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viernes, 15 de mayo de 2020

José Moscati, un médico santo y entregado, muy adecuado para épocas de confinamiento y dudas 15052020

Atendió a los pobres e incurables, gratis, en la epidemia de cólera del s.XIX y toda su vida

José Moscati, un médico santo y entregado, muy adecuado para épocas de confinamiento y dudas

El doctor José Moscati en una escena de la película de 2007 - atendía a los enfermos pobres e incurables, a menudo completamente gratis
El doctor José Moscati en una escena de la película de 2007 - atendía a los enfermos pobres e incurables, a menudo completamente gratis
El pasado 12 de abril, en plena pandemia del coronavirus, con numerosos países decretando estrictos confinamientos, muchos celebraron el día del santo médico José Moscati, que murió en 1827 con sólo 47 años y canonizado en 1987. Popularizado por la película italiana de 2007 Moscati, el Médico de los Pobres, este santo dio ejemplo de generosidad, entereza y vocación a la santidad desde su oficio de médico. En la diócesis de Palencia lo han querido recordar con este texto.
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San José Moscati - Santos en tiempos de coronavirus
En las últimas semanas, en el contexto de la pandemia del coronavirus, los médicos y profesionales de la salud han adquirido un rol muy importante y están en el foco de atención de todo el mundo, ganándose merecidamente la admiración y el reconocimiento social.

En un contexto semejante se fraguó uno de los ejemplos de santidad laical más brillantes del pasado siglo: san José Moscati, napolitano, conocido como el “médico de los pobres”. Juan Pablo II, en la homilía de su canonización, en octubre de 1987, aseguró que “el móvil de su actividad como médico no fue, pues, solamente el deber profesional, sino la conciencia de haber sido puesto por Dios en el mundo para obrar según sus planes y para llevar, con amor, el alivio que la ciencia médica ofrece a los hombres, mitigando el dolor y haciéndoles recobrar la salud”.
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Una escena de la película de 2007: el doctor atiende a los enfermos considerados incurables
San José Moscati nace en 1880 en Benevento, Italia, en la misma ciudad y siete años antes que el padre Pío de Pietrelcina. Ingresó en la universidad para estudiar medicina, rompiendo una larga tradición familiar de abogados y juristas. A los 22 años se graduó con las mejores calificaciones de su promoción, con una tesis sobre la urogénesis hepática.
Terminada su carrera, fue elegido para trabajar en el hospital de los incurables de Nápoles, una institución que recogía desde hacía siglos a todos aquellos pobres que estaban desahuciados y que padecían enfermedades que en ese momento no tenían cura. Desde ese momento, su prioridad se convirtió en atender personalmente y con especial dedicación a cada uno de los enfermos a él confiados.
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Lo hizo con cuidado y reverencia, percibiendo en cada uno a un hermano que sufre, y tratando de descubrir y aliviar en ellos el rostro de Cristo que sufre, independientemente de su condición física, moral, social o familiar.
Debido a sus excelentes calificaciones y a su exquisito trato humano, recibió numerosas ofertas y promociones, tanto en el campo sanitario como académico, que rechazó decididamente.
Su intensa vida de fe le había llevado a descubrir que el plan de Dios para él era servir a los pacientes más pobres, a quienes nunca cobró dinero y siempre atendía con una sonrisa y sin darse importancia.
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José Moscati murió con 47 años, después de dedicar su vida a los enfermos
En 1906 el volcán Vesubio, situado a unos pocos kilómetros de Nápoles, entró en erupción, y a José Moscati le tocó organizar la evacuación de una filial del hospital en el que trabajaba, situado en Torre del Greco, a los pies del Vesubio. Muchos enfermos allí eran discapacitados, y el doctor Moscati no se limitó a dar órdenes y coordinar las operaciones, sino que él mismo cargó y puso a salvo a muchos enfermos. En cuanto terminaron las labores de evacuación, el techo del hospital se hundió.
Ayudó a muchos durante la epidemia de cólera que asoló Nápoles en 1911, tratando de investigar al mismo tiempo acerca del origen de la epidemia. Sus consejos y descubrimientos sobre la transmisión fueron muy útiles para limitar los daños y reducir el número de muertos.
Rehusó alistarse en el ejército y participar en la 1ª Guerra Mundial; prefirió, en cambio, organizar un hospital para los heridos, donde atendió personalmente a más de 3.000 soldados procedentes del frente de batalla.
Una de sus pasiones era enseñar a los futuros médicos: aceptó dictar lecciones en la facultad de medicina. No se conformaba con transmitir lo que ya está escrito en los libros, sino que partía de su propia experiencia con los enfermos, convirtiéndose en un ejemplo de profesionalidad y también en una fuente de inspiración vocacional para sus alumnos.
La fuente secreta de esta dedicación y amor radicaba en la eucaristía diaria y la oración. Se levantaba muy temprano para asistir a misa y comulgar, después de dirigía a las colonias pobres y barriadas para visitar a algunos enfermos, y a las 8.30h iniciaba su trabajo en el hospital.
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Estatua del santo médico en la iglesia de Gesù Nuovo de Nápoles

