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sábado, 28 de septiembre de 2019

Santos Miguel, Gabriel y Rafael, arcángeles (29 de septiembre)


Santos Miguel, Gabriel y Rafael, arcángeles

fecha: 29 de septiembre
canonización: bíblico
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Elogio: Fiesta de los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. En el día de la dedicación de la basílica bajo el título de San Miguel, en la vía Salaria, a seis millas de Roma, se celebran juntamente los tres arcángeles, de quienes la Sagrada Escritura revela misiones singulares, y que sirviendo a Dios día y noche, y contemplando su rostro, a Él glorifican sin cesar.
Patronazgos: Se consignan sólo los principales patronazgos de cada uno: Miguel: de la Iglesia Católica y la Gendarmería del Vaticano, de Alemania, de los caballeros, soldados, paracaidistas, de muchos oficios, de los pobres, los moribundos y los cementerios, para pedir una buena muerte. Gabriel: de las comunicaciones y los servicios de inteligencia, los mensajeros, carteros, funcionarios de correos y filatélicos, protector contra la infertilidad. Rafael: de los enfermos, los farmacéuticos, los viajeros, peregrinos, inmigrantes, marinos, techadores y mineros, protector contra enfermedades de los ojos.
refieren a este santo: Santos Ángeles Custodios

Oración: Oh Dios, que con admirable sabiduría distribuyes los ministerios de los ángeles y los hombres, te pedimos que nuestra vida esté siempre protegida en la tierra por aquellos que te asisten continuamente en el cielo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).
Indiscutiblemente, en la literatura apócrifa que tanto abundó en Palestina y en las comunidades judías de la Diáspora, antes y después de la venida de Jesucristo, el arcángel Miguel (Michael, que en hebreo significa: «¿Quién como Dios?») ocupa una buena parte. El punto de partida de esa literatura se encuentra en las Escrituras auténticas, puesto que en los capítulos diez y doce del Libro de Daniel, se habla del arcángel como «uno de los grandes príncipes de la milicia celestial, el protector especial de Israel», y se hace alusión a los tiempos en que Miguel resurgirá «como el gran príncipe que se levantará por los hijos de tu pueblo» (Daniel 12,1). En el Libro de Henoc, que se considera como el más importante de los apócrifos del Antiguo Testamento, se menciona a Miguel reptidas veces como «el gran capitán» o el «primer capitán» que «se establecerá entre la mejor parte de la humanidad», es decir entre la raza elegida, heredera de la promesa. Es misericordioso y habrá de explicar el misterio que rodea al temido juicio del Todopoderoso. Se dice que el propio Miguel condujo a Henoc ante la divina presencia, pero también se le asocia con los otros arcángeles, Gabriel, Rafael y Fanuel, en la expulsión de las potestades del mal de la tierra para arrojarlas en un abismo de fuego. El aspecto misericordioso del jefe de los arcángeles se pone particularmente de manifiesto en el «Testamento de los Doce Patriarcas» y en la Ascensión de Isaías (de hacia el año 90 de nuestra era). En este último libro leemos que «el gran ángel Miguel intercede siempre por la raza humana», y en el mismo libro se le presenta como el que lleva los registros de los hechos de todos los hombres, en los libros del cielo.
Ya en la época del Nuevo Testamento, precisamente en el Apocalipsis (12,7-9), se dice que «se entabló una batalla en el cielo: Miguel y sus Ángeles combatieron con el Dragón. También el Dragón y sus Ángeles combatieron, pero no prevalecieron y no hubo ya en el cielo lugar para ellos. Y fue arrojado el gran Dragón, la Serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el seductor del mundo entero; fue arrojado a la tierra y sus Ángeles fueron arrojados con él.». Pero resulta todavía más significativo, en la estrecha vinculación de un culto a san Miguel y las tradiciones judías, la mención de su nombre en la Epístola de San Judas (vers. 9): «En cambio el arcángel Miguel, cuando altercaba con el diablo disputándose el cuerpo de Moisés, no se atrevió a pronunciar contra él juicio injurioso, sino que dijo: 'Que te castigue el Señor'». No se sabe si esta frase es una cita directa del escrito apócrifo conocido como «La Asunción de Moisés», porque ya no poseemos el texto de la última parte de esa obra, pero Orígenes afirma expresamente que se trata de una cita y menciona el libro de donde fue tomada. La historia cuenta que Moisés murió y, entonces, «Samael» (es decir Satanás) reclamó el cuerpo para sí, en base a que Moisés era un asesino, puesto que quitó la vida a innumerables egipcios. Esta blasfemia provocó la cólera de Miguel quien, sin embargo, se contuvo y sólo dijo a Satanás: «Dios te rechaza a ti, difamador (diabole)». Parece ser que La Asunción de Moisés daba preeminencia a la parte desempeñada por Miguel en el entierro de Moisés, y se sabe que algunos de los Padres que participaron en el Concilio de Nicea, en el año 325, se refirieron a este libro. Es posible que su origen sea anterior a la venida de Cristo.
