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sábado, 25 de noviembre de 2017

“Es mi rostro: el pobre” Fiesta de Cristo Rey (Tema actual) 25112017

“Es mi rostro: el pobre” Fiesta de Cristo Rey
Reflexión del evangelio de la misa del Domingo 26 de noviembre 2017

Cristo nos presenta claramente los criterios sobre los cuales se nos juzgará en el momento final y decisivo para saber si somos fieles su Evangelio.


Por: Mons. Enrique Diaz, Obispo de la Diócesis de Irapuato | Fuente: Catholic.net 



Lecturas:

Ezequiel 34, 11-12. 15-17: “Yo voy a juzgar entre oveja y oveja, entre carneros y machos cabríos”
Salmo 22: “El Señor es mi pastor, nada me faltará”
I Corintios 15, 20-26. 28: “Cristo le entregará el Reino a su Padre para que Dios sea todo en todas las cosas”
San Mateo 25, 31-46: “Se sentará en su trono de gloria y apartará a los unos de los otros”
 Lo comenzó como un juego y casi por llevarles la contraria a sus compañeros que se lo lanzaron como un reto: “Vamos a unirnos a los que visitan a los vagabundos y les dan de comer, así hasta alcanzamos una torta gratis”. Con ocasión de “La Jornada Mundial de los Pobres” se intensificó la campaña y más personas se unieron, hubo un poco más de despensa… Nunca imaginó lo que le esperaba: “Descubrir el rostro de Jesús en el pobre”. Católico, pero más indiferente que comprometido, golpeó fuertemente su interior la miseria y el abandono de tantas personas en las esquinas, en la calle y pensar que pudiera ser él o alguno de sus hermanos.…  Escuchaba continuamente la consigna: “Mirar a Cristo en el necesitado”, y después nos confirma: “Aunque lo había escuchado, nunca había intentado experimentar compartir mi bocado con alguien tan pobre, pensando que era Cristo”. Qué reales resultan las palabras del Papa: “Compartir con los pobres nos permite entender el Evangelio en su verdad más profunda”.

El Papa quiso que esta Jornada se celebrara como un preludio a la fiesta de Cristo Rey y así hoy no llega fuerte y cuestionador el Evangelio. Siendo el último domingo del año litúrgico, se le ha querido dar el sentido de plenitud, coronarlo con lo más importante y central de toda la enseñanza de Jesús, como el querer alcanzar una meta. Por eso se culmina con esta bella fiesta de Cristo Rey que precisa y destaca qué es lo más importante del Evangelio. Varias veces se le preguntó a Jesús cuál era el más importante de los mandamientos, y Él respondía con sus palabras y con sus hechos. Ahora en una descripción del juicio final, viene a señalar que todos los demás mandamientos no tendrán ningún fundamento si no se descubre el amor a los más pequeños e insignificantes. Tan grande es este mandamiento que Jesús no duda en identificarse y señalar que el amor o desprecio que se ha tenido con ellos, con Él mismo se ha tenido. La extrañeza y desconcierto de quienes han sido juzgados favorablemente o de quienes han sido condenados, puede darnos una idea de lo difícil que puede llegar a ser cumplir este mandamiento en aquel tiempo pero sobre todo en nuestro mundo actual.
Desconcertante la figura que hoy nos presenta el mismo Jesús en la visión final: el Juez se confunde continuamente con el pastor. Imponente la figura del Hijo del Hombre que empieza a separar a las ovejas de los cabritos. Lo primero que nos enseña es que es un juez y un rey muy diferente. Muy diferente a todos los reyes, jefes, actuales y pasados. Nos trae a la memoria las graves acusaciones que hacía Ezequiel en contra de los malos pastores que trasquilaban las ovejas, que las tragaban y maltrataban cuando estaban puestos para cuidarlas. Acusación grave y actual, donde se asume el poder para el propio beneficio y, amparado en las estructuras económicas, se olvida del bienestar de las mayorías. Por eso, en la primera lectura, contrapone Ezequiel  a esos malos pastores, el amor inconmensurable de un pastor que entrega su vida y sus cuidados a la oveja herida y débil. Pero también es muy claro su papel de acusación porque “yo voy a juzgar entre oveja y oveja, entre carneros y machos cabríos”
Muchas veces nos inquietamos si estamos viviendo conforme a la propuesta de Jesús y quisiéramos tener certezas. Para que no nos quedemos en ambigüedades, Cristo nos presenta claramente los criterios sobre los cuales se nos juzgará en el momento final y decisivo para saber si somos fieles su Evangelio. Si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que Él mismo ha querido identificarse. La página de este día no es una simple invitación a la caridad, ni siquiera un reconocimiento de las obras de misericordia; es el elemento fundamental con el cual comprueba la Iglesia  su fidelidad como Esposa de Cristo. Si nos atenemos a las indiscutibles palabras del Evangelio, en la persona de los pobres hay una presencia especial de Jesús, que impone a la Iglesia una opción preferencial por ellos. ¿Cómo la estamos cumpliendo?
Quisiéramos que con un rezo, con una limosna de vez en cuando o con alguna obra piadosa pudiéramos tranquilizar nuestra conciencia. Cristo hoy nos habla de plenitud, de entrega cabal, de descubrimiento total de su persona. A veces nos hacemos ilusiones que con una misa o un rezo estaremos cumpliendo fielmente el Evangelio, pero es que la Eucaristía es señal del Banquete Celestial y si no se tiene el compromiso con los hermanos quedará hueca y vana, no hará hermandad, no tendrá su sentido pleno. Por eso el Papa Juan Pablo II afirmaba: “Pienso en el drama del hambre que atormenta a cientos de millones de seres humanos; en las enfermedades que flagelan a los países en desarrollo; en la soledad de los ancianos; la desazón de los parados; el trasiego de los emigrantes. No podemos hacernos ilusiones: por el amor mutuo y, en particular, por la atención a los necesitados se nos reconocerá como verdaderos discípulos de Cristo. En base a este criterio se comprobará la autenticidad de nuestras celebraciones eucarísticas”
Si iniciábamos el año litúrgico, descubriendo a Cristo Niño, encarnado por nosotros, al llegar su final se nos exige descubrir el rostro de Jesús, en cada pobre y necesitado. Es el último domingo del año litúrgico, pero se nos invita a pensar en el día final. Ahora tenemos que revisar muy bien nuestras vidas, si tienen el sentido que Jesús nos pide para ser verdaderamente sus discípulos. ¿Lo reconocemos en los hermanos? ¿Miramos su rostro en el rostro cansado y sin ilusión de los pobres? ¿Lo atendemos en las interminables filas de menesterosos que se mueven a nuestro lado? ¿Somos capaces de reconocer el rostro de Jesús en los más pequeños? Si no, estaremos errando nuestro discipulado y seguimiento de Jesús. No basta gritar ¡Viva, Cristo Rey! Tenemos que reconocerlo en donde Él nos dice que está más presente: en el pobre.

