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lunes, 15 de abril de 2019

Los sacerdotes del Titanic

Los sacerdotes del Titanic

Sacerdotes que viajaban en el TitanicTres sacerdotes se encontraban a bordo del barco la noche del penoso hundimiento y ayudaron heroicamente a muchos pasajeros a subirse a los botes salvavidas y, en los momentos finales, acompañaron con los sacramentos y la oración a las víctimas del desastre, ofreciendo sus vidas por los demás.
El padre Juozas Montvila, sacerdote nacido en 1885 en Lituania, era el más joven de los tres presbíteros a bordo del transatlántico. Se dirigía a Estados Unidos para servir pastoralmente a las comunidades de inmigrantes lituanos en Nueva York o en Massachusetts. Al presbítero le había sido prohibido el ejercer su ministerio católico en su tierra natal, en medio de la represión religiosa de los zares rusos.
De acuerdo con el testimonio de varios supervivientes, Montvila “cumplió su misión hasta el fin”, rechazando la posibilidad de salvarse, mientras ayudaba a otros pasajeros a alcanzar los botes salvavidas. El presbítero es considerado un héroe en Lituania.
Por su parte el padre Joseph Peruschitz , sacerdote benedictino alemán, viajaba a Estados Unidos para asumir el cargo de director de la escuela de preparación de los benedictinos en Collegeville, Minnesota. Durante el viaje, y a semejanza de los otros dos sacerdotes, el presbítero escuchó confesiones y celebró misa cada día. Según el testimonio de un superviviente, en los últimos minutos de la tragedia, Peruschitz junto al padre Thomas Byles dirigieron el rezo del Rosario junto a las víctimas que habían quedado a bordo, al mismo tiempo que las olas llegaban a la cubierta.
El Padre Byles viajaba rumbo a Norteamérica para presidir el matrimonio de su hermano William. En el momento de la colisión del Titanic contra el iceberg que ocasionó la catástrofe, Byles se encontraba rezando con su breviario.
Todos los testimonios de los supervivientes coinciden en destacar el gran liderazgo y el valor demostrado por el sacerdote británico.
A las 2:20 h. de la madrugada del 15 de abril, la hora en que se hundió completamente el barco, Byles rezó el Acto de Contrición junto a los fieles que permanecían de rodillas junto a él, y les dio la absolución general.
Una historia particular es la del padre Francis Browne, quien viajó a bordo del Titanic pero como seminarista jesuita y se libró de la tragedia. En abril de 1912, recibió un regalo de su tío: un pasaje para el primer viaje del Titanic en su tramo europeo, desde Southampton, Inglaterra hasta Queenstown, Irlanda, vía Cherbourg, Francia. Durante el trayecto, entabló amistad con una pareja de millonarios americanos, que estaban gozando de la compañía del seminarista. Tanto es así, que decidieron ofrecerle pagarle el pasaje de ida y vuelta a Nueva York. Browne telegrafió a su Superior para pedirle permiso, pero su respuesta negativa fue muy contundente: "Salga de ese barco". El seminarista obedeció y probablemente salvó su vida gracias a ello. El sacerdote jesuita mantuvo esa nota en su billetera hasta el último de sus días de vida.  Sin embargo, durante el poco tiempo que estuvo en el interior del Titanic, el entonces joven seminarista, aficionado a la fotografía, retrató el estilo de vida de los pasajeros y la tripulación del transatlántico.  Browne sirvió luego como capellán de las fuerzas irlandesas durante la I Guerra Mundial, demostrando gran valor, lo que le fue recompensado con varias condecoraciones, entre ellas la Cruz Militar. Recorrió pastoralmente toda Irlanda y Australia, fotografiando todo a su paso. En el momento de su muerte, en 1960, las imágenes que había recopilado ascendían a 42.000.
El padre Edward O’Donnell, compañero del padre Browne, sacó a la luz sus fotografías olvidadas y las calificó como un “equivalente fotográfico al descubrimiento de los pergaminos del mar muerto”. Se sabe con certeza también que la orquesta del Titanic, en medio de la zozobra por el inminente hundimiento, tocó la emocionante y significativa ‘Cerca de Ti, Señor’, minutos antes del ‘final’.
Web católico de Javier

lunes, 26 de marzo de 2018

El héroe de Carcasona hizo la 1ª comunión con 35 años, luego pidió a la Virgen la mujer de su vida 25032018

El padre Jean-Baptiste cuenta la historia de fe de Arnaud Beltrame y su novia Marielle

El héroe de Carcasona hizo la 1ª comunión con 35 años, luego pidió a la Virgen la mujer de su vida

El héroe de Carcasona hizo la 1ª comunión con 35 años, luego pidió a la Virgen la mujer de su vida
Arnaud Beltrame murió con la Medalla Milagrosa prendida a un hombro.