En la obra «El Pastor de Hermas», que data de la primera parte del siglo II de nuestra era, nos encontramos con una ilustración referente a la veneración que tenían por san Miguel los que sin duda eran cristianos. En la octava «similitud» se puede ver la alegoría de las ramas cortadas del gran sauce para ser plantadas junto al agua; algunas de las ramas brotan y florecen vigorosamente, mientras que otras se marchitan y se secan. Un ángel de majestuoso aspecto distribuye los premios cuando se presentan a su examen aquellas ramas y emite su juicio. En la leyenda que figura al pie de la ilustración, se explica que aquél «es el glorioso arcángel Miguel; que tiene autoridad sobre las gentes y las gobierna; porque es él quien le ofreció la Ley, la plantó en el corazón de los creyentes, y en consecuencia, él vigila y administra a aquellos a quienes dio la Ley para saber si cumplen con ella». El Pastor de Hermas fue tratado por algunos de los primeros Padres, como si el libro formase parte del canon de las escrituras, pero al parecer nunca llegó a tener tanta difusión como el extravagante escrito apócrifo de origen «El Testamento de Abraham», el cual no debe ser de origen judío. En todo este relato el arcangel Miguel es el personaje principal. Desempeña la difícil tarea de convencer a Abraham para aceptar con resignación la necesidad de morir. Al lector se le presenta Miguel como el capitán mayor de las legiones Dios, organizador todas las relaciones divinas con la tierra, el que intercede ante Dios con tanto poder que, a su palabra, pueden llegar a ser rescatadas las almas incluso en el infierno. Tenemos, por ejemplo, pasajes como éste:

«Y Abraham dijo al gran capitán (Miguel) : 'Yo te lo suplico, oh arcángel, atiende mis ruegos y apelemos al Señor para suscitar Su piedad y que otorgue Su misericordia a las almas de los pecadores, a quienes yo antaño, en mi cólera, maldije y destruí, a quienes se tragó la tierra, a quienes despedazaron las fieras, a quienes consumió el fuego al conjuro de mi palabra. Ahora sé que he pecado ante el Señor nuestro Dios. Vamos entonces, Miguel, gran capitán de las altas legiones, vamos a llamar a Dios con lágrimas en los ojos para que se digne perdonar mis pecados'. El gran capitán le escuchó, e hicieron una apelación a Dios y, después de haberle llamado durante largo tiempo, bajó del cielo una voz que decía: '¡Abraham, Abraham! Yo he escuchado tu voz y tu plegaria y yo te perdono tu pecado. Aquellos a quienes tú piensas que he destruido, los he llamado para devolverles a la vida, por obra de mi excelsa bondad, puesto que, durante algún tiempo y después de mi juicio, les pagué con la misma moneda, y aquellos a quienes destruyo cuando viven sobre la tierra, no los rescato en la muerte'.»
Ya sea que este escrito apócrifo y otros similares se funden o no en tradiciones judías, es indudable que fueron leídos por los primeros cristianos. Por otra parte, a ninguno de esos escritos se le puede acusar de formular, de cualquier manera, ataques contra la fe cristiana. Los elementos fantásticos predominantes que se introducen sin ningún disimulo en casi toda la literatura hagiográfica de los primeros siglos, deben haber embotado el sentido crítico en la gran mayoría de los lectores, por muy pronunciada que haya sido su inclinación piadosa. A estos elementos fantásticos se puede atribuir el hecho de que los escritos apócrifos circularan tan extensamente y de que se encuentren vestigios de ellos, incluso en una epístola canónica como la de San Judas y en varias otras de los antiguos Padres griegos. La misma liturgia se ha visto afectada, aunque casi imperceptiblemente, por Ios apócrifos. Como ejemplo clarísimo, podemos citar las palabras clásicas del ofertorio de la misa de difuntos [el artículo se refiere a la oración en el rito anterior, a la que se lae han quitado los elementos mitológicos en el rito actual, pero aun puede leerse esta misma oración en los innumerables «requiem» musicales]:

«Señor Jesucristo, rey de la gloria, libra a las almas de todos los fieles difuntos de las penas del infierno y de las profundidades del abismo; líbralos de las fauces del león para que no caigan en el infierno ni en la profunda oscuridad, y que sea en cambio Miguel, el abanderado, quien los conduzca a la santa luz que Tú prometiste a Abraham y a su descendencia. Te ofrecemos a Tí, Señor, sacrificios y plegarias; recíbelos, propicio, en favor de esas almas a las que conmemoramos hoy. Otórgales, Señor, que pasen de la muerte a la vida que, desde antes, Tú prometiste a Abraham y a su descendencia.»
En este ofertorio hay muchas reminiscencias de la literatura apócrifa a la que nos hemos referido. Tiene mucho significado la asociación de san Miguel con Abraham para todo aquel que conozca, aunque sea superficialmente, el Testamento de Abraham. Estaría fuera de lugar entrar aquí en detalles, pero basta señalar que, debido a la preeminencia que se dio a San Miguel, se desarrollaron otros aspectos de su culto.
La fiesta a que nos referimos hoy, se ha celebrado con gran solemnidad a fines de septiembre, desde el siglo sexto por lo menos. La festividad celebra la dedicación de una basílica en honor de San Miguel, a unos diez kilómetros al norte de Roma, sobre la Vía Salaria. En el Oriente, donde antaño se tenía al arcángel como protector de los enfermos (actualmente se le considera capitán de las legiones celestiales y patrón de los soldados), la veneración a san Miguel es todavía más antigua. Una fuente de aguas curativas situada en Khairotopa y otra en Colossae, llevan el nombre del arcángel. Sozomeno nos dice que Constantino el Grande edificó una iglesia dedicada a él, llamada Michaelion, en Sosthenion, cerca de Constantinopla, y afirma que en aquel santuario se produjeron muchas curaciones milagrosas. En la ciudad de Constantinopla propiamente dicha, había numerosas iglesias con el nombre de San Miguel, incluso una muy famosa, en el sector de los Baños de Arcadio, cuya dedicación, un 8 de noviembre, instituyó la fiesta del arcángel para los bizantinos.
En su forma actual, aunque originalmente se refería sólo a san Miguel, por la dedicación del templo romano mencionado, la fiesta sintetiza en un mismo día a los tres arcángeles que conocemos por nombre y que se mencionan en sendos relatos bíblicos: Miguel, Gabriel y Rafael. La tradición se ha desarrollado mucho menos sobre el segundo, y escasísimamente sobre el tercero. San Gabriel se celebraba, hasta la última reforma litúrgica, el 24 de marzo, un día antes de la Anunciación, por su natural conexión con este misterio. Sin embargo, no es la única función bíblica de este arcángel:
Según Daniel (9, 21), fue Gabriel (hebreo, «fortaleza de Dios») el que anunció al profeta el tiempo de la venida del Mesías; posiblemente por esta asociación con el tiempo de la venida mesiánica, en Lucas fue él de nuevo quien se apareció a Zacarías «de pie, a la derecha del altar del incienso» (Lc 1,10 cfr. v. 19), para darle a conocer el futuro nacimiento del Precursor; y finalmente el arcángel, como embajador de Dios, fue enviado a María, en Nazaret (Lucas I, 26) para proclamar el misterio de la Encarnación. Hay abundante evidencia arqueológica de que el culto de san Gabriel no es, en ningún sentido, una innovación. Una antigua capilla, muy cercana a la Vía Apia, rescatada del olvido por Armellini, conserva los restos de un fresco en el que la importancia dada a la figura del arcángel, y su nombre escrito debajo, induce fuertemente a creer que fue honrado en algún tiempo en esa capilla como patrón principal. Hay también muchas representaciones de Gabriel en el primitivo arte cristiano, tanto de Oriente como de Occidente, que no dejan duda de que su relación con el sublime misterio de la Encarnación fue conmemorado por los fieles en épocas muy anteriores a la renovación de su culto, en el siglo XIII. Este mensajero del cielo fue solemnemente proclamado por SS Pablo VI como patrono de las comunicaciones.
