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lunes, 25 de septiembre de 2017

Mons. Fernando Chica: para terminar con el hambre en el mundo es necesario invertir en la paz 25092017

Mons. Fernando Chica: para terminar con el hambre en el mundo es necesario invertir en la paz

Foto de archivo - REUTERS
25/09/2017 12:00
(RV).- Vuelve a aumentar el hambre en el mundo: treinta y ocho millones de personas más respecto al año anterior sufren el hambre en el mundo, debido - en gran medida – a la proliferación de conflictos violentos y a las consecuencias del cambio climático. Así lo informó la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura en lo que es la primera evaluación global de esta organización mundial sobre la seguridad alimentaria y nutrición, publicada tras la adopción de la Agenda para el Desarrollo Sostenible, que tiene por objetivo terminar con el hambre y con todas las formas de malnutrición en el 2030. El Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, Monseñor Fernando Chica Arellano, explicó la situación ante los micrófonos de Radio Vaticano:
 
Firmado por cinco grandes Organismos de Naciones Unidas, a saber, la Organización Mundial de la Salud, UNICEF, la FAO, el Fondo Internacional para el Desarrollo Agrícola, y el Programa Mundial de Alimentos, se hicieron públicos el viernes 15 de setiembre las nuevas estadísticas de malnutrición y de la seguridad alimentaria en el mundo.
Monseñor Fernando Chica, se refiere a un dato alarmante: tras haber disminuido de forma constante durante más de tres décadas, "el hambre repuntó en el mundo en 38 millones de personas en el 2016".
El prelado explica los dos motivos a los que se debe este incremento: por una parte,"el aumento de conflictos y guerras en el mundo que afectan a 20 países", y por el otro, "los graves fenómenos de cambios climáticos, como El Niño que produce sequías, o La Niña que produce inundaciones, que impiden que se produzcan las cosechas que alimentan a las personas". Se trata de "38 millones de personas que están llamando a un incremento de solidaridad y a invertir en el tema de la paz".
Haciendo referencia a la labor de las organizaciones mundiales que luchan contra el hambre, Monseñor Chica Arellano señala la importancia de las evaluaciones y diagnósticos realizados por las mismas, que ponen de manifiesto "la lacra del hambre" que afecta a treinta y ocho millones de personas, "que nos son algoritmos, ni simplemente partes de una estadística, sino personas que llega la noche y no tienen nada que comer".
Un informe que "llama a la comunidad internacional a potenciar la agricultura, a reforzar las ayudas humanitarias, y pone de manifiesto la necesidad de trabajar por la paz". Esto último porque mientras en los países haya conflictos, "habrá crisis humanitarias, habrá hambruna, habrá miseria". Por lo tanto es necesario "invertir más en la paz, apostar por el diálogo, y acabar con las guerras que tanto mal están haciendo".
Monseñor Chica señala asimismo el número de países que sufren los conflictos: son 20 los países que están provocando que "no se pueda potenciar la agricultura", causando, en consecuencia, enormes flujos migratorios, que provocan a su vez "que las tierras queden sin cultivar", lo que llama a otra cosa: es necesario "invertir en solidaridad y evitar el desperdicio de alimentos", porque "un tercio de lo que se produce en el mundo o se pierde o se desperdicia".
Antes se hablaba de inseguridad alimentaria, - explica el Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO-, de las causas que mermaban la ingesta de alimentos. En cambio hay que asegurar la alimentación tanto en cantidad como en calidad, porque, tal como evidencia el informe, mientras hay personas que no tienen nada que llevarse a la boca, es decir que les faltan nutrientes, hay personas que tienen una salud deficitaria debido al sobrepeso y la obesidad. Esto también conlleva la aparición de enfermedades no transmisibles, como la diabetes, la hipertensión, enfermedades reumáticas; es decir, la malnutrición es tanto la falta de alimentos, como la alimentación no adecuada. "Hace tanto daño a la persona no comer, como el comer malamente", asegura. 
Para hacer frente a esta lacra del hambre en pleno siglo XXI -concluye - "hay que crecer en solidaridad, evitar las desigualdades, y sobre todo asegurar una mejor distribución de alimentos, por la paradoja es ésta: hay alimentos para todos, pero no todos pueden comer". 
(Griselda Mutual - Radio Vaticano)

jueves, 15 de junio de 2017

«El Espíritu Santo nos ayuda a vencer nuestra insensibilidad» Mons. Fernando Chica 15062017

«El Espíritu Santo nos ayuda a vencer nuestra insensibilidad» Mons. Fernando Chica

Arranca la segunda temporada de Tu palabra me da vida: reflexiones bíblicas de Monseñor Fernando Chica - RV
15/06/2017 09:00
(RV).- Comienza la segunda temporada del programa «Tu palabra me da vida» con las reflexiones bíblicas de Monseñor Fernando Chica Arellano - observador permanente de la Santa Sede ante los organismos de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación en Roma-. En este primer programa, que da inicio a una serie de once en total, Fernando Chica ha querido reflexionar acerca de un pasaje del Evangelio según San Juan:“Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre” (Jn 14,15-16).
 
