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miércoles, 31 de mayo de 2017

Ven, Espíritu Santo. Con él la Iglesia inicia su misión (Cardenal Carlos Osoro) 31052017

Ven, Espíritu Santo. Con él la Iglesia inicia su misión

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Ven, Espíritu Santo. Con él la Iglesia inicia su misión
Siempre es un gozo contemplar cómo el Espíritu Santo constituye un regalo de Dios a la Iglesia. Es su alma, es la savia que recorre todo el Cuerpo de la Iglesia y que le hace experimentar que su vida debe ser la que Jesús le dio, cuando antes de subir a los cielos les prometió a los primeros discípulos que les daría el Espíritu Santo, y que debían salir al mundo y dirigirse a todos los hombres para anunciarles la Buena Noticia de la salvación, que es el mismo Jesucristo. Resuenan las palabras de Jesús: «Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo» (cfr. 1, 1-11). El Señor, enviando el Espíritu Santo, comunica dones espirituales a quien lo acoge. La Iglesia ha enumerado siempre siete. Es número que significa plenitud y totalidad: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios.
Deja que tu vida se llene del Espíritu Santo que Cristo da a su Iglesia. Déjate inundar por esos dones en tus entrañas profundas. ¿Qué significan estos dones? I) Sabiduría: ver las cosas con los ojos de Dios, sentir con el corazón de Dios, saber de Dios, gusto y sabor de Dios. II) Inteligencia o entendimiento: no es inteligencia humana o capacidad intelectual. Abre la mente para entender mejor las cosas de Dios, las cosas humanas, todas las situaciones. Es aquello de san Pablo: «Lo que el ojo no vio, ni el oído oyó, ni entraron en el corazón del hombre, Dios las ha preparado para los que le aman». III) Consejo: es Dios mismo quien nos ilumina con su Espíritu y alumbra el corazón y comprendemos el modo justo de hablar, de comportarse, de caminar. IV) Fortaleza: nos sostiene en nuestra debilidad, nos libera de la tibieza, de incertidumbres y temores. Nos ayuda a dar la vida. V) Ciencia: la fuerza del Espíritu nos ilumina ojos, mente y corazón, para descubrir cómo cada cosa nos habla de Él y de su amor. VI) Piedad: nos habla de nuestra pertenencia a Dios y de nuestro vínculo profundo con Él, que da sentido a nuestra vida. Es la amistad con el Señor que cambia nuestra vida y nos da entusiasmo y alegría. VII) Temor de Dios: no es tener miedo de Dios, pues es Padre y nos ama, nos salva y nos perdona siempre. El temor de Dios nos recuerda la pequeñez. Somos muy pequeños ante Dios y por ello nos dejamos sostener por sus brazos y nos hacemos dóciles, con capacidad permanente de alabanza y llenos de esperanza; todo viene de la gracia que nos llena de misericordia y bondad.
Hagamos un examen de la vida y construyámosla con el regalo que nos da Nuestro Señor Jesucristo, el Espíritu Santo. De tal manera que en nuestra vida se hagan realidad estas tres dimensiones:
1. Vida llena de sentido de universalidad: a ello te ayuda ver a la Iglesia caminando desde su inicio con la fuerza del Espíritu Santo. Es un camino en medio de las dificultades del mundo, con alegría, en fiesta. Y así lo tiene que hacer hoy, en medio de un ambiente secularizado. Debes de ser consciente de que nuestro mundo está lleno de energías que aparentemente no se ven, pero están. Nosotros, los cristianos, vivimos de la  energía más grande, de la fuerza del Espíritu Santo que nos llama y nos hace vivir con nuestro nombre verdadero: hijo de Dios y hermano de todos los hombres. De tal manera que la Iglesia es una alternativa a una sociedad que se cierra sobre sí misma. Ella nos abre a todos, porque apoyados en la fuerza del Espíritu Santo confiamos, no tenemos miedos, nos abrimos a la absoluta confianza de quien nos dijo y nos sostiene en ese «no tengáis miedo», «veréis cosas mayores».
El Espíritu Santo nos hace nacer de nuevo, ¿cómo? Entrando en todos los caminos, en todos los hombres y para todos los hombres. Nunca pensando solamente en mí y en el bien de uno mismo. El ser humano sufre siempre por falta de visión y por ello debe abrirse a la perspectiva que le da la Palabra del Señor, su acción. Es necesario cultivar la visión, la que nos da Cristo por su Espíritu. Creemos hombres fuertes llenos del Espíritu Santo, que harán sociedades fuertes. Conectándonos con el otro en su verdadero valor, nos conectamos en la solidaridad. Ello nos hace vivir en medio del pueblo con cordialidad, entusiasmo, llenando de una atmósfera de amor, que es el amor mismo de Dios, todo lo que toca nuestra vida, siempre en actitud cordial. La Iglesia tiene que desarrollar el sentido social y hacer crecer la conciencia religiosa, cambiar la cultura, sosteniendo a las familias, dándoles entusiasmo por ser iglesias domésticas, como en el inicio de la Iglesia.
2. Vida que trae y entrega la novedad: muestra la gran novedad que trae el espíritu de apertura que da el Espíritu Santo. No tengas miedo a fundar la vida en esas convicciones firmísimas del cristiano que te hacen vivir las experiencias nuevas. Que no te llevan a perder la identidad y la apertura que han de caracterizar tu ser de cristiano en profundidad. No tengas miedo a encontrarte con las grandes confesiones religiosas, pues el espíritu de apertura has de fundarlo en convicciones firmísimas de hombre de Iglesia que no cesan de invitar a quienes nos encontremos a la oración y a la meditación. El Concilio Vaticano II es un acontecimiento y una experiencia de comunión fraterna entre los cristianos, pero también una llamada a crearla donde se rompió, a aumentarla donde se va evaporando y a manifestarla para ser creíbles. Pero ello es obra del Espíritu Santo.
El Concilio Vaticano II nos habla de proclamar la verdad sobre Dios y sobre el hombre en un mundo dominado por el materialismo y la ausencia de Dios. Tengamos el atrevimiento y la osadía de hacerlo con nuestras vidas. Poner a la Iglesia en misión, como describió el Papa beato Pablo VI en Evangelii nuntiandi y el Papa Francisco en Evangelii gaudium, es un reto; es el reto de poner a la Iglesia cumpliendo lo que mandó el Señor y para la que le entregó el Espíritu Santo. Es su misión en el mundo tal y como es el mundo hoy.
3. Vida con un modo nuevo de vivir, de fervor y disponibilidad: vivir con los dos pulmones, occidental y oriental, es una necesidad que el Espíritu Santo nos da a conocer y que nos ayuda a respetar y descubrir en profundidad los derechos humanos, la libertad, las grandes cuestiones sociales. Es más, la aceptación generalizada de la carta de la Declaración de los Derechos del Hombre no corresponde a la realización concreta de su espíritu; al contrario, a veces el espíritu de la vida social de algunos pueblos está en abierta contraposición con la letra de los derechos, por ejemplo con el tema de la libertad religiosa. Hay que seguir preguntándonos: ¿qué quiere decir ser católico después del Concilio Vaticano II, en esta realidad concreta en la que vive nuestro mundo? No desestimar absolutamente nada de lo que dicen todos los documentos del Concilio e interpretarlos a la luz de la identidad de la Iglesia y de su misión. Solamente el Espíritu Santo nos hará comprender el tiempo que vivimos y discernir los signos del mismo tiempo. Permanecer en la Iglesia y dar a la misma la forma de auténtico Pueblo de Dios. Creo que aquí valen las palabras del beato Pablo VI: «el hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escucha a los que enseñan es porque dan testimonio» (EN 41). Cristo nos pide que, con nuestra vida,  demos a saber lo que Él piensa, cómo quiere que vivamos los hombres, y cómo hemos de ver la vida. Lo que sí es claro es que el ser humano se afirma a sí mismo de manera más completa dándose. El Espíritu Santo nos sitúa en la lógica de darnos.
Con gran afecto, os bendice,
+Carlos Card. Osoro Sierra, arzobispo de Madrid 

