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domingo, 14 de abril de 2019

La feminidad de la esperanza y la dignidad (Rubén Darío GÓMEZ) !º Premio 2019

La feminidad de la esperanza y la dignidad

Rubén Darío GÓMEZ



Atisbó en el horizonte una nube, una hermosa nube. La que ustedes quieran.
Tras esa nube llegó el primer recuerdo: creció amando el pálido reflejo ocre que el sol dejaba sobre los pajales del valle alto, cercano al Altiplano. En esa mezcla imposible de simas e inmensas llanuras elevadas, su alma de niña se encariñó con la libertad. Corría con sus hermanos en los juegos infantiles, mientras veía el trabajo constante y fatigoso de su madre. Le maravillaba constatar que el sacrificio convertía el inmenso ocre en un verde esplendoroso. En su pensamiento infantil se fijó la idea de que el sudor que su madre y las demás mujeres de su comunidad vertían en la tierra, explicaba el milagro.
La multiplicación de los panes, para ella y su familia, se obraba cuando el verde producía frutos: habas, coliflor, zanahorias, que vendían en el mercado municipal. Ella y sus cuatro hermanos, ayudaban felices a la madre en las ventas porque el dinero permitía comprar los alimentos, la ropa y los libros de la escuela. Su madre le repetía: el estudio es el único camino que nos queda. Los recursos eran escasos: a diario el mismo vestido, el mismo cuaderno y la estuchera de lápices y colores compartida con los hermanos y primos. Pero era feliz.
En el horizonte apareció la segunda nube, que jaló el segundo recuerdo.
El agua del río grande empezó a escasear y la tierra se mostró más avara con los frutos. Los recursos se terminaron. Su madre insistía: el estudio es el único camino. Difícil de entender, cuando las jóvenes dejaban las clases para casarse y los mozos para ir a la mina, falda arriba. La poca agua que bajaba por el cauce era turbia. Las personas se quejaban de náuseas, vómitos, diarreas, pérdida de peso. Es la mina, gritaban las madres; no fregués, respondían los señores; si se va la mina se acaba la plata. Si sigue la mina se termina el agua, exclamaban las madres.
Las imposiciones de la mina de Colquechaca que explotaban la mina, y la escasez del agua, menguaron la felicidad, tensaron las relaciones, y obligaron a la partida. En Cochabamba, le dijeron, encontraría miles de posibilidades porque era bachiller: podría contratarse en una fábrica o, en el peor de los casos, ponerse su puesto de ventas en la cancha. Su madre no le reprochó la partida: la tierra producía poco y la inclemencia del sol y la falta de agua liquidaba el resto. Al fin, el estudio le daba una ventaja importante para enfrentar la vida en la ciudad y ayudar a los cuatro que se quedaban con ella arando el chaco. El camino era el estudio, estaba confirmado.
Tras la segunda nube reapareció el sol y, con sus rayos, el tercer recuerdo.
En 2004 y 2005, trabajaba en una curtimbre, iba al instituto para graduarse como técnica en contabilidad y lideraba el sindicato de los trabajadores de su empresa. Estaba convencida de que, por fin, los tiempos difíciles habían terminado para ella, para su pueblo, el quechua, el de los indios, y para su gente, los campesinos y obreros. Recorrió las calles de El Alto y la carretera a Copacabana para anunciar al mundo que renacía la esperanza de devolver la dignidad al pueblo originario de Bolivia, renegociar los contratos leoninos firmados con las multinacionales por los gobiernos neoliberales, y recuperar los recursos naturales del país. La convulsión social de los últimos años daba paso a la tranquilidad de un gobierno popular.
En lo personal, llegó el amor y con él sus frutos: en el vientre crecía la esperanza. Se recibió como técnica un mes antes del alumbramiento. Aunque vivía en Cerro Verde, una zona periurbana del cercado cochabambino, en un cuarto de tres por tres, amueblado con una cama, un armario, una mesa, tres platos, dos vasos, una cocina, una garrafa y un televisor, todo en un mismo espacio, había recobrado la alegría y el ímpetu juvenil.
Prevalecieron las nubes y sobrevino la lluvia, el recuerdo se convirtió en llanto.
El hijo nació con parálisis cerebral. Al nacer, los médicos le dijeron que no estaban seguros de qué podría hacer el niño. Pero estaban seguros de que, de poder, iba a poder distinto. Le informaron que, muy probablemente, la parálisis hubiese sobrevenido por intoxicación perinatal con metales pesados. Las pruebas médicas lo confirmaron. El padre los abandonó. Ella asumió la crianza como madre soltera. Cuando su hijo cumplió dos años, la curtimbre la despidió argumentando que las cargas salariales y prestacionales se habían vuelto insostenibles, dadas las nuevas políticas gubernamentales. Pero siguió creyendo en el proceso de cambio y en que las razones esgrimidas por la empresa formaban parte de las patrañas de la «derecha» para desprestigiarlo. La lluvia arreció y las gotas se confundieron con el llanto.
Durante 3 meses estuvo sentada frente a la gobernación cochabambina, intentando que su petición y la de cientos de compañeros fuera escuchada. Ni el apoyo de la Iglesia, ni el de la sociedad civil… ni siquiera la muerte de tres personas que protestaban en el viaducto de Cochabamba y fueron arrolladas por un carro mientras estaban en vigilia, abrió las puertas. Prevaleció el silencio. Tampoco el informe de la ONU exigiendo al Estado garantizar el respeto de los derechos de los discapacitados, rompió la indiferencia.
La impotencia estuvo a punto de derrumbarla. Pero a la frase el estudio es el único camino que nos queda, unió otra sentencia que su madre le repetía en la intimidad del hogar: somos hijas de Doña Domitila Barrios. Mujer profética y brava aquella, que les enseñó a los bolivianos, durante los tiempos innombrables de las dictaduras, que el enemigo es el miedo, que anquilosa, inmoviliza, destruye. Y el antídoto la perseverancia esperanzada.
Junto a cientos de personas con discapacidad y sus familias, caminó hacia a La Paz. Están locos –-dijeron muchos–, de ilusos los calificaron otros, vendidos a la derecha, los más. No le importó: acomodó a su hijo en una silla de ruedas, empacó dos mudas de ropa para cada uno en una mochila escolar y empujó la silla 378,5 Km hasta La Paz. La marcha se hizo lenta: los caminantes acompasaron su ritmo al de los niños, mujeres y hombres que esforzaban sus cuerpos en subir la larga cuesta hasta Caracollo, exigiendo las muletas, los bastones, las sillas, los carros de rodillos… La rabia, el dolor, el hastío.
Mojó la pañoleta que enjugaba el sudor de su cabeza y la puso con suavidad sobre el rostro de su hijo para aliviarle el ardor que le producían los gases lacrimógenos. Llegada la noche, una a una durante los tres meses que tardó la travesía, frotó miel en las úlceras que le provocaba a su hijo la talladura de la silla en su cuerpo mortificado por el esfuerzo. Nos van a escuchar, es imposible que sigan con tanto atropello.
Hallaron barricadas, alambradas, puertas y policías antimotines apostados en las cuatro esquinas de la Plaza Murillo de La Paz, un sitio emblemático de la democracia boliviana. Se sentaron justo en la misma esquina en donde Domitila Barrios le pronosticó a Eduardo Galeano, cinco décadas antes, la caída de la dictadura de García Meza. Su hijo y ella se unieron a una familia que venía desde Sucre para habitar una carpa para cuatro personas, aunque ellos eran siete. La gente y las instituciones les proveyeron alimentos. Pasaron uno, dos, tres días… No hubo diálogo… Cinco, diez, quince; nada… Veinte, treinta, cuarenta… Desespero, angustia, impotencia: ya nos van a escuchar, es imposible… Cincuenta, setenta, noventa…
A la lluvia se añadió el fuerte viento que bajaba helado de las cimas nevadas que rodean a La Paz. Es hermosa –se sorprendió en sus propios pensamientos-, una inmensa batea que conecta el Huaina Potosí con el Illimani. En medio los ascensos serpentean a izquierda y derecha de la avenida El Prado, que se extiende infinitamente en dirección sur hacia Calacoto y en dirección norte hacia el lago sagrado. En verdad es una ciudad maravilla, habitada por gente bronceada por el sol y el frío de las alturas, y con espíritu firme acrisolado por una historia de encuentros y desencuentros con la esquiva democracia: la real, la que permite y garantiza a cada quien el soberano derecho a disentir, a expresarlo y a defenderlo. La lluvia se convirtió en aguacero. El agua arrastraba la basura calle abajo hasta que las alcantarillas se la tragaban.
Vámonos, dijo con voz suave a su hijo. Empacó en la mochila la ropa mojada. Dobló la silla de ruedas y la subió al camión. En la brega la golpeó contra uno de los barrotes de la carrocería, doblándole uno de los descansa pies; se nos fregó la silla, gritó atormentada. Tranquila mamá, lo importante es que estamos juntos.
Mientras ascendía de La Paz a El Alto, el Illimani le llenó la retina, y motivada por la imagen, susurró a su hijo: la mejor manera de estar preparados para lo que viene, es respetar la diferencia. Recordar que todos somos personas.
En el rostro infantil se dibujó la alegría. El cielo de El Alto estaba despejado, el niño vio una nube, cualquier nube, la que ustedes quieran. Y la nube disparó la ilusión.

