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domingo, 11 de diciembre de 2016

La alegría de la Navidad se llama Jesucristo, recuerda Obispo (Mons. Demetrio Fernández) 11122016

La alegría de la Navidad se llama Jesucristo, recuerda Obispo

Por Blanca Ruiz

Foto referencial.
Foto referencial.






MADRID, 11 Dic. 16 / 02:06 pm (ACI).- El Obispo de Córdoba (España), Mons. Demetrio Fernández, explica en su carta pastoral que “el tiempo de Adviento es tiempo de gozo y esperanza, como la vida cristiana misma”.
Tiempo de esperanza porque “Dios siempre cumple sus promesas” y subraya que también son momentos de alegría por la llegada de un Redentor porque “la alegría de la Navidad se llama Jesucristo”.
Según precisa Mons. Fernández, “el gozo proviene de la cercanía de Dios, que nos envía a su Hijo Jesucristo para salvarnos, para divinizarnos. La esperanza se genera porque Dios cumple siempre sus promesas y nos asegura estar siempre con nosotros. Vale la pena fiarse de Dios, porque Dios siempre cumple”.
Ante las dificultades y los problemas de la vida, el Prelado subraya que “Dios no se ha desentendido de las desgracias de los hombres”, sino que “se ha acercado a nuestro mundo y ha entrado de lleno en él, haciéndose hombre, uno de nosotros”.
Por eso, explica el Prelado, con su Encarnación “Jesucristo ilumina el misterio del hombre al propio hombre y le muestra la grandeza de su vocación, que somos hijos de Dios”, “ha venido a decirnos el inmenso amor de Dios al hombre, y nos lo ha dicho hasta el extremo, hasta morir en la Cruz por nosotros”.
De hecho, con su venida al mundo Jesucristo “nos aclara que el mal no lo ha inventado Dios, sino que es factura del hombre. Y que ese mal tiene una raíz común, el pecado”.
La “encarnación (de Jesús), su muerte redentora y su resurrección abren para todos los hombres un horizonte ilimitado de felicidad, pero es preciso pasar por la muerte, por el despojamiento, por la Cruz”.
El Obispo explica que “el sufrimiento abrazado con amor nos hace participar de la Cruz redentora de Cristo y convierte nuestra pobreza en riqueza de amor”.
Recibir el amor de Dios, “repleto de misericordia” y “repartirlo a nuestro alrededor de manera solidaria” es el motivo de nuestra alegría.
“Nos preparamos a la Navidad con esta alegría y este gozo, que brotan de saber que Jesús está en medio de nosotros”, asegura el Obispo y anima a preparar ese gran evento “con un corazón bien dispuesto, como nos anuncia el Bautista. La alegría de la Navidad se llama Jesucristo”.
Puede leer la carta íntegra AQUÍ.

