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martes, 9 de junio de 2020

Trinidad en Ratzinger: No hay más Dios que la Palabra y el Amor (con Franz Sobotta) 05062020

Trinidad en Ratzinger: No hay más Dios que la Palabra y el Amor (con Franz Sobotta)

Ante la fiesta de la Trinidad


Quiero preparar esta fiesta de la Trinidad 2020, recordando un libro y unas conversaciones de hace 52 años (el 1968), cuando Ratzinger publicó  su Introducción al Cristianismo, con un famosísimo capítulo sobre la Trinidad.
   Pasé aquel  verano como "ayudante" de Franz Sobotta SJ, que acababa de publicar su tesis sobre el poder salvador de la Palabra (Heilswirsamkeit des Wortes), es decir, sobre el Dios que es Salvador (Trinidad) por la Palabra ofrecida y dialogada... El me decía que Dios es Trinidad por ser Diálogo de amor abierto al mundo entero, pues, añadía: no hay nada en Dios, ni en cielo ni en tierra,más allá de la Palabra. Él lo sabía bien, porque venía (como Ratzinger)  de la gran imposición de la palabra falsa, asesina, antidivina, de la guerra de los nazis.
    Sobotta me dio su libro (Die Heilswirksamkeit der Predigt in der theologischen Diskussion der Gegenwart, Trierer Theologische Studien 21, Trier 1968)...y me dijo: Mira, aquí trato de Dios como Palabra Predicada, pero sobre todo, como palabra dialogal, diciendo en el fondo que Dios es Trinidad por ser Palabra.
 Y me compró el libro de su colega Ratzinger (Introducción al Cristianismo: Einführung in das Christentum) recién publicada, ese mismo año 1968, diciéndome: Habla bien de Dios, pero quizá le pone más allá de la palabra, como un tipo de poder que puede volverse dictatorial.
Nos hicimos amigos, y así leímos juntos el libro de Rarzinger.   Fue para mí una gran experiencia, sobre todo el capítulo dedicado a la Trinidad. Por eso quiero hoy presentarlo a mis lectores, como preparación para la fiesta del domingo. Ratzinger era entonces una joven promesa teológica, y algunas tesis de su libro han sido después muy influyentes en su vida y en la vida de la Iglesia.
Sobotta me indicó: "Mira aquí: Ratzinger  tiene en este capítulo frase esencial para definir a las personas de la Trinidad:  las «tres Personas» que hay en Dios son la realidad de la palabra y el amor en su más íntima dirección a los demás.Éstas son las palabras centrales de su texto, pero  quizá él no las ha desarrollado del todo.
Pero,  la visión que él ofrecía  del Dios Trinidad (Poder y Palabra) ha sido suficientemente contrastada después, ni por él ni por otros, cosa que de haberse hecho podría haber cambiado la teología de Ratzinger y la la vida posterior de la Iglesia.
    Así me lo dijo ya Sobotta, colega de guerra de Ratzinger. Mira, Xabier, lo que dice Ratzinger es cierto, pero deja quizá un tipo de Poder de Dios más allá de la Palabra, y eso es peligrosísimo... Eso, al fin, es Hitler, es dictadura de Dios... Dios es siempre y sólo palabra en la vida, desde abajo, desde los niños, desde los pobres, desde los excluidos...
También Hitler puede apelar a la palabra y al amor..., pero a la palabra y el amor desde arriba, desde su visión de Alemania, una palabra-amor que excluye a otros, a los no alemanes, a los judíos, a los locos, a los enfermos...Eso es lo contrario a Jesús, que es palabra-amor desde abajo, desde los más pobres, desde los excluidos... No Palabra-Amor que se impone desde alguna instancia superior, para "bien" de la gente, en una especie de "protectorado" espiritual..., sino Palabra-Amor desde la misma vida de las personas, de todas...
     Hablamos mucho de eso, a lo largo de dos meses...Quiero recordar y recrear hoy aquellas conversaciones.  Esta postal constará de dos partes:
  1. El texto de Ratzinger sobre la Trinidad, un texto magistral pero peligroso,  que cito y presento  a partir de de Enquiridion Trinitatis (pag. 668-673),  donde recojo el capítulo 7.No me atrevo a comentarlo ni a criticarlo, lo dejo así como está. Sirvan de comentario  para quien quiere ir más allá los capítulos finales de mi Enquiridion, que son en parte un diálogo con el pensamiento de Ratzinger.
  2. Mi conversación con Sobotta SJ, colega de guerra y de estudio de Ratzinger, que me dijo: "Vete más allá de Ratzinger; busca y encuentra la Trinidad en la palabra salvadora, no más allá. No busques ningún Dios ni ningún poder más allá de la Palabra.
      Quien quiera puede empezar leyendo está postal como está, primero lo de Ratzinger, luego mi conversación con Sobotta. Quizá para algunos sea mejor pasar por algo la primera parte, empezar con Sobotta y el poder salvador de la Palabra, para leer luego y recrear el texto de Ratzinger, un texto genial pero peligrosísimo sobre la Trinidad, pues parece situar a Dios más allá de la palabra, de la conversaión... como un poder más allá de la palabra y la política, que puede volverse dictatorial, siendo evidentemente bueno..   
1. RATZINGER, CAPÍTULO SOBRE LA TRINIDAD (INTRODUCCIÓN AL CRISTIANISMO, 1968 )[1]. 
Joseph Ratzinger, Einführung in das Christentum“ – Bücher ...
Trinidad, manifestación de Dios
Dios es como se manifiesta. Dios no se manifiesta como no es. En esta expresión radica la relación cristiana con Dios; en ella está incluida la doctrina trinitaria, más aún, es esa misma doctrina. ¿Cómo se llegó a esa decisión? Fundamentalmente, por tres caminos.
(1) La inmediatez divina del hombre. Es decir, quien se encuentra con Cristo en la co-humanidad de Jesús, accesible a él como co-hombre, encuentra también a Dios mismo, no a una esencia bastarda que se metería de por medio. 
(2) La inamovible permanencia en la decisión fuertemente monoteísta, en la profesión de que sólo existe un Dios. 
(3) La preocupación por tomar en serio la historia de Dios con el hombre. Esto quiere decir que Dios, al presentarse como Hijo que dice «tú« al Padre, no representa ante los hombres una obra de teatro ni se pone una máscara para salir al escenario de la historia humana; todo esto es, por el contrario, expresión de la realidad.
(Contra monarquianismo y modalismo).
Einführung in das Christentum: Vorlesungen über das Apostolische Glaubensbekenntnis  1 enero 1968
INTRODUCCIÓN AL CRISTIANISMO de Joseph Ratzinger: BUEN ESTADO Tapa ...
Los monarquianos de la primitiva Iglesia dieron expresión a la idea de una representación teatral por parte de Dios, donde las tres Personas serían los tres papeles en los que Dios ha aparecido en el curso de la historia. Observemos que la palabra «persona» y su correspondiente griega prosopon están tomadas del lenguaje teatral; así se llamaba la máscara que se ponía el actor para encarnar su personaje. La palabra pasó pronto al lenguaje de la fe y así inició por sí misma una lucha tan dura que dio origen a la idea de persona, extraña a los antiguos.
Pero otros, los modalistas, afirmaban que las tres figuras eran modi, modos en los que nuestra conciencia aprehende a Dios y se explica a sí misma. Aunque esto implica que a Dios sólo le conocemos en el reflejo de nuestro propio pensar humano, la fe cristiana se afianzó más y más en la idea de que incluso en este reflejo le conocemos. Nosotros no podemos salir de la estrechez de nuestra conciencia, pero Dios puede entrar y revelarse en ella; por eso no hay que negar que los monarquianos y modalistas dieron un impulso digno de tenerse en cuenta a la idea de Dios. La fe aceptó al fin el lenguaje y la terminología que ellos habían elaborado; su terminología sigue operante todavía hoy en la profesión de fe en las tres Personas divinas. Es cierto que la palabra prosopon-persona no expresa todo lo que hay que decir, pero la culpa no es suya.
(Soluciones sin salida).
Toda la lucha antigua de la primitiva Iglesia nos lleva, a la luz de lo que hemos dicho, a la aporía de dos caminos que cada vez se muestran más como no-caminos: subordinacionismo y monarquianismo. Ambas soluciones parecen lógicas y ambas perturban el todo con sus seductoras simplificaciones. La doctrina eclesial, expresada en la fe en Dios uno y trino, significa fundamentalmente la renuncia a encontrar un camino y el estancamiento en el misterio que el hombre no puede abarcar; en realidad esta profesión es la renuncia real a la presunción del saber limitado que, en su falsa limitación, nos seduce con sus soluciones categóricas.
El llamado subordinacionismo elimina el dilema al afirmar que Dios mismo es único. Cristo no es Dios, sino una esencia especialmente cercana a Dios; así se elimina el obstáculo, pero, como ya hemos explicado detalladamente, se llega a la conclusión de que el hombre, separado de Dios, queda encerrado en lo provisional. Dios sería un monarca constitucional y la fe nada tendría que ver con él, sino con sus ministros.
El monarquianismo, con sus soluciones antes mencionadas, disuelve el dilema por otro camino. También él afirma la unidad de Dios, pero dice que Dios al acercarse a nosotros cambia; se presenta primero como Creador y Padre, luego como Hijo y Redentor en Cristo y, por fin, como Espíritu; pero estas tres figuras son sólo las máscaras de Dios que nos habla sobre nosotros mismos, no sobre él.
(Pervivencia del monarquianismo en la filosofía moderna).
La solución es seductora pero, al fin nos lleva a la conclusión de que el hombre gira siempre en torno a sí mismo y de que nunca penetra en lo propio de Dios. El pensar moderno, en el que de nuevo se repite el monarquianismo, nos lo confirma. Hegel y Schelling quisieron explicar el cristianismo filosóficamente, y la filosofía cristianamente. Se unían así en este esfuerzo primitivo por construir una filosofía del cristianismo; esperaban hacer comprensible y útil la doctrina trinitaria, y convertirla dentro de su puro sentido en la clave de la comprensión del ser.  El punto de partida de todo eso sigue siendo la idea de que la doctrina trinitaria es la expresión del lado histórico de Dios, es decir, del modo como Dios se revela.