Rubén Darío Gómez
Cochabamba, Bolivia

viernes, 11 de enero de 2019

El extraño (María Guadalupe GAITÁN CORTÉS) Último cuento publicado

El extraño

María Guadalupe GAITÁN CORTÉS



Acuérdate, Rosita, de aquella conversación que tuvimos hace quince años. ¡Qué te vas a acordar, si tenías sólo tres añitos de edad! Pero yo te hablaba a ti como persona mayor, como si de todo me entendieras, porque no tenía a nadie más para decirle mi pena, esa pena enorme que me destruyó el amor. Digo mal, Rosita, hija mía, destruyó el amor que le tenía al hombre que fue tu padre, porque mi amor no se destruyó, sólo se desvió para volcarse todito en ustedes mis tres niñas, mis muchachitas.
Ahora somos tres, te dije aquel día, con esta pequeña hermanita que Dios te ha dado. Pero, ¿de veras fue Dios? Yo pienso que fue la debilidad que tuve al abrirle mi cuerpo a tu padre, cuando ya no tenía ningún derecho: y así nació Teresita.
¿Cuándo se fue tu padre por primera vez al norte? Todavía estaba recién casada, mis ilusiones como flores mañaneras asomaban a la vida, con el amor brotando como yerba fresca, verde y prometedora. Un mal día se fue a trabajar al norte, dijo que a conseguir más dinero para las dos, para ti, Rosita, que ya empezabas a hacerte notar en mis entrañas. Las mujeres del pueblo me decían: “No dejes que se vaya, amárralo con tu amor ahora que es tiempo; por allá la ambición y la distancia los devoran y no vuelven más”. Pero ya el gusanito verde del dólar había picado su corazón. Eso es lo que te dije hace quince años, y mira cómo ha pasado el tiempo.
Tal vez desde entonces para mí todos los hombres son bichos raros, a los que se me ocurre aplastar lentamente, para hacerlos sufrir y cobrarme lo que uno de ellos a nombre de todos me hizo.
Ahora, Teresita, que la Mela y tú son unas señoritas, la gente del pueblo sale con que ustedes son unas ingratas, que no tendrán cabida en el cielo, que son malas hijas. ¡Si para mí son las mejores hijas del mundo! ¡Y ustedes no tienen padre, se murió hace mucho tiempo, se mató él sólito!
Cuando tú viniste al mundo estaba yo sola. Mi madre ya había muerto. Una vecina por caridad vino a acompañarme, doña Chole, la atolera, que se detuvo aquí un día completo ayudándome a que nacieras. Después me mandaba todas las mañanas mi atolito para que tú lo bebieras luego convertido en leche. Esa fue toda nuestra compañía. Ya para entonces se habían terminado todos los ahorros, y empecé a vender lo poco que teníamos: las ollas, la licuadora, aquella colcha de percal hecha con pedacitos de amor y con hilos de suspiros, aquélla que todas me envidiaban y yo la guardaba para estrenarla cuando él viniera. Vendí todo, hasta las sillas. Sólo quedó en un rincón la cama, que encontró él cuando regresó al año, sin dinero porque todo lo había gastado en regresar para conocerte. Con qué amor lo recibimos las dos. Tú dibujaste al verlo tu primera sonrisa y no cesabas de platicarle con gorgoritos de pajarito mañanero; pero ni eso lo amarró: se fue de nuevo, y otra vez el olvido. Ni una carta, ni un centavo.
Pronto me di cuenta de que venía la Mela y que no teníamos ni para comer. Fue entonces cuando me decidí y trabajé como sirvienta un año, lavando ropa con mis manos, de las que primero brotó sangre, y luego se me hicieron rudas como las de un campesino y ya se acostumbraron. A lo que no se acostumbraron nunca fue a no mecerte cuando te dejaba sola con la buena doña Chole, que siempre me decía: -Vaya con Dios; la criatura sabe que es huerfanita, y se queda siempre muy quietecita viéndome hacer el atole.
Así que cuando vino tu padre otra vez, ahora sin dinero, pero con muchas presunciones, encontró su escudo, y me dijo: “Ah, ya tienes tu máquina y otra chiquilla, que a lo mejor ni es mía. Qué casualidad, y hasta pá lujitos tienes, ¡éh!”.
El venía con ropa nueva, con un reloj que hablaba la hora en un idioma que nadie entendía, con una grabadora que cargaba para todas partes, como para que todos se dieran cuenta de que ganaba muy bien. Mientras tú, la Mela y yo comiendo a veces las sobras de la casa a donde iba a lavar la ropa.
Y así fue cuando tenías tres años nació Teresita, frágil y debilucha porque ya mis pulmones empezaban a resentir tanta lavadera. Desde entonces me duele mucho la espalda, y luego esa tos que nunca se me quita.
Tu padre regresó al año, siempre al año, cuando en el norte hace frío, la nieve cubre todo y no hay trabajo en el campo. Estaba con nosotras en ratitos, porque se iba a la cantina a gastar lo que nos había traído, pero que no nos lo daba porque quién sabe de quién fueran tus hermanitas y él no iba a mantener hijos ajenos, eso me decía. Y aunque era muy fácil sacar las cuentas de los nacimientos de ellas, que fueron siempre a los nueve meses de sus visitas, eso decía él, como pretexto para emborracharse ese año que trajo tantito dinero.
En el pueblo nadie hablaba mal de mí. Al contrario, decían que ya parecía una santa de todo lo que le aguantaba a tu padre y de lo mucho que me dedicaba a ustedes; pero santa y todo, ya ese año había tomado precauciones para no salir embarazada, e hice muy bien a pesar de lo que decía el señor cura, de que debíamos tener los hijos que Dios nos mandara, y la mera verdad no tuve ningún remordimiento. Por eso a los dos años que él regresó no encontró niño nuevo, y se fue a gastar su dinero en las cantinas, pretextando que yo no quería darle más que “viejas”, y que cuando tocaba hombrecito no había sabido atraparlo, y que por la decepción tardaría mucho, mucho en regresar.
No me extrañó eso ni todas sus habladas, porque ya su amor era un rescoldo, y porque me habían informado de que por allá se había buscado una gringa a la que le daba por ley de aquel país casi todo su dinero, y con la cual no tenía hijos porque ella no quería tenerlos; que se había juntado con ella para tener derechos, y así ganaba mucho más dinero del que nunca nos tocó ni una tandita.
Pasaron años. Nos manteníamos ya muy bien con mis costuras, pues en el pueblo me mandaban hacer todos los vestidos; tú estabas mayorcita y me ayudabas a pegar botones y a hacer bastillas.
Hasta que un año vino tu padre con su gringa. Ya no llegó a nuestra casa. Esa vez que vino con la otra llegó en un carro grande, casi nuevo, gastando más que nunca y con mejores ropas. A todos le trajo regalos, menos a nosotras. A mí apenas si me saludó, y como a escondidas de la mujer gringa. Un día que yo no estaba él vino a verlas a ustedes, -¿Te acuerdas Rosita? ¿Y qué les dijo? Que esa señora era su prima. Esa vez no se emborrachó, y cuando se fue ni siquiera se despidió. Se fue para no volver ya nunca.
Porque sí, Rosita, tú y tus hermanas y yo tenemos razón, digan lo que digan en el pueblo. El hombre que tocó hace dos días en esta puerta, no es tu padre. Dijiste bien, hija mía: en esta casa no hay padre. Son ustedes de tierra, como los huevos de algunas gallinas, ya sí como a ellas nadie les reclama por no tener gallo, nadie tiene por qué reclamarnos que después de una vida de estar solas, sin hombre; ese extraño, enfermo, pobre, hambriento que tocó a nuestra puerta, y que les dijo a ustedes mis hijas, que era su padre, y que venía a quedarse para siempre con nosotras, y al que tú, Rosita, y también tus hermanitas, le contestaron que en esta casa no tenemos esposo ni padre, y le cerraron la puerta; ese hombre no tenía por qué pedir clemencia, pues perfectamente sabía que la puerta de nuestro corazón hace mucho está cerrada para cualquier extraño que quiera entrar por ella, y ese hombre es un extraño.

