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viernes, 30 de agosto de 2019

«La moderación se convirtió en un crimen»: por qué la Revolución Francesa desembocó en la guillotina 26082019

El historiador Claude Quétel sacude la complaciente versión oficial

«La moderación se convirtió en un crimen»: por qué la Revolución Francesa desembocó en la guillotina

La ejecución de la reina María Antonieta, en «La Revolución Francesa» o «Historia de una revolución», película de 1989 dirigida por Robert Enrico y Richard T. Heffron, emitida también en versión larga como serie de televisión
La ejecución de la reina María Antonieta, en «La Revolución Francesa» o «Historia de una revolución», película de 1989 dirigida por Robert Enrico y Richard T. Heffron, emitida también en versión larga como serie de televisión
Doscientos treinta años después de la toma de la Bastilla, el estudioso Claude Quétel ha escrito una historia de la Revolución francesa que resulta "blasfema" para la versión oficial. ¿Por qué el Terror? ¿Pudo evitarse o iba implícito en la Revolución misma? Leone Grottianaliza el libro en Tempi
Los derechos humanos llevan derecho a la guillotina
8 de  junio de 1794. Toda la Europa cristiana se prepara para celebrar el día de Pentecostés según el calendario gregoriano, con excepción de un país: Francia. En París, de hecho, no es el 8 de junio ni el 1794, sino el 20 del mes de pradial del año 2, según el calendario revolucionario que data desde el 22 de septiembre de 1792, día de la proclamación de la República. La Revolución francesa, que había empezado en 1789, había llevado a la "hija predilecta" de la Iglesia a derrocar la monarquía y a guillotinar al rey Luis XVI, por lo que en ese momento no tenía la más mínima intención de celebrar la efusión del Espíritu Santo, que huele a Antiguo Régimen, sino al Ser Supremo.
La Revolución Francesa estableció un nuevo calendario y suprimió el cristiano, restaurado por Napoleón en 1806.
Se ha conseguido la descristianización del país: la religión católica ha sido abolida, se han cambiado las festividades (la Navidad se ha convertido en el "día del perro"), los nombres de las ciudades con referencias a santos han sido modificados, la expresión "gracias a Dios" ha sido sustituida (so pena de muerte) por "gracias a la Naturaleza", las iglesias han sido destruidas o convertidas en almacenes, a los sacerdotes se les ha obligado a renunciar a su fe y los refractarios han sido asesinados, los bienes de la Iglesia han pasado a pertenecer al pueblo y el Papa Pío VI ha tronado: "Hasta ahora hemos permanecido en silencio, por temor a irritar con la voz de la verdad a estos hombres desconsiderados", pero ahora ya no es posible porque "la Asamblea tiene como objetivo destruir la religión católica".
Quien guía el largo cortejo en la capital, desde las Tullerias al Campo de Marte, entre el pueblo en fiesta, no es el arzobispo de París, Jean-Baptiste Gobel, sino el Incorruptible, Maximilien de Robespierre. Por su parte Gobel, ferviente jacobino, tras haberse hecho elegir por sus colegas diputados (y no por el Papa) arzobispo de la capital, colgó los hábitos con un apasionado discurso público el 7 de noviembre de 1973: "Hoy que la revolución ya está en marcha y avanza, a grandes zancadas, hacia un objetivo glorioso, hoy que ya no hay ningún culto público y nacional con excepción del de la libertad y la santa igualdad, hoy yo renuncio a ejercer mis funciones de ministro del culto católico".
Sin embargo, a Robespierre no le gustaba el ateísmo. Imbuido de Ilustración, de la que era hijo, estaba convencido de que la religión y la moral católica debía ser sustituida por una nueva, "natural": la religión de la Razón. Por este motivo Robespierre, verdadero pontífice de la Revolución, vestido con un pomposo traje celeste adornado de plumas, siguiendo a la letra el bosquejo predispuesto por Jacques-Louis David (ciertamente un gran pintor, pero también el regicida, el adepto al Terror, el adulador de Robespierre, al que traicionará en la primera ocasión, y por último, el adulador de Napoleón), quema el 20 del mes de pradial la efigie del Ateísmo. Del humo surge la estatua de la Sabiduría, que con la mano indica al cielo, morada del Ser Supremo. Las trompetas resuenan, la muchedumbre en adoración entona el Himno al Ser Supremo y mientras el Incorruptible pronuncia un discurso interminable, no se da cuenta de que su vestimenta es ridícula, que el pueblo murmura y que los miembros de la Convención pronuncian, en voz baja, la palabra "dictador".
Robespierre no se da cuenta de que hasta el día anterior a la fiesta, el palco desde el que habla estaba ocupado por la guillotina, que para esa ocasión había sido trasladada a otro lugar; y no se imagina que al cabo de dos meses será su cabeza la que acabe en el tajo, y que también él sentirá ese "rápido soplo de aire fresco sobre la nuca" provocado por la caída de la afilada hoja. Mientras el sol tramonta en París, el Incorruptible no puede prever que la sombra que ya se extiende sobre Francia es la de Napoleón Bonaparte.
Robespierre y Saint Just, camino de la guillotina, cuadro de Alfred Mouillard.
Han pasado 230 años desde el inicio de la Revolución francesa, uno de los capítulos más discutidos, criticados y alabados de la historia mundial. Se ha dicho y escrito todo sobre los protagonistas y las comparsas de la madre de todas las revoluciones. La Revolución francesa ha salido del ámbito de la historia para entrar en el del mito. Después de que el gran novelista Victor Hugo, en 1841, en su discurso a la Academia francesa, definiera a la Convención como "un sujeto de contemplación espantoso pero sublime", con ocasión del bicentenario, en la Sorbona, el entonces presidente francés François Mitterrand reivindicó en 1989 "nuestra Revolución", añadiendo que "el proceso de la Revolución es, muy a menudo, la forma autorizada del proceso de la democracia".
"La moderación es un crimen"