En cuanto a san Rafael, su presencia en la Biblia y en la tradición devocional es mucho menos destacada: En el Libro de Tobías se cuenta que Dios envió a san Rafael a ayudar al anciano Tobías, quien estaba ciego y se hallaba en una gran aflicción, y a Sara, la hija de Raquel, cuyos siete maridos habían muerto en la noche del día de las bodas. Cuando Tobías el joven fue a Media a cobrar un dinero que se debía a su padre, San Rafael, tomó la forma humana y el nombre de Azarías, le acompañó en el viaje, le ayudó en sus dificultades y le explicó cómo podía casarse con Sara sin peligro alguno. El propio Tobías, cuando aun no sabe la verdadera identidad de quien lo acompañó en su viaje, dice: «Me ha guiado incólume, ha cuidado de mi mujer, me ha traído el dinero y te ha curado a ti. ¿Qué salario voy a darle?» (To 12,3). Estas curaciones y el nombre de Rafael, que significa «Dios ha obrado la salud», han movido a ciertos comentaristas a identificarle con el ángel que movía el agua en la piscina milagrosa de la que habla San Juan (5,1-4). En el Libro de Tobías (12, 12.15), el propio arcángel se describe como «uno de los siete que están en la presencia del Señor» y cuenta que había ofrecido continuamente a Dios las oraciones del joven Tobías.
Aparte de la veneración por San Miguel, el reconocimiento litúrgico más antiguo de los otros arcángeles se encuentra en la primitiva forma griega de la Letanía de los Santos. Edmundo Bishop, en su Liturgia Historica, pp. 142-151, expresa su opinión de que esas menciones se remontan a la época del Papa Sergio (687-701). En ellas se invoca sucesivamente a san Miguel, san Gabriel y san Rafael.
Sobre los ángeles en la Biblia, el Cuaderno Bíblico Verbo Divino nº 125 (2005), aunque se dedica al tema del Libro de los Jueces, que no tiene relación con esto, contiene un dossier de P. Gruson acerca de los ángeles, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, que resulta una muy buena síntesis para comenzar a adentrarse en la cuestión. Otra aproximación puede ser el Vocabulario de teología bíblica de Leon-Dufour. Sobre la figura del arcángel en el arte, basta consultar a Künstle, en su Ikonographie, vol. I, pp. 239-264, aunque también ha tratado ampliamente el asunto A. Didron van Dribal y otros. En cuanto a la forma como trataron el asunto de los ángeles los Padres de la Iglesia, véase a J. Daniélou, S. J., en Les Anges et leur mission (1952).
El presente articulo utiliza, modificando lo pertinente, los artículos del Butler-Guinea correspondientes al 24 de marzo (san Gabriel), 29 de septiembre (san Miguel) y 24 de octubre (san Rafael).
Cuadros:
-Hans Memling: Miguel en el Juicio Final. Retablo (detalle), 1467-1471, en el Narodowe Muzeum en Danzig.
-Hubert y Jan van Eyck: Gabriel anuncia a María el nacimiento de Jesús (detalle), 1432, altar en la Catedral de San Bavón, Gante.
-Discípulo de Adam Elsheimer: Tobías y Rafael regresan al hogar, segunda mitad del s. XVII, Galería Nacional de Londres.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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ingreso o última modificación relevante: ant 2012
Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: https://www.eltestigofiel.org/index.php?idu=sn_3542