María Guadalupe Gaitán Cortés
Michoacán, México

Bordadoras de futuro (Perla Guadalupe CASTILLO SOLÍS)

Bordadoras de futuro

Perla Guadalupe CASTILLO SOLÍS



Casa de las hermanas Maza, Oaxaca, México 2016.
Las reuniones de bordado en la casa de las hermanas Margarita y Candelaria no eran nuevas, lo diferente en las últimas semanas era el carácter subversivo que se empezaba a respirar desde que Margarita, experta en contar historias, les narraba la vida de Juana Azurduy Bermúdez, una de las máximas heroínas de la independencia sudamericana, y una de las miles de mujeres olvidadas por esa Historia que omite fácilmente sus nombres, sobre todo si son revolucionarias.
Hacía más de 18 años que Margarita había fundado la cooperativa Taller de Bordado Tequio, con el objetivo de apoyar a las mujeres de su comunidad que hacían de ese arte milenario, un modo de apoyar su frágil economía, basada en la agricultura de temporal, así como de recuperar la trascendente experiencia del Tequio, que consiste en cooperar y colaborar con los otros para el bienestar colectivo.
Los colores de cada lienzo, ya de por sí vibrantes, se transfiguraban al combinar aves en vuelo con animales misteriosos surgidos de espesas selvas y flores extravagantes que sólo florecen en los jardines profundos de la creatividad ancestral; inspiración que ahora se tornaba libertaria, al nutrirse del mágico espíritu guerrero de una mujer de otro tiempo.
La cooperativa había promovido prácticas de comercio que cuidaban que la obtención de sus materiales fuera respetuosa del medioambiente y se pagara lo justo por el trabajo. Además de crear un espacio en donde Margarita mantenía viva su amplia experiencia como maestra rural y les enseñaba desde operaciones básicas para su comercio hasta leer y escribir, si se lo pedían. Muchas incluso aprendieron a hablar el español, ya que la mayoría se comunicaba en zapoteco o mixteco.
Desde que Margarita se apasionó por esa heroína latinoamericana, que al igual que ella había nacido un 12 de julio, sintió fluir una energía diferente. La pasión de aquella mujer inconforme e insurrecta, que luchó por la libertad hasta la muerte, le había provocado un vuelco en el corazón y sobre todo en las esperanzas de cambio. Le devolvía el anhelo por transformar esa realidad de su país, que no le gustaba; además de nutrir sus historias de un entusiasmo que las otras mujeres anhelaban escuchar, desde que empezaba el “Día de Bordado”.
El Taller lo conformaban una veintena de mujeres, la mayoría de origen indígena, que disfrutaban de la cálida atención de la maestra Margarita y su hermana Candelaria, y aprovechaban intensamente la oportunidad que les brindaban, ofreciendo un día de cada semana para dedicarse por entero a bordar, al mismo tiempo que aprendían con entusiasmo las lecciones de Margarita, siempre interesantes e ilustrativas.
Muchos consumidores que conocían como funcionaba la cooperativa, preferían solidariamente adquirir sus piezas de bordado. Tanto el financiamiento de sus materiales como las ganancias de todas las piezas que se producían y mercadeaban se compartían con equidad, además de nutrir una caja de ahorro colectivo para imprevistos y emergencias que cualquiera de ellas pudiera tener.
Después de elegir su proyecto de bordado y sus hilazas de colores, se sentaban ávidas de seguir escuchando la historia de Juana, aunque les horrorizaba escuchar sobre los azotes y las vejaciones que los españoles infringían a los nativos en nombre del rey. Ellas mismas recordaban el miedo y el dolor que habían experimentado en sus comunidades por parte de la policía o las noches de incertidumbre cuando los soldados hacían incursiones en sus casas con el pretexto de buscar narcotraficantes, encañonando, sólo para atemorizar, lo mismo a niños que a jovencitas o ancianas. Saber que Juana no se amedrentaba frente a hombres armados, y que al contrario los enfrentó y venció en numerosas ocasiones, les permitía albergar la fantasía de que algún día ellas también podrían enfrentar al invasor.
El día se les iba en un suspiro, nadie quería que la reunión acabara, y menos si aún no probaban el chocolate caliente que Candelaria les ofrecía al finalizar la sesión de bordado. Había aprendido a cocinar con las nanas y sus abuelas, y no había receta que se le comparara.
Cada una había encontrado en Juana una representación de su propia historia, desde las que teniendo una vida cómoda preferían, como Juana, una vida de combate por la dignidad y la libertad, hasta las que orilladas por el dolor y la urgencia se veían forzadas a exigir justicia y respeto, incluyendo a sus propias parejas.
_ ¿Se acuerdan de la huelga de hambre para que suspendieran la tala en los bosques de San Isidro Aloapan?_ preguntó Adelina
¬_ Doña Yolanda era como mi Juana ¡con los ovarios bien puestos!_ expresó con vehemencia María Catarina.
_ Ojalá y así nos uniéramos para defender el agua. Allá en Cuentepec ya nos estamos organizando_ afirmó Alejandra.
Animadas paladeaban con placer cada sorbo de aquella bebida milenaria, mientras compartían sus propias historias de horror e indignación, deseando con pasión que la fuerza de sus anhelos transformara sus vidas.
¬Como narradora experta, Margarita les contaba con lujo de detalles sobre el paisaje, las relaciones y los sentires de Juana, su familia y la de los españoles, les explicaba sobre las formas y costumbres a las que se enfrentaban y siempre suspendía la historia en un momento clave para continuar en la siguiente reunión.
Poco a poco, los bordados se transformaron en un pretexto para reunirse y comentar sobre la propia soberanía y libertad. En cada reunión empezó a bordarse también un plan para fortalecer la unidad y dignidad de su pueblo.
_ Es que pasan los siglos y parece que no ha cambiado nada desde que vivía Juana, las mujeres seguimos sufriendo las mismas carencias y el mismo dolor de ver el hambre en nuestros hijos_ se lamentó en voz alta Conchita.
_ Parece que no ha cambiado, pero si te fijas bien, hoy tenemos una libertad que no tuvieron nuestras madres y menos las abuelas_ agregó Oliveria.
_ Lo que pasa es que no es suficiente, tenemos que seguir luchando como Juana, que nunca se rindió, aunque estuviera embarazada, seguía luchando_ intervino María Catarina.
_ Mi vida es una lucha, desde que me levanto a traer agua, atiendo a mis seis hijos, hasta el día de bordado que camino más de dos kilómetros desde la sierra para llegar aquí y de regreso_comentó con modesto orgullo Nayeli, quien al igual que Juana durante la batalla por la liberación de Lima, lucía un embarazo de más de cinco meses.
Al igual que dos siglos atrás, los indígenas en Oaxaca, como en muchos otros lugares de México y Latinoamérica, seguían experimentando lo mismo que aquellos nativos del Alto Perú por los que Juana Azurduy luchaba: explotación, esclavitud, despojo, pobreza, discriminación, marginación, violaciones, muerte…
La indignación bullía con más fuerza en sus corazones cuando escucharon que Juana perdió cruelmente a sus cuatro hijos pequeños, agobiados por el hambre, las privaciones y el paludismo. Sentían la fuerte empatía de quien comparte lo vivido. Las tejedoras más jóvenes del grupo, Guie'dani y Xcaanda, por ejemplo, también habían enterrado a uno y dos hijos respectivamente, atacados por el dengue y la pobreza que les impidió acceder a la atención médica oportuna.
_ Se acuerdan cuando en Quiegolani le impidieron a Eufrosina ejercer como presidenta municipal_ comentó Josefa.
_ ¡Qué coraje, de nada les valió nuestro voto y la sacaron sólo “por ser mujer”!_ agregó molesta Gertrudis, quien pocas veces intervenía.
_ ¿Se imaginan si Juana hubiera nacido en Oaxaca?_ propuso Margarita.
_ ¡Yo, votaría por ella para presidenta!_ exclamó entusiasmada María Catarina
Sensibles y sororidarias, sufrieron también la consternación, el dolor y la impotencia que Juana debió sentir cuando vio la cabeza de su esposo Manuel Ascencio -el héroe Padilla-, clavada en una lanza que exhibieron en la plaza de La Laguna.
_ ¡Qué impotencia! me recuerda a mis primos Sansón y Amado, que afortunadamente no están muertos, pero también fueron torturados y encarcelados injustamente, primero por no hablar español, y luego porque así son de injustos con nosotros, ya llevan más de 20 años encerrados _compartió con digna tristeza, Jacinta.
_ A mi Pablo también lo golpearon y encerraron por defender el bosque, y es la hora que no lo puedo ver, lo tienen incomunicado_ expresó casi en un sollozo Ignacia.
_ A mi papá lo asesinaron en Aguas Blancas, y jamás hubo justicia_ expresó con profundo dolor Angelina.
Las lágrimas de todas se derramaron en silencio y solidaridad con Cristina, mientras el amargo sabor del dolor personal se mezclaba y diluía en una fabulosa combinación de colores con las que bordaban flores y grecas, transmutando sus pensamientos profundos en un anhelo de paz y libertad que evocaba el fervor de la lucha por la independencia, y la profunda necesidad de autonomía, que en su momento, también guiaron la vida de Juana Azurduy.
Un espíritu de unidad se fue apoderando del grupo, el bordado que comenzó como un proyecto personal e individual, se transformó en una obra colectiva, cada pieza era el complemento de otra, los colores se mezclaban en una armonía que les sorprendía por su instintiva congruencia.
Y aunque Juana murió a los 82 años, en la mayor pobreza, sepultada en una fosa común y sin más honores ni glorias que su propia memoria, hoy latía viva, en el aliento que inspiraba a esas mujeres. Y justo en ese mismo momento, la experiencia se replicaba en otros grupos a lo largo de Latinoamérica. No estaban solas.