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25 marzo 2018
El padre Jean-Baptiste es monje en la abadía de Lagrasse (Aude), y acompañó en sus últimos instantes al teniente coronel Arnaud Beltrame en el hospital de Carcasona en la noche del 23 al 24 de marzo. Le conocía bien porque le había preparado para el matrimonio, que debía celebrarse en junio.

Beltrame, nacido en un hogar poco practicante, se convirtió en 2008 y recibió la Primera Comunión y la Confirmación en 2010, tras dos años de preparación. Recientemente había hecho el Camino de Santiago.

A raíz del crimen islamista que condujo a su muerte, donde se ofreció a cambio de una rehén en un supermercado de Trèbes (a 7 km de Carcasona) y posibilitó el asalto policial, el sacerdote ha contado su historia, que reproducimos íntegra a continuación:

"Conocí por casualidad, durante una visita a nuestra abadía, monumento histórico, al teniente coronel Arnaud Beltrame y a Marielle, con quien acababa de casarse civilmente el 27 de agosto de 2016. Simpatizamos enseguida y ambos me pidieron que preparase su matrimonio religioso, que yo debía celebrar cerca de Vannes el 9 de junio próximo.

»Así pues, pasamos muchas horas trabajando los fundamentos de la vida conyugal durante dos años. Yo acababa de bendecir su hogar el 16 de diciembre y habíamos concluido su expediente canónico para el matrimonio. La hermosísima declaración de intenciones de Arnaud me llegó cuatro horas antes de su muerte heroica.

»Esta joven pareja venía habitualmente a la abadía a participar en las misas, oficios y enseñanzas, y en particular a un grupo de acogida, Nuestra Señora de Caná. Formaban parte del equipo de Narbona. Aún vinieron el pasado domingo.

»Inteligente, deportivo, hablador y carismático, a Arnaud le gustaba hablar de su conversión. Nacido en una familia poco practicante, vivió una auténtica conversión en torno a 2008, a los 33 años. Recibió la primera comunión y la confirmación tras dos años de catecumenado, en 2010.

»Tras una peregrinación a Sainte-Anne-d’Auray en 2015, donde pidió a la Virgen María encontrar a la mujer de su vida, empezó a salir con Marielle, cuya fe es profunda y discreta. La petición de mano se celebró en la abadía bretona de Timadeuc en la Pascua de 2016.

»Apasionado por la Gendarmería, alimentaba desde siempre gran pasión por Francia, por su grandeza, por su historia, por sus raíces cristianas, que había descubierto con su conversión.

»Al ofrecerse en lugar de los rehenes, probablemente estuvo animado con pasión por su heroísmo de oficial, porque para él ser policía quería decir proteger. Pero el sabía el riesgo extraordinario que asumía.

»El era consciente también de la promesa de matrimonio religiosa que había hecho a Marielle, con quien ya estaba civilmente casado y a quien amaba tiernamente, de eso soy testigo.

»¿Entonces? ¿Tenía derecho a asumir tal riesgo? Creo que solo su fe puede explicar la locura de ese sacrificio que hizo hoy para admiración de todos. Él sabía que, como nos dijo Jesús, “no hay mayor amor que el de quien da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13). Él sabía que, si su vida comenzaba a pertenecer a Marielle, también era de Dios, de Francia, de sus hermanos en peligro de muerte. Creo que solo una fe cristiana animada por la caridad podía pedirle ese sacrificio sobrehumano.

»Pude verle en el hospital de Carcassone hacia las nueve de la noche del viernes. Los policías y los médicos o enfermeras me llevaron hasta él con una gran delicadeza. Él estaba vivo, pero inconsciente. Pude darle la extremaunción y la bendición apostólica in articulo mortis. Marielle respondía a esas bellas fórmulas litúrgicas.