Con estas palabras, el Señor nos anunciaba la presencia del Espíritu Santo. Tú y yo, cada uno de nosotros, somos conscientes de que en nuestro corazón crecen actitudes opuestas al Evangelio. Son semillas de pecados que ensombrecen la relación con Dios y entre las personas. Son de vario tipo. Pensemos, por ejemplo, en la insensibilidad y en su hermana gemela laindiferencia, por no hablar de la incredulidad y el individualismo, o de la impaciencia y la ingratitud. Recordarlas es una forma de tomar conciencia de lo nocivas que son para nuestra existencia. Para erradicarlas, tenemos necesidad del Espíritu Santo, que viene en ayuda nuestra y fortalece nuestros esfuerzos, pues es abogado y defensor, consuelo y estímulo en nuestra diaria lucha contra el mal.
Hemos de pedir a Dios que nos mande el Espíritu Santo, que sigue siendo para muchos el gran desconocido. Con razón el papa Pablo VI subrayaba que, “a la cristología y especialmente a la eclesiología del Concilio, debe suceder un estudio nuevo y un culto nuevo del Espíritu Santo, justamente como necesario complemento de la doctrina conciliar” (Audiencia 6.6.1973).
Detengámonos ahora en la insensibilidad. Me parece importante porque este defecto empobrece nuestra vida, hasta el punto de poder anular, tanto nuestra experiencia de Dios como la experiencia que podamos tener de la fraternidad.
Hemos oído una y otra vez: “Dios te ama”. Es una suerte escuchar con frecuencia este anuncio. Sin embargo, en muchos momentos, quien vea nuestras vidas puede deducir que no vivimos sostenidos por esa verdad y que tenemos poca experiencia del amor de Dios. Nuestro corazón se ha impermeabilizado ante Dios y sus mandamientos. Late al ritmo de los intereses mundanos, con un sonido muchas veces ‘metalizado’.
Pero, siendo insensibles a Dios y a su amor, resulta que acabamos sin sintonizar con nuestros hermanos. Nuestras preocupaciones se distancian del corazón de las personas con las que convivimos. Tenemos que reconocer que en más de una ocasión hemos sido insensibles ante la presencia del prójimo, con sus necesidades y sus dones.
A veces es justamente lo contrario. Necesitamos de alguien y nos encontramos con las puertas de su alma cerradas a nosotros por su insensibilidad. No nos hace caso, y esto genera en nosotros tristeza y quizá el propósito de devolverle la misma moneda.
Todas estas experiencias bloquean, no construyen, paralizan.
¿Qué hacer cuando notamos que en nuestra alma ha arraigado la mala hierba de la insensibilidad? Escuchemos al Papa Francisco en el Jubileo de los Catequistas, cuando nos dijo: “Un cristiano debe construir la historia. Debe salir de sí mismo para construir la historia. Quien vive para sí no construye la historia. La insensibilidad de hoy abre abismos infranqueables para siempre” (25.9.2016).
¿Quién nos defiende cuando estamos en el foso de la insensibilidad?¿Quién nos consuela y nos cura cuando somos víctimas de la insensibilidad? La respuesta es clara: El Espíritu Santo. Él, con el don de entendimiento, nos ayuda a profundizar en la Palabra de Dios, a descubrir la actualidad de las palabras del Señor, del amor de Dios derramado abundantemente en nuestros corazones (cf. Rm 5,5).
El Espíritu Santo nos hace vibrar al sentirnos amados por Aquel para el cual somos la niña de sus ojos; nos sostiene en el camino del perdón hacia quienes nos han dado la espalda, y al mismo tiempo nos impulsa a salir de nuestra lógica egoísta, de nuestros intereses, incluso de los más nobles y por supuesto de los mezquinos, para tener un corazón grande como el Dios, un corazón que ve y no se desentiende, un corazón que alaba a Dios, que no antepone nada a su amor y precisamente con ese amor construye fraternidad. Supliquemos, pues, con fervor la fuerza del Espíritu Santo para no caer en el laberinto de la insensibilidad que tanto daño puede hacernos.
(Mireia Bonilla - RV)


jueves, 19 de enero de 2017

"Hoy es tiempo de cambiar", reflexiones bíblicas de Mons. Fernando Chica

"Hoy es tiempo de cambiar", reflexiones bíblicas de Mons. Fernando Chica

Papa Francisco visita un campo de refugiados en Bangui durante su viaje a la República Centroafricana - AP
19/01/2017 12:00