Museo de Historia, Territorio mexicano de la Patria Grande, 2116
Los estudiantes del primer ciclo que estaban por terminar el recorrido en el Museo de Historia de la Patria Grande, habían escuchado con atención a lo largo de dos horas un breviario de acontecimientos ocurridos desde Argentina hasta México -con todo y el extenso territorio recuperado- que ahora conformaban un mismo pueblo. Habían atendido con interés los hechos que habían llevado a conformar su Patria Grande, un pueblo unido en sus diversidades culturales e históricas, ligado por un complejo sistema colaborativo y solidario de autogobiernos comunitarios.
Les había resultado particularmente interesante comprender la compleja lucha que se dio para lograr la autonomía de los centros comunitarios y su complejo pero eficiente manejo a través de redes, sin dirigencias centrales y con el eje rector de los derechos humanos como guía de convivencia y avance.
_ Para concluir este recorrido histórico que rememora el nacimiento de nuestra Patria Grande, mi compañero Hugo, les explicará la primera y última pieza de nuestro museo, elemento clave en la gestación del movimiento emancipatorio y de la Unificación Revolucionaria de Latinoamérica, que dio lugar al nacimiento de nuestra Patria Grande_ se despidió con efecto dramático la guía del museo, antes de despedirse.
_ Gracias compañera. Como podrán apreciar, el textil que tengo al fondo recrea el sueño de libertad por el cual lucharon mujeres y hombres que promovieron el impulso de ver a su patria libre y soberana; es un trabajo colectivo, y aún con nuestra tecnología, no se han podido precisar los estilos artísticos de las líneas de bordado, debido a la uniformidad que presenta, la historia oral –como seguramente ya escucharon en el recorrido- nos dice que participaron al menos una veintena de mujeres…
El coordinador del museo explicó al estudiantado cada elemento técnico y simbólico de aquel inmenso bordado. El grupo de estudiantes hizo numerosas preguntas antes de dispersarse para abordar el transporte.
_ ¿Tú quién serías si hubieras estado en el inicio del proceso de la Unificación Revolucionaria de Latinoamérica? Preguntó Alisha a Noeymi.
_ Creo que Margarita, porque me encantan las historias_ comentó reflexiva Noeymi.
_ Yo sería como María Catarina, por su espíritu libertario_ correspondió Alisha.
_ Yo sería como Juana Azurduy, porque las inspiraría a todas_ Interrumpió impertinente Javiera
_ Ajústense el cinturón de seguridad, que ya nos vamos_ comentó el maestro Evodio, agregando_ Espero que la visita al museo nos permita comprender que la historia es nuestro motor de cambio y transformación, que podamos valorar las vidas de quienes cruzaron los límites, cambiaron esquemas, construyeron igualdad y nos demostraron que el Buen Vivir es posible.
_ Y que la construcción de un mundo digno en el que todos y todas tenemos lugar, debe ser permanente_ agregó en voz alta e intelectual Agustín, que había anotado las frases importantes en su libreta.
_ Así es Agustín, todo puede ser posible si lo empiezas a bordar en el infinito manto del pensamiento_ concluyó Evodio, orgulloso de los comentarios de sus estudiantes.

Perla Guadalupe Castillo Solís
México

jueves, 10 de enero de 2019

Milagro (José Fernando ORPÍ GALÍ) (Primer premio 2017, ex aequo)

Milagro

José Fernando ORPÍ GALÍ
Primer premio 2017, ex aequo



Muchos años después, frente al pelotón que formaban sus compañeros de investigación y en el acto donde sería condecorado, volvió a ver aquellos ojos. Y en el calor de la mañana el aleteo de una mariposa amarilla como las que acompañaban a Mauricio Babilonia. Presentía que aquellos ojos, ya devueltos a la normalidad, desde algún lugar lo escrutaban. Tragó en seco. No quería mostrar turbación ante el público asistente e introdujo las manos en los bolsillos de la bata. Docto, ¿usted cree que yo pueda verle la cara algún día? Amaranta se llamaba esa paciente que él nunca pudo olvidar porque la piel despedía un inquietante olor a albahaca y le recordaba a su abuela materna. A través de la lluvia la vio llegar un día a la consulta, escoltada por dos muchachas escuálidas como figuras recortadas de un viejo álbum. Experimentó un ligero temblor al escuchar que lo nombraban y tuvo que dirigirse al centro de la tribuna para recibir un diploma y un ramo de flores. Respiró de nuevo el olor a albahaca. Una de las flores tenía pétalos amarillos que semejaban alas y sobresalía del resto con arrogancia. Desde allí Amaranta parecía contemplarlo sobre el jardín agreste de un país lejano. Ojos-cielo. Ojos-luz. Siempre lo voy a recordar, docto. Usted es un santo. La señora que colocaba en su pecho la medalla le devolvió un rostro conocido, borroso por la lluvia y las cataratas de la infelicidad. Entonces sintió en el pie la mordedura y se vio a la deriva, sin fuerzas, arrastrado por el ocre remolino del río. Una abeja, atraída por el fulgor de las flores le había enterrado el aguijón mientras él recordaba lecturas de adolescencia en el agridulce panal de la historia. Docto, ¿le puedo ayudar en algo? La voz le llegó clara y precisa y sintió el estremecimiento primigenio. Cuando volvió la cabeza ya era tarde. Amaranta se perdía en el tumulto de personas, con una flor amarilla que aleteaba en su pelo blanco.