»Era Viernes de Dolores, justo antes de comenzar la Semana Santa. Acababa de rezar el oficio de nona y el viacrucis por su intención. Pedí al personal que cuidaba de él si podría tener una medalla de la Virgen, la de la Rue du Bac, de París [Medalla Milagrosa], junto a él. Comprensiva y profesional, una enfermera la sujetó a su hombro.

»No pude casarle, como se ha dicho equivocadamente en un artículo, porque estaba inconsciente.

»Arnaud no tendrá jamás hijos carnales. Pero su heroísmo impactante va a suscitar, creo, numerosos emuladores, dispuestos al don de sí mismos por Francia y su alegría cristiana".

viernes, 2 de diciembre de 2016

Entre los últimos de Filipinas hubo tres frailes... y colisionaron con el gran héroe de Baler 02122016

Los misioneros franciscanos sostuvieron la moral de los sitiados

Entre los últimos de Filipinas hubo tres frailes... y colisionaron con el gran héroe de Baler

Entre los últimos de Filipinas hubo tres frailes... y colisionaron con el gran héroe de Baler
Una escena de la película dirigida por Salvador Calvo que se estrena este viernes.

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2 diciembre 2016
La guarnición de Baler, sitiada en la iglesia de San Luis de Tolosa de esa localidad de Luzón (Filipinas) desde el 30 de junio de 1898 al 2 de junio de 1899, escribió una página de gloria de la historia militar. Ése es el hecho indiscutible.

Otra cosa es la narración de lo sucedido dentro del templo durante los 337 días de asedio que padecieron esos casi sesenta hombres a las órdenes inicialmente del capitán Enrique de las Morenas (1855-1898) y, tras su fallecimiento el 22 de noviembre por enfermedad, del teniente Saturnino Martín Cerezo (1866-1945), jefe del destacamento hasta la honrosa capitulación sin entrega del armamento.


La emocionante escena final de Los últimos de Filipinas, de Antonio Román, película que hizo hincapié sobre todo en la gesta militar. Abajo, el otro momento inolvidable del film: Nani Fernández interpretando a una joven tagala que canta la habanera Yo te diré, con letra de Enrique Llovet y música de Jorge Halpern.



Ahí es donde los investigadores encuentran dificultades. ¿Cuáles fueron las relaciones entre ambos mientras vivió el capitán? ¿Cómo se fraguó la decisión de Martín Cerezo, ya al mando, de mantener la posición desoyendo, por creerlas un ardid del enemigo, las noticias sobre el final de la guerra en diciembre de 1898? ¿Cómo fue evolucionando la actitud del oficial al mando y su relación con los heridos y enfermos y con los dos fusilados por intento de deserción?

Los religiosos olvidados
Son algunos de los enigmas no resueltos sobre "los últimos de Filipinas", como serán para siempre conocidos los héroes de Baler a raíz de la película dirigida en 1945 por Antonio Román. Ahora reciben algo de luz tras la publicación de Los últimos de Filipiinas. Mito y realidad del sitio de Baler (Actas), de Miguel Ángel Leiva Ramírez, militar, y Miguel Ángel López de la Asunción, profesor, ambos especialistas en ese hecho histórico, al que han consagrado veinte años de estudio que cuajan en una obra con aportaciones importantes.


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Una de ellas es que pone por primera vez en valor en su justa medida la participación en la gesta de Baler de tres jóvenes misioneros franciscanos, todos ellos menores de treinta años, a quienes el relato transmitido no ha hecho justicia, dejando en un segundo plano su participación en la gesta. Tal vez por las tensiones que, como se supo, trufaron sus relaciones con Martín Cerezo, un militar de impronta anclerical.

Fray Cándido Gómez-Carreño Peña (1868-1898), de Madridejos (Toledo), antiguo párroco del Baler, estuvo desde el primer día hasta que el 25 de septiembre murió por la epidemia de beriberi desatada entre los sitiados. Su fallecimiento fue un duro golpe para todos, pues por su carisma y carácter era un sostén continuo para los sitiados. Es más: la importante compra de provisiones de arroz que había hecho él pocos días antes de iniciarse el asedio fue en buena medida la que permitió resistir durante casi un año sin morir de hambre.