En los libros de historia de Francia se lee que sin los Marat, Robespierre y Danton el país nunca habría tenido la Tercera República y el mundo no habría disfrutado de la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano (a partir de aquí, la Declaración). Y si realmente no se puede elogiar toda la Revolución, se debería por lo menos estar de acuerdo con el gran historiador François Furet según el cual, no sólo la interpretación marxista de la Revolución como fruto de la lucha de clases es errónea, sino que además hay que distinguir dos periodos opuestos: el primero (1789-1790), positivo y coronado por la Declaración, y el segundo, negativo, caracterizado por el Terror.
Claude Quétel, durante una entrevista radiofónica sobre su libro en RCJ.
En este contexto histórico e historiográfico se inserta la obra de Claude Quétel. El profesor universitario, especialista en la Segunda Guerra Mundial y el Antiguo Régimen, director honorario de investigación en el CNRS y director científico del Memorial de Caen, autor de una decena de volúmenes históricos, ha publicado en la editorial Tallandier Perrin Crois ou meurs! Histoire incorrecte de la Révolution Française [¡Cree o muere! Historia incorrecta de la Revolución francesa].
Más que "incorrecta", la historia que cuenta Quétel es blasfema, porque cuando un gran acontecimiento histórico se convierte en un ídolo, cualquier comentario que se haga sólo puede ser para hacer una peregrinación al santuario de la memoria o una guerra santa. Sin embargo, Quétel no ha escrito un panfleto, sino una verdadera cronología de la Revolución francesa, día a día, semana a semana, enriquecida con abundantes citas de los discursos pronunciados en la Asamblea nacional y por los artículos periodísticos de la época. Incluso el título de la obra explica a la perfección cuál es la intención del historiador: "¡Cree o muere!" es, de hecho, una expresión que utilizó el periodista Mallet du Pan el 17 de octubre de 1789 cuando escribió en el Mercure de France, uno de los periódicos más leídos de Francia: "La opinión pública impone hoy sus decisiones con el hierro o con la soga. '¡Cree o muere!': este es el anatema que pronuncian los espíritus ardientes, y lo hacen en nombre de la libertad. El camino de la moderación se tomará en vano entre tantos obstáculos, porque la moderación se ha convertido en un crimen".
Para Francia, que desde hace siglos presume de ser la "patria de los derechos humanos", la tesis de Quétel es tan simple cuanto inaceptable: la Revolución fue una orgía de sangre desde el principio y no mantuvo ninguna de sus promesas. No inventó los derechos del hombre, defendidos (aunque no con este nombre) desde los comienzos de los tiempos por el cristianismo; no fue la primera en ponerlos por escrito en la ensalzada Declaración del 26 de agosto de 1789, puesto que la Declaración de independencia americana ya los había proclamado en 1776. Y, sobre todo, no los aplicó ni durante sus diez años de vida convulsa y mortal, ni después.
El veneno de la Ilustración
Escribe Quétel en la introducción de su libro de más de 500 páginas: "¿Qué libertad? ¿Qué Igualdad? ¿Qué Fraternidad? ¿Cuándo entraron estos nobles principios en la realidad histórica? ¿A partir de cuándo la proclamación de los derechos del hombre lleva concretamente al respeto de los seres humanos como personas?". El objetivo de Quétel es, por consiguiente, sólo uno: "Descubrir la impostura y reconocer, por fin, que la Revolución francesa fue un episodio execrable de la historia de Francia, una locura mortífera e inútil, una guerra civil. Toda la Revolución fue un deslizamiento  desde los primeros días de los Estados generales, hasta el punto de que para salvar a Francia de la anarquía fue necesaria una dictadura militar".
Según explica el historiador, los elementos que forman la mezcla esplosiva que llevó al estallido de la Revolución son tres: un rey incapaz de gobernar, Luis XVI; una sociedad francesa "bloqueada" de 26 millones de habitantes en la que la propiedad de la tierra no estaba en mano de quienes la cultivaban y el Tercer Estado, es decir, los nueve décimos de los franceses, no podía acceder a los beneficios reservados a la nobleza y al clero; y, por último, lo que Quétel llama "el veneno del filosofismo".
Con esta expresión el historiador se refiere a esa "parodia de la filosofía" que sueña con un mundo utópico en el que el Hombre, concebido siempre de "manera abstracta", guiado por la razón y libre de los dogmas de la moral y la religión, de la autoridad y de la tradición, pueda vivir sin desigualdades. Son las ideas de Voltaire, que en su Diccionario filosófico de 1764 escribe: "Todos los hombres serían necesariamente iguales si no tuvieran necesidades". Son las ideas de Jean-Jacques Rousseau, que en su Discurso sobre las ciencias y las artes de 1750 declara: "La primera fuente del mal es la desigualdad". Si no fuera corrompido por la sociedad, el hombre se parecería al "buen salvaje" de Rousseau y para volver a ese idílico estado de la naturaleza, el abad de Mably escribe en 1776 que es necesario "elegir entre la revolución y la esclavitud, no hay término medio". Se imprimen cientos de panfletos que se discuten en los clubs, en los salones, en los cafés literarios, en las logias masónicas y Luis XVI permite que se difunda este nuevo humanismo de las Luces fundado en el derecho natural, que entrevé una nueva felicidad para el hombre, el cual es, para Diderot, "el término único del que partir y hacia el que debe converger todo".
La farsa del 14 de  julio de 1789