Alegraos siempre en el Señor

El tiempo de adviento es tiempo de gozo y esperanza, como la vida cristiana misma. El gozo proviene de la cercanía de Dios, que nos envía a su Hijo Jesucristo para salvarnos, para divinizarnos. La esperanza se genera porque Dios cumple siempre sus promesas y nos asegura estar siempre con nosotros. Vale la pena fiarse de Dios, porque Dios siempre cumple.
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Y, ¿qué nos ha prometido? Dios nos ha creado para hacernos felices, para hacernos partícipes de su propia felicidad que quiere compartirla con nosotros. Y la felicidad de Dios no es pasajera, sino que dura para siempre. Amanecemos en este mundo y miramos a nuestro alrededor, donde, junto a tantas cosas bellas y buenas, está presente el mal en sus múltiples manifestaciones: egoísmo, explotación del hombre por el hombre, enfrentamientos, guerras, deportaciones, prófugos, violaciones de todos los derechos, etc. ¿Cómo puede existir un Dios, que permite estas cosas? Muchos ser rebotan contra Dios al experimentar tanto sufrimiento propio o ajeno, y concluyen: Dios no existe. Otros, por el contrario, acuden a ese Dios bueno para pedirle que nos salve.
Y aquí se sitúa la salvación que viene a traer Jesucristo. Dios no se ha desentendido de las desgracias de los hombres. Dios se ha acercado a nuestro mundo y ha entrado de lleno en él, haciéndose hombre, uno de nosotros. El Hijo de Dios se ha hecho hombre y ha puesto su tienda entre nosotros, para convivir con nosotros, para compartir nuestra suerte. En todo semejante a nosotros sin pecado.
Jesucristo por su encarnación, por haberse hecho hombre como nosotros, ilumina el misterio del hombre al propio hombre y le muestra la grandeza de su vocación, que somos hijos de Dios. Jesucristo ha venido a decirnos el inmenso amor de Dios al hombre, y nos lo ha dicho hasta el extremo, hasta morir en la Cruz por nosotros. Él nos aclara que el mal en el mundo no lo ha inventado Dios, sino que es factura del hombre. Y que ese mal tiene una raíz común, el pecado. Jesucristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Su encarnación, su muerte redentora y su resurrección abren para todos los hombres un horizonte ilimitado de felicidad, pero es preciso pasar por la muerte, por el despojamiento, por la Cruz.
El sufrimiento abrazado con amor nos hace participar de la Cruz redentora de Cristo y convierte nuestra pobreza en riqueza de amor. Recibimos de Dios ese amor repleto de misericordia y repartimos ese amor a nuestro alrededor de manera solidaria. Este es el motivo de nuestra alegría. Los males que nuestra humanidad está soportando tienen un sentido, tienen un valor y contribuyen a la redención del mundo. Jesucristo nos ha enseñado a estar de parte de los que sufren por cualquier causa, siempre de parte de las víctimas.
El anuncio evangélico es siempre anuncio de alegría y gozo para todos. Los ángeles en la noche de Belén así lo cantan: “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad”. Nos preparamos a la Navidad con esta alegría y este gozo, que brotan de saber que Jesús está en medio de nosotros. “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del asilamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría”, nos recuerda el Papa Francisco (EG 1).
Preparemos el camino al Señor con un corazón bien dispuesto, como nos anuncia el Bautista. La alegría de la Navidad se llama Jesucristo.

Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba

domingo, 27 de noviembre de 2016

Adviento, tiempo de esperanza y preparación para la felicidad que no termina (Mons. Demetrio Fernández) 27112016

Adviento, tiempo de esperanza y preparación para la felicidad que no termina

Adviento, tiempo de esperanza y preparación para la felicidad que no termina
CÓRDOBA, 27 Nov. 16 / 12:25 pm (ACI).- El Obispo de Córdoba en España, Mons. Demetrio Fernández, dedicó su carta semanal a reflexionar sobre el Adviento que comienza este domingo 27 de noviembre y explicó que en este día comienza este tiempo de preparación para la “felicidad que no termina”.
En la carta titulada “Estad en vela, estad preparados”, el Prelado afirmó que “el Adviento es el tiempo de la espera del Señor, que viene. El cristiano no afronta la muerte como si fuera un muro impenetrable. No. El cristiano sabe que después de la vida presente nos esperan los brazos amorosos de Dios, nos espera la vida eterna en la felicidad de Dios con María y con todos los santos”.
“El cristiano se alegra y sufre como todos los mortales, pero mantiene siempre la certeza de una vida que no acaba, de una felicidad que no termina, y eso le llena de esperanza, incluso en los momentos más duros de su vida”.
El tiempo de Adviento, resaltó Mons. Fernández, “tiene este sentido de prepararnos al encuentro del Señor cuando venga a buscarnos. Que cuando llegue nos encuentre preparados y dispuestos”.
El Obispo de Córdoba también escribió que “la vida cristiana no es una repetición monótona de lo mismo, el Año litúrgico tampoco. El Año litúrgico es la celebración de los misterios de la vida de Cristo que por medio de la liturgia se nos hace contemporáneo, cercano. No es por tanto una repetición monótona, es una celebración en espiral ascendente y creciente”.
“Volvemos a celebrar el nacimiento, la vida pública, la pasión, la muerte y la resurrección del Señor que culmina en el envío del Espíritu Santo. No es lo mismo del año pasado, es siempre algo nuevo, como lo es el encuentro con una persona, aunque uno conviva con ella todos los días”.
En el Adviento, dijo el Prelado, también uno se prepara para “la venida de Jesús en la Navidad. Qué bonita es la Navidad y tanto o más su preparación. Como una madre espera con paz serena el nacimiento de su hijo, así la Iglesia entera se pone en estado de buena esperanza”.
“La esperanza es el color del Adviento. Viene Jesús a salvarnos, es el Salvador. Y su venida nos trae alegría y paz. Nos trae solidaridad con los hermanos, especialmente con los que sufren. En Navidad, Jesús es el centro y sin él no tendríamos Navidad”.
Para celebrar esta fiesta, enfatizó, es necesario preparar el corazón para el Niño Jesús que viene: “que se sienta a gusto cuando venga. Para ello, limpia tu casa, ordena tu vida, déjale entrar. Te trae alegrías que nunca olvidarás”.
Tras recordar que en el Adviento también se celebra a María, la Madre de Dios, el Obispo subraya finalmente que este tiempo está “lleno de esperanzas y cumplimiento de promesas. Nos ponemos en camino con las lámparas encendidas, con la fe ardiente y la caridad solícita”.
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lunes, 26 de septiembre de 2016