Hegel, y a su modo también Schelling, llevaron esta idea hasta sus últimas consecuencias y concluyeron así que el proceso de la autopresentación histórica de Dios no se diferencia del Dios que, permaneciendo en sí mismo, está detrás de la historia; el proceso de la historia hay que comprenderlo como el proceso de Dios mismo. Por lo tanto, la figura histórica de Dios es la progresiva autoformación de lo divino; la historia es el proceso del Logos como proceso real de la historia. Con otras palabras podemos afirmar que, según Hegel, el Logos «la inteligencia de todo ser» se engendra progresivamente a sí mismo en el curso de la historia.
La historicización de la doctrina trinitaria, realizada en el monarquianismo, se convierte en historicización de Dios... La  historia del monarquianismo manifiesta aun otro aspecto que vamos a describir brevemente. Tiene una nota política tanto en su forma cristiana como en su renovación mediante Hegel y Marx: es «teología política». En la primitiva Iglesia sirvió para cimentar teológicamente la monarquía imperial; con Hegel se convirtió en apoteosis del estado prusiano; con Marx en el programa de acción que la humanidad debe realizar en el futuro.
Por el contrario, en la primitiva Iglesia la lucha de la fe en la Trinidad en contra del monarquianismo significó la lucha en contra del uso político de la teología: la fe trinitaria eclesial superó un modelo útil a la política, eliminó la teología como mito político y negó que la predicación pudiese justificar una situación política... 
Tesis Primera:
La paradoja  «una esencia en tres personas» está subordinada al problema del sentido primordial de la unidad y de la multiplicidad. Una ojeada al trasfondo del pensamiento precristiano y griego, de donde surgió la fe en el Dios uno y trino, nos explicará muy bien el sentido del enunciado. Los antiguos creían que sólo la unidad era divina; la multiplicidad, en cambio, les parecía algo secundario, el desmoronamiento de la unidad. Según ellos, la multiplicidad nace de la ruina y tiende a ella.
La profesión cristiana en Dios uno y trino, en aquel que es al mismo tiempo el monas y el trias, la unidad y la multiplicidad por antonomasia, expresa la convicción de que la divinidad cae más allá de nuestras categorías de unidad y multiplicidad. Para nosotros, para lo no-divino, la divinidad en tanto es una y única, lo divino contrapuesto a lo no-divino, en cuanto que es en sí misma verdadera plenitud y multiplicidad, de tal manera que la unidad y la multiplicidad de las criaturas es imagen de lo divino y participación en ello. No sólo la unidad es divina; también la multiplicidad es algo original y tiene en Dios su fundamento íntimo.
La multiplicidad no es puro desmoronamiento; también ella cae dentro de lo divino; no nace por el puro entrometerse del dyas, de la disgregación. No es el resultado del dualismo de los poderes contrarios, sino que responde a la plenitud creadora de Dios que supera y comprende la unidad y la multiplicidad. La fe trinitaria, que admite el plural en la unidad de Dios, es fundamentalmente la definitiva exclusión del dualismo como principio de explicación de la multiplicidad junto a la unidad. Por la fe trinitaria se consolida definitivamente la positiva valoración de lo múltiple.
Dios supera el singular y el plural. Esto tiene una consecuencia importante. Para quien cree en el Dios uno y trino la suprema unidad no es la unidad de la vidriosa monotonía. El modelo de la unidad, al que hemos de aspirar, no es, en consecuencia, la indivisibilidad del átomo que ya no puede dividirse en una unidad más pequeña; la forma suprema y normativa de la unidad es la unidad que suscita el amor. La unidad de muchos creada por el amor es unidad más radical y verdadera que la del «átomo».
Tesis Segunda:
La paradoja «una essentia, tres personae» está en función del concepto de persona, y ha de comprenderse como íntima implicación del mismo.
La fe cristiana profesa que Dios, la inteligencia creadora, es persona, conocimiento, palabra y amor. Con todo, la profesión de fe en Dios como persona incluye necesariamente la confesión de fe en Dios como relación, como comunicabilidad, como fecundidad. Lo simplemente único, lo que no tiene ni puede tener relaciones, no puede ser persona. No existe la persona en la absoluta singularidad, lo muestran las palabras en las que se ha desarrollado el concepto de persona: la palabra griega prosopon significa «respecto»; la partícula pros significa «a, hacia», e incluye la relación como constitutivo de la persona. Lo mismo sucede con la palabra latina persona: «resonar a través de», donde la partícula per (=a, hacia) indica relación, pero esta vez como comunicabilidad. En otros términos: si lo absoluto es persona, no es lo singular absoluto. Por tanto, el concepto de persona supera necesariamente lo singular. Afirmar que Dios es persona a modo de triple personalidad destruye el concepto simplista y antropomórfico de persona. Implícitamente nos dice que la personalidad de Dios supera infinitamente el ser-persona del hombre; por eso el concepto de persona ilumina, pero al mismo tiempo encubre como parábola insuficiente la personalidad de Dios.
Tesis Tercera:
La paradoja «una essentia, tres personae» está subordinada al problema de lo absoluto y de lo relativo, y manifiesta lo absoluto de lo relativo.
(a) El dogma como regulación terminológica. Las reflexiones siguientes intentan un acercamiento a lo que hemos indicado. Cuando a partir del siglo IV la fe expresó la unidad trina de Dios con la fórmula una essentia, tres personae, tuvo lugar una división de conceptos que se convirtió en adelante en «regulación terminológica». Tenía que salir a la luz el elemento de la unidad, el de la trinidad y la simultaneidad de ambos en el incomprensible predominio de aquella. Como dijimos antes, es en cierto sentido accidental el hecho de que esto se dividiese en los conceptos de sustancia y persona; en último término ambos elementos son claros, ninguno queda abandonado a la arbitrariedad del individuo que podría volatilizar o destruir la cosa misma con las palabras propias de su tiempo. Teniendo en cuenta esta observación, podemos concluir que la idea sólo podía expresarse conceptualmente así; con esto reconocemos el carácter negativo del lenguaje de la doctrina de Dios, los balbuceos de la locución.
(b). El concepto de persona. Por otra parte, esta regulación terminológica significa mucho más que un detenerse en la letra. En el lenguaje, por muy inadecuado que sea, se toca la realidad misma; por eso el interés por el lenguaje de la profesión de fe muestra la preocupación por la cosa misma. La historia del espíritu nos dice que aquí, por vez primera, se comprendió plenamente la realidad de «persona». El concepto y la idea de «persona» surgieron en el espíritu humano cuando buscó la imagen cristiana de Dios y explicó la figura de Jesús de Nazaret. Habida cuenta de estas reservas, vamos a explicar nuestras fórmulas en su justa medida, pero antes se nos imponen dos observaciones: Dios, considerado como absoluto, es uno; no se da la multiplicidad de principios divinos. Una vez afirmado esto, es también claro que la unidad cae en el plano de la sustancia; en consecuencia la Trinidad, de la que también hay que hablar, no hemos de buscarla aquí; tiene que estar en otro plano, en el de la relación, en el de lo «relativo».
A la misma conclusión nos lleva una lectura de la Biblia...
El hallazgo de un diálogo en el ser íntimo de Dios nos lleva a admitir en Dios un yo y un tú, un elemento de relación, de diferencia y de afinidad. Por su forma, el concepto «persona» parece apto para expresar tal elemento; con esto el concepto, superando su significado teatral y literario, profundizó más en la realidad sin perder lo fluctuante que lo adaptaba a tal uso. Al observar que Dios considerado absolutamente es uno, y que sin embargo en él se da también en fenómeno de lo dialógico, de la distinción y de la relación del diálogo, la categoría de la relación adquiere en el pensamiento cristiano un significado completamente nuevo; Aristóteles la coloca entre los «accidentes», entre los efectos accidentales del ser, separables de la sustancia; forma de lo real que soporta todo.
Al darnos cuenta de que Dios es dialógico, de que Dios no sólo es Logos, sino «diálogo», no sólo idea e inteligencia, sino diálogo y palabra unidos en el que habla, queda superada la antigua división de la realidad en sustancia (lo auténtico), y accidentes (lo puramente casual). Es pues claro, que junto con la sustancia están el diálogo y la relación como forma igualmente original del ser.
Ahí estaba contenida ya fundamentalmente la terminología del dogma. Sale a la luz la idea de que Dios es simplemente uno como sustancia, como «esencia»; pero al querer hablar de Dios en la categoría de trinidad lo que hacemos no es multiplicar la sustancia, sino afirmar que en Dios uno e indivisible se da el fenómeno del diálogo, de la unión de la palabra y el amor.
Esto significa que las «tres Personas» que hay en Dios son la realidad de la palabra y el amor en su más íntima dirección a los demás. No son sustancias o personalidades en el moderno sentido de la palabra, sino relación cuya actualidad pura («paquetes de ondas») no elimina la unidad de la esencia superior, sino que la constituye... En esas palabras se oculta la imagen revolucionaria del mundo: el omnímodo dominio del pensar sustancial queda destruido; la relación se concibe como una forma primigenia de lo real, del mismo rango que la sustancia; con esto se nos revela un nuevo plano del ser. Probablemente pueda afirmarse que el cometido del pensar filosófico originado por estas observaciones no se ha realizado todavía lo suficiente; el pensar moderno depende en gran parte de las posibilidades aquí mencionadas, sin ellas no podría siquiera concebirse ( (Introducción al cristianismo, cap 7).
2.CONVERSACIÓN CON SOBOTTA. EL RIESGO DE UNA TRINIDAD MÁS ALLÁ DE LA PALABRA, UN PODER QUIZÁ BUENO, PERO IRRACIONAL.