miércoles, 24 de mayo de 2017

Los medios caminan, edifican y confiesan (Cardenal Carlos Osoro) 24052017

Los medios caminan, edifican y confiesan


Los medios caminan, edifican y confiesan
Este domingo celebramos la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, que el Papa Francisco ha convocado este año con el lema Comunicar esperanza y confianza en nuestros tiempos. Creo que hay una maestra con el arte verdadero de la comunicación. Ella sabe dónde está el manantial de la esperanza y la confianza. Permitidme hablaros de la singularidad de esta artista que es la Virgen María. Ella nos dio la noticia más importante que existe y mantiene su vigencia, y también fue la que mejor comunicó la misma. La misión de la Iglesia es dar la gran noticia de Jesucristo a los hombres con hechos y palabras y, ahora que terminamos el mes de mayo, me parece oportuno poner a la Virgen como una propuesta de comunicadora que siempre construye y que nos une a los hombres. A un mundo que vive con una rapidez inusitada procesos de cambio y de transformación, Ella le puede entregar lo más necesario: a Jesucristo. Con los ojos de María vemos que esta época –mucho más que otros momentos– requiere un crecimiento en la cultura de la comunicación, que lo es de escucha y de diálogo. Atrevámonos a hacerlo todos y asumamos esta responsabilidad.
Cuando uno se pone a pensar en cómo la Iglesia debe hacer la comunicación, inmediatamente, por lo menos a mí, aparece la Santísima Virgen María. No es extraño que el Concilio Vaticano II, en la constitución Lumen gentium, diga sobre María: «Esta unión de la Madre con el Hijo en la obra de la salvación se manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta la muerte» (LG 57), «la Madre de Dios es figura de la Iglesia, como enseñaba san Ambrosio: en el orden de la fe, del amor y de la unión perfecta con Cristo» (LG 63). Es de Ella, por Ella y con Ella con la que debemos vivir el aprendizaje de la comunicación a todos los hombres. ¿Por qué será que a la Virgen todos la escuchan y atienden, hasta los que parece que están y son más distantes? ¿Qué es lo que provoca en el corazón?
Mucho me gustaría que ahora que termina este mes de mayo acogiésemos el regalo de María de la comunicación. ¿Cómo? Caminando como Ella, edificando como Ella y confesando como Ella. Que sea la Virgen quien nos regale la comunión que tenemos que tener con Cristo, esa que tan bellamente describe Ella en su vida, en los momentos más importantes de la vida del Hijo de Dios con los hombres. Hemos recibido y estamos estudiando y respondiendo al documento preparatorio del próximo Sínodo de los Obispos, dedicado a Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional. Es oportuno pedir a María que nos regale su unidad y comunión con Cristo para ver, para poder descubrir que todos tenemos una vocación al amor que asumir y que tenemos que concretarla en la vida cotidiana a través de una serie de opciones que van a articular un estado de vida.
En esta Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales ofrezcamos el camino de María, que es tan sugerente para vivir y mantener en todas las circunstancias un encuentro de honda existencia, para comunicar una noticia que configura una manera de ser, estar, vivir y construir nuestra sociedad. Me agradaría que hiciéramos el mismo itinerario que María. Su capacidad de comunicación y de entrar en el corazón de los hombres llevando la noticia que hace al mundo diferente y a los hombres nuevos, se nos manifiesta y revela en su historia personal: a) desde el primer instante en que recibe la noticia de que va a ser Madre de Dios, se pone en camino; b) cuando nace Jesús en Belén, allí con los pastores y los magos, muestra a su Hijo; c) cuando presenta a Jesús en el templo y el anciano Simeón, tomándole en sus brazos, exclama: «Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos, luz para alumbrar a las naciones»; d) cuando, perdido Jesús en el templo de Jerusalén, lo encuentran sus padres y les dice que está «ocupado en las cosas de su Padre»; e) en las bodas de Caná, cuando, movida por compasión, pide a su Hijo que realice el primer milagro y promueva la alegría de la fiesta entre aquellas gentes; f) cuando oye cómo su Hijo pone y propone el Reino por encima de consideraciones y de lazos de la carne y de la sangre, diciendo que son felices quienes escuchan y guardan la Palabra de Dios; g) cuando el Señor nos la entrega como Madre de todos los hombres, y h) en los inicios de la Iglesia, cuando los discípulos perseveraban en la oración unidos, allí estaba Ella también. Al repasar esta trayectoria, podemos sacar tres tareas que nos da Santa María para ser comunicadores según el Evangelio:
1. Caminar como Santa María: no te pongas en el camino de la vida sin llevar noticias que dan vida y horizontes, formulan y construyen caminos de fraternidad, de unidad. Deseamos ser un pueblo, una familia única. ¿Qué llevamos en y para el camino? ¿Nos detenemos a dialogar con todos los hombres? ¿Somos capaces de formular con hechos la cultura del encuentro? Hay que saber decir a la Virgen que queremos ser un solo pueblo, no queremos estar peleados y divididos; deseamos ser familia, no hablamos de revanchas; deseamos cuidar unos de otros, necesitamos vivir como hermanos y por eso eliminar la envidia, la discordia, la violencia. Es necesario recuperar la memoria de cómo se vive como hermanos. En ti, Madre de todos los hombres, recuperamos esa memoria. Hay que caminar para encontrar al otro y hacerle experimentar la fuerza de Dios que se manifiesta en nuestras vidas, como lo hizo María: atravesó regiones montañosas, hizo saltar de gozo a un niño que aún no había nacido y prorrumpir de alegría a una mujer que sintió el gozo de la presencia de Dios.   
2. Edificar como Santa María: se edifica escuchando a Dios, siguiendo la orientación que Él nos da con su Palabra. María es maestra en el arte de escuchar. Sepamos detenernos a escuchar al otro, detenernos en su vida, en su corazón, no pasar de largo. ¿Tenemos miedo a escuchar? ¡Cuántas cosas cambiarían si escuchásemos! Así se edifica sobre roca, sobre la realidad y no sobre arena. Dejemos que el otro entre en nuestra vida. Que sepamos sentir lo que tienen los demás en su corazón. ¡Cuánto cambiaría nuestro mundo! Que sepamos escuchar para recibir lo que otros tienen en sus vidas y necesitan contárnoslo. Que nunca seamos una ventanilla oficial que damos o nos entregan papeles, pero no nos dejan comunicar lo que más necesita el ser humano. Hay que edificar sobre un terreno que debemos saber cómo es y qué tiene.
3. Confesar como Santa María: se es testigo del Señor cuando se le confiesa con nuestra vida. Cuando sabemos que tenemos que vivir con las palabras que salieron de la boca de la Virgen María: «Haced lo que Él os diga». La alegría llega a la vida de cada uno de nosotros y a todos los hombres cuando hay coherencia y somos capaces de mantener la esperanza, sabiendo y teniendo la certeza de que el Señor siempre camina a nuestro lado y ni un instante nos abandona. Nunca apaguemos el corazón a esta confianza, seamos luz de esperanza como María. Comuniquemos esta luz. Dejémonos siempre sorprender por Dios, también cuando llegan las dificultades, ya que Él siempre nos sorprende con su amor. Alejados de Él nada podemos comunicar, ni alegría, ni esperanza. Fuera de Él nada podemos confesar. Como le gustaba decir al Papa Benedicto XVI, «el discípulo sabe que sin Cristo no hay luz, no hay esperanza, no hay amor, no hay futuro».
Con gran afecto, os bendice,
+Carlos Card. Osoro Sierra, arzobispo de Madrid

sábado, 20 de mayo de 2017

¡Tenemos Madre! Nos enseña a vivir con esperanza y a construir la paz (Cardenal Carlos Osoro) 17052017