Antes de examinar a alguien o de realizar una investigación médica, se colocaba en la presencia de Dios y se encomendaba a Él. Tenía un amor especial por María y era muy devoto de una santa que había muerto unos pocos años antes, Teresita de Lisieux.
Su amor preferencial por los pobres le llevó a hacer una consagración total a Dios. Hizo un compromiso de celibato y de no casarse, para poder estar así más disponible para los enfermos y los que lo buscaban.
A muchos enfermos no cobraba por sus servicios, y a muchos otros devolvía la suma que habían pagado, aunque tuviera derecho por venir de lejos o a horas intempestivas. Aquellos que no podían costearse las medicinas, él mismo se las compraba.
Precisamente a causa de su radicalidad y fidelidad, la contradicción y la cruz no estuvieron ausentes de su vida: su aprecio por parte de los más pobres contrastaba con la envidia de algunos de sus colegas y estudiantes, y de los grupos masónicos de la ciudad de Nápoles.
Su visión de la persona y de la medicina, inspirada por la antropología cristiana, chocaba frontalmente con una visión materialista que se extendía cada vez más ampliamente en los ámbitos universitarios. Su desprecio por la fama, el éxito, el reconocimiento y el ascenso social le hicieron también objeto de burlas y desprecios.
Una selección de frases del santo, de sus cartas y escritos
Sus jornadas se prolongaban entre los muchos quehaceres, ante la cantidad de personas que atendía, pero a esto sumaba el tiempo dedicado a su estudio personal, para estar bien formado y no perder el paso de los avances médicos. Destacó como investigador y publicó numerosos de artículos científicos en revistas especializadas de la época, de Italia y del extranjero, participando así en el diálogo científico al más alto nivel, y demostrando con los hechos que no existe incompatibilidad entre ciencia y fe.
Participó en varios congresos médicos internacionales, y fue profesor libre en el Instituto de Química Fisiológica, de Química Médica, y director del Instituto de Anatomía Patológica, aunque nunca aceptó convertirse en profesor estable, para no tener que abandonar así el contacto directo con los enfermos.
La muerte le sorprendió el 12 de abril de 1927, sentado en el sofá, después de comer, a la edad de 46 años. Dicha poltrona y muchísimos de sus objetos se conservan en su parroquia, la iglesia del Gesù Nuovo, en el centro de Nápoles, regentada todavía hoy por los jesuitas, adonde acudía diariamente a misa y a rezar.
El Papa Juan Pablo II le canonizó en octubre de 1987, al término del Sínodo de los Laicos proponiendo su vida como un ejemplo luminoso de santidad laical.
Y terminamos con unas palabras de nuestro santo, habituado a tocar la carne humana doliente, a mirar cara a cara el sufrimiento, la enfermedad y la muerte: «La vida es un momento. El honor, las victorias, la riqueza y la ciencia se acaban. Los encantos de la vida pasan y solo el amor eterno permanece, la causa de todo acto de bondad. El amor nos sobrevive, porque Dios es amor».
Trailer de la película Moscati, de 2007

martes, 28 de abril de 2020

Abandonada de niña, hundida en depresión, ya casi sin fe, un versículo en Jueves Santo la transformó 28042020

El testimonio de inesperada efusión del Espíritu Santo de Rosa Cruz

Abandonada de niña, hundida en depresión, ya casi sin fe, un versículo en Jueves Santo la transformó