El "filosofismo" lleva adelante esa quimera de un Homo ideologicus, desencarnado, que vive en una sociedad totalmente edificada sobre los principios de Libertad, Igualdad y Soberanía del pueblo: "No se trata", resume Quétel, "de reformar la tradición inoculando la Razón, sino de reemplazar totalmente la primera con la segunda". Es este el "pensamiento único" que impregna los años que preceden a la Revolución francesa y que nadie puede cuestionar. Quien lo intenta, es tachado de "oscurantista y enemigo del progreso". Y a quien cree que la filosofía es demasiado abstracta para causar daños, he aquí la respuesta del historiador de la Revolución, Augustin Cochin, que vivió en el siglo XIX: "La cuestión no es sentir si un ideal es, en sí mismo, hermoso, verdadero, etc. Se convierte en infernal si está fuera de nuestro alcance, sobre todo cuando el deseo es que sea asumido como norma por el gobierno de los hombres y la organización de la sociedad". En estas palabras, comenta Quétel, "está contenida toda la historia de la Revolución francesa".
Procediendo de 'blasfemia' en 'blasfemia', lo único que hace Quétel es demostrar cómo la Revolución francesa no fue más que una caricatura de esos derechos "naturales, inalienables y sagrados del hombre" proclamados por la Asamblea nacional en 1789. El primer mito que hay que echar por tierra es la toma de la Bastilla, el 14 de julio de 1789, por los parisinos en revuelta; pero no para destruir un símbolo del Antiguo Régimen, sino para conseguir la pólvora necesaria para los fusiles que habían robado el día anterior. La prisión es una fortaleza inexpugnable, pero los soldados que la vigilan, para no matar a los rebeldes, les permiten conquistarla sin disparar. A pesar de esto, los guardias son hechos prisioneros, el gobernador de la Bastilla es linchado por la multitud, un cocinero le corta la cabeza y la iza sobre una estaca, exhibiéndola triunfante. Un comportamiento que en poco concuerda con el artículo 9 de la Declaración, que establece que "cada hombre se presume inocente".
El  despotismo de la licencia
En ese "símbolo del absolutismo" que era la Bastilla los parisinos encuentran sólo a siete prisioneros, cuatro de los cuales escapan de inmediato. De los tres que quedan, dos son dementes por lo que los encierran en un hospital psiquiátrico. El último, culpable de incesto, huye para no ser encarcelado de nuevo. Comenta el doctor Rigby, inglés que estaba en París en ese momento: "La gente gritaba y lloraba", pero muchos, al ver el "espectáculo horrible y feroz" de las cabezas en picas, "horrorizados y hastiados, se fueron inmediatamente". No se atreven a protestar por temor a ser asesinados. Esta es la razón por la que Pierre-Victor Malouet, elegido a los Estados generales en la filas del Tercer Estado, comenta: "Para todo hombre imparcial, el terror empezó el 14 de julio". Poco importan los hechos, la toma de la Bastilla se convierte en un mito, porque es a partir de ese momento que "Francia es libre", por lo que todos intentan que su nombre estuviera en la lista de los Vencedores de la Bastilla. Entre estos "héroes" figura Rossignol, que en sus Memorias escribirá: "Seguí a la gente sin comprender nada" y criticará a otro Vencedor, Antoine Joseph Santerre, cuyo único mérito fue haber llevado hasta la Bastilla un carro lleno de estiércol: "En la lista habría que inscribir más bien a sus caballos".
Un periodista de la época, Jean-François Marmontel, ve en la demolición de la fortaleza un oscuro presagio: "El despotismo de la licencia es mil veces peor que el de la autoridad, y la gentuza desenfrenada es más cruel que los tiranos. No era necesario destruir la Bastilla, bastaba con depositar sus llaves en el santuario de las leyes". Pero no se necesitan leyes cuando se divide a los franceses en dos, tal como hará Robespierre: "El Pueblo a un lado, sus enemigos en el otro". La "justicia humana, pública e imparcial" de la Revolución, a pesar de que la mayor parte de sus "enemigos" fuera asesinada enseguida, hizo que se encerrara como prisioneros en las nuevas Bastillas a ocho mil personas.
Mientras los diputados de la Asamblea nacional agitan felices la Declaración, en Francia reina la anarquía: se asesina y roba por doquier. Sobre todo los panaderos, acusados de esconder el pan, que desaparece rápidamente de las panaderías, son ahorcados en las farolas. La gente deja de pagar impuestos y esto causa que las arcas públicas se vacíen, a pesar de lo que establece el artículo 13 de la Declaración, según el cual "para los gastos de la administración es indispensable una contribución común". Para engordar de nuevo las arcas se embargan los bienes de la Iglesia y de las personas que han sido guillotinadas (lo que da origen al dicho: "La guillotina acuña moneda"), aunque el artículo 17 establece solemnemente: "La propiedad es un derecho inviolable y sagrado".
La transparencia asesina la democracia
Mientras la violencia se intensifica en las calles, los primeros años de la Revolución son elogiados como el triunfo de la democracia. Pero los trabajos en la Asamblea nacional son de todo menos democráticos. La ley, según el artículo 6 de la Declaración, "es la expresión de la voluntad general" y así, en el nombre de la "transparencia, que es la salvaguardia del pueblo", en las tribunas se admite la participación popular. A cada sesión asisten miles de personas que aplauden "como si estuvieran en un teatro" los discursos de los diputados más radicales y silban a los más moderados,  influyendo así en el debate. De este modo se quejaba Jean-Joseph Mounier, abogado y diputado favorable a la monarquía constitucional: "La mayor parte de los que un instante antes apoyaban mis ideas, me abandonaron inmediatamente". Antoine de Rivarol, periodista de origen italiano, recuerda: "Los diputados no tienen libertad de voto. Quien tiene ideas moderadas es silbado y recibe cartas amenazadoras. Los aplausos son sólo para los más violentos". Se constituye un comité encargado de recibir acusaciones anónimas y el resultado es que, debido al miedo, los más moderados "se callan" para no convertirse en "enemigos del pueblo". Y paciencia si, como establece el artículo 10 de la Declaración, "nadie debe ser molestado por sus opiniones". En esos días los jacobinos aún no habían empezado a reunirse, pero el terror ya se difundía por doquier, porque ya se había empezado a aplicar lo que Rousseau teorizaba en El contrato social: "Todo el que se niegue a obedecer la voluntad general, será sometido por todos los cuerpos sociales. Esto significa una única cosa: ¡obligarles a ser libres!".
