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sábado, 19 de julio de 2014

Tu decisión más importante 18072014

Tu decisión más importante




Meditaciones para la fe, con el Padre Guillermo Buzzo

(RV).- (audio) RealAudioMP3 Alguien dijo una vez que la felicidad es el fruto de nuestras decisiones. Creo que estoy de acuerdo. Pero también creo que no nacemos sabiendo cómo decidir.


Cuando tomamos nuestra primera decisión de peso, ya otros han decidido por nosotros un sin número de cosas donde nosotros prácticamente no participamos. Y me refiero a decisiones pequeñas, pero también a decisiones que influyen mucho en nuestra vida: la educación, el estilo de vida, los valores, la alimentación, la religión, las amistades.


Los padres deben decidir por sus hijos, y deben hacerlo pensando en el bien de ellos, mientras ellos no estén aún en condiciones de hacerlo. Pero paulatinamente, vamos apoderándonos de nuestra vida. Comenzamos con pequeñas cosas, gustos, preferencias, hasta llegar a las grandes decisiones que marcarán la vida para siempre. A veces, confirmamos la elección hecha por nuestros mayores; en otros casos, introducimos pequeñas modificaciones. Pero también es posible que tomemos un rumbo distinto al sugerido por nuestros padres. En cualquiera de los casos, nuestra libertad se ejerce con responsabilidad. Ya no puedo echarle la culpa a los otros. Soy yo el que, con mi aprobación o con mi rechazo estoy eligiendo.


Quien ha tomado una decisión importante en su vida, aun ignorando los detalles de lo que le espera en el futuro, seguramente ha experimentado esa especie de vértigo que produce estar allí, con la vida entre las manos, sabiendo que está forjando su futuro, que está optando por un camino y que lo hace porque está convencido que entre todos los caminos ese es SU camino; que ha nacido para eso, que es justo allí donde encontrará la felicidad y podrá hacer feliz a los demás.


Pero como la libertad incluye el riesgo, y el riesgo nos produce miedo, hay casos donde las grandes decisiones procuramos dejarlas para más adelante. No queremos arriesgarnos. No estamos seguros. No soportamos la idea de equivocarnos.
Y así pasa tantas veces. Vamos posponiendo, vamos dejando para mañana, y así cada vez, las chances se debilitan. Porque el coraje de la juventud se va transformando en una especie de falsa cautela, o precaución que en realidad se llama miedo.
Ese miedo al compromiso en definitiva, no es un miedo al futuro, a las cosas que puedan pasar. Es un miedo a sí mismo. Y quizás también es un miedo o una desconfianza al amor de Dios.


Si entendemos la fe como esa decisión fundamental de la vida, como el dejar la vida en las manos de Dios, es fácil darse cuenta que se trata de la decisión más importante de la vida. Es esa decisión que nadie puede tomar en mi lugar, nadie puede creer por mí.
Jesús a lo largo de su vida pública llamó a muchos a ser sus discípulos. Pero no todos lo siguieron. Algunos pusieron excusas, otros prefirieron sus asuntos antes que la felicidad que él les proponía. Y el evangelio incluso cuenta de un joven que comprendió que no podía tener dos dioses: que si seguía a Jesús tenía que dejar de vivir para el otro dios, el dinero. Y, al menos en ese momento, cuentan que se retiró triste porque tenía muchos bienes…


La pregunta siempre está allí formulada: ¿para quién quiero vivir? ¿para mí mismo o para los demás? Como le dijo Juan Pablo II a los jóvenes en Francia: No se vayan tristes! Anímense a decirle que sí a Jesús. Él nunca traiciona.

