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jueves, 14 de noviembre de 2019

Beata María Teresa de Jesús, virgen y fundadora (14 de noviembre)


Beata María Teresa de Jesús, virgen y fundadora

fecha: 14 de noviembre
n.: 1825 - †: 1889 - país: Italia
otras formas del nombre: Maria Scrilli
canonización: 
B: Benedicto XVI 8 oct 2006
hagiografía: Vaticano
Elogio: En Florencia, Italia, beata María Teresa de Jesús (Maria Scrilli), virgen, fundadora de la congregación de Hermanas de Nuestra Señora del Monte Carmelo.
Fragmentos de la homilía del card. Mons. José Saraiva Martins, prefecto de la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos, en la misa de beatificación de la nueva beata, el 8 de octubre de 2006 en Fiésole. La homilía puede leerse completa aquí. En este dossier carmelita pueden encontrarse datos de interés sobre la beata.
Hoy, en el sugestivo marco de este anfiteatro romano, celebramos la misa de beatificación de la madre María Teresa Scrilli. Por consiguiente, se reconoce oficialmente, por mandato del Santo Padre Benedicto XVI, la ejemplaridad de las virtudes heroicas de una mujer de esta tierra de Toscana, que en una época de grandes fermentos culturales supo dar un «sí» total al Señor. Fue Dios quien la atrajo al desierto y habló a su corazón, para convertirla en su esposa para siempre. Por tanto, la nueva beata, María Teresa Scrilli, fundadora del instituto de las Religiosas de Nuestra Señora del Carmen, vivió una experiencia de santidad.
Los textos litúrgicos que acabamos de escuchar, en la primera lectura, tomada del profeta Oseas, y en el pasaje del evangelio de san Mateo, subrayan esta relación esponsal entre Dios y su pueblo, entre Dios y la Iglesia, entre Dios y toda alma consagrada. [...] La santidad de la nueva beata maduró en una espiritualidad esponsal. Precisamente el oráculo de Oseas, que acabamos de escuchar en la primera lectura, pone de relieve esta dimensión. En efecto, el profeta quiere subrayar, en la vida del creyente, la experiencia del redescubrimiento, de la recuperación de una dimensión más viva, más existencial, en la relación entre Dios e Israel, como relación de pertenencia recíproca. La imagen matrimonial subraya también el aspecto personal e interpersonal del diálogo entre Dios y su pueblo. El Señor renueva esta relación con su pueblo «para siempre». [...] Para comprender mejor la dimensión bíblica de la espiritualidad y de la santidad cristiana que vivió la nueva beata, bastará volver a escuchar algunas frases de su Autobiografía: «Ya no me consideraba dueña de mí, sino sólo guiada por aquel impulso que sentía en mi corazón, procedente de mi dulcísimo Amor, que todo lo poseía. ¡Oh Esposo mío!, decía yo, nadie me impedirá complacerte, nada me lo impedirá. Tú eres mucho más fuerte: dígnate indicarme el camino» (Autobiografía, 45).
Otra importante dimensión de la santidad cristiana es la dimensión cristocéntrica, que consiste fundamentalmente en la identificación con Cristo, en la configuración con él y, por tanto, en la conformidad con su voluntad. La nueva beata comprendió y vivió a fondo también esta dimensión de la santidad. En efecto, la configuración con el Señor y su total conformidad con su voluntad constituye uno de los pilares de su intensa espiritualidad. En las primeras Reglas y Constituciones de su instituto recordaba a sus compañeras: «No estamos en esta tierra más que para cumplir la voluntad de