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viernes, 19 de mayo de 2017

Cardenal Carlos Osoro a los Escolapios: «¡Qué maravilla ver aquí, después de 400 años, el corazón de san José de Calasanz!» (10032017)

Viernes, 10 Marzo 2017 13:27

Cardenal Carlos Osoro a los Escolapios: «¡Qué maravilla ver aquí, después de 400 años, el corazón de san José de Calasanz!»

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El pasado 27 de noviembre de 2016 arrancaba un Año Jubilar para los Clérigos Regulares Pobres de la Madre de Dios de las Escuelas Pías, más conocidos como Escolapios. Hasta el próximo 27 de noviembre de 2017, conmemorarán el 400 aniversario de la fundación de la Orden por San José de Calasanz. Con este motivo, el Santo Padre les ha concedido la gracia de celebrar un Año Jubilar.
Este viernes, los padres escolapios de la provincia Betania en la diócesis de Madrid, junto a todos los alumnos de secundaria, profesores y personal de los centros calasancios de la capital, han participado en una solemne celebración de la Eucaristía en la catedral de Santa María la Real de la Almudena. Presidida por el cardenal arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, en la misma con concelebrado el padre Elías Royón, vicario episcopal para la vida consagrada en Madrid, Carlos Aguilar, vicario de evangelización, el padre Daniel Hallado Arenales, provincial de los Escolapios y numerosos sacerdotes.
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«Dios os ama entrañablemente»
En su homilía, el prelado, ha agradecido la fidelidad de todos los asistentes para celebrar «400 años de vida» de la Escuela Pía, «de esa presencia –en el mundo y en todos los continentes– que nació en Roma con tanta sencillez», pero «con una voluntad de querer hacer verdad lo que el Señor, en el Evangelio, nos dice». La voluntad, ha señalado, de «hacer ver que Dios quiere muy especialmente a los niños y a los jóvenes, que Dios os ama entrañablemente».
Acompañado delante del altar –y frente a la asamblea calasancia– por un grupo de chicos y chicos pertenecientes a la familia pía, el cardenal les ha animado a ser «capaces de dejar» que la Palabra del Señor cale en su corazón. En tiempos de san José de Calasanz, ha aseverado el arzobispo, «los pobres estaban por la calle, tirados»; y «cuando san José, en el Trastevere, empieza a acoger a aquellos niños, que eran pobres y que hacían torpezas, resulta que su corazón va cambiando». Así, ha aprovechado para preguntar a los congregantes: «¿No será que nosotros no estamos dando a los niños y jóvenes aquello que más necesitan?». A ejemplo de Jesús, que «les infundía su vida, su amor, su cariño, su amistad, su ocupación por ellos; eran importantes en su vida, decía que ‘de ellos es el reino’, y los abrazaba y los bendecía». Por ello, ha continuado, «Dios quiere hacerse presente en medio de esta historia para decir a los jóvenes y niños que son sus predilectos, que el reino quiere que lo hagan presente ellos».
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Un pueblo nuevo con un corazón de carne
«¿No es esto bonito?», ha apuntado el prelado. «Dios os abraza, os quiere, no es un cuentista, si le dejáis cambia vuestro corazón», y «quiere haceros miembros de su pueblo». Un pueblo nuevo «de hombres y mujeres que seamos capaces de tener un corazón de carne, que se enternece ante las necesidades de los demás, que se abre a todos los hombres». Y qué maravilla ver aquí, ha destacado, después de 400 años, «el corazón de san José de Calasanz», que «se ha ido por todas las partes de la tierra a decir a los jóvenes: ‘¡Sois los predilectos de Dios, os quiero!’ Tenéis que cambiar este mundo».
En medio del silencio sepulcral que mantenía en vilo a una catedral repleta, el prelado ha vuelto a interrogar a aquellos que permanecían a su lado, en el altar: «Dios, que se revela en Cristo, ¿hizo daño a alguien o a todos los que se acercó intentó hacerles bien?». Ángel ha acentuado que «Jesús no hizo daño a nadie», allanando el camino de la fe al prelado para que éste completase que, cada uno de los allí presentes, tiene «la vida de Jesús en su vida»; por tanto, «renovad la mente, el corazón y la vista para ver al hermano en lo que es, imagen de Dios». Como san José de Calasanz, que «cuando fue a la escuela, acogió a todos, porque son hijos de Dios» y «no hay mejor manera que esta para celebrar los 400 años».
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Con el estilo y la manera de Calasanz
Finalmente, les ha alentado a quedarse tres detalles: «Jesús hoy, con san José de Calasanz, os dice que os quiere, que sois un pueblo –el pueblo de Jesús–», Él «quiere mostrar a los hombres que el reino de Dios no deshace a nadie y es de verdad, amor y justicia», y que «desea que cambiemos nuestro corazón y nuestra mente». El regalo más grande que puede hacernos alguien, ha concluido, «es decirnos estas cosas, y hoy os las ha dicho Jesús». Por tanto, «que conrinuéis siguiendo los consejos de Jesús, con el estilo y la manera de san José de Calasanz».
Infomadrid / Carlos González

viernes, 28 de abril de 2017

Homilía del cardenal Osoro en la apertura del Año Santo Lebaniego (23-04-2017)

Homilía del cardenal Osoro en la apertura del Año Santo Lebaniego (23-04-2017)