Padre bueno, que quisiste fundar todas las cosas en tu Hijo muy amado, Rey del universo, y nos has dejado en los pobres una presencia suya, haz que toda creatura, liberada de la esclavitud, sirva a tu majestad y te alabe eternamente.  Amén





lunes, 23 de noviembre de 2015

FESTIVIDAD DE CRISTO REY 22112015

FESTIVIDAD DE CRISTO REY

Jesucristo, Rey del UniversoLa celebración de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, cierra el Año Litúrgico en el que se ha meditado sobre todo el misterio de su vida, su predicación y el anuncio del Reino de Dios.
El Papa Pio XI, el 11 de diciembre de 1925, instituyó esta solemnidad que cierra el tiempo ordinario. Su objetivo es recordar la soberanía universal de Jesucristo. Lo confesamos supremo Señor del cielo y de la tierra, de la Iglesia y de nuestras almas.
Durante el anuncio del Reino, Jesús nos muestra lo que éste significa para nosotros como Salvación, Revelación y Reconciliación ante la mentira mortal del pecado que existe en el mundo. Jesús responde a Pilatos cuando le pregunta si en verdad Él es el Rey de los judíos: "Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos; pero mi Reino no es de aquí" (Jn 18, 36). Jesús no es el Rey de un mundo de miedo, mentira y pecado, Él es el Rey del Reino de Dios que trae y al que nos conduce.
Cristo Rey anuncia la Verdad y esa Verdad es la luz que ilumina el camino amoroso que Él ha trazado, con su Vía Crucis, el camino hacia el Reino de Dios. "Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad.
Todo el que es de la verdad escucha mi voz."(Jn 18, 37) Jesús nos revela su misión reconciliadora de anunciar la verdad ante el engaño del pecado. Esta fiesta celebra a Cristo como el Rey bondadoso y sencillo que como pastor guía a su Iglesia peregrina hacia el Reino Celestial y le otorga la comunión con este Reino para que pueda transformar el mundo en el cual peregrina.  La posibilidad de alcanzar el Reino de Dios fue establecida por Jesucristo, al dejarnos el Espíritu Santo que nos concede las gracias necesarias para lograr la Santidad y transformar el mundo en el amor. Ésa es la misión que le dejó Jesús a la Iglesia al establecer su Reino.
Se puede pensar que solo se llegará al Reino de Dios luego de pasar por la muerte pero la verdad es que el Reino ya está instalado en el mundo a través de la Iglesia que peregrina al Reino Celestial. Justamente con la obra de Jesucristo, las dos realidades de la Iglesia -peregrina y celestial- se enlazan de manera definitiva, y así se fortalece el peregrinaje con la oración de los peregrinos y la gracia que reciben por medio de los sacramentos. "Todo el que es de la verdad escucha mi voz."(Jn 18, 37) Todos los que se encuentran con el Señor, escuchan su llamado a la Santidad y emprenden ese camino se convierten en miembros del Reino de Dios.