José Fernando Orpí Galí
Santiago, Cuba

miércoles, 9 de enero de 2019

Esta tierra que habitamos (Álvaro LOZANO GUTIÉRREZ) Primer premio 2017, ex aequo

Esta tierra que habitamos

Álvaro LOZANO GUTIÉRREZ
Primer premio 2017, ex aequo



Volvieron a ver su tierra después de muchos años en el exilio. La curva del camino, ya reconocida hace tiempo, les indicó que estaban cerca de la parcela en donde alguna vez fueron felices. Manuel acarició la cabeza su hijo mientras miraba los ojos melancólicos de Martha, tratando de contagiarle esa esperanza que hoy sin embargo se dibujaba solo como una promesa. Caminaban lentamente como buscando desandar los pasos que la violencia les había obligado a dar abandonando todo lo que poseían.
Hacía ya un año que la guerra había terminado. La paz se firmó entre los aplausos de unos y la indiferencia y el escepticismo de otros. El perdón y el olvido se impusieron por decreto. Se habló mucho de víctimas y de reparación. Miles de hombres y mujeres colmaron las oficinas del gobierno buscando que el Estado les reconociera sus muertos y les devolvieran la tierra que hacía mucho tiempo los poderosos les habían arrebatado.
- Desde aquí ya queda poco para el rancho. Lo primero será acomodar la cerca, yo me acuerdo que antes se nos metían mucho los animales del compadre José y nos dañaban las matas.
-Estoy cansado y tengo hambre.
-No se preocupe Esteban apenas lleguemos su mamá nos prepara algo, más bien súbase al caballo y ayúdenos a guiar las demás bestias.
Martha levantó los ojos y vio su antigua casa al final del sendero. Era solo una ruina. Cuatro paredes seguían en pié en medio de una tierra gris que daba testimonio de tiempos de violencia y muerte. Amarraron los caballos y las mulas y entraron respirando largamente como quien despierta de un terrible sueño y ahora solo quiere reconocerse en el mundo de los vivos.
- En esta habitación nació usted.
Martha y Manuel acariciaban las paredes y acercaban el oído como queriendo que estas les reconocieran y les dieran la bienvenida.
-Aquí en este patio mataron a su hermano Julián, le dispararon tres veces.
Se detuvieron mirando un árbol muerto, abrazándose y sabiendo que lo que seguía era lo más duro, recuperar la tierra también es añorar a los muertos, seguir adelante a pesar de la tristeza.
En la Mañana Braulio y José saludaron desde el recodo del camino. Encontraron a la familia entre herramientas acomodando el techo y descargando las últimas cosas que traían consigo.
-Compadre esta tierra esta enferma. Ya no crece nada. Los de la oficina del gobierno nos dicen que es mejor venderla.
Manuel miraba un puñado de ceniza que se encontraba bajo sus pies. La tomó en sus manos tratando de olerla.
- Sembraron palma los últimos quince años, el señor que compró todo esto tenía mucha plata, trajo maquinaria, trabajadores y muchos químicos. La tierra se agotó y ahora es un puñado de ceniza. Solo ceniza Manuel, solo eso nos dieron.
- ¿Y entonces que van a hacer ustedes?
-La cosa va muy mal Manuel, con otros hemos decidido vender, veníamos a decirle a usted, para ver si siendo muchos nos pagan un poco más.
-¿Y nuestros muertos? ¿Los que nos mataron? Esta tierra es nuestra y no la vamos a dejar.
-Compadre, no es cosa de muertos es cosa de vivos, si nos quedamos aquí va a ser para morirnos de hambre.
Manuel sintió que el sol castigaba su cuerpo. Miraba con pena a su familia, pero con más pena y dolor a los dos hombres que ahora solo hablaban de vender todo y volver a una ciudad que no les pertenecía, que siempre los había tratado como extraños.
- Gracias compadres pero yo me quedo. Si alguien les pregunta le dicen que prefiero el hambre aquí en mi tierra que en los tugurios de la ciudad. Si, para mi esa hambre es peor.
Las semanas que vinieron fueron terribles. Efectivamente la tierra agotada se había convertido en un puñado de ceniza y sal. Sembraron primero las semillas que les dio el gobierno pero ni un brote hacia avizorar que la situación cambiaria. Ahora solo les quedaba el maíz, el mismo que Martha recogió en un tarro el día que mataron a su hijo, el día que abandonaron todo.
Manuel y su hijo tomaron los azadones y cavaron lo más profundo que pudieron. Al fondo la promesa de una tierra negra y fértil nunca los esperó. Todo era igual, un hollín que se extendía hasta donde alcanzaba la mirada. Esa tarde una camioneta lujosa se estacionó afuera del rancho. En ella un hombre obeso y una mujer joven, que a Esteban le pareció hermosa, los miraban con desprecio y lastima. No se bajaron del vehículo, no hablaron con nadie, solo esperaban como buitres a ver que la familia cayera, para apoderarse del miserable terreno que habitaban.
-Yo creo que no es la sal lo que mató esta tierra, fue la sangre de tanto muerto. La sangre de su hijo y el mío que nos mataron en este mismo patio.
Sembraron el maíz, lo regaron trayendo el agua de muy lejos por que incluso los ríos se negaban a dar el consuelo del agua. Los días pasaron y solo se veía el mismo paisaje triste. Cuando se agotó el alimento supieron que tal vez habían vuelto a esta tierra solo para morir.
-Martha, amor que nos queda.
-Un puñado de harina y unas cucharadas de café.
-Entonces llego la hora, prepare la comida, después solo nos queda morirnos.
Comieron amargamente, no dijeron nada, solo se miraban pensando que la vida se había ensañado siempre con ellos, que eran los condenados de la tierra. Salieron del rancho y contemplaron las estrellas. Se acostaron en medio del campo y esperaron así que Dios cerrara sus ojos.
Cuando despertaron los primeros brotes se levantaban orgullosos. Habían vencido.

Álvaro Lozano Gutiérrez
Bogotá, Colombia

martes, 8 de enero de 2019

La revolución viene en bicicleta (Laura FUENTES BELGRAVE)

