX, es un modelo de
emprendedora que comenta Giulia Galeotti


La ruptura llegó con la Revolución Sexual
Para Giulia Galeotti, las mujeres y la Iglesia estuvieron aliadas durante muchos siglos, para civilizar el mundo, hasta que en en los años 50 del siglo XX se despobló el campo en Occidente y en los 60 llegó la Revolución sexual, la anticoncepción y el divorcio generalizado, con los valores individualistas que socavaban la familia y lo comunitario.

La autora cree que en el siglo XXI pueden darse nuevas alianzas entre cierto feminismo y la Iglesia Católica, en campos "como el aborto, la fecundación heteróloga, la gestación subrogada y la ideología de género", en los que se han dado "puntos de convergencia esenciales entre posiciones católicas y posiciones laicas".

Así, parte del feminismo coincide con el catolicismo en oponerse a las bases de la ideología de género, algo que "significa rechazar una visión que pretende liberar a las mujeres librándolas de la feminidad, privándolas de sus características naturales que las hacen no inferiores sino solo distintas a los hombres". En esta línea de resistencia a laideología de género estaría la filósofa laica francesa Sylviane Agacinski.

La Iglesia de las Mujeres es un libro bastante amplio teniendo en cuenta los temas que cubre con detalle pero agilidad en tan solo 140 páginas y vale la pena acudir a él para divulgar un discurso alternativo al del feminismo de la confrontación imperante hoy en ámbitos políticos y académicos.


Adquiera el libro aquí

domingo, 20 de diciembre de 2015

De la mujer en el pensamiento de San Pablo. ¿Es o no es, San Pablo, el machista que algunos dicen?

De la mujer en el pensamiento de San Pablo. ¿Es o no es, San Pablo, el machista que algunos dicen?

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26 marzo 2015


            Uno de los lugares comunes el momento es el consistente en tildar a un personaje como San Pablo de “machista”, juzgándole así de acuerdo con un criterio que él no pudo ni llegar a atisbar en su más amplio y extensible horizonte antropológico e intelectual. Lo cual no sólo es injusto desde un punto de vista meramente crítico, sino que desde el punto de vista historiológico es completamente absurdo. No obstante ello, aceptemos el envite e intentemos conocer un poco mejor al gran divulgador de cristianismo por lo que a su pensamiento respecto a la mujer se refiere para finalmente obtener una conclusión sobre si efectivamente, era o no era machista San Pablo.

            San Pablo, efectivamente, expresa un concepto superado hoy día cual es el de la obediencia de la esposa al esposo. Así lo hace, v.gr., en su Carta a los Efesios cuando dice:

            “Sed sumisos los unos a los otros en el temor de Cristo: las mujeres a sus maridos, como al Señor, porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia, el salvador del cuerpo. Como la Iglesia está sumisa a Cristo, así también las mujeres deben estarlo a sus maridos en todo” (Ef. 5, 21-24).

            O todavía con mayor rotundidad en su Primera Carta a Timoteo, donde afirma:

            No permito que la mujer enseñe ni que domine al hombre. Que se mantenga en silencio” (1Tm. 2, 12).

            Ahora bien, se trata de un concepto que, obremos con justicia, prevalece aún en tres cuartas partes del planeta, y que en las sociedades occidentales no ha sido superado, digámoslo como es, sino diecinueve siglos después de decapitado Pablo, durante el último cuarto del siglo XX: en España, concretamente, mediante las muchas reformas acometidas en el Código Civil pero particularmente la del 2 de mayo de 1975 (en pleno franquismo como se ve) que abolía la llamada licencia marital, algo en lo que contrariamente a lo que acostumbramos a creer los españoles, siempre entusiastas a la hora de denostar nuestra historia y de avergonzarnos de ella, no éramos los únicos que tuvimos que acometer, ni muchísimo menos fuimos los últimos.

            Pero es que la historia no se puede juzgar sin conocer bien el contexto en el que las cosas se producen y en el que tienen lugar. Y la sociedad judía -y también la no judía, ojo- que conoció Pablo era estricta en lo relativo al sometimiento de la mujer al hombre, de lo que las pruebas son abundantísimas a lo largo de todos sus libros, por lo que nos limitaremos a expresar la primera y más clara recogida en el Génesis:

            Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará” (Gn. 3, 16).

            El principio de la obediencia de la mujer al marido del que Pablo, como ninguno de sus contemporáneos, ni aun los más progresistas, no sólo no se desprovee, es, sin embargo, muy mitigado en sus escritos, con una claridad que es difícil de hallar en ninguno de sus contemporáneos. Pablo es el que ordena:

            “Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada. Así deben amar los maridos a sus mujeres como a sus propios cuerpos. El que ama a su mujer se ama a sí mismo” (Ef. 5, 25-28).