Oración a Cristo Rey.

¡Oh Cristo Jesús! Os reconozco por Rey universal. Todo lo que ha sido hecho, ha sido creado para Vos. Ejerced sobre mí todos vuestros derechos.
Renuevo mis promesas del Bautismo, renunciando a Satanás, a sus pompas y a sus obras, y prometo vivir como buen cristiano. Y muy en particular me comprometo a hacer triunfar, según mis medios, los derechos de Dios y de vuestra Iglesia.
¡Divino Corazón de Jesús! Os ofrezco mis pobres acciones para que todos los corazones reconozcan vuestra Sagrada Realeza, y que así el reinado de vuestra paz se establezca en el Universo entero. Amén.

Consagración de la humanidad para el día de Cristo Rey por el Papa Pío XI

¡Dulcísimo Jesús, Redentor del género humano! Miradnos humildemente postrados; vuestros somos y vuestros queremos ser, y a fin de vivir más estrechamente unidos con vos, todos y cada uno espontáneamente nos consagramos en este día a vuestro Sacratísimo Corazón.
Muchos, por desgracia, jamás, os han conocido; muchos, despreciando vuestros mandamientos, os han desechado. ¡Oh Jesús benignísimo!, compadeceos de los unos y de los otros, y atraedlos a todos a vuestro Corazón Santísimo.
¡Oh Señor! Sed Rey, no sólo de los hijos fieles que jamás se han alejado de Vos, sino también de los pródigos que os han abandonado; haced que vuelvan pronto a la casa paterna, que no perezcan de hambre y miseria.
Sed Rey de aquellos que, por seducción del error o por espíritu de discordia, viven separados de Vos; devolvedlos al puerto de la verdad y a la unidad de la fe para que en breve se forme un solo rebaño bajo un solo Pastor.
Sed Rey de los que permanecen todavía envueltos en las tinieblas de la idolatría; dignaos atraerlos a todos a la luz de vuestro reino.
Conceded, ¡oh Señor!, incolumidad y libertad segura a vuestra Iglesia; otorgad a todos los pueblos la tranquilidad en el orden; haced que del uno al otro confín de la tierra no resuene sino ésta voz: ¡Alabado sea el Corazón divino, causa de nuestra salud! A Él se entonen cánticos de honor y de gloria por los siglos de los siglos. Amén.

martes, 3 de noviembre de 2015

¡Prepárate para la fiesta del Rey del universo! Fiesta de Cristo Rey

¡Prepárate para la fiesta del Rey del universo! Fiesta de Cristo Rey
22 de noviembre 2015, último domingo del año litúrgico


Por: Tere Vallés | Fuente: Catholic.net 



Último domingo del Año Litúrgico
Cristo es el Rey del universo y de cada uno de nosotros.

Es una de las fiestas más importantes del calendario litúrgico, porque celebramos que Cristo es el Rey del universo. Su Reino es el Reino de la verdad y la vida, de la santidad y la gracia, de la justicia, del amor y la paz.

Un poco de historia

La fiesta de Cristo Rey fue instaurada por el Papa Pío XI el 11 de Marzo de 1925.
El Papa quiso motivar a los católicos a reconocer en público que el mandatario de la Iglesia es Cristo Rey.

Posteriormente se movió la fecha de la celebración dándole un nuevo sentido. Al cerrar el año litúrgico con esta fiesta se quiso resaltar la importancia de Cristo como centro de toda la historia universal. Es el alfa y el omega, el principio y el fin. Cristo reina en las personas con su mensaje de amor, justicia y servicio. El Reino de Cristo es eterno y universal, es decir, para siempre y para todos los hombres.

Con la fiesta de Cristo Rey se concluye el año litúrgico. Esta fiesta tiene un sentido escatólogico pues celebramos a Cristo como Rey de todo el universo. Sabemos que el Reino de Cristo ya ha comenzado, pues se hizo presente en la tierra a partir de su venida al mundo hace casi dos mil años, pero Cristo no reinará definitivamente sobre todos los hombres hasta que vuelva al mundo con toda su gloria al final de los tiempos, en la Parusía.
Si quieres conocer lo que Jesús nos anticipó de ese gran día, puedes leer el Evangelio de Mateo 25,31-46.