Rosa Cruz explica el momento que transformó su vida, la sacó de la tristeza y la lleno del gozo asombroso de Dios
Rosa Cruz explica el momento que transformó su vida, la sacó de la tristeza y la lleno del gozo asombroso de Dios
Rosa Mª Cruz Neila, profesora de educación secundaria, esposa, madre de 7 hijos y doctora en Bioética, es muy conocida en la Renovación Carismática Católica en España por haber servido en ella durante muchos años con su música. Sus canciones han ayudado a orar a muchas personas. En su juventud, Rosa dudaba de Dios y estaba hundida en la depresión, pero un versículo de la Palabra de Dios transformó su vida por completo.
Sin conocer nada de los ambientes carismáticos Rosa vivió entonces muchos "síntomas" del Espíritu Santo que se suelen asociar a la experiencia de efusión del Espíritu en grupos de oración carismática: alegría, alabanza espontánea, cantar y bailar para Dios, pasión por la Palabra de Dios ("leerla como quien espera la llamada de un novio") y deseo muy vivo de orar... Y todo ello, después de una época fría y desesperanzada. Rosa ha contado su testimonio en un vídeo difundido en el grupo de Facebook del Multifestival Laudato Si'.
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Una infancia con mucha soledad
Rosa se crió en Sevilla, estudiando en un colegio de religiosas de la Merced. Su padre, que nunca le manifestó amor paterno, abandonó el hogar familiar cuando ella tenía 8 años, y nunca volvió a contactar con su familia. Rosa pasaba mucho tiempo sola, casi no estudiaba, ayudaba a su hermana pequeña. Un día en la capilla del colegio rezó así: "Mira, Dios, yo no tengo padre, así que tú tendrás que ser mi Padre". Cada noche se iba a la cama llorando, pero desde esa oración experimentaba antes de dormir "incluso casi físicamente el abrazo de Dios, mi Padre".
Al pasar los años, se fue llenando de resentimiento y dureza. Exigía de los demás la misma dureza que creía tener. Por naturaleza quería ser creativa, pero su vida era monótona y eso alimentaba más su rencor. "Aquello fue malo para mí". Se refugió en la música.
A los 13 años, por primera vez, una persona -un religiosa- le preguntó: "¿qué te pasa?" Por primera vez habló de sus sentimientos, y empezó a ir a encuentros y retiros con las religiosas. Pensó en dar su vida a Dios "que nunca me ha fallado". No conocía familias cristianas. Ingresó en el noviciado de las religiosas y constató que tenía heridas profundas en su interior.
Depresión y separada de Dios
Rosa cayó en una depresión terrible. "No hablaba con nadie y llegué a creer que Dios no existía. Compuse una canción terrible que decía 'He perdido a Dios'. Estaba a punto de dejarme morir, de algún modo".
"Iba a misa como un autómata. Tampoco leía la Biblia ni nada parecido. Nadie me la había explicado. Un día, en la basílica de Begoña, la lectura de misa era Eclesiástico 2, del 1-12. Cuando la proclamaron, era como si Jesús mismo me hablara a mí, como si no hubiera nadie más".
"El oro se acrisola en el fuego, en el horno de la pobreza", resonaron las palabras. Y ella dijo a Dios: "Pues si me amas, si me estoy acrisolando en el fuego -que no sé bien lo que es- te desafío a que hagas algo bueno conmigo".
Unas palabras de Jesús la transforman
Pasó un tiempo y en Jueves Santo, retirada, le encargaron leer en su habitación la narración de la Pasión de San Juan. Ella rezaba a Dios pidiéndole que orientase a su hermano. "Conmigo no hay solución, Dios. No sé si existes, pero si existes haz algo bueno con él". Leyó a Jesús en Juan 13, que lavaba los pies de Pedro. "Lo que yo hago ahora no lo entiendes, pero lo entenderás más tarde", decía Jesús.
"En aquel momento fue como cuando en una habitación oscura se abre una ventana y la luz te ciega momentáneamente. No ves, pero sabes que ya no estarás nunca a oscuras. Fue una experiencia bestial, de amor, de presencia, de Espíritu Santo, que yo no sabía ni lo que era eso. Y en cosa de un mes, fui cambiando. Era 1989".
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Los efectos del Espíritu Santo
Rosa había cambiado mucho en pocas semanas. "Estaba en mi habitación y sólo quería dar gracias a Dios, alabar a Dios. Nadie me había explicado nada sobre oración de alabanza. Pero me apetecía levantar mis brazos, me apetecía postrarme y arrodillarme. Me levantaba de noche cuando no había nadie, me iba a la capilla y bailaba delante del Sagrario".
Un casete de Martín Valverde con dos canciones le acompañaban: "Vive Jesús el Señor" y "Aún en la tormenta". "Esas canciones me levantaban. Tuve la experiencia de que Jesús está vivo, que había entrado en mi habitación aquel día que leí la Palabra". Crecía en ella la decisión de perdonar y pedir perdón. "Necesitaba leer la Palabra de Dios varias veces al día, era como si te fuera a llamar tu novio por teléfono".
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Las religiosas le explicaron que el lugar de Rosa no estaba en esa congregación. Un tiempo después conoció un grupo de oración carismática. "Veía allí a todos alabar, y orar en lenguas -que yo lo había hecho sola en mi habitación sin saber lo que era eso- y me dije: 'estoy en casa'. A mí nadie me puede decir que la experiencia de Pentecostés no es verdad porque yo la viví a solas, cuando no sabía que era posible".
Con el tiempo Dios sanó sus heridas interiores, y Rosa pudo casarse, tener hijos, compartir su fe, ayudar a muchos a acercarse a Dios y a tener esperanza. En este vídeo, como en muchas ocasiones que puede contar su testimonio, Rosa canta una de las canciones que ha compuesto poniendo música a las palabras poderosas de Jesús.

miércoles, 22 de abril de 2020

Se hizo monja porque su marido quiso ser sacerdote... luego él renegó y la persiguió con saña 22042020

La sorprendente historia de Cornelia Connelly

Se hizo monja porque su marido quiso ser sacerdote... luego él renegó y la persiguió con saña

