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viernes, 1 de diciembre de 2017

«Ciertos laicoides explotan el miedo al Islam para acabar con el cristianismo», avisa Rémi Brague 01122017

El filósofo analiza el furor laicista contra la cruz de Plöermel, en Bretaña... y otros síntomas

«Ciertos laicoides explotan el miedo al Islam para acabar con el cristianismo», avisa Rémi Brague

«Ciertos laicoides explotan el miedo al Islam para acabar con el cristianismo», avisa Rémi Brague
El filósofo Rémi Brague pide que no se use la laicité como arma contra la religión ni se metan todas las religiones en el mismo saco

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1 diciembre 2017
Rémi Brague es un filósofo francés, especialista en filosofía medieval árabe y judía. Miembro del Institut de France, es profesor emérito de la Universidad Panthéon-Sorbonne. Autor de numerosas obras, sobre todo Europe, la voie romaine, ha publicado recientemente en español  El Reino del Hombre, génesis y fracaso del proyecto moderno” (Ediciones Encuentro). Le entrevistó, a principios de noviembre, Alexandre Devecchio en Le Figaro Vox, acerca de las contradicciones -o quizá estrategias- del laicismo francés.
- La decisión del Consejo de Estado, obligando al alcalde del ayuntamiento de Ploërmel a retirar la cruz que domina la estatua del Papa Juan Pablo II, ha suscitado la colera de miles de internautas. ¿Cómo explica usted el alcance de estas reacciones espontáneas?
Rara vez navego por las redes sociales y, cuando lo hago, muy a menudo me consterna la simpleza y las expresiones groseras y de odio de todo lo que se dice con la protección del anonimato.

»Ahora bien, respondiendo a su pregunta, dos pueden ser las razones: por una parte, la laxitud ante estas continuas medidas contra las cruces, los belenes, etc.; por la otra, la exasperación ante la mezquindad que implican esas medidas. En Bretaña no se puede lanzar una teja sin que caiga sobre un calvario [una escultura, a veces enorme, representando Cristo en la cruz con María, Juan, las mujeres y el pueblo a sus pies, frecuente en plazas y cruces de caminos, nota de ReL] o un vallado parroquial. ¿Hay otro lugar más lógico para la ubicación de una cruz que encima de la estatua de un Papa?

- La decisión del Consejo de Estado, ¿es conforme al principio filosófico de la laicidad?
- No conozco las razones del Consejo de Estado. Quiero pensar, en honor a sus miembros, que están basadas en argumentos sólidos. En todo caso, la laicité no tiene en absoluto la dignidad de un principio filosófico [universal], sino que constituye una noción específicamente francesa. La palabra es, además, intraducible. Es un valor mal formulado, resultado de una larga serie de conflictos y compromisos. Da ahí la gran libertad en su interpretación.



Esta es la cruz de Ploërmel que se ordena retirar; muchos franceses y europeos protestan desde la cuenta de Twitter #MontreTaCroix (Muestra tu Cruz), enseñando cruces históricas en lugares públicos y emblemáticos de toda Francia. (Pueden verse aquí).

- Pero, ¿cómo se puede hacer aplicar la ley relacionada con el velo en la escuela y el burqa en la calle si no se aplica de manera estricta para todas las religiones?
- ¿Qué relación hay entre un monumento público y una parte de la vestimenta, que incumbe al ámbito privado? Lo correspondiente a la construcción de dicho monumento sería la construcción de una mezquita. ¿Quién lo prohíbe? Más bien al contrario, muchos ayuntamientos lo apoyan.
De todas formas, a menudo tenemos la impresión que en Francia aplicar un ley es más bien una opción. ¿Cuántas leyes han quedado sin decreto de aplicación? ¿Acaso se multa a las mujeres que llevan una vestimenta que esconde su rostro? ¿Se hace en "los barrios" [de la periferia]?

- ¿Es irreal querer aplicar la laicidad de manera igualitaria para todas las religiones en un país de cultura cristiana?
- "Todas las religiones"; esta expresión no quiere decir gran cosa. Lo que es verdad, es quela "laicité" a la francesa -expresión que, además, es tautológica- ha sido hecha a la medida del cristianismo, por personas que tenían un buen conocimiento del mismo. No olvidemos que Émile Combes había hecho sus tesis en Humanidades, una sobre Santo Tomás de Aquino y la otra (en latín) sobre San Bernardo.