El infierno se adelanta en la tierra cuando no somos capaces de amar, alerta Obispo (Mons. Demetrio Fernández) 25092016

El infierno se adelanta en la tierra cuando no somos capaces de amar, alerta Obispo

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El infierno se adelanta en la tierra cuando no somos capaces de amar, alerta Obispo








MADRID, 25 Sep. 16 / 09:02 pm (ACI).- El Obispo de Córdoba en España, Mons. Demetrio Fernández, alertó que el “infierno se adelanta en la tierra cuando no somos capaces de amar”, en su reciente carta pastoral en la que reflexiona sobre el evangelio del rico y el pobre Lázaro.
“Este domingo, en el Evangelio, Jesús nos propone la parábola del pobre y del rico. El rico vivía, gastaba, derrochaba, no le faltaba de nada. El pobre, sin embargo, no tenía ni para comer, no tenía ni para cubrir sus necesidades elementales, vivía marginado de la sociedad y sin posibilidad de salir de esa situación”.
El Prelado recuerda que el rico del evangelio se iba haciendo cada vez más egoísta y cerrándose en su capacidad de amar, “hasta que se hizo incapaz totalmente, y fue al infierno”.
“De alguna manera, ese infierno se adelanta en la tierra cuando no somos capaces de amar, cuando somos queridos y no somos capaces de corresponder. El infierno, ya en la tierra, es ese blindaje ante el amor, que hace infeliz a la persona humana, porque estamos hechos para amar”.
“Y esa actitud obstinada de cerrazón al amor puede conducir a uno hasta la perdición total incluso más allá de la muerte, eso es el infierno eterno”, explica el Obispo de Córdoba.
El pobre también murió y fue recibido por Dios en el Cielo donde recibió su recompensa. “La vida nos va despojando progresivamente, para que confiemos en Dios cada vez más”.
“Cuando ya hemos traspasado la frontera de la muerte, ya no hay vuelta atrás. En esa situación definitiva es cuando vemos las cosas como son.Allí no vale la falsedad ni el fingimiento, es la hora de la verdad. La humildad y la paciencia reciben premio, y un premio eterno”, apunta el Prelado.
Por eso, según explica Mons. Fernández, Jesucristo con esta parábola subraya que “estamos a tiempo de cambiar, estamos a tiempo de aprender a amar, si abrimos nuestro corazón a la misericordia de Dios y si nos hacemos misericordiosos con los pobres de nuestro tiempo, cercanos o lejanos, en todo tipo de pobrezas materiales y espirituales”.
“La moraleja de la parábola es clara: no triunfa el que vive pensando sólo en este mundo que pasa sin pensar en el más allá” sino que “triunfa el pobre, el que confía en Dios, el que abre su corazón a las necesidades de los demás”, subraya el Obispo y recuerda la bienaventuranza: “Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”
Carta completa de Mons. Demetrio Fernández