En el centro de la imagen, sentada, Cornelia Connelly con las religiosas de la congregación que fundó.
En el centro de la imagen, sentada, Cornelia Connelly con las religiosas de la congregación que fundó.
Cornelia Connelly (1809-1879) siempre hizo suya, con una entrega absoluta, la que entendía como voluntad de Dios, al precio de las cruces que fueran. Incluso las más imprevistas. Si un día es elevada a los altares, su historia figurará entre las más rocambolescas en el libro de los santos... donde no escasean las historias rocambolescas.
Cornelia Peacock nació en Filadelfia (Estados Unidos) en 1809 como la hija más pequeña de una familia numerosa presbiteriana en buena posición económica, lo que le permitió recibir una buena educación. Perdió a su padre con 9 años y a su madre con 14. A partir de entonces empezó a vivir con Isabella, hija de un matrimonio anterior de su madre, y con su marido Austin, cuyo hermano era pastor de una comunidad episcopaliana que Cornelia empezó a frecuentar.
Pierce Connelly (1804-1883): el gran error en la vida de Cornelia.
Allí conoció a un predicador, Pierce Connelly, cinco años mayor que ella, con reputación de orador "intenso, elocuente y dramático", además de "guapo y fascinante" con quien se casó en 1831 a pesar de la oposición de Isabella, por razones que siguen siendo desconocidas. Tal vez adivinó en él la ambición que al cabo de unos años llenaría de dolor la vida de su hermanastra y le arrastraría a él hasta el abismo.
Cornelia, en la época de su boda.
Poco después de casarse, a Pierce le destinaron a Natchez (Mississippi), donde el matrimonio se instaló y vivieron, en palabras de su hermana Mary, como "el matrimonio más feliz imaginable". Ambos se volcaron en sus tareas de pastor y de esposa del pastor, y tuvieron dos hijos.
El camino hacia la Iglesia
Entre 1833 y 1834 se dieron tres circunstancias que agitaron el alma de Pierce: una, que él quería ascender en la jerarquía episcopaliana y su absorbente trabajo en una zona enorme le impedía ese paso; dos, que tuvieron lugar en varias zonas del país graves episodios de violencia anticatólica que a él le parecían incompatibles con el protestantismo; y tres, que conoció a un caballero católico francés, Joseph Nicholas Nicollet, con quien trabó buena amistad y mantuvo numerosas conversaciones sobre religión.
Joseph Nicolas Nicollet, célebre topógrafo y explorador.
Pierce y Cornelia empezaron a leer sobre el catolicismo y se dieron cuenta de que sus prejuicios eran erróneos. En 1835 él volvió a fracasar en su intento de ser obispo, y aumentó su decepción, hasta el punto de abandonar su cargo como pastor para seguir profundizando en su estudio de la Iglesia. Esto les dejaba sin trabajo y con dos hijos pequeños, pero encontró el apoyo de su esposa, quien en una carta a su hermana Addie mostraba su "confianza en la integrada, piedad y saber" de su marido y confianza "en la dulce Providencia de Dios" ante los pasos que tendrían que dar.
Los procesos de conversión del matrimonio fueron distintos e independientes. Él retrasaba dar el paso porque quería a toda costa mantener un papel sacerdotal. Ella estaba tranquila porque pensaba que aquello era imposible y ambos eran felices. Pero Pierce supo que había una rara excepción que le permitiría ser ordenado sacerdote si se separaba de su esposa. Para explorarla en Roma -pues requería la aprobación del Papa- vendieron todas sus posesiones y se fueron a vivir a la Ciudad Eterna. Cornelia, aceptó, resignada y amante tanto de su marido como de los designios de Dios para él... y para ella.
Porque, mientras esperaban durante un tiempo en Nueva Orleáns a coger el barco hacia Italia, Cornelia no quiso esperar más y pidió ser formada como católica para ser recibida en la Iglesia. Pierce, más calculador y a la expectativa de lo que sucediese en Roma, no dio aún el paso, pero no se opuso al de su esposa, quien el 8 de diciembre de 1835 hizo su profesión de fe y su Primera Comunión.
El matrimonio Connelly hizo muchas y buenas relaciones romanas. Finalmente Pierce obtuvo una audiencia con el Papa Gregorio XVI, a quien llegó a conmover hasta las lágrimas, y de la que salió aún más convencido de sus planes. Cornelia empezó a angustiarse y escribió en una carta: "¿Es necesario que Pierce se sacrifique y me sacrifique a mí también? Amo a mi marido y a mis hijos. ¿Por qué tengo que renunciar a ellos?".
El 27 de marzo de 1836, Pierce se hizo católico. El matrimonio vivió dos años felices viviendo de rentas en los que conocieron otros lugares de Europa, tuvieron un hijo más, John Henry, y perdieron otra al poco de nacer, Mary Magdalene. Cornelia confiaba en que los sueños de ser sacerdote se esfumasen de la mente de su marido.
La obsesión de la ordenación
Volvieron a Estados Unidos como una familia unida y que había superado sus problemas económicos. Se instalaron pobremente en Grand Coteau (Luisiana), donde Pierce empezó a dar clase en un colegio jesuita. Ambos continuaban su formación y en 1839 siguieron sendos ejercicios espirituales ignacianos.