domingo, 6 de mayo de 2018

La Aparición de San Rafael Arcángel. (7 de mayo)

La Aparición de San Rafael Arcángel.

"...soy Rafael Angel, a quien tiene Dios puesto por Guarda de Córdoba"

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7 mayo 2018
La Aparición de San Rafael Arcángel.
Aparición de San Rafael a Roelas.
La Aparición de San Rafael Arcángel. 7 de mayo.

Según el libro "Triunfo Angélico del Celeste Príncipe y Glorioso Protector de la Ciudad de Córdoba, San Rafael", de Jerónimo de Vilches O.S.Bas:
 
"El suceso de mas antigüedad en que se ha dado a conocer San Rafael, y que consta de los autores, según lo que alcanza la memoria , y escritos, dejando a Dios otros más antiguos, y que nosotros no alcanzamos, es la aparición del Sagrado Arcángel al Venerable P. Fr. Simón de Sousa, Comendador del Convento de Redentores Mercedarios de esta Ciudad, (...) Cuando el Señor Obispo D. Pascual de buena memoria gobernaba la Silla de Córdoba [1239], era el P. F. Simón Comendador del enunciado Convento Mercedarios de esta Ciudad; la que por entonces padeció la epidemia contagiosa de una tan devastadora peste que faltó poco para despoblar todo su vecindario. Concurrieron [los religiosos de la ciudad] con su Ilma., y para subvenir a tan grave necesidad, se ofrecieron todos a ayudar a los fieles, por si y por los religiosos de sus Comunidades, a cuanto pudiesen sufragar en beneficio espiritual y corporal de los enfermos. (…) El que mas señaló en todo fue el P. Comendador Fray Simón, abandonándose, por si y por sus Religiosos con tanta resolución al cuidado de los enfermos, que se les pego el contagio, así a muchos de sus súbditos, como al P. comendador y llegando todos casi a los umbrales de la muerte.

(…) los Venerables Prelados, añadiendo a las obras de sus manos las lágrimas de sus ojos, y juntando con el desvelo de su cuidadosa asistencia a los enfermos las vigilantes, y fervorosas oraciones al Señor; pedían el remedio en tan urgente, y lastimosa calamidad. Todos imploraban el patrocinio de la Reina del Cielo, en cuya mano ha puesto el Señor las llaves de su misericordia; pero el Venerable Fray Simón, que ya se hallaba convaleciente de su enfermedad, retirado en el Coro de su Convento, al mismo tiempo que rendía al Señor gracias por su mejoría, derramaba su corazón a sus pies, rogándole se compadeciese del afligido pueblo, y por su infinita clemencia retirase ya el azote del contagio.

Y para dar más valor a sus humildes súplicas, llamaba a las puertas de la Reina del cielo y a las del glorioso Arcangel San Rafael, a quien veneraba con especialísima devoción, poniéndoles por intercesores para aplacar los enojos del Altísimo. Asi rogaba cuando en lo mas profundo de su oración, se le apareció el Sagrado Arcangel San Rafael; y consolándole con la vista de su celestial belleza, le dijo estas palabras: 'Dirás al Obispo Pascual que esta Dios muy satisfecho de su vigilancia, y cuidado; y que por sus oraciones y de otras personas, por la intercesión de su Santa Madre se ha compadecido de este Pueblo: que ponga mi Imagen en lo alto de la Torre de la Iglesia Catedral, y exorte a todos sus feligreses a que me sean devotos y celebren mi fiesta todos los años. Y que si así se hace, este contagio cesará de todo en punto'.