"Los he exterminado a todos"
Entre los que están obligados a ser libres están los habitantes de la Vendée. De unas 600.000 víctimas de la Revolución (guerras incluidas), masacradas en el nombre de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad, casi 250.000 eran los insurrectos de la Vandée en favor del rey y del culto católico. Hay quien habla de "genocidio", como Reynald Secher; quien sólo de "crímenes de masa planificados", como Jean-Clément Martin. Uno de los principales autores de la masacre, el general Westermann, hablaba así de ella, en público, en 1793: "La Vendée ya no existe, ciudadanos republicanos. Ha muerto bajo nuestra espada libre, con sus mujeres y sus hijos. Siguiendo nuestras órdenes, he aplastado a los niños bajos los cascos de los caballos y masacrado a las mujeres, que así ya no podrán tener hijos bandidos. No tengo ni siquiera que sentirme culpable por haber hecho prisioneros, ya que los he exterminado a todos". Otras regiones en las que se "exportó la Revolución" no tuvieron mejor fortuna.
Julio Verne ensalzó en su novela El conde de Chanteleine, hasta hace muy poco prácticamente desconocida, la resistencia popular ante la represión antimonárquica y anticatólica contra la región de la Vandée. Pincha aquí para adquirir ahora la novela y también pincha aquí para saber más sobre ese genocidio revolucionario.
Ningún artículo de la Declaración fue tan maltratado como el que debía garantizar el derecho del acusado a un juicio justo. En la época del Terror, bastaba una habladuría para ser condenado por el Tribunal revolucionario y guillotinado ante una multitud de 200.000 personas que, ante cada cabeza que saltaba tras ser cortada, gritaba entusiasmada: "¡Viva la República!". Las acusaciones no tenía que ser demostradas ("¿Para qué sirven los testigos?", se preguntaba impaciente en 1793 el Torquemada humanitario, Antoine Quentin Fouqier-Tinville). En 1794, el Tribunal revolucionario abolió los testigos, los abogados, los interrogatorios y los procesos que duraban más de tres días porque "la lentitud es un crimen, la formalidad un peligro público"; además, no se trata de "castigar a los enemigos de la patria, sino de ¡aniquilarlos!". Ni Stalin o Hitler lo hubieran expresado mejor.
La guillotina hace de telón de fondo a la Revolución a partir de 1792; es imposible decir cuántos miles de personas perdieron la cabeza (33 al día de media sólo en París) por haber apoyado la monarquía, o por haber hablado mal de Robespierre, o por haber celebrado misa, o por haber comido ese rarísimo pan blanco. Carros cargados de decenas de "enemigos del pueblo" llegaban cada día al patíbulo, como explicaba una viñeta que estaba de moda en 1793: "¿Hay guillotina hoy?", pregunta un sans-culotte. "Sí, porque siempre hay traidores", responde el otro.
No se puede interrumpir la justicia
Obviamente, se guillotina "en nombre de la Fraternidad" y no se hace ninguna excepción, ni siguiera para el inventor de la química moderna, el gran Lavoisier, que en 1794 pidió que se pospusiera su ejecución quince días para poder terminar un experimento. "La República no necesita químicos: el curso de la justicia no puede ser interrumpido", fue la respuesta que recibió. Entonces el "descarrilamiento" de la Revolución estaba llegando a su culmen, Robespierre había puesto al Terror en "el orden del día" y diputados de la Convención como Jean-Baptiste Carrier pronunciaban discursos de este tipo: "Es por un principio de humanidad por lo que purgo la tierra de la libertad de estos monstruos".
Antoine Lavoisier, uno de los más grandes químicos de la Historia, víctima de la Revolución Francesa. En el cuadro de Jacques-Louis David (1748-1825) aparece junto con su esposa.
Muchos condenados dan prueba de gran valor en el último momento. Es memorable la profecía de Marc David Lasource, guillotinado porque era girondino: "Muero el día en el que el pueblo ha perdido la razón; vosotros moriréis el día en que la recupere". Inolvidables las palabras de Manon Roland: "Libertad, ¡cuántos crímenes se cometen en tu nombre!". Esclarecedoras también las palabras de otro girondino, Vergniaud: "La Revolución es como Saturno: devora a todos sus hijos". Como demostración de esto, también el fiscal acusador del Tribunal, Fouqier-Tinville, acabará siendo guillotinado en 1795 después de haber escrito: "No soy yo el que debería ser traído aquí. No tengo nada de que arrepentirme: siempre he seguido lo que dictaba la ley".
Destruirlo todo para volver a crearlo todo
Fouqier-Tinville tenía razón en lamentarse. La Revolución francesa fue llevada a cabo en nombre de la ley. Para hacer triunfar los ideales justos y luminosos se sucedieron los golpes de Estados y el hombre, reemplazado por el Hombre como en todos los totalitarismos, fue arrancado de sus raíces, empezando por el cristianismo. Escribe el historiador Jean de Viguerie: "En resumen, la Revolución toma plena conciencia de su incompatibilidad con el catolicismo y se da cuenta de su naturaleza anticristiana".
La Revolución francesa fue totalitaria desde sus inicios, aunque se necesitaron unos años para llevar a cabo el Terror de manera sistemática. Esto fue sólo la consecuencia de premisas muy evidentes, bien expuestas ya en 1789 por el diputado masón Jean-Paul Rabaut: "Es necesario cambiar las formas del pueblo para cambiar sus ideas; cambiar sus leyes para cambiar sus costumbres y destruirlo todo; sí, destruirlo todo para volver a crearlo todo". Francia, por tanto, no puede sentirse orgullosa de "nuestra Revolución"; y si la Nación no se disolvió a causa de su locura fue tal vez porque se escucharon las últimas palabras del rey Luis XVI en el patíbulo: "Muero inocente. Perdono a los artífices de mi muerte y le pido a Dios que la sangre que vosotros derramáis no recaiga nunca sobre Francia".
Traducción de Elena Faccia Serrano.