  • Hermanos y hermanas:
Que la Cruz sea signo de esperanza para todos los hombres, revelando al mundo el amor invencible de Cristo. Desde este lugar donde la belleza que la propia naturaleza entrega, la aumentamos contemplando en este Año Santo el Lignum Crucis, y deseando dar la belleza verdadera que viene de Cristo: ¡Qué bien nos hace contemplar la Cruz! ¡Cuánto bien hacemos regalando la gracia de besar y adorar, este trozo de la Cruz del Señor! Cuando la besemos y adoremos, sed conscientes de que estáis dando un beso a todas las llagas de Jesús que se dan en esta humanidad y en el rostro de tantas personas y situaciones.
Querido D. Manuel, obispo de Santander, gracias por hacerme este regalo de poder estar aquí en estos momentos, en la tierra que nací y me dio lo mejor que tengo en mi vida que es la Vida de Cristo. Veinte años de mi vida subí todos los meses a este santuario mientras fui vicario general. Y en el último Año Santo siendo arzobispo de Oviedo y administrador apostólico de Santander en sede vacante, tuve la gracia de cerrar la Puerta Santa. Gracias de corazón.
La Palabra que el Señor hoy a través de la Iglesia acerca a nuestras vidas, es un marco de una belleza singular, para situar este Año Santo Lebaniego. Creo que el Señor nos invita a vivir esta gracia singular en tres perspectivas:
1. Entremos por la Puerta que es Jesús e invitemos a entrar a todos los hombres: No estemos con miedo, los discípulos primeros, tenían cerradas las puertas por miedo. Por eso, se nos dice en el Evangelio: «que estaban los discípulos con las puertas cerradas por miedo a los judíos y Jesús entró en medio de ellos» (Juan 20, 19). Se convierte Jesús para ellos en Puerta verdadera que quita y elimina los miedos. Cristo abrió puertas, se convirtió en la puerta verdadera por la que hemos de entrar todos los hombres. Hagamos creíble al Señor, con nuestra vida. Hagamos una Iglesia de puertas abiertas como nos está invitando a hacer el Papa Francisco. Con las iglesias abiertas, con el corazón abierto a todos los hombres, con obras y palabras. Miremos los escenarios del mundo en el que vivimos, los desafíos que tienen los hombres en todas las partes de la tierra. ¿Cómo estamos los hombres en esos escenarios y cómo afrontamos los desafíos? ¿Estamos con las armas que nos entrega Jesús para afrontar nuevas relaciones, nuevos caminos, para hacer posible que la familia humana sea verdadera familia, donde todos busquemos la fraternidad, salidas para todos, donde creemos puentes y no hagamos muros que nos separan y nos dividen? Hoy, aquí en Liébana, una vez más, Cristo nos dice que es la puerta verdadera y nos recuerda que nuestra tarea es esta: «id y haced que todos los pueblos sean mis discípulos [...] enseñadles a observar todo lo que os he mandado» (Mt. 28, 19-20).
Invitados a entrar por la Puerta que es Cristo para hacer esa «salida misionera», a un mundo que tiene necesidad de encontrar otra manera de vivir. Porque lo viejo ha pasado y lo nuevo ha comenzado. Salgamos de la comodidad y atrevámonos a llegar a todos los lugares geográficos o existenciales en los que es necesario que entre Jesucristo para regalar su Luz y su Vida. Entremos en la dinámica del Señor de tomar la iniciativa, en la dinámica del don, de salir de nosotros mismos. Hay que vivir la intimidad con Jesús que es itinerante, que acompaña, que involucra, que sale al encuentro de todos los hombres y se pone de rodillas para lavar los pies a todos los hombres; que achica distancias, que se abaja; que asume la vida humana, que acompaña a los hombres en todos sus procesos por muy duros y prolongados que sean; que sabe de paciencia, que sabe gozar, festejar y celebrar; que extiende el bien. ¡Cuántos paisanos nuestros salieron de nuestra tierra a otros lugares del mundo en búsqueda de trabajo y nuevas perspectivas, pero llevaron con ellos a Jesucristo, su salida fue por necesidad, pero nunca olvidaron que había de ser también una salida misionera, entregaron la fe, construyeron familias cristianas, regresaron los que pudieron y sus obras fueron embellecer la fuerza de la vida cristiana.
2. Dejemos que Jesús esté en medio de nosotros, acojamos su paz: Nos lo dice Él, se puso en medio de los discípulos y les dijo: «Paz a vosotros». Entremos a tomar conciencia de lo que significa esta paz de Jesús. La paz es su vida que nos la regala. Qué fuerza tienen las palabras del Concilio Vaticano II, cuando nos dice que «toda la renovación de la Iglesia consiste esencialmente en el aumento de fidelidad a su vocación [...] Cristo llama a la Iglesia hacia una perenne reforma, de la que la iglesia misma, en cuanto institución humana y terrena, tiene siempre necesidad» (Decreto Unitatis redintegratio, 6).
Que Cristo se ponga en medio de nosotros, para que así transformemos nuestra vida y hagamos una opción misionera, donde tengamos la valentía de cambiar todo lo que sea necesario con tal de convertirnos en cauce adecuado para la evangelización de todos los hombres: escuchemos la Palabra; crezcamos en la vida cristiana, en el diálogo, en el anuncio, en la caridad y generosidad, en la adoración al Señor, y celebremos la fe con tal fuerza que nuestras comunidades se conviertan en santuarios donde todos los hombres puedan beber para seguir caminando. ¿Cómo despertar la grandeza y la valentía para seguir a Jesucristo afrontando todos los desafíos que hoy tenemos los hombres? Nunca dejemos la persona de Jesús y la Buena Noticia por Él proclamada, que sigue fascinando.
Arriesguémonos a presentar y a anunciar a Jesucristo. Este Año Santo es una oportunidad y una gracia. Quien no se arriesga no camina. ¡Bendito sea el Señor! Mas nos equivocaremos si nos quedamos quietos. Nos lo dice el Señor, junto a su Paz regalada, nos envía: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Despertemos los impulsos del corazón que quiere siempre más, hagamos ver que la fe no es un refugio para gente pusilánime, sino que ensancha la vida, nos hace descubrir una gran llamada, la vocación al amor y nos asegura que el amor es digno de fe, que vale la pena ponerse en sus manos, porque está fundado en la fidelidad de Dios, más fuerte que nuestras debilidades (Lumen fidei, 53). Y esta fe ilumina todas las relaciones sociales y contribuye a construir la fraternidad universal entre los hombres y mujeres de todos los tiempos (Lumen fidei, 54).
3. Llevemos a todos los hombres la alegría del Evangelio: ¡Qué palabras más certeras! Cambian nuestra manera de vivir y hacer: «Y los discípulos se llenaron de alegría de ver al Señor». Hermanos, la humanidad vive una nueva etapa de la historia. No es que se esté fraguando, estamos ya en ella. Son de alabar los grandes avances realizados en los ámbitos de la salud, la educación o de la comunicación, pero no olvidemos que hay muchos hombres y mujeres que viven en precariedad con consecuencias funestas: miedo, desesperación; la alegría de vivir se apaga; la falta de respeto y la violencia crecen. Hoy, desde este lugar, abriendo la Puerta Santa que representa a Jesucristo, hemos de decir contemplando la Cruz, no a una sociedad materialista, egoísta, que solo busca el poder y el tener; que mata porque excluye. No puede ser que sea noticia la caída de dos puntos en bolsa y no lo sea un anciano que muere de frío o un niño que muere de hambre. No hagamos un mundo con sobrantes, todos somos necesarios e iguales en dignidad. No reduzcamos al ser humano a una sola de sus necesidades como es el consumo. No ignoremos la ética de servir a los hombres en todos los aspectos de sus vidas, su igualdad en dignidad, que hace que se den oportunidades a todos y se erradique la violencia. Ante la Cruz del Señor, donde se manifestó públicamente el poder de los hombres y la grandeza del poder de Dios, no asistamos dormidos a reduccionismos absurdos del ser humano; ya que ninguna dimensión de este es secundaria y, por ello, la fe y la misma Iglesia no pueden quedar en el ámbito de lo privado y de lo íntimo. Insistamos en la propuesta cristiana de reconocer al otro, de sanar heridas, de construir puentes, de estrechar lazos, de ayudarnos mutuamente a llevar las cargas. Hagamos percibir que una cultura popular evangelizada tiene valores de fe y solidaridad que provocan el desarrollo de una sociedad más justa.
Hermanos, los hombres y mujeres de Cantabria han sabido dar lo mejor de sí mismos, también cuando salieron a otros lugares del mundo. Salieron regalando lo que aquí, en nuestra tierruca, tiene más valor: una manera de entender la vida y el valor del ser humano, fraguado todo en una fe sencilla y profunda que tiene manifestaciones reales en nuestros valles; donde la Madre de Dios nos invita a contemplar siempre a nuestro Señor en la Cruz y ver así el arma con la que podemos transformar el mundo. Con fotografías diversas de nuestra Madre, en sus distintas advocaciones, hemos querido que sobresalga una que nos une a todos: la Bien Aparecida. ¡Qué alegría llamarla así: Bien Aparecida! En esta advocación nos recuerda siempre: «Haced lo que Él os diga». ¿No es esto llevar la alegría del Evangelio?
Contemplar la Cruz es una gracia del este Año Santo. Es un misterio desconcertante la Cruz: «tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito» (Jn 3, 16). Y este misterio es el que la Iglesia Diocesana de Santander, desea presentar y regalar a todos los hombres, como tan bellamente nos dice nuestro obispo de Santander en su carta pastoral con ocasión del Jubileo: «Nuestra gloria, Señor, es tu Cruz». Cuando pasemos a adorar o besar la Cruz, decid en lo profundo de vuestro corazón: «nuestra gloria es tu Cruz, por mí Señor hiciste esto. Gracias. Haz que yo quite el sufrimiento y el dolor por los hermanos con tu mismo Amor. Que sea tu Amor mi arma para cambiar este mundo». Con Cristo se vence. El egoísmo, con la generosidad; el mal, con el bien; el odio, con amor; la guerra, con la paz.
El Año Santo Lebaniego, es una invitación a todos los hombres a vivir en esta situación histórica, donde el Señor nos sigue diciendo: «Venid y veréis». Donde el Señor nos dice como a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tus manos y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». En esta situación que vivimos los hombres, marcada por la fragilidad, el pecado, la muerte, la división, la guerra por partes como dice el Papa Francisco, el sufrimiento de quienes carecen de lo más necesario o de familias enteras que tienen que salir de sus países porque peligran sus vidas y a veces no encuentran acogida… el Señor nos dice: «No seas incrédulo sino creyente».
Contemplad la Cruz, es nuestra gloria: en ella vemos cómo el amor es más fuerte, el amor da vida, el amor hace florecer la esperanza en el desierto. Ayúdanos y que todos puedan encontrar ese amor que necesitan, que protege a los indefensos y a quienes están sometidos a la explotación y abandono. Que conforte a quienes han dejado su tierra. Que cesen todas las guerras. Hoy recordamos especialmente a Siria, Irak, República Centroafricana, Nigeria y Sudán, y pedimos que en Venezuela se encaminen los ánimos hacia la reconciliación y la concordia fraterna. Que toda la comunidad internacional haga un esfuerzo para impedir la violencia y construir desde la unidad, el diálogo. Hoy también, como Tomás, te decimos: ¡Señor mío y Dios mío! Amén.

viernes, 14 de abril de 2017

Homilía del cardenal Osoro en la Misa del Domingo de Ramos (9 de abril de 2017)

Homilía del cardenal Osoro en la Misa del Domingo de Ramos (9 de abril de 2017)