¡Tenemos Madre! Nos enseña a vivir con esperanza y a construir la paz

  • ¡Tenemos Madre! Nos enseña a vivir con esperanza y a construir la paz
Agradezco a Nuestro Señor que me haya permitido vivir unas horas en el santuario de Fátima, muy unido a la Virgen María y expresando la comunión con el Papa Francisco, que llegó como peregrino de la paz y de la esperanza. Han sido unas horas muy especiales. En el centenario de las apariciones y en la canonización de los niños Francisco y Jacinta, hemos podido unirnos al Sucesor de Pedro para poner a los pies de la Virgen María «el destino temporal y espiritual de la humanidad». ¡Qué petición tan importante para todos los hombres! Y no se la hacemos a cualquiera. Está dirigida a la Madre de Dios, que en aquel lugar se dirigió a los tres pastorcitos para recordarnos la necesidad que tenemos los hombres de Dios si no queremos que esta humanidad se convierta en un verdadero infierno, donde actuemos todos por nuestros gustos o ideas, eliminando la presencia de quien es y hace para todos los hombres. Que descubramos que Él es el Camino, la Verdad y la Vida. 
El Papa Francisco se dirigió a la Virgen con extrema claridad, pidiéndole por su intercesión «que el cielo active aquí una auténtica y precisa movilización general contra la indiferencia que nos enfría el corazón y agrava nuestra miopía». Porque no podemos ser indiferentes a las realidades que tantos hombres y mujeres, en tantas partes de la tierra, están viviendo. Muchos viven sin ser reconocidos como personas con todos sus derechos, en las pobrezas más extremas, mientras otros están recluidos en sus ideologías, supeditando todo a las mismas y no a la defensa del ser humano en los derechos que tiene y han sido otorgados por Dios mismo. Ser imagen y semejanza de Dios hace que pongamos al ser humano en el centro y todo al servicio de él. ¡Qué palabras sobre la Iglesia resonaron en Fátima, dichas por el Papa Francisco! «Descubramos de nuevo el rostro joven y hermoso de la Iglesia, que resplandece cuando es misionera, acogedora, libre, pobre de medios y rica de amor».
Cuando estaban leyendo la declaración del Papa que decía así: «Declaramos y definimos santos a los beatos Francisco Marto y Jacinta Marto, y los inscribimos en el catálogo de los santos, estableciendo que en toda la Iglesia, sean devotamente honrados entre los santos», me venía a la memoria lo que hace cien años había sucedido en ellos y su prima Lucía cuando la Virgen les alertó del peligro de una vida sin Dios. El Papa Francisco, hablándonos de María, nos dice que «de sus brazos vendrá la esperanza y la paz que necesitan y yo suplico por todos mis hermanos en el bautismo y la humanidad». El mensaje de Fátima es actual, mira al futuro y nos convoca a todos los hombres a mirar qué estamos haciendo en el presente. Esa referencia a «todos mis hermanos en la humanidad» es el recuerdo que hemos de hacer permanentemente: la unicidad de la familia humana con independencia de la religión o raza.
El Papa fue a Fátima como «pastor universal», recordando al Buen Pastor que sale en búsqueda de todas las ovejas, a fin de poner en manos de María el destino de la humanidad, para que Ella nos devuelva a vivir en la esperanza y en la paz. Para nosotros, los cristianos, ambas realidades tienen rostro y nombre: Jesucristo. Por eso también la canonización de Francisco y Jacinta. Las vidas de estos niños, en la humildad y sencillez de su existencia, nos convocan a construir un futuro diferente. Ese futuro que Dios, haciéndose Hombre y siendo un niño, nos regaló a los hombres. En el caso de Francisco y Jacinta, que incluso sufrieron graves amenazas para que confesaran que todo lo que decían de la Virgen María era mentira, «la presencia divina se fue haciendo más constante en sus vidas, como se manifiesta claramente en la insistente oración por los pecadores y el deseo permanente de estar junto a “Jesús oculto” en el sagrario» –en palabras del Papa–.
¡Tenemos Madre! Sí. Una Madre que nos cuida, como me decía un amigo al que conozco desde que éramos estudiantes. Él nunca creyó; es más, a sus hijos no los educó en la fe, tampoco a sus nietos. He sido su amigo incondicional, ha compartido conmigo todas las grandes decisiones de su vida para saber lo que pensaba. Aprovechando un viaje de trabajo, por simple curiosidad, pasó la víspera de la llegada del Papa por Fátima. Ya estaban los retratos de Francisco y Jacinta, que con 9 y 10 años fallecieron por enfermedad. Me cuenta que miró los retratos y pasó por la capilla de las apariciones. Sucedió algo en su vida que, como él mismo dice, le llevó a sentir en lo más profundo del corazón que «tengo Madre», una Madre que acerca la verdad de la vida. Comprendió que «sin Dios no es posible la esperanza y la paz». «He visto cómo mi vida en unos instantes ha cambiado, conocía a un Dios a quien temía, en Fátima, ya viejo, he conocido y reconocido que Dios es “amor, compasión y misericordia”», aseguraba. El Papa Francisco, al decirnos que «¡tenemos Madre!», desea hacer llegar a través de Ella a este Dios que conocieron Francisco y Jacinta:
1. El Amor de Dios es central para la paz: no hay otra arma para mantener viva la familia humana. Son necesarios mediadores de ese amor, que se dan hasta consumirse, sabiendo que el beneficio es la paz, la esperanza, la fraternidad, la búsqueda del bien común. No seamos intermediadores que aceptemos descuentos a todos para obtener algún beneficio. Solo el Amor de Dios hace mediadores.
2. La Compasión de Dios es necesaria: la que manifestó con quienes se encontró en el camino, entre ellos Nicodemo, Zaqueo, la Samaritana, Lázaro, la pecadora pública o Pedro, que lo negó y a quien preguntó: «¿Me amas?»… Compasión que nos capacita para el diálogo intercultural y religioso y que va más allá del egoísmo civilizado y del miedo que se defiende matando, haciendo caso omiso de las situaciones de los hombres.
3. La Misericordia de Dios nos urge: hay que ayudar a restablecer relaciones justas con Dios, con los demás y con la creación. Unas relaciones que nos lleven siempre a anunciar a todos los hombres la alegría del Evangelio partiendo de las periferias de todo tipo; no se puede creer en un Dios fuente de violencia. Relaciones que nos lleven a ver, en todos los hombres, hijos de Dios que he de amar con el amor mismo de Dios. Y relaciones con la creación, pues cuidar la casa común es esencial y central para nuestra fe.
Con gran afecto, os bendice:
+Carlos Card. Osoro Sierra, arzobispo de Madrid

domingo, 14 de mayo de 2017

Fátima, «escuela de María» para ser testigos del Señor (Cardenal Carlos Osoro) 10052017

Fátima, «escuela de María» para ser testigos del Señor


Fátima, «escuela de María» para ser testigos del Señor
El Papa Francisco va como peregrino al santuario mariano de Fátima. Y allí canonizará a Jacinta y Francisco, dos de los tres pastorcillos que atestiguaron haber visto a la Virgen María en 1917. Me vienen a la memoria las palabras que san Juan Pablo II pronunció en el encuentro con los jóvenes en Cuatro Vientos en Madrid: «Queridos jóvenes, os invito a formar parte de la escuela de la Virgen María. Ella es modelo insuperable de contemplación y ejemplo admirable de interioridad fecunda, gozosa y enriquecedora». Para los jóvenes de todos los lugares del mundo, ¡qué bien sonaban estas palabras y qué bien eran acogidas en su corazón! Todos fijábamos nuestra mente en algún lugar de nuestras geografías donde tenemos un santuario y una imagen que es entrañable para nosotros. En nuestra tierra, con sus distintas advocaciones, María puso su escuela.
¿Sabes lo que significa que tengamos una escuela de María que podemos ofrecer a todos los hombres? El Papa Francisco nos acerca la que nuestra Madre María plantó en Fátima y, a través de tres niños, Lucía, Jacinta y Francisco, ofreció a toda la humanidad. En este mes de mayo y ante este acontecimiento, os propongo vivir desde esa escuela la propuesta que el Santo Padre no ha hecho tantas veces durante su pontificado: la de salir a todos los caminos por donde van los hombres llevando la alegría del Evangelio. Alegría que descubrimos con más hondura al lado de la Virgen María. Con Ella escuchamos con mucha más fuerza la profundidad de la misión que el Señor nos ha entregado: «Seréis mis testigos». María fue el ser humano que más compromiso asumió para ser testigo del Señor. Prestando su vida a Dios, con su  absoluto a Él, hizo la obra más grande y la tarea más bella por la humanidad: dar rostro a Dios y convertirse así en el ser humano único, irrepetible y excepcional, al que siempre estará vinculado el rostro del testigo.
Esta carta semanal os llega cuando estoy acompañando al Papa Francisco en Fátima [NdR. el cardenal Osoro acompañará al Papa en el viaje desde el viernes]. Deseo que se asiente en vuestro corazón esa experiencia excepcional de aquellos niños con María, pues el encuentro con Ella siempre es la lección de una Maestra de la santidad. Algunos quizá en el propio santuario, muchos a través de los medios de comunicación, descubriréis cómo aquellos niños contemplaron la santidad de María y acogieron su propuesta a ser santos, comunicando a los hombres que este regalo de Dios es el más necesario para construir nuestra vida. Bendito sea ese encuentro y el que cada uno de nosotros puede tener con nuestra Madre. Que aumenta el deseo y muestra la necesidad de ser testigos del Señor siempre, pero más que nunca en este momento histórico.
¡Cómo no decir con el apóstol san Pablo las mismas palabras que dirigía a Tito! «Cuando se manifestó la Bondad de Dios nuestro Salvador y su Amor al hombre, no por las obras de justicia que hubiéramos hecho nosotros, sino, según su propia misericordia, nos salvó por el baño del nuevo nacimiento y de la renovación del Espíritu Santo, que derramó copiosamente sobre nosotros por medio de Jesucristo nuestro Salvador, para que, justificados por su gracia, seamos, en esperanza, herederos de la vida eterna» (Tit 3, 4-7). En María y por María hemos recibido también nosotros todo. ¿Os dais cuenta de que, por su  a Dios, fue posible que «la Bondad de Dios nuestro Salvador y su Amor» tuvieran rostro humano en Jesucristo? Con su  incondicional, con su deseo de ser testigo de Dios en este mundo y por la fuerza del Espíritu Santo, la Virgen permitió que todos los hombres conociésemos a Dios mismo. Hemos visto el Amor, hemos podido comprobar de qué es capaz ese Amor. En Jesucristo, el Hijo de María, los hombres y mujeres hemos podido conocer y experimentar los frutos de ese Amor.
Entra por un momento en Fátima, escuela de la Virgen María, y aprende de Ella a ser testigo del Señor:
1. La Virgen María es testigo cuando dice  a la propuesta de ser Madre de Dios. La primera condición de un testigo es querer vivir en la verdad para que así los demás puedan conocer y vivir en la verdad. A María se le propone ser Madre de quien es el Camino, la Verdad y la Vida. ¿Cómo dudar para hacer presente en este mundo al Hijo de Dios? Se le pide ser Madre de la Bondad y del Amor, lo más necesario para el crecimiento del ser humano. ¿Cómo poner condiciones para ello? Se la compromete a ser testigo de la misericordia de quien nos salva. ¿Cómo no hacer presente a quien tiene capacidad para extraer el bien en toda situación? Ella responde con prontitud. No duda un instante en dejar toda su vida para ese menester. El Señor, al regalarnos su vida en el Bautismo, nos pide también que seamos sus testigos, que le digamos . ¿Cómo lo hago y lo vivo?
2. La Virgen María es testigo cuando se pone en camino para ver a su prima Isabel. Y en aquel encuentro Isabel reconoce que quien la visita es la Madre de Dios: «Bendita tú entre las mujeres», «dichosa tú que has creído que lo que ha dicho el Señor se cumplirá»... En el camino de nuestra vida, en todo lo que hacemos y, sobre todo, en los encuentros que tenemos con los demás, el Señor nos pide que seamos sus testigos. ¿Cómo y desde dónde lo soy? ¿Se nota en mi vida algo singular en el modo de hacer, de tratar a los demás?
3. La Virgen María es testigo cuando en Belén da a luz al Hijo de Dios y calla y adora al Salvador. ¡Qué alegría da contemplar a María viendo cómo Dios mismo toma rostro en un lugar concreto de la tierra! ¡Qué profundidad adquiere la vida cuando se la ve escuchando a todos los que se acercan al portal de Belén hablando de las maravillas del recién nacido y Ella, en silencio, de adoración! Recordemos a los pastores, a los magos… Todos dicen maravillas del recién nacido. Y todos ven a María en silencio de adoración. ¿Soy testigo que, en el silencio y en la adoración, contemplo al Señor?
4. La Virgen María es testigo cuando, en las bodas de Caná, dice a la gente «Haced lo que Él os diga». Ella sabe que quien puede arreglar todas las situaciones por las que pasa el ser humano es Jesucristo. Solo Dios salva. Precisamente por ello, insiste en que recurramos a Él. No duda en ser testigo de esta realidad. Quiere que los hombres, en todos los momentos de la vida, también cuando estamos en apuros, recurramos a Él. ¿Siento la necesidad de ser testigo recurriendo a Él siempre y teniendo la seguridad de que la fuerza y el poder son del Señor?
5. La Virgen María es testigo del Señor cuando su Hijo dice delante de Ella: «Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen». En aquel grupo al que hablaba Jesús, alguien percibe la presencia de la Virgen María y se lo comunican a Jesús. ¡Qué palabra de aliento y de verdad dice de su Madre el Señor! Pues Ella escuchó la Palabra con todas las consecuencias y la Palabra se hizo carne. ¿Soy de los que escucho y dirijo la vida según la Palabra de Dios?
6. La Virgen María es testigo del Señor al pie de la Cruz. En los momentos límite es donde se ofrece lo que uno vale. La Virgen, en el dolor desgarrador de ver morir a su Hijo, acepta la tarea que este le propone: ser Madre de todos los hombres. («Mujer ahí tienes a tu hijo […] hijo, ahí tienes a tu Madre»). Y todo ello, para que María sea siempre la que acompañe a todo discípulo en el camino de la vida y hagamos ese camino como Ella lo hizo con su Hijo. ¿Cómo he incorporado a María en mi vida?
7. La Virgen María es testigo del Señor en la espera de Pentecostés. Allí, en aquella estancia, esperando la venida de Jesucristo, estaba María. Y lo hacía animando a los discípulos a esperar en la promesa que había realizado su Hijo. Es Madre de la esperanza. Está diciendo a los discípulos que su Hijo nunca falla y siempre cumple. Mantener la esperanza pasa por situarnos con María como los primeros discípulos en la estancia de Pentecostés. ¿Mantengo viva la esperanza junto a María?
Con gran afecto, te bendice,
+Carlos Card. Osoro Sierra, arzobispo de Madrid