La vida les golpeó al año siguiente con la muerte de su hijo pequeño en un accidente horrible, abrasado en líquido al caer, empujado por un perro, en un hervidero de azúcar ante los ojos de su madre. La forma en la que Cornelia vivió esa desgracia muestra que ya era un alma de gran perfección y fidelidad a los designios de Dios.
La tumba, en Grand Coteau, de los dos hijos del matrimonio que murieron pequeños.
Quedó embarazada de nuevo, y estaba en ese estado cuando, a finales de 1840, Pierce, cada vez más insatisfecho con su situación personal y obsesionado con la idea que le comía por dentro, le anunció su determinación de ser sacerdote, para lo cual necesitaba que ella consintiese en una separación definitiva. Al escuchar el plan, Cornelia quedó devastada (más tarde diría que, sin el soporte de la gracia, se habría desmayado), pero le dijo: "Si el buen Dios me pide este sacrificio, estoy dispuesta a hacerlo con todo mi corazón".
Fue el final de la familia. Ella, con su hijo recién nacido, Frank, y su hija Ady fueron acogidas en una casa de las hermanas del Sagrado Corazón, donde Cornelia empezó a meditar si la voluntad de Dios no sería, también para ella, la vida religiosa. Él se llevó a su hijo mayor, Merty, para ingresarlo en un colegio en Inglaterra, mientras continuaban los trámites de la dispensa que le permitiese ser ordenado.
Cuando la Santa Sede decidió aprobar las intenciones de Pierce, pidió que la renuncia de Cornelia fuese en persona. Así que la familia entera volvió a viajar desde Filadelfia a Roma. Llegaron en diciembre de 1843 y en marzo de 1844 él hizo la petición formal, que fue inmediatamente aceptada y ambos firmaron la solicitud de separación.
Cuando, en 1845, Cornelia tuvo que hacer voto perpetuo de castidad para que su marido pudiese ser ordenado, le pidió que reconsiderase una última vez sus planes y el impacto que iban a tener en la familia. No tuvo éxito en su petición. Ella hizo el voto, y al mes siguiente Pierce fue ordenado sacerdote. Cornelia, aunque destrozada por dentro, participó en la ceremonia desde el coro: "Se lo he entregado a Dios, y este pensamiento me consuela mucho", escribió entonces.
Establecieron un régimen de educación para los hijos (Ady estudiaría en Roma y los chicos en Inglaterra) y de visitas para Pierce. Cornelia seguía en el convento del Sagrado Corazón en Trinità dei Monti, en Roma.
Retrato que hizo Cornelia para sus hijos mientras estaba en la Trinità. Nunca llegaron a recibirlo.
No se sentía a gusto allí, en un régimen de clausura, pero sí seguía convencida de su vocación religiosa: "Pertenezco enteramente a Dios. Lo abandonaría todo para seguir su voluntad".
La Sociedad del Santo Niño Jesús
Junto con su confesor, un jesuita estadounidense, John Grassi, concibió la idea de una nueva congregación de vida activa entregada a la educación de los católicos pobres, en particular los inmigrantes irlandeses: la Sociedad del Santo Niño Jesús. (Para este artículo hemos seguido en buena medida la biografía incluida en su portal.)
La imagen del Niño Jesús característica de la congregación.
Aunque Cornelia quería volver a Estados Unidos, el Papa le pidió que fundase en Inglaterra, donde el Movimiento de Oxford estaba produciendo numerosas conversiones (en 1845, la del futuro santo John Henry Newman). Cornelia obedeció y se fue allí con sus dos hijos pequeños. En 1846, bajo la protección del obispo Nicholas Wiseman, recibió en Derby a las primeras tres postulantes de la nueva fundación, dos de ellas recién conversas.
En 1850, Nicholas Wiseman (1802-1865) sería promovido al cardenalato y designado por el Papa como primer arzobispo de Westminster desde la restauración de la jerarquía católica en Inglaterra.
En este punto, la vida de Cornelia Connelly exige dos perspectivas distintas.
Una es la de su congregación, que fue extendiéndose ya en vida suya por diversos países, donde continúa su obra de formación con colegios en cuatro continentes (quince en Estados Unidos). A lo largo de los años, la fundadora demostró sabiduría y criterio y, sobre todo, santidad de vida tanto en los momentos de privaciones para la nueva fundación, como cuando empezó a recibir favores y donaciones que le permitieron crecer.
Se abre un abismo
La segunda y más dramática es el calvario al que la sometió Pierce.
Él también había sido destinado a Inglaterra, pero no había visto a Cornelia desde su separación en Roma. Al igual que le había pasado como pastor episcopaliano, como sacerdote católico empezó a sentir frustración porque sus planes de hacer carrera no se verificaban. Entendía que sus talentos se estaban desperdiciando en el ministerio encomendado. Su carácter impulsivo y radical había perdido el factor estabilizador que había supuesto su esposa durante el matrimonio. Y ahora no podía verla en virtud de los votos de ambos. Además quería tener un papel relevante en la naciente Sociedad del Santo Niño Jesús.