Querido vicario general, vicarios episcopales, deán de la catedral, cabildo catedral, queridos seminaristas. Representante de la presidenta del Gobierno de Madrid, doña Cristina Cifuentes. Representantes del Ayuntamiento, que se han querido hacer presentes aquí. Señor embajador de Filipinas, muchas gracias por su presencia. Queridos hermanos y hermanas todos:
Es un día singular y especial para todos nosotros esta fiesta del Domingo de Ramos. Y digo especial para todos porque expresa de alguna manera, incluso en el recorrido que hemos hecho en esa procesión llevando los ramos, el deseo más grande del ser humano de encontrar a alguien que nos haga vivir en la paz, en la reconciliación; que nos entregue la vida para ver más allá de nosotros mismos, que nos dé esa capacidad para entender y descubrir cada día con más hondura que los otros, quienes están a mi lado, son hermanos.
Hermanos: el Salmo 21 que hemos proclamado nos decía que contaríamos la fama del Señor a nuestros hermanos. Esta es la gran invitación que el Señor nos hace en este Domingo de Ramos a todos nosotros. Lo habéis escuchado en la primera lectura que hemos proclamado, del profeta Isaías: el Señor nos abre el oído, nos hace estar atentos; atentos a las necesidades de los hombres; atentos, como veíamos en el Evangelio que en el inicio de la procesión proclamábamos: aquellas gentes de Jerusalén sencillas vieron cómo Jesús era distinto, cómo entraba en un borrico que representa la sencillez, la pequeñez, la cercanía a los hombres, la capacidad de entrega. No entraba como lo hacían los reyes de Jerusalén, en caballos, signos de poder y de fuerza. Él entraba con otra fuerza distinta, y es la que quiere que tengamos también nosotros, miembros vivos de la Iglesia, cuerpo de Cristo que tiene la misión de entrar también en este mundo, lleno de heridas, de rupturas, de enfrentamientos. En todos los continentes hay enfrentamientos, hay guerras queridos hermanos. Dios es necesario. Dios no es una anécdota. El Dios cristiano que nosotros predicamos y en el que creemos no es un Dios de muerte: es un Dios de vida, es un Dios de reconciliación, es un Dios que no utiliza la fuerza para hacerse presente entre los hombres. Utiliza el amor, la entrega de sí mismo, y es la que quiere que utilicemos nosotros, los discípulos del Señor. El Señor hoy nos abre el oído. El Señor nos ha dicho en la carta a los Filipenses que hemos escuchado que se despoja de su rango. Sí: siendo Dios, teniendo el poder y la gloria, habiendo hecho todo lo que existe, se hace hombre, está con nosotros, es un Dios con nosotros que hace el camino de esta vida. Y en esta vida se encuentra con que los hombres, lo padece Él mismo, utilizan la fuerza de su poder para liquidar la vida. Y Él, sin embargo, nos invita a hacer lo que Él hizo: dar la vida para que los hombres, todos, tengan esa vida.
Es un Dios que entra en el mundo. Es la Iglesia de Jesús, de la que nosotros somos parte, que tiene que entrar en el mundo. Y que tiene que entrar en el mundo como nos dice el Señor: vosotros sois la sal de la tierra, vosotros sois la luz del mundo; no se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de la casa. Y que alumbre vida, y que alumbre reconciliación, y que alumbre paz.
Queridos hermanos: lo veíamos en el Evangelio que hemos proclamado antes de la procesión. Las gentes salían al encuentro de Jesús, porque todo ser humano necesita a alguien que no le dé muerte, que le dé vida, que le impulse a vivir, que le impulse a entregar lo mejor de sí mismo. Nosotros, discípulos de Cristo, tenemos la vida del Señor por el bautismo. Tenemos esta vida. Nos invita, queridos hermanos, a hacer su camino. Qué bien describe el Señor este camino en la Pasión que acabamos de escuchar. Qué bien lo describe el Señor. Él pasa por los poderes de este mundo. Ve y nos hace ver cómo se sitúan los poderes de este mundo; incluso cómo se sitúan los discípulos de Él, que han estado viéndole a Él. No abandonan. Es fácil entrar en la dinámica de este mundo, que es la dinámica de la fuerza, la dinámica de la guerra, la dinámica del enfrentamiento, la dinámica de ver siempre en el otro al enemigo y no ver al hermano.
Hermanos: Jesús entra en Jerusalén, y quiere entrar en todas las ciudades de este mundo. También quiere entrar en nuestro propio corazón, porque es Aquél que nos puede hacer salir de la esclavitud y hacernos partícipes de una vida más humana, con el verdadero humanismo que Él nos entrega, y más solidaria. Ante Él, nosotros hoy podemos preguntarnos, en el inicio de esta Semana Santa, en este día de ramos: ¿por qué caminos nos quiere conducir el Señor? ¿Qué espera de nosotros el Señor, queridos hermanos? ¿Qué espera de nosotros en este siglo XXI que hemos empezado? ¿Qué espera? ¿Espera que sigamos matándonos? ¿Espera que esta nueva Jerusalén, de la que nosotros somos parte, entregue al mundo y manifieste lo que necesita este mundo?
Recordemos, como os decía hace un instante: el borrico era el animal de la gente sencilla. Jesús no llegó a Jerusalén a caballo, como los grandes del mundo; se fue incluso con un asno prestado. Jesús, el mesías, el Rey, nos invita a vivir libres de toda ambición de poder, nos invita a vivir libres de ser importantes. Porque ya lo somos: somos hijos de Dios, todos. Nos invita a no vivir del tener; a vivir de la sabiduría que Dios nos regala cuando entra en nuestro corazón.
El mensaje del Domingo de Ramos es claro: es un Dios que se manifiesta y rompe todos los esquemas de los hombres. No es el Dios de los poderosos: es el Dios de todos los hombres. Y se acerca a los más abatidos, a los más pobres. No es el Dios de la grandeza: es el Dios que viene a nosotros lleno de paz y de mansedumbre, y nos ofrece el camino de la vida y de la paz. Hermanos: demos la mano a este Dios.
En Jerusalén, la gente alborotada se preguntaba: pero, ¿quién es este? Quizá la gente que lo seguía aquel día se formuló la pregunta fundamental que todos nosotros tenemos que hacer: ¿quién es de verdad Jesús? ¿Qué es para mí Jesús, personalmente? ¿Cambia mi vida, o me deja igual? ¿Cambia mi existencia? ¿Cambia mi mirada a los demás hombres, a todos? ¿Veo hermanos o enemigos? ¿Cambia mi vista? ¿Cambia mi corazón? ¿Le hace más grande? ¿Entran todos los hombres? ¿Me lleva al diálogo con todos, o a la ruptura, a poner muros? ¿Me lleva a la reconciliación o al enfrentamiento permanente? ¿Quién es para mí Jesús? ¿Qué ha hecho en nuestras vidas para traernos, como pasaba en Jerusalén, a todos alrededor de Él? ¿Qué ha hecho en nuestras vidas, queridos hermanos, para que todos los que estamos aquí estemos aquí? ¿Qué es lo que hace? ¿Qué quiere de nosotros?
Nos tendríamos que dejar siempre que esta pregunta sea la que en la vida se disuelva. ¿Qué ha hecho de nosotros? Hombres y mujeres nuevos, hombres y mujeres con la vida de Jesús, hombres y mujeres que estamos dispuestos a atravesar esta tierra, en los lugares donde estemos, y a encontrarnos con los demás, llevando la vida de Jesús.
Desde el fondo de nuestro corazón, yo quisiera que le dijésemos a Jesús esta mañana, todos nosotros: tú, Señor, viniste a nosotros en la humildad y en la mansedumbre; quizá todo lo contrario a lo que nos suele gustar a nosotros, que a veces cuidamos la imagen para aparentar más de lo que somos, para ser reconocidos y ser importantes. Bendito tú que vienes con tu paz; bendito tú que cuando entras en el corazón del ser humano le cambias, le haces pasear por este mundo de una forma distinta, le haces buscar por todos los medios el encuentro con los demás, y hacerles ver a los demás que son mis hermanos, que no estamos en este mundo para destruirnos, que estamos en este mundo para vivir y hacer de él una gran familia. Hosanna el Señor. Qué grito daban aquellas gentes de Jerusalén. Es el grito que da esta humanidad: quieren a Jesús, desean tener a Jesús aunque a veces ni lo conozcan; tienen ganas de tener ese Mesías, que les saque del atolladero y del enfrentamiento.
Que hoy podamos abrir las puertas de nuestro corazón a nuestro Señor, queridos hermanos. El Jesús que entró en Jerusalén viene a este altar. El Jesús que entró en Jerusalén hizo un pueblo, la nueva Jerusalén. Vosotros sois de ese pueblo, somos de ese pueblo, y tenemos la misión de hacer en este mundo lo mismo que Jesús: llevar la vida de Jesús. Acojamos al Señor. Llevémosle a Él. Celebremos esta fiesta, porque el Señor nos invita a una tarea: nada más y nada menos que entrar como Él en esta tierra para llevar su amor. Acoged a Cristo, hermanos. Amén.

miércoles, 15 de marzo de 2017

Homilía del cardenal Osoro en la apertura del Consejo General Plenario de las religiosas de la Asunción (12-03-2017)

Homilía del cardenal Osoro en la apertura del Consejo General Plenario de las religiosas de la Asunción (12-03-2017)