Ratzinger desertó en los momentos finales guerra mundial (como multitud de jóvenes soldados, soldados niños, me decía Sobotta), cuando los americanos ocupaban Baviera (finales de abril del 1945) y tras la rendición de Alemania (8 de Mayo) fue internado en un campo de concentración en Bad Aibling, de donde fue pronto liberado (19 de junio). Sólo tenía dieciocho años. Pasó unos meses con su familia, tras la gran catástrofe, y medio año después (a comienzos del 1946) ingresó de nuevo en el seminario.
      Así me dijo Sobotta: Ni Ratzinger ni yo hemos superado el trauma de la guerra... Hemos vivido en el horror. Podemos pensar, él puede hacer quizá buena teología, pero no podemos asumir responsabilidades en este mundo. Sería una locura...
No puedo entrar en lo que fue el proceso interior de J. Ratzinger, cómo vivió el fin de la guerra, cómo respondió a la paz…, aunque he leído algunos de sus libros de “memorias”. Es evidente que hay un secreto que sólo el conoce, una herida que resulta difícil de curar, a pesar del paso de los años.
Sobotta, mi amigo, tenía la misma edad de Ratzinger, pasó por los mismos trances, se hizo también sacerdote y jesuita, acaba de defender la tesis sobre la palabra creadora, la palabra salvadora... la Heilswirsamkeit, que es no sólo la predicación al estilo de cierto protestantismo, sino la conversaición, la verdad, el logos trasparente de la vida, del Dios la Palabra... Eso quería ser , portador de una palabra liberadora, por encima de la guerra.  
 Estuvimos dos meses juntos, solos en la casa parroquial. El tenía necesidad de hablar, yo necesidad de mejorar mi alemán, estábamos encargados de la parroquia de un cura bondadoso (Kurt Novak), también herido por la guerra, ya mayor, que nos dejó dos meses de verano solos, amos de la casa, mientras él resolvía otro problemas y disfrutaba sus vacaciones.
Ese fue mi “bautismo” en Alemania, con un colega de Ratzinger, y leímos juntos la Einführung in das Cristentum (Introducción al Cristianismo). Desde entonces he vivido con el recuerdo de Ratzinger, de su historia personal y de su libro.F. Sobotta y la Introducción al Cristianismo de J. Ratzinger

  Sobotta era tímido, yo corto en buen alemán. Pero pronto coincidimos en muchas cosas: Paseamos en barco por el Elba con los niños de la catequesis, comimos helados (¡cómo le gustaban!), dirigimos catequesis de niños, hicimos teatro (yo como ayudante suyo, casi le mato, pues el truco que planeó con una cuerda que le debía apretar el curllo no le salió)… y hablamos.