Cuando ya se llevaban 51 días de asedio se incorporaron fray Juan Bautista López Guillén(1871-1922), de Pastrana (Guadalajara) y fray Félix Minaya Rojo (1872-1936), de Almonacid (Toledo). Eran prisioneros de los rebeldes, quienes les mandaron a la iglesia acompañando a un emisario durante un parlamento. El capitán decidió que se quedaran, contra el criterio de Martín Cerezo. Cuando los insurgentes los reclamaron, la respuesta de De las Morenas fue irónica: "Se han quedado aquí porque creíamos que ustedes nos los mandaban para que nosotros, como somos españoles, les socorriéramos, pues ustedes no tendrían que darles de comer, ni gusto en tenerlos a su lado".


De izquierda a derecha, los padres Menaya, López Guillén y Gómez Carreño.

Dentro de la sordina en que los participantes dejaron numerosos detalles de su aventura, y que explican las incertidumbres que perduran para los historiadores, el reconocimiento de los soldados a los religiosos es claro y consta. Sin embargo, las autoridades españolas (Francisco Silvela había sustituido a Práxedes Mateo Sagasta en marzo de 1899: fueron los dos presidentes durante el sitio) no quisieron otorgarles ningún tipo de reconocimiento a los misioneros. Fueron tratados con frialdad y total indiferencia a pesar de haber sufrido las mismas penalidades que los demás. Así pasó inadvertido "el inestimable apoyo espiritual de los frailes a los sitiados, su participación en la defensa incluso empuñando las armas o su colaboración en la enfermería al cuidado de los enfermos", como recuerdan los autores de Los últimos de Filipinas. Solo en 1956, un artículo de los padres Antolín Abad y Lorenzo Pérez en la Revista de Estudios Históricos, bajo el título "Los últimos de Filipinas: tres héroes franciscanos", intentó rescatarles para la memoria colectiva, formada en buena medida por la película de 1945, cuyo guión olvidó completamente a los padres López Guillén y Minaya.

Un hallazgo muy valioso
Especialmente importante es la figura del padre Minaya, dado que las únicas fuentes testimoniales sistemáticas (más allá de algunas cartas) sobre el sitio de Baler son las memorias de Martín Cerezo y las del franciscano, aún inéditas, aunque sí se han publicado extractos y citas. Martín Cerezo y Minaya divergen notablemente, quizá no tanto porque Minaya no fuese partidario de la resistencia a ultranza (sin que por ello alentase rebelión alguna), como porque Martín Cerezo trasluce un prejuicio anticlerical en muchas de sus afirmaciones.

La divergencia se hace palpable en un documento de extraordinario valor histórico hallado por los autores: un ejemplar de El sitio de Baler. Notas y recuerdos (las memorias de Martín Cerezo) en cuyos márgenes se encuentran comentarios manuscritos del padre Minaya. Comentarios en los que predomina una palabra: "Mentira". El libro reproduce todos los párrafos comentados por Minaya, y sus notas, una aportación crucial. La mayoría de esas observaciones son discrepantes.

Citemos tres casos.

El teniente acusa al párroco de Baler (quien había sucedido al padre Gómez-Carreño) de incitar a los sitiados a la rendición. "Mentira. Dijo lo que le obligaron a decir", le defiende el fraile.

Martín Cerezo reprocha a Las Morenas haber ordenado que López Guillén y Minaya no regresasen con el emisario rebelde a quien acompañaban: "Ignoro los motivos que pudieron aconsejar esta resolución, pero aunque sigo ignorándolos, supongo que no debieron ser caprichosos, porque no estábamos para el aumento de bocas inútiles, con a escasez de subsistencias que teníamos". Unas palabras de abierta hostilidad, pues los frailes no fueron inútiles durante la defensa. Por eso Minaya responde con otra hostilidad: "A su buche", anota.

Y cuando el teniente explica cómo decidió rendirse ("No hallé, pues, más remedio que la capitulación"), Minaya señala: "Que era lo que más te convenía y tenías pensado mucho tiempo antes". Sugiriendo una manipulación de la situación por parte de Martín Cerezo en virtud de sus intereses personales o de criterios apriorísticos ajenos a la situación.