domingo, 28 de julio de 2019

Un historiador apunta cinco razones por las que los católicos no deben avergonzarse de su historia 24072019

El profesor Weidenkopf desacredita las leyendas negras

Un historiador apunta cinco razones por las que los católicos no deben avergonzarse de su historia

El alba de América, encabezada por la Cruz, en «Apocalypto» (2006) de Mel Gibson.
El alba de América, encabezada por la Cruz, en «Apocalypto» (2006) de Mel Gibson.
Steve Weidenkopf es profesor de Historia de la Iglesia en una escuela de Teología en Alexandria (Virginia, Estados Unidos) y ha sido colaborador de la diócesis de Denver y de su arzobispo Charles Chaput. Ha pubilcado diversos libros, entre ellos La narración real de la historia católica. Respondiendo veinte siglos de mitos anticatólicos y La gloria de las Cruzadas y su más reciente Eterna. Una historia de la Iglesia católica.
Ya los mismos títulos de sus obras indican que su principal labor divulgativa es una apologética de la Iglesia basada en defender su historia de las tergiversaciones lanzadas contra ella por los adversarios del cristianismo. Un reciente artículo en el Catholic Herald sintetiza los argumentos por los cuales los católicos no deben acomplejarse de su historia:
El profesor Steve Weidenkopf, casado y con seis hijos, es historiador y titulado en Relaciones Internacionales, y se ha especializado en la historia de las Cruzadas.
Los católicos no debemos avergonzarnos de nuestra historia familiar
Para muchos católicos, aprender historia de la Iglesia se considera una actividad prescindible y aburrida. No suele ser objeto de los programas de catequesis parroquial al mismo nivel que los estudios sobre las Escrituras. Por supuesto, conocer y amar la Palabra de Dios es extraordinariamente importante en la vida de fe de todo católico, pero aprender historia de la Iglesia también es crucial. Estudiar los dos mil años de historia de la Iglesia católica puede ser una tarea abrumadora, dificultada en el mundo anglófono porque la mayor parte de la historia de los últimos quinientos años se ha presentado con una perspectiva protestante. Sin embargo, como introducción al estudio de la historia de la Iglesia, ofrezco cinco cosasque todo católico debería saber sobre la historia de la Iglesia.
1. La historia de la Iglesia es la historia de nuestra familia
Aprender historia de la Iglesia no es solo una empresa intelectual: es más bien un ejercicio de conocimiento sobre nuestra familia. La historia es el estudio de los hombres en sus acciones pasadas. La historia católica consiste en aprender la historia de los hombres y mujeres que nos precedieron en la fe. Dado que Cristo reveló que Dios era un Padre amoroso, y nosotros somos hijos adoptivos de Cristo, los miembros de la Iglesia constituyen una familia. Cuando estudiamos historia de la Iglesia, estudiamos nuestra genealogía espiritual, y dado que esperamos vivir con los santos en la eternidad, debemos conocer la historia de nuestra familia espiritual. Además, debemos aprender nuestra historia católica para comprender nuestro mundo, para conocer mejor a Jesús y para defender a la Iglesia de los falsos relatos que presenta el mundo moderno.
2. Las Cruzadas no son algo aberrante en la historia de la Iglesia
Uno de los hechos más tergiversados en la historia de la Iglesia es el movimiento de las Cruzadas. Hay muchos mitos sobre estos acontecimientos, y a pesar de la abundancia de investigación académica durante la última generación, estos mitos han arraigado en la mentalidad de muchos. Las Cruzadas fueron esencialmente peregrinaciones armadas convocada por el Papa para liberar el antiguo territorio cristiano ocupado por las fuerzas islámicas. El Beato Urbano II convocó la Primera Cruzada en el concilio local de Clermont en 1095Los cruzados fueron parte integrante de la vida de la Iglesia durante siglos.
El medievalista Pablo Martín Prieto ofrece en Las Cruzadas una panorámica completa de este fenómeno de devoción y peregrinación nacido para proteger a los cristianos de Tierra Santa.
A pesar de que algunos católicos modernos miran estos hechos con vergüenza y los consideran una aberración en la historia de la Iglesia, los datos históricos indican claramente que el movimiento estuvo imbuido de una auténtica devoción católica. Desde Urbano II hasta Inocencio XI, los Papas animaron a los guerreros católicos a poner sus armas al servicio de Cristo y de la Iglesia, y ofrecieron incentivos espirituales (indulgencias) a cambio de su sacrificio. El clero participó en estas peregrinaciones armadas y los santos animaronal pueblo de la Cristiandad a implicarse en ellas. Seis concilios ecuménicos debatieron y planificaron las Cruzadas. Muchos, si no todos los cruzados, se movieron por amor a Dios y a la Iglesia, amor al prójimo (defendiendo a los cristianos en los territorios ocupados por los musulmanes y protegiendo a los peregrinos cristianos) y amor a sí mismos (preocupación por su salvación).
