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domingo, 26 de junio de 2022

De inspirar la Constitución americana a idear el lema olímpico, 9 «inventos» con el sello dominico 25062022

 

Fundada en el siglo XIII, la Orden de Predicadores ha legado elementos clave a la cultura occidental

De inspirar la Constitución americana a idear el lema olímpico, 9 «inventos» con el sello dominico

Francisco de Vitoria
El fraile dominico Francisco de Vitoria está considerado el padre del Derecho Internacional (Foto: Academia Historia).

Juan Cadarso

Hace tan solo un año celebraban el 800 aniversario de la muerte de su fundador. Considerada una de las órdenes religiosas más importantes y fecundas de la historia de la Iglesia, entre sus lemas más utilizados está: "alabar, bendecir y predicar". Máxima a la que, sin duda, habría que añadir: "inventar". O, al menos, "aportar", elementos clave a lo que hoy conocemos como civilización occidental.

El sistema político estadounidense, el lema de los Juegos Olímpicos modernos, o las propias vestimentas de los Papas, tienen, de algún modo, la patente de este gran trasatlántico llamado Orden de Predicadores. Fundados en el siglo XIII por Santo Domingo de Guzmán, para luchar contra las herejías, los dominicos, vestidos de blanco y negro, han recorrido, y recorren, el mundo llevando un modo bastante singular de transmitir el estudio y la predicación.

El Derecho Internacional de Francisco de Vitoria

En un mundo como el actual, en el que las guerras y los conflictos están a la orden del día, podría entenderse que la diplomacia resulte cada vez más necesaria. Esto mismo pensó, sobre la época que le tocó vivir, el dominico español de origen burgalés Francisco de Vitoria cuando formuló la regulación de las relaciones entre estados y particulares en un ámbito internacional, que hoy todos conocen como Derecho Internacional moderno.

Fundador de la prestigiosa Escuela de Salamanca, la obra de Francisco, nacido en 1485, giró siempre en torno a la dignidad humana, la teología y los aspectos morales de la economía. Sin embargo, serían sus aportaciones jurídicas las que lo convertirían en el gran personaje que hoy en día es. Considerado padre del Derecho Internacional moderno y principal defensor de los derechos de los indios americanos, de Vitoria creó una corriente de pensamiento teológico-jurídico que, todavía hoy, se cultiva.

Preocupado por los derechos de los más indefensos, Francisco de Vitoria participó en el asesoramiento al rey Carlos I sobre la redacción de las Leyes Nuevas de Indias, abogando por la necesidad de respetar los derechos y el buen trato hacia los indígenas. Algunas de las lecciones del fraile dominico que todavía hoy se conservan tratan sobre el homicidio, el matrimonio, la guerra justa, los conflictos originados por la incorporación de territorios americano a la Corona Española y el respeto en las relaciones con los indios.

Fray Didon y el lema de los Juegos Olímpicos

El dominico Louis Henri Didon nació en Francia en 1840 y está considerado como uno de los pioneros del movimiento deportivo internacional y de los Juegos Olímpicos modernos. A los nueve años entró en el pequeño seminario de Rondeau y, tiempo después, se hizo fraile de la Orden de Predicadores. Apasionado al deporte desde su infancia, Didon fue director de un colegio de los dominicos en París donde estableció el deporte como una de las principales prácticas educativas del curso escolar.

Amigo de Pierre de Coubertin (padre de los Juegos Olímpicos modernos), el fraile Didon se convenció gracias a este de la necesidad de integrar el deporte y las actividades formativas en las escuelas religiosas. Para ello, creó en su colegio una asociación deportiva oficial y logró que, en 1891, la escuela participara en su primer evento deportivo. Coubertin era el director de la carrera y el padre Didon hizo bordar en la bandera del colegio, blanca como el hábito dominico, el lema "Citius, Altius, Fortius" (más rápido, más alto, más fuerte), que se convertirá, en 1894, en el lema oficial de los Juegos Olímpicos.

Pero la relación entre los dos entusiastas del deporte no se detendría ahí. El padre Didon y el barón de Coubertin estuvieron juntos de nuevo en 1896 en Atenas para la celebración de los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna. Es más, Didon organizó para la ocasión un gran viaje escolar. Defensor de los valores del deporte, el fraile dominico predijo "que los vencedores del fútbol tienen muchas posibilidades de ser los laureados y los intelectuales del mañana". Vinculado al movimiento olímpico desde sus orígenes, Didon llegó a dar un discurso ante el Congreso Olímpico de 1897 que se celebró en Le Havre.

Fray Didon.

El fraile dominico Didon era un entusiasta del deporte y amigo personal de Coubertin. En el año 1891 bordó en la bandera de su colegio el lema que hoy tienen los Juegos Olímpicos.

Los dominicos y las primeras constituciones de la historia

Cuando Filadelfia adoptó en 1787 la primera constitución de lo que, años después, se convertiría en los Estados Unidos, ya se conocía que el texto había sido inspirado por las ideas de Monstesquieu, Locke o por la carta magna inglesa de 1215. Sin embargo, lo que muchos ignoraban era la importancia de las constituciones dominicas para la democracia representativa americana. Los frailes de la Orden de Predicadores eran libres para elegir a sus superiores, así como a los delegados en el capitulo provincial y general, una separación de poderes que no pasó inadvertida para los padres fundadores.

Tal fue el reconocimiento al modo de organizarse de los dominicos, por parte de la nueva nación, que el 17 de Septiembre de 1787, los protagonistas de la carta magna firmaron dicho documento estando flanqueada a la derecha por una Biblia y a la izquierda por un libro en el que se hallaban los estatutos de los dominicos. A día de hoy, cuando un sucesor de Santo Domingo visita la Casa Blanca es tratado con honores de Jefe de Estado, en agradecimiento por haber inspirado su Constitución.

Sin embargo, esta influencia jurídica dominica no se limitó a territorio americano. Según se puede leer en la propia web de la orden, sus constituciones llegaron a ser estudiadas por el arzobispo de Canterbury, en el siglo XIIIque las tomó como modelo para la Convocatoria (Sínodo) de la Iglesia de Inglaterra. Cuando la Inglaterra de la Edad Media se esforzó en proyectar la Cámara de los Comunes como futuro Parlamento (frecuentemente llamado "madre" de todos los parlamentos), se tomó el modelo de la Convocatoria. Y así fue como las constituciones de los dominicos contribuyeron a la formación de uno de los primeros parlamentos de Europa.

Firma de la Constitución americana. Durante su firma, en Filadelfia,  el 17 de septiembre de 1787, la Constitución americana estuvo flanqueada por una Biblia y por las constituciones dominicas (Foto: Wikipedia). 

Los frailes "jacobinos" del convento dominico de París

Si hay una historia curiosa sobre cómo se originó el nombre de uno de los grupos más terribles de la Revolución Francesa es la siguiente. En la primavera de 1789, un puñado de representantes del Tercer Estado, en la Asamblea de los Estados Generales, empezaron a reunirse en lo que sería conocido como el "Club Bretón", un foro de debate y reflexión en torno a las quejas que tenía el pueblo y a la preparación de los debates en la Asamblea. Pronto se les unirían personajes como Mirabeau, o el sanguinario Robespierre.