Él me repetía que era Alemán y niño de la guerra. Debía haber nacido el mismo año que Ratzinger (1927), de una familia alemana, pero de ascendencia eslava, como tantas otras.
Quizá por eso era alemán de un modo exagerado, antinazi pero inmensamente alemán, exageradamente alemán,con todo lo bueno que eso implica, pero con sus riesgos (y con su remordimiento).

Había sido un buen estudiante, amaba a Alemania, y  pensó que era lógico que le llevaran a la guerra, durante dos largos años, como auxiliar en una división de tanques… Pero al acabar la guerra sintió que todo era una locura, que le habían engañado, que no merecía la pena vivir.... La mayor parte de su familia había muerto, asesinada, bombardeada... A él sólo le quedaba la curación por la palabra. Entró jesuita: Había que resolver el problema que había causado la guerra, la violencia, el horror, lo sabido y lo reprimido, todo.
  Así sintió que había que volver a la palabra que es Dios (Trinidad), a la autoridad que es palabra compartida, no imposición sagrada irracional, ni la de Hitler ni la de ningún Dios impositivo, por más bueno que pudiera parecer.

Como el curriculum de los jesuitas es más largo y había pasado por medio la guerra (sin recuperar cursos, como había echo Ratzinger), estaba terminando entonces su carrera, con 41 años (yo era algo más joven). Entró jesuita tras la guerra, con necesidad de ordenar su vida y de ofrecer su contribución al mundo nuevo a través de la Heilwirksamkeit de la palabra...
   Sólo la palabra cura, me decía..., que podamos hablar, que no tengamos miedo de hablar, que nadie haga las cosas a la fuerza, que nadie se engañe... Nosotros, alemanes, podemos ofrecer una contribución al mundo si creamos palabra, si compartimos Palabra, porque eso,  la Palabra hecha carne, eso es la Trinidad. Y no sé si mi colega Ratzinger lo ha visto bien en este libro.
Se había ordenado sacerdote, había trabajado de formador y acababa de publicar su tesis doctoral en teología, que me enseñó y me regaló con euforia:

Franz Sobotta, Die Heilswirksamkeit der Predigt in der theologischen Diskussion der Gegenwart (Trierer Theologische Studien. Band 21, Trier 1968)
  Precisamente entonces su tiempo de preparación como estudiante y como SJ, … y podía quizá dedicarse a enseñar, en alguna universidad del entorno germano (quizá en Innsbruck, decía que querían llamarle).

Sin embargo, Ratzinger, con su misma edad, casi como niño prodigio, tras la guerra  había hecho una carrera meteórica: Profesor de Teología en Bonn…, consultor del Vaticano II, luego profesor en Tubinga, donde acababa de impartir un curso famoso sobre el cristianismo, para alumnos de todas las facultad, en el Semestre de verano (Sommersemester) del año 1967 (semestre que va del 1 de abril al 30 de septiembre de ese año).Las anotacoines para ese curso formaban el texto base” del libro que estábamos leyendo: Introducción (Einführung) al Cristianismo.  

El primer día que fuimos al centro  Hamburg, en la librería teológica de la calle Jungferstrasse, se empeñó en comprarme el libro. Lo tengo todavía aquí, en las manos. Lo tengo todavía aquí, en mis manos. Es la reedición del 2 de julio de ese mismo año (1968), con una tirada de 7000 ehenokaresm  21 al 27 mil. ¡Un éxito increíble! Veintisiete mil ejemplares vendidos en menos de medio año.

Así perfeccioné mi alemán, leyendo a Ratzinger y dialogando con su “colega” Franz Sobotta, cuya tesis apenas acabé de leer, aunque hablamos mucho de ella. Iba en la línea de la Teología de la Palabra (de la Escuela de Innsbruck) y retomaba motivos de la disputa jesuítica del siglo XVI-XVII, sobre el tipo de causalidad formal y material (de palabra y de gesto) de los sacramentos....y sobre todo de la causalidad personal de la Palabra, que es,me decía, la esencia de Dios.

Ratzinger, Sobotta , Dios y la Guerra

Sobotta estaba orgulloso de Ratzinger, que era como él, de los niños de la guerra, y se había convertido en la promesa de la nueva teología católica alemana, un hombre ya famoso, con 41 años, a pesar de que le hubiera constado reaccionar ante los problemas de ese año (estábamos en julio-agosto, Ratzinger venía de mayo del 68) en la Universidad de Tübingen donde la palabra no le pareció suficiente para arreglar los problemas de los estudiantes....
A pesar de todo, a pesar de que, a su juicio, Ratzinger no iba a la raíz salvadora de la palabra, como esencia de la Trinidad y de la vida humana, Sobotta le defendía: ¡Tiene que seguir aprendiendo!, me decía.

 Así me dijo: Mira, lee aquí donde Ratzinger dice: Esto significa que las «tres Personas» que hay en Dios son la realidad de la palabra y el amor en su más íntima dirección a los demás.    Leímos juntos la frase... Sobotta me dijo:
- Eso que dice Ratzinger es cierto... Dios es Palabra, Dios es amor, eso es la Trinidad... Si te dedicas a la teología piensa en eso: Dios es Palabra, pero del todo... sólo Palabra de amor, palabra que ama y crea, acaricia, se arriesga a ser Palabra, palabra de amor... no para dejar a un lado a los políticos, sino para transformar la política en amor y palabra, como quiere un amigo mío SJ: J. B. Metz... Ha sido de los nuestros, también niño de la guerra, apresado por los americanos, prisionero... Él no quiere un Dios más allá de la Palabra y de la Política...,sino en la misma palabra y la política, para la libertad, para el diálogo entre todos, desde los más pobres... Ése tendría que ser el camino de Ratzinger, pero no lo veo claro...
- Ratzinger es es inteligente, quizá el más inteligente de todos nosotros, los teólogo niños de la guerra... pero quizá no es consecuente... Quizá quiere un poder de Dios por encima de la palabra.... Eso es, da la impresión de que pone un Dios más allá de la palabra, más allá de la política...Y eso es muy peligroso.  Es como buscar una "inmunidad" a Dios. Ciertamente, Dios está más allá del monarquianismo del imperio romano, del monarquianismo de Hitler. Dios está más allá de un tipo de palabra-poder, pero no se trata de buscarle en algo en el fondo irracional, sino más palabra, más racionalidad... mejor política...
Sobotta fue para mí un gran tipo (¡qué pena que muriera luego pronto!) era un sanador/salvador por la palabra. Yo era muy joven (27 años), no entendía muchas cosas, pero me gustaba cómo me hablaba, casi todos los días, de su vida, y de la teología de Ratzinger, a medida que iba reescribiendo con muchos colores el libro. Le daba horror un Dios que pudiera mandar desde arriba, sin razonar, sin escuchar... al estilo de un Hitler que fuera bueno..
.Un Dios como Hitler, pero a lo bueno, sería lo más horrible, me dijo un día, porque de Hitler se puede salir, aunque sea por la muerte, de un Dios así no puede salirse....
Casi siempre estaba nervioso. En el fondo de su sonrisa escondía una inmensa melancolía y tristeza, un dolor constante: El dolor de la guerra, el no poder asimilar lo que había pasado, en los años anteriores, y después en la división de tanques, cuando era sólo adolescente, en los dos años de guerra, acompañando la retirada, la gran derrota de Alemania… con millones de muertos en medio..., por falta de palabra o, mejor dicho, por palabras falsas que nos engañaron a todos.
«Es algo que no podéis comprender, me decía. Fue una locura, que no he logrado asimilar… Me llevará toda la vida ir entendiendo lo que pasó, lo que he pasado… Nosotros, los de la guerra, necesitamos un “sacramento” distinto, un sacramento de sanación, que nos permita recuperar el sentido de la vida, pedir perdón y perdonar, todo a la vez… y vivir con ternura, esa ternura que parece que a veces tenéis, los que venís como tú de tierra más al sur...Por eso he escrito mi tesis sobre el poder salvador de la palabra». Tú (me decía) piensa en la palabra que es amor (y eso he querido hacer..., quizá mal, pero es lo que he hecho:
PALABRA DE AMOR de Xabier Pikaza | Libreria 7 Soles