«El único extremismo permitido es la caridad» (Cardenal Carlos Osoro) 03052017

«El único extremismo permitido es la caridad»


«El único extremismo permitido es la caridad»
Durante su visita a Egipto –donde vivieron patriarcas y profetas, donde Dios hizo resonar su voz y la Sagrada Familia encontró refugio y hospitalidad ante las amenazas del rey Herodes–, el Papa Francisco ha hablado en nombre de Cristo, se ha acercado a la pequeña comunidad de católicos, ha vivido una vez más esa dimensión ecuménica con los cristianos coptos ortodoxos y ha mostrado la urgencia y necesidad de vivir la dimensión interreligiosa con los musulmanes. Es todo un camino que nos propone el Sucesor de Pedro, actualizando lo que tan bellamente nos dice el Concilio Vaticano II, tanto en las constituciones como en los decretos de ecumenismo y de relaciones con otras religiones. 
Os escribo esta carta cuando acabamos de comenzar el mes de mayo, que la Iglesia dedica muy especialmente a la Virgen María. Para todos los discípulos de Cristo, este mes se convierte en una provocación a vivir en y desde la caridad, es decir, en y desde el amor mismo de Dios manifestado en Jesucristo. Viene bien hacer memoria de la página del Evangelio en la que se nos narra la Visitación de María a su prima santa Isabel. El texto no puede ser más expresivo para nosotros: en María se nos presenta la primera discípula de Cristo, en la actitud en la que debemos estar todos los cristianos: en salida, como nos dice tantas veces el Papa Francisco.
Recibida la noticia y aceptada por María, ya habiendo sido engendrada por obra del Espíritu Santo, se puso en camino. Nos dice el Evangelio que atravesó una región montañosa, es decir, con dificultades, pero lo hizo llena de confianza y esperanza por lo que había dicho el ángel de parte de Dios, «para Dios nada hay imposible». Y así llegó a casa de su prima Isabel provocando lo que todos los cristianos deberíamos provocar: «Saltó de gozo el niño que Isabel llevaba en su vientre». E Isabel reconoció lo grande que se hace el ser humano cuando cree en lo que Dios dice: «Dichosa tú que has creído que lo que te ha dicho el Señor se cumplirá». Cómo veis, María nos regala tres dones necesarios para vivir el único extremismo que nos está permitido a los cristianos: salir al mundo donde están los hombres; llevar a Dios en y con nuestra vida que une a todos y hace sentir el gozo de la confortadora alegría de la Buena Noticia, y vivir sintiendo la dicha de fiarnos de Dios, el don de la fe, de la confianza en Él por encima de todas las cosas.
El Papa Francisco nos propone a los cristianos el modo de vivir y de hacer de nuestra Madre María. Como la Sagrada Familia que marchó a Egipto, cuando intentaban hacer desaparecer a Dios de este mundo, el Papa con este viaje nos hizo ver realidades que no podemos olvidar. La misión de los cristianos es llevar a todos los hombres la Paz, que para nosotros tiene rostro: Jesucristo. Es necesario recobrar la unidad de los cristianos para ser creíbles en este mundo, tal y como fue el deseo de Cristo, y establecer relaciones con todas las religiones promoviendo la paz que es de Dios y la quiere para todos los hombres. El lema del viaje es bien significativo y orientador para todos los cristianos, estemos donde estemos: El Papa de paz en el Egipto de paz. Ya en el logo se ve el Nilo, símbolo de la vida, junto a las pirámides y la esfinge que evocan la historia de esta nación; por otra parte, se contemplan la cruz y la media luna, que representan la coexistencia entre las distintas religiones del pueblo egipcio, y la paloma símbolo de la paz, con la imagen del Papa Francisco. Tres pasiones han movido al Papa y nos invita a que sean las nuestras también:
1. La pasión de Cristo, amar a pesar de todo. El Papa Francisco nos lo ha dicho con una expresión clara y fuerte: «El único extremismo permitido es la caridad». Y hay que entenderlo como nos dice el apóstol san Pablo en el himno a la caridad: a) que es paciente y no se deja llevar por impulsos, reconoce que el otro tiene derecho a vivir, que no es un estorbo, es un don y me invita a vivir en permanente compasión; b) que es servicial, es decir, amar es hacer siempre el bien, donde se experimenta la felicidad de dar; c) que no tienen envidia, no hay malestar por el bien del otro, al contrario, valora los logros y el derecho a la felicidad del otro; d) no hace alarde y no es arrogante, nunca aparece como superior a los demás, no se agranda, no pierde el sentido de la realidad, ni se cree más grande, no a la lógica del dominio de unos sobre otros; e) que no obra con dureza, pues detesta ver sufrir a los demás, quiere llevar hasta el límite las exigencias del amor, no se detiene en los límites del otro; f) que no busca su propio interés, ni se irrita, es decir, nunca lo suyo, sí lo del otro, acaricia y nunca termina el día sin hacer las paces; g) no lleva cuentas del mal, excusa siempre y perdona siempre, se alegra y goza con la verdad, disculpa todo, ve lo bueno siempre, confía y se fía siempre como Dios mismo se fía de nosotros, nunca desespera pues sabe que el otro puede cambiar; lo soporta todo, es decir, amor a pesar de todo.
2. La pasión de Cristo, llamar por el nombre a las cosas. No predicamos una doctrina, hablamos de una persona; no damos unas verdades abstractas, sino que deseamos comunicar el Misterio vivo de Dios. Como nos dice el libro de los Hechos de los Apóstoles, «Jesús hizo y enseñó». Con estos dos verbos se nos muestra la misión de Jesús, que ha de ser la de la Iglesia. «Hizo»; a Jesús le preguntan: «¿Qué tengo que hacer de bueno para alcanzar la vida eterna?». «Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo», responde y nos narra la parábola de buen samaritano. «Enseñó»: «todos los días me sentaba en el templo a enseñar», «les enseñaba como quien tiene autoridad»… Una imagen majestuosa, familiar, impresionante, tranquilizadora, llena de vida, escuchada hasta por los enemigos, pues había coherencia y fuerza persuasiva.
3. La pasión de Cristo, por afirmar que Dios y la religión no son un problema. Nunca la violencia puede estar asociada al nombre de Dios, a Él hay que asociar la defensa de la dignidad de la persona humana, la manifestación con obras y palabras de los derechos que tiene. En ese sentido, cuando el poder político privatiza la religión, en el fondo y en la forma conculca los derechos humanos, que hacen de la humanidad una familia de hombres y mujeres libres. En el cristianismo la laicidad es principio evangélico –«Dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César»– y promueve el respeto a la dignidad de la persona, es provocadora de la paz social y es autentificadora de la legitimidad política.
Con gran afecto, os bendice,
+Carlos Card. Osoro Sierra, arzobispo de Madrid

viernes, 21 de abril de 2017

El Año Santo Lebaniego llama a la conversión y a la misión (Cardenal Carlos Osoro) 19042017