Martín Cerezo ¿masón? 
En el Archivo Franciscano Ibero-Oriental de Madrid, una de las fuentes más ricas para este estudio, los autores hallaron una biografía del padre López Guillén, elaborada por los franciscanos para recoger la obra de sus misioneros en Filipinas, en la que encontraron un apunte que les produjo "enorme sorpresa", porque implicaría que el fraile no escribió sus memorias sobre el sitio de Baler por miedo a las amenazas del jefe del destacamento al abandonar la iglesia el 2 de junio de 1899: "Usted está enterado de todo lo ocurrido en Baler, guárdese mucho de decir una palabra. Yo soy masón y si usted se permite manifestar algo que ceda en desdoro de mi nombre, en cualquier parte que usted se halle se le buscará y pagará muy cara la menor indiscreción".

Leiva y López de la Asunción no se pronuncian sobre la autenticidad de esta revelación, como tampoco es fácil tomar partido entre las versiones contradictorias de Martín Cerezo y Minaya. El escritor Juan Manuel de Prada, en su documentada novela Morir bajo tu cielo, recreación histórica del sitio de Baler, afirma que "el heroísmo del episodio de Baler es innegable, y los personajes son heroicos todos ellos, más allá de que simpaticemos con unos o con otros", pero recuerda que "Martín Cerezo ordenó fusilar a dos soldados que habían planeado desertar (lo cual probablemente fuese legal desde el punto de vista de las ordenanzas del momento)… negándoles la posibilidad de confesarse antes, ¡a pesar de que había dos frailes en la iglesia asediada! Eso es una canallada que no tiene nombre".

Sea como fuere, el 18 de noviembre de 1936 el hijo de Martín Cerezo, un joven de 17 años, fue sacado de su domicilio por milicianos del Frente Popular y asesinado en Paracuellos del Jarama.

Misioneros ejemplares
En cuanto a los padres López Guillén y Minaya, la nueva película 1898: Los últimos de Filipinas, de Salvador Calvo los sintetiza en la figura de un fraile amigo del opio y del vino. Nada que ver con la realidad.


De izquierda a derecha, los padres Mariano Gil Atienza (prisionero de los rebeldes en Baler y testigo exterior del asedio), López Guillén y Menaya, tras ser liberados por los estadounidenses en junio de 1900. Pasaron meses en la selva, cautivos de los insurgentes filipinos.
Escena de la nueva versión de
Los últimos de Filipinas: un franciscano a quien interpreta Karra Elejalde, junto al capitán De las Morenas, a quien da vida Eduard Fernández.

Intepreta al religioso Karra Elejalde, un actor sexagenario, cuando los franciscanos tenían, respectivamente, 27 y 26 años en la época del asedio. Fueron misioneros vocacionales que continuaron allí, hasta su muerte en el caso de Minaya y hasta que volvió a España por razones de salud en el caso de López. Continuaron en distintos momentos en Baler, y luego desempeñaron cargos de responsabilidad (Minaya fue nombrado en 1926 consiliario provincial de Filipinas).

Eran muy queridos y respetados por las gentes del Baler. Finalizado el sitio, y a diferencia de los soldados, que fueron repatriados, quedaron como prisioneros, dado que lo eran antes del asedio. Y su influencia sobre la gente era tan grande, que el líder rebelde Teodorico Novicio les prohibió ejercer su ministerio sacerdotal, de modo que en los meses posteriores a su liberación tuvieron que ejercerlo en la clandestinidad. Al cabo de un tiempo, Novicio comprobó que dificultar la labor de los religiosos le granjeaba problemas con los balereños, así que levantó la prohibición y él mismo contrajo matrimonio eclesiástico.

Rescatar la memoria de estos tres religiosos es sólo uno de los méritos de Los últimos de Filipinas, un compendio actualizado, documentado y de entretenida lectura, con aportaciones inéditas (y no sólo las referidas a los franciscanos). Los autores han sabido contar el hecho histórico sin que el rigor del dato obstaculice la poderosa fuerza narrativa del hecho en sí, objeto ya de dos películas tal vez contrapuestas en intención, pero coincidentes en que quienes allí estuvieron, procedentes de todas las regiones de España, merecen un homenaje que perdure.

  
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