Con esto desapareció el Santo Arcángel; mas como el caso era de tanta importancia, pasó el Venerable Comendador a comunicarlo con el Señor Obispo, significándole de parte del Soberano Espíritu el contenido de la revelación y lo que era voluntad de Dios para el remedio de aquella gravísima, y extrema necesidad: y como era tanta la piedad del Venerable Obispo D. Pascual; asintiendo con docilidad a la insinuación del Cielo, mandó luego hacer una Imagen del Sagrado Arcángel San Rafael, y ponerla sobre la Torre de la Iglesia en tal disposición que pudiese mover la cara a todos vientos para purificarlos de la infestación del contagio; en la misma forma, que el Celestial Espíritu lo determinó. Mandó asimismo el devoto Prelado, que se celebrase al Santo Arcángel el día de su fiesta, exhortando a todos sus súbditos a su más tierna, y fervorosa devoción; con cuyas diligencias se apagó enteramente la llama del contagio
".

Y prosigue este libro con la manifestación más conocida, compuesta de varias apariciones, y celebrada a 7 de mayo, en Córdoba. Intento resumir por lo complicado del lenguaje de la época: "La mas célebre de estas apariciones y en la que con mayor claridad y certeza ha manifestado el Sagrado Arcángel el ministerio de custodio de esta Ciudad, encomendado por Dios, fue en la que se dejó ver del Venerable Sacerdote Andres de Roelas".

Unos antecedentes de dicha manifestación: El 26 de noviembre de 1575 habíase descubierto en la iglesia de San Pedro de Córdoba, un sepulcro con las numerosas reliquias de los muchos mártires de Córdoba, que había sido ocultado durante siglos, por miedo a la presencia mora. Se tenía conocimiento de dicho sepulcro, pues se conservaba lo que había sido su tapa, con los nombres de los santos patronos de Córdoba grabados: Fausto, Januario, Marcial, Zoilo y Acisclo. El obispo Bernardo de Fresneda mandó reunir los huesos, decretando que, aunque parecían reliquias de mártires, por el cuidado con que habían sido depositadas, permanecieran en ocultas a la veneración pública, hasta que, presentado el caso al papa Gregorio XIII, este determinara. Pero el papa pasó la respuesta al Concilio de Toledo, que no se determinó.Y pasaron los años:
 
"...por el mes de Octubre del (…) año de setenta y siete cayó el Venerable P. Roelas en una gravísima enfermedad, de la que [casi se sanaría] después de una larga curación (…) la víspera de Pascua de Resurrección del siguiente año de 1578. Entre tanto, y con el deseo de su salud (…) se encomendó afectuosamente a los Santos Mártires, pidiéndoles le alcanzasen de Dios la salud, si le convenía. (...) los Santos Mártires parece no cerraron las puertas de sus piadosos oídos a los clamores del Venerable Presbítero. Por cinco veces, y en diferentes noches oía una voz de persona , que aunque no se dejaba ver, le decía: 'Salte al campo, y tendrás salud'. (…) [el] Sábado Santo del enunciado tiempo, se esforzó como pudo a salir de su casa [y estando en el campo descansando] se le presentaron ante los ojos (…) cinco bizarros personajes a caballo, los que habiéndole saludado, sin darse a conocer, le dijeron: 'por vuestra vida Señor, pues sois Sacerdote, vais al Prelado, o a quien está en su lugar, y le digáis: aquel Sepulcro que se halló en S. Pedro , y huesos de los Santos, que los tengan en mucha veneración, porque vendrán a esta Ciudad muchos trabajos, enfermedades, y flujos de sangre en las mujeres, y mediante ellos serán libres'. Con esto se apartaron, siguiendo su camino; y cuando el Venerable Sacerdote quiso seguirlos para averiguar quien fuesen, ni los volvió a ver más, ni hallo quien le diese de ellos razón".