»He tenido ocasión de explicar, además, que nunca ha habido separación entre Iglesia y estado, pues esto significaría que, previamente, hubo una unidad que fue desgarrada.

»Lo que sí hubo fue el final de una colaboración entre dos instancias que habían estado siempre bien separadas. Lo único que hizo la supuesta "separación" fue cortar una separación velada que tenía dos milenios de antigüedad. Los historiadores afirman que quienes han evitado con todo cuidado la contaminación han sido sobre todo los papas, no los emperadores o los reyes.

»El problema con el islam no es, como se dice demasiado a menudo, que no conoce la separación entre religión y política (de aquí, la estúpida expresión de "islam político"). Es más bien que lo que nosotros llamamos "religión" comporta una seria de reglas de vida diaria (alimentación, vestimenta, matrimonio, legado,) que se suponen son de origen divino y que, entonces, deben primar respecto a las legislaciones humanas.



- ¿Se puede utilizar la laicidad como un arma ante el islam? ¿No es un arma de doble filo?
- La laicidad no es, y no puede ser, un arma. Y en principio, por lo menos, no debe ser dirigida en absoluto contra una religión determinada. Digo esto porque la laicidad fue forjada, precisamente, contra una religión muy concreta, a saber: el cristianismo católico,al que pertenecía la gran mayoría de la población, de manera más o menos consciente, con mayor o menor fervor, en la época de la separación.

»La laicidad significa la neutralidad del estado en materia de religión. El estado no debe favorecer ninguna religión, pero tampoco combatir ninguna. El estado debe ser laico precisamente porque la sociedad no lo es.

»Algunos «laicoides» sueñan con acabar con el cristianismo, dándole el golpe de gracia que tanto esperan desde el siglo XVIII. Explotan el miedo que mucha gente tiene del islam para intentar expulsar del espacio público todo rastro de la religión cristiana que, justamente, es lo que puede hacer distraer la atención, y que además es la religión contra la que el islam, desde el principio, ha definido sus dogmas.

- Ante el problema del islamismo, algunos observadores no dudan en condenar en bloque todas las religiones. Si en todas partes existen integrismos, ¿la amenaza es de la misma naturaleza? ¿Existe hoy en día una amenaza específica vinculada al islam?
- Primero de todo, lo que hay que observar es que la noción de "religión" es vacua y que cuando hablamos de "todas las religiones", lo que estamos haciendo es aumentar esta vacuidad.

»Oímos decir: "el islam es una religión como las otras", o lo contrario: "el islam no es una religión como las otras". Pero, ¡demonios!, ¡ninguna religión es como las otras!



»Cada una tiene su especificidad. Pero querer meter a todas en el mismo saco, y si hace falta, en el mismo cubo de basura: cristianismo, budismo, islam, hinduismo, judaísmo y, por qué no, las religiones de la América precolombina o de la antigua Grecia, es demostrar -y quiero ser educado- una singular cortedad intelectual.

»Aplicar la noción católica de "integrismo" o protestante de "fundamentalismo" a fenómenos que no tienen nada que ver con estas dos confesiones, es demostrar ser fumígeno más que otra cosa. Las más grandes masacres del siglo XX, el Holodomor de Ucrania y la Shoah, fueron perpetradas por regímenes que no sólo eran ateos, sino que deseaban erradicar la religión.

»¿Que si hay una amenaza vinculada al islam? La más grave no sería, seguramente, la violencia, que no es más que un medio para llegar a un fin: la sumisión de toda la humanidad a la Ley de Dios. Y si bien es cierto que es el medio más espectacular, ciertamente no es el más eficaz.