La revolución viene en bicicleta

Laura FUENTES BELGRAVE



Parapetado tras la ventanilla rota de la vieja camioneta Ford, Ernesto mira con indolencia el embotellamiento de autos al cual contribuyen en este momento él y su padre, quien suda copiosamente sobre su enorme barriga atorada contra el volante, mientras cada cinco minutos exhala improperios contra los demás conductores. A pesar de estar cerca de la casa, su auto se encuentra inmovilizado hace una hora sobre un pequeño tramo del boulevard de acceso a la capital, cuya incapacidad de dejar fluir las bocinas que perforan el tímpano de Ernesto, se debe al azaroso desbordamiento de las raíces de los árboles de Poró. Estos se ubican a ambos lados de la calle y la estrechan, retando la planificación urbana desde tiempos inmemoriales. Decenas de árboles en pleno estallido floral, aparentemente ajenos al caos vial a su alrededor, son sacudidos por el viento y dejan caer de sus nutridas ramas cientos de florecillas rosadas sobre los autos, cual bálsamo apaciguador para furias de cuatro ruedas.
Cansado de estar en la misma posición, el niño se endereza, desabrocha y abrocha su cinturón de seguridad, resopla, vuelve a hundirse en el asiento, mira ahora más lejos, más allá de los árboles de Poró. Sobre la acera, con una rapidez y una alegría palpables en la fortaleza de sus piernas y en la nitidez de su sonrisa, pedalea enérgica una niña que atraviesa fulgurante el campo de visión de Ernesto. Simultáneamente, su padre transforma sus insultos periódicos en quejidos apagados que incitan al niño a voltear su cabeza de inmediato. Los bocinazos en derredor continúan, enrojecido, el adulto apaga el motor del auto, se lleva la mano al pecho, el sudor lo empapa, lanza una mirada de auxilio a su hijo, quien no comprende, pero se asusta, lo palpa. Su padre cae inconsciente sobre la bocina y el sonido estentóreo se extiende sobre esa tarde calurosa como un grito que horada para siempre la memoria del hijo.
La imagen de los raspones en sus rodillas adelanta la llegada de Victoria bajo una lluvia de florecillas de Poró. La niña detiene intempestivamente su bicicleta junto a Ernesto, sentado en los últimos peldaños de la escalinata del acceso principal a la Iglesia del Socorro. Lleva un corbatín negro, una camisa con la plancha estampada y un pantaloncillo gris. Observa perplejo a la niña, quien le saca la lengua y espera su reacción. Ernesto sale de su mutismo y le dice: -Me aburre la misa. Victoria le responde confianzuda: -A mí también, prefiero sentarme a respirar bajo los árboles. El niño traga saliva y le espeta sin respirar: -Mi papá está en la Iglesia, en una caja de muerto, según mami ésta es su despedida. Victoria se pone seria, patea la llanta delantera del vehículo, estira cuán largo es su cuerpo de nueve años, y pregunta: -¿Querés subir a la bici un rato? Al niño le brillan los ojos, pero no sabe qué hacer, escucha a sus espaldas el barullo funerario ya emergente de la Iglesia. Victoria comprende su indecisión, monta en la bicicleta y antes de partir exclama: -Vivo detrás de los últimos árboles del boulevard, es la única casa sin cochera. Ella se aleja al tiempo que el niño oye acercarse el llanto de su madre.
Después de los últimos exámenes del segundo grado llegaron las vacaciones. La madre de Ernesto había vendido la camioneta para pagar el funeral de su padre y aún tenía deudas pendientes, por ello había organizado un negocio de pastelería a domicilio del cual se ocupaba cuando salía de la oficina. No había dinero para paseos y el niño se consumía periódicamente delante de la televisión, por este motivo, su madre lo enviaba con frecuencia a realizar alguna diligencia cercana. Una mañana lo envió temprano a entregar un pastel recién horneado para el cumpleaños de una niña residente en los linderos del barrio, ni muy cerca ni muy lejos. Cuando Ernesto dio con la dirección entendió que aquella casa sin cochera era la misma de la niña con bicicleta, fue ella quien le abrió la puerta minutos después de accionar el timbre.
-¿Vos cumplís años? Me enviaron aquí a entregar este pastel, le lanzó Ernesto a quemarropa. -¡Sí! Estoy cumpliendo diez años, ¿vos apenas vas en segundo, verdad?- le respondió algo burlona. El niño, un poco incómodo, aseveró: -Ya pasé a tercero y en un mes cumplo nueve años. Como si quisiera afianzar su autoestima, agregó con intrepidez: -¿Todavía podría montar tu bici? La niña rió de buena gana y lo invitó a pasar a la casa, llamó a su padre, quien tomó el pastel y le dio al niño algunos billetes que él guardó celosamente en el monedero de su madre. Victoria le contó que su padre le había regalado una bicicleta nueva, por lo tanto, podían salir a pasear juntos si él quería usar la otra. Emocionado, Ernesto aceptó, no sin antes mirar de soslayo al padre de Victoria, quien aprobó la idea siempre y cuando no pedalearan entre los autos.
Los niños tomaron las bicicletas, pero Victoria se llevó una sorpresa mayúscula al descubrir que Ernesto no sabía ni cómo montarla, entonces no llegaron muy lejos, pues la niña le dio una primera lección de muchas a lo largo de las vacaciones. Al final de este período, ambos ya eran capaces de pedalear juntos y sortear el tráfico endemoniado del boulevard, pese a las advertencias de sus respectivos padres sobre el riesgo de incursionar en la zona de conductores. Esta población de nervios destrozados encontró en la muerte del padre de Ernesto y en un par de graves accidentes más, la justificación de una demanda a la municipalidad para exigir la tala de aquellos árboles de Poró nacidos antes del boulevard, de tal forma que se ampliara la calle a dos vías para permitir un tránsito fluido de los vehículos.
De vuelta a clases, la mayoría de los estudiantes comentaba lo escuchado en sus hogares, mostrándose de acuerdo con la tala de los árboles, pues sus progenitores a veces tardaban horas en recogerlos debido a la estrechez del boulevard. Ni Victoria ni Ernesto apoyaban esta medida, pues en sus casas no había auto, ambos llegaban y se iban de la escuela en bicicleta, impulsados por el viento y bañados en florecillas, compitiendo en un alegre juego tanto al despertar el día como a media tarde. Por su parte, la municipalidad enfrentaba diariamente hordas de manifestantes en su edificio, así como unas próximas elecciones que dejaban pocas dudas sobre la decisión a tomar por las autoridades. Los niños, que habían aprendido a rodear las gigantescas raíces arbóreas en sus viajes en bicicleta, a disfrutar de la sombra de los árboles y de la llovizna de flores cotidiana, no concebían el boulevard sin asomo de estas especies nativas, por esta razón, elaboraron un plan para salvar los árboles de Poró.
Cada día, durante aquellos primeros meses del ciclo lectivo, prestaron las bicicletas a una niña o a un niño distinto, mientras esperaban la llegada del adulto de rigor a la salida de la escuela. No se sorprendieron cuando tiempo después, para la celebración del Día del Niño y de la Niña, muchos de sus compañeros contaron alborozados que habían recibido la implorada bicicleta como regalo, era pues, el momento de poner en ejecución la segunda parte del plan de Victoria y Ernesto. Ambos animaron a sus compañeros de diferentes grados escolares a imaginarse al volante de sus respectivas bicicletas, libres al fin del control de sus padres y de la ponzoña diaria del embotellamiento vehicular en el camino a la escuela. El pequeño sueño fue creciendo entre la población estudiantil, hasta el día en que el alcalde decretó la tala de los árboles de Poró con el fin de ensanchar el boulevard.
La fecha de la tala se acercaba y había que actuar rápido, según el plan convenido por los niños. El día que los trabajadores de la municipalidad sacaron sus motosierras y se dirigieron a cumplir la orden del alcalde, niñas y niños de diferentes puntos de la ciudad escondieron las llaves de los autos de sus padres. Cientos de adultos irritados revolvieron sus casas y apartamentos sin encontrar una sola llave, los cerrajeros de la ciudad se saturaron de trabajo y no pudieron dar abasto a la cantidad de llamadas enfurecidas que recibían por minuto, los taxis chocaban entre sí impidiendo el desplazamiento de otros autos y de las puertas de los autobuses colgaban tantas personas que los oficiales de tránsito los detenían para multarlos. Madres primerizas o experimentadas, padres solteros o en unión libre, familias diversas o recompuestas, abuelas consentidoras o gruñonas, abuelos con artritis o dientes postizos, parentela temida o querida, todos y cada uno de ellos no tuvo más opción, ante el insistente ruego de los infantes, que enviarlos a la escuela en bicicleta.
Una marea de dos ruedas con ojos chispeantes inundó las calles dirigiéndose con un fuerte pedaleo hacia la capital. Los empleados municipales aún no comenzaban su labor, las bicicletas se detuvieron a lo largo del boulevard, y éste se vio por primera vez en su historia despojado de humo, bocinazos, ruido de motores y tensiones humanas. Victoria y Ernesto pedalearon con lentitud hacia los árboles, al tiempo que de sus antiguas raíces germinaban nuevos brotes que se enredaron como helechos en sus bicicletas hasta estallar velozmente en las típicas florecillas del Poró. Ambos giraron sonrientes las ruedas de sus vehículos, convertidos ahora en jardines ambulantes, y encabezaron una “bicicleteada” infantil de varios kilómetros hacia la capital, trazando la ruta que más tarde la nueva alcaldesa transformaría en una reluciente ciclovía, mientras las motosierras eran aprisionadas por esas mismas raíces, ante el estupor de los trabajadores de la municipalidad.