Y se halló perfectamente sano el P. Roelas, quien, aunque impresionado, decidió no contar nada hasta que la ciudad tuviera nuevo obispo, pues a la sazón, había sido trasladado D. Bernardo. Así que la noche del 30 de abril de ese mismo año se le apareció un personaje bellísimo, que le dijo: "¿Por qué no habéis querido hacer lo que os encomendaron aquellos cinco Caballeros? Porque tiempo ha de venir, que ha de usar Dios de misericordia con este Pueblo por intercesión de los huesos de estos Santos Mártires; porque han de suceder graves enfermedades , y pestes, y sobre las mujeres flujos de sangre". Manifestó el buen padre que temía no ser creído, a lo que el misterioso ser le replicó que, a pesar de ese temor, el provisor (administrador eclesiástico) debía fabricar un relicario de buen tamaño, llevarlo en procesión con las santas reliquias, de modo que todo aquel que venerase dichas reliquias quedaría sanado o sería inmune a las plagas anunciadas. Cinco veces se repitió la aparición celestial y la petición, mientras el padre dudaba y conjuraba al espíritu, por si era aparición del diablo. Decidió consultar con teólogos, el cabildo y el mismo Provisor, y entre todos determinaron le hiciera algunas preguntas al ser, sobre quienes eran los mártires, que tipo de martirio habían padecido y si algún hueso de infiel estaba mezclado con las reliquias. Y llegó el 7 de mayo, que sería el día definitivo. Se presentó el luminoso ser y le dijo al P. Roelas: "Tú me conjuraste la última noche que vine aquí; y no te dije quien era por tu inobediencia. Yo te juro por Jesucristo Crucificado, que soy Rafael Angel, a quien tiene Dios puesto por Guarda de esta Ciudad".

Manifestada la persona del mensajero, pasó el arcángel a responder lo que se le preguntaba. Una hora y media duró la aparición, dando por satisfecho al P. Roelas. Le confirmó San Rafael lo que la piedra que sellaba el sepulcro decía: que allí dentro estaban las reliquias de Santos Patronos de la ciudad: Fausto, Januario, Marcial, Zoilo y Acisclo. Y que las otras eran las reliquias de algunos mártires de Córdoba. Le confirmó que aquellos cinco caballeros no eran otros que Fausto, Januario, Marcial, Zoilo y Acisclo. Detalló martirios y manera de reconocer algunas reliquias, como las de Fausto, Januario y Marcial, que estarían requemadas, o las cabezas de las mujeres, que serían más pequeñas. No estaban contaminadas con huesos alguno de infiel, ni siquiera de cristiano no santo. También confirmó San Rafael la aparición a Simón de Sousa.

Esto bastó al Cabildo para aceptar que aquellas eran las reliquias de los santos mártires, ponerlas a la veneración pública, como había pedido San Rafael. En 1601 (muerto ya en 1587 el P. Roelas) una peste sin precedentes asoló la ciudad, lo que movió al clero y pueblo a invocar a San Rafael y a los santos mártires, quedando muchos sanos y otros muchos recuperaron la salud. Solo entonces El Provisor, Fernando Mohedano, autorizó como ciertas las revelaciones del P. Roelas, el 6 de agosto de 1603. Finalmente, en 1650, Inocencio X las confirmaba, a la par que autorizaba a la ciudad de Córdoba celebrar la festividad del arcángel San Rafael a 7 de mayo.

A 7 de mayo además se celebra a
San Domiciano de Maastricht, obispo.
Beata Gisela de Hungría, reina y abadesa.
La Traslación de San Juan de Mata.