Una vez formada la Asamblea Constituyente, este grupo cambió su nombre por el de "Société des Amis de la Constitution" (Sociedad de los Amigos de la Constitución) y se mudó, en octubre de 1789, a un antiguo convento dominico situado en la calle Saint-Jacques de París. Todo un símbolo para la Orden de Predicadores en Francia, gracias al cual los propios franceses se referirían a sus frailes como los "jacobinos". De los frailes "jacobinos" se iba a pasar a los "jacobinos" revolucionarios.

En el convento de la calle Santiago, fundado a principios del siglo XIII, se empezarían a reunir hasta 200 diputados de diversas tendencias y se convertiría en centro de creación de ideas y motor intelectual de las acciones emprendidas por la Revolución. Una influencia que llegaría a tener un alcance nacional gracias a las sociedades afines diseminadas por todo el país. La red creada en el convento de los frailes "jacobinos" de París llegó a tener 2000 sociedades provinciales afiliadas apenas tres años después de su creación.

La monja Stimson y el descubrimiento del ADN

En 1962, el mundo se rendía a las investigaciones de James Watson y Francis Crick, que recibían el Premio Nobel de Medicina por el que fue uno de los grandes descubrimientos del siglo XX y que supuso un avance para la ciencia: la estructura del ADN. Estos científicos consiguieron descubrir la estructura de doble hélice, modelo del ADN que conocemos en este momento. Pero esto fue posible gracias al trabajo de científicos como Miriam Michael Stimson (1913-2002), monja dominica y una de las más eminentes investigadoras y profesoras de su época.

Stimson fue la segunda mujer invitada a dar una conferencia en 1951 en la Universidad de la Sorbona de París tras Marie Curie, y desarrolló su vida entre el convento y la Siena Heigths University, donde tenía su laboratorio. Desde joven ya era un referente en su ámbito, aunque era mirada con recelo por su condición de mujer y monja. En 1945, la revista Nature publicó sus investigaciones sobre los rayos ultravioletas, sus estudios sobre cromatología y el origen de la células cancerosas. Desde entonces, sus trabajos fueron publicados con asiduidad en distintas publicaciones científicas.

Miriam Stimson en el laboratorio.

El trabajo de Stimson fue clave para descubrir el ADN y para el desarrollo de tratamientos contra el cáncer. Está considerada una de las más grandes investigadoras de su época. 

Sin embargo, fue en los años 50 cuando su principal descubrimiento tuvo más relevancia. La dominica utilizó bromuro de potasio para desarrollar con éxito un método químico que afirmaba la estructura de las bases de ADN y de la doble hélice misma. Su investigación contra el cáncer facilitó mucho la lucha contra este enfermedad y así se pudieron ir desarrollando técnicas como la quimioterapia. "El espíritu dominico de la búsqueda de la verdad era algo muy importante para ella, porque al llegar a conocer la verdad sabemos más acerca de Dios", dijo la hermana Sharon, compañera suya, cuando murió.

Una ciudad, ¡y hasta un país!, en honor a los dominicos

Tener un país, y su capital, nombrados en honor a la historia de tu propia orden es algo que solo los dominicos han conseguido lograr a lo largo y ancho del mundo. Cuando Bartolomé Colón, hermano de Cristobal, fundó a finales del siglo XV la primera ciudad española de América, sabía muy bien cómo debía llamarse. Un domingo de la semana, en la festividad de Santo Domingo de Guzmán, y siendo hijo de un padre llamado Domingo, fueron razones suficientes para nombrar como Santo Domingo a la capital de la que sería más tarde la República Dominicana.

La presencia de la propia orden en los orígenes del descubrimiento de América tuvo, también, mucha importancia a la hora de hacer estos nombramientos. Fue la Orden de Predicadores, precisamente, la que fundó en Santo Domingo, en 1538, la que es considerada la universidad más antigua de América. El 27 de febrero de 1844, cuando los dominicanos lograron separarse de Haití, denominaron a su nueva nación con el nombre de República Dominicana, en reconocimiento a lo padres dominicos. por su contribución a la defensa de los derechos de los indígenas y al desarrollo de la educación.Papa Pío V.El Papa Pío V decidió que seguiría vistiendo de fraile dominico durante su pontificado.

El hábito "dominico" de los papas, el Rosario y el Vía Crucis

No todos los aportes de los dominicos se circunscriben al ámbito más cultural de la sociedad, el legado en lo religioso resulta, también, realmente sorprendente. Si hay algo llamativo es descubrir cómo hasta el mismo Papa va vestido, en realidad, de fraile dominico. Fue Antonio Michele Ghislieri, elegido Pontífice en 1566, con el nombre de Pío V, el que decidió no renunciar a su hábito blanco dominico y dio comienzo, sin querer, a esta ya larga tradición. Antes de él, los papas solían vestirse como lo hacían los cardenales.

Uno de los instrumentos devocionales más utilizados por los católicos es, sin duda, el Rosario. Un método de oración que, también, guarda especial relación con los dominicos. Introducido en la Iglesia por el propio fundador de la Orden de Predicadores, cuenta la tradición, que la Virgen se le apareció a Santo Domingo y le reveló la devoción del Rosario como un arma eficaz contra los herejes. Tiempo después nacería la advocación a Nuestra Señora del Rosario, tan importante para los dominicos. Los frailes y monjas dominicas llevan en su hábito el santo Rosario atado al cinturón.

Por último, y no menos importante, entre los aportes dominicos al fomento de la fe, se encontraría el Vía Crucis. Al beato Álvaro de Córdoba, fraile dominico natural de Zamora, nacido en el siglo XIV, el paisaje de su convento cordobés le recordaba a la topografía de Jerusalén, y decidió construir diferentes oratorios proponiendo la meditación de la Pasión. Se le suele representar con el hábito dominico y sosteniendo a un mendigo. Cuenta la tradición que un día se encontró a un pobre, lo cargó y lo llevó al convento. Llamando a sus hermanos les dijo: "aquí traigo este mendigo, para que practiquemos con él la misericordia". Al destaparlo, el mendigo era una imagen de Cristo crucificado.

jueves, 8 de agosto de 2019

Santo Domingo Guzmán. A quien la Virgen le enseñó cómo rezar el Rosario (8 de agosto)

Santo Domingo Guzmán. A quien la Virgen le enseñó cómo rezar el Rosario

santo domingo guzman fundador de los dominicios recibio de la virgen el santo rosario

Santo Domingo fue quien propagó la devoción del Santo Rosario. La Madre de Dios, en una aparición, le enseñó a Santo Domingo a rezarlo

 
Santo Domingo Guzmán, también conocido como Domingo de Osma y Domingo de Caleruega, fue un sacerdote castellano y fundador de la Orden de los Dominícos muy famoso en todo el mundo por su orden de predicadores. Es el santo patrono de los astrónomos.