Quiero comenzar dando gracias a Dios por poder estar aquí, en la apertura de vuestro Consejo General Plenario. Un gran acontecimiento, aunque es verdad que no habéis salido en los periódicos, pero esto no significa que no sea un acontecimiento rico para la vida de la Iglesia.
El lema que habéis escogido es actual e imprescindible para la vida de la Iglesia. La llamada a la comunión y a la misión fue central en el Concilio Vaticano II, y aún hoy vuestro lema continúa con hondura: “Testigo del Dios Vivo, profetas de alegría. Que todos sean uno para que el mundo crea”.
Este lema revela una profunda realidad: que solo desde la comunión es posible realizar la misión. Pero nos podemos preguntar cómo realizar esta comunión y misión. Si os dais cuenta, esta llamada es la síntesis de todo el Evangelio, y de la palabra que nos ofrece la liturgia en este segundo domingo de Cuaresma. Las lecturas de hoy nos muestran el camino para realizarlo: la escucha. Deseáis escuchar al Señor, por eso os reunís: para escuchar lo que os quiere decir para el hoy de la congregación, bajo la perspectiva del carisma que el Señor regaló a la Iglesia por vosotras. Escucháis al Señor desde esa clave del carisma. Cuando pensaba y preparaba esta homilía, a la luz de la Palabra de hoy, veía tres realidades importantes.
Primera: para favorecer la misión y vivir la comunión es necesario salir de nuestra tierra.
La tierra somos nosotros mismos. El Evangelio tiene la capacidad de entrar en todas las culturas: en las que conocemos y en las que no. Para poderlo anunciar tenemos que salir de nuestra tierra, de nosotros mismos, y dejar hablar a Dios. Es de una hondura preciosa el texto del Génesis en el que el Señor le dice a Abrahán: «sal de la tierra, a la que te voy a mostrar». Se nos pide ir a la tierra donde están los hombres, se nos pide salir de nosotros mismos para entrar en Dios; solo así seremos su pueblo, el que hace según el parecer de Dios, y no según nuestro parecer o gustos. El Señor nos pide que vayamos a su tierra, tendremos para ello la ayuda de Dios. Si entramos en su tierra y dejamos la nuestra, seremos bendición. Por ello tiene una profundidad especial, en este encuentro que os reúne, esta llamada a la comunión y misión, llamada a ser testigos de un Dios no muerto sino vivo, y por eso somos testigo y profetas de alegría. Esta misión solo se puede hacer juntos, en la unidad, en la comunión; por eso es tan importante salir de nuestra tierra e ir a la tierra del nosotros.
Segunda: sal de tu tierra con la fuerza de Dios.
La lectura del apóstol san Pablo a Timoteo dice claramente cómo realizar esta llamada a la comunión y misión, cómo tomar parte de los trabajos del Evangelio: con la fuerza de Dios. Podemos darnos porque Dios en Cristo Jesús nos ha salvado. Nos llama a la vida, pero no a cualquier vida, sino a la de los santos, a la vida de Dios, que es el santo de los santos. Nos da su gracia y su amor, destruye la muerte, y por eso podemos regalar la vida a nuestra tierra, a nuestro mundo. Salir de nuestra tierra para entrar en la de Dios es posible por la misma fuerza que Él nos da. San Pablo afirma que el trabajo es duro: «toma parte en los duros trabajos del Evangelio»; y esto es posible porque le dice que lo haga según la fuerza de Dios. Aquí descubrimos la importancia que tienen para nosotros estas páginas del Evangelio, y de la Escritura que hemos escuchado, al comienzo del trabajo y la reflexión que vais a comenzar, que no debe ser teórica: debe ser de vida, desde la comunión y la misión. Os mueve el deseo de ser testigos del Señor y de vivir la alegría del Evangelio; de vivir la gracia de haber entrado en esta tierra que es Dios mismo; de ahí surge la alegría a la que estáis llamadas a ser profetas.
Tercera: dejándose envolver por su presencia
El Evangelio que acabamos de proclamar tiene una fuerza especial, nos dice cómo salir de la tierra con la fuerza de Dios. Jesús tomó a tres apóstoles, escogió a los más difíciles y tercos, a los que más dificultades tenían, porque quería hacerles experimentar algo especial. A nosotros también nos dice hoy cómo salir hacia la tierra a la que Dios nos llama, en esta nuestra tierra, su tierra:
1. Dejándonos llevar de la mano de Cristo. «Tomó a los apóstoles y se los llevó». Dejémonos también llevar y elevar; seamos dóciles. La docilidad es esencial para poder vivir este lema. Docilidad significa no dejarnos llevar por mis ideas, mis proyectos, lo que me gusta... Sino dejarnos llevar por la voz de Dios, que quizás nos lleva por lugares inimaginables.
2. Encontrándonos con el Cristo de la fe: «se transfiguró delante de ellos». Se transfiguró: esto significa que les hizo experimentar quién era con un rostro resplandeciente como el sol. Esta experiencia del encuentro con Dios era especial. Experimentemos también nosotros la verdadera felicidad, dejémonos invadir por su luz.
3. Nos reúnen personas, no ideas, que nos hablan en el presente, aquí; se rompen las fronteras, y se hace verdad lo que san Pablo dice: «No hay judíos, ni gentiles, esclavos o libres». Dejémonos invadir por la luz que viene del Señor, por la luz de la unidad y la comunión, que nos lanza a buscar a los hombres, desde donde estemos y donde están. Tenemos que salir a su encuentro, pero solo cuando entramos a la tierra de Dios nos dejemos invadir por Él.
4. Empolvemos nuestra vida con la nube de Dios, la que cubre con su sombra y su voz. Dejémonos envolver por el Señor, por sus gustos, por sus tareas, por su pensar, por su ver, por su oír. No busquemos lo que a nosotros nos gusta oír o ver; dejémonos envolver la vida entera por Dios. Déjate empapar por Dios.
5. Escuchemos con atención a Dios. Podemos estar entretenidos, pero se nos llama a la atención; la misma que llevó al buen samaritano a ver al herido en el camino, y provocó una respuesta de misericordia. Seamos como el buen samaritano, que acoge al otro hasta que es curado.
6. Dejémonos invadir por los sentimientos del buen samaritano; estamos llamados a escuchar su modo de pensar, de hacer, sus criterios, su modo de estar atento a las necesidades de los demás.
7. Escuchemos y así vayamos al mundo, bajemos de la montaña. Jesús nos levanta, nos dice «no temáis», y nos invita a ir al mundo, pero no para hacer lo que queremos, sino para anunciar el Evangelio. Da una indicación precisa a los discípulos, y a nosotros. Vamos a ver muchas cosas, dice el Señor, pero no contéis nada hasta que resucite, hasta que tengáis la experiencia del triunfo, que es lo que tenéis que regalar.
En este domingo en el que iniciáis los trabajos no es casualidad que hayamos tenido esta Palabra, escuchada en esta Asamblea formada por la General y su consejo, y tantas hermanas venidas de muchas culturas de nuestro mundo. Dejaos tocar el corazón. Que Dios os anime a salir, a entrar en la tierra del Señor, con su gracia y su fuerza. El Señor os dice la metodología, nos lo entrega en el Evangelio: experimentar la verdadera felicidad, contemplarlo a Él, nos impulsa a anunciarlo. Nos dice: Déjate envolver por mis criterios, mi modo de hacer; experiméntalo desde el carisma que te ha regalado en la Iglesia para el mundo. Salgamos sin miedo, porque el triunfo siempre es de Dios.
Tenemos una tarea que no es de los hombres: fuimos inspirados por el Espíritu para anunciar a Cristo nuestro Señor. Para que experimentemos la cercanía de Dios, y lo anunciemos a los hombres. Hoy podemos decir al Señor: «Tú, Cristo, has mostrado el rostro de Dios. Aunque el camino es oscuro, y por esa oscuridad nos da miedo, Tú eres la luz que nunca se apaga, Tú siempre estás aquí».
En este Consejo General Plenario se dirá algo nuevo sobre la comunión y la misión. Se nos dirá cómo ser testigos del Dios vivo y ser profetas de alegría. Ser profetas no es solo mostrar la alegría, sino anticiparla, mostrarla a los hombres viviéndolo en la Paz de Cristo.
Vamos a recibir al Señor dentro de un momento. Esto significa que no nos reúne ninguna teoría o idea, sino una persona. Tenemos la fe en un Dios que tiene la osadía de hacerse presente ahora, en la Eucaristía, y de entrar en cada uno de nosotros; tengamos también la osadía de decirle: Tú eres el que vives en nosotros, no yo. Él quiere realizar en nosotros y en nuestro mundo muchas cosas; allí donde estamos presentes, quiere darse. Abrámonos a Dios. Pisando Madrid, pisemos la tierra de Dios, pues para Dios no hay tierras extrañas ni extranjeras; en Dios todos somos hijos, y en Dios descubrimos lo que podemos hacer. Que el Señor bendiga vuestro trabajo.
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viernes, 10 de marzo de 2017

Homilía del cardenal Osoro en la Misa del Miércoles de Ceniza (01-03-2017)

Homilía del cardenal Osoro en la Misa del Miércoles de Ceniza (01-03-2017)