(Traducción del francés de Le Figaro por Helena Faccia Serrano)

domingo, 28 de agosto de 2016

Laicidad y laicismo 21082016


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Laicidad y laicismo

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21 agosto 2016
Hace unos años estuve en un congreso sobre incendios forestales en Creta. Me sorprendió que en ese congreso se invitara a la ceremonia inaugural al obispo local, que presidió el acto y dirigió unas palabras. Me preguntaba yo qué sentido tenía que el buen hombre hablara de un tema que aparentemente le resultaba tan extraño, pero según me comentaron era la costumbre del país. No sé hasta qué punto se mantiene ahora esa costumbre, pero me parece un buen ejemplo de suceso que afortunadamente se ha superado en otros países occidentales, pues no me parece razonable que un líder religioso, por el hecho de serlo, tenga un papel relevante en un evento que no es de su competencia.
Entre ese extremo y el que pretende reducir toda manifestación religiosa al ámbito exclusivamente privado, como parecen abogar muchos ideólogos del laicismo beligerante, hay puntos intermedios que son perfectamente compatibles con la laicidad bien entendida. En nombre del estado laico se justifica eliminar símbolos religiosos de centros públicos, actos religiosos asociados a la vida social (bautizos, bodas, funerales), o subvenciones a entidades sociales de vinculación religiosa. Con la misma base, se obvia el papel cultural de la Iglesia, se critican las declaraciones de sus líderes –bajo la sospecha de tener contenido político- o se pretende apartarla de la enseñanza y la asistencia hospitalaria.
Caricatura de lo que algunos entienden por estado "laico"
Conviene recordar que nuestra constitución no define un estado laico, sino un estado no confesional, que es un asunto muy distinto. No es lo mismo que un estado no defienda un equipo determinado de fútbol, por ejemplo, a que persiga el ejercicio de ese deporte, o simplemente ignore el interés que sus ciudadanos le profesan. De hecho, nuestra constitución indica textualmente que: "Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones" (Art. 16.3). En definitiva, nuestro principal texto legislativo indica que ninguna confesión religiosa será propia del estado (al contrario de lo que ocurre, por ejemplo, en la mayor parte de los países musulmanes), pero no se señala que el estado haya de suprimir cualquier manifestación religiosa; es más, se reconoce específicamente el papel preeminente de la Iglesia católica en la sociedad española, lo que supone mantener con ella relaciones cordiales y de colaboración, sin desdeñar a otras confesiones religiosas.
Para un cristiano, que el estado no sea confesional no sólo es perfectamente admisible, sino que resulta deseable, ya que la unión entre poder político y religión casi siempre ha perjudicado, a medio o largo plazo, a ésta. Ahora bien, que el estado no sea confesional no quiere decir que se enfrente a las instituciones religiosas que en ese territorio actúan, sino más bien esperaríamos que se mantuviera neutral ante ellas. ¿El estado tiene que subvencionar unas clases de religión, por ejemplo? Sí, siempre que lo pidan sus ciudadanos, igual que subvenciona unas clases de gimnasia, inglés o matemáticas, porque la religión es, cuando menos, un fenómeno cultural que resulta tan importante en la formación de un adolescente como cualquier otra materia. Otra cosa es el enfoque que tenga esa formación religiosa, que puede legítimamente solicitarse sea más cultural que catequética, y eso tendrán que evaluarlo los expertos en cuestiones pedagógicas, a la luz de la tradición educativa de un determinado país. De igual forma, la subvención del Estado a colegios, hospitales u ONGs dirigidas por instituciones de la Iglesia es tan admisible como que financie a cualquier otra institución que mantenga esas mismas labores de interés social, en similares condiciones de competencia y calidad.
Otra cosa es la subvención directa a la Iglesia, a través de una parte de los impuestos de aquellos contribuyentes que así lo decidan. Curiosamente una persona no católica puede negarse a financiar a la Iglesia (evitando marcar la casilla correspondiente en su declaración de impuestos), pero una persona que no le guste el cine, el deporte o la política no puede hacer lo mismo, y no le queda más remedio que contribuir con sus impuestos a esos gastos. Eso, a mi juicio, no implica una relación de neutralidad.