Fiesta: 08 de agosto

Martirologio romano: Memoria de Santo Domingo Guzmán, sacerdote, canónigo de Osma, humilde ministro de la predicación en las regiones devastadas por la herejía albigense, vivió por libre elección en la pobreza más miserable, conversaba continuamente con Dios o de Dios. Deseoso de encontrar una nueva forma de difundir la fe, fundó la Orden de Predicadores, con el fin de restaurar la forma de vida en la Iglesia de los Apóstoles, y recomendó a sus hermanos a servir a los demás a través de la oración, el estudio y el ministerio de la palabra. Murió en Bolonia el 6 de agosto.

Biografía de Santo Domingo

Santo Domingo Guzmánnació en Caleruega (Burgos) en 1170, en el seno de una familia profundamente creyente y muy encumbrada. Sus padres, don Félix de Guzmán y doña Juana de Aza, parientes de reyes castellanos y de León, Aragón, Navarra y Portugal, descendían de los condes-fundadores de Castilla. Tuvo dos hermanos, Antonio y Manés.
Una antigua tradición afirma que antes de su nacimiento, su madre soñó que vio a su hijo bajo la figura de un perro blanco y negro, con una antorcha en la boca.
Esta leyenda parece utilizar el juego de palabras en el nombre medieval de los dominicanos, bastones Domini, "perros del Señor".
En su bautismo, la madre de Santo Domingo Guzmán luego vería una estrella brillante en su pecho, que se convirtió luego en otro de sus símbolos en el arte, y que lo llevó a ser patrono de la astronomía.

Santo Domingo Guzmán: cronología

  • De los 7 a los 14 años (1177-1184): Santo Domingo Guzmán recibe una muy rigurosa formación moral y cultural, bajo la preceptoría de su tío el Arcipreste don Gonzalo de Aza. Este fue el momento en que su vocación abrió vuelo hacia la vida sacerdotal.
  • De los 14 a los 28 (1184-1198): vivió en Palencia: seis cursos estudiando Artes (Humanidades superiores y Filosofía); cuatro, Teología; y otros cuatro como profesor del Estudio General de Palencia.
  • 20 años de edad (1190): Santo Domingo Guzmán termina su carrera de Artes, recibida la tonsura, se hizo Canónigo Regular en la Catedral de Osma.
  • 21 años de edad (1191): Azotados por el hambre que estaba amenazando en esos momentos a España, Santo Domingo Guzmán es conmovido enteramente su corazón y vende todos sus libros, para así aliviar un poco el sufrimiento a los pobresque la estaban pasando muy mal
  • 24 años de edad, (1194): Santo Domingo Guzmán es ordenado sacerdote y es nombrado Regente de la Cátedra de Sagrada Escritura en el Estudio de Palencia.
Al finalizar sus cuatro cursos de docencia y Magisterio universitario, con tan solo 28 años, a Santo Domingo Guzmán le comienzan a brillar sus cualidades y dones, así que el Obispo le encomienda la presidencia de la comunidad de canónigos y del gobierno de la diócesis en calidad de Vicario General de la misma.

Necesidad de crear una nueva orden

Santo Domingo Guzmán realizó algunos viajes acompañando al obispo Diego a algunos países, reafirmando así su vocación misionera. En estos viajes, Santo Domingo Guzmánconocería la desolación que producía en las almas la herejía albigense.
Al terminar sus viajes con el obispo, se rehúsa a tomar posesión de los obispados de los que había sido elegido.
Es así como Santo Domingo Guzmán toma la decisión de fundar una sociedad de predicadores que se encargarían de remediar los males en los que estaba inmerso la sociedad.
En 1215, Santo Domingo Guzmán fundó la Orden de los Frailes Predicadores, o más popularmente conocida como la Orden de los Dominicos y una orden de monjas dedicadas a la atención de las niñas.
Al igual que los franciscanos, los dominicos fueron directamente a la gente para difundir la palabra de Dios. Ambos eran órdenes mendicantes, lo que significa que vivían solamente de las donaciones.
Santo Domingo Guzmán establece ahora su sede principal en Roma. Fue nombrado Maestro del Sagrado Palacio, que tenía la función de ser el Teólogo personal de los Papas.
Se ha desde entonces ha ocupado por miembros de la Orden Dominicana. Desde entonces, este cargo siempre ha estado ocupado por miembros de la Orden de los Dominicos

Santo Domingo Guzmán y el Rosario

Según cuenta la tradición, Santo Domingo de Guzmán sufría al ver la gran cantidad de males que tenían las personas producto de la herejía albigenses, así que decidió ir al bosque a rezar.
Santo Domingo Guzmán estuvo en oración tres días y tres noches haciendo penitencia y flagelándose hasta perder el sentido. En este momento, se le apareció la Virgen con tres ángeles y le dijo que la mejor arma para convertir a las almas duras no era la flagelación, sino el rezo de su salterio.
La Virgen le mostró una guirnalda de rosas, y lo invitó a rezar el rosario todos los días, y enseñarlo a todos cuantos quisieran escucharlo.
Hoy por hoy, después de la Santa Misa, el Rosario es quizás la devoción más practicada por los fieles. Es una de las devociones marianas que más nos une a Dios por la riqueza de las oraciones de que está compuesto. Todas ellas vienen del cielo, dictadas por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Últimos días y última voluntad

Santo Domingo Guzmán, pasó los últimos años de su vida organizando su nueva orden, viajando por toda Italia, España y Francia, predicando constantemente, captando nuevos miembros, y logrando tener establecimientos para sus nuevas casas.
La nueva orden tuvo un éxito tremendo en el trabajo de la conversión de muchas personas, ya que aplicaba el concepto de Domingo sobre armonización de la vida intelectual con las necesidades populares
Santo Domingo Guzmán convocó el primer concilio general de la orden en Bolonia en 1220 y murió allí el año siguiente el 6 de agosto 1221, a los cincuenta y un años de edad, después de haber sido obligado por la enfermedad, a regresar de una gira de predicación en Hungría.
En su lecho de muerte les dio a sus hermanos su última voluntad y testamento:
"Tengan caridad, custodien la humildad, aférrense a la pobreza voluntaria. Les prometo que continuaré guiándolos en espíritu" (una promesa que ha guardado hasta la actualidad)
Santo Domingo Guzmán fue enterrado, de acuerdo con sus deseos, "bajo los pies de sus hermanos.", y así fue, sus restos descansan en el convento de Bolonia.
Fue canonizado el 03 de julio de 1234 por el Papa Gregorio IX en Rieti, Italia. En sus primeros 100 años, la Orden creció a 30.000 miembros de toda Europa.

Oración a Santo Domingo Guzmán.