Ilustrísimo Señor vicario general, don Avelino, señor Deán, vicarios episcopales, cabildo catedral; queridos seminaristas; hermanos y hermanas todos.
Comenzamos, en este miércoles de Ceniza, este tiempo de Cuaresma. Este tiempo en el que el Señor nos va a permitir a todos nosotros experimentar su misericordia, su amor, su bondad, su compasión, su deseo de que nuestra vida esté limpia, el deseo del Señor de que volvamos a Él nuestro corazón. Solo nos hace falta reconocer que sin Dios no somos nadie; reconocernos pecadores, reconocer que el bueno siempre es Dios y que, solo en la medida en que nos unimos a Él, su bondad se refleja en nosotros.
Por eso, esa petición que juntos hacíamos al rezar el Salmo 50: Crea en nosotros, Señor, un corazón puro; renuévanos por dentro; no hagas que estemos lejos de tu rostro; que tu rostro sea espejo donde nosotros nos miremos; devuélveme además Señor esa alegría que nace de estar en comunión contigo; afiánzame; ábreme el corazón, los ojos, los labios, para poder acoger a todos los hombres, y acogerte a ti por supuesto, que me haces capaz de acoger a todos. Dame también tus ojos para ver la realidad que somos cada uno de nosotros, la que realmente has puesto en nuestra vidas; danos Señor tus labios para alabarte, para proclamar la grandeza de tu presencia y de tu amor.
Queridos hermanos: la misión evangelizadora nos pide a todos los discípulos de Cristo el desafío que requiere el Señor de nosotros: volver a Dios el corazón. Lo acabamos de escuchar en la profecía de Joel, en este texto que hemos proclamado: convertíos a mí de todo corazón; soy compasivo y misericordioso, perdono a todos los hombres. Convertíos de corazón, es decir, dar una versión nueva a vuestra vida; realizad la conversión personal, pero también una conversión en la que tú nos hagas salir a la misión de una manera nueva y diferente; salir a la misión para hacer hermanos, para mostrarles tu rostro. No podremos tener tu amistad sincera y abierta sin ti. Amistad que el Señor nos ofrece siempre: es incondicional, nos deja libertad para aceptarla o no. ¿Por qué no describimos con sinceridad y con verdad nuestras vidas? ¿Cómo es nuestra vida cuando la vivimos desde nosotros mismos y cómo es cuando la vivimos desde la amistad con Dios? ¿Es que no tenemos ese atrevimiento de hacer la prueba y de verificar en nuestra propia existencia la diferencia que existe entre vivir la vida desde nuestras fuerzas, desde nuestro polvo, desde nuestra nada, y de vivir la vida cuando tenemos amistad con el Señor, cuando damos una versión a nuestra vida como la que Él quiere y desea?.
Queridos hermanos, nos lo ha dicho el Señor: convertíos de todo corazón. La Iglesia nos ofrece en este tiempo de Cuaresma una oportunidad única; nos la da Dios: dejar la mediocridad y crecer en la amistad con Cristo. ¿Estamos dispuestos a hacerlo? ¿Estamos dispuestos a invitar a otros a hacerlo con nosotros?. El Señor nos ofrece su palabra.
Como habéis visto, en segundo lugar, el Señor nos llama a la reconciliación, como a través del apóstol Pablo hace un instante nos decía: actúo, decía Pablo, como enviado de Cristo, pero es Dios mismo el que os exhorta, os llama a la reconciliación, os llama a secundar su obra, es un tiempo favorable para vosotros. Y así lo acogemos nosotros, queridos hermanos.
La Iglesia nos ofrece este tiempo de Cuaresma, que es una oportunidad única; nos ofrece su palabra. Escuchemos al Señor, tengamos tiempo para escuchar al Señor. A nuestra vida vienen muchas palabras, y las hemos escuchado, y las seguimos escuchando; pero es verdad que dentro de esas palabras no son muchas las que promueven la verdad de nuestra vida. Hoy, el Señor nos invita a que le escuchemos a Él. Él quiere decirnos algo, quiere decirnos que llegue a lo profundo de nuestro corazón: nos llama a la reconciliación, a la amistad con Él, a vivir en la verdad de nuestra vida.
Por eso, como os digo en la carta que os he escrito esta semana, mi deseo es que en esta Cuaresma del año 2017 nos demos cuenta del gran desafío que a nuestras vidas el Papa Francisco nos propone en la exhortación Evangelii gaudium: vivir en la alegría del Evangelio, contagiar la alegría del Evangelio a los hombres, descubrir la novedad que tiene el ser humano cuando acoge al mismo Jesucristo, que es la alegría.
Es un desafío que requiere de nosotros la conversión sincera de nuestra vida; es un desafío que requiere pasar del pecado a la gracia, de nuestros proyectos al proyecto que Dios tiene para los hombres. Por eso, mi propuesta para todos los cristianos de nuestra Iglesia diocesana en esta Cuaresma es que nos convirtamos a llevar a todos los hombres la alegría del Evangelio, que demos esta alegría, animemos a otros a entrar en esta alegría, contagiemos esta alegría.
Como iglesia que somos, demos respuesta a los nuevos desafíos y necesidades que tiene el ser humano aquí y ahora. Es cierto que lo quieren todas las latitudes de la tierra, pero aquí tienen desafío. El ser humano cada día sabe menos quién es, se siente perdido. Y la Iglesia tiene que salir en nombre de Cristo a decirle al ser humano quién es: es hijo de Dios, es hermano de los hombres; tiene que crear una cultura del encuentro entre los hombres, no de la división, no de la dispersión; tiene que respetar al ser humano en todo. Y esto, hermanos, no se hace con recetas, no se hace con imposiciones; se hace con decretos; se hace con la ternura de un Dios que nos quiere, que quiere que vivamos según la imagen que Él nos ha dado; que quiere ofrecernos el rostro de Él mismo, manifestado y revelado en Jesucristo. Él quiere que vivamos la novedad de este rostro: novedad en ardor, novedad en método para vivir y para ser en este mundo libro abierto para otros; y novedad en expresión.
¿De qué conversión nos quiere hablar el Señor? ¿Cómo el Señor nos quiere decir a nosotros que, por una parte, como os decía antes, nos convirtamos de codo corazón y demos respuesta a la llamada que nos hace la reconciliación? Él quiere, como nos dice el Papa Francisco, que nuestra conversión sea la que vivió la samaritana, la que cambió la vida de Zaqueo; que sea una conversión de encuentro profundo con nuestro Señor Jesucristo. Se trata de realizar una conversión con tal novedad, con tal ardor, con tal fuerza, sin complejos de ningún tipo, que nuestro corazón sea distinto, sea otro.
Habéis escuchado el Evangelio. Tres acciones ayudan a la conversión. Las hemos escuchado muchas veces en este tiempo de Cuaresma, y al iniciar la Cuaresma. Tres acciones.
Una, hacer limosna. Pero, queridos hermanos, lo más difícil es darse: que mi vida sea limosna, que yo me dé a los otros. No solamente se refiere al dinero; es mi tiempo, es mi vida; dársela al Señor, y dársela a través de los que me rodean, de los que me encuentro en mi camino, de los que me gustan porque piensan como yo, y de los que no me gustan porque son muy distintos a mí. Darse. Hagamos limosna. Demos la vida, que es más difícil, hermanos. Gastemos la vida por el otro. No guardemos nada para nosotros mismos. Demos todo lo que Dios ha puesto en nuestra vida. Es una acción que ayuda a la conversión.
En segundo lugar, intensifiquemos la oración, el diálogo con el Señor, la amistad con Dios. Hay que tener tiempo para la amistad con Dios, queridos hermanos. A los amigos, a nivel humano, nos gusta verlos y amarlos, oírlos, escucharlos... Dios quiere que tengamos su amistad. Pero esa amistad hay que cultivarla, hay que darla tiempo, tiempo para escuchar al amigo. Dediquemos más tiempo a escuchar la palabra de Dios en esta Cuaresma. Hoy tenemos muchas facilidades para escuchar la Palabra, queridos hermanos. Tenemos, muchos de vosotros seguro, la Sagrada Biblia. Pero también los Evangelios que se publican, el Evangelio de cada día. Meditad esa Palabra. Es la gran noticia. La gran noticia, queridos hermanos.
Hoy, en el Twitter que yo he mandado, digo: «Generosidad, diálogo con Dios y ayuno nos despiertan a Verdad, a Dios». Y me unía con estas palabras al obispo Francisco, de Canarias, diciendo sus mismas palabras: «No todo vale». Lo que no construye y destruye la convivencia, no vale. Lo que hace reírse los unos de los otros, no vale. Destruye. No vale construir un mundo del ‘todo vale’. Intensifiquemos el diálogo con Dios. Muchas veces, cuando entréis a la Iglesia, cuando vengáis aquí, a la catedral, o a cualquier Iglesia, estad un rato con el Señor. A veces, solamente tenéis que decirle: «Aquí estoy, mírame, yo te dejo entrar en mi corazón». Y a veces no tendréis palabras. No solamente vayamos a Él a pedirle. Dejemos que Él nos pida. Que nos pida a nosotros.
Y última acción: vivid en ayuno, en austeridad. Queridos hermanos: cuanto más nos encontremos con los otros, con las personas, cuanto más salgamos a este mundo y veamos las necesidades de los demás, más austeros seremos. Cuando uno ve las páginas del Evangelio, todo un Dios que se hace hombre, que se acerca a los hombres; el rico que da toda su riqueza, y vive en austeridad total para que los otros sean más... Esto es vivir la Cuaresma.
Tres acciones que nos ayuden a la conversión. Que nos ayuden a reconciliarnos. Porque el Señor nos llama a esto, con Él y con los hombres, y a convertirnos de todo corazón.
Hermanos: lo nuevo es encontrarnos con Jesucristo. Tengamos ese tiempo de Cuaresma para vivir lo nuevo. Todo lo demás es viejo. Lo nuevo es Cristo, el hombre nuevo. Acojamos en nuestra vida al Señor como esta tarde, en este altar, Él se acerca a nosotros: el que es rico se hace pobre en un trocito de pan para alimentarnos a todos. Para que nosotros seamos cada día más. Él. Para que podamos decir con más fuerza aquello de Pablo: «No soy yo, es Cristo quien vive en mí». Este sería el itinerario de la Cuaresma. Que, al finalizar, todos los que estamos aquí y toda nuestra diócesis pueda decir: es verdad, ha estado más dentro Cristo en nosotros, lo he descubierto más, me he enriquecido más.
Tres acciones: limosna, oración y austeridad, ayuno.
Que el Señor os guarde, queridos hermanos. Que la Virgen, nuestra Señora la Real de la Almudena, nos ayude a acoger en nuestra vida al Señor como Ella lo hizo. Amén.
 