El Año Santo Lebaniego llama a la conversión y a la misión


El Año Santo Lebaniego llama a la conversión y a la misión
Nuestro Señor Jesucristo, a través de la Iglesia, nos regala un año santo en mi querida diócesis de origen, Santander. El Año Santo Lebaniego es una gracia para toda la Iglesia. Pero, como podéis comprender, siento un profundo agradecimiento hacia la Iglesia particular que nos ofrece durante este año esta gracia inmensa que nos invita a la conversión y a la misión. Es la Iglesia particular que, en nombre de Jesucristo, me acercó y me dio la Vida de Cristo por el Bautismo, me invitó a participar por primera vez en la Eucaristía, me hizo el regalo del sacramento de la Confirmación y me incorporó al presbiterio diocesano regalándome el ministerio sacerdotal. Os invito a todos a vivir y participar en el Año Santo Lebaniego. Estoy seguro de que allí sentiremos más y mejor la urgencia que los hombres tenemos de dar una versión nueva a nuestra vida y de salir a la misión para anunciar la Buena Noticia que mueve y conmueve todo lo que existe.
En el monasterio de Santo Toribio, muy cerca de los Picos de Europa, se conserva desde el siglo VIII la famosa reliquia del Lignum Crucis. Gracias a esa presencia tan preciada, desde hace siglos es un importante centro espiritual de peregrinaciones y alimento de religiosidad popular. ¡Cuántos años fui, por razón de mi ministerio como vicario general de la diócesis de Santander, a las reuniones mensuales de los sacerdotes de Liébana que se celebraban en el monasterio! A 1181 se remonta la constitución de la cofradía de la Santísima Cruz, a la que pertenezco desde que soy sacerdote. Los obispos de la época en que se constituyó, Juan de León, Raimundo de Palencia, Rodrigo de Oviedo y Martín de Burgos, se tomaron en serio esa religiosidad que hizo posible que conservemos hasta hoy el trozo más grande de la Cruz de Nuestro Señor y que la región haya dado tanta gente buena y santa. Según la tradición, pudiera ser la cofradía más antigua erigida en la Iglesia con este motivo. El Papa Julio II, el 23 de septiembre de 1512, autorizó para que se siguiera celebrando el Jubileo de Santo Toribio. En ese querido monasterio el monje Beato defendió la fe católica y escribió los célebres Comentarios al Apocalipsis que han tenido una importancia decisiva en la cultura y en el arte, ya que fueron copiados y miniados entre los siglos IX y XIII. 
El Año Santo Lebaniego invita a que celebremos la conversión y la misión. La Cruz y el sepulcro vacío, es decir, la Muerte y Resurrección de Cristo, son inseparables. La Cruz es expresión del triunfo sobre las tinieblas. Mientras estamos preparando el próximo Sínodo de los Obispos dedicado a los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional, ahora que nos encontramos en la fase de aproximar nuestras preocupaciones, opiniones y tareas, tenemos la gracia de que se abra en la Iglesia que camina en Cantabria este año santo. Como muy bien dice el obispo de la diócesis de Santander, monseñor Manuel Sánchez Monge, en su carta pastoral Nuestra gloria, Señor, es tu Cruz, «el amor misericordioso del Padre y del Hijo hacia nosotros alcanza su cima contemplado el misterio de la Cruz [...], en la Cruz entendemos que los caminos de Dios no son nuestros caminos». El Año Santo Lebaniego es un acicate nuevo con el que el Señor derrama su gracia sobre nosotros para hacernos la misma invitación que al apóstol Pedro: «rema mar adentro». 
El Año Santo Lebaniego nos urge, nos llama e invita a «presentar el mensaje desde el corazón del Evangelio que es la belleza del amor salvador de Dios, manifestado en Jesucristo, muerto y resucitado» (EG36). «Con estilo misionero sabe centrar el anuncio en lo esencial y simplificar la propuesta» (EG35). Impliquémonos con la gracia del Señor en el dinamismo que engendra el pasar por la Puerta Santa que es Cristo, meta de la historia, único Salvador del mundo, que ha dado la vida por todos los hombres. Por la Cruz nos ha llegado la salvación a los hombres. Es en la Cruz donde se sintetiza para nosotros, los cristianos, el misterio de la Encarnación y de la Redención, de la Pascua plena de Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María; el misterio de su pasión y muerte, de su resurrección y glorificación. En el misterio de la Cruz se encuentra el secreto y el principio vital que hace de la Iglesia casa de Dios, y la columna y el fundamento de la verdad. ¡Qué fuerza tiene la contemplación de la Cruz! En dicha contemplación nos penetra el misterio de la infinita piedad de Dios hacia nosotros, que llegó hasta las raíces más escondidas de nuestra iniquidad.
Pasemos por la Puerta Santa que es Cristo. ¿Cómo hacerlo en este Año Santo Lebaniego? Hay signos que son necesarios y que la Iglesia pone a nuestro alcance. Para recibir la gracia de las indulgencias y celebrar este Jubileo tenemos un lugar: el monasterio de Santo Toribio de Liébana, donde se encuentra el trozo más grande de la Cruz en la que muere Nuestro Señor. Hagamos una peregrinación exterior, pero que termine en esa peregrinación interior donde la perdonanza y la misericordia la celebramos con el sacramento de la Reconciliación y la celebración de la Eucaristía. El Año Santo Lebaniego nos va a dar oportunidad de ver la infinita piedad y amor de Dios hacia los hombres, que sigue suscitando en el corazón y en el alma de cada ser humano un movimiento de conversión y de redención que impulsa hacia la reconciliación. El cristiano, puesto delante de la Cruz, acoge el misterio, lo contempla y saca de él la fuerza suficiente para ir a la fuente que es el mismo Jesucristo, donde puede renovar su vida desde la raíz para vivir según el Evangelio.
Este Año Jubilar de Santo Toribio de Liébana, para mí como arzobispo de Madrid, se nos presenta como una oportunidad más de gracia que el Señor nos entrega, para que se hagan realidad aquellas palabras del apóstol san Pablo: «Pues yo, hermanos, cuando fui a vosotros, no fui con el prestigio de la palabra o de la sabiduría a anunciaros el misterio de Dios, pues no quise saber entre vosotros sino a Jesucristo, y este crucificado. Y me presenté ante vosotros débil, tímido y tembloroso. Y mi palabra y mi predicación no tuvieron nada de los persuasivos discursos de la sabiduría, sino que fueron una demostración del Espíritu y del poder para que vuestra fe se fundase, no en sabiduría de hombres, sino en el poder de Dios» (1Cor 2,1-5). Doy gracias a Dios por este tiempo de gracia y de sabiduría que el Señor nos regala a través de  la Iglesia, y te invito a profundizar, reflexionar e incorporar tres realidades:
1. Contemplar la Cruz. ¿A qué y a quién te remite? ¿Te remite a los demás? ¿Para qué?
2. Vivir ante la Cruz de la que vino la salvación a los hombres, ¿te introduce en el ámbito de la misericordia y del amor a todos o te mantiene en la indiferencia?
3. Anunciar. ¿Descubres que el Sacramento de la Penitencia o de la Reconciliación en tu vida te sitúa en la verdad? ¿Valoras ponerte delante del Señor, reconociendo tu verdad, para que Él por amor te entregue su Verdad, que es gracia?
Con gran afecto, os bendice,
+Carlos Card. Osoro Sierra, arzobispo de Madrid

¡Resucitó! (Cardenal Carlos Osoro) 16042017

¡Resucitó!