Santo Domingo Guzmán, fundador de la Orden de Predicadores, grandioso elocuente y amigo de San Francisco de Asís, tú fuiste defendiste la Fe con gran pasión y entrega, fuiste un luchador contra la oscuridad de la herejía.
Te asemejaste a una gran estrella que brillaba cercana al mundo y señalaste a la Luz divina que era Cristo.
Ayúdanos a nosotros a tener ese celo por defender la fe, a que iluminados por el Espíritu Santo y por tu intercesión, tengamos elocuencia y armonía en nuestras palabras para servir de instrumento de conversión de los pecadores.
Con tu brillo, ayuda a los astrónomos para que sepan estudiar las estrellas y admiren las bondades de su creador, proclamando: "Gloria a Dios en las alturas".
Amén.

martes, 6 de agosto de 2019

Santo Domingo de Guzmán, presbítero y fundador (7 de agosto)


Santo Domingo de Guzmán, presbítero y fundador

fecha: 6 de agosto
fecha en el calendario anterior: 4 de agosto
n.: c. 1170 - †: 1221 - país: Italia
canonización: 
C: Gregorio IX 3 jul 1234
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Elogio: En Bolonia, de la Emilia, muerte de santo Domingo, presbítero, cuya memoria se celebra el día ocho de agosto.
Patronazgos: patrono de Santo Domingo (Rep. Dominicana), de Managua, Bolonia, Madrid y Córdoba, de los astrónomos y sacerdotes de órdenes religiosas; protector contra la fiebre y el granizo.