Yo le decía que quizá entendía… que el tema de la guerra estaba en la Biblia (yo acababa de hacer un trabajo sobre el Apocalipsis, con A. Vanhoye, hoy Cardenal de la Iglesia). Le decía, además, que también yo era un hijo de la guerra española, que había estado desterrado de niño, con mi madre sancionada, por ser mujer de palabra (maestra...).

Pero me decía que era distinto. Que mi guerra no había sido mía, sino de mis padres… Que no había nacido, que no había estado, que no había tenido que escoger…Yo respondía que no, que él no tenía la culpa de nada, que había sido sólo un adolescente obligado… Que todo había pasado.Me respondió que no era así. Que él, y otros como él (incluido su colega Ratzinger) no habían sido nazis, pero que en el fondo sabían lo que estaba pasando, y de algún modo colaboraron, de algún modo les pudo el peso de la Gran Alemania de Hitler y se dejaron engañar.

No, no habían sido nazis, pero buscaban la Gran Alemania… y pensaban que en el fondo lo de los nazis podría ser un pequeño episodio… al servicio de la Gran Alemania, de un Dios Bueno, pero de imposición, sobre todo el universal. Terminarían los nazis, seguiría Alemania como el Gran Imperio, por encima del comunismo de Rusia y del capitalismo de los ingleses y americanos… Ellos, la gran Alemania serían el futuro de la humanidad. Teníamos que habernos opuesto de alguna manera, y no lo hicimos… Nos obligaron, pero nos dejamos llevar y, de alguna manera, colaboramos

Así me seguís diciendo: Éramos unos engañados, eso es cierto, fuimos manipulados, pero no fuimos inocentes. Hubo algo que nos impidió ver, sentir, sufrir con los mendigos, los judíos, los locos, los pobres de otros pueblos... es decir, con la gente de gente de Jesús, la gente de la Trinidad, los pobres, impuros, extranjeros y locos de Galilea en el siglo I.
Mira, Xabier, me dijo.No sé si entiendo bien este libro de Ratzinger, mi colega de guerra, mi colega de derrota... Las distinciones que hace Ratziner entre modalismo y monarqrianismo me parece buena... Pero yo quiero que quede claro  que  la Trinidad es la Palabra, es decir, el diálogo universal, desde los más pequeños.
    Sí, el diálogo en amor, no desde unos sabios profesores o políticos... Un diálogo que empieza desde los más pequeños, buscando juntos, escuchándose todos, dando la vida...No estoy seguro de que Ratzinger en este libro quiera eso....
Da la impresión de que Ratzinger quiere una certeza más allá de las palabras, y una certeza de ese tipo puede ser dictatorial ¿Cómo consigues que no sea dictatorial? . ¿Cómo consigues un Dios que no sea el Gran Dictador, un Inmenso Hitler, pero a lo bueno...
    Seguro que no tengo razón, vengo de una guerra de razones triunfantes... Y a veces pienso que la Iglesia quiere también grandes razones triunfadora, con un Dios emperador o Führer, un dictador buenísimo que lo arregla todo con su poder. A veces pienso que este Dios trinitario que nos presenta, contra monarquianos y modalistas es una especie de tirano superior. Dios me perdone.
Quizá estoy loco, no debo entender demasiado. Evidentemente, este Dios Trinidad de Ratzinger es un Gran Señor bueno, pero yo no quiero que sea Señor, no quiero que mande, que dé ordenes, pues ya me han engañado bastante con órdenes y mandatos que parecían divinos. 
PALABRAS DE AMOR | XABIER PIKAZA | Comprar libro 9788433021465
 Así me hablaba Sobotta. Sabía tratar a los adolescentes, les enseñaba a jugar, a dialogar, a pensar en libertad... No llegó muy adelante en su iglesia, a pesar de que era SJ y había escrito una gran tesis sobre el poder salvador de la Palabra que es Dios.
    Quizá otro día me anime a contar más cosas de él.... mientras sigo escuchando las palabras que me repetía al volver una tarde del paseo junto al río:  ¿Qué podemos decir hoy a los jóvenes? Sólo tenemos la palabra, solo la Palabra, y eso es la Trinidad.
Su gran deseo era trasmitir palabra a  los jóvenes bastante numerosos de la parroquia, muchachos de quince a dieciocho años, monaguillos, cantores. Había que decirles algo distinto, y él no sabía personas como él (gente como él, que habían ido a la guerra, que no se habían opuesto de un modo radical a la imposición anti divina de los nazis) podían decir algo a los nuevos jóvenes, divididos entre el boque comunista (allí mismo a pocos kilómetros, casi se podían ver las torres de vigilancia) y el fantasma del colonialismo americano, del nuevo capitalismo que lo estaba invadiendo todo.
PD. Aquellas conversaciones con Sobotta han seguido iluminando mi vida...
-- Entendí siempre mejor a Ratzinger, que quizá no ha resuelto ese problema de donde entre palabra y un tipo de poder más allá de la palabra... Aquí han estado sus grandes problemas teológicos: El discurso de Ratisbona (de fondo muy bueno, pero en un momento sesgado), su miedo a la palabra de la Teología de la Liberación (una política de la Palabra...), su miedo a los teólogos abiertos a la palabra...
-- Escribí un libro sobre el fondo de aquellas conversaciones, un libro que debo rehacer, pues me quedó teórico, con el título que me daba Sobotta: Dios es Palabra (Seguiré hablando del tema)

viernes, 15 de marzo de 2019

En el principio era la madre. Religión del matriarcado 15032019


En el principio era la madre. Religión del matriarcado


LA GRAN MADRE. MATRIARCADO.