Una mañana se presentó en Derby sin el preceptivo permiso y sin avisar. Cornelia le dijo, con firmeza, que tenía que marcharse, lo que provocó una iracunda carta al día siguiente. Ella le contestó diciéndole que la había hecho llorar, y le reprochó no ser consciente del dolor que le había causado con una separación que él mismo había pedido. En más de una ocasión reiteraría que la congregación se había fundado sobre un corazón roto. Y una de sus insistencias en la educación de las alumnas, reflejo tal vez de la nostalgia de su familia perdida, era que las religiosas las quisiesen como si fuesen sus hijas.
Pierce regresó en otra ocasión e intentó verla infructuosamente, gritando y llorando durante seis horas en el recibidor e incluso tirándose por el suelo en desesperación. Su esposa, aconsejada por su director espiritual, se negó a recibirle en esas condiciones, fiel a los compromisos adquiridos ante él y ante la Iglesia. 
Eso disparó el odio de Pierce, quien sacó a sus hijos menores del colegio donde estaban, sin permiso de Cornelia, y se los llevó consigo para forzarla a verle y negociar. Ella comprendió la trampa. Carecía de instrumentos legales para reclamar a sus hijos, así que decidió ser fiel a Dios y a su voto de no ver a su marido y entregarse a la vida religiosa.
Pierce, descompuesto ante una situación que él había creado y se volvía en su contra, mostró el rostro oculto de hombre ambicioso y, en el fondo, escéptico, que quizá sí intuyó la hermanastra de Cornelia cuando se opuso a su enlace. Abandonó el sacerdocio, perdió la fe, empezó a escribir contra la Iglesia y en 1849 puso una demanda judicial para acusar al obispo Wiseman de secuestrar a su mujer y a ésta de abandonar a sus hijos. Solicitaba además la restauración de sus derechos conyugales.
Pierce, en su madurez.
Los amigos de Cornelia le aconsejaron volver a Estados Unidos, pero ella estaba convencida de su razón. Aunque en 1850 el tribunal falló a favor de él, la apelación de los abogados de Cornelia tuvo éxito y en 1851 fueron restituidos sus derechos y Pierce condenado a abonar las costas. Como no tenía dinero para hacerlo, abandonó el caso judicialmente, pero continuó durante toda su vida sus campañas anticatólicas y contra su esposa, quien por su parte nunca dejó de rezar por su conversión. En torno a 1868 fue restituido como pastor anglicano y se ocupó de una rectoría en Florencia hasta su muerte en 1883. Fue enterrado en el cementerio evangélico de la ciudad.
Los sufrimientos continúan
El escándalo perjudicó no solo la reputación de Cornelia, sino también la de su obra, que fue sumando nuevas dificultades. Confió sus dolores a la Virgen María, y llegó a confesar la "alegría de corazón" de su vida de "aceptación del sufrimiento".
En cuanto a sus hijos, Cornelia nunca volvió a ver al mayor, Mercer, quien murió joven en Estados Unidos de fiebre amarilla.
A la segunda, Adeline, que fue muy desatendida por su padre, no la vió hasta 1877, cuando la visitó en el convento. Al morir su padre volvió a la Iglesia -él la había alejado de la fe- y destacó por sus obras de caridad. Murió en 1900.
En cuanto al pequeño Frank, fue un pintor y escultor de renombre. Tuvo un hijo a quien educó en un colegio del Santo Niño Jesús en Neuilly (Francia) y mantuvo buenas relaciones con la fundación de su madre, pero a ella solo la vio dos veces y siguió siendo protestante hasta su muerte en 1934.
La fama de santidad vence al olvido
Los veinticinco años siguientes al final de su pleito con Pierce no fueron sencillos para Cornelia. Su fundación se enfrentó a diversas dificultades canónicas e intromisiones, y al alejamiento del ahora Cardenal Wiseman. Sacerdotes y obispos quisieron controlar la obra, pero ella se resistió y ganó.
A partir de 1874 fue cediendo el gobierno de la Sociedad del Niño Jesús a las hermanas. En 1879, a consecuencia de una nefritis, falleció tras una agonía en la que destacaron la paz de su alma y de su rostro.
En plena Inglaterra victoriana, las circunstancias familiares de Cornelia seguían produciendo escándalo, por lo cual la congregación decidió no hablar de ella, y durante medio siglo prescindió lo más posible de su recuerdo y escritos.
Sin embargo, su fama de santidad persistía a través del recuerdo de quienes la conocieron, expresado en cartas que llegaban al Santo Niño Jesús evocando gracias místicas de las que habían sido testigos. Algunas de las religiosas que más la habían conocido plasmaron en el papel sus recuerdos, adquiriendo especial importancia los de la madre Maria Joseph Buckle. Y las oraciones y canciones que ella hacía para sus alumnas siguieron utilizándose en sus colegios. En 1911 se habló de una curación por su intercesión, y en 1922 se publicó la primera biografía oficial.
Un documental sobre Cornelia Connelly.
En los años treinta se dieron los primeros pasos para su beatificación, que fueron frenados porque no se consideraron suficientes las pruebas documentales. Sin embargo, en 1935 su exhumación para trasladar el cuerpo desveló un buen estado de conservación. En 1959 se abrió oficialmente la causa en la diócesis inglesa de Southwark, y en 1992 fue declarada Venerable, a la espera de un milagro que la eleve a los altares