sábado, 17 de diciembre de 2016

Homilía del cardenal Osoro en la Misa por Mons. Echevarría (16-12-2016)

Homilía del cardenal Osoro en la Misa por Mons. Echevarría (16-12-2016)


Hermanos y hermanas:
¡Qué palabras nos ha regalado el Señor a través del salmo 102! Que el Señor nos haga oír y ver lo que Él es para nosotros siempre, produce tal alegría en nuestra vida, nos da tal consuelo... El Señor nos manifiesta claramente lo que Él es para nosotros: es compasivo, tiene pasión por el hombre, por todo ser humano; por ello se ha acercado y nos regala su rostro y la gracia necesaria para que vivamos según Él nos muestra. Esto tiene tal fuerza, nos da tales perspectivas, como nos dice el apóstol san Pablo cuando manifiesta que «en la vida y en la muerte somos del Señor», que la esperanza inunda nuestra existencia en todos los momentos de nuestra vida, también en la muerte y en el dolor.
Nos hemos reunido hoy aquí, en la catedral de la Almudena, para celebrar la Misa y ofrecerla por el padre, tal y como en la Obra familiarmente se le llama, por Mons. D. Javier Echevarría. Celebramos la muerte y resurrección de Cristo. En Él hemos triunfado. Su triunfo sobre la muerte nos ha sido regalado. Así lo creía el padre. En textos y cartas que os ha escrito, precisamente en este Año de la Misericordia que acabamos de concluir, le habéis escuchado que el Dios en quien creemos es misericordioso, que nos ama y nos quiere incondicionalmente y que, precisamente por eso, como hemos rezado en el salmo 102, no nos trata como merece nuestro comportamiento y tampoco nos paga según merecemos, sino que su ternura llega hasta el fondo de nuestra existencia. Porque sabe que estamos creados de barro y que, si valemos algo, es por su gracia que nos recompone siempre, por la fuerza y el amor con que Él llena nuestra vida si le dejamos entrar.
Conocéis muy bien la vida de Mons. Javier Echevarría, el padre. Nació aquí, en Madrid, el 14 de junio de 1932. Fue un colaborador incondicional de san Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei. Fue su secretario dese 1953 a 1975. Después, con el Beato Álvaro del Portillo, fue secretario general de la institución hasta su fallecimiento. El 20 de abril de 1994, san Juan Pablo II lo confirmó como prelado del Opus Dei y fue consagrado obispo el 6 de enero de 1995. Ha muerto este lunes, 12 de diciembre, fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe. D.E.P.
Tuve la gracia de conocerlo y contar con su cercanía y amistad. Puedo decir que siempre sentí la experiencia de su paternidad. La última vez que lo vi fue en el Consistorio en el que el Papa Francisco me creó cardenal y después, en la comida a la que invité en el Colegio Español. Sus palabras finales en las despedidas eran siempre: «Cuenta con mi oración, rezo por ti y por tu ministerio».
Una homilía de una Misa exequial es para orar y ofrecerla por quien hacemos memoria, en este caso por D. Javier. Es para ver el misterio de nuestra vida a la luz de quien para nosotros es el Camino, la Verdad y la Vida, esa luz que nos llega en la Eucaristía, participando de la Luz y la Vida que nos vienen de la muerte y resurrección de Cristo. Jesús revolucionó el sentido de la muerte. Lo hizo con su enseñanza, pero sobre todo afrontándolo Él mismo. «Al morir destruyó la muerte», repite la liturgia en el tiempo pascual. Nos dice Melitón de Sardes así: «Con el Espíritu que no podía morir, Cristo mató la muerte que mataba a todo hombre». De este modo el Hijo de Dios quiso compartir hasta las últimas consecuencias nuestra condición humana, para reabrirla a la esperanza. Es decir, nació para poder morir y así liberarnos de la esclavitud de la muerte. En esta celebración de la Eucaristía, participamos de la vida, muerte y resurrección de Cristo, nos hacemos contemporáneos de quien dio la vida por amor, de quien nos ha ganado y regalado su triunfo. ¿Dónde está la muerte? ¿Y dónde su aguijón? Como nos dice la Carta a los Hebreos, «gustó la muerte para bien de todos» (Hb 2,9). El amor operante en Jesús ha dado un nuevo sentido a toda la existencia del hombre y ha transformado el morir. Si en Cristo la vida humana es paso de este mundo al Padre (Jn 13,1), la hora de la muerte es el momento en que este paso se realiza de modo concreto y definitivo.
¡Qué fuerza tiene el poder contemplar a quienes se comprometen a vivir como Él! Esos son liberados del temor de la muerte que ya no muestra la mueca sarcástica de una enemiga, sino que muestra lo que san Francisco de Asís dice en el Cántico de las Criaturas, muestra el rostro amigo, de una «hermana» por la cual se puede incluso bendecir al Señor: «Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana muerte corporal». Por todo ello, quiero acercar a vuestra vida hoy estas realidades que acabamos de escuchar en la Palabra de Dios que hemos proclamado: 1) Enseñar; 2) Dejarnos conducir, y 3) Aprender.
1. Enseñemos con la sabiduría de Dios, para brillar en medio de la muerte por toda la eternidad (cfr. Dn 12, 1-3). Lo hemos escuchado del profeta Daniel cuando nos cuenta cómo oyó estas palabras del Señor. Ocuparse de los hombres, darles y acercarles la vida eterna, que es la que nos trae Jesucristo, despertar al ser humano de su letargo para que descubra lo verdaderamente importante en la vida, es la gran tarea a la que el Señor nos invita. ¡Qué bueno para nosotros mismos es poder decir un hasta siempre a hombres que han querido gastar la vida para enseñar y regalar la sabiduría verdadera! Gracias Señor por hacérnoslo ver hoy con tu palabra y con personas que han vivido con nosotros. Los límites que haya habido los eliminas tú con tu gracia y con tu amor. Pero te pedimos que reconozcas y acojas a quienes desearon con toda su alma enseñar y vivir con tu sabiduría.
2. Dejémonos conducir por el Espíritu de Dios, así percibiremos nuestra identidad: ser hijos de Dios y por ello hermanos de todos los hombres (Rm 8, 14-17). Vivamos de lo que por gracia se nos dio. No se nos ha dado esclavitud, sino libertad y amor. No se nos ha dado dispersión, eliminación o descarte, sino un Espíritu que nos hace sentirnos hijos y por ello llamamos a Dios Padre y, a quienes nos rodean, hermanos. ¡Qué vida más llena y más plena cuando vivimos con esta tarea entre manos! Nada más y nada menos que haciendo posible que esta humanidad sea una gran familia de hombres y mujeres libres. De habitantes de este mundo que nos sabemos comprometidos con la herencia que Dios mismo nos ha dado: sufrimos con Él, pero sabemos que somos también glorificados con Él.
Todo lo creado está expectante y el ser humano busca salvación, busca felicidad. Atrevámonos a acercar la vida de Dios, la que se nos ha manifestado en Cristo, que no frustra, sino que libera, que elimina la corrupción, que trae la esperanza, que se manifiesta en hacernos vivir en la verdad. ¡Qué hondura adquiere la vida humana y la historia de convivencia entre los hombres aquí, en este tiempo, cuando tenemos junto a nosotros personas que se dejan llevar por el Espíritu de Dios y junto a ellas experimentamos que se nos ha dado el título más grande: hijos y hermanos! Hijos de Dios y, por ello, hermanos de todos los hombres.
3. Aprendamos a vivir convirtiendo nuestra vida en una gran acción de gracias (Mt 25,1-13). Nos ha elegido, nos ha revelado, nos ha entregado todo por Cristo y en Cristo, en su cercanía y comunión eliminamos todos los cansancios. La acción de gracias no son solamente palabras que nosotros decimos más o menos largamente. Es toda una manera de vivir y de comportarse. Que comienza por experimentar que es necesario ser sencillo y hacerse pequeño. De alguna manera esto nos recuerda aquellas palabras del apóstol Pablo cuando habla de Jesús, que «siendo Dios no tuvo a menos hacerse Hombre». La humildad, sencillez y pequeñez son necesarias para tener esta experiencia fundamental en el ser humano para poner la vida en manos de Dios: saber y vivir con toda su profundidad que todo nos lo ha dado Dios y que nos lo ha manifestado a través de su Hijo. Que si queremos conocer a Dios hemos de acercarnos y contemplar a su Hijo. Gracias Señor por acercar a nuestras vidas personas sencillas, alegres, que se fían de Dios y que, por ello, se fían de los hombres, que crean confianza y dan cercanía. Junto a ellas experimentamos la necesidad de ir al Señor siempre para sentir ese alivio que nos hace y construye y eliminar de nuestro lado cansancios y agobios.
El Señor se hace presente ahora en este altar. Recibamos a quien es alivio en los cansancios y agobios. Recibamos a quien nos da sabiduría, a quien nos hace vivir con el título más grande: hijos y hermanos. Junto a Él vivimos la acción de gracias en plenitud. Y con Él sentimos el gozo del triunfo, ese tirunfo que esta tarde pedimos para Mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, con la conciencia clara y segura, la que el apostól Pablo nos dice:  «En la vida y en la muerte somos de Dios».  D.E.P. Amén.