La madre es la primera diferencia, el signo más antiguo que emerge del uróboros o espacio de sacralidad indiferenciada (de la que hablan muchos antropólogos) . Ella aparece de algún modo como clave de sentido de la humanidad, por lo menos en un plano religioso.
 La historia que nosotros conocemos ha tenido y tiene una estructura patriarcal y en ella adquieren precedencia los varones. Pero antes parece adivinarse en muchos lugares una especie de prehistoria (permítase la palabra) o suprahistoria de tipo igualitario y no violento. Esta sería la fase matriarcal, un tiempo en que las madres (simbolizadas por la Gran Diosa) ofrecían sentido y marcaban un camino para el conjunto de la humanidad, como dice R. Eisler, El cáliz y la espada, Cuatro Vientos, Santiago 1989.
 En esa fase matriarcal el ser humano se hallaría en contacto más profundo con la naturaleza (de natura, nascere = nacer), interpretada como materia o mater (=madre). La madre sería la gran diosa: el signo del poder originario expresado como donación de vida. ella estaría vinculada a los poderes pacíficos e igualitarios del cosmos, expresados por la agricultura.
 Esta sería la gran aportación del neolítico cuando los humanos empezaron a labrar la tierra concebida en forma generante, femenina, materna; de ella viven, en ella se realizan.. La tierra es la más antigua madre, vista como fuente de fecundidad y vida; ella sería el símbolo primero, el arquetipo de toda realidad. A su lado el varón vendría a mostrarse como un ser derivado. Evidentemente, la divinidad vendría a estar simbolizada por la madre.
           (De todas fomas, ésta es una tesis que puede y debe matizarse con muchísimo cuidado, porque no está tan claro que el matriarcado fuera tiempo de paz)
Nuestra humanidad actual tiene estructura patriarcal: está dirigida y dominada por varones. Ellos han sido los originantes de eso que llamamos actualmente la historia: orden político expresado en formas de poder, despliegue estructurado de acontecimientos que se cuentan de una forma progresiva. Pero antes de esa historia parece adivinarse en muchas partes una especie de prehistoria (¿o suprahistoria?) dirigida y fecundada por mujeres (madres). Es lo que solemos llamar el matriarcado. Sus aspectos más significativos parecen los siguientes:
- En plano cósmico se acentúa la importancia de la tierra interpretada como principio de vegetación (o como generadora). Empieza a ser fundamental la agricultura, vinculada al don fecundo de esa tierra que aparece así como fuente de la vida.
- En perspectiva humana el equivalente de la tierra es la madre, como portadora (engendradora) de la vida. Ella aparece así como símbolo primero y arquetipo de toda realidad. A su lado, el varón sólo realiza funciones secundarias (en plano vital).
- Por eso, religiosa o simbólicamente la mujer-madre aparece como principio clave de lo humano. En un sentido estricto, todavía no existe humanidad: no se ha elevado el varón frente a la mujer, ni el hijo frente a la madre. Pero ella, la mujer y madre, se encuentra ya presenta como la primera diferencia humana, el signo más antiguo que ha emergido del uróboros.
Algunos movimientos feministas (de tipo religioso y social) muestran una especie de nostalgia por el matriarcado: superando el patriarcalismo actual, donde las mujeres se encuentran dominadas por varones; se dice que las mujeres querrían recuperar su importancia en el conjunto de lo humano. No quiero entrar en la polémica social, pero pienso que esos movimientos tienen por lo menos un valor religioso muy grande: nos ayudan a entender el surgimiento de los símbolos sacrales dentro del conjunto de lo humano.
Recordemos la perspectiva previa de indistinción urobórica, donde no se podía hablar de ninguna diferencia.  Pues bien, ahora ha surgido ya la primera diferencia: la serpiente que se muerde la cola ha recibido forma de mujer o, mejor dicho, de madre.Ya no es puro retorno, totalidad indiferenciada. Ella se ha vuelto materia (=madre) sacral de la que todos procedemos y a la que todos retornamos. En el eterno retorno de la serpiente se ha introducido la primera distinción: un viente de mujer interpretado como potencia germinante.
Esta temprana distinción tiene un aspecto positivo que debemos recordar (y agradecer). Sobre el principio indecible del que nada puede asegurarse ni negarse (como caos sin diferenciaciones) emerge la suprema diferencia expresada simbólicamente como mujer-madre. El primer continente que los hombres han logrado descubrir, la primera experiencia que ha captado es la experiencia de la fuerza germinante de vida de la madre. Ella es la primera percepción, la primera realidad concretizada que los hombres descubren y formulan con gozo sobre el mundo.
 La madre es el signo primero de lo humano y lo divino en cuanto tiene poder sobre la vida. Pero debemos recordar que ella se encuentra todavía (muchas veces) cerca de la serpiente que muerde su cola: por un lado se encuentra cerca de la naturaleza englobante de forma que aun no tiene aspectos precisos de personalidad individual; pero, al mismo tiempo, empieza a diferenciarse pues da a luz a los hijos y les ofrece un tipo de distinción humana. Ella es principio y fin, crea y destruye lo creado, engendra y desengendra, en una especie de inmersión sagrada donde todos los seres nacen y perecen (sin individualidad o sentido propio).
Ciertamente, en un sentido esta gran madre no debería llamarse aún mujer pues no es femenina, ni persona, en el sentido posterior (actual) de la palabra. Ella es por ahora el signo de la vida germinante y vivificadora (si se permite el término). En el gran caos sin distinciones ha surgido (o se ha encontrado) una primera distinción: los seres nacen y mueren y es sagrado el principio de engendramiento, la gran madre. Ella está cerca de la physis primigenia de los griegos (de la naturaleza, de natura/nascere, nacer); ella es la materia como mater, madre, de las cosas.
Debemos recordar que aquí tenemos una madre sin padre (sin pareja complementaria); esta es una materia donde la engendradora de la vida se presenta, al mismo tiempo, como potencial de muerte de los seres que ella misma ha suscitado. Lo divino es, según eso, fuerza germinante y pereciente de la vida: es principio y fin, lo que nos hace brotar y lo que, luego, nos recoge al terminar nuestro camino. Estrictamente hablando no vivimos (no somos realidad individual): la naturaleza nos vive y nos muere. Ella es madre más que mujer, fuerza natural más que persona. La primera religión (y filosofía) recoge esa experiencia[1].
Esto es lo que ha entrevisto y dicho de forma genial Gén 2-3 al sostener que en el principio, en la culminación original del ser humano se halla Javah,es decir Eva (%{(), aquella que es la madre de todos los vivientes (Gen 3,20). Estrictamente hablando, Eva sólo puede realizar esa función y ser ´em kol jai  = madre de todo lo que vive) siendo signo antropológico de Dios y expresión humana de su maternidad sagrada. El Adán precedente (humanidad sin diferencias de varón y mujer) carecía de individualidad. El primer individuo (agente) de la historia es Eva, la mujer, la madre de todos los vivientes.
            Quizá podamos añadir que en el principio el todo se hace madre: deja de ser campo indiferente en que vivimos sin darnos cuenta de ello (lugar de cambios inconsciente, mutaciones, nacimiento y muerte), para recibir rasgos maternos. Ella es la realidad como principio engendrador de vida.
En el principio era la madre
La madre es la primera realidad individual que troquela, diferencia y da sentido al ser humano. Por medio de ella el Uno filosófico en que todo se encontraba vinculado, reunido, confundido adquiere notas distintivas, formas propias. Ella es la primera de las diferencias, el origen de todas las posibles realidades.
 El evangelio indicará más tarde: en el principio era el Logos (Jn 1.1). Otros dirán como Goethe que al principio fue la acción o el pensamiento. Esas sentencias me parecen justas, al menos como expresiones generales. Pero en línea más profunda, en el lugar del surgimiento humano, tal como ha sido explicitado y formulado por las religiones, debemos afirma: en el principio era la madre. Ella se vuelve fuente de sentido para el ser humano.