jueves, 6 de febrero de 2020

Muere Kirk Douglas con 103 años: desde los 70 se volvió a Dios, a la Biblia y a pensar en los demás 06022020

Escribió un libro para niños sobre héroes juveniles de la Biblia y lamentó su pasado «egoísta»

Muere Kirk Douglas con 103 años: desde los 70 se volvió a Dios, a la Biblia y a pensar en los demás

Kirk Douglas se alejó de Dios desde los 14 años hasta pasados los 70, cuando volvió a leer la Biblia y estudiarla semanalmente
Kirk Douglas se alejó de Dios desde los 14 años hasta pasados los 70, cuando volvió a leer la Biblia y estudiarla semanalmente
Ha muerto a los 103 años el actor Kirk Douglas. "En sus días finales estaba en casa, rodeado de su familia, en una casa llena de flores, tomado de la mano de su esposa de más de 60 años. Tuve el privilegio de recitar el vidui hebreo, la confesión final, junto a su lecho", escribe en The New York Times su rabino, David Wolpe.
Kirk Douglas estuvo completamente desinteresado de la Biblia y alejado de Dios durante la mayor parte de su vida, volcado en sus películas y amoríos. La cosa cambió cuando ya era abuelo y estaba retirado, con los 70 años cumplidos, y se preguntaba por sus raíces y el sentido de la vida.
Su rabino escribe: "durante casi 25 años me reuní con Kirk Douglas, nacido Issuir Danielovich, una vez por semana para estudiar la Torá. Después de haber leído la BIblia y tocar todos los grandes - "ese es un papel que nací para interpretar", dijo del Rey David- pasamos a otros libros; la Mishná para la sabiduría rabínica, 'El Profeta' de Khalil Gibran; la poesía de Walt Whitman, y teología moderna de Abraham Joshua Heschel y Martin Buber. Al mismo tiempo, quedábamos sólo para charlar".
"Cuando conocí a Kirk ya con más de 70 años, ya había tenido un derrame cerebral, un ataque de corazón y había sobrevivido a un accidente de helicóptero que mató a otros dos ocupantes. En los 30 años que tuve tiempo de conocerle, Kirk, que murió el miércoles con 103 años, sufrió mucho. Perdió un hijo debido a su adicción y perdió amigo tras amigo por la edad, hasta quedar sin muchos contemporáneos", añade Wolpe.
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'Senderos de gloria' (1957) y 'Espartaco' (1960) fueron las películas que dieron fama mundial a Kirk Douglas
Niño pobre con padres analfabetos
Ganó en 1996 un Óscar Honorífico por su vida en el cine. Fue nominado a Mejor Actor por "El loco del pelo rojo" (1956), por "Cautivos del mal" (en 1952) y por "El ídolo de barro" (1949), pero su fama mundial se consolidó con "Senderos de Gloria" (película antibélica de 1957) y Espartaco (de 1960). Era hijo de inmigrantes judíos bielorrusos, analfabetos y pobres. Su padre abandonó el hogar cuando él tenía 5 años. Él tenía 6 hermanas a las que intentar ayudar a mantener: de niño vendía refrescos y dulces en la calle, y fue repartidor de periódicos. Su origen ruso, sus simpatías de izquierdas y su personalidad fuerte le granjearon enemigos en la Guerra Fría, aunque en la Segunda Guerra Mundial había servido durante 2 años con técnico de comunicación en el Pacífico.
Kirk Douglas publicó varias autobiografías. En 1988, con 72 años, publicó "El hijo del trapero", más centrado en su vida familiar y artística. En 1997, con 81 años, publicaba su biografía espiritual Climbing the mountain, my search for meaning ("Escalando la montaña, mi búsqueda de significado").
Nuestras raíces en Abraham, Isaac... la Biblia
Esta búsqueda de significado iba ligada a la búsqueda de raíces y sentido en su ancianidad. Hubo un detonante: cuando su hijo, el también famoso actor Michael Douglas, le hizo abuelo, y le preguntó por sus raíces.
"Michael, quizá porque ahora era padre y tenía sentido de familia, empezó a hacerme preguntas sobre mis ancestros. Me avergoncé, no tenía respuestas. Las preguntas de Michael me perseguían", escribió Douglas en "Climbing the mountain".
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En 2018 se fotografiaban juntos el abuelo (Kirk), el hijo (Michael) y el nieto (Cameron), los actores de la familia Douglas; Kirk acudió a la Biblia cuando su hijo Michael le preguntó por sus ancestros