            Y también:

            “Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas” (Col. 3, 19)

            De su Carta a los Romanos, incluso cabe extraer que dicha obediencia sólo la debe en el matrimonio:

            “Así, la mujer casada está obligada por la ley a su marido mientras éste vive; mas, una vez muerto el marido, se ve libre de la ley del marido. Por eso, mientras vive el marido, será llamada adúltera si se une a otro hombre; pero si muere el marido, queda libre de la ley, de forma que no es adúltera si se une a otro” (Ro 7, 2-3).

            A Pablo se le acostumbra reprochar el ordenar a las mujeres mantenerse calladas durante las asambleas. Y no parece faltar razón a cuántos lo hacen:

            “Como en todas la iglesias de los santos, las mujeres cállense en las asambleas; que no les está permitido tomar  la palabra; antes bien, estén sumisas como también la Ley lo dice. Si quieren aprender algo, pregúntenlo a sus propios maridos en casa; pues es indecoroso que la mujer hable en la asamblea” (1Co. 14, 34-35)

            Pero es que en tiempos de Pablo, no es que la Ley judía no permitiera a la mujer hablar en la asamblea… ¡es que no le permitía participar en ella! En el propio Templo, existía un atrio de las mujeres que éstas no podían traspasar y que no era sino el tercero, después del atrio de los sacerdotes y del llamado atrio de Israel, al que sólo podían acceder los hombres. Es más, muy posiblemente, tal patio sólo existió en la última versión del Templo, la de Herodes el Grande, contemporáneo de Jesús y de Pablo, y antes las mujeres no pudieran acceder ni a tal instancia de la institución. En las sinagogas, hombres y mujeres ocupaban, -y aún hoy ocupan en muchas de ellas-, lugares distintos, lo que es posible mediante una institución llamada la “mejitzá”, nombre de la pared o biombo que separa a hombres y mujeres. Algo que desde luego, trasciende también al ámbito del islam, donde un famoso hadiz (pinche aquí para saber qué es un hadiz) proclama

            “No impidáis a vuestras mujeres ir a la mezquita, aunque sus hogares son preferibles para ellas”.

            Y en las que como de todos es sabido, hombres y mujeres tienen sitios reservados y separados.

            Todavía hemos de conocer lo que sobre el matrimonio piensa San Pablo, y como su pensamiento sobre dicha institución mejora la situación de la mujer. Pero eso quedará para otro día. Por hoy, que hagan Vds. mucho bien y que no reciban menos. Mañana les espero, en la columna, como siempre.

            Y no me quiero despedir sin informarles de la nueva representación que con el Grupo Ecos que dirige Almudena Albuerne haremos hoy mismo del “Auto Sacramental del siglo 21” del que soy autor, esta vez en el Centro Cultural Buenavista, de Madrid, sito en la avenida de los Toreros, 5, a las 19:00 hs. Por ahí les veo. Y sin más y como siempre, que hagan Vds. mucho bien y que no reciban menos.



            ©L.A.
            Si desea suscribirse a esta columna y recibirla en su correo cada día, o bien ponerse en contacto con su autor, puede hacerlo en encuerpoyalma@movistar.esEn Twitter  @LuisAntequeraB
 

lunes, 6 de julio de 2015

De la mujer en el pensamiento de San Pablo (2). Hoy el matrimonio 06072015

De la mujer en el pensamiento de San Pablo (2). Hoy el matrimonio

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6 julio 2015


            Hace ya algún tiempo nos preguntábamos si San Pablo era “ese machista que algunos dicen” (pinche aquí si desea conocer la respuesta a la pregunta) y remitíamos a fechas posteriores el análisis de su pensamiento sobre la mujer y el matrimonio. Pues bien, aunque con algún retraso ese día ha llegado, y aquí estamos para cumplir con nuestra promesa.

            En el ámbito del matrimonio según lo concibe Pablo, las obligaciones de la mujer para con su marido vienen acompañadas siempre de las del marido para con su mujer, como expresa con rotundidad en la Carta a los Corintios, con unas palabras absolutamente inimaginables en ninguno de sus contemporáneos que no fuera él:

            Que el marido cumpla su deber con la mujer; de igual modo la mujer con su marido. No dispone la mujer de su cuerpo, sino el marido. Igualmente, el marido no dispone de su cuerpo, sino la mujer. No os neguéis el uno al otro sino de mutuo acuerdo” (1 Co. 7, 3-5).

            El derecho judío permitía el repudio de la mujer, que podemos identificar como eldivorcio unilateral, es decir, aquél por el que el marido puede echar a la mujer, por cierto, sin mayor motivo y sin más requisito que el de no agradarle:

            “Si un hombre toma una mujer y se casa con ella, y resulta que esta mujer no halla gracia a sus ojos, porque descubre en ella algo que le desagrada, le escribirá un acta de divorcio, se la pondrá en su mano y la despedirá de su casa” (Nm. 24, 1).