jueves, 8 de diciembre de 2016

Homilía del cardenal Osoro en la Misa de la Inmaculada Concepción (cardenal Carlos Osoro) 08122016

Homilía del cardenal Osoro en la Misa de la Inmaculada Concepción


Hermanos y hermanas:
¡Qué día más grande y más importante para los cristianos! Hoy hacemos memoria del ser humano al que Dios mismo adornó con la belleza más grande. ¿Dónde está esa belleza? En haberla llenado Dios de plenitud; en haber dispuesto un ser humano que, limpio de todo pecado, lo acogiese en este mundo y le diese rostro humano. No podía ser de otra manera. Por eso, Ella es la «llena de gracia», la que vive la plenitud que un ser humano puede y debe tener. En Ella y a través de Ella la humanidad descubre cómo decir «sí» a Dios. Trae una manera nueva, absolutamente nueva de construir este mundo, de relacionarnos los hombres, de mostrar la belleza verdadera de todo ser humano: ser imagen y semejanza de Dios. María es la mujer que muestra con su vida que podemos hacer de la misma un «cántico nuevo», donde descubrimos la Verdad que busca todo ser humano, el Camino que todos deseamos encontrar y que nos lleve a buen puerto, donde tenemos la Vida que todos necesitamos. Y todo ello lo tenemos en Jesucristo, su Hijo, Nuestro Señor. Aquel que nació en Belén, cuyo nacimiento celebramos ahora en Navidad y recordamos que va a volver.
En María vemos las maravillas que hace Dios con la criatura humana, la victoria que alcanza el ser humano cuando se pone en manos del Señor. En Ella se revela la justicia de Dios que va más allá de toda justicia humana, pues la sobrepasa con su misericordia y su fidelidad. Dios nos quiere incondicionalmente y mantiene su fidelidad eternamente. No es extraño que la vida de la Santísima Virgen María, en esta advocación de la Inmaculada Concepción, se convierta en un himno que es preciso que contemplen todos los hombres para ver las consecuencias que tiene acoger a Dios en la vida y en la historia. María es muestra viva de la victoria de Dios, propuesta de aclamación, grito de salvación, llamada a vitorear y tocar la presencia de Dios entre los hombres (cfr. Sal 97).
Después de escuchar la Palabra de Dios, ¿qué es lo que el Señor nos quiere decir a través de la Inmaculada Concepción?:
1. Nos hace una pregunta: ¿dónde estás y que es lo que has hecho? Es la misma pregunta que hizo a Adán y Eva. Observemos su respuesta después de haber abandonado el proyecto de Dios: viven desde sí mismos y por sí mismos, desnudos, a la intemperie, al arbitrio de sí mismos, y con miedos tremendos. Pero esta pregunta se la hizo Dios a María y tuvo otra respuesta. Ella se ha abierto totalmente a Dios, es para Él. Quiere ser recipiente que contenga y dé a conocer lo que Dios quiere del hombre. Hoy vamos a atrevernos a que Dios nos haga esta pregunta y a dejarnos iluminar por la Inmaculada Concepción. ¿Dónde estás? ¿Qué haces? Contemplemos la vida y el mundo. Vivimos cambios profundos y acelerados, un desarrollo científico que, en estos últimos cincuenta años, ha llegado a cotas que en siglos no se habían alcanzado, pero también se da al mismo tiempo un desprecio a la vida. No hace falta ir muy lejos para verlo, pensemos que en la última guerra mundial hubo unos 50 millones de muertos y 50 millones de desplazados. Observemos que, en este siglo que hemos comenzado, como dice el Papa Francisco, vivimos una tercera guerra mundial por partes: matanzas, masacres administrativas, desplazamientos, violaciones de los derechos humanos... ¡Qué bueno que esta mujer, Madre de quien nos ha revelado el Camino del hombre, su verdadera Verdad, nos provoque en días previos a la Navidad! Sí, a que nos hagamos las preguntas que Dios hizo a nuestros primeros padres. ¿Dónde estás como persona y como responsable de una familia, de los destinos del pueblo, de la cultura, de la enseñanza, del bien de los demás, de salvaguarda de todos los derechos humanos? ¿Qué has hecho con los niños, con los jóvenes, con las familias, con los ancianos?
2. Nos conquista el corazón: ¿para qué estás en el mundo? Atrévete a mejorarlo, ¿por qué no lo haces como María? ¡Cuánto nos quiere Dios! En el Hijo de María e Hijo de Dios, nos ha bendecido. Es la persona de Cristo la que nos ha llenado de bienes que podemos regalar a los hombres. ¿Eres consciente de que has sido elegido, conquistado y destinado a ser santo, es decir, a dar rostro humano a Dios? En la persona de Cristo nuestro destino es ser y vivir como hijos de Dios, y, por ello, como hermanos. ¿Qué nos pasa para no saber lo que nos pasa? ¿Qué nos pasa para no ser capaces de vivir como hermanos? ¿Qué nos sucede para no construir la fraternidad? ¿Qué medidas han entrado a nuestra vida que no respetamos los derechos humanos más elementales que además hemos reconocido? Tiene que llenarse esta tierra de la gloria de la gracia de Dios. Y la llena de gracia nos ayuda, siempre está a nuestro lado. Es nuestra Madre.
3. Nos propone un modo de vivir: ¡Vive dándome la mano! ¡Deja que te acompañe! ¿Qué modo de vivir nos regala María? Es una manera de vivir singular, única. Haz la prueba de dejarte guiar por María. ¿Qué hijo no se deja guiar por su Madre? Esta propuesta tiene tres etapas: 3.1) Permiso: Como María da permiso a Dios para que pueda entrar en tu vida. Dios no entra sin más, pide permiso. María te enseña a ver cómo dio Ella permiso a Dios para entrar en su vida. El ángel, en nombre de Dios, la visita y le dice: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Y María dio permiso para que Dios entrase en su vida. Lo mismo tú. Dios te quiere, te ama. Déjale entrar, alégrate del amor que te tiene, prueba a abrir tu vida a Dios. Él no atormenta ni impone, pide permiso. 3.2) Conversación: no te impongas un silencio a tu vida que es dañino; el ser humano es diálogo, es encuentro. Deja que te pregunte, conversa, no temas, no te roba; al contrario, te enriquece, acepta su regalo que es su persona. La Virgen te manifiesta por propia experiencia que «nada es imposible para Dios». 3.3) Rostro: sé rostro de Dios en este mundo. Los rostros que damos los hombres ya sabemos lo que traen: son impositivos, crean distancias, dividen, discriminan, crean y hacen descartes. Atrévete a cambiar esta historia de verdad. Por ti mismo no podrás y te cansarás. Con Dios lo puedes todo. María te impulsa a regalar y poner la vida a disposición de Quien la da, la mantiene y crea comunión entre los hombres. Ella dijo: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Haz lo mismo, seamos valientes y audaces. ¿O es que la propuesta de ser hermanos y de hacer una casa común para todos no merece la pena? Ello solamente se puede hacer siguiendo a una Persona: Cristo. Él no es una idea. Síguelo.
El mismo que nació en Belén de María Virgen, el mismo que murió y resucitó, ahora en este altar se hace presente realmente en el misterio de la Eucaristía. Demos siempre de Él y a Él. Amén.

sábado, 26 de noviembre de 2016

Homilía del cardenal Osoro en la Misa de acción de gracias por su creación como cardenal (26-11-2016)