En cuanto a las declaraciones públicas de los líderes religiosos, no veo por qué suponen escándalo para algunos, pues les deberían parecer tan respetables como las de cualquier ciudadano, que en uso de la libertad de expresión propone las soluciones que estima más convenientes para los problemas que vive el país. ¿Por qué la declaración de un obispo sobre un tema con implicaciones políticas es menos legítima que la de un ecologista? Cuando habla un obispo, por ejemplo, habla bajo la convicción de que el planteamiento que defiende será beneficioso para todos los que le escuchen, no necesariamente solo para los católicos, igual que un líder ecologista aboga por una cierta decisión porque está convencido de que sus implicaciones ambientales serán buenas; no habla sólo a los ecologistas, sino a todos los ciudadanos, ya que el medio ambiente afecta a todos los ciudadanos, igual que afecta el medio moral. Lo importante es que ni uno ni otro impongan ese planteamiento, pero no hay que escandalizarse porque lo defiendan, incluso con la vehemencia verbal que –dentro de una lógica cortesía con las opiniones contrarias- consideren oportuna. En todo caso la intervención de un líder religioso o ecologista, por seguir con la misma comparación, serían criticables por sus propios correligionarios, si consideraran que no es propio manifestar opiniones en temas distintos a los que representan. Pero no parece muy razonable que los critiquen quienes, en cualquier caso, se consideran públicamente ateos o no ecologistas, pues no les van a prestar demasiada atención. Umberto Eco, sin apartarse de su planteamiento agnóstico, es bien claro en este sentido: "Cuando una autoridad religiosa cualquiera, de una confesión cualquiera, se pronuncia sobre problemas que conciernen a los principios de la ética natural, los laicos deben reconocerle este derecho; pueden estar o no de acuerdo con su posición, pero no tienen razón alguna para negarle el derecho a expresaría, incluso si se manifiesta como critica al modo de vivir de los no creyentes. El único caso en el que se justifica la reacción de los laicos es si una confesión tiende a imponer a los no creyentes (o a los creyentes de otra fe) comportamientos que las leyes del Estado o de la otra religión prohíben, o a prohibir otros que, por el contrario, las leyes del Estado o de la otra religión consienten" (Eco y Martini, 1995: 50).
De acuerdo con Eco, si bien en algunos temas esa frontera no es fácil de establecer. Por ejemplo, si estamos convencidos de que un feto es un ser humano, oponerse al aborto, pese a que sea legal, no es una forma de intolerancia, sino consecuencia de un principio básico de defensa de la vida, lo cual afecta a lo más profundo de la conciencia social.Las leyes injustas se cambian a través de la presión social de grupos convencidos de que hay mejores alternativas.
En este sentido, me parece relevante mostrar el paralelismo que existe sobre la actitud de la Iglesia en la defensa de la vida humana, desde su inicio hasta su fin natural, y la que mantuvo en la cuestión racial, especialmente en EE.UU., donde fue líder –junto a otras confesiones cristianas- en el movimiento abolicionista. Con motivo de las elecciones presidenciales de 2004, varios obispos norteamericanos criticaron públicamente la actitud de determinados políticos pro-abortistas, indicando que no parecía congruente que mantuvieran esas posturas declarándose públicamente católicos. Ante el escándalo que mostraron los medios de comunicación "liberales", que definieron esa posicion como "inquisidora", conviene recordar que ese mismo planteamiento se tuvo por varios obispos en los años sesenta, con objeto de evitar que algunos políticos católicos fomentaran el segregacionismo racial. De hecho, en abril de 1962, el arzobispo católico de New Orleans, Joseph Rummel, excomulgó a tres políticos católicos por favorecer la segregación racial en las escuelas, oponiéndose a los esfuerzos del obispado para que niños de distintas razas pudieran estar en los mismos colegios . Estos políticos alegaban en sus posturas racistas argumentos de conciencia y de opinión pública, exactamente igual que ahora otros mantienen posturas favorables o tibias frente al aborto. Lo curioso del caso es que la actitud firme del obispo mereció entonces los elogios de la prensa más liberal, que ahora critica actitudes similares. El New York Times, por ejemplo, publicó entonces en su editorial: "Saludamos al arzobispo católico. Ha demostrado un ejemplo fundado en un principio religioso que responde a la conciencia social de nuestro tiempo". Parece que algunos han olvidado que en temas éticos que afectan a la vida humana, el debate ética dista mucho aún de estar cerrado.