Laura Fuentes Belgrave
Costa Rica

lunes, 7 de enero de 2019

Reconciliación (Alexis MARTÍ VERANES)

Reconciliación

Alexis MARTÍ VERANES



La partida era inminente. De nada serviría recordar buenos momentos. Sobre sus piernas, él acariciaba con la yema de sus dedos esa boca; la boca que jamás volverá a tener y que aun gritando palabras hirientes, era la única en quien podía confiar.
Mientras recoge sus pertenencias la observa. Quieta, de pie, contra la pared estaba ella, sin decir una palabra, hierática, desnuda a pesar del clima. Con su vientre todavía cargado esperaba el momento de parir, pero esa decisión le correspondía sólo a él que ya había sido padre muchas veces y rezaba porque mujeres como ella dejaran de alumbrar. Estaba al tanto de todas las noticias en las cadenas de radio colombianas; quería que los doctores de la política se pusieran de acuerdo sobre la medicación necesaria. Con sus paisanos comentaba, sin ocultar su agrado, sobre el momento de la separación y como no extrañará sus andanzas por las lomas junto a ella, ni los baños que tomaron después de una larga caminata, los ruidos en los cerros a media noche, ni el escapar de otras fieras con ella sobre su espalda. Él sólo sueña con regresar a su esposa, sabe que lo espera y que no se siente traicionada por otra de carnes más duras. Pero ha pasado mucho tiempo y él ha estado ausente. No conoce su último hijo, no les dio el adiós a sus suegros, no ha vuelto a arar sus tierras ni ha ensillado con cariño a su ya envejecido ¨mexicano¨. Hace tiempo ya no es agradable sentir el canto de un gallo, porque ahora es una alerta, hace tiempo comparten el cielo con palomas pájaros de otro material, desde que escapó con ella ya no es capaz de sentir conexión con la naturaleza. ¿Es un castigo de dios? Se pregunta a diario y maldice con rabia la alianza a la que se ha comprometido, pero un hombre tiene que honrar su palabra aunque el arrepentimiento lo consuma.
Ahora llora. En la radio han dado la noticia.
¨Las hostilidades entre las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo y el Gobierno constitucional han llegado a su fin. Después de 50 años de lucha y de resistir la acometida de 13 gobiernos consecutivos, el paramilitarismo y el empleo de la más moderna tecnología militar norteamericana ,se ha firmado un tratado de paz conducido por la senda del diálogo¨.
Mientras recoge sus pertenencias la observa. Aunque la imagen esta borrosa por las lágrimas, la conoce bien. Fueron muchos años juntos, años, que él quisiera no haberlos vivido, años empuñando su cuello frío, su boca dura, cargando con su peso en las espaldas, cuidando de ella sin sentir un gesto cariñoso de vuelta. Llora porque mientras sus manos cierran el morral como símbolo de su última atadura, en su mente, sus brazos están estrechando ya a su esposa, quien llora con él y le dice: ¡Se acabó,… al fin acabó…no más guerra! Al entrar a la casa, que ahora le parece más pequeña, su mente reconoce los olores que creía haber olvidado, se sienta en su silla preferida y sus manos abrazan nuevamente la taza metálica que contiene el agradable líquido humeante, bebe a sorbos y siente como sus venas se calientan con el café mientras observa los labios de su esposa. Recuesta la silla, cierra sus ojos y un largo suspiro de confort inunda la casa. De la chaqueta saca una fotografía, una evidencia concreta de su andanza tomada en el campamento, en la que su cara desaliñada y barbuda con ojos inexpresivos, desentona diametralmente con la manera en la que su mano agarra con fuerza el cuello de una ametralladora.

Alexis Martí Veranes
Santiago de Cuba

sábado, 5 de enero de 2019

Ejército del Sur (Jorge GUTIÉRREZ MARTÍNEZ)

Ejército del Sur

Jorge GUTIÉRREZ MARTÍNEZ



El panteón queda solo desde las diez de la noche. La puerta se cierra con candado. Los muertos y sus historias quedan bajo el resguardo de la oscuridad. Nadie se atreve a visitarlo.
Durante el último año se ha escuchado el ruido de los cascos de los caballos de todo un ejército que cruza el cementerio. La gente cree que es el diablo y sus huestes arrastrando almas impías al infierno.
El doctor Carmona dice que el estruendo que surge del vientre del panteón se explica por la actividad del volcán que hace que truene el subsuelo. El maestro Enríquez, que se trata de las extracciones ilegales de la minera gringa que trabaja noche y día.
Aguijoneado por el miedo decidí buscar la verdad. Escapé de casa en la madrugada y me aposté entre las ramas de un árbol que me permitía ver por encima de la barda del camposanto.
Mi estado de vigilia comenzó a agrietarse. El sueño me acercó al mundo de los muertos. A lo lejos escuche venir a los caballos con un trote que crecía y crecía en intensidad. Una polvareda luminosa avanzaba entre las tumbas.
Entonces vi la verdad. Ni diablos ni calaveras. Era el general Emiliano Zapata; con los ojos tristes, pero inyectados de furia; seguido de su ejército del sur. Todos montaban caballos blancos, llevaban puestos sus trajes de charro negros con el sombrero descansando en sus espaldas. Avanzaban a gran velocidad y cuando estaban a punto de chocar con la pared se desvanecían.

Jorge Gutiérrez Martínez
México

viernes, 4 de enero de 2019

La señal (Johan MOYA RAMIS)