Oración: Te pedimos, Señor, que santo Domingo de Guzmán, insigne predicador de tu palabra, ayude a tu Iglesia con sus enseñanzas y sus méritos, e interceda también con bondad por nosotros. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).
Santo Domingo nació a principios de 1171 en Calaroga, población de Castilla que entonces se llamaba Calaruega. No sabemos nada de cierto sobre su padre, aparte de que llevaba el nombre de Félix y que, al parecer, pertenecía a la familia de Guzmán. La madre de santo Domingo fue la beata Juana de Aza. A los catorce años, Domingo partió de la casa de su tío, que era arcipreste de Gumiel de Izán, e ingresó en la escuela de Palencia. Era todavía estudiante cuando se le nombró canónigo de la catedral de Osma y, después de su ordenación, se consagró al cumplimiento de sus deberes de canónigo. El capítulo vivía en comunidad, bajo la regla de san Agustín y su regularidad y observancia fueron un magnífico ejemplar para el joven sacerdote. A lo que parece, Domingo vivió ahí sin distinguirse en nada de los otros canónigos, ejercitándose en la virtud y preparándose para la tarea que Dios le tenía reservada. Rara vez salía de la casa de los canónigos, y pasaba la mayor parte del tiempo en la iglesia, «llorando los pecados ajenos y leyendo y practicando los consejos que da Casiano en sus Conferencias». Cuando Diego de Acevedo fue elegido obispo de Osma hacia el año de 1201, Domingo le sucedió en el cargo de prior del capítulo. Tenía entonces treinta y un años y había practicado la vida contemplativa a la que acabamos de referirnos durante seis o siete años. En 1204 terminó ese período y el joven hizo su aparición en el mundo en forma inesperada.
Aquel año, Alfonso IX de Castilla envió al obispo de Osma a Dinamarca a negociar el matrimonio de su hijo y el prelado llevó consigo a Domingo. De camino a Dinamarca, los viajeros atravesaron el Languedoc, donde se había difundido mucho la herejía de los albigenses. En Toulouse se alojaron en casa de un albigense. Lleno de compasión por su huésped, Domingo pasó toda la noche en discusión con él y, a la salida del sol, el hombre había recuperado la fe y abjurado de sus errores. La mayoría de los autores suponen que en ese instante Domingo comprendió lo que Dios quería de él. Al regresar de Dinamarca, el obispo y Domingo fueron a Roma a pedir a Inocencio III que los enviase a predicar el Evangelio a los cumanos en Rusia. El Pontífice, que supo apreciar el celo y la virtud de los misioneros, los exhortó para que consagraran sus esfuerzos a luchar dentro de la cristiandad por desarraigar la herejía. Domingo y el obispo pasaron después por Citeaux, a cuyos monjes había encargado el Papa especialmente que lucharan contra los albigenses. En Montpellier se reunieron con el abad de Citeaux y otros dos monjes, Pedro de Castelnau y Raúl de Fontefroide, que habían trabajado en la misión del Languedoc. Diego y Domingo cayeron entonces en la cuenta de que todos los esfuerzos hechos hasta entonces por desarraigar la herejía habían resultado inútiles.
El sistema albigense se basaba en el dualismo del bien y el mal. A este ultimo principio, opuesto al bien, pertenecía la materia y todo lo material. Por consiguiente, los albigenses negaban la realidad de la Encarnación y rechazaban los sacramentos; la perfección exigía que el hombre renunciase a la procreación, comiese y bebiese lo menos posible y el suicidio era cosa laudable. Naturalmente, la mayoría de los albigenses no practicaban estrictamente su doctrina, pero el reducido círculo de los «perfectos» vivía en una pureza heroica y su proceder ascético contrastaba con la vida fácil de los monjes cistercienses. En aquellas circunstancias resultaba inútil tratar de convertir a los herejes mediante el empleo razonable de las cosas materiales, ya que el pueblo seguía instintivamente a quienes llevaban una vida heroica, que no eran ciertamente los predicadores cistercienses. Viendo esto, santo Domingo y el obispo de Osma exhortaron a los cistercienses a imitar el ejemplo de los herejes, a no viajar a caballo, a no alojarse en las mejores hosterías y a despedir a los criados que tenían a su servicio. Una vez que consiguiesen hacerse oír del pueblo, a causa de su vida de penitencia, deberían emplear las armas de la persuasión y la discusión en vez de las amenazas. La tarea era tanto más difícil, cuanto que el albigenismo constituía una religión nueva más bien que una herejía originada en el cristianismo y su forma más avanzada amenazaba la existencia misma de la sociedad humana. Santo Domingo estaba persuadido de que era posible oponer un dique al albigenismo, y Dios quiso valerse de su predicación como instrumento para hacer penetrar su gracia en el corazón de numerosos herejes.
Santo Domingo no se contentó con pedir a otros el ejemplo, sino que lo dio él mismo. Así pues, organizó una serie de conversaciones con los herejes, que hicieron algún efecto en el pueblo, pero no entre los jefes de la herejía. El obispo de Osma volvió poco después a su diócesis, en tanto que su compañero se quedaba en Francia, pero antes de que partiese el prelado, santo Domingo había dado ya el primer paso para fundar la orden que estaba destinada a marcar el alto al albigenismo. Había observado que las mujeres desempeñaban un papel muy importante en la difusión de la herejía y que las jóvenes, después de recibir en su casa los principios de la mala doctrina, iban a proseguir su educación en conventos albigenses. En 1206, el día de la fiesta de santa María Magdalena, santo Domingo recibió una señal del cielo y, en menos de seis meses, fundó en Prouille un convento con nueve monjas a las que había convertido de la herejía y, cerca de ahí, alojó a los hombres que le ayudaban en el apostolado. En esa forma, empezó a preparar predicadores virtuosos, a ofrecer refugio a las mujeres convertidas, a ver por la educación de las jóvenes y a organizar una casa religiosa en la que se oraba constantemente.
El asesinato del legado pontificio, Pedro de Castelnau, a manos de un criado del conde de Toulouse, desencadenó una «cruzada» contra los albigenses, en la que se practicaron todos los horrores y crueldades de una guerra civil. El caudillo de los albigenses era Raimundo VI, conde de Toulouse; el de los católicos era Simón IV de Montfort, conde de Leicester. Santo Domingo no creía en la eficacia ni en la legitimidad de una empresa que tratase de imponer la ortodoxia por la fuerza, y es falso que haya tenido algo que ver en el establecimiento de la Inquisición, ya que el tribunal empezó a funcionar en el sur de Francia desde fines del siglo XII (la Orden se hizo cargo de la Inquisición posteriormente). El santo no se mezcló jamás en ninguna de las crueles ejecuciones que llevó a cabo la Inquisición. Los historiadores de la época mencionan únicamente, como armas de santo Domingo, la instrucción, la paciencia, la penitencia, el ayuno, las lágrimas y la oración. En cierta ocasión en que el obispo de Toulouse fue a visitar su diócesis con una comitiva de soldados y criados, el santo le reprendió con estas palabras: «En vano intentaréis convertir de esa manera a los enemigos de la fe. La oración es más eficaz que la espada y la humildad más útil que los vestidos finos». Domingo estuvo a punto de ser elegido obispo en tres ocasiones; pero se opuso firmemente, pues sabía que Dios le destinaba a otra tarea.
Santo Domingo había predicado ya diez años en el Languedoc, y a su alrededor se había reunido un grupo de predicadores. Hasta entonces, había portado el hábito de los Canónigos Regulares de San Agustín y observado su regla. Pero deseaba ardientemente reavivar el espíritu apostólico de los ministros del altar, puesto que su ausencia era la causa principal del escándalo del pueblo y del florecimiento del vicio y la herejía. Para eso proyectaba fundar un grupo de religiosos, que no serían necesariamente sacerdotes ni se dedicarían exclusivamente a la contemplación, como los monjes, sino que unirían a la contemplación el estudio de las ciencias sagradas y la práctica de los ministerios pastorales, especialmente de la predicación. El objetivo principal del santo era el de multiplicar en la Iglesia los predicadores celosos, cuyo espíritu y ejemplo facilitasen la difusión de la luz de la fe y el calor de la caridad, capaces de ayudar eficazmente a los obispos a curar las heridas que habían infligido a la Iglesia la falsa doctrina y la vida disipada. Para facilitar la tarea de Santo Domingo, el obispo Fulk, de Toulouse, le concedió, en 1214, una renta, y, al año siguiente, aprobó la fundación embrionaria de la nueva orden. Pocos meses más tarde, santo Domingo acompañó al obispo al cuarto Concilio de Letrán.
Inocencio III acogió muy amablemente al santo y aprobó el convento de religiosas de Prouille. Además, introdujo en el décimo canon del Concilio una cláusula que ponía de relieve la obligación de predicar y la necesidad de elegir pastores poderosos en obras y palabras, capaces de instruir y edificar a los fieles con el ejemplo y la predicación. Aunque en dicho canon el Pontífice subrayaba la necesidad de formar predicadores aptos, la aprobación de la nueva orden no era tarea fácil, porque el mismo Concilio había legislado contra la multiplicación de las órdenes religiosas. Se dice que Inocencio III había resuelto negarse a la petición, pero que aquella misma noche soñó que la iglesia de San Juan de Letrán estaba a punto de derrumbarse y que santo Domingo la sostenía. Como quiera que fuese, lo cierto es que el Papa aprobó verbalmente la nueva fundación y ordenó al santo que consultase con sus hermanos cuál de las reglas religiosas ya aprobadas querían seguir. En agosto de 1216, se reunieron en Prouille, Domingo y sus dieciséis compañeros, de los cuales ocho eran franceses, siete españoles y uno inglés. Tras de discutir los pros y los contras, decidieron adoptar la regla de San Agustín, que era la más antigua y menos detallada de cuantas existían, que había sido escrita para sacerdotes por un sacerdote y predicador eminente. Santo Domingo añadió algunas cláusulas, tomadas en parte de las reglas de los premonstratenses. Inocencio III murió el 18 de julio de 1216 y Honorio III fue elegido para sustituirle. Ello retardó un poco el viaje de santo Domingo a Roma, pero entretanto, terminó el primer convento de Toulouse, al que el obispo regaló la iglesia de San Román. Ahí empezaron los primeros dominicos a llevar vida comunitaria con votos religiosos.