Dios y llevar almas a él» (Reglas y Constituciones 1845-1855, n. 7). En varias partes de su Autobiografía, en las que nos revela los caminos misteriosos por donde la llevaba el Espíritu, los espacios de inmensidad que engendraron celos y alegrías, sufrimientos y abrazos amorosos, se aprecia más claramente este deseo: «Me comparaba a mí misma, entregada a Dios, con el oro en manos de un orfebre y con la cera en manos de quien la modela, dispuesta a tomar cualquier forma que le agradara a él» (Autobiografía, 45).
Además de estas frases, que se refieren a su juventud, antes de entrar en el convento de carmelitas de Santa María Magdalena de Pazzi de Florencia, se pueden citar otras afirmaciones hechas en un período de tribulación, después de la fundación del Instituto, en las que decía: «Señor, por mí misma no puedo nada; y, aunque pudiera, no quisiera nada, porque mi único deseo es que se haga tu voluntad en mí, sobre mí, en torno a mí. Fiat voluntas tua. Si el Instituto debe proseguir con mi contribución, ayúdame y fiat; si debo abandonarlo e ir a ti, con el miedo de que deje de existir al morir yo, fiat; si quieres que siga viviendo y que, atribulada e impotente, vea que se deshace lo que he construido y obtenido, fiat. Sí, Dios mío, siempre repetiré: hágase tu voluntad. Fiat» (Autobiografía, 90).
Uno de los ejes de la espiritualidad de la beata madre Scrilli es la adhesión a Dios en el camino de la cruz. Todos sus escritos expresan de un modo sencillo, pero muy eficaz, esta convicción. Dice: «sufrir por amor». Y también: «En la oración, considerando las grandes ofensas que se hacían a Dios, fue tanto mi dolor, que le pedí con gran insistencia que me concediera sufrir, pues quería convertirme en víctima para repararle a él» (Autobiografía, 61). Este amor al sufrimiento y el deseo de reparar las ofensas que se hacían al Señor estaban sostenidos por una continua meditación en la pasión de Cristo. [...] Estas afirmaciones ponen de manifiesto que la madre Scrilli comprendía plenamente el misterio de muerte y resurrección con el que el bautismo marca a todo creyente, pero debe convertirse en programa de vida, itinerario de santidad, camino de transformación interior, especialmente para quien quiere tender a la perfección.
En la economía divina, la fuerza revitalizadora del carisma de todo fundador o fundadora está unida, de algún modo, a la vida propia del Instituto conservada y desarrollada con su auténtica originalidad en su carisma específico. Para responder a los anhelos de su tiempo, la madre Scrilli quiso dar a las jóvenes, en especial a las más indigentes, una preparación humana completa desde el punto de vista cultural, escolar y religioso, que respondiera a las necesidades de su vida específica de mujeres, preparándolas para un trabajo digno. Desde esta perspectiva, se puede comprender el carisma contemplativo-educativo que la madre Scrilli vivió y transmitió a sus hijas. Les pidió que, además de los tres votos acostumbrados -castidad, obediencia y pobreza-, hicieran un cuarto voto: el de «ofrecerse para bien del prójimo por medio de la instrucción moral cristiana y civil de las mujeres» (Reglas y Constituciones, 1854-1855, n. 1). [...]
fuente: Vaticano
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ingreso o última modificación relevante: ant 2012
Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: https://www.eltestigofiel.org/index.php?idu=sn_4732