Para ampliar sobre las Cruzadas en ReL:
3. A pesar de los abusos, la Inquisición estaba orientada por la caridad
Al igual que las Cruzadas, la Inquisición suele ser tergiversada en el mundo moderno. Desde Monty Python a Mel Brooks, la Inquisición ha sido retratada como un instrumento siniestro y cruel de la intolerancia religiosa que oprimió la libertad religiosa e intelectual y fue responsable de miles (si no millones) de muertes. Esta caricatura no hace justicia a la realidad, más compleja. El cardenal Walter Brandmüller, historiador, observa en un ensayo sobre la Inquisición que el hombre medieval “descuidó el hecho de que Dios también quería la libertad del hombre y le dotó de una elevada dignidad”. La Inquisición, escribe Brandmüller, “merece críticas”, pero debemos “contemplarla en el marco de su contexto histórico”.
El objetivo principal de los inquisidores era la conversión del hereje. Es cierto que el Estado vería la herejía como una causa inmediata de reproche social, y por eso castigaba severamente a los herejes. Pero la Iglesia deseaba que los herejes se reconciliasen. Aunque hubo abusos, su finalidad última era la caridad.
Para ampliar sobre la Inquisición en ReL:
4. El protestantismo fue una rebelión, no una Reforma
La ruptura de la Cristiandad en el siglo XVI, comúnmente denominada como la “Reforma” protestante, trastocó fundamentalmente la historia de la Iglesia y del mundo. El movimiento no era una “Reforma”, sino una revolución teológica que desgarró el tejido de la sociedad europea. Sus efectos aún se sienten en el mundo moderno. Los principales protagonistas de este drama trágico (Lutero, Calvino, Cramner, etc.) buscaban la destrucción de la Iglesia y su sustitución por sus propias creaciones. Los revolucionarios protestantes rechazaron completamente la autoridad de la Iglesia y el conjunto íntegro de los sacramentos.
La historiadora Angela Pellicciari presenta en La verdad sobre Lutero la auténtica naturaleza de la "reforma" protestante.
La Iglesia había sido enormemente debilitada por la crisis papal del siglo XIV (residencia en Aviñón y el Gran Cisma de Occidente) y por los posteriores Papas renacentistas. Esto resultó en una pérdida de respeto por el Papado. Unido a un incremento exorbitante de los abusos eclesiásticos, esto otorgó a los líderes protestantes una oportunidad para fomentar la rebelión en toda la Cristiandad. Aunque el protestantismo tuvo diversas causas políticas, sociales y económicas, fue esencialmente una revolución teológica iniciada por un profesor universitario. Las verdaderas causas del movimiento protestante no fueron los abusos y la corrupción en la iglesia (en siglos anteriores había habido cosas parecidas), sino el desacuerdo sobre las fuentes de la Divina Revelación, el asunto de la justificación y la interpretación de la Biblia.
Para ampliar sobre la Reforma en ReL.
5. Los misioneros actuaban a impulsos del Evangelio y de la caridad
La modernidad contempla con desagrado el periodo de los descubrimientos y la colonización europea, y califica a misioneros como San Junípero Serra como locos genocidas. La verdad es que la Reforma católica dio lugar a una Iglesia vibrante que se propuso llevar el Evangelio a regiones del mundo donde nunca había sido escuchado. Aunque algunos pobladores europeos maltrataron a los pueblos indígenas, la mayor parte del clero católico amó a pueblo con el que se encontró y buscó su felicidad y su salvación eterna. Misioneros como fray Bartolomé de las Casas (1474-1566) hablaron contra los abusos padecidos por los pueblos nativos. El jesuita Pedro Claver (1580-1654) convirtió en misión de su vida servir a los africanos que eran traídos al Nuevo Mundo por los mercaderes de esclavos portugueses.
Los jesuitas defienden a los indios durante la campaña de los ilustrados masonizantes portugueses contra las reducciones jesuíticas: una escena de La Misión (1986), de Roland Joffé.
Los jesuitas franceses del virreinato de Nueva Francia fueron un ejemplo de actividad misionera orientada a la difusión del Evangelio en una forma que echaba raíces en el amor por los pueblos indígenas. Ocho sacerdotes jesuitas, entre ellos Isaac Jogues (1607-1647) y Jean de Brébeuf (1593-1649), y varios trabajadores laicos, conocidos colectivamente como los Mártires de Norteamérica, derramaron su sangre por Cristo en el Nuevo Mundo en los años 1642-1649, asesinados por aquellos a quienes habían venido a servir.
Para ampliar sobre la evangelización de América en ReL:
* * *
Es importante que los católicos conozcamos nuestra historia familiar y la expliquemos a los demás, para comprender nuestro tiempo y para crecer y profundizar en la fe y combatir relatos históricos falsos y anticatólicos.
Traducción de Carmelo López-Arias.