¡Resucitó!
¡Cuántas veces he dado vueltas a esa página del Evangelio en la que Jesús se aparece a María Magdalena! Comprobar que Cristo había resucitado, la experiencia del sepulcro vacío, tiene tal fuerza, tal hondura, que no es fácil explicarlo con palabras. Lo que sí se puede decir es que, aquellos que entraron y vieron el sepulcro, tuvieron un antes y un después en su vida. Eran diferentes; la ternura de Dios, la revolución de la ternura de Dios se había manifestado y ellos habían tenido experiencia de la misma. Hubo un antes y un después en sus vidas con el triunfo de Cristo, con su Resurrección. Pasaron de la muerte a la vida, del fracaso al triunfo, de la mentira a la verdad. La medicina más necesaria para todos, y también para el derroche misionero de la Iglesia en medio de los hombres, es entregar la noticia de que Cristo ha resucitado. Esto es lo que el Papa Francisco no se cansa de decirnos. Lo hace con estas palabras tan suyas como propuesta a toda la Iglesia: «La alegría de evangelizar». Hay que llevar a los hombres la alegría de la Resurrección. San Agustín decía que «la fe de los cristianos es la resurrección de Cristo». «Y Dios dio a todos los hombres una prueba segura sobre Jesús al resucitarlo de entre los muertos» (Hch 17, 31). 
¿Cómo sucedió aquella mañana? La explicación es sencilla, pero tiene tal actualidad para los hombres y mujeres de este tiempo que es necesario acercarse a lo que allí ocurrió. Desde el momento de la Resurrección de Cristo, el primer día de la semana es el domingo. Por eso sitúa a María Magdalena diciendo que era un domingo, el primer día de la semana, cuando ella se dirige al sepulcro. Es María Magdalena, a la que el Señor había mostrado tanta misericordia, compasión y perdón. Era en el amanecer, aun estaba oscuro, cuando fue al sepulcro y observó que la losa que lo tapaba estaba corrida. El sepulcro estaba abierto. Se imaginó lo peor: que alguien hubiese entrado para ensuciar la memoria de Cristo. Por eso, al verlo, se asustó y marchó corriendo a dar la noticia a Pedro y a Juan de que se habían llevado al Señor. ¡Qué tragedia! Sin embargo, era todo lo contrario: era la invasión de la alegría por un Dios que se hizo hombre para regalarnos la dulce y confortadora alegría de su triunfo en Cristo.
El debilitamiento de nuestra fe en la Resurrección de Jesús nos debilita y no nos hace ser testigos de lo más grande que ha sucedido para el ser humano: su triunfo verdadero, que no está en los descubrimientos maravillosos que hace y hará, sino en el triunfo de Cristo que es el nuestro; «hemos resucitado con Cristo». María Magdalena pensaba que allí había sucedido lo que solemos hacer los hombres, una actuación de gestos sin afectos, de gestos rígidos, hacia quien murió perdonando, y entre cuyas últimas palabras estaban: «Perdónalos porque no saben lo que hacen», «hoy estarás conmigo en el paraíso», o «a tus manos encomiendo mi espíritu». María Magdalena pensó como los hombres, por eso rápidamente fue a avisar a Pedro y a Juan. Pero algo diferente había sucedido allí. Pedro y Juan fueron a comprobar lo que había pasado. Por juventud llegó antes Juan y vio desde fuera los lienzos tendidos, pero esperó la llegada de Pedro, pues era el que había puesto el Señor al frente de todos. Este fue el primero que entró y comprobó algo inaudito: los lienzos estaban tendidos y el sudario con el que se le había envuelto la cabeza estaba enrollado en un sitio aparte. Vieron y creyeron y recordaron lo que había dicho el Señor: «que Él había de resucitar de entre los muertos». Esto es lo que dio, a los apóstoles y a los primeros discípulos de Jesús, valentía, audacia profética y perseverancia hasta dar la vida para afirmar que Cristo es el que la da y la tiene y la alcanzó para los hombres. 
El sueño que el Papa Francisco nos muestra en la exhortación Evangelii gaudium nace de creer en Jesús, que nos dice: «Yo soy la Resurrección y la Vida». Pero es verdad que para hacer realidad este sueño, hay que beber de la fuente de la vida que supone entrar en comunión con el amor infinito en el encuentro con Cristo, como les pasó a María Magdalena, Pedro y Juan. En Cristo Resucitado pudieron experimentar lo mismo que el Papa Francisco nos señala: «Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación» (EG 27). El anuncio se tiene que concentrar en lo esencial que es lo más bello, lo más grande y lo más atractivo, lo más necesario: que Cristo ha resucitado. «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!» (Lc 24, 34).
En esta Pascua, miremos a cinco personajes que nos invitan a ser testigos de la Resurrección, que en definitiva es mostrar la revolución de la ternura y de la misericordia de un Dios con un inmenso amor para el ser humano:
1. Santa Teresa de Lisieux (1873-1897). Viviendo junto al Resucitado como «florecilla deshojada, el grano de arena [...] el juguete y la pelotita de Jesús», es donde encuentra el auténtico sentido de su vocación: el Amor, capaz de aunar y colmar todos sus deseos, antes torturadores por contradictorios e imposibles.
2. El beato Carlos de Foucauld (1858-1916). Con una experiencia fuerte de la Resurrección, del triunfo de Cristo y, por ello, del hombre, se olvidó de sí mismo y pudo escribir lo que vivía desde una comunión viva con Cristo: «Padre mío, me abandono a Ti. / Haz de mí lo que quieras. / Lo que hagas de mí te lo agradezco, / estoy dispuesto a todo, / lo acepto todo. / Con tal que Tu voluntad se haga en mí / y en todas las criaturas, / no deseo nada más, Dios mío. / Pongo mi vida en tus manos. / Te la doy, Dios mío, / con todo el amor de mi corazón, / porque te amo, / y porque para mí amarte es darme, / entregarme en Tus manos sin medida, / con infinita confianza, / porque Tú eres mi Padre».
3. San Juan XXIII (1881-1963) habla de un director espiritual que nunca olvidará y habla de Dios, que se revela y muestra en Jesucristo muerto y resucitado: «Me dio un lema de vida como conclusión de nuestro primer encuentro. Me lo repito muchas veces, sereno, pero con insistencia. Dios es todo, yo no soy nada. Esto fue como una piedra de toque, se abrió para mí un horizonte insospechado, lleno de misterio y fascinación espiritual».
4. Santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein (1891-1942). La cuestión de la Resurrección tiene una importancia capital en ella: «Cuando tratamos del ser personal del hombre, rozamos de muchas maneras otro problema que ya hemos encontrado en otros contextos y que debemos aclarar ahora si queremos entender la esencia del hombre, su lugar en el orden del mundo creado y su relación con el ser divino [...]» (Ser finito y ser eterno). ¡Qué bien lo explica con su vida acogiendo a quien es la Resurrección y la Vida!
5. San Pedro Poveda (1874-1936) incide en que creer en la Resurrección nos lleva a confesar la fe que se profesa y a manifestar la coherencia de la propia vida con esa misma fe hasta derramar la sangre. Esto hace él: «Creí por eso hablé. Es decir, mi creencia, mi fe no es vacilante, es firme, inquebrantable, y por eso hablo» y asumo todas las consecuencias.
Con gran afecto, os bendice,
+Carlos Card. Osoro Sierra, arzobispo de Madrid