 Quizá podamos añadir que la madre es la primera palabra (en camino que Jn 1 llevará a su culminación en Jesucristo). Sobre el silencio indecible del que nada puede afirmarse ni negarse ha emergido la primera diferencia, la fuente de la palabra, esto es, la madre. Ella no dice cosas externas, se dice a sí misma por y para el hijo. Por eso, lo primero que los seres humanos han descubierto y separado, su más honda experiencia es la experiencia de la madre.
En una perspectiva etnológica, debemos recordar que el ser humano nace "prematuro": es un viviente que en sí mismo carece de futuro: es frágil, le hacen falta largos meses (años) de cuidado materno (alimento, calor, limpieza, aprendizaje en el plano del afecto y la palabra) para realizarse: le hace falta madre.
- La madre pertenece a la estructura biológica del surgimiento y maduración del ser humano: ella ha tenido que especializarse en funciones de cuidado y servicio (de alimento, palabra y afecto) para que la especie humana pueda perdurar y realizarse. Ella es quien ofrece al niño un troquelado intenso, duradero, haciéndole capaz de asumir su propia vida como ser inteligente. Así viene a presentarse como portadora de vida: es el primer signo diferenciante en el espacio nuevo de lo humano.
- Pero la madre es más que una estructura biológica: ella es sentido fundante de la vida, es hierofanía o manifestación del poder sagrado, principio y sentido de toda realidad para los hombres. Vendrán después otras manifestaciones de lo divino; se podrá ver como sagrado el bosque o la montaña, el mar o la llanura, los astros o los muchos animales. Pero ellos sólo han podido recibir rasgos sagrados y tomarse como manifestación de lo divino porque antes ha estado allí la madre.
 Conforme a la visión antropológica freudiana, en el principio estaba siempre el padre, el macho fuerte de la horda de antropoides, imponiendo su dominio sexual sobre las hembras y ejerciendo su poder político (violencia social) sobre el resto de los machos. Estos se habrían reunido un día asesinando a ese padre y conquistando su propia autonomía como seres libres, aunque troquelados desde ahora por la ley oculta (religiosa) de aquel padre asesinado, a quien presentan simbolicamente como soporte y fuente de estructuración social (prohibición del asesinato/parricidio y del inceso/adulterio). En esa misma línea masculina y violenta se sitúan muchos antropólogos, psicólogos, sociólogos e incluso filósofos que ejercen mucho influjo en nuestro tiempo.
            Pues bien, en contra de esa perspectiva de dominio y lucha masculina se han alzado, a mi entender con más razón otros antropólogos que trazan y destacan la importancia de la madre como primera educadora, engendradora de lo humano. Quizá debamos afirmar con ellos que el ser humano ha podido surgir y se mantiene por gracia de la madre: sólo su cuidado físico y social (lactancia, educación) hace posible la emergencia de los individuos como seres que logran separarse del gran todo y realizarse de manera personal, consciente, en clave de lenguaje.
 Así lo muestran muchos signos religiosos antiguos a través de la figura de la Diosa-Madre, engañosamente llamada a Venus (signo de atracción erótica): la gran madre no es eros sino fuente de vida, una mujer de fuertes pechos y de vientre extenso. Ella es el signo de la maternidad, el don de vida que se expande (vientre) y el cuidado por aquella que ha nacido (pechos). Ella es la vida especializada en clave de maternidad humana: es madre porque cuida, acompaña, alimenta, ofrece la palabra. El ser humano ha descubierto su existencia peculiar por medio de la madre: ella es la diosa originaria, el símbolo fundante de eso que en palabra posterior pudiéramos llamar la gracia de lo humano.
Tanto los restos arqueológicos (estatuas o amuletos...) como la experiencia antropológica nos hacen descubrir (y postular) el influjo de la madre: el ser humano no se hace por violencia, como muchos dijeron y otros dicen todavía, al afirmar que nuestra cuna es la batalla. No nacemos de la guerra de los dioses (teomaquia) ni tampoco de la guerra interhumana (antropogonía como antropomaquia) sino de la ternura engendradora de la madre que nos hace crecer y realizarnos desde la debilidad primera[2].
Resultado de imagen de Estatuillas de la gran madre,
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 Ciertamente, el símbolo madre reasume elementos de la tierra, interpretada ya como "materia" (de mater, madre) y fuente de existencia. Por eso, la religiosidad matriarcalista está profundamente vinculada a los cultos telúricos (de tellus, tierra o suelo). Ella está unida al proceso de la vegetación y también a los ciclos de las estaciones, tan ligados en su entraña con la tierra. En esta línea puede hablarse también de madre/physis (de phyein, brotar o germinar) o de madre/naturaleza (de nascere, nacer): la misma realidad del cosmos (totalidad armónica) se entiende así como proceso vital de surgimiento.
En un nivel humano, la madre ya no es simplemente el poder preconsciente de la generación animal. Quizá pudiéramos decir que la generación toma en ella conciencia,se vuelve persona: la physis/naturaleza se hace madre. Esto es lo que hemos indicado ya diciendo que Eva, mujer y madre original, es el principio de todos los vivientes (cf Gen 3,20). En esta perspectiva, el Adán/varón (que Gen 2 presentaba al parecer como importante) viene a presentarse en realidad como subordinado.
Sobre ese fondo viene a explicitarse ya la primera dualidad o diferencia: la madre con el hijo. Esta es una relación polar de carácter jerárquico. La madre tiene ahora sentido prioritario: ella se despliega y existe para suscitar al hijo. El hijo, en cambio, existe por la madre, como expresión de su fecundidad y resultado de su acción educadora. Antes que la relación varón/mujer, en las raices de lo humano, parece haberse desplegado la díada simbólica de la madre con el hijo. Este es uno de los signos fundantes de lo religioso.
La madre acoge, troquela y madura al indefenso niño en un proceso de creatividad que rompe el plano del instinto (equilibrio con los otros seres del medio) y le conduce al nivel de la autonomía personal, ofreciéndole símbolos, palabras, experiencias que le capacitan para realizarse como persona. De esa forma es lógico que ella aparezca como el primero de los grandes signos religiosos: educa al niño par que se vuelva independiente; así es matriz y contenido fundante de toda la cultura.
Muy posiblemente, toda religión tiene a este plano un principio y contenido materno. La maternidad es experiencia fundante de lo humano, de tal forma que en sentido simbólico ella puede expresarse por varones y mujeres (aunque lo hace en modo peculiar por las mujeres). Situada en esta línea, la madre no aparece ya como elemento regresivo, de retorno al útero materno, en virtud de un sentimiento de inmersión oceánica, como suponen algunos pensadores de la escuela freudiana. La madre no es ya el todo indiferente que hemos visto en el Uróboros: no es caos que no implica todavía distinciones. Ella viene a desvelarse aquí como principio educador y creativo: cuida al niño y le sitúa ante el camino de la vida.
Violencia y maternidad
La cultura, interpretada como expresión del cultivo de lo humano, tiene origen materno. Algunos antropólogos, siguiendo a Lorenz, N. Tinbergen y R. Ardrey, han supuesto y defendido que el origen de toda cultura es la violencia: de esa forma devalúan la gran innovación humana de la madre. Pues bien, otros antropólogos como A. Montang y J.Rof Carballo, han podido señalar con más hondura y razones que el hombre surge y ha triunfado dentro de la línea genética y del duro proceso de la vidda precisamente por su debilidad, por la exigencia que tiene del cuidado de la madre.