Santo Domingo llegó a Roma en octubre de 1216. Honorio III aprobó ese mismo año la nueva comunidad y sus constituciones, «en consideración a que los religiosos de vuestra orden serán paladines de la fe y luz del mundo, Nos confirmamos vuestra orden». Santo Domingo continuó sus prédicas en Roma con gran éxito, hasta después de la Pascua. Fue entonces cuando se hizo amigo del cardenal Ugolino (más tarde Gregorio IX) y de san Francisco de Asís. Según cuenta la leyenda, santo Domingo soñó que la ira divina estaba a punto de descargarse sobre el mundo pecador, pero lo salvó la intercesión de Nuesta Señora ante su hijo al señalarle a dos personajes: el uno era el propio santo Domingo, el otro era un desconocido. Al día siguiente, se hallaba el santo en oración en la iglesia, cuando entró en ella un mendigo cubierto de harapos. El santo reconoció inmediatamente en él al hombre de su sueño; así pues, se le acercó, le abrazó y le dijo: «Vos sois mi compañero y tenéis que estar a mi lado, pues si permanecemos unidos no habrá poder humano capaz de resistirnos». El encuentro de los dos hombres de Dios, Domingo y Francisco se celebra dos veces al año, en sus respectivas fiestas; en efecto, en esos días los miembros de cada orden cantan la misa en las iglesia de los de la otra y se reúnen «para comer el pan que no ha faltado en siete siglos». Algunos autores han comparado a santo Domingo con san Francisco; pero la comparación es poco inteligente, ya que ambos santos se completan y corrigen el uno al otro, y los únicos puntos que tienen en común, son la fe, cl celo y la caridad.
El 13 de agosto de 1217, los frailes predicadores se reunieron con el fundador en Prouille. Santo Domingo les dio instrucciones sobre la manera de predicar y enseñar y los exhortó a estudiar sin descanso; sobre todo, les recordó que su principal obligación era la santificación propia y que estaban llamados a proseguir la obra de los Apóstoles para establecer en el mundo el reino de Cristo. También les habló de la humildad, de la desconfianza en sí mismos y de la confianza en Dios; en esa forma serían capaces de superar todas las aflicciones y persecuciones, y de pelear la gran batalla contra el mundo y los poderes del infierno. Con gran sorpresa de todos, pues la herejía había ganado terreno en el sitio en que se encontraban, santo Domingo dispersó a sus hermanos el día de la Asunción en todas direcciones, diciéndoles: «Tened confianza en mí. Yo sé lo que hago. Nuestra obligación no es almacenar la semilla, sino sembrarla». Cuatro de los frailes partieron a España, siete a París, dos volvieron a Toulouse, dos permanecieron en Prouille y el fundador se dirigió a Roma en el mes de diciembre. Santo Domingo tenía la intención de renunciar a su papel en la naciente orden e ir a predicar el Evangelio a los tártaros, pero Dios iba a disponer las cosas de otro modo.
Cuando santo Domingo llegó a Roma, el Papa le confió la Iglesia de San Sixto. Al mismo tiempo que fundaba allí un convento, enseñaba teología; su predicación en San Pedro llamó la atención de la multitud. En aquella época, la mayoría de las religiosas de Roma no observaban la clausura y vivían sin reglas, unas en pequeños conventos y otras en casa de sus padres o amigos. Inocencio III había intentado varias veces reunir a todas las religiosas dispersas en un convento de clausura, pero no lo había logrado. Así pues, encargó a santo Domingo de llevar a cabo esa reforma y así lo hizo éste. Cedió a las religiosas su propio monasterio de San Sixto, que acababa de construir; el Papa le dio, en cambio para sus frailes una casa en el Aventino y la iglesia de Santa Sabina. Se cuenta que el Miércoles de Ceniza de 1218, la abadesa y las religiosas que iban a transladarse al convento de San Sixto, se hallaban en la casa capitular con santo Domingo y tres cardenales, cuando un mensajero les llevó la noticia de que un joven, Napoleón, sobrino del cardenal Stephen, acababa de matarse al caer del caballo. Santo Domingo ordenó que transportasen el cadáver a la casa capitular y pidió al hermano Tancredo que prepararse el altar para la misa. Los cardenales y sus comitivas, la abadesa y sus monjas, los frailes y una gran multitud que se había reunido, se dirigieron a la iglesia. Al terminar la celebración del santo sacrificio, santo Domingo enderezó un tanto los maltrechos miembros del cadáver, se arrodilló a orar e hizo la señal de la cruz sobre el muerto. En seguida, levantó las manos al cielo y exclamó: «Napoleón, en el nombre de Nuestro Señor Jesucrito te mando que te levantes». El joven resucitó al punto, sin una sola herida, en presencia de la multitud.
Como fray Mateo de Francia había tenido éxito en la fundación de una casa de la orden en la Universidad de París, santo Domingo envió a algunos de sus hermanos a la Universidad de Bolonia, donde el beato Reginaldo de Orléans llevó a cabo la fundación de uno de los más famosos conventos de la orden. Entre 1218 y 1219, el fundador viajó por España, Francia e Italia, fundando conventos. En el verano de 1219, llegó a Bolonia, donde estableció su residencia habitual hasta el fin de su vida. En 1220, Honorio III confirmó al santo en el cargo de superior general. En Pentecostés de ese mismo año, se reunió el primer capítulo general de la orden, en Bolonia; en él se redactaron las constituciones definitivas, que hicieron de la Orden de Predicadores «la más perfecta de las organizaciones monásticas que produjo la Edad Media» (Hauck): una orden religiosa en el sentido moderno de la palabra, donde la unidad es la orden y no el convento, cuyos miembros dependen de un superior general y cuyas reglas llevan la marca inconfundible del fundador, particularmente por lo que se refiere a la capacidad de adaptación y a la supresión de la propiedad. Santo Domingo predicaba en todos los sitios por donde pasaba y oraba constantemente por la conversión de los infieles y de los pecadores. Si tal hubiese sido la voluntad de Dios, el santo habría querido verter su sangre por Cristo e ir a predicar a los bárbaros la buena nueva del Evangelio. Por ello, hizo del ministerio de la palabra el fin principal de su institución. Quería que todos sus religiosos se entregasen a la predicación, cada uno según su capacidad, y que los que tenían especial talento de predicadores sólo interrumpiesen el ministerio para retirarse, de cuando en cuando, a predicarse a sí mismos en la soledad y el silencio. La vocación dominicana consiste en «compartir con los demás el fruto de la contemplación». Esa es la razón por la cual los miembros de la orden se preparan largamente, mediante la práctica de la oración, de la humildad, de la abnegación y de la obediencia. Santo Domingo repetía frecuentemente: «Quien domina sus pasiones es amo del mundo. Quien no las domina se convierte en su esclavo. Más vale ser martillo que yunque». Santo Domingo enseñó a sus misioneros a hablar directamente al corazón, mediante la práctica de la caridad. Alguien le preguntó una vez en qué libro había preparado el sermón que acababa de predicar: «En el libro del amor», respondió el fundador. La cultura, la enseñanza y el estudio de la Biblia fueron, desde el primer momento, elementos esenciales de la orden; nada tiene de extraño que los dominicos se hayan distinguido en el trabajo intelectual, ni que haya llamado al fundador «el primer Ministro de Instrucción Pública en la Europa moderna».
El espíritu de oración y recogimiento es otra de las características de los dominicos, como lo fue de santo Domingo, quien pedía incesantemente a Dios que le concediese el verdadero amor del prójimo y la capacidad de ayudar a los otros. El santo exigía inflexiblemente el cumplimiento de las reglas que había impuesto. Al llegar a Bolonia, en 1220 advirtió en el convento que se edificaba, cierta elegancia que cuadraba mal con el espíritu de pobreza de la orden; sin vacilar un instante, mandó que se detuviese la construcción. Gracias a ese enérgico espíritu de disciplina, la orden se extendió rápidamente. En 1221, cuando se reunió el segundo capítulo general, había ya unos sesenta conventos, distribuidos en ocho provincias; los dominicos habían llegado ya a Polonia, Escandinavia, Palestina y el hermano Gilberto con otros doce frailes habían fundado las casa de Canterbury, Londres y Oxford. Al terminar el segundo capítulo general, Santo Domingo fue a visitar al cardenal Ugolino en Venecia. A la vuelta de ese viaje, se sintió enfermo y fue iransladado al campo para que respirase un aire más puro, pero, ya había comprendido que se aproximaba la hora de su muerte. Habló a sus hermanos acerca de la belleza de la castidad. Como no poseía bienes temporales, redactó su testamento en estos términos: «Hijos míos muy queridos, he aquí mi herencia: conservad la caridad entre vosotros, permaneced humildes y observad voluntariamente la pobreza». Después de exhortar largamente a sus hijos a la pobreza, el santo pidió que le transladasen de nuevo a Bolonia, porque deseaba per sepultado «bajo los pies de sus hermanos». Los frailes del convento de Bolonia se reunieron a rezar las oraciones por los agonizantes en torno al fundador y, al llegar al «subvenite», santo Domingo repitió esas hermosas palabras y exhaló el último suspiro. Era el atardecer del 6 de agosto de 1221; el santo tenía cincuenta y dos años. Su muerte fue un ejemplo de la pobreza de la que había hablado poco antes a sus hermanos, puesto que expiró «en el lecho del hermano Moneta, ya que carecía de una cama propia, vestido con el hábito del hermano Moneta, porque no tenía otro para reemplazar el que había llevado durante tantos años». El beato Jordán de Sajonia había escrito en la vida del santo: «Lo único que podía turbar la serenidad de su alma era el sufrirniento ajeno. El rostro de un hombre revela si es feliz o no; el rostro anuble y transfigurado de gozo de Domingo revelaba la paz de su alma. Poseía tal bondad y tal deseo de ayudar al prójimo, que nadie escapaba a la fuerza de su encanto y cuantos le veían una vez le amaban para siempre». Al firmar el decreto de canonización de su amigo, en 1234, Gregorio IX (el tdrnul Ugolino) afirmó que estaba tan seguro de su santidad como de la de san Pedro y san Pablo.
La primera biografía de santo Domingo fue la que escribió el beato Jordán de Sajonia, quien le sucedió en el cargo de superior general. Existen, además, numerosos documentos biográficos relativamente antiguos. Sin entrar en detalles, baste con decir que los principales documentos se hallan reunidos en Acta Sanctorum, agosto, vol. II; en Scriptores O.P., de Quétif y Echard; y en Monumenta O.P. Historica, vols. XV y XVI.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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martes, 12 de febrero de 2019