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(RV).- En el programa «Tu palabra me da Vida» de hoy, Monseñor Fernando Chica Arellano -observador permanente de la Santa Sede ante los organismos de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación en Roma-, reflexiona acerca de un pasaje del Evangelio según San Mateo que elSanto Padre recomienda que leamos y pongamos en práctica: "Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer (...) Entonces los justos le responderán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer (...)?’ Y el Rey les dirá: En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mt 25, 34-40).
 
Junto con las Bienaventuranzas (Mt 5,3-12), este texto que acabamos de escuchar, tomado del capítulo 25 del Evangelio según san Mateo, es uno de los más citados por el papa Francisco. El Santo Padre recomienda insistentemente que lo leamos y, sobre todo, que lo pongamos en práctica. El Sumo Pontífice repite esto una y otra vez ante los niños y los jóvenes, ante laicos y sacerdotes; se lo dice a los misioneros y a quienes son miembros de la vida religiosa. Es un texto al que el Obispo de Roma califica como ‘camino de santidad’.
Me viene ahora a la memoria lo que dijo en la Audiencia General del seis de agosto de 2014: “Además de la nueva Ley -señalaba el Papa-, Jesús nos entrega también el «protocolo» a partir del cual seremos juzgados. Cuando llegue el fin del mundo seremos juzgados. ¿Y cuáles serán las preguntas que nos harán en ese momento? ¿Cuáles serán esas preguntas? ¿Cuál es el protocolo a partir del cual el juez nos juzgará? Es el que encontramos en el capítulo 25 del Evangelio de Mateo […]. No tendremos títulos, créditos o privilegios para presentar. El Señor nos reconocerá si a su vez nosotros lo hemos socorrido en el pobre, en el hambriento, en quien pasa necesidad y está marginado, en quien sufre y está solo... Es éste uno de los criterios fundamentales de verificación de nuestra vida cristiana, a partir del cual Jesús nos invita a medirnos cada día”.
En este pasaje evangélico es muy importante la pregunta que le lanzan al Señor: “¿Cuándo te vimos…?” Esto nos está diciendo que en la vida cristiana un verbo es fundamental. Se trata del verbo ‘Ver’. Aprendamos, por tanto, a mirar, a ver, descubriendo en el otro a un hijo de Dios y a un hermano en Cristo. Amemos a Cristo y que nuestro amor a Él se extienda a los hermanos.
Esta manera de mirar para descubrir a Jesús y servir a los demás la tenemos que poner en práctica comenzando por nuestra propia casa. Porque puede ser que tratemos con gran generosidad a los demás cuando estamos fuera de casa pero tengamos un trato distinto con los de nuestra familia, o con las personas más cercanas. A veces a éstas las tratamos con indiferencia, sin respeto, superficialmente. Si nos portamos así, hoy es tiempo de cambiar.
Busquemos ofrecer el pan de la gratitud y de la delicadeza también a los de casa. Mostremos amor y generosidad no solo a los que encontramos una vez en nuestra vida. También a los más cercanos, compartamos con ellos nuestro tiempo. Eso será la señal de que lo que hacemos con los de fuera es verdadero. Eso será muestra de que hemos entendido que dar de comer al hambriento no es cuestión de limosna, sino de vivir mirándoles y tratándoles a la altura de su dignidad. Ciertamente esto no es fácil. Es preciso pedir a Dios que nos ayude. Necesitamos orar para tener un corazón como el de Jesús. Por eso podemos decir: “Ven, Espíritu Santo. Que tu luz me ayude a mirar con amor y descubrir a Jesús en todos los que me rodean, sobre todo en los que sufren”.
Que al participar en la próxima celebración de la Eucaristía, y en todas ellas, miremos amorosamente a Jesucristo, realmente presente en la Sagrada forma. Si así lo hacemos, Él nos ayudará a mirar con sus ojos a los demás, dirigirá nuestra mirada al pobre para que lo socorramos, y al hacerlo estaremos anticipando el Cielo que Él nos ha preparado.
(Mireia Bonilla para RV)