En la fiesta de Cristo Rey celebramos que Cristo puede empezar a reinar en nuestros corazones en el momento en que nosotros se lo permitamos, y así el Reino de Dios puede hacerse presente en nuestra vida. De esta forma vamos instaurando desde ahora el Reino de Cristo en nosotros mismos y en nuestros hogares, empresas y ambiente.

Jesús nos habla de las características de su Reino a través de varias parábolas en el capítulo 13 de Mateo:
“es semejante a un grano de mostaza que uno toma y arroja en su huerto y crece y se convierte en un árbol, y las aves del cielo anidan en sus ramas”;
“es semejante al fermento que una mujer toma y echa en tres medidas de harina hasta que fermenta toda”;
“es semejante a un tesoro escondido en un campo, que quien lo encuentra lo oculta, y lleno de alegría, va, vende cuanto tiene y compra aquel campo”;
“es semejante a un mercader que busca perlas preciosas, y hallando una de gran precio, va, vende todo cuanto tiene y la compra”.

En ellas, Jesús nos hace ver claramente que vale la pena buscarlo y encontrarlo, que vivir el Reino de Dios vale más que todos los tesoros de la tierra y que su crecimiento será discreto, sin que nadie sepa cómo ni cuándo, pero eficaz.

La Iglesia tiene el encargo de predicar y extender el reinado de Jesucristo entre los hombres. Su predicación y extensión debe ser el centro de nuestro afán vida como miembros de la Iglesia. Se trata de lograr que Jesucristo reine en el corazón de los hombres, en el seno de los hogares, en las sociedades y en los pueblos. Con esto conseguiremos alcanzar un mundo nuevo en el que reine el amor, la paz y la justicia y la salvación eterna de todos los hombres.

Para lograr que Jesús reine en nuestra vida, en primer lugar debemos conocer a Cristo. La lectura y reflexión del Evangelio, la oración personal y los sacramentos son medios para conocerlo y de los que se reciben gracias que van abriendo nuestros corazones a su amor. Se trata de conocer a Cristo de una manera experiencial y no sólo teológica.

Acerquémonos a la Eucaristía, Dios mismo, para recibir de su abundancia. Oremos con profundidad escuchando a Cristo que nos habla.

Al conocer a Cristo empezaremos a amarlo de manera espontánea, por que Él es toda bondad. Y cuando uno está enamorado se le nota.

El tercer paso es imitar a Jesucristo. El amor nos llevará casi sin darnos cuenta a pensar como Cristo, querer como Cristo y a sentir como Cristo, viviendo una vida de verdadera caridad y autenticidad cristiana. Cuando imitamos a Cristo conociéndolo y amándolo, entonces podemos experimentar que el Reino de Cristo ha comenzado para nosotros.

Por último, vendrá el compromiso apostólico que consiste en llevar nuestro amor a la acción de extender el Reino de Cristo a todas las almas mediante obras concretas de apostolado. No nos podremos detener. Nuestro amor comenzará a desbordarse.

Dedicar nuestra vida a la extensión del Reino de Cristo en la tierra es lo mejor que podemos hacer, pues Cristo nos premiará con una alegría y una paz profundas e imperturbables en todas las circunstancias de la vida.

A lo largo de la historia hay innumerables testimonios de cristianos que han dado la vida por Cristo como el Rey de sus vidas. Un ejemplo son los mártires de la guerra cristera en México en los años 20’s, quienes por defender su fe, fueron perseguidos y todos ellos murieron gritando “¡Viva Cristo Rey!”.

La fiesta de Cristo Rey, al finalizar el año litúrgico es una oportunidad de imitar a estos mártires promulgando públicamente que Cristo es el Rey de nuestras vidas, el Rey de reyes, el Principio y el Fin de todo el Universo.

QUE VIVA MI CRISTO

Que viva mi Cristo, que viva mi Rey
que impere doquiera triunfante su ley,
que impere doquiera triunfante su ley.
¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Cristo Rey!

Mexicanos un Padre tenemos
que nos dio de la patria la unión
a ese Padre gozosos cantemos,
empuñando con fe su pendón.

Él formó con voz hacedora
cuanto existe debajo del sol;
de la inercia y la nada incolora
formó luz en candente arrebol.

Nuestra Patria, la Patria querida,
que arrulló nuestra cuna al nacer
a Él le debe cuanto es en la vida
sobretodo el que sepa creer.

Del Anáhuac inculto y sangriento,
en arranque sublime de amor,
formó un pueblo, al calor de su aliento
que lo aclama con fe y con valor.

Su realeza proclame doquiera
este pueblo que en el Tepeyac,
tiene enhiesta su blanca bandera,
a sus padres la rica heredad.

Es vano que cruel enemigo
Nuestro Cristo pretenda humillar.
De este Rey llevarán el castigo
Los que intenten su nombre ultrajar.