Beato Jordán de Sajonia, 13 de febrero

Beato Jordán de Sajonia (Fto. Wikicommons)
Beato Jordán De Sajonia (Fto. Wikicommons)

Beato Jordán de Sajonia, 13 de febrero

Patrón de la obra de las vocaciones dominicanas
«Tras las huellas de santo Domingo de Guzmán, al que sucedió como maestro general de la Orden, este apóstol infatigable que evangelizó dentro y fuera de Europa, es considerado patrón de la obra de las vocaciones dominicanas» 
Sería un error subestimar el juicio de las gentes sencillas cuando aclaman espontáneamente a una persona que refleja con su vida el Evangelio. El sentimiento popular no hace más que colocar en el candelero las virtudes que ratifican la autenticidad de una entrega, esa que en numerosas ocasiones ha tenido en cuenta la Iglesia para encumbrar a los altares a los que el pueblo había canonizado previamente en su corazón.
El olfato espiritual de los testigos contemporáneos de Jordán, que le hicieron acreedor de su veneración, era formidable. No hay más que examinar sus escritos para constatar su finura y sagacidad, la profundidad y capacidad de penetración mística que destilan. Gran parte de su existencia aparece ligada a la de santo Domingo, a quien sucedió como maestro general de la Orden. Pero este insigne teólogo alemán, como todos los que han dado respuesta a la llamada de Cristo, tuvo su particular trayectoria en el camino de la perfección. ¿Cómo llegó a la vida religiosa?, ¿qué factores influyeron en su decisión? Partía con multitud de prebendas humanas, pero tenía que conquistar el único tesoro: a Dios.
Había nacido en el castillo de Burgberg, Westfalia, hacia el año 1176, propiedad de su ilustre familia, los condes de Eberstein. Trasladado a París para cursar estudios cuando tenía alrededor de 30 años, el patrimonio vital y espiritual que llevaba consigo: «inteligencia viva, noble voluntad, corazón generoso y siempre dispuesto a la ayuda» fue significativo no solo en el camino que habría de tomar sino en sus estudios que le llevaron a convertirse en un afamado maestro en artes y bachiller en teología el año 1219.
Justamente ese año, el fundador de los dominicos predicaba en el convento Saint-Jacques de París. Jordán pudo conversar con él en dos significativas ocasiones. Fue un momento propicio para su vida, absolutamente providencial, ya que su corazón andaba inquieto buscando la vía espiritual que debía seguir.
Dios escuchó sus súplicas y anhelos, y le respondió a través de Domingo que le explicó las características del carisma dominicano. Quedó seducido por sus palabras, y manifestó su deseo de ordenarse diácono. El fundador lo acogió con prudencia y respeto, cuidando con verdadero mimo esta pujante vocación. El paso definitivo del beato en su compromiso fue la prédica de Reinaldo de Orleáns en 1220, tras la cual ingresó en los dominicos abrazándose al ideal de pobreza y estudio del que se había enamorado.
A partir de ese momento ya se le identifica en el capítulo general de la Orden, que tuvo lugar en Bolonia ese mismo año, dos meses más tarde de haber tomado el hábito. Allí le encomendaron la docencia de Sagradas Escrituras en París.
Al año siguiente le responsabilizaron de la provincia de Lombardía. Es obvio que veían en él a un hombre íntegro, formado, piadoso, con rasgos dignos de confianza y signos de esperanza para el futuro de la fundación. Y de hecho, en 1222, tras la muerte de Domingo acaecida en agosto de 1221, pusieron bajo sus hombros la bellísima, y a la par delicada misión, de seguir los pasos del fundador manteniendo vivo su carisma como maestro general de la Orden.
Mientras se hallaba en Bolonia, ciudad en la que fundó el convento de santa Inés el año 1223, había instituido el rezo de la Salve Regina efectuado después de la oración de completas, que más tarde se haría extensivo a toda la Iglesia. La elección que había recaído sobre él fue ciertamente inspirada, porque con su fidelidad y amor al fundador dirigió la Orden «con sabiduría, equilibro y sagacidad poco comunes». La vivencia de la caridad, la alegría, la humildad, el amor al estudio, la unidad y colegialidad fueron algunos de sus rasgos característicos. Era un celoso defensor del Evangelio, apóstol infatigable que viajó incesantemente dentro y fuera de Europa.
Los frutos de su apostolado se cuentan por un millar de vocaciones, muchas de ellas surgidas entre personas bien preparadas intelectualmente. Entre otros, se señala a san Alberto Magno. Es el primer biógrafo de santo Domingo de Guzmán, y promotor de su canonización. Es autor del Libellus, crónica sobre el origen de la Orden, de las Constituciones, de numerosas cartas, sermones y escritos de carácter doctrinal, además de comentarios al Apocalipsis y otros de carácter filosófico-teológico; todo ello sin contar las obras que se perdieron. Fue un experto en el evangelio de san Lucas. Gregorio IX lo tuvo entre sus dilectos consejeros.
Mantuvo una importante correspondencia epistolar con religiosas de distintas órdenes. Es significativa la que dirigió a santa Inés de Bolonia, a santa Lutgarda de Aywières y a Diana de Andaló. Estas dos últimas fueron dirigidas por él. En una de sus cartas a Diana decía: «Quienes deseamos llegar a la inmortalidad futura, hemos de conformarnos de algún modo, ya en el presente, con aquella vida venidera, poner nuestros corazones en el poder de Dios y trabajar según nuestras posibilidades para afianzar en el Señor toda nuestra esperanza. De este modo imitaremos en lo posible a Dios en su estabilidad y quietud. Él es un refugio seguro que nunca falla y siempre permanece…».
El Padre le llamó junto a sí al regreso de uno de sus múltiples viajes apostólicos. Justamente procedía de Tierra Santa, y se encaminaba a visitar a la comunidad de Nápoles, cuando el barco que lo traía naufragó en las costas de Siria frente a Ptolemaida (San Juan de Acre, actual Akko). Era el 13 de febrero de 1237.
Junto a su vida, además de perderse la de 99 personas, murieron también otros dos frailes que le acompañaban. Sus restos, rescatados del mar, fueron enterrados en esa ciudad, siendo objeto de culto de forma inmediata, culto confirmado por el papa León XII el 10 de mayo de 1826. Desde 1955 es el patrón de la obra de las vocaciones dominicanas, determinado así por el capítulo general celebrado ese año.