jueves, 27 de julio de 2017

«Muchos líderes comunistas de la URSS que persiguieron a la Iglesia se convirtieron antes de morir» 27072017

El historiador Jonathan Luxmoore recopila la historia de los mártires del comunismo

«Muchos líderes comunistas de la URSS que persiguieron a la Iglesia se convirtieron antes de morir»

«Muchos líderes comunistas de la URSS que persiguieron a la Iglesia se convirtieron antes de morir»
El testimonio de fe y perseverancia de numerosos cristianos marcó a muchos oficiales y soldados soviéticos

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27 julio 2017
El historiador Jonathan Luxmoore es el autor de un estudio de más de 1.000 páginas que se ha convertido ya en un referente sobre los cristianos perseguidos en la antigua URSS. En The God of the Gulag (El Dios del Gulag) ofrece cifras y testimonios sobre los miles de mártires cristianos que padecieron bajo el yugo soviético. Es un libro de plena actualidad cuando precisamente se cumplen 100 años de la Revolución Rusa que dio paso a una dictadura que se alargó durante siete décadas.

Luxmoore llama a seguir el ejemplo de fe que marcaron estos mártires: “Hoy todos los cristianos tienen el desafío de mostrar su fe en su ambiente, en las sociedades desarrolladas de Occidente, en España, en Inglaterra… En toda Europa”.

En una entrevista con Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo en Alfa y Omega también asegura que en una parte del catolicismo “en estos momentos reconocer la entrega de la vida de todos estos fieles no es una prioridad”.

- ¿Por qué se ha decidido a escribir este libro?
- Estuve trabajando durante varios años en Polonia, como periodista especializado en información religiosa, y me di cuenta de que había una historia muy importante sobre los mártires bajo el comunismo. Y era necesario que alguien recordara sus historias para que no fueran olvidadas. Hay muchos libros sobre este tema en cada país, pero no existía un volumen que abarcara la persecución bajo todo el comunismo. Quería mostrar qué les pasó a los cristianos perseguidos en estos años, porque es una parte muy importante de la historia de la Iglesia.


Jonathan Luxmoore cuenta en las más de mil páginas de su obra historias de los muchos mártires de la era soviética

-¿Qué historia ha sido la que más le ha impactado?
- Las vicisitudes por las que pasaron los cristianos –las persecuciones, sus historias de martirio– cambiaron mucho a lo largo de los años. En el periodo bolchevique de los primeros años del comunismo, los perseguidores simplemente iban a las iglesias y mataban a los que se encontraban allí. Durante las décadas siguientes, la persecución fue siendo cada vez más sofisticada.