miércoles, 5 de abril de 2017

Encanto y fuerza de la juventud (Cardenal Carlos Osoro) 05042017

Encanto y fuerza de la juventud


Encanto y fuerza de la juventud
Este domingo, Fiesta de Ramos, la Iglesia celebra la Jornada Mundial de la Juventud. En estos años previos a la JMJ de Panamá, el Papa Francisco ha elegido para su preparación lemas marianos; el de este año dice así: El Todopoderoso ha hecho obras grandes por mí. La Iglesia, a través de los jóvenes, en la cercanía a María nuestra Madre, puede llevar la Buena Noticia a todos los hombres. Todos surgimos a la vida con una vocación innata: «la vocación al amor». Sin amor el ser humano es un desconocido. Cada uno de nosotros, asume esta vocación de formas concretas en la vida cotidiana, que se articula en estados de vida diferentes. Todos tenemos que realizar alguna opción concreta, pero, ¿cómo hacerlo desde la fe y así vivir en plenitud? Que, sea cual sea nuestra opción, podamos decir como nuestra Madre, que «el Todopoderoso ha hecho obras grandes por mí». Sí, las hace. Ved vuestra vida vivida en amistad con Jesucristo.
Os aseguro que desde que soy sacerdote, desde el mismo inicio de mi ministerio, he tenido una ocupación singular con los jóvenes y nunca me defraudaron. Vi siempre la necesidad de acercarles a Jesucristo y de que ellos fueran protagonistas de ese encuentro. Nunca he dejado, en los diversos lugares donde la Iglesia me ha enviado, esta ocupación. Para mí siempre tuvo una impronta en mi corazón este mensaje del Concilio Vaticano II a los jóvenes: «La Iglesia os mira con confianza y con amor. Posee lo que constituye la fuerza y el encanto de los jóvenes: la facultad de alegrarse con lo que comienza, de darse sin recompensa, de renovarse y de partir de nuevo hacia nuevas conquistas. Miradla y encontraréis en ella el rostro de Cristo, el verdadero héroe, humilde y sabio; el profeta de la verdad y del amor, el compañero y el amigo de los jóvenes» (Mensaje del Concilio a la humanidad). Por eso siempre me pregunté: ¿qué puedo hacer por ellos?
¿Qué decir en esta jornada a los jóvenes, precisamente cuando celebramos la entrada de Jesús en Jerusalén? Lo mismo que Jesús despertó en el corazón de aquellas gentes –fiesta, alabanza, bendición, paz, alegría–, lo sigue despertando hoy en el corazón de todos los jóvenes. Pero hemos de escucharlos. Esto es lo que se propone el próximo Sínodo. Él supo despertar en el corazón de aquellas gentes humildes y sencillas, que extendían los mantos en el suelo para que pasase, la gran misericordia de Dios que se inclina a todos para curarlos. Los jóvenes siempre son sensibles y experimentan una atracción especial por quien cura y sana, en este caso por Jesucristo. Su mensaje es de vida. Atento a todas las situaciones de la vida de los hombres, en sus debilidades y pecados, sucede que todos experimentan en Jesús el amor más grande.
Entró en Jerusalén con este amor y por eso no pasó desapercibido, todos sintieron y percibieron su presencia. ¿Podemos olvidarnos de esta escena? Nunca, pues está llena de luz, de amor, de un corazón grande en el que entran todos los hombres. Y esto es lo que provoca alegría. No nos extrañan esas palabras que el Evangelio nos recuerda de este momento de la vida de Jesús: «¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en lo alto» (Lc 19, 38). No es extraño que el documento preparatorio del Sínodo de los Obispos presente al discípulo al que tanto quería, san Juan, como la figura ejemplar del joven que elige seguir a Jesús con todas las consecuencias. La valentía para preguntarle: «¿Dónde vives?», y entregarse con toda su vida a la respuesta de Jesús: «Venid y lo veréis», manifiesta la grandeza de corazón de cualquier joven que busca, que desea hacer un camino interior y que tiene en lo profundo de su vida esa juventud que es disponibilidad y ponerse en movimiento, incluso sin saber del todo a dónde va.
¡Qué fuerza tiene experimentar la amistad con Jesucristo! ¿Sabéis lo que es vivir diariamente con Él, dejarse interrogar e interpelar por Él, manifestar las dudas, dejarse inspirar por sus palabras, por sus gestos y sus obras? Sigo viendo cómo los jóvenes viven esto. Cuando, cada primer viernes de mes, me reúno con ellos en la catedral de Madrid, como lo hice en Santander siendo vicario general y después como obispo en Orense, Oviedo y Valencia, percibo que descubren de una manera sencilla la alegría del amor, la vida en su plenitud y el poder participar en el anuncio de la Buena Noticia. En estos encuentros con los jóvenes tengo tres experiencias:
1. Alegría de poder estar con Jesús: es la alegría de aquellas gentes que salieron en Jerusalén a recibir a Jesús agitando las palmas y extendiendo mantos para que pasase. Es la alegría de acoger al Señor sin más. Y esta palabra es la que deseo decir a los jóvenes: tened alegría, vivid en la alegría. Nunca seáis hombres y mujeres tristes, entre otras cosas porque un cristiano nunca puede estar triste y, si lo está, le tiene que durar lo que se dé cuenta de que su Maestro es Jesucristo, a quien sigue. La alegría que tenemos no nace de tener cosas, sino de haber encontrado a una persona que está entre nosotros. ¡Cuántas noches en la oración os dije: «Aquí está realmente presente el Señor», Él nunca nos deja solos, seguidlo, nunca os arrepentiréis. No es una idea, es una Persona, que os habla, os ama y da la vida por nosotros. Nunca dejemos que nos roben la esperanza, la que da Jesús.
2. Jesús no nos deja solos, nos acompaña en su trono que es la Cruz: las gentes de Jerusalén lo aclaman como rey. Pero no es un rey más, es diferente, no tiene ni va con nada que manifieste fuerza y poder humano. Precisamente por eso, la gente sencilla y humilde ve en Jesús algo más, ven al Salvador. Jesús no entra en la ciudad de Jerusalén para recibir honores, fiestas o reconocimientos, que es lo que se suele hacer con quien tiene poder humano. Entra para recibir burlas, insultos, golpes y maltratos; en definitiva, para subir al Calvario. ¡Qué comprobación más clara, ver a Jesús entrando en Jerusalén para morir en la Cruz! Este es su trono, la Cruz. ¿Por qué este trono? Porque Él toma sobre sí el mal, la oscuridad, la suciedad, los pecados de todos los hombres, los nuestros, y los lava con su sangre, con su misericordia y con su amor. ¿Estáis dispuestos a seguirlo en este trono? Muchas heridas afligen a esta humanidad: conflictos políticos, económicos, culturales, guerras, desprecios, soledad de los más débiles, dinero a costa de lo que fuere, corrupción, divisiones, faltas de amor y respeto... Solamente desde este trono se pueden eliminar estas situaciones, dando la vida por amor a todos los hombres, disponiendo la vida para servir el amor mismo de Dios, el que Jesús nos muestra y sigue regalando a los hombres. Desea contar contigo para ello.
3. Jesús da un corazón que nunca envejece: lo comprendí mejor el pasado lunes, cuando fui al homenaje que le hacían a un matrimonio centenario. Les preguntaron qué era lo más importante de sus vidas para no envejecer y su respuesta fue clara: hacer el bien a los demás. Jóvenes, mantened el corazón joven. Esto solo es posible en una comunión viva con y junto a Jesús, que hace posible el no envejecimiento; siempre es posible dar la vida por los demás, sean quienes sean. Siempre es posible eliminar las tristezas que causan todas las cruces que caen sobre los hombres. ¿Cómo? Desde el trono de Jesús, es decir, desde la entrega, el servicio, el amor incondicional a todo ser humano, que es imagen y semejanza de Dios. Me imagino una fiesta, con las mismas características de la de Jerusalén, expresando la alegría de estar en medio de los hombres en este mundo como dice mi lema episcopal, «por Cristo, con Él y en Él». Decid al mundo entero que es bueno ir con Jesús, que su mensaje nos hace salir de nosotros mismos e ir a las periferias del mundo y de la existencia.
Con gran afecto, os bendice,
+Carlos Card. Osoro Sierra, arzobispo de Madrid

miércoles, 29 de marzo de 2017

Europa, ¡vuelve a encontrarte! ¡No olvides a los pobres! (Cardenal Carlos Osoro) 29032017

Europa, ¡vuelve a encontrarte! ¡No olvides a los pobres!


Europa, ¡vuelve a encontrarte! ¡No olvides a los pobres!
La semana pasada celebramos el 60 aniversario de los Tratados de Roma, que sentaron las bases de la Unión Europea tal como hoy la conocemos. La reunión de los jefes de Estado y de Gobierno de los países miembros, haciendo memoria y proyectando futuro, fue un gran acontecimiento en el que tuvieron un eco significativo las palabras que el Papa Francisco les dirigió. Un mensaje fraterno, lleno de amor y verdad, animándolos a seguir trabajando por la acogida y la inclusión para ser fieles a los ideales con los que nació el proyecto común. Son palabras claras y precisas para ir directamente a lo que ha de ser Europa en este momento, y no caer en «la tentación de reducir los ideales fundacionales de la Unión a las exigencias productivas, económicas y financieras», ni tampoco creernos que Europa sea «un conjunto de normas que cumplir o un manual de protocolos y procedimientos que seguir.». Fue muy bella la forma en la que dijo: Europa, ¡vuelve a encontrarte!, apelando a las enseñanzas de aquellos «padres fundadores».
Es bueno recordar que la historia del continente europeo tiene una característica muy precisa: el influjo vivificante del Evangelio, que fue un factor primario de unidad entre los pueblos y las culturas, y un factor determinante de la promoción integral del hombre y sus derechos. De tal modo esto es así, que cuando Europa lo abandona, florecen los egoísmos que nos encierran y asfixian, olvidándonos de mirar más allá, y empobreciéndonos más y más. Europa acuñó valores fundamentales que dieron al mundo ideales democráticos y muestras claras de defender siempre todos los derechos humanos. Acabamos con un valor necesario y fundamental: la solidaridad. Solidaridad que implica defender todos los derechos del hombre sin ambigüedades, para mantener la unidad y ayudar a todos los hombres, estén donde estén.
Cuando olvidamos la solidaridad, caemos en esos populismos que nos dividen, que crean muros y derriban toda clase de puentes de comunicación, y que impiden, como decía el Papa Francisco a los jefes de Estado y de Gobierno, que se impulsen políticas «que hagan crecer a la Unión Europea en un desarrollo armónico, de modo que el que corre más deprisa tienda la mano al que va más despacio, y el que tiene dificultad se esfuerce por alcanzar al que está en cabeza». Si algo es necesario hoy para la humanidad, es recuperar con fidelidad creativa los valores fundamentales, aquellos que vuelvan a poner al ser humano en el centro. De tal manera que la afirmación de la dignidad trascendente de la persona humana, la razón, la libertad, la democracia, el Estado de Derecho y la distinción entre política y religión sean elementos esenciales que sustenten nuestra convivencia, y mostremos que ser acogedores y maestros de acogida es lo que enseña e ilumina a los pueblos en la necesaria tarea de construir la familia humana.
Nunca olvidemos a los pobres, a los necesitados, a los refugiados de hoy que no tienen alternativa. La solidaridad es verdadera cuando nace de la capacidad de abrirnos a los demás. Estemos atentos al peligro que engendra la falta de solidaridad hacia los hombres, mujeres, ancianos y niños que huyen de la guerra, del hambre, de la persecución, de no tener un horizonte de futuro. ¿Por qué no seguir haciendo hoy nosotros lo que en su momento hizo Europa, llevando a todos los pueblos de la tierra valores esenciales? La grave crisis migratoria no puede gestionarse solamente como si fuera un problema numérico, económico, cultural, de seguridad o de pérdida de ideales. Es urgente la reorientación de la cooperación internacional, con vistas a una nueva cultura de la solidaridad. Como subrayaba el Papa san Juan Pablo II, «decir Europa debe expresar apertura. Lo exige su propia historia, a pesar de no estar exenta de experiencias y signos opuestos. Europa no es un territorio cerrado o aislado; se ha construido yendo, más allá de los mares, al encuentro de otros pueblos, otras culturas y otras civilizaciones». Abiertos y acogedores. No podemos desentendernos de los pobres de este mundo. ¿Por qué no acometer iniciativas audaces ofreciendo a los más pobres la construcción de un mundo más justo y fraterno?
Quiero recordar a dos personas muy diferentes, y en posiciones existenciales muy distintas: Jacques Maritain, autor de Humanismo integral, quien en Cristianismo y democracia (1944) abordaba el fracaso de las democracias y con este la crisis de la civilización europea, incidiendo en que «la causa principal es de orden espiritual; reside en la contradicción interna y en el malentendido trágico del cual, en Europa sobre todo, han sido víctimas las democracias modernas. En su principio esencial esta forma y este ideal de vida común que se llama democracia, viene de la inspiración evangélica y no puede subsistir sin ella». Y a Albert Camus, que en artículos como «Hacia el diálogo» (1946) denunció el miedo y el silencio: «Lo que hay que defender es el diálogo y la comunicación universal entre los hombres. La servidumbre, la injusticia, la mentira, son los flagelos que acaban con esta comunicación e impiden el diálogo. [...] Pero se puede pretender luchar en la historia para preservar esa parte del hombre que no le pertenece».
¿Qué debemos hacer los cristianos para que Europa se encuentre, salga de sí y sea ella misma?
1. Ser una Iglesia en el mundo, y no frente al mundo: tenemos que ser no unos cristianos quejumbrosos, sino unos cristianos que tomemos la determinación clara y precisa de anunciar el amor de Dios en los que más lo necesitan, los pobres. El futuro se juega en mostrar la misericordia de Dios con el lenguaje de la misericordia. Lo primero son las personas, por eso lo primero es mirar el rostro del otro.
2. Abrirnos a las nuevas oportunidades, para que los hombres vuelvan su mirada a Jesucristo: estamos en una nueva época. Como decía Mounier, «el acontecimiento será tu maestro interior». Por eso, miremos lo que acontece en todos los órdenes de la vida del ser humano. Recordemos aquella pregunta que hacía el Papa Francisco en el comienzo del Sínodo de la Familia de 2014, cuando planteaba la situación de los jóvenes que prefieren convivir a casarse: «¿Qué debe hacer la Iglesia: expulsarlos de su seno o, por el contrario, acercarse a ellos?». Y a esto responde la Amoris laetitia. El mundo cambia, y hemos de ver, escuchar e interpretar con los ojos, el corazón y el pensamiento del Señor nuevas llamadas y nuevas oportunidades para acercarnos a los hombres y entregarles el rostro de Cristo de primera mano.
3. Vivir y salir desde un encuentro radical con Jesucristo: con una vivencia de Jesucristo tan fuerte que hagamos vivir la experiencia de Emaús a quienes nos encontremos. Dejemos que nos visite y entre Jesús en nuestra vida, e incorporemos su mirada, sus preferencias y sus prioridades. Tengamos una vida contemplativa para ver y escuchar la realidad, la que tuvo Jesús en el camino de Emaús. Quienes iban a su lado no lo reconocieron, pero sintieron los efectos de su presencia y por eso le dijeron: «Quédate con nosotros que atardece».
Con gran afecto, os bendice,
+Carlos Card. Osoro Sierra, arzobispo de Madrid