Érase un pobre… y un rico

Las parábolas de Jesús son muy bonitas y además tienen mucha miga. Este domingo, en el Evangelio, Jesús nos propone la parábola del pobre y del rico. El rico vivía, gastaba, derrochaba, no le faltaba de nada. El pobre, sin embargo, no tenía ni para comer, no tenía ni para cubrir sus necesidades elementales, vivía marginado de la sociedad y sin posibilidad de salir de esa situación.
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El pobre no salía de su situación porque el rico no se compadecía de él. Y el rico no se compadecía del pobre, porque cuando a uno le van bien las cosas, casi siempre se olvida de los pobres. Ah, pero llegó la hora de la verdad. En la otra vida, que nos espera a todos, cada cosa se pondrá en su sitio. Allí no habrá egoísmos extorsionantes, allí no habrá avaricia ni injusticia. Allí, Dios será quien llene plenamente nuestro corazón humano y no tendremos necesidad de los bienes de este mundo pasajero. Allí recibiremos una medida colmada, según la capacidad que aquí hayamos ejercitado.
Rico es todo aquel que tiene: dinero, tiempo, cualidades, salud, posibilidades. Todo lo que tenemos, lo hemos recibido: la vida es un don, las cualidades son un don, la salud es un don, el tiempo es un don. Cuando uno se da cuenta de que lo que tiene lo ha recibido, incluso contando con su buena gestión, su trabajo, etc. le sale fácilmente ser agradecido y es capaz de compartir. Cuando lo que uno tiene, lo tiene egoístamente, mejor que no lo tuviera, porque sólo le sirve para su perdición. Se hace soberbio, mira a los demás por encima del hombro, se compara y se cree más que los demás, no se compadece ante el que no tiene, incluso piensa que el pobre es pobre por su culpa.
El rico del evangelio se iba haciendo cada vez más egoísta y se iba cerrando en su capacidad de amar, hasta que se hizo incapaz totalmente, y fue al infierno. Dicen que lo peor del infierno es no poder amar, la imposibilidad radical de amar. De alguna manera, ese infierno se adelanta en la tierra cuando no somos capaces de amar, cuando somos queridos y no somos capaces de corresponder. El infierno, ya en la tierra, es ese blindaje ante el amor, que hace infeliz a la persona humana, porque estamos hechos para amar. Y esa actitud obstinada de cerrazón al amor puede conducir a uno hasta la perdición total incluso más allá de la muerte, eso es el infierno eterno.
Sucedió que murieron los dos, el rico y el pobre. La muerte nos iguala a todos. Y el pobre fue al cielo, recibió de Dios la recompensa a su humillación y a su paciencia, porque cuando uno es humillado, se acuerda más de Dios, confía en Dios, lo espera todo de Dios, y el corazón agranda su capacidad para recibir mucho, porque ha amado y ha esperado con paciencia mucho. Por eso, la vida nos va despojando progresivamente, para que confiemos en Dios cada vez más. El pobre del Evangelio tenía paciencia con los demás, con el rico que no le ayudaba y con Dios, ante quien se humillaba con paciencia.
Cuando ya hemos traspasado la frontera de la muerte, ya no hay vuelta atrás. En esa situación definitiva es cuando vemos las cosas como son. Allí no vale la falsedad ni el fingimiento, es la hora de la verdad. La humildad y la paciencia reciben premio, y un premio eterno. La soberbia, la arrogancia, la autosuficiencia recibe su consiguiente castigo. Cerrado al amor, uno se ha hecho incapaz de amar. Y viene la queja del rico, a la que responde Dios aclarando su situación: ya no hay solución. La había antes y puede haberla antes, si uno se convierte. Es lo que pretende Jesús con la parábola dirigida a nosotros. Estamos a tiempo de cambiar, estamos a tiempo de aprender a amar, si abrimos nuestro corazón a la misericordia de Dios y si nos hacemos misericordiosos con los pobres de nuestro tiempo, cercanos o lejanos, en todo tipo de pobrezas materiales y espirituales.
La moraleja de la parábola es clara: no triunfa el que vive pensando sólo en este mundo que pasa sin pensar en el más allá, el que gasta y derrocha sin tener compasión de los que no tienen ni siquiera lo necesario para vivir. Triunfa el pobre, el que confía en Dios, el que abre su corazón a las necesidades de los demás. “Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”, nos enseña Jesús en las bienaventuranzas.

Recibid mi afecto y mi bendición: + Demetrio