»A mí me ha impactado el martirio de uno de los primeros mártires de la persecución, el padre Konstantin Budkievich, que organizó la resistencia pacífica ante la campaña antirreligiosa de los bolcheviques, quienes al final lo dispararon mientras bajaba las escaleras de la cárcel de la Lubianka, la noche de la vigilia pascual de 1923. O el de Yanina Yandowska, una mujer ucraniana en silla de ruedas que fue disparada después de un breve juicio simplemente por organizar un pequeño grupo para rezar el rosario en su casa. O el más conocido de Jerzy Popieluszko, asesinado en 1984.

- ¿Se sabe cuántos cristianos murieron por su fe entre 1917 y 1989?
- Es imposible saberlo, nadie tiene el número exacto, pero sí hay algunas aproximaciones. En el periodo de paz hay quien calcula que murieron cerca de 25 millones de personas en todo el territorio de la URSS y en los países del este. Sabemos que entre ellos murieron cerca de 110.000 sacerdotes ortodoxos en las dos primeras décadas. Y con respecto a los católicos, tenemos datos solo de Rusia: 421 sacerdotes y 962 laicos ejecutados. Si incluyes toda la URSS y los países del este, salen muchos miles más.

- ¿Se puede hablar de ecumenismo del martirio como hacía Juan Pablo II?
- Por supuesto, los clérigos ortodoxos y los católicos fueron tratados con especial saña. Hay muchas historias del gulag y de las prisiones sobre sacerdotes de las diferentes confesiones yendo juntos al martirio, o bautizando a fieles de tradiciones distintas, o cooperando juntos de alguna manera. De todos modos, lo del ecumenismo del martirio es verdad, pero no siempre se cumplió, porque también ha habido grandes tensiones entre ortodoxos y católicos, sobre todo a cuenta de la supresión de la Iglesia grecocatólica en Ucrania.


Miles de cristianos fueron deportados a los gulag,donde muchos murieron

- ¿En qué situación está el proceso de canonización de los mártires católicos?
- El primer mártir del comunismo reconocido fue el obispo húngaro Vilmus Apor, beatificado por Juan Pablo II en 1997. Desde entonces, cerca de 80 mártires del comunismo han sido beatificados. Si lo comparas con los miles y miles de mártires de la persecución religiosa en España o de la Revolución francesa beatificados por la Iglesia, 80 no es ciertamente un gran número… Debería haber muchos más mártires reconocidos.

- ¿A qué cree que se debe esto? ¿Es por razones políticas?
- No lo creo. Pienso que la explicación más convincente es que sacar adelante toda la documentación de un proceso es muy laborioso. Y además, creo que la Iglesia está un poco desconcertada, y con algo de miedo, ante las historias de martirio tan poderosas de todos estos fieles. En Rusia hay en la actualidad cerca de 16 procesos de beatificación de mártires católicos en marcha, mientras que los ortodoxos han beatificado ya a 2.000 mártires.

- Entonces, ¿cree que en la Iglesia hay cierto miedo a reconocer estos martirios?
- Creo que sí, al menos por parte de algunos católicos. Es algo chocante, pero percibo que en estos momentos reconocer la entrega de la vida de todos estos fieles no es una prioridad. Y es una pena… La Iglesia debería celebrar esta forma de dar testimonio de su fe. Si la Iglesia misma no lo hace, entonces nadie más lo va a hacer.


Convento de las Islas Solovkí, durante décadas un gélido gulag donde murieron miles de cristianos deportados

- ¿Qué nos pueden enseñar estos mártires a los cristianos de hoy?
- Esa es una pregunta muy importante, porque no se puede dar una respuesta lírica. Podemos aprender de los mártires, de su fuerza; incluso aunque no seas religioso deberías poder respetarlos por su firmeza. Tenemos que reconocer que la vida de los cristianos de hoy es muy diferente de la que tenían los cristianos de entonces, pero el domingo, durante la beatificación del obispo lituano Teófilo Matulionis, el obispo de Vilnius decía que los cristianos de Europa tienen dificultades para ser cristianos; advertía también de que, en vez de una persecución abierta, existe hoy otra persecución mitigada, diaria, soterrada… Hoy todos los cristianos tienen el desafío de mostrar su fe en su ambiente, en las sociedades desarrolladas de Occidente, en España, en Inglaterra… En toda Europa.

- ¿Dónde estaba Dios cuando pasaba todo esto en los gulag? 
- Yo no soy un buen teólogo, y seguro que otros pueden contestar mejor. Solo puedo decir que hay muchos testimonios de prisioneros que afirmaban que Dios estaba con ellos, incluso en sus peores sufrimientos. Hubo otros que perdieron la fe, que no entendían el propósito de Dios con esta persecución. Otros se convirtieron en modernos lapsi o traditores –los que renegaban de su fe durante las persecuciones del Imperio romano–. También hay quien piensa que la persecución fue un regalo para la Iglesia, una especie de prueba para hacerla más fiel. Yo creo que Dios estaba allí, pero no conocemos del todo de qué manera. Aunque me parece interesante subrayar algo que me he encontrado durante mi investigación: muchos líderes comunistas que persiguieron a la Iglesia se convirtieron poco antes de morir. Fueron muchos. Quizá esta es una de las presencias más llamativas de Dios en el gulag.