Homilía del cardenal Osoro en la Misa de acción de gracias por su creación como cardenal (26-11-2016)


Hermanos y hermanas:
Comenzamos el Año Litúrgico y damos gracias a Dios por este nuevo tiempo que nos regala para acercarnos más Él y buscar el ser más fieles testigos de la alegría del Evangelio. Un tiempo de esperanza se abre en nuestras vidas y un tiempo de gracia para realizar esa conversión que siempre, cuando ponemos nuestras vidas delante del Señor, anhelamos y queremos. Os agradezco vuestra presencia hoy aquí para dar gracias conmigo también al Señor porque el día 19 de este mes de noviembre el Papa Francisco creó cardenales para ayudarle en su ministerio como Sucesor de Pedro y entre ellos me eligió a mí. Doy gracias a Dios por esta elección. Bien sabéis vosotros que el cardenalato no significa una promoción o un honor, ni siquiera una consideración, es sencillamente un servicio que exige ampliar la mirada y ensanchar el corazón. Ayudar al Sucesor de Pedro, al Papa Francisco, mirando como el Señor las necesidades de todos los hombres que habitamos esta casa común que es toda la tierra y ensanchando el corazón para que puedan recibir la buena nueva sin retirar a nadie, teniendo el corazón de Cristo, que mandó a los discípulos entre los que se encontraba Pedro: «Id por el mundo y anunciad a todos los hombres el Evangelio». Este es el honor y la ayuda que el Papa Francisco me pide en estos momentos, que como comprenderéis y como en otras ocasiones os dije de otra manera supone trasplante de ojos y trasplante de corazón. Ayudar a Pedro que es el Papa Francisco a ver con la mirada y con el corazón de Jesús a todos los hombres y ayudarle a vivir su ministerio hasta dar la vida por el Jesucristo.
Hoy a todos quiero deciros:
1. Gracias por compartir conmigo esta alegría y esta misión. Como nos decía el Papa Francisco en una carta que nos escribía a los cardenales recién creados, «que el Señor te acompañe y te sostenga en esta misión que hoy la Iglesia te encomienda [...] Muchos fieles se acercarán para felicitarte y demostrar su alegría por esta designación [...] acepta este gesto de tus fieles y de tus amigos [...] Procura que este gesto luminoso de ternura no quede ensombrecido por ningún atisbo de mundanidad, de alegría mundana [...] la mundanidad es engañosa y apolilla el corazón, privándolo de la solidez y la ternura que debe tener un pastor [...] Deseo que tu servicio a la Iglesia sea luminoso, humilde, servicial y, sobre todo, un testimonio para el bien del pueblo fiel de Dios». Gracias por ayudarme a vivir todo esto.
2. Perdón por las veces que, junto a vosotros, no he sabido decir y vivir lo que el Papa Francisco tan bellamente nos dijo a los cardenales recién creados en su homilía con cuatro palabras: amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian, bendigan a los que los maldicen y rueguen por los que los difaman (Lc 6, 27-36). ¡Qué tarea más bella! Exigidme el cumplirla, rezad para que lo haga. Como el Papa Francisco nos decía, nuestra época se caracteriza por fuertes cuestionamientos e interrogantes a escala mundial, surgen la exclusión y la polarización como únicas formas posibles de resolver los conflictos. El desconocido, refugiado o emigrante o se convierte en amenaza o le damos el título de desconocido. La fuerza y el secreto de Jesús se esconde en que nos dice siempre que en el corazón de Dios no hay enemigos, Dios tiene hijos y nosotros si acogemos a Dios tenemos hermanos. ¡Qué bien nos viene recordar a nuestra madre Santa María en esta advocación entrañable de la Almudena, pues nos ratifica que lo nuestro es «haced lo que Él os diga», es decir, quitar muros, romper distancias y barreras. Dios nos ama aun cuando seamos enemigos suyos. Pedid por mí, para que nunca se cuele en mi vida el virus de la polarización y enemistad en las formas de pensar, sentir, y actuar.
3. Iniciemos el camino de la Esperanza y Conversión, que se convierte en compromiso. El tiempo de Adviento que hoy comenzamos así nos lo recuerda. Iniciamos un nuevo año litúrgico que nos dice que lo hagamos viviendo tres etapas: a) Caminando; b) Conversando y meditando y c) Con coraje de existir, es decir con esperanza. Las tres etapas hay que hacerlas al tiempo para poder vivir en esperanza y conversión permanente.
A. Caminando: No tengamos miedo, escuchemos al Señor que nos ha dicho «venid», «subid», convencidos de que Él nos instruirá en nuestros caminos, en lo que hagamos. Él tiene respuestas y salidas para todo y para todos. Pero no vayamos por cualquier senda, hemos de marchar por sus sendas. En este camino, todo lo cambia; de espadas hace arados para remover la tierra y que produzca más y puedan comer todos los hombres, de las armas para defendernos de los demás, de las lanzas, hace podaderas, es decir, va fraguando de tal manera nuestra vida que quita de ella todo lo que estorba al crecimiento humano que en definitiva es verdadero cuando nos hace ser más imágenes reales de Dios y con más capacidad para servir, para entregarnos, para vivir siempre mirando a los otros con la mirada de Jesús y con el corazón de Jesús. (cfr. Is 2, 1-5).
B. Conversando y meditando: Dándonos cuenta del momento que vivimos, de las necesidades y urgencias que tienen todos los hombres, de la necesidad de construir un mundo de hermanos, donde los más necesitados estén en primer lugar, donde Dios esté presente, ya que es el único que nos pregunta siempre: «¿Dónde está tu hermano?». Despertemos del sueño y veamos que la salvación se acerca, está a nuestro lado, cada día más cerca. La salvación es Jesucristo, que vino y se hizo hombre, ha resucitado, pero volverá. De Él es el día, no la noche ni las tinieblas. Por eso, conversemos con Él, escuchemos su Palabra. Dejemos que su Palabra, su presencia, su perdón inunde nuestra vida y nos haga ver que «el día se echa encima», que hay que «dejar las actividades de las tinieblas» que son las que implantan el egoísmo, el desentendernos de los demás, el no dejar sitio para los otros sea quien sea, el no descubrir que esta tierra es de todos y para todos. ¡Qué ánimo nos da el Señor! Al iniciar el Adviento, nos dice: «Pertrechémonos con las armas de la Luz», es decir, el mismo Jesucristo, ya que solamente Él es el Camino, la Verdad y la Vida. La invitación de san Pablo es clara, pues nos invita a «vestirnos del Señor Jesucristo».
C. Con coraje de existir, es decir, vivir con esperanza fundada en Jesucristo: Recordemos la profunda crisis económica y de paz, que lo es de valores, que estamos viviendo. Seguimos viviendo frívolamente en la manera de enfrentarnos con la vida. Dejemos que nos siga haciendo la pregunta Jesucristo, ¿vivimos despiertos o amodorrados en la rutina de cada día? El Señor nos invita a no vivir distraídos. No es que nos acuse, pero nos advierte: «Comprended que si supiera el dueño de la casa a qué hora de la noche viene el ladrón estaría en vela». A veces estamos distraídos de lo que es esencial. Y Jesús quiere que no nos distraigamos que «Él puede venir en cualquier momento o en cualquier situación». El Señor nos invita a vivir con coraje, a tener esperanza, la que Él nos da. Y nos pone dos ejemplos para que lo entendamos: el descuido de los contemporáneos de Noé y el descuido del amo de la casa, es decir, la llegada imprevista del diluvio y la del ladrón. Estas llegadas provocan ruina y destrucción. El Señor nos invita a vivir y a descubrir en este tiempo de Adviento conscientes del anhelo de paz, de justicia, de solidaridad, de la Vida que Dios ofrece en cada instante; nos invita a eliminar la cultura de la superficialidad. Nos invita a reaccionar con coraje y viviendo de una manera lúcida, abiertos a todos. Sí, «es hora de despertar del sueño», atrevámonos a vivir, a ser diferentes, a tener coraje de existir, con la existencia de Cristo. El Evangelio es una llamada a la esperanza en el Hijo del Hombre que viene. Se nos invita a renovar nuestra esperanza. En el mundo hay un oscurecimiento de la esperanza, hay mucho desorientado e inseguro, marcados por la nada, el sinsentido o la cultura del vacío que se manifiesta en el individualismo, en la vida intrascendente, la apatía, la frivolidad, la falta de utopías. El Papa Francisco nos decía que «la crisis mundial, que afecta a las finanzas y a la economía, pone de manifiesto sus desequilibrios y, sobre todo, la grave carencia de orientación antropológica que reduce al ser humano a una sola de sus necesidades: el consumo».
Que este tiempo de Adviento nos abra a la Luz que es Cristo, que cuando entra en nuestra vida la renueva. Digámosle con todas nuestras fuerzas: ¡Ven, Señor Jesús! Necesitamos que llenes nuestro corazón de esperanza y fortaleza, de tu Amor y de tu Alegría. Amén.