miércoles, 22 de marzo de 2017

Un Pueblo llamado al diálogo (Cardenal Carlos Osoro) 23032017

Un Pueblo llamado al diálogo


Un Pueblo llamado al diálogo
El Concilio Vaticano II hizo sonar una hora nueva en la historia. Supuso una celebración de la unidad y de la catolicidad de la Iglesia desde una adhesión inquebrantable a la Palabra de Cristo, en la fe y con un intenso propósito de concordia y de servicio de la caridad. Qué contemplación más honda podemos hacer de la Iglesia, que nos lleva a sentirnos a gusto siendo sus hijos. El entusiasmo y la pasión por que ella sea Madre que se acerca a todos los hombres anunciando a Jesucristo, es el gran reto en el que nos sitúa a los discípulos de Cristo. La Iglesia ha de vivir esa desbordante inquietud por todas las situaciones de los hombres, por devolver y poner alma en todo aquello que repercute en el ser humano y que le hace ser y hacer para todos, o padecer y destruirse
Dejémonos hacer esa operación de largo alcance que cambia nuestros ojos, nuestro corazón y nuestros pensamientos, que serán siempre los de Jesucristo. La Iglesia tiene que salir a la historia concreta de los hombres abriendo los brazos, para estrecharlos, con la dulce violencia del amor a la humanidad. Así, la Madre Iglesia se hará presente en el mundo «provocando simpatía y atracción»; la misma que produjo Jesucristo a los hombres de buena voluntad. Hay que hacer posible que los hombres vuelvan a descubrir a la Iglesia de Cristo, en su verdad. Lo necesitan. Cuando históricamente se vivía bajo la influencia de la Iglesia, y cuando esta regulaba el pensamiento y las costumbres, era menos sentido. Pero ahora es objeto de controversias, a veces de oposición, y hay una mentalidad más secularizada; se ha desterrado de muchos recintos donde vive el ser humano, y es más necesario presentar con claridad el alma de nuestra Madre Iglesia, su misterio. ¡Qué Ciudad más hermosa! ¡Qué belleza contiene! Es la Ciudad de Dios bajada del cielo, es la Jerusalén celeste que se proyecta sobre el barro humano, iluminada, plasmada y santificada, pero siempre más bella, más hermosa, más perfecta de lo que aparece concretada en el tiempo y en el seno de la humanidad. Tú y yo somos miembros de la Iglesia.
El misterio de la Encarnación, promulgado y realizado en la historia de los hombres, se sigue actualizando, visibilizando y proyectando en el misterio de la Iglesia. Misterio maravilloso y grande en su naturaleza, estructura, poder y actividad. Es visible en sus miembros, en su organización, como fue visible su Fundador y Cabeza, el Hombre-Dios, Jesucristo. ¡Qué fuerza y qué capacidades tiene nuestra Madre Iglesia! De ella hemos recibido la verdadera vida, la que vence a la muerte y conquista la plenitud. Estamos ligados a ella para nuestra salvación. Es nuestra educadora. Nos abre los labios para el diálogo con Dios y con todos los hombres y nos dice, en nombre de Cristo, que son nuestros hermanos. Nos manda y autoriza a hablar a los hombres de Dios.
¡Qué hondura tienen las palabras del Papa Francisco cuando nos llama al diálogo! En la encíclica Laudato si, desde la introducción misma, nos dice que en esta humanidad no bastan solamente los análisis, hacen falta «el diálogo y la acción» a todos los niveles (LS 15). El Papa nos invita a hacer caminos concretos donde se afronten todos los problemas que hay para construir la casa común, pero no de manera ideológica, superficial y reduccionista. Y el camino más importante que desea que afrontemos es el del diálogo. Generar debates honestos y sinceros, que se den con profundidad humana, con un gran compromiso moral, con un sentido profundo intercultural e interdisciplinar. Todo ello no elimina la pasión por la verdad, pero esta pasión hay que vivirla desde el camino del diálogo que nos pide paciencia, ascesis y generosidad. Nunca olvidemos uno de los principios del Papa Francisco, fundamental en esta época que está en balbuceos: «La realidad es superior a la idea» (LS 201). Porque no bastan soluciones técnicas para afrontar la construcción de la casa común, de esta familia humana.
No podemos aislar cosas que están entrelazadas. No escondamos los verdaderos y profundos problemas del sistema mundial. Diálogo, sí... Diálogo entre la política y la economía, entre todos los que formamos la Iglesia, entre todas las religiones, entre los diferentes movimientos ecologistas, entre la ciencia, la filosofía y la teología, entre creyentes y no creyentes. Diálogo. Al estilo y manera que Dios quiso hacerlo con todos los hombres, haciéndose Hombre. El misterio de la Encarnación, contemplado con todas las consecuencias, nos da las claves del diálogo verdadero que necesita esta humanidad. Para ese diálogo que nos propone el Papa Francisco, hay que tener en cuenta estos aspectos:
1. El cambio geográfico-demográfico: hoy los católicos no son mayoría en Europa. El crecimiento de los católicos en otras áreas del mundo es importante y tiene trascendencia en todos los planteamientos. Nos fuerza a tener otra perspectiva en la vida y en la acción de la Iglesia. El proceso de globalización sitúa lo local en una perspectiva compleja y muy diferente a los escenarios del siglo XX, que tenían un marco nacional y colonial. La estrategia no es solamente hacer grandes cuadros dirigentes en todos los espacios donde se fragua la vida del ser humano: política, cultura, enseñanza, filosofía, arte... Observemos cómo el cristianismo se está difundiendo de manera sorprendente entre los cristianos que dan la vida por Cristo, y se convierten en testigos de una manera nueva de ser y de hacer con su vida en medio del mundo, a través de comunidades vivas donde la adhesión a Él no es una anécdota, es la vida misma. Aumentan los mártires, y se acercan a formar parte de la Iglesia los pobres y perseguidos. Y, por otra parte, se van atrofiando los cristianos en los lugares más ricos y acomodados.
2. Con todos los hombres: el Concilio nos habla del Pueblo de Dios, de un Pueblo que vive entre los que lo forman, y con todos los hombres con los que se encuentran, de una manera responsable, en diálogo con todos, acompañando a todos, buscando la paz, creando puentes. Hacen verdad lo que el Concilio Vaticano II nos invitaba a vivir: eliminar la crisis de confianza que amenaza a la humanidad, con el estatuto teológico reconocido y vivido por la Iglesia en el horizonte católico, con el reconocimiento de la libertad religiosa, del diálogo ecuménico e interreligioso, y con los no creyentes.
3. Con un nuevo lenguaje: al hermano al que hay que llegar para que reconozca quién es y la riqueza que le da Cristo, no se accede más que con la cercanía del amor y de la misericordia. Nuestro lenguaje ha de ser el de la misericordia, no el lenguaje duro y belicoso de la división. Este ni fue el lenguaje del Buen Pastor, ni puede ser el de la Iglesia para entablar relaciones con todos los hombres. Que todos aquellos con los que nos encontremos tengan derecho de ciudadanía en nuestro corazón. No olvidemos que ha crecido el mundo de la revancha de Dios que lleva a los fundamentalismos de todo tipo. El lenguaje ha de ser aquel que nos acerque más a los hombres.
Con gran afecto, os bendice,
+Carlos Card. Osoro Sierra, arzobispo de Madrid