miércoles, 13 de noviembre de 2019

Beata María Teresa de Jesús (María Scrilli), 13 de noviembre

Beata Maria Teresa Scrilli © Carmelitas.Org

Beata María Teresa de Jesús (María Scrilli), 13 de noviembre

Mística de la Pasión
«Fundadora del Instituto de Nuestra Señora del Monte Carmelo, gran contemplativa, mística de la Pasión. El anticlericalismo se cebó con su fundación, perseveró confiada en la divina Providencia y volvió a ponerla en marcha»
En esta beata se cumple maravillosamente el dicho de san Juan de la Cruz: «Donde no hay amor, pon amor, y recibirás amor».
Vino al mundo el 15 de mayo de 1825 en Montevarchi, Toscana, Italia, siendo objeto de decepción para sus padres desde el mismo instante en el que vio la luz. Las consecuencias de su desencanto al ver que en lugar de un varón tenían otra hija podían haber sido devastadoras para María, que creció desnuda de caricias y sin hallar eco maternal para su desdicha. Esa «espina que atravesaba su corazón», como ella misma relató en su Autobiografía, fue un compendio de dislates que estuvieron presentes ya en su bautismo y se mantuvieron vivos el resto de sus días. Aprendió a huir para no afrentar a su madre con su presencia, pero el perdón corría ya por sus venas y las delicadas atenciones que recibía su hermana no envenenaron su espíritu con sentimientos de animadversión, rivalidad, celos y envidia hacia ella. Sufría por la ausencia de amor, y éste lo halló en la Virgen María, a la que tomó como auténtica Madre.
Casi dos años tuvo que permanecer postrada por una extraña enfermedad, de la que sanó súbitamente en 1841 gracias a la intercesión de san Fiorenzo. Fue en esa época cuando se perfiló en el horizonte de su vida la consagración religiosa. Vivía sumida en profundas reflexiones: «Me comparaba a mí misma, entregada a Dios, con el oro en manos de un orfebre y con la cera en manos de quien la modela, dispuesta a tomar cualquier forma que le agradara a él». Movida por estos sentimientos, en 1846 ingresó en el monasterio de Santa María Magdalena de Pazzi, en Florencia, pero sólo permaneció en él dos meses convencida de que Dios le pedía atender al prójimo. Como siempre, todo lo que acontecía estaba en manos de Él. Y salió pertrechada con hondas determinaciones que habría de cumplir hasta el fin de sus días: «Pureza, pureza de intención. Buscar en todo complacer a Dios, hacer bien a los demás (esto también en Dios), y la abnegación de uno mismo. Todo basta para hacer un santo».
La sociedad en la que se movía daba la espalda a la religión, y estaba anegada de miserias y carencias que, como siempre sucede, son particularmente dolorosas e intensas para los menos pudientes. Ver a su alrededor tanta incultura y pobreza le movió a actuar. Y en 1849, después de convertirse en terciaria carmelita, en su propio domicilio creó un ambiente propicio para formar a las niñas que no tenían más morada que la calle. Las primeras privilegiadas fueron una docena de ascuas encendidas que alumbraban la esperanza de la futura fundadora, y tres idealistas y generosas profesoras que se unieron a su encomiable labor: Edvige Sacconi, Ersilia Betti y Teresa del Bigio. Las normas que estableció al principio eran comunicaciones verbales. Y así, en 1854, con toda sencillez nació integrado por ellas el Pío Instituto de Pobres Hermanitas del Corazón de María, que fue aprobado por el prelado de Fiesole. Entonces María llevaba ya dos años dirigiendo la Escuela Normal de Montevarchi. Las reglas que escribió para la Orden estaban impregnadas del carisma carmelita. Luego la obra cambiaría de nombre.
La devoción por la Eucaristía y por la Virgen caracterizaron a esta gran mujer, que sentía profundo anhelo de purificarse. Iba acompañado de un sentimiento purgante colmado de aflicción por los pecados del mundo y los alejados de la fe. Por ello no dudó en ofrecer sus sacrificios, reclamando la cruz inducida por ferviente oración. De hecho se la ha considerado una «mística de la Pasión».
La fundadora tuvo un encuentro tangencial con el papa Pío IX. Era el mes de agosto de 1857 cuando, en una visita a Florencia, el pontífice puso su mano sobre la cabeza de la beata, mientras ella permanecía arrodillada a sus pies. En su corazón tomó ese instante como signo de su aprobación. Poco antes había escrito en las reglas: «No estamos en esta tierra más que para cumplir la voluntad de Dios y llevar almas a él». Su lema fue un admirable «fiat» que cumplió en todo momento. En junio de 1859 las tropas del Piamonte arrasaron el convento y en noviembre fue suprimida la fundación. Las religiosas se dispersaron al ser secularizadas.
María no se desmoronó. Sabía que era obra de Dios y en 1878 nuevamente la puso en pie con el amparo del arzobispo de Florencia, monseñor Cecconi. Pero el futuro era oscuro como la noche. Se produjeron fallecimientos, abandonos y no florecía ni una sola vocación. Por si fuera poco, su brazo derecho, Clementina Mosca, se fue a un convento de dominicas. Pero el amor que profesaba la beata a Dios y a María no tenía medida, y abrazada a la cruz se ofreció como víctima propiciatoria por la fundación. Dios le tomó la palabra: enfermó de gravedad y voló al cielo el 14 de noviembre de 1889.
El Instituto quedó en manos de tres religiosas en condiciones hartamente difíciles: una anciana, otra casi paralítica y una novicia. Parecía el fin. Y entonces regresó Clementina, que tomó el nombre de María de Jesús, y fue considerada cofundadora de la Orden; con ella renació la obra como el ave Fénix, alumbrada desde el cielo por su mártir fundadora. En 1929 el Instituto fue reconocido de derecho diocesano por el cardenal Mastrangelo, y acogido en la Orden carmelita por el prior general, Elías Magennis, denominándose la obra Instituto de Nuestra Señora del Monte Carmelo. María fue beatificada el 8 de octubre de 2006 por el cardenal Saraiva, como Delegado de Benedicto XVI.