miércoles, 8 de agosto de 2018

Santo Domingo de Guzmán. (Fundador de los dominicos) 8 de agosto


Santo Domingo de Guzmán. © sentimientorosarista.blogspot.com

Santo Domingo de Guzmán, 8 de agosto

Fundador de los dominicos
«Este padre y maestro de los predicadores, fundador de los dominicos, tuvo la gracia de nacer en una familia virtuosa. Sus padres y hermanos son venerables y beatos. La Virgen le hizo entrega del Santo Rosario. Es patrón de Bolonia»
Gregorio IX, al que le unió gran amistad, lo canonizó el 3 de julio de 1234. Según se cuenta, manifestó en su entorno: «No dudo más de su santidad que de la de los apóstoles Pedro y Pablo». Nació hacia 1170 en Caleruega, Burgos, España. Félix de Guzmán, su padre, fue proclamado venerable por la Iglesia y Juana de Aza, su madre, beata. Sus hermanos siguieron sus pasos. Antonio es venerable y Manés beato. En este hogar las virtudes evangélicas eran alimento de cada día. Parece que Juana hallándose encinta tuvo un sueño en el que se le anticipaba la gloria que Domingo daría a la Iglesia con su predicación, iluminando la tierra, fulgor que apreció su madrina cuando el niño ya había nacido. Sendas visiones alegóricas confluyeron en la misma idea.
Un tío materno, arcipreste, le instruyó en Gumiel de Izán. Después, prosiguió estudios en Palencia. Experimentaba una sed insaciable de profundizar en la Sagrada Escritura, y el anhelo de encarnar las virtudes que en ella aprendía. Estudiaba intensamente, restándole horas al sueño. Su piedad y caridad se hicieron manifiestas cuando el hambre asoló gran parte de España cebándose también en Palencia. Para socorrer a los damnificados se desprendió de los textos sagrados. Repartía entre los pobres su dinero y enseres guiado por esta idea: «No quiero estudiar sobre pieles muertas, y que los hombres mueran de hambre». Al ver este edificante testimonio, otros le secundaron. La oración, que fue canon de su vida, le condujo a las altas cimas de la mística. Abrasado de amor divino, no podía evitar proferir en voz alta exclamaciones que brotaban de lo más íntimo de su ser. Suplicaba a Cristo fervientemente que le concediese la gracia de la caridad y, junto a ella, la apostólica; estaba persuadido de que el auténtico seguidor del Maestro siente arder dentro de sí la llamada a compartir la fe sin descanso; su pasión es llevar a todos hacia Él. Esta es la garantía de autenticidad, el sello que caracteriza a sus genuinos discípulos.
El obispo de Osma, Martín de Bazán, estaba al tanto de la grandeza y fidelidad de este joven, lleno de alegría y buen humor, cuyo horizonte era Cristo, y lo designó canónigo regular. Fue también sacristán del cabildo y subprior. Pero no se dejó tentar por la fama, el poder y prestigio. Su único anhelo era cumplir la voluntad de Dios y servir al prójimo. En 1202 acompañó al nuevo prelado y amigo suyo, Diego de Acebes, en una misión diplomática al sur de Francia confiada por el rey Alfonso VIII. Entonces constató la peligrosa hegemonía de los herejes y una dolorosa presencia de los alejados de la fe. En Toulouse llevado de gran celo apostólico entabló una discusión con el propietario de la hospedería durante una noche entera hasta que logró atraerlo a la verdad.
Diego era un hombre virtuoso. En otro viaje que realizó a Francia unos predicadores desalentados por el fracaso de su misión contra los albigenses, interesaron su juicio acerca de lo que podía motivar tanta esterilidad. No lo dudó; asoció la escasez de bendiciones con el impropio ejemplo de vida que daban, regido por la pompa y ostentación. Él mismo se desprendió de sus acompañantes y de sus enseres, y junto a Domingo y a unos cuantos presbíteros abrazó la pobreza y la mendicidad. El impacto de su virtud fue de tal calibre que las conversiones brotaron a raudales. En torno a 1206 establecieron el cuartel general para tan intrépidos apóstoles en un monasterio que adquirió en Prulla, cerca de Fanjeaux. El objetivo era acoger a mujeres católicas de la nobleza que, habiendo venido a menos, eran confiadas a los herejes que se ocupaban de formarlas; de ese modo las rescatarían de estas perniciosas influencias. Se dice que mientras Domingo oraba en este monasterio, la Virgen le hizo entrega del Rosario.
En 1207 Diego regresó a España, y dejó al santo al frente de la misión que sostuvo definitivamente porque ese mismo año murió su amigo. Casi todos los demás rompieron su compromiso y Domingo fue prácticamente el único que perseveró. Diez años estuvo predicando en el sur de Francia unido a los que compartían libremente el mismo ideal. Con su oración y enfervorizadas palabras supo tocar las fibras más sensibles de sus oyentes, incluidos los que le ridiculizaron y quisieron atentar contra su vida. Sabía que la oración es el arma más poderosa que existe y la humildad socava toda resistencia. También que contra la fe no hay quien pueda. Domingo era valeroso; hubiera deseado derramar martirialmente su sangre. De hecho, quiso evangelizar a los temibles cumanos que se hallaban en Alemania, aún conociendo su ferocidad.
En torno a 1215 pensó fundar una Orden. Recibió el entusiasta apoyo del prelado de Toulouse, Fulco, del conde Simón de Monfort y del acaudalado Pedro Seila, que ofreció dos inmuebles que tenía en la ciudad, así como de otro ciudadano, Tomás, que sería gran predicador. En el transcurso del IV concilio de Letrán, donde acompañó a Fulco, rogó a Inocencio III que bendijese la obra. El pontífice parecía reticente, pero según cuenta la tradición, en un sueño se disiparon sus dudas al ver que san Francisco de Asís y fray Domingo mantenían erguida sobre sus espaldas la basílica de Letrán sin dejarla caer. Y los bendijo. Adoptaron la regla de san Agustín, introduciendo aspectos de los premostratenses y de los cistercienses.
En 1216 Honorio III aprobó la Orden. Ante la negativa de algunos frailes a partir a otros lugares, o juzgar que estaba en juego la viabilidad de la misma fundación si eran enviados a distintos puntos, se mantuvo inflexible: «¡No me contradigáis! Sé muy bien lo que hago». La Orden se extendió fructíferamente. Quiso que los suyos recibieran una formación universitaria rigurosa. Fundó por Francia, Italia y España. Murió el 6 de agosto de 1221. Antes advirtió a los frailes que les ayudaría mucho más tras su muerte. Su testamento fue: «tened caridad, conservad la humildad, poseed la pobreza voluntaria».