viernes, 20 de junio de 2014

La fe de un niño 20062014

La fe de un niño

2014-06-20 Radio Vaticana
Meditaciones para la fe. Con el Padre Guillermo Buzzo

(RV).- (audio) Sucedió en unas primeras comuniones... Estaba todo pronto para comenzar.
De repente, un niño, de unos 8 o 9 años, se acerca y me dice: -Padre Guillermo... ¿Te puedo hacer una pregunta? -Claro! ¿Qué querés saber? – le dije, pensando que me iba a preguntar algo acerca de la celebración, - decime…– prosiguió con una actitud inocente –¿qué se siente en el cielo?
Les confieso que nunca alguien me había hecho una pregunta tan trascendente, tandirecta y tan vivencial. Me di cuenta que para él esa pregunta era muy importante.
Me agaché hasta la altura de su mirada, y recurrí a un viejo truco que algún sacerdote viejo me enseñó, le dije: - ¿Por qué me preguntás?– mientras pensaba rápidamente qué podía contestarle. Me responde - porque...en el cielo...¿hay pasto? - ¿¡Pasto!?– pregunté sorprendido.
- Sí, porque mi abuela me dijo que en el cielo había pasto, y que la gente era feliz...¿Y por qué querés saber...?– insistí.
- Porque mi abuelo se fue al cielo la semana pasada, y mi abuela me dijo que él estaba mejor que nosotros, y que donde él estaba había mucho pasto...
¿Es verdad que en el cielo hay pasto? - ¿Cómo se llama tu abuelo? - Germán. - Y vos? - Martín
- Bueno Martín, mirá...– le dije –Yo mucho no sé, porque nunca estuve allí... Pero lo que sé es lo que Jesús nos enseñó y nos prometió acerca del cielo. Jesús contó que en el cielo la gente es muy feliz...Mientras le hablaba vi, unos bancos más adelante, a una pareja que me miraba con atención (“sus padres”, pensé)
- Vos decime: tu abuelo ¿te enseñó algunas cosas? - Sí! – dijo, mientras le brotaba una sonrisa – me enseñó unos trucos... - Y te parece que él pudo hacer algo bueno por los demás? ¿por quiénes?
- Por mamá..., por el tío.., por mí... - Los hizo felices, no? - Sí! - Bueno, viste? Cuando Dios nos lleva al cielo, si nosotros hicimos felices a los demás, también allá vamos a ser muy felices, así que pienso que Germán ahora estará feliz.
- Ah... – decía pensativo, como cayendo en la cuenta de algo importante. Jesús –le seguí diciendo- nos dijo que en el cielo todo es una fiesta, que todos somos hermanos, y que nadie sufre dolor y que...
- Pero...¿hay pasto? – interrumpió preocupado. - Bueno, qué te parece? ¿Se precisa pasto para ser feliz no? - Y... sí! –dijo con firmeza. - ...para poder jugar al fútbol, para correr y divertirse, no? - Sí... - Entonces sí! Hay pasto en el cielo! Es más, me hacés acordar que en un
salmo de la Biblia, dice que el Señor nos va a hacer recostar en verdes praderas... Entonces tiene razón tu abuela: en el cielo hay pasto! - ¿Qué es una pradera?
- Una pradera es un terreno grande lleno de pasto donde... - Ah bueno... – dijo conforme –Bueno, me voy porque tengo que estar con
mis padres... Chau! - Chau Martín!Lo despedí y quedé pensando en Martín, en Germán, en esa abuela
espectacularmente sabia, en mis abuelos.El hermano mayor de Martín tomaba la primera comunión ese día, y él la tomaría
recién dentro de dos años, pero ya desde entonces, iba conociendo algunos delos secretos del Buen Pastor, su amor, sus promesas, y sus verdes
praderas...

viernes, 13 de junio de 2014

El testimonio de la fe

El testimonio de la fe




Meditaciones para la Fe, con Padre Buzzo
(RV).- RealAudioMP3


Me contaba un amigo que, cuando era niño, él, con sus cuatro hermanos, dormían en el mismo dormitorio, donde, más o menos a la misma hora, se acostaban a dormir. Normalmente, el padre o la madre, con una simple señal, o una palabra, indicaban que ya era la hora, y algunos con más dificultad que otros se iban preparando para ir a la cama.


Después de unos minutos, cuando ya todos los hermanos estaban acostados, el padre o la madre, iban al dormitorio, y rezaban juntos el Padrenuestro. Luego del “amén”, cada hermano recibía un beso y un deseo de buenas noches. Se apagaba la luz y se terminaba el día.


Eso sucedía cada día. Siempre igual. A veces más tarde, a veces más temprano, pero siempre el mismo ritmo marcaba el final del día.


Un día, sucedió algo diferente. El padre estaba de viaje, y tuvo un accidente. La información era muy poca. Sabían que había salido herido, que lo habían llevado al hospital más cercano al lugar del accidente. Y poca cosa más.


La noticia los conmovió, como es de esperar en un caso así, pero lo que mi amigo recuerda de esa noche, no fue la angustia provocada por el accidente. No. Lo que mi amigo recuerda es la actitud de su madre.


Me decía: Yo tenía, no solo la mirada, sino todos mis sentidos pendientes de su rostro. Necesitaba saber hasta qué punto el tema era peligroso. Si tenía que llorar, si tenía que preocuparme. Si tenía que estar triste. O si me podía dormir tranquilo…
Pero lo que encontró en el rostro de su madre no era ni desesperación ni miedo. Su rostro reflejaba confianza y paz.


Esa noche, los hermanos escucharon a su madre decir: “Bueno, hoy vamos a rezar por papá y a pedir que se mejore pronto.” Y comenzó “Padre nuestro…”
Se apagó la luz, y esa noche dormimos todos.


Pienso en esos hermanos, y pienso que han tenido con ellos una gran catequista. Y pienso en tantas catequistas como esa madre, que quizás solo conocen el Padrenuestro, pero que por sobre todas las cosas, tienen fe. Y porque tienen fe son capaces de dar un TESTIMONIO. Porque cuando en la Iglesia católica hablamos de testimonio, no nos referimos a grandes discursos, o a sermones que conmuevan por la elocuencia.


El testimonio es todo aquello que le decimos a los otros (a todos los otros) sin usar palabras necesariamente, Y es lo que los demás nos dicen con su vida, con sus formas de proceder, con sus decisiones, con su manera de tratarnos.


La fe, nuestra fe, nos ha sido transmitida a través del testimonio. No es ni puede ser algo que aprendemos a través de un discurso, de una práctica. Es un modo de vivir que fascina cuando lo vemos vivido en otro, y que queremos también nosotros adoptarlo. Es la experiencia del amor que vemos vivir en una persona, y que nos cautiva, y deseamos experimentar también nosotros.


Aquella noche, este amigo supo que incluso en los momentos difíciles de su vida es posible mantener la calma, porque tenemos un Padre en el Cielo que se preocupa por nosotros, y que, como dice el Salmo, aunque yo camine por cañadas oscuras nada temo, porque tú vas conmigo.