Miró sus cuadros de temas bíblicos del pintor Marc Chagall (1887-1985), también de origen judío lituano-bielorruso. "Los había mirado muchas veces antes, pero esta era la primera vez que los veía de verdad. Los reconocí. Dios mío, ahí estaban mis ancestros. Se remontaban a miles de años y eran más famosos que las estrellas de cine. Chagall los había captado perfectamente: Abraham daba su bendición a Isaac. Rebeca, con su favorito, Jacob. Moisés, bajo la luz dorada, sosteniendo las tablas de los grandes mnadamientos en el Monte Sinaí. Salomón, el hombre más sabio de la tierra. Raquel, Ruth, Esther. David, que derrotó a Goliath, tocando el arpa. Había músicos en mi familia, guerreros, poetas, legisladores", constató el anciano actor retirado.
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Abraham y los ángeles, y Moisés y las tablas, vistos por Marc Chagall
A partir de ese momento Kirk Douglas empezó a leer la Biblia y a emocionarse con las historias de Abraham, Isaac, Raquel y Lía, Caín y Abel... historias que apenas conocía o recordaba deformadas de su infancia.
El sacrificio de Isaac: Dios no quiere ser causa de miedo
En Génesis 22 encontró la historia de cómo Dios pide a Abraham preparar el sacrificio de su hijo Isaac en el monte Moriah. Kirk Douglas explica que esta historia, a él como a tantos otros, le asustaba e inquietaba. Pero en un viaje a Israel, reflexionando sobre este pasaje, entendió: "La lección del Monte Moriah era precisamente que Dios no quiere sacrificios humanos, que Dios no es Alguien del que haya que estar asustado".
Eso le cambió, porque entendió que el Dios que asustaba era lo único que le había quedado de Dios desde que se alejó de Él a los 14 años. "Crecí, fui a la universidad, me casé, pero mi visión de Dios se había quedado atascada en un libro de escuela dominical de cuando tenía 14 años", escribe.
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En el hospital en 1991, dolorido por su accidente de helicóptero, pensó en los dos compañeros que fallecieron en esa tragedia. Él se sentía impulsado a decir "¡Gracias, Dios!" por seguir vivo. Pero ¿y las familias de los difuntos? Pensó en otras ocasiones en las que casi se mató, incluyendo una escena en la que cayó entre rocas filmando "La luz al fin del mundo" en 1970, con 53 años, en España, en Cadaqués. "Ahora, en la cama, recuperándome de un accidente terrible, me preguntaba: ¿cuántas oportunidades recibe un hombre?" Atravesó años de depresión y reflexión, no siempre sabia, sobre la muerte.
Después, en 1995, sufrió un derrame cerebral. Escribiría mucho sobre su recuperación en su libro My stroke of luck ("Mi golpe de suerte"), un libro en el que detalla cómo aprendió a hablar de nuevo, y como cosas que daba por supuestas tenía que reaprenderlas. Para entonces ya era un lector habitual de la Biblia y sabía que podía enfadarse y discutir con Dios, con cercanía y amistad, igual que lo hacía Abraham.
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Manejarse en la vida pensando en los demás
En la fragilidad y la humildad encontraba una relación reforzada con el Dios que es Señor. "Yo pensé que iba a escribir un manual de como manejarse tras un derrame cerebral y salió un manual de como manejarse en la vida", dijo en una entrevista. "Piensa en las otras personas, eso es muy importante. Somos todos muy egoístas: yo he sido muy egoísta mucho tiempo". Tanto él como su esposa y sus hijos pusieron en marcha fundaciones solidarias para ayudar a enfermos y otras causas.
En 1999 publicó "Jóvenes Héroes de la Biblia: un libro para compartir en familia". Son las historias de Abraham, de Rebeca, de José, de Moisés y Miriam y de David. El libro se enfoca en lo que hicieron estos personajes cuando aún eran niños o jovencitos y demostraron valentía. Douglas cuenta sus historias como un abuelo lo haría a chicos de 9 años, juntándolo con algunos recuerdos de su infancia.
En sus años tardíos, declaró: "Desde el accidente, desde mi derrame cerebral, pienso que me hice mejor persona. He vivido dando más de lo que soy y de lo que tengo. Así que pienso que todo sucede por una razón. A veces no conoces la razón, pero hay una razón. Igual que pienso que Dios responde a todas las oraciones. A veces, la respuesta es 'no'".
Kirk Douglas en el año 2000 habla de su libros héroes bíblicos para niños y jóvenes; había "reaprendido" a hablar con esfuerzo (y humor, dice él) después de su derrame cerebral