            Pero no la mujer a su marido. Así de claro, así de fácil. Pues bien, veamos lo que dice Pablo al respecto

            “En cuanto a los casados, les ordeno, no yo sino el Señor: que la mujer no se separe del marido […] y que el marido no se divorcie de su mujer” (1Co. 7, 10-11)

            Indisolubilidad del matrimonio, sí… ¡¡¡pero para los dos!!! A Vds. les puede parecer lo que quieran, pero el principio es absolutamente revolucionario.

            La ley judía, como sabe bien el lector siempre atento de esta columna, permitía la poligamia, que como se sabe, es la capacidad de un hombre de tener varias esposas, nunca la de la mujer de tener varios esposos. Aunque no frecuente en los tiempos de Jesús y de Pablo, existir existía y darse se daba, como cabe deducir de los claros testimonios históricos de los que disponemos y que si le interesan puede Vd. conocer pinchando aquí. Pues bien, que Pablo no aprueba la poligamia se extrae con toda claridad de la condición que impone a los líderes de la comunidad de practicarla:

            “Los diáconos sean casados una sola vez” (1Tm. 3, 12).

            Y también:

            “Es, pues, necesario que el epíscopo sea irreprensible, casado una sola vez” (1 Tm. 3, 2).

            Pero sobre todo, de este mandato que emite en su Carta a los Corintios:

            “Tenga cada hombre su mujer, y cada mujer su marido” (1 Co. 7, 2).

            La Ley judía imperante en los tiempos de Pablo proscribía el matrimonio entre un judío y una no judía (del matrimonio inverso, entre una judía y un no judío, ni hablamos).

            “Cuando Yahvé tu Dios te haya introducido en la tierra en la que vas a entrar para tomarla en posesión, y haya arrojado al llegar tú a naciones numerosas: hititas, guirgaseos, amorreos, cananeos, perizitas, jivitas y jebuseos, siete naciones más numerosas y fuertes que tú […] no harás alianza con ellas, no les tendrás compasión, ni emparentarás con ellas: tu hija no la darás a su hijo ni tomarás una hija suya para tu hijo, porque apartaría a tu hijo de mi seguimiento, y serviría a otros dioses; y la ira de Yahvé se encendería contra vosotros y se apresuraría a destruiros” (Dt. 7, 1-5).

            Pues bien, Pablo no sólo no prohíbe el matrimonio entre un creyente (cristiano en este caso) y una no creyente:

            “En cuanto a los demás, digo yo, no el Señor: si un hermano tiene una mujer no creyente y ella consiente en vivir con él, no se divorcie de ella” (1Co. 7, 12)

            Sino que -lo que es aún más revelador en el caso que no ocupa aquí, la igualdad de hombre y mujer en el pensamiento de Pablo-, permite también… ¡el de una creyente con un no creyente!

            “Y si una mujer tiene un marido no creyente y él consiente en vivir con ella, no se divorcie. Pues el marido no creyente queda santificado por su mujer” (1Co. 7, 13-14)

            Algo que aún hoy, diecinueve siglos después de ser decapitado Pablo, no se permite, sólo a modo de ejemplo, en el ámbito islámico, como tuvimos ocasión de analizar en otra ocasión (pinche aquí para conocer sobre el tema).

            Pablo proclama con claridad el deber de fidelidad que obliga no sólo a la mujer respecto del hombre, sino también al hombre respecto de la mujer:

            “No dispone la mujer de su cuerpo, sino el marido. Igualmente, el marido no dispone de su cuerpo, sino la mujer” (1Co. 7, 4).

            Pablo es quien proclama la mutua interdependencia hombre-mujer:

            Por lo demás, ni la mujer sin el varón, ni el varón sin la mujer, en el Señor. Porque si la mujer procede del varón [se refiere al episodio del Génesis sobre la creación de la mujer a partir de la costilla de Adán] , el varón, a su vez, nace mediante la mujer, y todo proviene de Dios”. (1Co. 11, 2-12)

            Y por encima de todo y con una claridad irrebatible, la completa igualdad de hombres y mujeres:

            “Ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gl. 3, 28).

            De todo lo cual no cabe sino una única e indudable conclusión. No sólo no estamos hablando de un “machista” cuando de Pablo hablamos, sino que muy por el contrario, estamos hablando de un verdadero y revolucionario adelantado a su época, de un verdadero adalid que puso los cimientos de un proceso que sólo veinte siglos después se ha podido alcanzar… y por cierto, sólo en una pequeña porción del planeta, no por cierto en sus tres cuartas partes.