 El niño humano es el más débil de todos los vivientes; nace prematuro, biológicamente es inviable a no ser que le acojan y eduquen por un tiempo largo, en una especie de proceso de gestación extrauterina que requiere la presencia constante de una madre. Pues bien, su misma fragilidad biológica, su menesterosidad, abierta al troquelado personal y aprendizaje, convierte al niño en el viviente más autónomo y creador, pues la madre le educa y le hace madurar en esa línea. Esta es, a mi juicio, la primer y más profunda paradoja antropológica. Así podemos afirmar que sólo la ternura creadora de la madre (y no la lucha o violencia entre los machos) es la que convierte al antropoide niño en ser humano (Cf. J. Rof Carballo, Violencia y ternura, Pensa Esp. , Madrid 1967).
            A este nivel, la religión puede entenderse como evocación materna: es recuerdo, memoria actualizada y permanente de esta intensa experiencia positiva en el origen de lo humano. Reconocer a la madre, eso es religión; proyectarla como símbolo primero en el origen y sentido de todo lo que existe, eso es experiencia de misterio para el ser humano.
Conforme a esto la primera demostración (o mostración) humana de Dios es la existencia de la madre. Ella es el punto de partida más significativo, el campo de inflexión y cambio más profundo en la experiencia de los hombres. Por medio de ella, la misma realidad originaria se explicita como fuerza creadora, ofrece rasgos maternales, como potencia cariñosa que nos hace realizarnos como humanos. En el principio de todo no se encuentra la lucha ni la angustia; en el principio está el cuidado fundante de la madre. Ella aparece así como signo original de lo divino: es clave que nos capacita para aceptar, comprender, asumir y recrear todo lo que existe.
 En el principio no está el ser como han pensado algunos metafísicos. Tampoco está la nada o las ideas eternas, generales. Al principio, como signo fundador y garantía de toda realidad, viene a mostrarse ya la madre. Ella es el símbolo más alto, es la imagen (llave significadora) que nos capacita para situarnos ante el mundo como seres que pueden entender lo originario. Partiendo de ella (visto en su transfondo) Dios se viene a desvelar como la hondura y verdad, la garantía y sentido de aquello que encontramos en la madre.
 Esta experiencia se encuentra en el fondo de todo lo que sigue. Sin embargo, ella no es perfecta todavía, no se puede tomar como definitiva. La primera madre es aún bastante impersonal: es principio y fuente de existencia más que persona concreta, realizada. Es principio cósmico de surgimiento humano más que individuo que dialoga en gratuidad con otros individuos.
            En esta visión de la "primera madre" falta todavía la dualidad personal estricta del hijo ya crecido que se pone frente a ella como independiente y capaz de responderle; falta igualmente la figura del varón esposo que dialoga con la esposa en gesto de relación personal. Y falta, sobre todo, la individualidad de la misma mujer/madre, como viviente con autonomía que aparece, se realiza, libremente en un proceso en el que ofrece personalidad y vida al niño (al hijo). Por eso ella, la mujer-madre, no llega a presentarse todavía como persona, en un sentido estricto. Así lo iremos viendo en los esquemas posteriores. Aquí nos bata con decir que la historia humana nace por medio de la madre. A partir de ella tenemos que recorrer el camino de las nuevas diferenciaciones personales[3].
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La madre, demostración de la existencia de Dios
 Los filósofos de línea cosmológica, apoyados por algunos pensadores helenistas (especialmente Aristóteles), querían demostrar la existencia de Dios a partir del movimiento de las cosas o apoyándose en la unión y coherencia del cosmos. Así ha trazado después Santo Tomás sus cinco vías que conducen de las realidades prehumanas que vemos y sentimos (movimiento, causalidad, contingencia, grados de ser, orden del mundo) al mismo ser de los divino.
 Pues bien, conforme a la visión más exigente y humana que aquí desarrollamos, esta vías resultan deficientes, pues no llevan hasta un Dios personal sino que acaban (y nos dejan) ante los poderes primigenios de este mundo. Sólo partiendo de aquello que es ya específicamente humano (la madre con el niño) podemos descubrir al Dios persona, propio de los hombres (y no simplemente al ser que es causa o motor cósmico del mundo).
 Algunos teólogos católicos tan significativos como H.U von Balthasar y H.Küng, han situado aquí la fuente de toda comprensión de lo divino: esta primera experiencia de acogida y cariño materno, reflejada en la figura de las grandes diosas primordiales, viene a interpretarse como signo y prueba de existencia de Dios.
 Cf: H. U. von Balthasar, El camino de acceso a la realidad de Dios, en MS II, 1, Cristiandad, Madrid 1l969,41-64; H. Küng, )Existe Dios? Respuesta al problema de Dios en nuestro tiempo, Cristiandad, Madrid 1979,587-616.
Bibliografía. Sigue siendo fundamental para el estudio del matriarcado E.Neumann, La grande madre, Astrolabio , Roma 1981. Se interesa por el tema en clave antropológica A.O.Osés, Mitología cultural y memorias antropológicas, Anthropos, Barcelona 1987.Visión filosófico/teológica en H.Küng, )Existe Dios?, Cristiandad, Madrid 1979,587-616 y H. U. von Balthasar, El problema de Dios en el mundo actual, Cristiandad, Madrid 1960. Para un estudio antropológico del posible influjo materno en el surgimiento de la cultura son importantes las obras de R. Girard, especialmente El misterio de nuestro mundo, Sígueme, Salamanca 1982 y La violencia de lo sagrado, Anagrama, Barcelona 1983
[1] Algunas mujeres actuales parecen desear la vuelta a ese tipo de matriarcado. Pues bien, esa vuelta es ya imposible. Es más, sería indeseable, tanto para las mujeres como para los varones. Ciertamente, en el momento matriarcal las mujeres tenían más poder; pero se trataba sobre todo del poder del vientre que concibe y pare, de los pechos que amamantan. Estrictamente hablando, todavía no existía ni mujer ni varón; había solamente hembra divinizada en su función reproductora. Para que varones y mujeres emerjan como plenamente humanos (de manera personal) tendrán que surgir las diferencias de tipo intelectual (a través de la palabra).
[2] Así lo ha mostrado J.Rof Carballo, Violencia y ternura, Prensa Española., Madrid 1967
[3] En algunos movimientos feministas de tipo religioso y social parece latir una especie de nostalgia por el matriarcado: superando el patriarcalismo histórico, habría que trazar una especie de retorno hacia el origen matriarcal de la cultura y de la vida. Sólo de esa forma las mujeres podrían encontrarse a sí mismas , recuperando su importancia humana. Entonces volvería a surgir la verdadera religión de la mujer ,es decir, la divinización de los valores femeninos.
Pienso que ese tipo de vuelta al matriarcado resulta ya imposible, es más, acabaría siendo indeseable para varones y mujeres. Ciertamente, hubo elementos buenos en el matriarcado antiguo. Más aún, la protesta feminista de la actualidad es muy valiosa y debe tomarse con lucidez y valentía. Pero el retorno al antiguo pasado es inviable, pues entonces no existían todavía varones ni mujeres en el sentido personal de esas palabras. La mujer del antiguo matriarcado era más engendradoras que mujeres, más vientre/pechos que persona.
Ciertamente, postulamos con Gál 3, 28 un nuevo estadio de la humanidad en que no existan ya machos y hembras en el Cristo sino solo personas, iguales todas. Pero esa no será (no podrá ser) la igualdad de la indiferencia, la vuelta al poder del vientre y pechos. Esa será más bien la igualdad en la más grande diferencia. Varones y mujeres tendremos que hacer el camino de la diferenciación, para encontrarnos al fin en la igualdad radical de los valores personales.
Este camino de la diferenciación ha estado lleno de injusticias y ha sido especialmente doloroso para las mujeres. Pero al fin, desde la novedad que implica Cristo y desde la nueva creatividad que nuestro tiempo está ofreciendo a varones y mujeres, podemos llegar a la igualdad más grandes en la más profunda de las diferencias. Queda en el fondo la madre; es bueno que ella siga siendo uno de los grandes signos de identificación y plenitud del ser humano. Pero es preciso que ese signo se realice (llegue a su pleno desarrollo) en claves de despliegue personal, en suma libertad, y no a través de algún tipo de retorno a los poderes puramente biológicos de la naturaleza.