La señal

Johan MOYA RAMIS



Ramiro revisó el motor de la lancha por quinta vez. El calor atrapado entre los tablones del improvisado cuartucho le daba picazón en todo el cuerpo, pero no podía abrir ni puertas ni ventanas para ventilar el lugar. Nadie, salvo los que se iban esa noche, conocía del paradero de la embarcación, construida con mil misterios para no levantar sospechas. Después de acariciar la madera pulida, Ramiro cubrió la lancha con una lona, y se dispuso a salir del lugar. Consultó el reloj, eran las doce y media de la tarde. “Buena hora ir caminado y calentar algo de almuerzo” pensó.
Afuera lo esperaba Frank, su sobrino. Ramiro lo miró con simpatía. A su juicio el muchacho era bueno, pero en ocasiones se iba de la realidad e incluso, tenía premoniciones. Por si fuera poco, de un tiempo para acá le había dado por leer una vieja Biblia que había encontrado entre las cosas de su abuelo. “Si el libro no hubiera sido del viejo, seguro que se lo desaparecía para que dejara la bobería y se espabilara un poco” pensó Ramiro, y dejó escapar un suspiro a manera de reconciliación con aquellas cosas que no entendía de su sobrino.
Al llegar hasta donde estaba Frank, le puso una mano afectiva en el hombro.
– Sobrino, hoy por la madrugada es la cosa, así que no te me duermas en los laureles.
– Tranquilo tío. Te preocupas demasiado.
– Me preocupo y me ocupo, como se lo prometí a tu difunta madre, que en paz descanse.
Frank dejó escapar una sonrisa leve. Ramiro era como un padre para él, y Frank lo quería entrañablemente, aun en los momentos en que la terquedad de Ramiro no le permitía ver más allá de lo que había delante de sus ojos. Su argumento favorito era: “Yo soy como Santo Tomas: ver para creer” En verdad que era un hombre rudo y práctico. Su vida era el trabajo duro de sol a sol. Pero Frank tenía paciencia, porque detrás de aquella rudeza había un gran corazón.
Caminaron rumbo a la casa uno junto al otro sin hablar. El olor a mar se sentía a poca distancia. No había ruido de oleaje de modo que Ramiro intuyó que estaba en calma.
– Ojalá esté así de tranquilo esta noche– dijo Ramiro.
Pero Frank detuvo la marcha y se quedó mirando hacia el cielo, luego enterró sus ojos en la línea del horizonte, como si estuviera viendo algo a lo lejos, pero que solo él y nadie más podía ver. Cuando se ponía así, a veces su tío se exasperaba porque casi siempre lo dejaba con la palabra en la boca. Pero era inevitable, cada vez que esto ocurría era que una señal del otro lado de la realidad venía en camino. Frank no sabía exactamente porqué le sucedían esas cosas, simplemente llegaban sin ser invitadas. Por es razón había comenzado a leer la Biblia, a ver si encontraba una respuesta a esa sensación que primero se le reflejaba en el pecho, al principio como una palpitación leve, luego era como si de pronto al alma se le zafara un pedazo, y la piel se le erizaba toda, por ultimo venía el corrientazo que a veces venía acompañado de una voz que pronunciaba dos o tres palabras en sentido afirmativo o negativo. Pero en esta ocasión no hubo voz, solo la intensa sensación de angustia, que se traducía en una señal de alarma.
– ¿Qué pasa sobrino?
Frank trató de sonreír para que su tío no se preocupara, pero no pudo, el paso del extraño suceso lo había dejado con el cuerpo medio doblado, y un dolor tremendo en el esternón que le llegaba hasta el estómago. Sintió deseos de vomitar, pero se contuvo.
Ramiro comprendió lo que había pasado. Primero se puso las manos en jarras sobre la cintura, y luego cruzó los brazos sobre el pecho y sacudió la cabeza.
– ¿De nuevo te entró una cosa de esas de las que a ti te dan?
–Parece que si– dijo Frank. Dejó escapar un suspiro y miró a Ramiro directamente a los ojos– Esto no está bien tío.
– ¿Qué es lo que no está bien?
–Lo que estamos haciendo. Lo que pensamos hacer esta noche. No está bien.
– ¡No me digas! Pues mira, ya lo hecho, hecho está. Y no podemos echarnos para atrás.
–Algo va a cambiar.
– ¿A cambiar? Tú estás loco.
–No estoy loco tío, tu veras que lo que te digo es verdad. Algo va a cambiar. Solo tenemos que tener paciencia y un poco de fe.
– ¿Fe? Mira, sobrino, al principio de darte estos vahídos raros yo me dije “no me importa que sea religioso o algo parecido, siempre y cuando no me salga guanajo o sinvergüenza” pero esto si que no te lo voy a permitir.
– No hables así, tío ¿Alguna vez te he engañado o faltado el respeto cuando estas cosas me pasan?
Ramiro se quedó pensativo e hizo una mueca de reproche para consigo mismo.
–Es verdad, nunca ha pasado tal cosa. ¡Pero carajo, sobrino! Cuanto tiempo y sacrificio nos ha costado hacer la lanchita esa para poder irnos y de pronto, te me bajas con una sirimba de las tuyas diciendo que “Está mal lo que vamos a hacer” y que “algo va cambiar”.
Frank se pasó una mano por la frente para sacarse el sudor frio.
–Mira tío, vamos a hacer una cosa. Sin cuando lleguemos a la casa no hay una respuesta clara de esto que me ha pasado, yo te aseguro que nos vamos esta noche pase lo que pase, y yo te doy mi palabra que nunca más molesto con estas cosas. ¿Te parece bien?
Ramiro afirmó con un gesto vehemente de cabeza, como si un resorte se le hubiera disparado en el cuello.
– Muy bien. Palabra de hombre.
– Palabra de hombre.
Y se dieron un fuerte apretón de manos.
Cuando llegaron a la casa, Ramiro encendió el televisor. Ya había pasado el noticiero del mediodía. Mientras tanto Frank se había ido al patio a lavarse las manos para preparar el almuerzo. Su pecho comenzó a palpitar con fuerza una vez más, pero esta vez se contuvo y no dijo nada. La respuesta estaba por llegar. En ese mismo instante sintieron la voz y los toques insistentes de Aurora, cuñada de Ramiro y madrina de Frank, que vivía en la misma cuadra. Ramiro abrió la puerta y Aurora entró como un bólido sin ni tan siquiera esperar a que la dejaran entrar.
– Ay, Ramiro perdóname la mala educación, pero esto es una locura, la gente está revuelta con la noticia.
– ¿Qué noticia?
– Parece que las cosas entre nosotros y los americanos se van a arreglar. Ya los tres héroes que faltaban están aquí y el gobierno cubano devolvió al contratista ese de la US… US…
– La USAID– intervino Frank desde la cocina.
– Ese mismo que estaba preso aquí. Ya está en los Estados Unidos. La noticia la están dando por todos lados. ¿Dónde tú estabas chico? ¿En la luna?
– ¿Yo? Donde tu crees…– y bajó la voz apretando la lengua entre los dientes–preparando las cosas para “lo nuestro”.
– Ah, ya entendí. Pues te cuento que Raúl habló por televisión hace como media hora y Obama también dijo lo suyo por allá. Se están diciendo cosas que hace años esperábamos escuchar. ¡Y en el mismo día de San Lázaro bendito, es un milagro!
A pesar de la conmoción de la noticia, Ramiro había asumido su frecuente aire de incredulidad. Mientras, Frank apagó el fogón y fue hasta la sala.
–Te lo dije, tío, que algo iba a cambiar. Las señales nunca llegan por gusto.
– ¿Te llegó una premonición mijo?
– Si – interrumpió Ramiro– le dio otro ataque loco de esos…
– Ay Ramiro, no hables así. ¿Qué fue lo que sentiste esta vez francisquito?
– Más o menos lo mismo de siempre madrina, pero esta vez presiento que lo que vamos a hacer no está bien. Que debemos tener fe y esperar.
– ¿Tu estas oyendo, Aurora? Después de todo lo que hemos pasado y lo que hemos invertido…
– Pues quiero decirte que la gente no está muy segura de quererse ir.
– ¿Qué tu dices?–Ramiro estaba a punto de estallar.
– Pasé por casa de cada uno de ellos, y están pensando mejor las cosas después de la noticia.
– ¿Así que se rajaron?-espetó Ramiro.
– Vamos Ramiro, que no es coser y cantar. Es un viaje peligroso y no todo el mundo llega para hacer el cuento. Tu propio hermano está de la cama para el baño desde esta mañana, nada más de pensar que está noche iba a dejar este país tirándose al mar como una boca de lobo, a riesgo y verdad.
– Como el resto de nosotros, Aurora.
– Si, pero tú sabes bien que cuando al muchacho le vienen las premoniciones no es por gusto, y siempre es para beneficio de todos aquí. El nació con su estrella bien bendita.
– ¿Y yo nací estrellado contra la vida?– dijo Ramiro.
– No digas eso. Aquí todos te amamos y te respetamos, mi cuñado.
Ramiro iba a intervenir, cuando Aurora lo detuvo.
– Además, dice la gente del viaje que no te preocupes por el dinero, que no hay prisa con eso. Ellos confían en ti. Saben que tú eres un tipo derecho. Lo que está pasando no es culpa tuya, cuñado. Todo parece indicar que las cosas van a cambiar de verdad.
– Yo le dije que había que tener fe y esperanza madrina.-dijo Frank.
– Eso, mi niño, así se habla.
Ramiro los miró a los dos en silencio. Hizo un gesto de desdén con los hombros, luego avanzó hasta el cenicero que reposaba sobre una mesita en la sala y recogió el mocho de tabaco que había dejado para fumárselo después de almuerzo. Lo encendió, aspiró el humo con fuerza y finalmente dijo:
–Bueno, si ustedes así lo deciden, y los otros también se quitan del asunto, por mi está bien. Porque sin la familia no me voy para ningún lugar. Vamos a esperar a ver que pasa.
Frank abrazó a su tío y Aurora le dio un beso en la frente a su cuñado.
– Tu como siempre madrina, con la mente clara–dijo sonriente Frank.
– Imagínate mijo, alguien tiene que tener el seso bien puesto cuando el resto de la gente parece haber perdido la cabeza. Me voy– dijo la mujer– antes que tu otro tío se me vaya por la taza del inodoro.
Después del almuerzo, Ramiro y Frank agarraron cada uno un taburete y se sentaron en el portal de la casa a disfrutar de la tarde, que avanzaba al compas de una brisa tenue que apenas estremecía las hojas de los arboles. Frank tenía la vieja Biblia abierta de su abuelo en las manos, listo para comenzar a leerla.
– ¿Y ese libro habla de la esperanza y la fe?–preguntó Ramiro sin dejar de mirar como se achicaba el mocho de tabaco.
– Si, fue escrito hace siglos para aquellos que precisamente buscan esas cosas que acabas de decir.
– Bueno, ya que decidí darles un voto de confianza tanto a la una como a la otra, léeme algo que me convenza.
Después de una sonrisa, Frank le dijo:
– No sé si te convenza, pero al menos es un buen comienzo ¿no crees?
– Si tu lo dices sobrino, pues carajo, que así sea.

Johan Moya Ramis
La Habana, Cuba